Capítulo 14


Quiero que sepas que aquel día iluminó mis sueños más salvajes

Steve


Steve se rió al escuchar a Bucky maldiciendo por lo bajo. En general, Bucky no era especialmente madrugador, es más, odiaba despertarse temprano desde que le tocó hacerlo para ir al colegio. Su madre aún le recordaba aquel día de tercero de primaria cuando había tirado de la colcha para que dejara de esconderse debajo y se levantara y él se había agarrado tan fuerte que su madre lo había levantado en el aire con colcha y todo. Así que no era infrecuente que Bucky caminara bostezando a su lado de camino al instituto.

No obstante, si había algo que Bucky detestaba con toda su alma era madrugar un sábado. Steve bien tenía que aguantar lloriqueos y refunfuños todo el camino hasta la cancha de baloncesto cada mañana de sábado con un Bucky que aún tenía las legañas pegadas a las pestañas. Era un milagro que no se le apareciera en pijama al salir de casa.

Aunque aquella rutina era algo que exasperaba a Bucky, ni una vez le había pedido a Steve que la cambiaran siquiera una hora más tarde. Después de todo, lo hacían por su bien y Steve quería aprovechar los sábados para encargarse de la casa y poner a punto todo lo que quedara por hacer para la semana.

Aunque Bucky continuaba yendo a los entrenamientos del equipo, Steve no podía adaptar todos los ejercicios a las necesidades de Bucky, así que esas mañanas de sábado las dedicaban a ejercicios específicos para fortalecer las rodillas. Había sido de las primeras cosas que le había recomendado el médico al descubrir la lesión. Sin el cruzado para mantener estabilidad, necesitaría una musculatura realmente fuerte para evitar al máximo los percances. Aún así, prácticamente todo el equipo había tenido que ayudar a Bucky en alguna que otra situación a recolocarle la rodilla dislocada.

—¿Preparado para el partido de esta noche? —preguntó Bucky, un poco más despierto y menos gruñón después de terminar la práctica y empezar a hacer estiramientos para relajar la musculatura.

—Todo lo que puedo —contestó Steve, encogiéndose de hombros—. Es un amistoso, así que tampoco estoy demasiado preocupado.

—Ya queda poco para que empiecen las competiciones oficiales.

—Para ese punto ya tendremos las nuevas tácticas más pulidas y el equipo tendrá mejor compatibilidad.

—Es lo que pasa con cada inicio del curso, ya sabes. Aunque este año solo tenemos a uno de primero entre los titulares, lo que facilita las cosas.

—Nuestro Harry Potter particular —rió Steve—. Ese chico realmente vuela cuando salta.

—Que Harry Potter, es la Saltarina Carlota, que te lo digo yo —aseguró Bucky riendo—. Salta y trepa como una araña, no sé cómo le resisten las patas.

—¿Recuerdas cuando ingresamos nosotros? —recordó Steve.

—Fue por aquel amistoso a finales de primer año. Los únicos de primero en ser titulares hasta el momento.

—Sobre todo porque el capitán era tremendo imbécil.

—Tú insultando a alguien, milagro.

Con el sabor agrio que dejan los malos recuerdos, Steve recordó que el club de baloncesto se había convertido en un sumidero desde que Alec Norton había tomado la capitanía del equipo. Sus bromas pesadas, sus entrenamientos funestos y sus estrategias pobres en el juego. No sabía dirigir el equipo y luego pagaba su frustración con los jugadores, sobre todo en los novatos que no sabían a dónde mirar. En los entrenamientos y en los vestuarios tras los partidos siempre usaba su voz sobre ellos. Steve recordaba apretar con fuerza los dientes al sentir esa presión sobre él, tratando de diezmarlo y de obligarlo a bajar la cabeza. Sobraba decir que el equipo se había convertido en una zona non-grata para omegas y para muchos betas también.

—Se lo merece —dijo Steve—. Aun no entiendo cómo alguien como él era el capitán del equipo, no me lo explico.

