Capítulo 3
Conocerte fue descubrir la cueva de las maravillas
Steve
Lo que comenzó lleno de torpeza fortuita y curiosidad, acabó convirtiéndose en rutina. Steve participaba en las actividades de las excursiones como siempre, jugando con los demás y tratando de poner todo su empeño. No había vuelto a tener interacción con aquellos niños alfas, así que Steve pasaba la mayor parte del tiempo relajado y evitando confrontaciones. Durante los descansos de comida, se volvió habitual ver a Steve sentado junto al taciturno Tony Stark, hablando y compartiendo las porciones de fruta. Steve descubrió rápidamente que Tony tenía auténtica debilidad por las fresas y los frutos del bosque.
Steve mordió la porción de manzana dulce que Tony le ofreció mientras veía a Tony darle un bocado a una fresa. Estaban un poco verdes, así que Tony cerró los ojos con fuerza y soltó un quejido. Steve rió.
—¿Está amarga?
—Podrías haber avisado —se quejó Tony.
—Me habría perdido esa cara tan mona.
—Mi cara siempre es mona.
—¡Oh, perdona! —dijo Steve, riendo—. De mayor serás igual que la reina malvada de Blancanieves.
—Podría crear algo que me diga lo bonito que soy todos los días, que lo sepas.
—¿Realmente eres esa clase de genio?
—¿Aún no te has dado cuenta?
—Es difícil entenderlo solo viéndote con todos esos papeles.
Tony suspiró y tomó un sorbo de su jugo de naranja. Encima de aquella mesa de picnic parecían estar en una extraña burbuja. De vez en cuando Steve se percataba de las miradas confundidas de Bucky sobre él. Aún no le había preguntado nada, asumiendo que Steve pasaba la hora del almuerzo con Tony por su naturaleza amable, pero por cómo las miradas sobre el hombro aumentaban con el paso de los recreos, Steve supo que no tardaría en saltar con su interrogatorio. Tony, en cambio, prestó más atención a las miradas sorprendidas de los profesores que admiraban la situación como si se tratara de alguna clase de espejismo.
Empezaba a haber ruido otra vez. Algunos compañeros habían terminado ya la comida y habían cogido los balones para seguir jugando. En esta ocasión eran los balones de voley los que brincaban de un lado a otro del parque.
—Supongo que tendré que llevarte un día a mi casa —dijo Tony.
—¿Quieres invitarme?
—Acabo de hacerlo.
—¿No tienes que pedir permiso?
—¿Tú pides permiso cuando invitas a Barnes?
—Pero él es… —comenzó a decir Steve, encogiéndose de hombros—, Bucky.
—Puedes pedirte permiso a tu madre si eso. Nuestro chofer te llevará a casa.
Steve iba a objetar cuando una pelota chocó violentamente contra la mesa de picnic, justo en el espacio entre Tony y Steve. El golpe arrastró con las libretas y los apuntes sueltos que Tony había dejado detrás de ellos, esparciéndolos todos por el suelo. Steve supo quién lo había hecho incluso antes de girar el rostro para verlos.
Ahí estaban, los mismos niños que lo habían golpeado con la pelota de balón prisionero luciendo aquellas petulantes sonrisas en el rostro. Steve los observó seco, con el ceño fruncido.
—Uy, perdón, se me escapó.
—Claro que sí, Rebecca —dijo Tony, viendo como la pelota rodaba a varios metros de ellos y se detenía, al igual que los apuntes que habían caído al suelo—. Ya conocía tu horrible puntería, si te disculpas sentiré lástima por ti.
Rebecca frunció el ceño y puso un mohín molesto en su pequeña boca. El enfado alteró sus feromonas, produciendo un ligero hedor que hizo que Steve apretara los dientes. Los estados provocados por ser alfa u omega se encontraban prácticamente latentes durante toda la infancia, teniendo un desarrollo más psicológico que físico. Apenas era un rastro sutil en la mayoría de los casos, Bucky dejaba una ligera pista tras de sí, pero en el caso de Steve casi nadie apostaría que él era un alfa si no fuera porque estaba registrado en su identificación. Y Steve no tenía ni idea de lo que era Tony. El arranque de Rebecca, en cambio, era violento y hacía que una parte de Steve se pusiera alerta. Sin ser consciente de ello, se acercó lentamente a Tony y puso un brazo frente a él en ademán protector.
—Ey, cálmate —pidió el niño alfa a su lado. Seguía observando a Tony y a Steve por encima del hombro, pero había algo en la forma en que miraba rápidamente a Rebecca que demostraba preocupación.
—Cállate Harry —le gruñó Rebecca por lo bajo.
—Estás llamando la atención de los maestros, Bec.
Tenía razón. La ligera brisa del aire había esparcido con éxito el aroma enfadado de Rebecca, haciendo que varios maestros y voluntarios buscaran el rastro con alarma.
—Vámonos —le susurró Harry, tomando a Rebecca del brazo.
Renuentemente los dos niños se fueron. Rebecca lanzó una ponzoñosa mirada hacia atrás antes de perderse entre las pistas de juego. Un par de maestros que Steve solo conocía de ver de lejos se acercaron a ellos.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó el señor Ainsley, un beta menudo y de penetrante mirada azul oscuro.
—¿Se ha acercado algún adulto aquí? —preguntó la señora Hendrix, una alfa morena y de sonrisa fácil que siempre estaba en todas las actividades. Aunque no la conocía, le era raro ver a esa amable mujer con una expresión tan seria.
