Se armó de valor y, luego de minutos de estar parado allí, con el brazo levantado y la mirada perdida, tocó la puerta.

No escuchó sonido alguno del otro lado. Suspiró. No era la persona más paciente del mundo, y mucho menos cuando el cielo parecía a punto de caerse sobre su cabeza.

Desde su lugar, repasaba el plan una y otra vez, mientras intentaba descifrar las palabras del silencio de aquella noche. Noxus, ciertamente, era un lugar demasiado extraño; incluso en los momentos como ese, donde la madrugada comenzaba a llegar y el clima no ayudaba, nunca había paz. Hasta en los subterráneos y las catacumbas más profundas, el rechinar del acero oxidado de las espadas y el griterío de las avenidas comerciales, los murmullos lejanos y los aullidos de los dragartos enjaulados al esconderse el sol, todo era pan de cada día. La tranquilidad era tan extraña como un Yordle calmado e inteligente. Y, por ello, ansiaba escuchar más de lo que la lluvia y la oscuridad le susurraban.

Estaba molesto. Algo les sucedía, lo sabía. No respondían a sus llamados, no seguían sus órdenes. Ni bien pisó los interiores del edificio, sintió el vació de la soledad por primera vez en muchísimo tiempo. La hostilidad iba en aumento con cada paso que daba. Llegó a sentirse, por mucho que lo negara, vulnerable. Estaban intentando escapar de un peligro mayor al que él representaba, o, simplemente, estaban confundidas.

En los últimos años, nunca le habían desobedecido de esa manera. Es más, las tinieblas se mostraban encantadas de trabajar con él. Incluso a veces eran algo juguetonas, y revoloteaban alrededor suyo aun cuando su cabeza no daba más y sólo tenía energías para recostarse en una cama y dormir por una semana entera. Pero, bajo aquella tormenta, parecían sentirse inseguras, temiendo de sus propios rincones. Tanto así, que algunas hasta huían de sí mismas.

Bufó, Era incapaz de contenerlas. Y con tan sólo levantar la cabeza y observar los rayos a la distancia, encontró la razón de su descontrol.

En la ventana al final del pasillo, por donde el tenue haz de luz que alumbraba su camino entraba, un cuervo lo miraba fijamente. En su pico, una extraña rosa comenzaba a florecer, para luego desaparecer por arte de magia, sin siquiera el ave notarlo. Pensó que era imaginación suya, pero dos manos, tan diferentes como peculiares, ambas hambrientas de poder, tomaron sus hombros, hundiéndose en su piel y presionando sus clavículas. Los dos estaban presentes, y aquella era la posible unión que aterraba a la oscuridad. Era curioso, ya que ninguno podía ver al otro, directamente.

Aprendió como ignorarlos, siempre lo hizo. Pero esa noche, en especial, los dos habían preparado sus jugadas alrededor del acto que él estaba por cometer. Nunca le había molestado ser un peón, es más, disfrutaba de la inmunidad diplomática que se le otorgó luego de casi destruir el centro de la ciudad, por tan sólo otorgarle sus servicios a la milicia noxiana y a algunos asuntos algo más... interesantes. Pero, gracias a su empeño, se había convertido en algo indispensable para el Imperio. Un arma secreta con la que los dos contaban, y los dos pensaban utilizar en el momento adecuado.

Natthe siempre le había repetido, dentro de su cabeza, que aprovechara su posición. Se había ganado el respeto de los Cuervos, y la confianza de las Rosas. Con un chasquido, podía elevar a uno, o hundir a los dos. Si bien podía utilizar esto a su favor, conocía el pensamiento de los demás, y sabía que ambos, a sus espaldas, conspiraban en su contra. Lo consideraban un enorme aliado, y una potencial amenaza. Debían estar listos para los dos posibles escenarios.

Cada uno, por su cuenta, intentaban seducirlo. Riquezas, reconocimiento, poder... Le habían ofrecido de todo a cambio de su plena cooperación. Ellos, inteligentes, lo veían en una encrucijada. Aliarse con uno sería enemistad con el otro, y las circunstancias no le permitían optar por la neutralidad.

¿Pero quién dijo que sólo tenía dos opciones?