Norton representaba todo lo que él odiaba de los alfas, todo lo que él se negaba a ser. Le recordaba a aquellos niños horribles que seguro habrían aprendido esa horrenda actitud de sus padres. Le recordaba a su propio padre que había intentado hacer lo mismo con él y su madre.

—Creo que nadie del equipo mantiene contacto con él desde que se fue a la universidad.

—Y lo agradezco. No quiero verlo ni cuando regresa por las vacaciones de Navidad, y eso que lo ha intentado.

Bucky asintió. Con él, Norton también lo había intentado al igual que con otros miembros del equipo que habían sido sus juniors. Por fortuna ninguno había picado. A todas luces Norton poco había avanzado en la universidad y pensaba que podía tratar a los miembros del equipo igual que cuando él estaba como capitán, pero Steve no lo permitiría. Ninguno lo permitiría.

—Me he dado cuenta de una cosa —comentó Bucky acercándose a su mochila para sacar la botella de agua—. Últimamente estás más centrado.

—¿Y eso qué tiene de raro? —preguntó Steve, cogiendo su toalla y secándose el sudor de la frente—. Si siempre te quejas de que no me relajo.

—No, en eso sigues igual. Incluso deprimido estás estresado, pero a eso voy —apuntó Bucky después de dejar la botella de nuevo en la mochila—. Cuando pasó todo el tema de la llegada de Tony estabas muy disperso y hablar contigo era como intentar hablar con un muro. Uno llorón y pringoso, pero un muro al fin y al cabo.

Steve entrecerró el ceño y le dio un latigazo a Bucky con la toalla.

—¡Ay! —protestó Bucky, riendo—. Vamos, sabes que tengo razón. ¿A qué se debe el cambio?

Steve suspiró y rodó los ojos.

—Me di cuenta de que no tenía sentido seguir así por un imposible. No voy a encontrarme con Tony nunca más, así que ha llegado el momento de dejar esos sentimientos ir.

Bucky se le quedó mirando de hito en hito, sin decir palabra. Se cruzó de brazos para añadirle dramatismo.

—¿Qué? —preguntó Steve.

—Pues que no te creo ni media palabra.

—Pues más te vale creerlo, porque es así.

—Venga ya, eso no te lo crees ni tú —protestó Bucky—. Has estado enamorado como un idiota de ese chico desde crío, ¿y lo olvidas tan fácil? ¡Venga ya, Steve!

—No es cuestión de olvidarlo. Siempre será mi primer amor, pero es momento de seguir adelante y dejar lo que fue en el pasado.

—Mira, a otro perro con ese hueso que esa excusa ya has intentado colármela antes.

—¿Cuándo, si puede saberse?

—Con tus exparejas, ¿por ejemplo? —expuso Bucky con retintín—. ¿Por qué crees que no duró más de un mes ninguna de tus relaciones? Si es que se les puede llamar así... ¿Y por qué nunca te has lanzado con Peggy, aunque todos sabemos que hay un cable pelado ahí? Porque siempre volvías una y otra vez a tu primer amor. ¿Y me dices que lo has olvidado solo así?

Steve se encogió de hombros, pese a que las palabras de Bucky lograron pellizcarle los intestinos.

—Lo que tiene reconocer lo imposible.

—Sigues teniendo el collar en el cuello —apuntó Bucky, como si se tratara de una prueba irrefutable de un delito.

Steve se llevó la mano al cuello, tocando el tubo metálico que escondía la nota de despedida de Tony.

—Sabes el significado que tiene para mí, va más allá de que él fuera mi primer amor. Ha sido el recordatorio para ser quien soy.

—Eso son excusas. Resguardado en un lugar seguro servirá igual. Pero insistes en llevarlo siempre contigo, no en cualquier lugar, sino cerca del corazón. Quítatelo si es verdad que lo has dejado ir.

Steve apretó el colgando en su mano, envolviéndolo en un puño. Quiso levantar el brazo y sacarse el collar porque, en parte, sentía que Bucky tenía razón. Aquel colgante era un peso sobre su corazón. El problema era que se había convertido en un peso cálido, uno que llenaba su corazón de fortaleza, de esperanza, de espíritu. Se había convertido en su ancla en los peores momentos.

