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El escándalo


Tres meses antes


Había empezado en Hogwarts, o así lo habían vivido los niños.

James, Albus y Lily estaban acostumbrados a la fama de su padre, y James estaba dispuesto a hacer honor a su primer y segundo nombre en su séptimo y último año en Hogwarts. Cada día era una jugarreta bien planteada con ayuda de sus compinches, hasta acudir prácticamente a diario al despacho de McGonagall, que empezaba a cansarse de sus tonterías y a perder originalidad en sus castigos.

Lily, que era una indiscutible Hufflepuff, se mantenía tranquila y amable cada vez que alguien le preguntaba por su padre. Era difícil que suscitara envidia dada su alegría y buena voluntad. Albus, por su parte, solía poner mala cara cuando mencionaban a Harry Potter. Los demás alumnos habían aprendido a no mencionarlo demasiado en su presencia, especialmente desde que él, Scorpius Malfoy y el primo de este, Heracles Greengrass, habían hechizado el retrete de los dormitorios de los de sexto para que vomitara lo que recibiera.

Si James era un Gryffindor obvio y Lily una Hufflepuff de manual, Albus había nacido Slytherin hasta la médula. Aunque a los Weasley les había impactado, su padre, Harry Potter, lo había visto venir desde lejos. Cuando lo aceptó, decidió considerarlo como una lección de humildad más que como una desafortunada casualidad. Al fin y al cabo, ser Slytherin no era una maldición, y diecinueve años después de la guerra iba siendo hora de que el mundo mágico dejara de verlo como tal.

Ese día, cuando empezó todo, Albus y Scorpius se organizaban para los TIMO en el comedor principal después del desayuno la mañana del sábado. En realidad, mientras Scorpius ponía orden a la amalgama de apuntes de Albus como el chico de extraordinarios de su curso, este bostezaba y le dejaba hacer.

—Al, esto es un desastre —Albus asintió, dándole toda la razón, pero bastante despreocupado al respecto. Al fin y al cabo, ni siquiera había llegado la Navidad y Scorpius ya intentaba prepararlo para los TIMO.

—Sabes que odio Pociones, Scorp. Siempre te copio a ti, no sé por qué te sorprende.

—Estos son tus apuntes de Historia de la Magia, Albus.

—Oh… Pues cuando llegues a los de Pociones…

James golpeó la mesa con un ejemplar de El Profeta con tanta violencia, que ambos dieron un bote. Parecía enfadado, cosa que automáticamente hizo que Albus se tensara. Desde la entrada del menor a Slytherin, la relación entre ambos hermanos se había enfriado notoriamente. James esperaba que Albus fuera a Gryffindor y que siguiera sus pasos hasta el fin de los días, pero definitivamente no había sido así. En casa se peleaban constantemente desde entonces, y en Hogwarts cada uno iba por su lado, a no ser que hubiera asuntos familiares de por medio. Mejor así; aunque la rivalidad entre Gryffindor y Slytherin se había relajado tras dos décadas después de la guerra, todavía había alumnos que veía la distancia de los hermanos como un ejemplo del odio sempiterno que había entre serpientes y leones.

—¿Tú sabes de qué va esto? —preguntó James de mala gana.

—Sabes que yo no leo eso —le respondió con idéntico desdén.

—¿Te refieres a lo de Rita Skeeter? —preguntó Scorpius con curiosidad—. Lo he leído durante el desayuno. Dice que hará un graaaaan anuncio sobre tu padre próximamente y que será un escándalo que afectará a todo el mundo mágico —explicó encogiéndose de hombros ante la mirada interrogante de Al—. No te lo he dicho porque siempre hay algo que contar de Harry Potter, y sé que eso te pone de mal humor.

James se sentó junto a los dos. Los alumnos de Slytherin que seguían allí centraron su atención en él, alerta, como si hubiera profanado su sagrada mesa.

—Lily dice que su amiga Medea ha oído a Damon Rockwood presumir de ello. Estaba diciendo que había encontrado algo sobre papá y que lo iba a hacer público —los tres desviaron la mirada a Damon, un Ravenclaw de sexto curso cuya pedantería era legendaria, al igual que su atractivo. Tenía un ejército de seguidores y seguidoras repartidos por las casas. Para risa de James y Al, Lily estaba entre ellos.

