Capítulo 2


Nunca dejes que tu miedo decida tu destino

Steve


Steve tuvo que aguantarse durante dos semanas antes de recibir el nuevo aviso de excursión interescolar. En esta ocasión los maestros y los padres voluntarios prepararían una carrera de obstáculos y adecuarían unas cuantas porterías para jugar a fútbol.

Por primera vez su madre había solicitado formar parte del grupo de padres que ayudarían en las actividades. A Steve eso no le gustaba, le preocupaba. Su madre trabajaba a destajo como enfermera en un pequeño centro médico de Queens para lograr que ambos tuvieran un mínimo de estabilidad, y el resto del tiempo lo pasaba cuidando de él, teniendo ningún tiempo para ella.

Steve sabía que las mañanas en las que libraba eran las únicas en las que podía tomarse un respiro y no le hacía feliz que las perdiera por su preocupación por él. Él estaba seguro de que Sarah, que era un beta muy cabezota, iba a estar pendiente de si aparecían de nuevo los alfas que le lanzaron el balón.

Caminaba por el parque, observando a los padres y un par de maestros organizando todo antes de que los autobuses escolares llegaran con el resto de niños. Podría haberse reunido con el grupo de niños que había llegado pronto, al igual que él por ir con sus padres, pero por alguna razón le dio pereza.

Estaba tan enfurruñado, pensando en ello sin parar, que no se dio cuenta de cuando llegaron los primeros autobuses. Solo se dio cuenta cuando le palmearon animosamente el hombro. Giró el rostro, encontrándose con la mirada intrigada de Bucky, su vecino y su mejor amigo. El largo cabello castaño de Bucky se meció con la fresca brisa de la mañana.

—¿Qué monstruo te acosó en tus pesadillas para que tengas esa cara?

—Tuve una pesadilla con tus calcetines apestosos persiguiéndome y asfixiándome hasta la muerte —bromeó Steve, malhumorado.

Bucky intentó atrapar su cuello en una llave, pero Steve logró esquivarle.

—No me irás a decir que huelen a rosas, tú, que no tienes problemas en lanzarte a una alcantarilla para ver qué hay debajo.

—Cállate, que el otro día mi madre descubrió que me había colado en la que está al final de la calle y por poco me cuelga del tendedero de la ropa.

Steve empezó a reír, aunque sabía que los regaños de la señora Barnes podían ser auténticas trampas mortales, sobre todo para un niño como Bucky que parecía perseguir los problemas. Cuando no estaba enfadada, con ese profundo surco en su entrecejo, era una beta de lo más agradable. Y Steve amaba su tarta de manzana con canela.

—Venga, dime —dijo Bucky, clavándole suavemente el codo en las costillas.

—Mi madre se ha ofrecido voluntaria.

—Sí, ya lo veo.

Justo en ese momento, sus miradas se cruzaron con la de Sarah, que estaba terminando de colocar una de las porterías con ayuda de otra madre. La asentaron bien en el suelo y Sarah los saludó con la mano. Bucky correspondió el gesto con una sonrisa de oreja a oreja. Bucky adoraba a Sarah, no porque no le regañara de vez en cuando, sino porque siempre que iba a desayunar le preparaba tortitas y le sobaba el pelo cuando de dolía la cabeza por dormir mal.

—¿Y qué tiene de malo?

—Ya lo sabes, ella nunca tiene tiempo para estas cosas.

—Lo hace porque se preocupa por ti, le diste un buen susto la otra vez.

—Lo sé, pero debería estar en casa, descansando, viendo la tele o, no sé, lo que quiera hacer para relajarse.

Aunque Bucky entendía lo que quería decir Steve, en el fondo estaba agradecido porque Sarah hubiera venido al menos esa vez. Sarah y la señorita Appleby no habían sido las únicas que se habían llevado un buen susto al ver a Steve, blanco como el papel e incapaz de enfocar la mirada, después de recibir aquel golpe y caer como un muñeco de trapo. Si no fuera por el susto que se llevó, que lo dejó temblando, se habría lanzado contra aquellos dos alfas petulantes y les habría hecho comerse todas las pelotas del parque.

A Bucky no se le quitó el susto del cuerpo hasta que fue corriendo, nada más salir del colegio, a casa de Steve y pudo verlo. Así que saber que Sarah estaba allí, a ojo a visor, le daba cierta tranquilidad. Si había a alguien a quien protegía con uñas y dientes, ese era Steve.

Un pitido resonó por todo el parque, llamando la atención de ambos niños. Todo el mundo se comenzó a aglutinar cerca en las canchas y se subdividieron en pequeños grupos donde cada instructor dirigió los calentamientos. Estuvieron diez minutos así antes de decidir qué grupos iban a fútbol y cúales a la carrera de obstáculos.

