—1—
Hinata refunfuñó, molesta por la luz del sol que entraba por la ventana. Se acurrucó más contra la fuente de calor que tenía detrás, sintiendo un gruñido de irritación en su cuello.
Sus ojos blancos se abrieron de par en par.
Su rostro enrojeció al notar que un brazo musculoso y masculino la rodeaba decididamente por la cintura.
La noche anterior, Sasuke y ella habían visto el espectáculo de fuegos artificiales desde la azotea de su casa, y lo último que recordaba era haber apoyado la cabeza en su hombro y haber cerrado los ojos con un repentino agotamiento. Sin embargo, no recordaba que habían vuelto a la casa, y concretamente a la habitación del chico.
Sasuke.
Se soltó de su abrazo lo más silenciosamente posible, tratando de no despertarlo. Contrario a lo que esperaba pareció tener éxito y tras una última mirada al rostro sereno del otro, se escabulló de la habitación. Cogió un juego de ropa limpia y la colada de su habitación y se metió en el baño para darse una ducha.
Colocó con cuidado su ropa sobre un mueble de madera, se desabrochó el obi y se quitó el kimono arrugado. Antes de meterse en la ducha, se miró en el espejo.
Sus ojos rebozaban de vida.
Se llevó una mano temblorosa a la cara, rozando sus labios con los dedos. Su corazón comenzó a latir con una fuerte percusión, después perdió el ritmo.
Tal vez lo había imaginado todo, tal vez el beso era sólo un hermoso sueño.
Entonces sintió, tan clara y nítida, la sensación de sus labios sobre los suyos.
Su primer beso.
Se internó bajo el cálido chorro de agua, cerrando los ojos. Se echó a reír y un segundo después se encontró llorando. Estaba tan feliz que le dolía. No estaba segura de merecerlo. Se lavó con cuidado, prestando especial atención a su largo y oscuro cabello. Había sido muy difícil hacerlo crecer a lo largo de los años. Se pregunto si Sasuke lo prefería corto.
Sonriendo, salió de la ducha, envolviendo su cuerpo con una toalla. Se secó el pelo, atándolo en una suave cola baja, y se puso la ligera yukata azul cielo que trajo consigo. Salió de la habitación y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno. Era tarde, durmieron más de lo habitual.
Hinata se puso el delantal y empezó a limpiar el arroz, tarareando alegremente mientras seguía con sus otros preparativos. Media hora después, todo estaba prácticamente listo. Revolvió con orgullo la sopa de miso antes de darse la vuelta y dirigirse al comedor para poner la mesa.
Estaba colocando los cubiertos cuando se abrió el fusuma. Su corazón latía sin control y sus manos temblaban. Fue muy vergonzoso. ¿Qué debía hacer?
Respiró profundamente y levantó la cabeza en dirección a Sasuke Uchiha.
—Buenos días, Sasuke —le sonrió torpemente, encontrándolo a centímetros de ella.
¿Cuándo se había acercado tanto?
Sin previo aviso, dos labios cálidos y familiares se apoderaron de los suyos, haciendo que sus ojos se abrieran de par en par por la sorpresa. Sasuke se apartó de ella, observándola con diversión.
—Buenos días —le susurró al oído, antes de pasar junto a ella y entrar en la cocina.
Tardó unos minutos en recuperarse de ese contacto. Sasuke tenía el poder de hacerle perder la noción del tiempo y del espacio, así como el equilibrio de sus piernas. Lo siguió con curiosidad hasta la cocina, encontrándolo inclinado sobre la nevera buscando algo.
—¿Te ayudo? —le preguntó tímidamente.
—Solo tengo sed —dijo antes de coger una jarra de agua y llevarla al comedor.
Hinata permaneció inmóvil. Era todo tan extraño. Terminó de preparar el desayuno, sirviendo los diversos manjares en la mesa. Sasuke comenzó a comer en silencio, como lo haría cualquier otra mañana.
Hinata trató de imitarle, pero sus manos no dejaban de temblar y la silla le pareció de repente tan incómoda que tuvo que moverse para aliviarse.
—Suficiente —le dijo Sasuke molesto.
—P-Perdón —se disculpó avergonzada, forzando el arroz en su boca. El otro siguió disfrutando tranquilamente de la sopa de miso.
—Voy a hacer unos recados —declaró la chica al cabo de unos minutos, poniéndose en pie y llevando sus platos a la cocina.
No podrá fingir que todo es normal.
Vació los platos aún casi llenos, sirvió las sobras en un recipiente, y los colocó en el fregadero enjuagándolos rápido. Se secó las manos en el delantal y se dio la vuelta para volver al comedor.
—¿Te ayudo, Hinata? —preguntó Sasuke con una sonrisa sarcástica, apoyándose en el marco de la puerta.
Dios, ¿por qué era tan guapo?
Hinata bajó la cabeza, se sonrojó y empezó a juguetear con sus dedos.
—Estoy bien —tartamudeó avergonzada.
Sintió que se acercaba y retrocedió instintivamente, golpeándose contra la encimera de la cocina. Estaba atrapada. Vio a Sasuke acercarse cada vez más, hasta que su pecho quedó frente a ella, cubierto por la habitual camiseta negra.
El chico de pelo negro se puso a su altura. Podía sentir el cálido aliento en su cuello.
—¿Acaso estás tratando de huir? —le susurró al oído. Hinata negó con la cabeza—. Buena decisión.
Sasuke llevó su mano a la nuca de ella y agarró un puñado de pelo oscuro, atrayendo a la chica hacia él y besándola apasionadamente. Hinata dejó que el beso la embriagara, acariciando sus hombros torpemente y haciendo que su cuerpo se pegara al de él.
—Hinata —gruñó el Uchiha, levantándola con el brazo y dejándola sin gracia sobre la encimera de la cocina.
La chica siguió explorando su cuerpo sin inmutarse, entrelazando los dedos con su pelo oscuro. Ya no entendía nada. Sólo sabía que quería que Sasuke siguiera besándola.
De repente, el otro se separó. Su ojo derecho brillaba en rojo. Hinata le acarició la mejilla, mirando el Sharingan con curiosidad. No entendía por qué había activado su Kekkei Genkai.
—Uhm… ¿Estás enfadado? —le preguntó inocentemente.
Sasuke levantó una ceja, mirándola divertido. Luego sacudió la cabeza y se alejó de ella, dirigiéndose de nuevo al comedor.
Hinata bajó del mostrador y se quitó el delantal. No era una experta en hombres, pero había llegado a conocer a Sasuke y esa mirada irónica en su rostro era una clara confirmación de que no estaba irritado. Sin embargo, eso no explicaba por qué había activado el Sharingan.
Se encogió de hombros, segura de que nunca le entendería del todo. Se reunió con él en la otra habitación y observó que había vuelto a comer. ¿Cómo puede actuar así? Se estaba agotando por dentro.
Definitivamente era mejor irse.
—Me voy de compras, vuelvo en un par de horas —le dijo pasando por delante de él.
—Te acompaño —le advirtió el hombre de pelo negro.
—No es necesario, Sasuke... termina de comer yo voy a….
—No es pregunta —la miró, mordisqueando un onigiri.
Hinata sonrió, sintiendo que sus mejillas se enrojecían.
Era tan extraño pensar en salir a hacer recados con Sasuke. Aun así, tendría que acostumbrarse a ello, pronto su matrimonio sería del dominio público. Sólo pensarlo hizo que su corazón se acelerara. Nunca pensó que podría ser feliz con un matrimonio concertado.
—Iré a prepararme —se despidió, dándole tiempo a terminar tranquilamente su desayuno.
Volvió a su habitación, mirándose en el espejo. La suave cola que había hecho había sido despeinada por la mano del chico y su yukata también se había arrugado. No podía salir así.
Cogió del armario otra sencilla yukata amarillo claro. Se la puso y se peinó el pelo, liberándolo de la cola. En su corazón, aunque simplemente tenían que ir de compras, se sentía como una cita. Caminarían juntos por las calles del pueblo, incluso se cogerían de la mano.
Se sonrojó y escondió la cara entre las manos. Qué tonta que era. Salió de la habitación, reuniéndose con Sasuke que la esperaba en la entrada. Ya llevaba puesta su capa.
—Perdón por la espera —se disculpó la chica, poniéndose las sandalias.
—Un Uchiha no se disculpa —le respondió Sasuke.
Los ojos de Hinata se abrieron de par en par ante la velada insinuación del chico, sintiendo que sus mejillas se encendían.
—Andando.
Cuando Sasuke comenzó a caminar, Hinata lo siguió. Se dio cuenta de que el chico ajustaba su forma de andar a la suya. No estaba acostumbrada a este tipo de consideración, normalmente su padre avanzaba a paso ligero, sin preocuparse de dejarla atrás.
Los dos se alejaron del distrito Uchiha, paseando tranquilamente por la calle. De vez en cuando, sus hombros se rozaban y su corazón daba un salto mortal.
Hinata se dio cuenta de que la gente parecía estar mirándolos, especialmente a Sasuke. Suspiró desconsoladamente. ¿Dejarán alguna vez de despreciarlo injustamente? Ella miró al chico. No parecía estar molesto, sólo seguía caminando con la frente en alto. Envidiaba su confianza. Sin embargo, una voz en su interior le decía que la culpa le dolía, después de todo, Sasuke había arriesgado su vida por la aldea.
—Vamos por aquí —Hinata rozó ligeramente su brazo, señalando con la cabeza una calle lateral.
Sasuke Uchiha asintió, siguiéndola.
La calle estaba menos concurrida y ambos parecían apreciarlo. Llegaron a la tienda donde Hinata solía comprar, entrando silenciosamente en la tienda.
—Hinata-sama, ¡qué alegría verte de nuevo! —se inclinó respetuosamente la anciana.
—También me alegra verte, Utano-san —respondió amablemente.
La anciana miró a Sasuke, abriendo los ojos.
—¡Oh, vaya vaya! —exclamó con asombro la mujer, acercándose a su marido.
—¿Qué ocurre querida? —dijo un señor mayor apoyado en un bastón.
—¡Es el último Uchiha! —susurró la esposa.
Hinata contuvo la respiración.
—¡Uchiha-sama! ¡Que honor conocerte! —el anciano se inclinó respetuosamente. La chica volvió a respirar. Temía que les echaran del establecimiento.
—Nos has salvado muchacho, este pueblo os debe tanto a ti y a tu pobre hermano —continuó la mujer.
Sasuke asintió brevemente.
—Hinata-sama, ¿es tu prometido? —preguntó la anciana, tapándose la boca con la mano para que sólo ella pudiera escucharla. Obviamente no fue suficiente como para no ser escuchada por los dos hombres.
Hinata se sonrojó.
—B-Bueno, Utano-san, ehm —empezó gesticular con nerviosismo.
—Lo soy —intervino Sasuke.