Steve bajó la mano, incapaz de quitárselo.


Tony bajó del coche después de asegurarle a Jarvis de que le avisaría en cuanto terminara el partido. Al mayordomo no le hacía especial ilusión dejar al chico en un entorno que no conocía y que estaba seguro que no contaba con la seguridad suficiente para contener cualquier problema que pudiera surgir con alguien como Tony. No obstante, sabía lo mucho que necesitaba relacionarse tranquilamente con chicos de su edad así que se mordió la lengua. Aún así obligó a Tony a disfrazarse antes de salir de casa. El chico se adentró en el instituto vestido con unos vaqueros, una sudadera ligera gris con capucha y una chaqueta de cuero. Llevaba unas rayban negras cubriendo sus ojos, las gafas de sol más discretas que tenía, y unas converse rojas que habían tenido días mejores. Y pensar que eso era lo más discreto en su armario…

Tony caminó hasta la entrada, donde se encontró a Bruce sentado en las escaleras.

—Cuánto tiempo —dijo Tony con una sonrisa.

A modo de respuesta, Bruce rodó los ojos, haciendo reír a Tony. Se habían visto esa misma mañana para avanzar con el prototipo, aunque apenas se habían reunido hasta las doce y media para que Peter tuviera tiempo de comer y prepararse para el partido de esa noche.

—Venga, vamos. Te enseño el camino.

Se adentraron en el instituto a través de la puerta principal. Tony, mientras caminaba, fue prestando atención a los carteles que decoraban los pasillos y las pancartas que colgaban del techo.

—Aquí os volcáis con el deporte, ¿eh? —preguntó Tony al ver carteles de competiciones de baloncesto, rugby, fútbol, bádminton y tiro con arco.

—Los equipos de Thornton llevan un par de años con buena fama —contestó Bruce, encogiéndose de hombros—. Así que han ido creciendo poco a poco.

Tony asintió. Se sentía extrañamente sobrecogido en aquel sitio. Como si se hubiera perdido algo y las paredes, los carteles mal pinchados en los corchos y los colores crema se lo recordaran susurrándoselo al oído.

Según se acercaban al gimnasio, el griterío general fue acrecentándole esa incómoda sensación.

—Venga, ya estamos cerca —le dijo Bruce.

Tony no supo si fue porque, pese a que trataba de disimularla con todas sus fuerzas, Bruce se dio cuenta de la repentina ansiedad que parecía sobrecogerle las entrañas y enfriarle la piel; pero Bruce le sonrió. Era una sonrisa pequeña, pero cálida y tranquilizadora. No duró mucho.

Cuando estuvieron apenas a unos metros de la puerta del gimnasio se cruzaron con cuatro personas que salían. Reían estruendosamente y se molestaban entre ellos tan violentamente que ocupaban todo el pasillo con sus empujones y sus codazos. Eran el cliché perfecto de adolescentes imbéciles de una película de Hollywood. Tony tuvo que apretar los dientes cuando percibió que dos ellos emanaban un fuerte hedor alfa; era pesado y agrio, le puso en alerta máxima y le revolvió el estómago. Era una seña violenta, querían ser notados, querían dejar su huella maloliente para marcar territorio. Era una imposición asfixiante y ridícula. Tony deseó poder rociarles con un spray neutralizador que les dejaría oliendo a pino durante una semana.

En cuanto los vieron, Tony se dio cuenta de la sonrisa maliciosa que curvó los labios de uno de los alfas. Apretó los puños, sabiendo que se avecinaban problemas. Estaban cerca de las puertas del gimnasio, no creía que hicieran nada demasiado grave, pero Tony valoró todas las posibilidades en menos de cinco segundos para estar preparado. Aún así, no estaba preparado para lo que sucedió.