Cuando la gente comenzó a dispersarse según su actividad, Steve buscó con la mirada a Anthony Stark. Efectivamente, Anthony estaba sobre la mesa de picnic de siempre, no había hecho siquiera el intento de hacer los calentamientos, y estaba tomando notas totalmente indiferente a lo que sucedía frente a él. Steve quiso acercarse a él.

—¡Steve! —lo llamó la señorita Appleby—. ¡Vamos, te toca jugar!

Steve ni siquiera necesitó seguir su orden, ahí estaba Bucky para tirar de él y arrastrarlo al campo de juego. No fue consciente de que, durante un momento, había logrado atraer la mirada del niño al que estaba buscando.


Se limpió el sudor con el dorso de una mano cuando la señorita Appleby, que hacía de árbitro, pitó el final del partido. Habían perdido, pero eso no ensombreció el rostro de Steve. Bucky si tenía un pequeño mohín de desacuerdo en los labios, pero se le olvidó por completo en cuanto la señorita Appleby dijo que era hora de comer.

Steve agradecía que los deportes que practicaran durante las excursiones fueran rotativos, así como los grupos. Se evitaba que la gente que perteneciera a clubs deportivos o que fueran especialmente forofos a algún deporte tuvieran siempre la voz cantante o se picaran entre ellos. Como la vez en que Bucky por poco se peleó con un niño que entrenaba rugby tras uno de los encuentros.

Su estómago gruñó, así que Steve siguió a los demás a las mesas de picnic donde repartían las bolsas con bocadillos, fruta y jugo. Muchos niños se sentaron en las mesas libres, mientras que otros prefirieron aprovechar la sombra de los árboles. Cuando Steve tomó su bolsa, dio un vistazo rápido a su alrededor. Bucky se había sentado junto a otros compañeros de clase bajo un árbol. Aún desde la distancia, y viéndoles hacer el tonto, Steve pudo adivinar el sitio que Bucky había reservado para él. Iba a ir hacia ellos cuando fijó su mirada en Anthony. Seguía sobre la mesa, con la bolsa de comida abierta sobre su regazo. Picoteaba los arándanos sin mirarlos, demasiado concentrado en lo que estaba escribiendo en su libreta.

Sus pasos lo llevaron hasta él sin darse cuenta. Cuando estuvo frente a él, su sombra se proyectó sobre Anthony, haciendo que el niño se diera cuenta de su presencia. Alzó el rostro y clavó sus claros ojos castaños en Steve.

Steve se quedó repentinamente mudo y confundido. Esos ojos parecían atravesarle y clavarle en el piso, analizándole por entero. Se le secó la boca y cualquier cosa que hubiera estado pensando decirle a ese niño durante las dos últimas semanas desapareció de su cabeza. Solo podía observar aquellos ojos castaños cuyas largas pestañas proyectaban sombras sobre sus mejillas.

—¿El golpe fue más serio de lo que esperaba?

—¿Eh?

—El chichón de la otra vez.

—No, no, no fue nada.

—Como te has quedado ahí mirándome como un pasmarote.

Steve se mordió el labio inferior, abochornado. Sintió el calor arremolinarse en sus mejillas ante la atenta mirada de Anthony.

—Quería darte las gracias por lo de la otra vez.

—Yo no hice nada.

—Me echaste agua en la cara y dejaste tu mochila para que apoyara los pies —apuntó Steve, observando rápidamente el uniforme y la mochila de Anthony, que incluso a sus ojos inexpertos parecían muy caros—, gracias.

—No hay de qué —contestó Tony, encogiéndose de hombros.

Se hizo una pausa incómoda, la señal de que debía irse ya con su grupo, pero por alguna razón no quería. Así que decidió dar un paso más allá.

—¿Te importa si como contigo?

—La mesa no está a mi nombre.

—Pero tú estabas sentado antes.

Anthony lo miró con interés, pero hizo un gesto que era un claro "adelante". Steve iba a sentarse en la banca, como estaba acostumbrado, pero a medio camino cambió de idea y prefirió sentarse sobre la mesa al igual que hacía Anthony. En lugar de cruzar las piernas, las dejó extendidas y así sus pies estaban por fuera de la superficie de madera.

—Eres Anthony, ¿verdad? Yo soy Steve —se presentó Steve, tomando entre los dedos la tela con la pegatina con su nombre y alzándolo.

Steve abrió la bolsa de comida. En su caso tenía un bocadillo de ensalada y queso, una bolsa de moras y un jugo de naranja.