—Déjale decir lo que quiera y no le des más vueltas. Papá siempre está en el Profeta o en Corazón de Bruja. ¿No te acuerdas de cuando dijeron que tenía ascendencia Veera y que había usado su influencia para engatusar a las brujas de Inglaterra? —empezó a enumerar Albus.

—O cuando dijeron que había dejado a vuestra madre por una jugadora de las Arpías —siguió Scorpius.

—O cuando dijeron que había tenido un hijo ilegítimo con la tía Luna y que lo mantenía escondido en el Bosque Prohibido porque las hormiespias le habían comido la nariz y solo podía hablar parsel —siguió Albus.

—¿Qué son las hormiespias? —preguntó James.

—Búscalo en el número ochocientos veinte de El Quisquilloso, pero ten cuidado. Viene con una hormiespia viva y puede ponerte huevos en el cerebro sin que te des cuenta —aseguró Albus mientras Scorpius sonreía al ver la confusión de James.

—¿Por qué te lo tomas a broma?

—No me lo tomo a broma. Las hormiespias son muy peligrosas, en serio —esta vez, Scorpius soltó una carcajada y Albus dejó escapar un ronquido en contención de la risa. James, cada vez más frustrado, decidió abandonar.

—A veces eres un imbécil, Al. ¡Madura de una vez! —le gritó mientras se alejaba.

Los dos volvieron a los estudios, esta vez con Albus mucho más centrado. A la hora del almuerzo, Heracles Greengrass, Ganímedes Parkinson y Dorothea Bullstrode se sentaron con ellos. Decidieron ir a visitar Hogsmeade todos juntos por la tarde, así que el tema no volvió a salir hasta esa misma noche, cuando Albus y Scorpius estaban preparándose para dormir.

—¿Crees que lo de tu padre será algo gordo? Tengo ganas de ver qué se inventan esta vez, y encima es Rita Skeeter quien lo cubre. Mi abuela dice que esa mujer es lo peor que le ha pasado a Slytherin desde Voldermort —le comentó Scorpius cuando se acomodaron en sus camas contiguas.

—También está Slughorn —dijo Heracles desde la otra punta de la habitación.

Las carcajadas no se hicieron esperar.

—Será una tontería, como siempre. Por lo menos espero que sea algo divertido —dijo Albus antes de dormirse.

El lunes salió El Profeta que incluía el escándalo de Harry Potter. Las ventas se multiplicaron por cinco y las tiradas del periódico se agotaron en una hora, aunque de eso Albus no se enteró hasta la hora del desayuno. Los alumnos de primero en Slytherin se levantaron, se asearon y fueron al comedor como cada mañana antes de las clases; Albus estaba repasando unos ejercicios de Aritmancia mientras caminaba por los pasillos, tan concentrado, que ya se había olvidado de que ese mismo día salía la jugosa noticia sobre Harry Potter. Scorpius y él se sentaron juntos, como siempre, y habían empezado a comer cuando las lechuzas entraron por las ventanas y lo regaron todo con El Profeta, el Corazón de Bruja semanal, cartas y regalos de sus progenitores.

Alguien empezó con las risas en alguna parte del comedor. Las exclamaciones de sorpresa se extendieron por toda la sala a sus expensas. Albus y Scorpius se dieron cuenta de que todos tenían El Profeta en las manos, y los miraban entre risas y cuchicheos. Antes de que pudieran preguntar qué ocurría, James se situó frente a ellos con cara de espanto, al igual que Lily, que parecía muy confundida. James le tendió el periódico a su hermano pequeño, que lo agarró cada vez más asustado.

—Tú también deberías leerlo, Scorpius —dijo Lily.

En la portada había dos fotos. Una era de Harry Potter, y Albus la reconoció muy bien. En ella, su padre llevaba el uniforme de auror y recibía su segunda Orden de Merlín de Primera Clase tras la ayuda ofrecida a Europa por la caza de Los Inquisidores, una serie de magos y brujas que habían aterrorizado el continente demandando venganza contra los muggles por la caza de brujas y magos siglos atrás. Esa había sido su excusa para un crimen organizado que había traficado con pociones prohibidas y trata de muggles, práctica que, inquietantemente, se estaba haciendo cada vez más común en la Europa del Este.

