Díada


Capítulo IX

El Amanecer


Tal fue la descarga de ansiedad, que la respiración de Link se obstruyó en su garganta, generándole una sensación de urgencia que lo llevó a espabilar en pocos segundos, haciendo reaccionar sus sentidos. Su mano se dirigió por inercia a su cinturón, en la búsqueda de una de sus navajas; observar quién había interrumpido su adormecimiento le hizo sentir apenado por su reacción defensiva y hostil.

—Deberías intentar descansar un poco, muchacho—indicó aquella voz de un hombre bastante entrado en edad, que sin embargo, se le notaba fornido y vigoroso por la naturaleza tan exigente de su labor. Link suspiró, mirando a su alrededor levemente para notar que había dormitado contra la muralla de Komolo, en una zona cubierta por varios árboles que, pese a estar sin hojas por el invierno, daban una sensación de cobijo por sus densas ramificaciones.

—Todos tenemos un descanso eterno esperándonos, Hansen. Por ahora hay que trabajar—respondió Link, notando que tenía el balde de mezcla de arcilla y cal un tanto deshidratado a un lado. Se levantó para buscar el contenedor de agua y así volver a convertir aquella pasta en un compuesto más fluido que le permitiera continuar con la labor que cientos de civiles estaban realizando en distintas zonas de la muralla: reparar los daños que habían sufrido durante la luna carmesí.

—Apenas tienes treinta años y hablas como alguien más viejo que yo—respondió el obrero Hansen, quien también hidrató su mezcla, mientras observaba complacido como Link había logrado recomponer las zonas de la muralla que habían sufrido fisuras significativa, sustituyendo los bloques. Irónicamente, eran aquellos daños aparentemente menores los que más tiempo robaban, y los que más comprometían a la integridad de la muralla. Las zonas derrumbadas tomaban más esfuerzo, pero la labor fluía de forma más significativa al ser en áreas puntuales.

Hansen consideraba que Link Ryder era un hombre extraño; difería de la imagen común de los cabecillas criminales. Ahí estaba, trabajando como uno más de la aldea pese a no haber nacido ahí, ni vivir de manera permanente dentro de las murallas. La banda de los Lynels habían estado dispuesta a devolver a las personas sus apuestas realizadas antes de la luna carmesí, al comprender que en ese momento de tragedia muchos necesitaban hasta el más mínimo recurso para subsistir, incluido el monetario. Y pese a todo, era aquel mismo grupo asentado en la Tasca de Telma quienes habían distribuido comida y hierbas medicinales a los necesitados. Y el líder de ellos estaba ahí, realizando una labor que cualquiera pensaría que debían hacer los que necesitaran algunas monedas para sobrevivir.

El anciano vio a Link mostrarse afable con sus palabras, encogiéndose de hombros.

—Descansaré cuando el pueblo también pueda hacerlo—respondió, mientras observaba con detenimiento la superficie de la muralla que había reparado, buscando cualquier grieta que pudiera reforzar. El hombre entrado en edad tuvo que negar con la cabeza con cierta resignación por las palabras del rubio, aunque también, no contuvo aquella mirada de admiración por aquel grado de diligencia y hospitalidad que mostraba Link.

—¿Es cierto que no fuiste tú quien dio el golpe de gracia al Lynel? —preguntó con curiosidad el obrero de espesa barba blanquecina por las canas, denotando aquella intriga jovial que le generaba los rumores callejeros que habían surgido respecto a la batalla del Coliseo. Link lo miró divertido, notando lo rápido que podían correr las palabras entre aquellas plazas y calles. El viejo hombre de nombre Hansen comenzó a encender su cigarrillo matutino, utilizando un encendedor un tanto oxidado y llamativo que guardaba en su bolsillo. Una bocanada bastó para avivar la brasa del tabaco, procediendo a ofrecerle uno a Link, quien lo aceptó, junto con el amable gesto del anciano de inclinarse para encenderle el cigarrillo al rubio.

—Es cierto; no fue mi presa, la cazadora fue una hechicera del grupo—indicó Link, hablando con el cigarrillo en la punta de los labios mientras inclinaba la cabeza para que la pequeña llama del encendedor hiciera su efecto. Repentinamente, su mirada se volvió algo sombría al pensar en la Sheikah.

—Gracias—expresó el rubio de forma genuina por el gesto de hospitalidad del hombre.

—Komolo sigue en pie por ti, chico—lo reprendió por aquella humildad.

—Los Lynels siguen en pie porque el pueblo siempre nos ha apoyado; no somos nada sin ustedes, y nuestras vidas están a su servicio. No luché sólo, lo hicimos juntos—corrigió Link, con determinación en sus palabras, mientras aquellos orbes de vendavales acuosos como el fondo del gran mar observaban al viejo albañil directamente a sus ojos. El hombre asintió, tratando de manifestar una inconmensurable gratitud que no podía expresarse en palabras; esperaba que el brillo de sus ojos manifestara aquel sentimiento al Hyliano. Ambos hombres dieron una bocanada a sus cigarrillos en medio del silencio.