Mientras ellos preparaban sus caballos de guerra para la batalla que hacía añares deberían haber librado, él veía a Noxus arder desde la torre más alta del Bastión Inmortal. Sabiendo que se necesitaba sólo una chispa del fuego correcto para quemar el mundo entero.

Le guiñó un ojo al cuervo cuando la puerta, por fin, se abrió.


—¡Hijo!

Los brazos del hombre lo rodearon.

Suspiró, antes de corresponderle por mera educación. No era su padre, y nunca lo sería. Ese inútil era tan solo uno de los tantos que andaban detrás de su madre, en busca de los millones que la muerte de Nittar en Jonia había dejado a su esposa y a sus hijos, incluso teniendo la compasión de entregarle algo a un engendro adoptado como él.

Cuestión, que el fracaso con piernas que lo apretaba contra su pecho se había convertido en algo así como un amigo de la familia, aunque nunca había perdido la oportunidad de comentar algún que otro piropo sobre la comida de su madre, o hasta había llegado a mirarle el trasero detenidamente cuando ella le daba la espalda. Sabía, sin embargo, que sólo había sido un intento del gobierno por acercarse a su familia, tan rica, prodigiosa y lista como para esquivar al imbécil de Boram y quedarse con todo el dinero que la cabeza de su padre valía.

Siendo un esbirro y sabiendo que sólo había seguido indicaciones de sus superiores, seguía resultándole asqueroso.

—¡Que alegría verte! —gritó el hombre— Gracias por venir, en serio.

—No hay problema.

«Que te haya invitado hizo todo más fácil».

El calor del hogar lo abrumó. El frío que calaba sus huesos desapareció al acercarse a la chimenea que la pequeña sala común tenía en el lado izquierdo de la misma. Cerca de él, se encontraban dos sillones destartalados y una pequeña mesita de vidrio, en donde varias coletillas de cigarrillo descansaban en un intento de cenicero.

Sonrió con calidez, al parecer, su compañero estaba desesperado. Una calidez que él compartió, aunque incómoda, acompañada por su gélida mirada, que analizaba detenidamente cada gesto y movimiento suyo.

Él siempre fue precavido. Nunca permitió que lo tomaran por estúpido. Lo único bueno que aquel tipo le había enseñado en su miserable vida era estar un paso adelante de cualquier persona, amiga o enemiga, consejo que claramente estaba usando en su contra en ese momento, mientras él lo ojeaba discretamente con una mano en la cadera y la otra sosteniendo con firmeza el puñal oculto entre los pliegues de su ropa.

También pudo distinguir el cansancio en sus ojos, que intentaban ser duros como la roca, pero eran tan o menos intimidantes que los de un pequeño gatito. El patetismo que manejaba era inigualable, y por poco dejaba salir la risa que se estaba aguantando desde el momento en el que le asignaron esa misión.

—¿A qué le tienes miedo?

Dibujó la sonrisa más falsa y reconfortante que pudo. El hombre dejó escapar un sonoro suspiro y correspondió el gesto, relajándose. Resultaba gracioso que alguien tan cuidadoso como él pudiera ser tan predecible. Era imposible que lo sorprendiese con algún truco bajo la manga. Conocía todos y cada uno de ellos. Desde que le había abierto la puerta, Deimos ya tenía los minutos contados.

Manipularlo era muy fácil. Lo fue antes, y lo seguía siendo ahora. El hombre nunca fue alguien brillante, y si bien le enseñó un par de cosas útiles, sólo lo hizo para poder entrar bajo las faldas de su madre. Las sonrisas luminosas eran tan oscuras y sucias como el gobierno de Boram, lugar que luchó por alcanzar, más nunca pudo hacerlo. Brahmir, su hermano, se había tragado esa fachada benevolente, esa envolvente voz y su carisma sin igual, pero él siempre supo lo que se encontraba detrás de aquella máscara. Siempre pudo ver sus verdaderos colores.

Y por eso sabía que su mente era tan desechable como un soldado manco, o un mago sin lengua. Boram la construía y deshacía a su voluntad. Era tan influenciable que unas palabras de un simple niñato como él lo podían dejar sin sueño por días. Alguien tan tarado nunca podría haber alcanzado el trono del Bastión Inmortal. Mucho menos conociendo el salvaje y vomitivo ambiente en el que los políticos y mediáticos se encontraban.