En la otra foto aparecía Draco Malfoy, por lo que Scorpius parecía perplejo. Su padre estaba mucho más joven y su foto ilustraba el momento en el que recibía su primera Maestría en Legeremancia (la segunda había sido en Pociones). Bajo ambas fotos, aparecía el impactante título:


Harry Potter y Draco Malfoy, ¿rivales o amantes incomprendidos?

Nuestro querido Salvador, Harry Potter, no podría alejarse del ojo público ni aunque quisiera. Aclamado por sus numerosos logros durante y después de la guerra, nadie sospecharía que, bajo su fachada de héroe, cariñoso padre y amantísimo marido, existiría un secreto tan bien guardado durante tantos años.

Draco Lucius Malfoy (foto a la derecha recibiendo su primera Maestría) hijo de Lucius y Narcisa Malfoy, es conocido por ser miembro de una de las familias de magos más antiguas de Europa, aunque fueron esa pureza de sangre y las radicales creencias de sus familiares los que lo llevaron a convertirse en un mortífago bajo las órdenes del Señor Tenebroso durante la Segunda Guerra Mágica. Con este pasado, no es de extrañar que intentara compensar sus malas acciones con algunos logros académicos y sociales (aunque los Malfoy nunca han sido ajenos a esta clase de atenciones, ¿tendrá su inmensa fortuna algo que ver?)

Hoy, Rita Skeeter comparte con el mundo mágico algo más sobre estos dos personajes tan emblemáticas para la sociedad mágica inglesa. Famosos como representantes de la eterna rivalidad entre Slytherin y Gryffindor, se sabe, por numerosos testigos y entrevistas pasadas, que el señor Potter y el señor Malfoy nunca se han llevado nada bien. No han sido pocos los encontronazos que tuvieron en Hogwarts cuando eran adolescentes. "Siempre se llevaron fatal. Malfoy no paraba de provocar a Harry, y Harry siempre respondía. Una vez, Malfoy intentó lanzarle una imperdonable y Harry casi lo mata con un contrahechizo. Siempre que estaban cerca el uno del otro sabíamos que habría pelea", nos relata uno de los amigos de Potter durante sus años en Hogwarts, Zacharias Smith.

Con tanta enemistad de por medio, la sorpresa fue mayúscula cuando llegó a las manos de El Profeta un cúmulo de cartas que nuestro querido Salvador habría escrito a Draco Malfoy durante su Año de Excedencia en Hogwarts, justo tras la guerra. Después de leerlas detenidamente y asegurarnos de su veracidad, se han ordenado cronológicamente para relatar una historia mucho más profunda de la que todos conocemos, con un inicio casual y un desarrollo de lo más pasional. ¡Algunas de estas cartas no son aptas para todos los públicos!

En primicia, y desde este mismo periódico, les brindaremos diariamente una dosis de este coctel explosivo cargado de preocupaciones adolescentes, dulzura, amor y mucha, ¡mucha pasión! Escrito del puño y letra del mismísimo Harry Potter para su rival y antiguo amante, Draco Malfoy.


Cuando Albus y Scorpius terminaron de leer, los ojos iban a salírseles de las órbitas. Siguieron con la imagen de la carta supuestamente escrita por Harry Potter, perfectamente fotografiada y legible para deleite de los lectores. Al acabar, Rita Skeeter recordaba que estas cartas serían publicadas diariamente y que la cosa se pondría cada vez más caliente. Scorpius y Albus se miraron al terminar la lectura.

—¿De verdad os creéis esta mierda? —le preguntó Al a su hermano—. ¿Papá y el señor Malfoy? ¡Es absurdo!

Lily sonrió de oreja a oreja al escucharlo.

—¿Lo ves? Albus piensa lo mismo que yo. Es solo un chisme más, James, no le des más vueltas.

—¿Y la carta? —insistió él—. Esa es la letra de papá, Al. La reconozco.

—La habrán imitado o será una falsificación —insistió Albus—. James, he visto a papá con el señor Malfoy más de una vez por mi amistad con Scorpius, y te aseguro que parecen de todo menos enamorados. Olvídalo. Es un cotilleo para vender más. Ya deberías conocer a Skeeter.

James se alejó de mal humor y no del todo convencido. Lily volvió con sus compañeras riéndose del chisme. Albus intentó volver a sus estudios, pero Scorpius se había quedado pensativo.