El alfa chocó violentamente contra Bruce, hombro con hombro. Si no fuera porque Bruce se cuadró y Tony lo apoyó con una mano en su espalda, Bruce se habría caído. Pero eso no fue lo peor. Pese a que la voz del alfa fue apenas un susurro, Tony pudo escuchar cómo le decía:

—Alfa de mala calidad.

Él y sus amigos se fueron riendo y Tony apenas pudo reprimir las ganas de quitarse un zapato y lanzárselo al mononeurona que acababa de marcharse. No lo hizo por una simple razón: Bruce. A Tony le gustaba buscarle las cosquillas al chico y, aunque conseguía mosquearle, él siempre contestaba sus bromas. Esta vez no era así. Había una rabia tan profunda en sus ojos que parecía que en cualquier momento se daría la vuelta y molería a palos a aquellos imbéciles. La tensión de sus puños y de su mandíbula le indicaron lo que le estaba costando contenerse.

Tony lo observó preocupado e intrigado, sin saber bien qué hacer. Juraría que en cualquier momento la vena del cuello de Bruce iba a estallar. Confundido, le colocó suavemente la mano sobre el hombro.

El beta se sobresaltó, pero no lo miró. En cambio, cerró los ojos e hizo ejercicios de respiración. Ninguno de los dos hizo caso al ruido que provenía del gimnasio. Se aislaron en su burbuja, esperando que la tormenta cesara. Tardó varios minutos, pero cuando volvió a abrir los ojos, Tony pudo contemplar que la calma estaba de vuelta.

—¿Estás bien? —preguntó Tony.

Bruce asintió.

—Venga, vamos. El partido debe haber empezado ya.

Bruce se encaminó hacia el gimnasio y, guardándose cualquier pregunta en una caja de su mente, Tony le siguió.


Bruce tenía razón. Cuando entraron al gimnasio el partido ya había empezado así que no tuvieron oportunidad de desearle suerte a Peter. No les fue difícil ubicarlo. Acababa de encestar y se había quedado colgado del aro. Tony no se explicaba cómo podía tener tanta fuerza en las piernas para saltar tanto. Cuando Bruce le comentó que lo llamaban Spider-Man, estuvo un buen rato riéndose. No era como que no le pegara el apodo. Cualquiera diría que de un momento a otro se pegaría al techo y se dejaría caer en picado para conseguir encestar.

Reconoció algunas de las caras que llevaban la camiseta de los Avengers del Instituto Thornton. Ahí estaba la alfa pelirroja que se movía como una sombra, Natasha. Más que una jugadora de baloncesto, parecía una bailarina. Danzaba entre los jugadores del equipo contrario con pasos precisos y seguros sin darles la oportunidad de rozar el balón. También vio a Sam, que tenía una puntería a la hora de lanzar el balón a canasta que sería la envidia de más de un jugador de la NBA. En el banquillo reconoció a Bucky, que animaba a gritos al equipo. Y también estaba él. El capitán. Ese rubio de sonrisa atenta que parecía tener la capacidad de atentar con cualquiera de sus fronteras. A diferencia de la otra vez, no sonreía. Estaba centrado en el juego y organizaba las jugadas con la mente de todo un estratega. A Tony no le pasó desapercibido la forma en que se le despeinaba el pelo al correr ni cómo parecía saber siempre dónde tenía que estar, siempre preciso, siempre estúpidamente elegante incluso en aquel uniforme. Tenía un pulso de hierro que siempre sabía dónde estaría la pelota y cómo recibirla y moverla por la cancha. Le dio lástima que fuera el único nombre que no había escuchado bien porque era incapaz de quitarle los ojos de encima.

Durante el descanso salieron los animadores del equipo residente, los Avengers. Algunos vestían un mono de pantalón largo, cuello halter cerrado y espalda descubierta con el escudo al frente; otros llevaban vestidos de falda corta tableada y escote corazón. Todos compartían los colores del equipo: rojo, blanco y azul.

Tony no les prestó mucha atención, estaba más centrado en hablar con Bruce y ver al equipo reunido debatiendo la táctica con el entrenador y el capitán.