Hinata lo miró sorprendida, encontrándolo extremadamente serio. Por supuesto, eran más que eso, pero ella no esperaba una afirmación. Además, no deberían exponerse hasta el anuncio oficial.
La anciana casi bailó de la alegría, agarrando a su pobre marido por el brazo.
—Vamos cariño, deja que los chicos hagan la compra... —la empujó su esposo, apartándola de la pareja. Ambos chicos permanecieron en silencio, empalados en el lugar.
—Voy a buscar una cesta —murmuró ella, rompiendo el hielo.
Sin esperar una respuesta que probablemente no llegaría, se dirigió a la entrada de la tienda, cogiendo la cesta con ruedas.
Se reunió con el otro, quien nada más verla, puso su mano sobre la suya sujetando el asa de la cesta, con la intención de hacerle entender que él se encargaría de ella. La chica obedeció, ruborizándose ante el inesperado contacto.
Sasuke pasó junto a ella, comenzando a caminar entre los pasillos. Hinata lo miró y se encontró sonriendo.
Era tan agradable pasar tiempo con él, que podría haber hecho esto el resto de su vida.
La sonrisa se amplió.
Si.
Habría sido así.
—2—
Hinata pateó el tronco del árbol que Sasuke había estado utilizando para practicar taijutsu durante sus meses de convalecencia. Hacía mucho tiempo que no se entrenaba ni hacía misiones. No desde que llegó a la casa Uchiha. Echaba de menos el subidón de adrenalina que suponía luchar.
No es que fuera una fanática de las peleas. Había luchado, claro, pero siempre lo había hecho por necesidad. Había matado muy pocas veces, aunque su toque era potencialmente mortal. A su equipo se le encomendaron sobre todo misiones de espionaje, rastreo o recuperación. Se había enfrentado a enemigos realmente poderosos por primera vez contra Pain y había demostrado al menos un poco que estaba a la altura.
No estaba hecha para ser una ninja de élite, nunca lo estaría. Le habría bastado con seguir haciendo algunas misiones de bajo rango, o dar clases en la academia. Pero eso no era lo que se esperaba de una heredera.
—¿Quieres compañía?
Ella jadeó sorprendida, perdida en sus pensamientos no había escuchado que se acercaba. Se giró en la dirección donde procedía la voz. Sasuke la miraba con una sonrisa divertida.
Hinata bajó la cabeza tímidamente.
—No soy rival para ti. Te aburrirías... —murmuró avergonzada.
—¿Problemas de autoestima, Hinata? —se burló de ella.
—¿C-Como?
Hinata apenas tuvo tiempo de agacharse para esquivar la patada que Sasuke le había lanzado por sorpresa.
—Buenos reflejos —le felicitó con una sonrisa, saltando a unos metros de distancia.
La chica se quedó atónita.
—¡No puedes estar hablando en serio! —tartamudeó incrédula.
Ciertamente no esperaba que Sasuke perdiera el tiempo luchando contra ella. El único que podía hacerle frente era Naruto, y ella, ni en mil años podría siquiera acercarse a él.
—Sin ninjutsu. ¿Que dices? —propuso el hombre de pelo negro.
Hinata se encontró sonriendo.
Fue muy dulce de su parte. Ya que, si Sasuke usaba su Kekkei Genkai, la pelea terminaría sin siquiera comenzar. Que usara el Sharingan o el Rinnegan no cambiaría nada. Había derrotado a Madara Uchiha.
—¡Hai! —asintió y se puso en posición de defensa.
No quería darle la impresión de ser un fracaso. Haría todo lo posible, por poco que valiera. Una cosa era segura: no se rendiría. Además, después de todo, era ágil y podía manejar bien el combate cuerpo a cuerpo.
Cuando miró a Sasuke, le vio inclinar la cabeza hacia un lado con una sonrisa socarrona en los labios antes de desaparecer. Sintió el ligero cambio en el aire anticipando la llegada de un golpe y se encontró esquivando un ataque desde arriba. Era impresionantemente rápido.
Saltó hacia atrás con una voltereta, agachándose para dar una patada a ras de suelo a su oponente que la esquivó con facilidad. Sasuke se abalanzó sobre ella con una potente patada. Hinata reaccionó justo a tiempo para pararlo con su antebrazo izquierdo. Sin duda, al día siguiente se encontraría con un hematoma.
Decidida a no rendirse, se aprovechó de la situación, agarrando la tela del pantalón que cubría su pierna extendida y tirando de ella para hacerle perder el equilibrio. Sasuke se tambaleó hacia adelante, pero evitó golpear el suelo gracias a su brazo que había apoyado rápidamente en el suelo, que también utilizó como palanca para impulsarse hacia adelante.
Cayó de pie, observando a la chica con una ceja levantada y una sonrisa de satisfacción en su rostro. No se lo esperaba.
Hinata corrió hacia él, desencadenando una lucha cuerpo a cuerpo que parecía bastante equilibrada. Ella descargó con elegancia patadas y puñetazos, a los que él respondió con prontitud. Era extremadamente rápido y previsor aunque no había activado el Sharingan. Ella se anticipó a sus golpes y contraatacó. Si no hubiera sido tan ágil, ya se habría estrellado contra un árbol varias veces.
Entonces en una fracción de segundo, Sasuke terminó la pelea.
Sin saber cómo, Hinata se encontró de nuevo en el suelo con el chico arrodillado entre sus piernas, con su mano agarrada suavemente alrededor de su cuello. Su expresión era de satisfacción y, a diferencia de ella, no parecía estar fatigado por el duelo. Ni la gota más diminuta de sudor cubría su frente.
—Se acabó el juego, Hinata —decretó, pasando la mano por su cuello hasta su cara en una lenta caricia.
Hinata se sonrojó, apartando la mirada de él. Ella no quería ceder ante él. ¡No iba a rendirse!
Una sonrisa socarrona se dibujó en sus labios. Activó el Byakugan y golpeó dos puntos de chakra secundarios, pillándole desprevenido. Aprovechó la oportunidad para dar la vuelta a la situación y pronto se encontró a horcajadas sobre el chico.
—Ahora si se acabó, Sasuke —le dijo divertida.
Le vio levantar una ceja con ironía.
—Pensé que habíamos descartado el ninjutsu.
La chica se encogió de hombros.
—No entendí bien —mintió.
Sasuke le llevó una mano a la nuca, presionándola para que bajara la parte superior de su cuerpo sobre él.
—No pensé que fueras capaz de hacer trampa —le sonrió burlonamente. Hinata se inclinó hacia su cara, riendo divertida.
—Un Uchiha no se disculpa —afirmó ella antes de entregarse al deseo de besarlo.
Cuando se separó de sus labios, notó que la miraba con una expresión indescifrable. Tal vez no había apreciado el beso. Se apartó de él como si estuviera escaldada, haciendo que se levantara y se liberara de su peso. El chico sin embargo, le agarró la muñeca con firmeza.
—Perdón —tartamudeó ella, poniéndose completamente roja.
—¿Por engañarme o por besarme? —le preguntó soltando su agarre.
—¡¿Ambas?! —se cubrió la cara con las manos avergonzada.
Sintió que el cuerpo del chico se movía bajo el suyo y, poco después, la sensación de su duro pecho rozando el suyo le confirmó que se había sentado.
—Hinata… —Hinata miró en su dirección a través de sus dedos—. ¿Tuviste el descaro de engañarme y ahora eres incapaz de mirarme a la cara —la regañó al borde de la exasperación.
La chica se sintió obligada a retirar las manos y mirarle. Sus profundos ojos la miraban con tal intensidad que sintió que la cabeza le daba vueltas.
—No lo haces tan mal, como Uchiha —sonrió antes de atraerla hacia él y besarla.
Hinata correspondió, sintiendo que el beso se hacía más profundo cada minuto. Era muy fácil dejarse llevar por las emociones. Sus lenguas se acariciaban, embriagadas por el sabor del otro, y sus cuerpos anhelaban más y más contacto.
Rodeó el cuello de Sasuke con sus brazos mientras su mano se deslizaba astutamente bajo su camisa, dejando estelas de fuego a su paso. Sentía que se quemaba viva.
Cuando su autocontrol estaba a punto de fallar, Uchiha se separó de ella. Una vez más el Sharingan brilló en su ojo derecho.
—¿S-Sasuke? —los ojos blancos lo miraron confundidos.
El brazo de Sasuke le rodeó la cintura y, en un abrir y cerrar de ojos, se transportaron al interior de la casa, más concretamente al futón de la habitación del chico.
—¿P-Pero...? —miró a su alrededor asombrada.
Amenotejikara. Nunca se acostumbraría a ello. ¿Por qué la había llevado al dormitorio? Si él quería...
Aprovechando su consternación, Sasuke invirtió las posiciones, tomándola debajo de él y lanzándose de nuevo sobre sus suaves labios y Hinata puso las manos en su pecho, apartándolo ligeramente con su rostro carmesí y respirando irregular. Ante su mirada de desconcierto, le vio poner los ojos en blanco.
—Los ANBU —le explicó.
Hinata enrojeció completamente.
Dios, había olvidado que dos cazadores especiales estaban vigilando a Sasuke. Seguramente lo habían visto todo y habrían informado del incidente al Hokage. Y tal vez incluso a su padre. Su rostro empalideció de terror, poniéndose rígida bajo el cuerpo de Uchiha que, exasperado, la liberó de su peso y se tumbó junto a ella en el futón.
—¿Crees que ellos...? —Hinata se cubrió la cara con las manos.
—Sí
—N-No puede ser
—Hinata —la llamó suavemente. La otra se quedó quieta, conteniendo la respiración.
—Estamos en nuestra casa. Ellos son los que no deberían estar aquí —le explicó para calmarla, acariciando su cabeza.
De hecho, esas palabras la hicieron sentir mejor. Es decir, era normal que una pareja intercambiara muestras de afecto. Demostraciones muy cariñosas
Hinata sacudió la cabeza, ahuyentando la vocecita que había empezado a atormentarla. Poco después oyó el crujido de la sábana, seguido de la desaparición de la cálida sensación que emanaba del cuerpo de Sasuke a su lado.
—¿Adónde vas? —le preguntó ella mientras se incorporaba.
—Necesito una ducha —le dijo sin rodeos, antes de desaparecer tras la puerta.
Se calló y volvió a tumbarse en el futón.
Había pasado casi una semana desde el festival de fuegos artificiales, y el contacto físico con Sasuke era cada vez más frecuente, y ponerle fin era casi imposible; no se controlaba del todo cuando ocurría. Y entonces parecía tan... correcto.
Incluso fácil.
Fácil.
Para ella, Hinata Hyūga, que se sonrojaba por nada, intercambiar efusiones apasionadas con Sasuke Uchiha, el chico más codiciado desde la academia, era fácil.
Definitivamente, el mundo estaba al revés.
—3—
Hinata sacó una mata de hierba del suelo.