—Esto es muy raro. El Profeta no suele arriesgarse a levantar falsas acusaciones después de la Segunda Guerra, y menos sobre tu padre —aseguró—. ¿Por qué iba a arriesgar su credibilidad con una historia así?

—Bueno… mi tía Hermione me contó que El Profeta había soltado un montón de porquería barata sobre mi padre cuando estuvo en Hogwarts, y que al final tuvo que rectificar y tragarse sus propias palabras. Seguro que se la tiene guardada desde entonces. Además, tiene que fingir que ha perdido toda relación con los antiguos mortífagos, ¿no? Un motivo más para meterse con…

Albus se mordió la lengua rápidamente, pero ya era tarde. Scorpius le miró fijamente, enfadado. Se levantó dando un golpe en la mesa.

—A veces eres un imbécil, Al —recogió sus libros mientras Albus intentaba disculparse, consciente de que había metido la pata, y lo siguió cuando Scorpius salió del comedor hecho una furia.

Mientras se dirigían a la sala común de Slytherin (Scorpius iba dándole vueltas a cómo podría hacérselo pagar a Al mientras este no paraba de disculparse), oyeron un portazo en el pasillo que daba al despacho de McGonagall y a alguien bajando con grandes zancadas la escalera. Ambos, que compartían un respeto nulo por las reglas y una curiosidad insana, se asomaron por el pasillo en el momento en el que dos personas aparecían muy aireadas.

—¿Es esto alguna clase de amenaza, Draco? —oyeron preguntar a McGonagall con tono peligroso. Scorpius reconoció a su padre girándose hacia la mujer con ademán contenido.

—Por supuesto que no, Minerva, pero tal vez, solo tal vez, deberías considerar vigilar más la clase de relación que tienen tus alumnos con los medios. ¿Tienes idea de lo que esta historia puede provocar?

—Sinceramente, Draco, no creo que seas el más indicado para criticar a ningún alumno por utilizar la prensa en su beneficio —dijo Minerva, también enfadada. Draco frunció el ceño todavía más. Scorpius, que conocía muy bien a su padre, sabía que estaba a punto de perder los nervios.

—¡Papá! —lo llamó de manera acelerada, espantado al pensar que su directora y su padre pudieran iniciar una pelea. Draco se volvió hacia él de inmediato, tenso. Acarició la cabeza de su hijo cuando este se acercó —. ¿Qué estás haciendo aquí, papá?

—Tenía asuntos que atender con tu directora, Scorpius, nada que ver contigo —le dijo en tono reservadamente cariñoso—. ¿Vosotros no deberíais estar en clase?

—No han empezado todavía, señor Malfoy —contestó Albus con un respeto casi reverencial.

—Pues preparaos para ellas, no quiero que lleguéis tarde. Dejaremos nuestra conversación aquí, Minerva —sentenció Draco, otra vez controlado. La directora asintió más seria de lo normal.

—Habrá repercusiones para el culpable, Draco, pero no me pidas más —aseguró Minerva, y caminó de regreso a su despacho.

El hombre se alejó por los pasillos junto a Scorpius y Albus, que lo acompañaron hasta la entrada de Hogwarts para que pudiera Desaparecerse. Para Scorpius, el semblante de su padre mientras les preguntaba por sus clases de manera banal no tenía misterios; estaba preocupado pese al esfuerzo que hacía por no aparentarlo. Draco cruzó las rejas del colegio tras darle un abrazo a su hijo, cosa que Albus fingió no ver (sabía que los Malfoy eran muy reservados para las muestras de cariño en público).

—Ha sido Damon Rockwood —le dijo Scorpius a su padre—. Él ha contactado con la prensa diciendo todas esas cosas raras. ¿Tengo que preocuparme, papá?

—No seas absurdo, Scorpius. Ahora ve a clase.

Draco salió de los jardines y se Desapareció. Scorpius volvió con Albus, muy reflexivo.

—¿Qué se te pasa por la cabeza? —le preguntó Al.

—Que mi padre suele desviar la mirada cuando quiere fingir que todo va bien, igual que ahora. ¿Sabes cuándo desvía la mirada también? Cuando alguien menciona a tu padre.

Ambos siguieron andando completamente en silencio.

—Tal vez somos hermanos —bromeó Albus al entrar en Hogwarts. Scorpius se rio—. ¿Sabes qué vamos a hacer al respecto? Lanzar un par de maldiciones a ese Rockwood mentiroso, por tener la boca tan grande.