El descanso terminó y volvieron a jugar. A Tony no le avergonzaría admitir que casi bebió la imagen del capitán cuando lanzó a canasta y su camiseta deportiva se alzó, mostrando durante un segundo sus abdominales. Pese a estar sentado, las rodillas de Tony flaquearon. Tony apretó los dientes, confundido. No era la primera vez que se sentía atraído por alguien, pero esa reacción le había dejado desestabilizado y confuso. Lo peor es que el chico le recordaba a alguien y no atinaba a quien.

El partido terminó con 67 - 45, con la victoria del equipo residente. El público vitoreó y vio los colores del equipo bailar por las gradas. Todo el equipo se lanzó sobre Natasha, quién había conseguido el punto final. Peter reía como si no existiera más en el mundo y al fin se pudo ver al capitán sonreír. Realmente tenía una sonrisa preciosa.

—¿Vamos? —llamó su atención Bruce, levantándose.

—Venga, toca felicitar a la arañita —contestó Tony, levantándose también.

Durante todo el partido habían evitado llamar demasiado la atención para que la gente no se fijara en Tony, así que esperaron a que se despejaran un poco las escaleras para bajar hasta donde seguía el equipo.

Peter lo reconoció en la distancia y corrió hacia él. Estuvo a punto de gritar su nombre, pero se dio cuenta de donde estaba y atinó a morderse la lengua a tiempo.

—¡Realmente vinieron! —gritó Peter cuando finalmente estuvo frente a ellos.

—Te has pegados unos buenos saltos, arañita —le dijo Tony.

Al reconocer el mote, Peter se sonrojó.

—¿En serio tenías que decírselo? —le protestó Peter a Bruce—. ¡Solo Bucky me llama La Saltarina Carlota!

—Me dijo que te llamaban Spider-Man —contestó Tony, mirando a Bruce quien parecía haberse ahogado de la risa.

Si antes Peter parecía sonrojado, ahora era igual que una cereza. Antes de que ninguno pudiera decir nada, una persona llamó a Peter. Al verlo acercarse, Tony apretó los dientes.

—Peter, vamos al vestuario para hablar de los resultados de hoy y recoger —dijo el capitán al acercarse—. Perdón por interrumpir. Hola, Bruce.

El muy incordio tenía que tener unos modales que agradarían a Jarvis, maldijo Tony para sus adentros. Su sonrisa de cerca parecía cargar con un voltaje de mil voltios y agradeció con todas sus fuerzas llevar las gafas de sol.

—Ey, Cap —dijo Peter antes de que tuviera la oportunidad de irse a los vestidores—. Quiero presentarte a alguien. Obviamente a Bruce ya lo conoces, pero aquí tienes a nuestro nuevo compañero de ciencias.

Antes de que dijera el nombre, él ya sabía quién era. Tony lo vio en su mirada. Como si de repente pudiera ver a través de sus gafas y reconociera su cara.

—Tony Stark —se presentó Tony, extendiendo la mano.

Él dudó, como si toda la fortaleza que demostró en la cancha se hubiera evaporado de repente. Sin embargo, tomó su mano en un agarre fuerte.

—Steve Rogers.

Lunes, 9 de diciembre de 2019


¡Hola a todos, lindas flores!

¡AL FIN! Ya está el reencuentro. Según los comentarios la gente estaba tirando de los pelos ya, pobrecitos míos jajajajajajajajaja. En fin, para bien o para mal, nuestro par de pencos favoritos finalmente se han visto las caras.

Juvia Agreste, tenías razón, en el partido iban a suceder COSAS jajajajajajajajaja

Kagome-Black, ¡muchas gracias! En general adoro a Bruce y a Peter, me parecen unos personajes muy bonicos, pero es que estoy aprovechando que este fic es un AU para volcarme un poco más con ellos.

Alessandra Von Grey, tú ya me conoces, ¿cuándo yo no aporto drama? jajajajajajajaja

Bitterchocolate, ¡muchas gracias! Espero que este capítulo también te haya gustado.

Pues con esto y un bizcocho, ¡nos leemos pronto!