Desde primera hora de la mañana había intentado limpiar el jardín de su casa lo mejor posible. Habían pasado horas desde entonces y finalmente pudo ver los primeros resultados.
Se secó la frente empapada de sudor. Hacía mucho calor.
Pero no se iba a dar por vencida, estaba decidida a plantar esas camelias antes de que Sasuke volviera del entrenamiento con Naruto.
De sólo pensarlo se sonrojó.
Aquel chico estaba echando por tierra todas las míseras certezas de la vida que tenía, dándole la vuelta a la tortilla de forma inesperada.
Lo que sentía por él era tan diferente de lo que la había unido a Naruto Uzumaki durante todos esos años. Gratitud. Admiración. Estima. Estaba tan convencida de estar enamorada de él hasta el punto de sacrificar su vida por la suya. Sin embargo, ahora se lo cuestionaba seriamente.
Sacudió la cabeza.
Sasuke Uchiha hace que el mundo se estremezca, contener la respiración, convierte su corazón en una bomba a punto de estallar. En sus brazos se siente protegida, como si nada pudiese dañarla, él no lo permitiría.
No podía explicar con palabras lo que estaba experimentando. Lo único que sabía era que era feliz, más feliz de lo que había sido nunca.
Durante años se había llenado la boca con el nombre de Naruto, y ahora allí estaba, con la cabeza y el corazón llenos de imágenes de Sasuke.
Hinata sintió un repentino movimiento de aire, se giró en posición de defensa activando su habilidad ocular. Poco después, apareció uno de los dos guardias de ANBU.
—Hinata-sama —el cazador especial se inclinó respetuosamente.
—Buenos días —saludó amablemente, desactivando el Byakugan.
—El Hokage solicita su presencia —explicó escuetamente.
—Oh. Me voy inmediatamente —se levantó la chica, limpiando sus pantalones manchados de tierra.
—Sasuke Uchiha también debe venir —especificó entonces el ANBU.
Hinata asintió y el ninja enmascarado se marchó, desapareciendo de su vista en una efímera nube de humo.
Si el Hokage los convocó juntos, sólo podía significar que tenía que comunicar algo sobre el acuerdo.
Volvió a la casa y se dio una ducha rápida para estar presentable en presencia del Sexto. Seguía siendo la máxima autoridad del pueblo, y la estricta etiqueta con la que se le educó desde pequeña, le exigía comportarse y vestirse adecuadamente para la ocasión.
Se puso uno de sus mejores kimonos: color crema con crisantemos bordados en hilo dorado y un obi del mismo acabado, se dirigió al campo de entrenamiento, segura de encontrar allí al objeto de sus pensamientos.
Como era de esperar, los dos amigos chocaron. Algunos de los troncos estaban destruidos y las ramas yacían en el suelo carbonizadas por lo que debían ser las llamas. Los observó luchar, asestando golpe tras golpe con técnicas de primer orden. Liberaron una cantidad exorbitante de chakra. Era increíble lo fuertes que eran.
Los ninjas más poderosos de todo el mundo shinobi. Su pasado y su presente.
—¡Hinata-chan! —gritó Naruto mientras rechazaba una patada.
Sasuke, con un ágil salto hacia atrás, se alejó del otro, y luego se volvió en su dirección. En cuanto sus miradas se cruzaron, Hinata se sonrojó.
—Perdonadme, pero el Hokage desea hablar con nosotros —explicó avergonzada, bajando la cabeza.
—¡Vaya, tal vez quieran liberarte a ti primero teme! —saltó el Uzumaki complacido.
Hinata se mordió el labio. Se sentía muy culpable. Odiaba mentir.
—Vamos —ordenó Sasuke, apareciendo a su lado.
—Si —asintió.
—¡Me voy a una misión esta noche! Os veré en un par de días —les advirtió el rubio.
Uchiha asintió con la mano en señal de despedida y dio un salto.
—¡Adiós, Naruto-kun! Suerte —sonrió Hyūga siguiendo al otro.
Los dos chicos llegaron a la Torre Kage a través de los tejados, aterrizando frente a la entrada principal de un salto. Caminaron en silencio por los pasillos, extrañamente poco concurridos. Hinata miró a su alrededor con curiosidad. Probablemente, ahora que las misiones se reanudan con mayor regularidad, el edificio se ha vaciado y el trabajo de oficina se está acabando.
De repente, sintió que la agarraban suavemente por la muñeca y se encontró con la cabeza enterrada en el pecho de Sasuke. Sonrió, sonrojándose ligeramente. Entonces se armó de valor y rodeó la cintura del chico con sus delgados brazos, sintiendo cómo pasaba sus dedos por su largo cabello. Siempre lo hacía.
Hinata levantó la cabeza para mirarlo y extendió la mano, rozando suavemente su rostro. Era tan hermoso.
Sintió que su corazón martilleaba frenéticamente en su pecho. Se puso de puntillas, se acercó a él y le dio un dulce beso en los labios. Sasuke sonrió divertido antes de besarla apasionadamente, atrayendo sus elegantes formas hacia él en un firme abrazo. Se separaron después de un tiempo indefinido. Cara a cara, con la respiración entrecortada.
—Terminaremos esta conversación en casa, Hinata —le dijo antes de tomarla de la mano y llevarla de vuelta al pasillo principal. Ni siquiera se había dado cuenta de que se habían aislado.
No pudo disfrutar de la sensación de su mano en la suya durante mucho tiempo, ya que tuvieron que separarse poco después al acercarse las dos fuentes de chakra. La tercera planta parecía mucho más concurrida, por todas partes había jōnin y pequeños chūnin deambulando por las habitaciones.
Finalmente llegaron al despacho del Hokage encontrándose en primera instancia con Shizune, quién en cuanto advirtió la presencia de ambos les invitó a pasar no sin antes apuntar que el Sexto los esperaba desde ya hace un rato.
Hinata llamó amablemente a la puerta, oyendo a Sasuke gruñir molesto. Tuvo que contenerse para no reírse. Estaba segura de que el habría entrado sin contemplaciones.
—Adelante —se escuchó la inconfundible voz de Kakashi Hatake desde el interior.
Hinata y Sasuke entraron en silencio en el despacho del Sexto. Les esperaba Hiashi, sentado tranquilamente frente al escritorio del Hokage.
—Hokage-sama. Padre. —Hinata se inclinó respetuosamente ante los dos hombres.
—Hinata —le espetó su padre con desdén antes de mirar al chico a su lado.
Hyūga bajó la cabeza. En todo el tiempo que había pasado en el distrito Uchiha, había olvidado lo que se sentía al ser un fracaso.
—¿Hay algo que necesites decirme, Hyūga-san? —preguntó el joven de pelo negro.
Hinata levantó la cabeza, notando cómo los dos hombres se miraban.
—Eres un desvergonzado Uchiha. Igual que tu padre —comentó el líder del clan Hyūga con una sonrisa burlona.
Hinata sintió que el chakra de Sasuke se disparaba de repente y sin pensarlo, agarró la tela de su camiseta negra con la mano. Ella sintió que se calmaba gradualmente con su toque.
—Hinata, Sasuke, sentaos... —les invitó Kakashi aliviando la tensión. Los dos obedecieron y se acomodaron en las sillas vacías frente al escritorio.
—¿Por qué estamos aquí, Kakashi? —soltó el Uchiha visiblemente molesto.
—Sasuke —dijo el Hokage con una mirada severa.
—Hokage-sama, ¿cómo podemos ser útiles? —reformuló Hinata, tratando de corregir la perorata del muchacho.
—Hiashi-san ha pedido revisar el contrato —explicó entonces el hombre de cabello gris.
—¿En qué términos? —preguntó Sasuke lapidariamente.
—Es necesario anticipar la ceremonia —afirmó Hiashi.
—¿Qué? —tartamudeó Hinata. No se lo esperaba. No faltaba mucho, así que ¿por qué no esperar?
—El rumor de que tú y Uchiha tenéis una aventura se está extendiendo por la aldea y los alrededores —explicó Hyūga con frialdad.
—¿Te preocupan los cotilleos, Hyūga-san? —se burló el hombre de pelo negro.
—La reputación de mi hija y en consecuencia la de mi clan está en juego Uchiha. Supongo que ya no puedes entender de qué estoy hablando...—le sonrió el hombre.
—¡Padre! —Hinata abrió los ojos.
—¡Silencio Hinata! —su padre la fulminó con la mirada.
Sasuke activó su Sharingan, mirando a Hiashi a los ojos. Podría haberle ignorado si no le hubiera hablado así a Hinata.
—Hyūga trata de moderar tus términos cuando te dirijas a un Uchiha —Sasuke dejó de lado las formalidades, dirigiéndose a Hiashi en tono punzante.
—Puedo relacionarme contigo como quiera, chico —le devolvió la mirada.
—Estoy hablando de Hinata.
Hinata miró a Sasuke, sonrojándose ante su no tan sutil insinuación.
—El parecido con tu padre es evidente —Hiashi sonrió divertido, cruzando los brazos sobre el pecho.
—Lo tomaré como un cumplido —Uchiha volvió a centrar su atención en Kakashi.
—Por favor, ambos moderen sus términos —ordenó este último, observando a los dos cabecillas.
—¿Cuándo será la ceremonia oficial? —preguntó Hinata.
—El veintiuno de agosto —decretó el padre. Faltaban menos de tres semanas exactamente.
—¿Cómo vamos a arreglar todo a tiempo? —se preocupó la chica. En muy poco tiempo se convertiría totalmente en la esposa de Sasuke. Sentía que el corazón se le saldría del pecho.
—Los preparativos ya se han completado. En breve enviaremos las invitaciones —añadió Hiashi de forma práctica.
A Hinata se le heló la sangre.
—¿Hay algo más? —Sasuke observó cómo su maestro negaba con la cabeza.
—4—
Hinata se acurrucó más contra el pecho de Sasuke.
Desde su encuentro con el Hokage y su padre, esa extraña sensación de inquietud había sido una compañera constante. No era la emoción de la boda, eso era normal para una novia. Más bien, era el terrible sentimiento de culpa que la consumía día a día. Suspiró desesperada.
—Habla —ordenó Sasuke.
Hinata se sonrojó de vergüenza. La conocía tan bien a estas alturas que no necesitaba hablar para que el la entendiera. Por otra parte, siempre había sido así entre ellos.
—Estaba pensando que deberíamos contarle a los demás lo de nuestro matrimonio —se soltó de su abrazo, acomodándose.
—Hmp.
—¿No querrías que Naruto-kun se enterara por nosotros? —le preguntó ella, jugueteando con sus dedos índices. Seguía siendo su mejor amigo, lo más parecido a una familia que tenía.
El hombre de pelo negro permaneció en silencio, tapándose los ojos con el brazo, aparentemente desinteresado en la conversación. ¿Cómo puede ser tan insensible?
—Deberías decírselo a Sakura —tartamudeó después de unos segundos.