—Quien se la hace a un Slytherin, se la paga; eso también suele decirlo mi padre —aseguró Scorpius con la misma sonrisa ladina.


[...]


Draco Malfoy se enteró de la noticia poco antes que su hijo en Hogwarts. Desde que Rita Skeeter había anunciado que tenía un escándalo sobre Harry Potter bajo la manga, Lucius y Narcisa habían estado especulando sobre ello en las cenas que compartían con su hijo. Draco, que pasaba gran parte de sus días encerrado en las antiguas mazmorras de Malfoy manor, ahora perfectamente aclimatadas como laboratorio de pociones, sintió mucha curiosidad. Alimentó el cotilleo de sus padres y el de sus viejos amigos de Hogwarts, con los que solía pasar dos o tres tardes a la semana cuando no estaba ocupado con la administración de sus propiedades y tierras (que no eran pocas). Desde la muerte de Astoria, esa era la vida de Draco. Su hobby, las pociones, se había convertido en una obsesión de la que sus padres habían tenido que despegarle, y la administración familiar había sido cedida por el patriarca para que su heredero pudiera entretenerse y no pensar.

Ya habían pasado dos años de la muerte de Astoria, y por fin, tras un año de luto y otro de recuperación, Draco volvía a salir, a acudir a algunos eventos sociales y a visitar a sus viejos amigos. Lo había superado, y se divirtió siguiéndole la corriente a Pansy y a Blaise, cuyas teorías sobre el escándalo de Harry Potter eran cada vez más disparatadas.

Cuando se levantó aquel lunes y leyó El Profeta mientras desayunaba junto a sus padres, la diversión se desintegró de su cara.

—¿Qué es, Draco? Te has puesto pálido —le preguntó su madre. Draco lanzó el periódico contra la mesa respirando aceleradamente, con una mezcla de sentimientos extraños. Lucius y Narcisa lo leyeron con los ojos muy abiertos.

—Por las barbas de Merlín… —murmuró Narcisa empezando a enfurecerse—. Maldita Skeeter... voy a ir a El Profeta ahora mismo. Esto no se va a quedar así.

—No seas ridícula, Narcisa. Es solo una historieta absurda que nadie va a creerse; si vas a El Profeta hecha una furia le estarías dando credibilidad. Déjalo estar. La indiferencia es lo que más hiere a esta gente —dijo Lucius con una tranquilidad no del todo fingida.

—Pero dice que saldrán más cartas, Lucius —recalcó Narcisa.

—Sí, de Potter. Tal y como yo lo veo, es su problema, no nuestro. Si intentan falsificar alguna carta de Draco, ya veremos qué hacemos.

Uno de los elfos domésticos entró con la carta que había traído la lechuza de Pansy. Draco estaba tan desconcentrado que tuvo que leerla tres veces para enterarse de todos los insultos que su amiga dedicaba a El Profeta por semejante blasfemia.

—Voy a salir un rato —dijo sin muchas explicaciones.

Dejó su desayuno sin acabar, salió de casa y se Desapareció, pero no llegó a la mansión Parkinson, sino a un paraje remoto cercano a Hogwarts, en pleno Bosque Prohibido. Allí, hizo unas cuantas averiguaciones, y al darse cuenta de que sus sospechas eran ciertas, perdió el control de sus emociones y se Apareció a las puertas de Hogwarts para hablar con Minerva, hecho una furia.

Después de que Scorpius aplacara su ira, volvió a casa y se encontró a Pansy, Blaise, Theo y a su cuñada Daphne hablando con sus padres. La indignación flotaba en la conversación y Draco no pudo esquivarlos. Durante todo el día aguantó la visita y las propuestas de retirar los bienes sociales de ciertos sectores mágicos como represalia, lanzarle un par de maldiciones a Rita Skeeter o amenazar a El Profeta si no rectificaba esa noticia. Sin embargo, todos llegaron a la misma conclusión incitada por Lucius: si hacían algún movimiento, los magos y brujas, que se estaban tomando la noticia como una especie de broma, empezarían a pensar que había algo de verdad en semejante despropósito. Lo mejor era mostrarse indiferente y reírse de esa locura si alguien preguntaba.