—Puedes llamarme Tony —dijo Tony, atrayendo la atención de Steve—, ¿quieres un arándano?


Steve, por primera vez en todo el día, no fue consciente de la mirada de Sarah sobre él. Cada vez que las actividades de organización y supervisión se lo permitían, echaba un vistazo rápido a donde estaba Steve. Después del incidente de la última vez, se había tomado la decisión de separar los grupos de Steve y los dos alfas que le habían lanzado el balón porque ya habían notado cierta animosidad en el ambiente. Eso no evitaba que Sarah estuviera preocupada y le echara vistazos a Steve de vez en cuando, al igual que al niño alfa de pelo rubio platino y la niña alfa morena que habían golpeado a su hijo. De lejos podía ver que no era solo con Steve, eran ruines en cada ocasión en que podían, especialmente ante niños de colegios más pobres que el suyo, que estaba en la cúspide del programa.

Cuando Sarah vio a Steve acercarse a aquel niño que se había mantenido aislado todo el día, el orgullo que sentía por su hijo día a día latió con fuerza. Ahí estaba su niño de corazón de oro. Viéndole conversar con aquel niño, respiró tranquila por primera vez en toda la mañana y siguió con sus quehaceres.


Tony era un niño muy particular, Steve no necesitó siquiera cruzar dos palabras con él para saberlo. Bastaba verle en aquel extraño aislamiento, sumido en una burbuja que parecía tan sólida y tan frágil como el cristal bajo el ojo atento de todos aquellos adultos. Quizás había llamado la atención de Steve desde mucho antes de él darse cuenta, pero ahora que lo tenía al lado, le despertaba una burbujeante curiosidad mucho más intensa que en aquellos momentos en que lo había observado desde la distancia.

Steve admiró embelesado el brillante cabello castaño que se rizaba rebeldemente en las puntas y la forma en que las largas pestañas paraban la luz del sol, dándole reflejos dorados a sus ojos castaños. Era el niño más bonito que Steve había visto jamás.

—Puedo dejarte una foto mía, si quieres.

—¿Por qué? —preguntó Steve, inocentemente.

—Así podrás mirarla sin miedo a empezar a babear.

Steve no había babeado, pero en acto reflejo se llevó la mano a la boca. Tony se rió de él, pero Steve no se ofendió. No era una risa maliciosa, más bien contagiosa. Aunque se ruborizó, Steve rió también.

—Lo siento mucho, solo que hay algo en ti que…

—Lo sé, soy adorable.

Steve lo miró sorprendido, tan pagado de sí mismo, y al ver su cara era obvio que realmente lo creía.

—Más bien, me sorprende que seas más pequeño que yo.

Tony, sentado con las piernas cruzadas, llegaba a Steve a la altura de sus orejas. No sería nada llamativo si no fuera porque Steve era más bajito que la mayoría de niños de su edad.

—¡Ah, eso! Teniendo en cuenta que tengo nueve años, no esperarás que mida como la pértiga de tu amigo.

—¿Conoces a Bucky? No, espera, ¿tienes nueve años?

Las excursiones eran solo para niños de sexto curso así que en la mente de Steve no había razón para que un niño de nueve años también participara, menos si realmente no se involucraba.

—Es difícil no hacerlo, ¿has visto lo ruidoso que es? El último gol que anotó se escuchó de una punta a otra del parque. Y sí, tengo nueve.

Con respecto a Bucky, Steve no podía sino estar de acuerdo. Él era ruidoso, estridente y más animado que ningún otro. Llamaba la atención de todo su alrededor como si emitiera alguna clase de señal.

—¿Eres alguna clase de genio o algo así?

—¿Esa es una pregunta que tenga que responder con humildad?

Esa misma respuesta le valía a Steve. Ningún niño hablaba de esa forma, con esa soltura y ese deje de superioridad impostado en cada letra. Frente a él había un niño de nueve años, pero el que se sentía infantil e inexperto era Steve.

—Es bueno saberlo, entonces —respondió Steve cuando hubo asimilado la noticia—. Es interesante tener un amigo genio.

—¿Soy tu amigo?

—Si me dejas —respondió Steve, encogiéndose de hombros.

—¿Quieres otro arándano?

Lunes, 29 de julio de 2019


¡Hola a todos, lindas flores!

Y así volvemos a las publicaciones de los lunes. Espero que se animen y me acompañen en esta aventura. Prometo que merecerá la pena, incluso con las curvas jajajajaja.

Alexandrina Romanov, te prometo que me dan muchísimas ganas de achuchar a este par, son un amor. Son super tiernos y muy monos.

Les recuerdo que hay una playlist asociada a SEMPITERNO a la que pueden acceder a través de mi perfil.

En fin, con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!