—Hinata —le llamó, advirtiéndole que estaba a punto de perder los estribos.
—Lo digo en serio Sasuke. Se merece escucharlo de ti y no de una invitación —no se dejó intimidar por él. El chico se destapó los ojos y se sentó a su vez, acercando su cara a la de ella.
—Hinata —susurró a un paso de sus labios. Hinata se puso rígida.
—¿Si? —tartamudeó, sintiendo que su corazón se aceleraba.
—No. —Sasuke se levantó, saliendo del porche y entrando en la casa.
Hinata se llevó una mano al pecho, esperando que los latidos de su corazón volvieran a la normalidad. La había dejado perpleja como una tonta. Sacudió la cabeza. No iba a dejarle ganar. Se unió a él dentro de la casa y gracias al Byakugan descubrió que estaba en su habitación. Caminó por el pasillo llegando a su destino en pocas zancadas. La puerta estaba abierta, así que entró impertérrita.
—Sasuke, por favor.
Hinata se quedó callada, al ver que el chico rebuscaba sin camiseta en los cajones del armario. Bajó la mirada avergonzada.
—Olvídalo —le dijo, cogiendo una camisa negra.
—¡No sabes lo que es no tener una respuesta! —levantó ligeramente la voz, apretando los puños y observándole. Lo vio levantar una ceja, sorprendido por su reacción.
—Ya ha tenido su respuesta en numerosas ocasiones —le contestó él, arrojando la prenda sobre la cama.
Hinata resopló. Ella nunca lo convencería. Era tan terco como una mula, ese chico.
—¿Por qué te cambias? —le preguntó con curiosidad al cabo de unos minutos.
—Tenemos que ir a la estúpida fiesta de Yamanaka, ¿lo olvidaste? —volvió al armario cogiendo unos pantalones negros.
—Oh, ehm, c-claro —murmuró ella.
En realidad, lo había olvidado. Ino Yamanaka había organizado una pequeña reunión porque, según había dicho, en tiempos de paz nunca había demasiadas oportunidades para celebrar.
—¿Te vas a quedar, Hinata? —le preguntó Sasuke con voz traviesa.
La chica levantó la cabeza observándole con ojos blancos llenos de confusión. En respuesta, el otro llevó su mano a la altura de sus pantalones, acercando sus dedos al ojal.
Hinata se puso de color burdeos y para no desmayarse, salió corriendo de la habitación cerrando la puerta tras ella. Se apoyó en el fusuma. Sus piernas se habían vuelto flácidas. Al final siempre se las arreglaba para ganar.
Fue a su habitación, abriendo el armario en busca de algo bonito que ponerse. Todas las chicas seguramente serían hermosas, ella no puede competir.
Quién sabe lo que Sasuke vio en ella. El hecho de que no le gustara Sakura nunca se entendería. Era la kunoichi más hábil y prometedora de su edad, era fuerte, divertida, luchadora. A menudo había envidiado su característico pelo rosa y sus brillantes ojos verdes, especialmente desde que habían enamorado a Naruto. Y lo hizo también en este momento, mirándose al espejo y culpando a su muy ordinario pelo oscuro.
Suspiró y volvió a prestar atención a su ropa.
Encontró un viejo vestido rojo, que le regaló Tenten hace unos años. Nunca se lo había puesto porque marcaba demasiado sus curvas. Decidió probárselo, con la esperanza de verse de otra manera. Se lo puso rápidamente mientras se miraba en el espejo. El vestido era muy sencillo y bonito, tenía tirantes finos y cubría sus pechos, extendiéndose en una suave falda que terminaba justo antes de la rodilla. Si no hubiera tenido ese gran problema, habría sido perfecto.
Un suave golpe la distrajo de sus pensamientos.
—Te espero fuera, date prisa —le advirtió Sasuke desde detrás de la puerta.
Iban terriblemente tarde. Se peinó dejando el pelo suelto sobre los hombros y, sin tiempo, se puso una chaqueta suelta sobre el vestido.
Salió de la casa, deslizando sus sandalias en el genkan y uniéndose a Sasuke. Caminaron uno al lado del otro hasta la entrada del distrito Uchiha. El sol ya se había puesto y las calles del pueblo se llenaban del bullicio y la animación de los jóvenes.
Los dos ninjas se acercaron al bar que les había señalado Ino, un lugar bastante concurrido con mucha gente entrando y saliendo. Reconocieron la delgada figura de Shikamaru apoyada en una columna y fumando un cigarrillo, se acercaron a él.
—Buenas noches, Shikamaru-kun —le saludó Hinata.
—Que tal Hinata, Sasuke —correspondió, deslizando una mano en su bolsillo.
—¿Ino y los demás ya están dentro?—preguntó la kunoichi. Nara asintió.
—Permiso —se excusó educadamente Hinata antes de entrar en el club.
Sasuke y Shikamaru se limitaron a asentir el uno al otro, completamente desinteresados en intercambiar cumplidos.
El interior del club parecía agradable, aunque para su gusto, la música estaba demasiado alta y la gente abarrotada. Se colocaron mesas en los bordes de la sala y en el centro había una gran pista de baile.
—Sasuke ¿los ves? —preguntó Hinata. Era demasiado bajita y la multitud se alzaba sobre ella.
El Uchiha la agarró suavemente de la muñeca, abriéndose paso entre la gente. Ella soltó su agarre poco después, cuando ya eran visibles para los otros chicos.
—¡Temía que no llegaras teme! Estaba por ir a recogerte —gritó Naruto abalanzándose sobre su mejor amigo y dándole una palmada en la espalda.
—¡Por aquí Hinata! —Ino grito entre la multitud para llamar su atención.
Tras intercambiar una rápida mirada con Sasuke, se dirigió a las otras chicas. Como se imaginaba, todas estaban preciosas con sus vestiditos. Se metió aún más en su chaqueta.
—Pero Hinata ¿acaso no tienes calor? —preguntó Tenten al ver su pesada sudadera.
No solo tenía calor ¡Se estaba asando! Entre la estación, la multitud y las pocas ventanas, probablemente se desmayaría pronto. Por supuesto, nada como quitarse la chaqueta.
—Estoy bien —le sonrió avergonzada.
—Pero estás sudando... —observó Sakura preocupada, poniéndole una mano en la frente.
—¿Qué llevas debajo Hinata? —se acercó Ino.
—Un vestido en V, pero... —trató de disuadirlas.
—¡Ah, perfecto entonces! Quítate la sudadera, te sentirás mejor —le animó Haruno.
—Mejor no —Hyūga nego con la cabeza y manos simultáneamente.
—¿Por qué? —la chica de los moños la miró con curiosidad.
—E-Es que… —bajó la cabeza con la cara roja.
—¡Ven conmigo Hinata! Vamos al baño para que me enseñes cuál es el problema de este vestido —Ino agarró a la kunoichi de la mano, arrastrándola al tocador. Una vez dentro, la rubia cerró la puerta.
—¡Vamos a ver! —dijo cruzando los brazos sobre el pecho.
—¡Ino, este vestido me queda mal! —se quejó Hinata.
—¿Cómo voy a saberlo si no puedo verlo Hinata? —le sonrió animadamente.
La morena suspiró y comenzó a desabrochar su sudadera. Una vez que terminó, miró a Ino expectante.
—¡Quítatelo, no puedo ver nada! —resopló exasperada.
Hinata obedeció, sintiéndose repentinamente mejor. Con la sudadera puesta, realmente sentía que iba a asfixiarse. Levantó la cabeza y se encontró con que la rubia la miraba con ojos azules muy abiertos. Estaba a punto de volver a ponerse la chaqueta, aterrorizada por su juicio, cuando Yamanaka le arrebató la sudadera de la mano.
—¡No te atrevas a cubrirte! —exclamó eufórica.
—¡Hinata estás encantadora! Vas a volver locos a todos los chicos —aplaudió la rubia con entusiasmo, antes de volver a abrir la puerta.
—¿Qué estás haciendo? ¡Ino! —tartamudeó abriendo grandes los ojos.
—¡Anda! —gritó empujándola hacia fuera.
Hinata se encontró en medio de la gente.
Se habría quedado quieta, mezclada con la decoración, si tan sólo Ino no la hubiera arrastrado hasta la mesa.
—¡Wow Hinata-chan! —la voz de Naruto la hizo levantar la vista. El rubio la miró con admiración, deteniéndose largamente en sus pechos.
Sasuke, a su lado, le dio un fuerte golpe en la cabeza, antes de lanzarle una mirada extraña.
—¡Hinata! ¡No te había visto! Estás muy guapa —Kiba la abrazó estrechándola contra su pecho.
—Kiba estás asfixiandola —intervino Shino.
—Uy —Inuzuka la liberó de su agarre, rascándose la mejilla avergonzado.
—Gracias, Shino-kun —agradeció Hinata a su amigo, que le puso una mano en el hombro con una media sonrisa.
—¡Hinata-chan! ¿Es ese el vestido que te regalé? —preguntó Tenten con curiosidad, arrebatándosela a los dos chicos. La Hyūga asintió.
—¡Sabía que te quedaría perfecto! —le acarició la cabeza con suavidad.
—¿De verdad lo crees? —la miró tímidamente.
—¡Por supuesto! Neji ya se habría puesto en modo sobreprotector —guiñó un ojo.
Hinata la abrazó instintivamente, sintiéndo que le escocian los ojos al recordar lo protector que era su querido primo para con ella.
—¡No se te ocurra llorar! Si lo haces también lloraré —la regañó apartándose. Hinata negó con la cabeza.
—¡Por fin vamos a comer! —gritó Chōji, animado al ver llegar la comida.
Se sentaron todos, separándose en dos mesas contiguas, una para los chicos y otra para las chicas. La cena transcurrió tranquilamente, a pesar de todo.
—¡Señorita, esto es para usted! —llegó una camarera, trayendo una bebida y entregándosela a Hyūga.
—Debe tratarse de un error, no he ordenado nada —se apresuró a decir.
La chica señaló a un joven sentado en el mostrador que la saludó.
Kiba desde la otra mesa comenzó a silbar, seguido de cerca por Naruto y Chōji que comenzó a aplaudir divertido. Hinata se sonrojó hasta la raíz del pelo.
—¡Es que estás impresionante Hinata! —rió Ino.
—¡Es lindo! —felicitó Sakura.
—¡Y viene para acá! —le dijo Tenten dándo pequeños codazos.
La chica cerró los ojos, esperando que la tierra se la tragara y la escupiera de vuelta en su casa. A ella le importaba un bledo este tipo, ¡Ella ya estaba casada!
—Hola —oyó decir a una voz desconocida. Hinata contuvo la respiración, incapaz de mirarle.
—¡Sólo es un poco tímida! —dijo Ino.
—¡Vamos Hinata! —le susurró Sakura al oído.
—Uhm, que tal… —tartamudeó mientras seguía mirando su plato.