Draco sabía que dejarlo correr y no darle importancia hasta que los cotilleos pararan era lo mejor… pero eso no impidió que se bebiera una botella de whisky de fuego cuando cayó la noche en la soledad de su habitación.


[...]


Harry Potter fue el último mago de toda Gran Bretaña en enterarse. Sumergido en un entrenamiento de maniobras con los nuevos aurores al norte de Escocia, llegó a casa el lunes por la noche, se aseó, se arregló con lo primero que encontró a mano y usó la Red Flu para ir a casa de sus suegros. Estaba agotado tras un largo día de ejercicio continuo, y sabía que no habría tranquilidad en casa de los Weasley pese a que todos los niños estaban en Hogwarts. Lo que no esperaba era que todos lo miraran con una sonrisilla nada más aparecer por la puerta y estallaran en carcajadas, incluida su mujer y la señora Weasley.

—¿Qué pasa aquí? —preguntó sin mucho interés, agotado.

—Nada, nada. Siéntate, tesoro, debes de estar cansado —le dijo Molly sirviéndole un buen plato de estofado.

—Qué calladito te lo tenías, colega —se burló Ron dándole un codazo mientras comía.

—Harry y Malfoy, debajo de un árbol… —empezó a canturrear George muerto de risa.

—No tiene nada de gracia —los riñó Ginny intentando no carcajearse.

—Es cierto, chicos, esto es serio. Se trata de un documento falsificado, y del Jefe de Aurores, nada menos. Al Profeta se le puede caer el pelo —añadió el señor Weasley.

—Estoy completamente de acuerdo. No es para tomárselo a broma —dijo Hermione muy indignada.

—Tomaremos represalias si quieres, Harry. Unas cuantas visitas al Ministerio y… —siguió Bill.

—¿Queréis parar ya? No tengo ni idea de lo que me estáis hablando —cortó Harry con la boca medio llena.

George le tendió El Profeta todavía riéndose. En cuanto Harry leyó el título casi se atraganta con la comida. Soltó la cuchara y paseó la vista por cada línea con los ojos cada vez más abiertos, con el mismo deje de incredulidad con el que los demás habían recibido la noticia. Cuando llegó a la foto de la carta que supuestamente él había escrito, los últimos indicios de sorpresa fueron sustituidos por una seriedad taciturna y una gran palidez. Mientras los demás seguían riendo y bromeando, Harry se quedó mudo.

—¿Cuándo ha salido esto? —preguntó.

—Esta mañana. Todo el mundo habla de lo mismo. Menuda broma, ¿no? —le dijo su mujer.

—No te lo creas, Harry. A Ginny casi le da algo cuando lo leyó por mucha gracia que le haga ahora —dijo Ron.

—¿Estás bien, Harry? —le preguntó Hermione al verlo tan callado.

—Sí. Es solo que estas cosas me cabrean. Malfoy y yo… por las barbas de Merlín, es absurdo —Harry apartó el periódico con un manotazo y comió un poco más, sin ganas.

Bill y Arthur le dijeron que podían denunciar a El Profeta por calumnia, pero Molly, Ron y George dijeron que era una tontería, que nadie se creería semejante historia y que gastarían dinero y esfuerzo dándole a esas alimañas justo lo que querían; atención mediática. Harry fue al baño mientras discutían, un poco mareado. Cuando salió, Hermione lo esperaba un poco preocupada.

—¿Estás bien, Harry? No le des muchas vueltas. A mí también me enfada, pero lo que dice Molly es cierto. Si le damos más importancia de la que tiene, le daríamos a los medios justo lo que buscan. Aun así, podríamos…

Harry la interrumpió abruptamente.

—Mira, estoy reventado, mañana hablamos sobre esto si queréis. ¿Puedes decirle a Ginny que la espero en casa? No aguanto más, necesito dormir.

Hermione lo miró fijamente, desconfiada, pero se hizo a un lado y se despidió dándole dos besos en señal de afecto. En cuanto Harry puso un pie fuera de la chimenea, casi se derrumba sobre el suelo. Las manos le temblaban y estaba sudando como un cerdo. Tomó aire varias veces derrumbándose sobre el sofá. Kreacher, que lo había oído llegar, corrió hasta él ofreciéndole agua y una poción para dormir, creyéndole estresado (justo como estaba).