—Sí, se acercó un señor muy raro ofreciéndonos caramelos, le lancé la pelota cuando le dije que no quería y se enfadó. Se fue corriendo —Steve vio con alarma la mentira de Tony, pero los maestros estaban demasiado preocupados con lo que acaban de escuchar para prestarle atención.
Los maestros se dividieron y dieron la voz de alarma en busca de alguien sospechoso. Cuando todo a su alrededor se tranquilizó fue que Steve se dio cuenta de que no había abandonado la pose protectora frente a Tony. Nervioso, se hizo a un lado. Tony se levantó y fue a recoger los papeles que habían caído. En silencio, Steve le siguió y le ayudo.
Ambos acuclillados en el suelo, frente a frente, y con la mirada en el suelo, fue que Steve se atrevió a hablar de nuevo.
—¿Por qué has mentido?
—¿Puedes pasarme ese papel de ahí?
—Mentir está feo, Tony —dijo Steve, pasándole la hoja igualmente.
—Sí, y meterme en líos con esa niña berrinchuda también.
—¿Por qué te ibas a meter en líos? Fue ella quien te atacó.
—No es tan fácil.
—Puedes intentar explicármelo.
—No me apetece.
—Puedo ayudarte, Tony —Steve se ruborizó al darse cuenta que poco había podido hacer él antes—. Puedo intentarlo.
—Quizás otro día.
Tony se levantó con los papeles en la mano, muchos de ellos sucios por la tierra y el césped. Steve le imitó, tendiéndole los que él había recogido. Tony los guardó en su maleta con un suspiro y Steve pateó suavemente el suelo, confundido. Entonces su mirada se fijó en la pelota que aquellos niños habían dejado allí abandonada. La tomó entre sus manos con dudas.
—¿Qué te parece dejar de estudiar por un rato? —preguntó Steve, llamando la atención de Tony.
Tony parecía estar a punto de decir que no, pero contempló durante un segundo largo a Steve antes de suspirar.
—Venga, por qué no.
—¿Me vas a contar al fin de qué va todo esto? —le preguntó Bucky.
La excursión había terminado y después de pasar lista por última vez, la señorita Appleby los había enviado de vuelta a casa. Steve y Bucky casi siempre iban juntos, caminando. Al paso de Bucky apenas eran diez minutos de camino, pero después de estar todo el día corriendo Steve no tenía fuerzas para ir a paso veloz así que Bucky se acomodaba a su ritmo.
—¿A qué te refieres?
—Ya lo sabes.
Steve lo sabía, pero por alguna razón la pregunta de Bucky le incomodaba.
—Venga, ya es hora de que me digas qué te traes entre manos con ese niño.
—Se llama Tony —lo reprendió Steve. No le habría molestado si las circunstancias hubieran sido distintas, quizás.
—Eres tú quien lo conoce, no yo. No juega ni habla con nadie, eso hace difícil saber quién es y no es que sea de nuestro barrio, ya has visto su uniforme.
Steve no podía sino darle la razón en ese aspecto. Él mismo no había sabido quién era hasta que la situación lo llevó fortuitamente a su lado.
—Desembucha de una vez, ¿qué pasa?
—No sé, me da curiosidad.
—No puedes dejarlo solo —lo corrigió Bucky.
—También —contestó Steve, haciendo que Bucky rodara los ojos—. Pero me cae bien, Bucky. Es divertido y muy listo, ¿sabes que tiene nueve años?
—Es un retaco —afirmó Bucky, frunciendo el ceño—, ¿pero por qué está con nosotros un niño de nueve años?
—Al parecer es un genio y le han adelantado varios cursos.
—¿Y no se mete contigo por ser idiota?
—Quizás lo haría contigo, que eres más tonto que una piedra —contraatacó Steve con una sonrisa.
Bucky rió e hizo el amago de atraparle, pero Steve logró apartarse a tiempo. Steve estaría cansado, pero seguía teniendo buenos reflejos.
—Bueno, tendré que comprobar lo genial que es por mí mismo. Puede jugar, ¿no? Le vi jugando contigo en el recreo.
Steve y Tony habían practicado pases de voley durante el descanso hasta que fue hora de que Steve volviera a las actividades programadas con los demás. Ninguno de los dos parecía haberse dado cuenta que habían sido nuevamente objeto de las miradas.
—No le he preguntado qué tanto ejercicio puede hacer, pero un poco, sí, creo…
—Bien, la próxima vez me uniré al juego. Tengo ganas de conocer al misterioso Tony por mí mismo.
Lunes, 5 de agosto de 2019
¡Hola a todos, lindas flores!
Cada vez que meto a Bucky en escena me río, no puedo evitarlo. Es un desastre con patas y lo mejor es que el muy pillo lo hace aposta. Al menos casi siempre jajajajajaja. Steve es un amor, directamente, dan ganas de envolverlo en una manta y darle un chocolate caliente con muchas nubes; y ya vemos que necesitará toda la paciencia y el amor del mundo para sobrellevar a Tony, que es otro cabeza níspero de cuidado jajajajajaja.
Kagome-Black, ahí tienes a Tony, haciéndole un caminito de arándanos a Steve para llegar a su corazón jajajajaja. Y sí, me da mucha pena la madre de Bucky, no te lo voy a negar.
Alexandrina Romanov, yo a Sarah me la imagino aquí como una madre todoterreno. Eso ha influido en que Steve sea como es.
DoppelGangerSeven, Steve y Tony son lo más fluffy del mundo jajajajaaja.
Juvia Agreste, ¡bienvenida! Me alegra que la historia te haga ilusión, ¡intentaré mantener bien el ritmo!
Y con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!