—¿Cuándo será la envestidura de la hechicera? Debemos verla con la piel de su presa—expresó el anciano, denotando cierta emoción de que el pueblo viera como se seguía la tradición, vistiendo al cazador de un Lynel con la piel del demonio al que había dado el golpe de gracia; no obstante, aquellas palabras devolvieron la melancolía usual en la mirada del rubio.

—¿Ella…?—cuestionó el anciano, teniendo una idea de lo que significaba esa expresión de Link.

—Se está recuperando—puntualizó Link, de forma directa, aferrándose a la propia determinación esperanzadora que denotaba su voz.

—Entiendo—indicó el anciano, un poco consternado, mirando su cigarrillo a medias.

—¡Con una mierda! ¿Ya están fumando tan temprano?—reprendió una voz autoritaria, que provino del otro lado; y pertenecía a una dama entrada en edad, aunque también de complexión sólida.

—Hansen me obligó—se excusó Link ante la mujer, levantando las manos en una fingida señal de rendición, mientras el anciano miraba incrédulo como el rubio lo había vendido de esa forma a su esposa.

—Solo le invité el desayuno—dijo el anciano, resignándose a seguirle el juego al rubio que ahora tenía ganas de estrangular, con la esperanza de que la jocosidad lo salvara de la reprimenda de su amada esposa.

—Por el amor a las Diosas, Hansen. Ve por leña, y tú, Link, no has descansado nada en estas dos semanas, no deberías estar cargando ladrillos—aquella últimas palabras de la mujer fueron una indirecta que lanzó con poco tacto a su marido, mirándolo, en acusación de que los albañiles aceptaban la ayuda de Link pese a continuar con algunas lesiones en recuperación.

—Link es como un perro de rancho, nos sigue a donde vayamos a trabajar. Debes amarrarlo si quieres que descanse—dijo el hombre, en un intento de excusarse; era imposible evadir la iniciativa y disposición del rubio para trabajar, incluso un día después de la luna carmesí. Por su parte, una breve risa salió de los labios del rubio, un poco más expresivo al parecerle hilarante la analogía que habían usado para él. El guerrero comenzó a caminar tras el anciano, dispuesto a ayudarlo con la dichosa leña; y estuvo a punto de recibir otro regaño por parte de la dama, de no ser porque fueron interrumpidos por varios gritos infantiles cargados de pavor que hicieron que Link y los ancianos sufrieran espasmos por la tensión a flor de piel.

—¡Link! —gritó en una especie de chillido ahogado uno de los cuatro chicos que habían llegado corriendo por los callejones de las viviendas.

—¿Qué sucedió? —la voz de Link denotaba aquella urgencia que correspondía al ver la palidez y el miedo en los chicos, colocándose en cuclillas para estar más cercano a la altura de ellos, verlos a los ojos y esperar una respuesta.

—¡Hablen de una maldita vez, muchachos! —exigió Hansen, recibiendo una seña de Link con la que le pedía al anciano que se tranquilizara, ya que los niños a duras penas estaban recuperando el aliento.

—Soldados… Soldados—

—¿De qué bando? ¿Dónde están? —preguntó Link con algo más de impaciencia, al ver que a duras penas los niños estaban recobrando algo de color en sus mejillas; no obstante, el rubio ya se había puesto de pie, en un estado de alerta.

—Federales…—Aquellas palabras de otro de los niños hizo que la expresión de Link denotaran incertidumbre por lo que podría estar sucediendo; aunque no tuvo que cuestionar de nuevo, otro de los chicos finalmente complementó el panorama con sus palabras.

—¡La Federación está reclutando a menores en la plaza a la fuerza, se los llevarán!—reveló finalmente el chico de mayor edad en el grupo, aclarando por completo la situación a los ojos de los mayores.

—Elga, Hansen, llévense a los chicos, corran las voz, que escondan a niños. Avisen a Telma—ordenó Link por inercia, moviéndose con rapidez y fiereza para tomar su espada enfundada que había dejado apoyada en el árbol, para comenzar a alejarse de las viviendas con la vista fija hacia su destino.


El bullicio de la plaza no era el usual; era denso, con gritos y súplicas, tensión vibrante en aquella repentina manifestación de civiles que habían comenzado a rodear a aquellos que invadieron las murallas por medio de la intimidación y el uso de sus armas como única vía para poder imponerse ante los habitantes de Komolo. Los civiles estaban en su mayoría desarmados y agotados por las labores de incinerar los cuerpos de los demonios que habían caído en el asedio, y el reparar los daños que se había sufrido en el ataque. Pero aquello tenía nula importancia para aqual prepotente grupo de seis uniformados que cumplían la labor de portavoces en nombre de la nueva iniciativa de la Federación.