—¿Es por la noticia del señor Malfoy y el amo Potter? —preguntó el elfo. Harry se volvió hacia él con los ojos muy abiertos—. Kreacher no ha dicho una palabra, amo. Kreacher no dirá nunca nada. ¡Puede confiar en Kreacher, amo! —le juró.

Harry asintió, un poco más tranquilo tras beber más de medio litro de agua, pero eso no hizo que dejara de pensar en adentrarse en la chimenea y transportarse a Malfoy manor. Pensó en la reacción de Draco al leer el periódico aquella mañana, se preguntó si estaría tan nervioso como él ahora mismo. Sin duda, tenía que haber reconocido las cartas. De hecho, era Draco quien se había quedado con estas. ¿Cómo demonios habían llegado a El Profeta? ¿Draco las había publicado? ¿Lo había traicionado? ¿Quería hacer daño a su familia sacando eso a relucir? ¿Por qué ahora después de tantos años? ¿Cómo podía ser tan rastrero? ¿Cómo había podido Harry ser tan estúpido dejando esas cartas en sus manos?

—No, no tiene sentido —pensó en un arrebato de lucidez.

Draco saldría tan o más perjudicado que él si eso salía a la luz, y después de tanto tiempo… era ridículo. Las heridas estaban más que cicatrizadas y habían enterrado el hacha de guerra hacía años. Además, lo primero que Draco tendría en cuenta al hacer un movimiento así serían las consecuencias para Scorpius. Harry sabía que se cortaría un brazo antes que herir a su hijo de cualquier manera, al igual que él mismo lo haría por su familia. No; aquella era una jugada demasiado brusca y carente de compensación como para haber sido ideada por Draco.

¿Podía haber sido algo fortuito? Solo lo averiguaría si hablaba con él.

Harry se levantó muy dispuesto a trasladarse por red flu a Malfoy manor, sin asomo de pensamiento lógico, llevado por los nervios. Antes de que pusiera un pie sobre las cenizas, las llamas aparecieron y Giny atravesó la chimenea. Lo miró con sorpresa.

—¿Estás bien? Hermione me ha dicho que estabas muy cansado. ¿Por qué sigues levantado?

Harry no supo qué decir. Tragó saliva, mudo, y la consciencia volvió a él. Aquella noticia no era distinta a otras tantas que había habido sobre él; quizás hubiera verdad en las palabras de Rita Skeeter, pero eso nadie lo sabía y nadie tenía porqué saberlo. No había motivos para preocuparse. No había motivos para hablar con Draco. De hecho, si algún periodista lo pillaba intentando hablar con él, legitimaría una novedad que todos se tomaban a broma. Seguramente, Draco había pensado lo mismo y por eso no había intentado contactarlo.

Lo mejor era hacer lo mismo que hacía con el resto de noticias inventadas sobre su persona; dejarlas correr hasta que la gente se olvidara de ellas.

—Estoy bien. Agotado, pero bien —le dijo a Giny, y los dos se fueron a la cama.

Harry no pegó ojo en toda la noche. Draco tampoco. Lo mejor es dejarlo correr, se repitieron a sí mismos durante toda la noche; acabarán olvidándose de todo.

Pero ese todo iría a peor.


[...]


Nota de la autora:

¡Hola! Este capítulo ha sido un poco introductorio, para mostrar como estan yendo las cosas después de tantos años. Como ya dije, he decidido mantener algunas cosas de El Legado Maldito, como que Albus fuera a Slytherin y sintiera un cierto resquemor por la fama de Harry, aunque no malsano como en el libro. Igualmente, Astoria está muerta, y sí, Draco la quería muchísimo, aunque eso se verá conforme vaya avanzando la historia.

Otra cosa que he de mencionar son los apellidos de los compañeros de Scorpius y Albus. Estos son los hijos algunas de las compañeras de Draco, y sí, soy consciente de que Heracles Greengrass, Ganímedes Parkinson y Dorothea Bullstrode deberían tener otros apellidos, porque estos proceden de sus madres, Daphne Greengrass, Pansy Parkinson y Millicent Bulstrode, y en el mundo mágico el apellido es el del padre, pero así serían más reconocibles, así que decidí dejarlos tal cual.

Gracias a todos los que me habéis leído, especialmente a ti, Lily, que me has dejado el primer review. Espero que este capítulo os guste pese a que Harry y Draco no hayan contactado... todavía.