Los débiles de corazón nunca podrían gobernar a los fuertes de espíritu. Deimos Darkwill nunca podría liderar Noxus.

—En fin, siéntete como en tu casa... ¿Té?

Asintió, sin mucho interés. Tampoco esperó la invitación a ponerse cómodo: lo apartó de un empujón, se quitó el abrigo, lo arrojó al sofá, se sentó sobre él y apoyó sus pies en la pequeña mesa ratona, donde el hombre ubicó el azúcar con una mueca de molestia en el rostro.

No pudo evitar sonreír con diversión.

—Yo…

—Vayamos al grano —lo interrumpió—. ¿Para qué rayos me llamaste luego de años sin vernos y de ignorar a mi madre como si no la conocieras? ¿Sabes lo difícil que fue para ella superar la muerte de mi padre cuando no sólo él, sino también su mejor amigo la abandonaba? —No pudo evitar alzar la voz. No estaba de humor para aguantar tanta hipocresía. Las palabras atoradas en su garganta desde hacía cinco años querían salir y golpearlo hasta matarlo. Hacía mucho había aprendido a controlar sus impulsos, pero sus ojos inyectados en sangre y horriblemente penetrantes eran indicio de que el tema lo afectaba mucho más de lo que quería aparentar.

Deimos, en ese momento, quiso morir. Todo lo que había intentado ignorar durante un lustro había golpeado directo en el rostro. Ocultó las ganas de llorar, no sólo por la situación que estaba viviendo, sino por recordar cómo falló en su cometido de enamorar a la viuda más codiciada de Noxus. Más bien, todo fue al revés.

Los hermosos ojos esmeralda de la mujer atravesaron fugazmente su cabeza.

Y Ren pareció saber exactamente lo que estaba sucediendo.

—Tú… te enamoraste de ella, ¿cierto?

Abrió la boca, y la volvió a cerrar, sin respuesta. El joven tomó ese gesto como un sí, verdaderamente sorprendido por la revelación que ni él se esperaba obtener en una noche de trabajo como esa. Al parecer estaba equivocado cuando creyó que se moriría de aburrimiento, y sería una misión más del montón.

—Lo siento… Perdóname, por favor. Sé que lo que hice estuvo mal, pero no tuve otra opción.

—Heriste a mi madre, y por ende, a nosotros —siguió gritándole, de alguna forma disfrutando de la situación—. Fuiste un cobarde, mamá necesitaba más hombros en los cuales apoyarse, y tu le diste la espalda porque no aceptó tener sexo contigo dos días después de que se enteró de la muerte de su propio esposo. La verdad, es que me importa poco y nada lo que te pase después de proponer tal barbaridad y ni siquiera acercarte a pedir perdón en cinco putos años, así que mejor habla ahora, o me iré por donde vine.

En parte, no mucho de lo que dijo era cierto. Si era verdad que él se le había insinuado y hasta le había ofrecido un revolcón luego de cuarenta y ocho horas de que Sareena perdiera al supuesto amor de su vida, pero su madre no se molestó ni lloró por eso, y sólo sirvió para hacer un "proceso de limpieza", como ella yo llamaba, y sacar de su vida a todas las personas tóxicas o que no aportaban nada medianamente bueno a su bienestar. Por cosas así la admiraba. Ella y su hermano eran las personas más importantes que tenía, y haría cualquier cosa para protegerlos.

«En realidad, lo único bueno que hizo ese hombre fue morirse y convertirse en la perrita de la Cuchilla Danzante. Bien merecido lo tenía, el muy cobarde».

—Habrás oído lo que pasó con mi familia... —una vez que se sentó frente a él y tomó fuerzas para hablar, las palabras salieron de su boca, arrastradas, sin rastro alguno de energía.

Una afirmación que no le dejaba otra respuesta posible más que quedarse callado. Claro que lo había escuchado, hasta algo más que eso. Los rumores sobre el fatídico primero de diciembre viajaban hasta por los barrios bajos de la ciudad: Un misterioso asesino había acabado con sus ancianos padres y su pequeña hija. Estuvieron una semana y media desaparecidos, para luego ser encontrados dentro de unos sospechosos muñecos de nieve decorativos debido al terrible hedor que los cuerpos en descomposición emanaban. Todo esto mientras el milagroso sobreviviente estaba fuera de la nación, negociando con algún pequeño pueblo de Shurima que tarde o temprano caería ante el dominio Noxiano o la extrema hambruna de sus habitantes.