Nunca se había encontrado en una situación tan incómoda: un desconocido invitándole una copa, un vestido que dejaba al descubierto sus generosas formas y su esposo en la mesa de al lado observando la escena ¿Por qué no solo la matan y ya?
—¿Cómo te llamas? —le preguntó amablemente el chico.
—¡Se llama Hinata! —le sugirió la rubia.
—¿Quieres hablar en un lugar menos ruidoso, Hinata? —propuso ofreciéndole la mano.
De repente, se oyó el ruido de cristales que se rompían. Todos los ninjas se volvieron en la dirección de la que provenía, encontrando a Sasuke agarrando los restos de lo que debió ser un vaso en su mano. Sin prestar atención a la sangre que había comenzado a gotear de su mano, miró al desafortunado con una mirada asesina.
Los ojos de Hinata se abrieron de par en par. No quería parecer irrespetuosa, pero debía serlo si estaba tan enfadado.
—¿Hay algún problema? —preguntó el chico moreno.
—Pierdete —le ordenó el Uchiha.
—¿Disculpa? —preguntó el otro levantando una ceja irónica.
—No me repetiré —el chico de pelo negro se apoyó en el respaldo de la silla, desafiándole a responder.
Evidentemente descarado, el civil se volvió de nuevo hacia la mesa de las chicas.
—Entonces, Hinata…
El pobre hombre no tuvo tiempo de terminar su frase y se encontró abriendo los ojos como si fuera tragado por una repentina alucinación. Poco después se desplomó de rodillas, sujetando su cabeza con las manos y sacudiéndola frenéticamente.
Sasuke, con una expresión neutral, mostró el Sharingan.
—¡Teme! ¡¿Qué coño estás haciendo?! —Naruto lo agarró por el brazo, arrastrándolo fuera del club.
Mientras las chicas rescataban al hombre de pelo castaño que poco a poco volvía a la realidad, Hinata, paralizada por la escena, fue agarrada no muy suavemente por la ninja de pelo rosa y llevada al exterior.
—¿Qué demonios acaba de pasar? —gruñó Sakura.
Hyūga no dijo nada. No sabía qué decir. No podía decirle que Sasuke estaba enfadado con ella porque, como su esposa, no había dejado clara su posición
No había dejado clara su posición desde el principio.
La ninja médico sacudió la cabeza en señal de desaprobación, desapareciendo de la vista de Hinata para seguir a sus dos compañeros.
—¿Estás bien Hinata? —Kiba y Shino se acercaron a ella. La chica asintió.
—¿Qué le pasa a Sasuke? —preguntó Tenten.
—Parecía... celoso —tartamudeó Ino con inseguridad.
Hinata cambió su atención a la rubia. ¿Estaba realmente... celoso? Su corazón empezó a latir más rápido y su cara se sonrojó de golpe. Fue tan... romántico.
—¿Dónde está ese idiota? —Shikamaru corrió en busca de Sasuke con una expresión terriblemente seria.
Todos los ninjas del grupo le siguieron, uniéndose a los miembros del equipo siete. Naruto maldecía a su amigo, intentando junto con Sakura, arrancarle alguna información de la boca. El Uchiha, en cambio, los miraba con su habitual expresión impasible. No había rastro de arrepentimiento en él.
Hinata le miró y sus ojos se cruzaron.
Sus amigos merecían una respuesta.
Ya no había vuelta atrás.
—5—
«—¿Se puede saber qué demonios tienes en la cabeza? —gritó Naruto.
El hombre de pelo negro siguió mirándola.
—¿Hay algo entre tú y Hinata? —le preguntó Haruno a bocajarro.
Hinata sintió una dolorosa punzada en el pecho. Odiaba mentir. Odiaba hacer daño a las personas que amaba. Ella misma le había pedido a Sasuke que revelara la historia del matrimonio a sus amigos, y ahora no era justo dejarlo solo en la estacada. Respiró profundamente y dio un paso en dirección a los tres miembros del equipo siete. Llegó hasta ellos y ante la mirada incrédula de todos, se posicionó junto al Uchiha.
Miró a Sakura a los ojos.
—Ojalá en tu corazón, algún día puedas perdonarme Sakura-san —se disculpó sinceramente.
—¿Qué? —tartamudeó la otra mientras los miraba. El corazón de Hinata se rompió al ver esos ojos verdes aterrorizados.
—¿Hinata? —llamó Naruto confundido.
—Hinata ¿qué está pasando aquí? —llegaron Kiba y Shino que también estaban preocupados.
—Creo que está bastante claro —soltó molesto el Uchiha. Hinata se puso rígida.
—¿Están juntos? —preguntó Shino, haciéndose eco de los pensamientos del grupo.
—No del todo, verán… —intentó explicar la morena.
—Firmamos un contrato de matrimonio — interrumpió Sasuke, impaciente—. Solo falta la ceremonia oficial. Pero Hinata ya es una Uchiha.»
Hinata se revolvió en las sábanas.
El sol estaba ya muy alto en el cielo y ella aún no había encontrado fuerzas para salir de la cama.
«—Hinata… tienes que estar bromeando —Kiba la miró con los ojos muy abiertos.
Se encontró negando con la cabeza, manteniendo la mirada baja para no dejarse abrumar por la decepción que inevitablemente le produciría a sus mejores amigos.
—Hinata —la llamó Shino con voz severa —Se sintió obligada a mirarlo. Podía percibir incluso a través de sus gafas oscuras, que estaba extremadamente preocupado por ella—. Está bien si tú y Sasuke están juntos. ¿Pero no van demasiado rápido? —le preguntó con tacto.
—¿Has perdido la cabeza Shino? Uchiha está loco ¿no lo ves? —despotricó el Inuzuka.
—Kiba-kun, Shino-kun —Hinata llamó su atención.
Los dos miembros masculinos del equipo ocho se volvieron hacia ella. El Aburame mantenía los brazos cruzados frente a su pecho, mientras el otro temblaba nervioso con la cabeza inclinada hacia un lado esperando respuestas.
—Es un matrimonio concertado —explicó entonces, esperando que lo entendieran.
Los vio quedarse petrificados durante unos instantes. Entonces sintió peligrosas oscilaciones en sus chakras.
—¡¿Qué?! —gritó Kiba, mostrando sus afilados caninos.
—Kiba-kun, por favor… —Hinata le puso una mano en el brazo para calmarlo.
—¿Por qué no nos lo dijiste? —el hombre moreno la agarró por los hombros, sacudiéndola.
—Será mejor que la sueltes Inuzuka —una voz peligrosamente aguda les hizo volverse.
Sasuke, en medio de la discusión con Sakura y Naruto, miraba amenazadoramente las manos del moreno, apoyadas sin contemplaciones en los hombros desnudos de Hinata.
Shino, tratando de evitar más problemas, apartó a su amigo de ella, agarrándolo por el cuello de la chaqueta. Kiba ya estaba a punto de abalanzarse sobre el último Uchiha cuando la mano de la chica lo detuvo. Hinata tenía los ojos vidriosos y le rogaba en silencio que la escuchara.
—Kiba-kun, no podía hablar con nadie de esto. El Hokage impuso la confidencialidad en nuestro contrato —se disculpó la chica. Los dos ninjas permanecieron en silencio.
—Fue el cabrón de tu padre ¿no es así? —volvió a soltar el Inuzuka. Era más fuerte que él cuando se trataba de Hinata, estaba perdiendo la cabeza.
—Eso tiene mucho sentido —murmuró el ninja de gafas, asintiendo.
No era tonto. Por muy injusto que fuera, sabía que la chica no era apreciada por su clan como heredera, y entregarla a una figura prominente significaría salir del paso y beneficiarse al máximo.
—Yo... soy feliz con Sasuke —susurró la chica tímidamente.
—¡No mientas Hinata, todos sabemos que amas a Naruto! —regañó Kiba haciendo que se sonrojara incómodamente.
—¡Créeme, Kiba-kun! —le miró con la cara roja.
—¿Cómo voy a creerte? No has hecho nada más que mentirnos —soltó con ojos resentidos. Ella le había hecho daño.
—Debiste contarnos de todos modos, Hinata —la regañó Shino, antes de agarrar al otro por el brazo y arrastrarlo lejos.»
Hinata rompió a llorar, sofocando sus sollozos en la almohada.
Había decepcionado a sus mejores amigos y ahora la odiaban. Kiba nunca había actuado así. Y tampoco lo había hecho Shino. Habían construido su relación de equipo sobre una simple palabra: confianza. Y ella había sido capaz de arruinar años de amistad. Los había traicionado.
«—¿Cómo pudiste, Sasuke? —preguntó Sakura golpeando el pecho de Sasuke, quien permaneció impasible.
—Sakura...—la llamó preocupado Naruto, tomándola suavemente del brazo.
—¡Suéltame! —gritó sollozando.
—Sakura —el rubio la estrechó entre sus brazos, donde ella se abandonó en un grito desesperado.
Hinata observó la escena con el corazón roto. ¿Cómo pudieron herir a las personas que los amaban? Poco después, Haruno se soltó del abrazo y se lanzó en su dirección.
—¡Tú más que nadie deberías saberlo! —le señaló con el dedo.
—Sakura-san lo siento...—dio un paso hacia ella.
—¡Sólo eres una mentirosa! Pasaste años diciéndote a ti misma que estabas enamorada de Naruto y a la primera oportunidad...
—Ya es suficiente —intervino Sasuke, interponiéndose entre las dos.
—¡Deja de defenderla! —gruñó Sakura, dando un puñetazo a la pared y rompiéndola.
—Estás haciendo el ridículo —la reprendió bruscamente.
La ninja médico se desplomó de rodillas, cubriéndose la cara con las manos.
—¡Sakura! —se acercó Ino, envolviéndola en un abrazo.
—¿Por qué? ¿Qué tiene ella que no tenga yo? —sollozó en los brazos de su amiga.
Hinata sintió que las lágrimas corrían por su rostro.»
Siguió llorando, sujetándose el estómago.
Sentía como si tuviera un abismo dentro de ella, la culpa la estaba consumiendo lentamente.
De repente, el fusuma se abrió, revelando la imponente figura de Sasuke. La miraba con la mandíbula apretada y una mirada severa.
Bajó la cabeza.
No pudo soportar leer la decepción incluso en su rostro. ¿Acaso el también la despreciaba? El es la única razón que le ha impedido derrumbarse hasta ahora, de lo contrario se habría roto sin remedio en un millón de pedazos.
Sintió que la agarraban del brazo y la ponían de pie.
—¿Sasuke? —preguntó asombrada.
El otro la arrastró hasta la cocina, haciéndola sentarse con poca gracia en la silla de la mesa del comedor. Miró el armario de madera que tenía delante, en el que había varios envases de cartón para llevar. Su corazón se apretó. Ni siquiera había preparado el almuerzo.
Se había revolcado en su dolor, olvidando sus deberes de esposa y sobre todo, ignorando el estado de ánimo de Sasuke. Tampoco era fácil para él.