Hermoso regalo de navidad tuvo cuando volvió con una preciosa muñeca tejida hilo por hilo por los mejores costureros de Runaterra, y lo único que obtuvo como recompensa fue ver a su pequeña hijita con el cuello abierto de par en par y sin globos oculares.

—Nadie cree mis palabras —empezó a hablar—. Nadie apoya lo que digo cada vez que me hacen una entrevista, o hablo con alguien en la calle. Todos creen que soy un asesino, un rufián, que maté a mi familia por alguna estúpida razón, y que luego me refugio en falsas excusas, que soborno a los Guardianes para que digan que yo estaba con el Grupo de Exploradores, que dono mis riquezas al Ejército para que ellos me respalden, pero juro que todo lo que digo es cierto —hizo una pausa, quitando rápidamente las lágrimas de su rostro que, sin darse cuenta, comenzaron a aparecer. Observó a Ren con esperanza—. Ya no puedo salir a la calle ni ver la luz del sol, ya no puedo hablar con nadie, ni mi familia responde mis cartas. No sé lo que está sucediendo, yo…

—¿Estarás diciendo idioteces toda la noche o me dirás, por fin, cuál es el problema?

Deimos dio un respingo y observó al menor fijamente, sin saber qué decir. Ren sabía que la confianza entre ellos ya era historia, y que la timidez y bondad que anteriormente lo caracterizaba se había esfumado luego ser reclutado, pero si quería tener éxito, debía simular no haber cambiado demasiado en estos siete años que llevaba trabajando para la entidad más peligrosa y poderosa de todo Noxus. Tan sólo algo de brusquedad y un poco de soberbia harían del ambiente algo más favorable para él.

El hombre se encogió antes de susurrar.

—Alguien mató a mi familia, y viene a por mí.

Alzó una ceja, risueño. Dejó caer todo su peso en el sofá en donde anteriormente se había sentado, y lo miró retraerse, esperando una respuesta.

—Lo sabía. La versión oficial de la Trifarix fue lo más estúpido que escuché en toda mi vida, la verdad.

El mayor asintió con efusión. Podía notar el pánico en sus ojos, el temblor en sus manos, su respiración agitaba y el rostro ardiendo debido sólo a sus pensamientos. Estaba aterrado. Por eso, suponía, había dejado su enorme mansión ubicada en Mortoraa atrás, y ahora vivía en un departamento de mala muerte en uno de los barrios más pobres y asquerosos de todo Noxus. Toda la situación, por alguna razón, le resultaba graciosa.

—Entonces te estás escondiendo en esta pocilga —hizo una pausa, observando alrededor, analizando cada pared, cada ventana, cada esquina del extraño cuarto en el que se encontraba. Sonrió —. ¿Qué siente un Darkwill al estar alejado de tanto lujo?

—Alivio.

Ren sabía que no se refería al dinero. Las ruinas de lo que fue la Casa Darkwill eran extrañamente bellas, un perfecto espejo de lo que antaño fue el hogar del Imperio, pero tenía numerosos puntos ciegos que ni la mayor de las riquezas podía cubrir. Puertas que los guardias no cuidaban, ventanas que los criados no vigilaban, y luego de la muerte de Boram, la mitad del personal perteneciente al gobierno abandonó la mansión presionados por el nuevo Gran General. En ese lugar era un blanco demasiado fácil, y parecía ser que Deimos se había dado cuenta más tarde que temprano.

—Fue hace dos semanas —el hombre le leyó el pensamiento. Algo que era capaz de hacer desde que él era un niño. Siempre se lo adjudicó a que su rostro era demasiado expresivo—. Alguien o algo me atacó mientras dormía. Gracias a uno de mis criados, que recibió el golpe por mí, pude escapar. Tomé algo de dinero que me quedaba y eché a correr lo más rápido posible.

—¿Seguro que no te siguieron? —preguntó con naturalidad, acercándose a una esquina y ojeando los alrededores.

—Eso es lo que creo... Y p-por eso te llamé.

Un silencio abrupto invadió el lugar. Ren advirtió el nerviosismo y el miedo de Deimos. Tampoco tuvo que esforzarse para escuchar la respiración cansada, o notar la desesperación en su mirada. Llevaba noches sin dormir, y a juzgar por su complexión, días sin comer bien. Estaba, ciertamente, aterrado.

—Quieres que te proteja -afirmó, sin atisbo de duda.

El hombre asintió efusivamente.

—Eres el único que conozco con... habilidades —susurró, débil—. Además, el Gran General te entrenó personalmente y eres parte de su ejército. Uno de sus mejores guerreros, según dicen.

—La verdad es que sí, lo soy —no perdió el tiempo en alimentar su ego. Era de las tantas personas que reconocían lo evidente—. ¿Pero por qué ahora? ¿Por qué, específicamente, esta noche?

Deimos titubeó, y con manos temblorosas, adentró una de ellas al bolsillo izquierdo de su sobretodo, y de allí sacó algo escondido en su puño, el cual apretaba con fuerza sobrehumana, haciendo a sus nudillos tornarse incluso más blancos que su rostro.

—Hoy por la mañana alguien golpeó mi puerta. Yo... recibí esto...

En la palma de su mano descansaba una flor seca, maltratada, muerta, casi irreconocible. Pero no para Ren.

En ese mismo instante, supo lo que tenía que hacer.


—¿Qué hacemos, entonces?

—Esperar.

Deimos corrió hacia la habitación contigua. En la cocina, Ren escuchó sus pasos nerviosos ir y venir por todo el departamento.

Miró fugazmente el reloj ubicado en la pared; era casi medianoche. El momento se acercaba. Luego de dar un pequeño vistazo al cuarto, se dirigió a la sala para seguir su propio consejo y encerrarse en el piso de aquél lúgubre y solitario hotel.

Le daba gracia como el pobre hombre temblaba de miedo cada vez que se acercaba, o cuando sus miradas se cruzaban. Podía recrear la frialdad necesaria para ponerle los pelos de punta y obligarlo a obedecer todo lo que él dijera con sólo un poco de seguridad en su voz. No lo culpaba; todos los que lo conocían, de primera impresión, se orinaban de miedo al verlo a los ojos. La mezcla de su conocido pasado y su no tan buena reputación era un peso que cargaba sobre sus hombros desde que tenía conciencia. Había aprendido a sacarle provecho, sí, pero no dejaba de ser una maldición que lo limitaba a la hora de intentar sentirse alguien común y corriente.

De hecho, sólo está a salvo cuando estaba rodeado de sus familiares. Su hermano era su mejor amigo, y su madre la persona más maravillosa que conoció nunca. Siempre anheló su bienestar, y debía admitir que Deimos fue el único cable a tierra de la Casa Val-lyrde.

Por eso tardó tanto en aceptar la misión, incluso se aventuró a ser regañado por ello. Por más que lo odiara por el daño que le había hecho a su madre y por las palabras engañosas que le había dedicado, no podía negar que Deimos había sido de gran ayuda cuando Nittar se iba con sus amantes en medio de la noche, o llegaba borracho a casa y golpeaba a la pobre mujer. Siempre estuvo en los peores momentos. Sareena estaba cuerda gracias a él. Se había encontrado a ella misma gracias a él.

Deimos era un don nadie, un sinvergüenza, un imbécil. Mas no merecía ese final.

«El trabajo es trabajo, chico, recuérdalo. Deja de lloriquear y termina esto de una vez, que ya es tarde y tengo sueño».

Ignorando las estupideces de Natthe, debía admitir que tenía razón.

Aunque eso no lo detuvo y, como siempre, lo mandó a la mierda.

—¿Qué está sucediendo? —preguntó Deimos detrás de él.

Ren suspiró antes de responder.

—Fuiste marcado, cariño. La antigua agrupación te tiene en la mira, y ese —señaló con un gesto de su cabeza a la flor que se encontraba estrujada en los puños del mayor— es tu pase directo al infierno.

Rió cuando el hombre lo observó aterrado.

—Eres de los últimos que quedan del único linaje que atormentó a Noxus y puso en jaque a muchísimas familias aristocráticas. ¿Pensabas que personas tan perfeccionistas dejarían el trabajo a medias? De ser así, eres tan ingenuo como pareces.