Sólo estaba siendo egoísta.
—Come —le ordenó el chico, antes de sentarse y recuperar un envoltorio y abrirlo.
El mero olor de la comida le producía náuseas, pero no quería ofender su atento gesto. Cogió un recipiente y lo desenvolvió, observando que contenía Ramen. Inevitablemente, la mirada amarga de Naruto pasó por su rostro.
«—¿Qué demonios es esto? —el rubio miró a los dos chicos que tenía delante.
—Ya te lo he explicado dobe —respondió Sasuke con los nervios a flor de piel.
—¿Por qué no me lo has dicho? —le regañó.
—¿Crees que habría cambiado algo?
—¡Podríamos haber buscado una solución que no arruinara sus vidas teme! —le gritó.
Hinata pensó que su vida nunca había sido tan perfecta como hasta unas horas antes. Junto con Sasuke, en su casa.
—Hablaré con Kakashi-sensei mañana, seguro que hay otra forma —Naruto negó con la cabeza, incapaz de resignarse.
—Naruto-kun, por favor déjalo. Está bien... —Hinata le tomó el brazo con suavidad.
Ella... quería ese matrimonio.
El chico la miró con ojos azules llenos de pena.
—Creí que ya no volverías a darte por vencida Hinata —le dedicó una sonrisa triste.
El corazón de Hinata se detuvo.»
—¡Hinata si no te veo comer, por todos lo demonios que esta maldita aldea arderá en Amaterasu! —gruñó Sasuke entre dientes apretados despertándola de sus cavilaciones.
La chica le miró. Parecía muy preocupado.
Se levantó, pasando por encima de la mesa y acercándose a él. Se puso a su lado y le rodeó los hombros con sus delgados brazos, dejando que su cabeza descansara sobre su pecho.
Sintió que se ponía rígido y le acarició el pelo negro. No sabía exactamente cuál de ellos necesitaba más ese contacto. Lo único que importaba era que estando cerca de el, podía volver a respirar.
—6—
Hinata se miró en el espejo con un ligero rubor en las mejillas.
El kimono nupcial blanco de tela de brocado era maravilloso, se ajustaba con elegancia a sus generosas formas, sin dejar de ser estricta y perfectamente acorde con la tradición.
El Uchikake la hacía parecer más vieja que sus diecisiete años.
La hacía parecer una mujer.
—¡Estás tan bella, onē-san! —saltó Hanabi emocionada.
—¡Hanabi-sama tiene razón! Estás encantadora Hinata-sama —le sonrió su vieja criada.
—Gracias —murmuró la chica avergonzada.
El Uchikake parecía perfecto, pero ella debía de entender muy poco de moda, porque la costurera y sus ayudantes no paraban de clavar alfileres por todas partes, corrigiendo defectos invisibles para el ojo inexperto.
—¿Que peinado elegiste? —le preguntó su hermana. Hinata negó con la cabeza. No había pensado realmente en ello.
La imagen de Sasuke desatando su pelo, pasando los dedos por los largos y oscuros mechones apareció en su cabeza.
—¡Lo mantendré suelto! —decidió de repente.
—¡Pero siempre lo llevas suelto! —la niña la miró decepcionada—. Siquiera recogelo un poco con una peineta.
La mayor se encogió de hombros, riendo al ver a su hermana resoplar.
—Hemos terminado Hinata-sama —proclamó la vieja costurera, poniéndose finalmente en pie.
—En serio se lo agradezco —sonrió amablemente.
—¡Te quedará perfecto! —asintió la mujer con orgullo.
—¡Más te vale, vieja! Con todo el tiempo que le has dedicado... —murmuró Hanabi, cruzando los brazos sobre el pecho.
La costurera abrió sus ojos oscuros con vergüenza.
—¡P-por favor, perdónala! —se disculpó Hinata por su parte, avergonzada.
—¡Has sido demasiado paciente conmigo! —continuó la mujer de pelo negro, poniendo una mano en el hombro de la anciana.
—Eres un ángel —respondió ella. Hinata sonrió.
—Mis asistentes te ayudarán a desvestirte para que no te hagas daño Hinata-sama. Ya estoy vieja y necesito sentarme...—suspiró cansada la costurera.
—Por supuesto... ¡Deja que te invite un té mientras tanto! —Hinata asintió a una doncella, que asintió y acompañó a la anciana fuera de la habitación.
Las doncellas, con la ayuda de Hanabi, desnudaron a la futura novia, dejándola en un ligero slip. En ese momento, Hinata se vistió, portando una de sus yukatas habituales, esta era color lila.
—¿Te quedarás a cenar nēsan? —preguntó su hermana pequeña.
—No puedo. No me gustaría dejar a Sasuke solo...—le respondió con un ligero rubor en las mejillas.
La niña comenzó a resoplar.
—¡Uf! ¡Desde que te comprometiste con Sasuke Uchiha parece que es todo lo que hay! Nada de dulces, nada de tiempo para tu hermanita...—cruzó los brazos sobre el pecho elevando el labio inferior en un mohín. Hinata se echó a reír.
—¡No seas tonta, Hanabi-chan! La próxima vez que venga, haremos rollos de canela juntas. ¿Te gustaría? —le sonrió Hinata para compensar.
—Muy bien. Pero que no te vea cocinar algo para él también —le señaló con el dedo con una expresión muy seria. La mayor asintió.
—¡Bueno, ya me tengo que ir! —se disculpó Hinata.
—Iré contigo. Tengo que ir a comprar unas flores para visitar a Neji-nīsan —le sonrió Hanabi con orgullo.
—¡Seguro que estará encantado! —le acarició la mejilla.
Las dos Hyūga salieron de la habitación y luego del distrito. Hanabi hablaba incesantemente de la boda. Ciertamente era una niña habladora, todo lo contrario a ella que amaba el silencio. Probablemente Sasuke habría hecho callar a su hermana con una de sus miradas asesinas, aunque a Hanabi no le habría importado. Se imaginó a los dos en las próximas celebraciones familiares. Habría habido risas.
—¿Sabes cuántos invitados habrá? —le dijo de repente Hanabi con el aire de alguien que sabe mucho. Hinata sacudió la cabeza divertida.
—¡Me ha dicho papá que espera no menos de trescientas personas! —bajó la voz como si fuera un secreto.
El cuervo la llamó tonta a lo lejos.
—¡Ni siquiera creo que conozca a esas trescientas personas! —exclamó la niña.
Hinata puso los ojos en blanco. Su hermana pequeña nunca cambiaría. Su nombre, Hinata, que significa lugar soleado, habría sido sin duda más adecuado para ella. Ella era el sol de aquel frío clan. Era ella quien podría derretir el hielo que había hibernado los corazones helados de los Hyūga.
—¡Kiba-kun! —gritó Hanabi.
Hinata levantó la cabeza, apuntando sus ojos a los de su mejor amigo y leyendo sólo decepción. Sintió que la agarraban del brazo y que su hermana lo arrastraba hacia él.
—¡Hola Hanabi-chan! —la saludó el moreno despeinándola con una sonrisa. La niña resopló, murmurando que ya no era una mocosa.
Kiba se volvió entonces hacia Hinata, que se encontró conteniendo la respiración.
—Hinata —le dijo fríamente. No había ni un ápice de alegría en su voz al saludarla.
—Hola, Kiba-kun —bajó la cabeza.
De repente, toda la alegría y la emoción que había sentido unas horas antes en los preparativos de la boda se vio sofocada.
—Kiba-kun, vas a venir a la boda de mi onē-san ¿verdad? —preguntó la niña eufórica.
El repentino silencio del Inuzuka la hizo contener la respiración.
—Mi hermana Hana se presentará a representar al clan —explicó encogiéndose de hombros. Hinata le miró incrédula. ¿Estaba tan enfadado que no iba a ir a su boda?
—¡Tengo que irme ya! —se despidió el ninja, alejándose rápidamente de las dos Hyūga.
—Vaya, eso fue raro...—murmuró Hanabi, incapaz de interpretar el comportamiento del chico.
La hermana mayor permaneció en silencio. Un familiar cosquilleo en las comisuras de los ojos le indicaba la inminente llegada de las lágrimas. Si Kiba-kun, uno de sus mejores amigos, no iba a asistir a su boda a pesar de conocerla de toda la vida, no se atrevía a imaginar a los demás.
Sentía que había fracasado en todos los frentes: como heredera, como hija, como ninja, como amiga. No creía que pudiera caer tan bajo. Su padre siempre había tenido razón sobre ella.
—Onē-san ¿me has oído? —le preguntó la niña.
—Perdóname Hanabi-chan, tengo que ir a casa —dijo antes de alejarse rápidamente de ella. No quería preocuparla.
Caminó a paso ligero, sin levantar la cabeza para evitar que alguien viera sus lágrimas. Su visión estaba tan borrosa por el llanto que no se dio cuenta de que había chocado con alguien. Ella jadeó.
—Lo siento —tartamudeó mortificada.
Al no escuchar ninguna respuesta, levantó la cara y se encontró con dos iris verde esmeralda frente a ella. Parecían llenos de tristeza, de dolor.
—Sakura-san —susurró suavemente.
La médico ninja estaba ante ella, con el rostro pálido y apagado y los ojos marcados por profundas ojeras. Casi temía que se desmoronara en cualquier momento.
—Hinata —la saludó fríamente.
—Sakura yo...
—Por favor, ahórrate tus mentiras —le dijo bruscamente.
—Por favor, tienes que creerme, no podríamos haberte dicho esto antes... —extendió una mano para tocar su brazo, que ella sacudió rápidamente.
—¿Crees que me habría importado un estúpido trozo de papel? ¿Crees que lo habría puesto por encima de mis amigos, o del hombre al que amo? —la regañó.
—La vida de Sasuke estaba en juego, ¡¿cómo no puedes entender eso?! —Hinata sintió que las lágrimas de frustración mojaban sus mejillas.
—¡Si se necesitaba un matrimonio para salvarlo debieron haberme elegido a mí!
—Sakura-san, esas fueron decisiones políticas...—suspiró abatida.
Si un clan menos prestigioso que los Hyūga hubiera respondido por Sasuke, el matrimonio probablemente no habría sido suficiente a los ojos del consejo.
—¿Quieres decir que mis orígenes no son lo suficientemente nobles?
—No es eso lo que quería decir...—aunque era exactamente por esa razón.
—Entonces —Sakura la agarró por el cuello de su yukata, arruinandolo—. dime por qué —gruñó a centímetros de su cara.
Hinata apartó la mirada, tratando de contener sus sollozos. La de pelo rosa se soltó.
—Lo siento —repitió la morena.
—¡No me interesan tus disculpas! ¡Lo quiero a él! —le gritó Sakura.
—Creo que yo también lo quiero, Sakura-san...
Las palabras se le escaparon antes de darse cuenta. Llevó las manos a cubrirse la boca, viendo que la otra ampliaba los ojos, sin estar preparada para esa consideración.
—Obviamente no sabes lo que significa la palabra amor. Casi sacrificaste tu vida diciéndole a Naruto que lo amabas, dejaste morir a tu primo por el bien de Naruto... ¿y ahora dices que estás enamorada de Sasuke? —soltó furiosa. Hinata estaba paralizada.
—¿Dónde estabas cuando se fue la primera vez? ¿Dónde estabas cuando hicimos todo lo posible para traerlo a casa? ¿Dónde estabas cuando él y Naruto casi mueren cuando se enfrentaron? —le señaló con el dedo. Hyūga bajó la cabeza.
—¡No tienes ningún derecho sobre él! No será un trozo de papel lo que lo una a ti —concluyó Sakura con voz agotada—. Neji estaría decepcionado.
Sakura pasó de ella golpeando voluntariamente contra su hombro.
Hinata se llevó una mano al corazón. Tuvo que apoyarse en una pared lateral, sintiendo que sus piernas se debilitaban. Las lágrimas inundaron su rostro, manchando su blanca piel como si fueran brotes de fuego. Incapaz de soportar más dolor, cayó de rodillas.
Sakura tenía razón.
Ella no merecía la felicidad que Sasuke podía darle.
No merecía el perdón de sus amigos.
No se merecía nada.
—7—
Sasuke se pasó la mano por el pelo mojado, sintiendo que el agua caliente de la ducha le aliviaba los músculos tensos de los hombros.
No sabía qué hacer.
Pensó que estaba familiarizado con el dolor. Pensó que ya había tocado las llamas ardientes del inframundo.
En todos esos años, el sufrimiento había sido su fiel compañero de aventuras, ni una sola vez se había apartado de su lado. Pero ese dolor, ese sufrimiento, era suyo. Sólo de el. Sabía cómo manejarlo, cómo vivir con él.
Era la desesperación en los ojos blancos de Hinata lo que él nunca podría soportar, su llanto cada noche por la culpa y probablemente la miseria a la que había sido condenada para salvarle a él, que casi no tenía esperanzas de ser salvado.
Se sentía impotente.
«—¡¿Pero que?!
Sasuke se levantó de golpe del sofá. La voz de Naruto sonaba preocupada.
Una repentina sensación de angustia se apoderó de su estómago. Hinata no había regresado aún.
Se precipitó hacia la puerta principal con el corazón en la garganta, encontrando a Naruto sosteniendo a la chica de pelo oscuro en sus brazos. Estaba inmóvil.
—¡¿Qué ha pasado?! —preguntó nervioso mientras le dejaba entrar.
De buena gana se la habría arrancado de los brazos, pero con su estúpido muñón no sería capaz de sostenerla a peso muerto.
—¡No lo sé! La encontré en la calle —explicó el rubio también nervioso, dejándola en el sofá.
Sasuke se acercó a ella.
Su cara estaba roja e hinchada, sus mejillas estaban llenas de marcas de lágrimas. Su respiración, sin embargo, era regular y su temperatura, observó mientras le ponía una mano en la frente, parecía estar dentro de los parámetros.
—Creo que está dormida...—le dijo Naruto con torpeza, dándole una palmadita en el hombro para tranquilizarlo.
—¡Y por qué demonios estaba durmiendo en medio de la carretera! —soltó mirándole. Algo tenía que haber pasado y se habría vuelto loco si no lo hubiera sabido de inmediato.
—¡La has despertado, estás contento! —resopló Naruto señalando a la chica que se removía.
Hinata se levantó lentamente de su asiento, mirando a su alrededor con desconcierto. Cuando se percató de la presencia de los dos, sus ojos se llenaron de lágrimas y con una disculpa salió corriendo, encerrándose en su habitación sin darles tiempo siquiera a preguntarle qué había pasado.»
Suspiró cansado antes de cerrar el grifo de la ducha.
Se secó rápidamente el cuerpo y se vistió, dirigiéndose a la cocina donde esperaba encontrar a Hinata. Efectivamente estaba allí, sentada a la mesa, con sus ojos blancos y vacíos fijos en una hoja de papel rígido. Lo sostuvo en sus manos temblorosas, girándolo una y otra vez.
Sasuke se acercó a ella, notando que era una invitación de boda. Era muy elegante, al orgulloso estilo Hyūga. El papel era de color marfil y la letra dorada, estrictamente manuscrita, brillaba con cada cambio imperceptible de la luz.
—Vino con el correo —explicó con voz temblorosa.
—Hmp.
La vio abandonar la carta sobre la mesa y levantarse con una sonrisa forzada.
—Voy a preparar la comida ahora mismo —le dijo antes de acariciar su brazo con ternura. La agarró suavemente por la muñeca, impidiendo que se apartara.
—¿Qué ocurre, Hinata? —le preguntó.
Quería saber. No podía seguir observándola mientras se marchitaba lentamente. La joven bajó la cabeza, ocultando sus ojos perlados de su mirada con sus flecos oscuros.
—No es nada. Sólo estoy un poco nerviosa por la boda...—mintió.
—Eres una terrible mentirosa, Hinata.
Hinata le miró suplicante, rogándole en silencio que no le exigiera más.
Sasuke soltó su agarre. Le hubiera gustado abrazarla, pero no lo hizo. Estaba claro que la fuente de su malestar era su matrimonio. Y era igualmente obvio que el hecho de que se hubiera adelantado, unido a la angustiosa reacción de sus amigos, la estaba llevando a darse cuenta del enorme error que estaban cometiendo.
Naruto tenía razón, esa boda arruinaría sus vidas.
La suya porque iba a tener una familia de nuevo. Y no se merecía eso, no después de toda la sangre que había derramado.
La de Hinata porque perdería la libertad de amar, su clan, tal vez incluso sus amigos.
Observó cómo ella entraba en la cocina, moviéndose con elegancia de un lado a otro de la habitación para recoger las provisiones.
Te pareces a mi madre
Sasuke se pasó la mano por los ojos. Realmente se parecía a Mikoto, cada día se convencía mas de ello. Pero no quería que acabara como ella: asesinada por las decisiones de su marido, al que había apoyado incondicionalmente.
—Voy a salir —dijo de repente.
Hinata se volvió hacia él. Sus ojos perlados se volvieron tristes y bajó la cabeza como hacía cada maldita vez.
—Siento no haber hecho la comida a tiempo —murmuró mortificada.
A veces era tan tonta. ¿De verdad creía que se iba porque no podía esperar a comer? No es como si fuera Naruto. Se acercó a ella lentamente, dejando que le acariciara la cabeza.
—Tengo un compromiso que había olvidado —se inventó de improviso.
La vio asentir y con las mejillas ligeramente sonrojadas, se elevó hacia el poniéndose de puntillas, y dejó que le besara los labios. Por un momento, pensó en echar por tierra todas sus buenas intenciones y quedarse a su lado. Para besarla hasta perder la cabeza y hacerla completamente su esposa.
—¿Volverás para la cena? —le preguntó tímidamente.
Volvió a entrar en razón y asintió, antes de apartarse y salir de la habitación. A diferencia de ella, él era un hábil mentiroso.
Cuando llegó a la entrada, cogió su capa y se puso los zapatos saliendo de la casa. Caminó por las calles del otrora majestuoso distrito, del que sólo quedaban ruinas que se desmoronaban.
Al menos su padre había podido ofrecer a Mikoto una vida digna, una posición social de prestigio. Hinata se habría quedado con un montón de escombros.
Caminó por las calles del pueblo, notando más atención de la habitual. La noticia de la boda debe haberse difundido oficialmente. La gente murmuraba los epítetos habituales. Traidor. Asesino. Bastardo.
No los culpó. Todos eran términos que le convenían. De hecho, probablemente ni siquiera le hacían justicia a su carnicería. Tenía más sangre en sus manos que la mayoría de los ninjas de élite de la aldea juntos.
Sin embargo, de repente, le llegó al oído algo que no debería haber escuchado.
Esa perra Uchiha
Se encontró activando el Sharingan, girando la cabeza con peligrosa lentitud en dirección a quien se había atrevido a tanto. Un civil. Siempre fueron ellos. Le retó con la mirada a que se repitiera y éste asustado, bajó los ojos. El lado vengativo de los Uchiha era conocido por todo el mundo, fueran ninjas o no.
Por lo tanto, se vio obligado a rectificar el pensamiento que acababa de tener. Hinata no sólo se quedaría con un montón de escombros. Hinata ostentaría el flamante título de puta Uchiha por el resto de su vida.
¡Qué futuro tan prometedor!
Siguió su camino, paseando por las concurridas calles, y se encontró frente a las puertas del cementerio sin siquiera darse cuenta. Entró en silencio; no había puesto un pie allí desde que fue con Hinata.
Caminó entre las lápidas, llegando a la de sus padres. La chica debe haber regresado porque las flores estaban frescas y el mármol brillante. Miró la piedra blanca durante unos instantes, esperando algún consejo. Se le escapó una media sonrisa mientras negaba con la cabeza. No eran sus padres los que podían darle las respuestas correctas.
Necesitaba a su aniki.
De un salto, salió del cementerio y llegó al río Naka. Se arrodilló frente a las aguas que fluyen, ondulando la superficie con sus dedos. Miró su reflejo y luego cerró los ojos.
Una ráfaga de viento agitó su pelo negro y se encontró sonriendo. Siempre estaba ahí. Disfrutó durante unos minutos de la brisa, extrañamente fresca para la época. Entonces abrió los ojos.
Lo había entendido.
Se levantó, volviendo perezosamente sobre sus pasos hacia el pueblo notando que el sol se ponía. Sin miramientos, volvió a recorrer las calles del centro, que estaban mucho menos concurridas que cuando había salido, y al cabo de un rato llegó por fin a su destino. La Torre Kage se alzaba imponente ante sus ojos. Entró en el edificio, pasando rápidamente por los pasillos y llegando al último piso, la sede oficial del Sexto.
Su secretaria no estaba, así que se dirigió a la puerta del despacho de Kakashi, abriéndola sin dudarlo. Hinata se habría puesto de colores si hubiera estado allí, es tan educada. Se le escapó una media sonrisa.
Cuando entró en la habitación se sorprendió al ver a su antiguo maestro en compañía del Nara.
—Sasuke... ¡¿como te trata el clima?! —le dijo Kakashi, apoyando los antebrazos en el escritorio.
—Necesito hablar contigo —le dijo ignorando sus palabras.
El de cabello gris asintió repentinamente serio, indicando a Shikamaru que se fuera. El Jōnin se despidió y con las manos en los bolsillos, pasó junto al Uchiha saliendo del despacho. Cuando la puerta se cerró tras él, los dos hombres se miraron en silencio.
—Me he enterado de la fiesta —habló primero el ninja copiador.
Sasuke puso los ojos en blanco, aburrido del sermón que se avecinaba.