»Esa simple y bonita flor que te dejaron esta mañana en la puerta es tu sentencia de muerte. Cazaron a tu familia, y ahora van a por ti.

—Pero... ¿Por qué yo? —Deimos, aturdido, aún no lo podía creer— ¿Qué he hecho mal?

—¿Todavía no lo entiendes? —el chico dejó salir un largo suspiro de frustración— Tu familia está pagando por todos los pecados que tu hermano cometió cuando se encontraba en el poder. No sólo el Gran General, sino hasta los grupos más oscuros de Noxus quieren convertir la Casa Darkwill en cenizas, y para ello, primero tienen que exterminar a los pocos sobrevivientes de la misma.

—E-Entonces… Eso significa que…

—Tus tres tíos fueron enterrados vivos la semana pasada —le cortó, observando sus uñas desinteresadamente—. Tu primo, Havic, fue encontrado descuartizado esta mañana. Tu hija y tus padres no fueron la excepción. Todos los Darkwill restantes están muertos; todos, menos tú.

Las réplicas de Deimos se ahogaron cuando el reloj dio las doce. La mirada que Ren le dedicó delató lo que eso significaba.

Su muerte estaba cerca.

—Me protegerás, ¿verdad?

—Sólo si dejas de preguntar estupideces —dijo con una mueca desinteresada—, porque estoy a punto de arrancarte los labios con mis propias manos.

La pequeña risa que soltó no fue suficiente como para tranquilizarlo.

Ni tampoco los pequeños golpes que sonaron en la entrada.

—¿Esperas a otra persona? —Deimos negó con rapidez— Debe ser él, entonces.

—Él… ¿E-El asesino?

—¿Y quién más, sino?

La habitación fue envuelta por un silencio incómodo, expectante. El mayor se hundió en su asiento cuando los leves toques sonaron nuevamente. Ren sólo se limitó a sonreír.

—¿Qué esperas? -susurró- Ve y ábrele. No seas descortés.

—¿Quieres que muera? —susurró el hombre, aterrado.

—Si quieres que te ayude, debes confiar en mí —explicó el chico a su lado—. Sé cómo actúan estos imbéciles. No te matarán sin jugar contigo antes.

El menor bufó cuando la persona en el exterior insistió otra vez, y su compañero seguía en su lugar.

—¿Puedes ser valiente por una puta vez en tu vida?

Deimos recordó, en ese instante, toda su miserable vida; cómo, de pequeño, no había sido más que un niñato insoportable. Cómo, de adolescente, no había hecho más que volver locos a sus padres por simple rebeldía. Cómo, de adulto, no había podido vencer a su hermano, y había lastimado a tanta gente en su nombre, entre ellos el amor de su vida. Cómo, entrando ya a los cincuenta, había seguido descargando su furia en inocentes, obligándolos a obedecer a su nación o sacrificándolos en nombre de un gobierno que no apoyaba, y todo para mantenerse a salvo de ningún peligro en particular.

¿Era tarde para arrepentirse de ser un perro del estado toda su vida? ¿Era tarde para pedirle perdón a Sareena por todo el daño que le había causado en pocos años atrás? ¿Era tarde para renacer y remendar todos los errores de su juventud?

Posiblemente lo era, porque cuando abrió la puerta y observó el oscuro pasillo y a la siniestra figura que se ocultaba entre las sombras, deseó nunca haber hecho nada malo, deseó nunca haber lastimado a todas las personas que se habían cruzado en su camino en nombre de un tarado como lo era Boram.

Y, en definitiva, deseó nunca haber confiado en Rennell Yhirdam Val-lyrde.

Porque era él quien se encontraba parado allí, con una media sonrisa y una rosa negra entre sus manos.

Cayó al suelo, casi muerto, con su boca extirpada y su garganta abierta de par en par.

Antes de cerrar los ojos, escuchó las palabras del ser que había tomado como hijo, de la persona que había jurado conocer, y ahora era su asesino.

Le deseó buena suerte, le pidió que salude a su familia por él, que había jugado con su hija y sus muñecas antes de cortarle el cuello, y que su abuela le había cocinado su famosa sopa antes de ahogarla en ella.

Le pidió que le mande besos a Boram, que debía de estar ardiendo en el infierno.

Y que le diga las siguientes palabras:

La Rosa Negra florecerá una vez más.