—Sabes muy bien que la mitad del mundo te quiere muerto y la otra mitad está buscando una excusa para hacer lo mismo...—le reprendió el Hokage.
El Uchiha lo miró con una ceja alzada y una sonrisa divertida.
—Usar genjutsu en civiles no es ciertamente la forma correcta de marcar el territorio...—Kakashi lo miró con una expresión irónica—. No te tomé por un tipo celoso... Pero no te culpo, Hinata-chan es una chica bastante bonita...—continuó el Hokage, burlándose de su alumno.
—Kakashi —gruñó el Uchiha, impaciente.
El mayor sacudió la cabeza, satisfecho con la reacción de su alumno. Nunca había esperado un resultado tan positivo de esa unión.
—¿En qué puedo ayudarte, Sasuke? —preguntó apoyándose en el respaldo de la silla.
—¿Tienes el contrato de matrimonio? —preguntó seriamente.
El Sexto asintió y tras rebuscar en los cajones del escritorio durante un buen rato, sacó el pergamino en cuestión y se lo entregó.
Sasuke lo cogió, releyéndolo rápidamente.
No había prestado tanta atención cuando lo había firmado. Pero ahora, con la mente despejada, se dio cuenta de hasta qué punto aquel trozo de papel demostraba que él y Hinata no eran más que marionetas. Ella en manos de un padre que la quería poco, él en las de un consejo que ya había arruinado una vez a su familia.
Se detuvo en el borde inferior de la página, donde su nombre y el de Hinata estaban elegantemente escritos uno al lado del otro. Recordó la imagen de ella, etérea y hermosa, pero condenadamente infeliz a su lado.
Sasuke Uchiha temía pocas cosas. No temía a la muerte, a la perdición, a la soledad. Pero le asustaba la idea de quitarle la sonrisa, el rubor de sus mejillas, la inocencia de sus ojos perlados. Le aterrorizaba arrancarle la vida de las manos.
¿Era ese el significado del amor, la capacidad de sacrificar la propia felicidad para proteger a quien amas?
¿Era eso lo que Itachi quería enseñarle con el ejemplo de su vida?
¿Era ese el camino de la redención?
Estaba seguro de que por Hinata, el haría eso y más.
—Katón
El contrato se incendió en sus manos.
—8—
«Hinata se despertó con un sobresalto. Llamaban a la puerta principal.
Arrugó los ojos y miró a su alrededor. Se había quedado dormida en la mesa de la cocina esperando el regreso de Sasuke y debió pasar la noche allí.
Miró los platos que aún estaban sobre la mesa, sin tocar y ahora fríos. No había vuelto a casa.
Una extraña sensación de angustia se apoderó de su pecho. ¿Le había pasado algo? No era propio de él no volver a casa, sobre todo sin avisar.
Volvieron a llamar.
Se levantó de la silla y se dirigió al pasillo, masajeándose el cuello dolorido por la posición antinatural que había adoptado durante la noche. Tenía un terrible dolor de cabeza.
Al acercarse a la puerta, se dio cuenta de que había empezado a llover. El inconfundible sonido de las gotas golpeando impertérritas contra la madera de la veranda alivió por un momento el doloroso agarre de su estómago.
Suspirando, abrió el shōji y fue golpeada por una fría ráfaga de viento. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocer a su anfitrión.
El Sexto Hokage se encontraba imponente frente a la puerta principal, con una expresión triste en su rostro. Hinata se llevó una mano al pecho, agarrando la tela morada de su yukata con dolor.
—¿Le ha pasado algo? —preguntó con el corazón en la garganta.
Kakashi permaneció en silencio, poniendo suavemente una mano en su hombro.
—Hokage-sama, se lo suplico, ¿le ha pasado algo? —repitió desconcertada.
El mayor negó con la cabeza, apretando ligeramente su agarre sobre ella para infundirle valor.
—Está vivo, si eso es lo que quieres saber...—le dijo. Hinata soltó un suspiro de alivio.
—Lo siento, Hokage-sama. Es que no ha vuelto esta noche y...—intentó disculparse por la poca formalidad empleada. Ni siquiera se había inclinado ante su llegada.
—Hinata —llamó el ninja, interrumpiéndola suavemente. La chica lo miró con extrañeza. Sólo había utilizado esa voz con ella al firmar el contrato—. Entremos, ¿quieres? —le dijo con una media sonrisa detrás de su máscara.
Hinata asintió, haciéndose a un lado para dejarle pasar. Su corazón seguía latiendo furiosamente en su pecho, podía sentirlo en su garganta. El Hokage no había venido con buenas noticias, eso estaba claro.
Ante la mirada expectante del hombre, se levantó y se dirigió como una autómata a la cocina para ofrecerle el té como una buena anfitriona. Se puso completamente roja cuando entró en el comedor y se dio cuenta de que los platos seguían en la mesa.
—¡Lo siento mucho, Hokage-sama! —se disculpó, apresurándose a recoger la mesa.
Dejó los platos en la cocina y aprovechó para poner la tetera al fuego. Volvió al comedor y limpió la mesa y las sillas con un paño.
—¡Por favor! —le invitó a sentarse, indicándole un asiento.
—Gracias —asintió Kakashi y tomó asiento.
Hinata volvió a la cocina y preparó una bandeja con galletas y fruta fresca que colocó con elegancia sobre la mesa de madera.
—Lo siento, Hokage-sama. Sasuke no come dulces...—se disculpó avergonzada.
—Hinata, por favor siéntate...—le ordenó.
Su corazón dio un vuelco. ¿Qué estaba pasando? Se sentó rígidamente frente al Sexto, encerrándose en un silencio forzado.
—Hinata, como puedes imaginar, no estoy aquí para una visita social..—le dijo seriamente. Ella asintió instintivamente.
—No me gusta darle vueltas al asunto, así que iré al grano —puso los brazos sobre la mesa, juntando las manos.
El ninja que copia se tomó unos momentos para pensar, evidentemente sopesando las palabras a decir.
—Sasuke ha disuelto el contrato matrimonial.
Hinata escuchó claramente el sonido de su corazón rompiéndose. Jadeó un momento.
—¿Por qué? —balbuceó incrédula.
—No dio ninguna explicación. Lo siento...—respondió el hokage con sinceridad.
Permaneció en silencio. Eso explicaba por qué no había vuelto a casa. ¿Qué le había hecho romper el acuerdo? Pensó que eran felices. Pensó que estaban... enamorados.
De repente, recordó que el contrato era lo único que le había salvado de una condena a muerte por sus numerosos crímenes.
—¿Sin el acuerdo será...? —preguntó desesperada.
—No, no te preocupes —Kakashi se levantó, acercándose a ella.
—¿Pero cómo es posible? —le miró confundida.
—El consejo evaluó que ya no era peligroso, gracias a los meses que ya han pasado —le explicó con cautela. Su expresión aún desconcertada le obligó a continuar—. El matrimonio era una forma de mantener su poder ligado a esta aldea, pero ya no tiene ninguna relevancia desde que Sasuke aceptó luchar al servicio de la hoja.
—¿Por qué no se le preguntó desde el principio? Podría haber evitado el matrimonio y...
—Todavía estaba demasiado enfadado y dolido por lo que le había pasado a Itachi como para proponerle algo así.
—¿Y mi padre? No aceptará que el contrato se disuelva así.
Por una vez rezó para que Hiashi hiciera lo propio para preservar esa unión. Ciertamente no lo haría por su propia felicidad, sino sólo por la afrenta que supondría para el Clan.
—Sasuke pagó una generosa compensación.
Hinata se obligó a apoyarse en el respaldo de la silla, sintiendo que las fuerzas la abandonaban.
No había notado nada en todo ese tiempo. No había hecho más que compadecerse de sí misma por haber hecho daño a sus amigos, y no le había prestado ninguna atención. Lo había hecho infeliz, lo había defraudado.
Era simplemente egoísta.
—Hinata —la llamó Kakashi, poniéndole una mano en la cabeza. Rompió a llorar, recordando las veces que Sasuke había hecho ese gesto.
—Hinata, no sé qué está pasando, ese chico se escapa constantemente de mi control ¡pero tal vez puedas detenerlo! —le dijo suavemente.
—¿Detenerlo? —lo miró.
—Se va de la aldea —explicó con seriedad.
Hinata se levantó bruscamente.
—Hokage-sama —hizo una rápida inclinación para despedirse formalmente.
—Ve —le sonrió por debajo de su máscara, ordenándole que no perdiera el tiempo en cumplidos.
Hinata salió de la casa, dejando el distrito Uchiha con un gran peso sobre sus hombros. Corrió hacia las puertas de la aldea, sin tener en cuenta la tormenta que se abatía con fuerza sobre el pueblo.
Las lágrimas corrían por sus mejillas, mezclándose con las gotas de lluvia que golpeaban el paisaje. Estaba temblando y tenía frío, pero no podía parar.
Tenía que encontrarlo. Tenía que saber por qué.
Finalmente llegó a la entrada de Konoha, donde dos Jōnin custodiaban la puerta.
—¿Hinata-sama? —observó uno de ellos, sorprendido de encontrarla allí, mojada como un polluelo.
—¿Ha pasado Sasuke por aquí? —preguntó. Sintió el corazón en la garganta.
—Sasuke Uchiha dejó la aldea hace unas horas.»
Hinata tocó la preciosa tela del kimono de boda. Todavía no había tenido el valor de deshacerse de él desde que había vuelto al distrito Hyūga de forma permanente.
Lo mantuvo allí, a la vista, colgado en el armario de su habitación como recordatorio del mayor de sus fracasos: su matrimonio.
Ella nunca había llegado a Sasuke. Ella nunca había sabido por qué se había ido. Se había dicho a sí misma que todo era culpa suya.
Tal vez porque era una tonta egoísta. Tal vez porque no era suficiente. Tal vez porque ella nunca lo había entendido. Un millón de tal vez que llenaron sus noches inquietas, privándola del sueño.
No será un trozo de papel lo que lo una a ti.
Al final, Sakura había tenido razón. Por otro lado, ella lo conocía bien y no había podido retenerlo a pesar de ser la persona, junto con Naruto, más cercana a él.
—Adelante —dijo con voz afligida.
La puerta se abrió, revelando la figura tranquilizadora de su criada.
—Hinata-sama —se inclinó respetuosamente.
—¿Que ocurre Hikari-san? —le sonrió suavemente.
—Tus compañeros te están esperando abajo —explicó la mujer.
—Iré de inmediato.
La doncella se despidió haciendo una reverencia antes de salir de la habitación.
Hinata cerró la mochila que había preparado. Tenían que completar una misión de rescate, como en los viejos tiempos. Con una sonrisa triste, se colgó la mochila al hombro y se colocó detrás de la puerta para salir de la habitación.
Era veintiuno de agosto, y su vida había empezado a fluir de nuevo como si ese interludio nunca hubiera existido.
—*—
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