—¡Será dentro de poco un decreto del Parlamento Federal, reclutamiento obligatorio para la defensa de Hyrule! ¡Atrás, malditos asnos! —impuso el que destacaba como el líder de aquel grupo de militantes, a juzgar por el símbolo en la hombrera de su uniforme, que mostraba mayor complejidad en comparación a sus subordinados. Estos últimos intentaban en la media de lo posible de repeler a los aldeanos que se habían amotinados en una feroz negativa de permitir que aquellos soldados se llevaran a varios pequeños que se encontraban aquel día a los alrededores del bulevar. El líder del grupo finalmente actuó, azotando su lanza para golpear en secó el rostro de uno de los civiles que habían alcanzado a agarrar a uno de los soldados; inevitablemente este aldeano cayó al suelo privado de consciencia, lo que aumentó mucho más la agresividad de los civiles, y la potente de aquella gritería que se podía escuchar a varias calles.

—Llévalos a la carreta—indicó el líder, viendo como dos de sus soldados se daban a la tarea de arrastrar a los niños que habían atrapado; estos intentaban liberarse y evitar ser llevados, pero aquello solo les estaba haciendo sufrir mayor maltrato por parte de los hombres. No obstante, lo que terminó por intensificar los alaridos de los civiles fue la llegada de otro soldado desde una de las calles, arrastrando de los cabellos a dos niñas con cada mano, las cuales no debían tener más de diez años cada una.

—Excelente, Rya, un soldado con iniciativa es de apreciar—halagó el líder al recién llegado, sonriendo con complicidad y una repugnante malicia, mientras el soldado de enorme estatura se acercaba a la carreta con las infantes.

—¿Qué mierda? —cuestionó el soldado más joven del grupo, y también, el que mostraba más renuencia y cuidado de no lastimar a los aldeanos en su intento de contenerlos sin usar la fuerza letal del filo de su lanza. No obstante, dejó sólo a su compañero con esta labor, ya que se aproximó a su líder, en desaprobación al ver lo que el grupo estaba tramando.

—Cuida tu tono, chico—indicó el líder de facciones afiladas, orejas largas que denotaban su linaje como hyliano. Se mostró inquisitivo ante el joven de su grupo, quien sin siquiera hablar ya había hecho notar su inconformidad de la situación.

—El preacuerdo del decreto estipula que se reclutarán solo a varones—respondió el joven, perdiendo parte de aquella determinación con la que había detenido aquel intento de atrocidad; no obstante, continuó en pie en contra de todo eso, mientras los soldados lograban finalmente encerrar al grupo de niños en la zona de carga de la carreta. Por su parte, el último soldado que contenía a los civiles había terminado por lograr atravesar varios objetos en el camino de los aldeanos, comenzando a usar su lanza como una amenaza más directa, apuñalando a varios civiles que intentaron atacar de nuevo.

—Así es; los varones son los reclutas. Pero si por "error" se cuela alguna niña, tendremos que deshacernos de ellas. Lo que suceda hasta entonces, queda entre nosotros—indicó el líder, con un tono que denotaba sus verdaderas intenciones, las cuales eran la misma que el resto de sus subordinados; al menos la mayoría, considerando que el más joven del grupo se mostraba sumamente asqueado por tal crueldad.

—Es más barato que pagar putas—dijo finalmente el soldado que había arrastrado a las niñas, mostrando estar en completo apoyo con su líder, quien fue el que le había encargado la misión de conseguir el entretenimiento de las siguientes noches de invierno. El titánico sujeto se mostró orgulloso de su enfermizo cinismo, aunque esas fueron sus últimas palabras. Un mazo de albañilería voló por los aires, girando con rapidez; la pesada herramienta recorrió el aire desde uno de los costados de la multitud, y el extremo filoso se enterró en seco en la sien del soldado que había arrastrado a las niñas hasta la carreta.

El objeto desfiguró la cara del enorme sujeto, desmembrando su mandíbula por el impacto, y vaciando su ojo y parte de su materia gris a través de la enorme abertura que el impacto había abierto en su cráneo, todo delante de los ojos de los soldados que observaron aquellos con una sensación de ralentización. El silencio invadió aquel espacio luego de observar aquello; y lo único que interrumpió el mutismo de todos los presentes fue el pesado sonido del cuerpo del soldado cayendo contra la tierra sin vida, y también, los pasos de quien había lanzado el mazo con la fuerza necesaria para convertirlo en una mortífera arma que había acabado con un soldado experimentado.

El grupo de invasores observaron cómo la figura de un Hyliano de cabellos rubios se aproximaba luego de haber sido el autor de tal agresión, mientras los civiles mostraban una mezcla de pánico, y cierto júbilo por la llegada oportuna de Link. No obstante, fue evidente que la frenética secuencia de acontecimiento llegó a ser abrumador para los presentes. El rubio sacó su espada en una fracción de segundo, deslizando el filo por la abertura de la puerta de la carrera para romper el mecanismo de madera y liberar el acceso que retenía a los niños.

—¡Corran! —exclamó el guerrero a los chicos que, anteponiéndose para cubrirlos, ya que inmediatamente los cinco soldados que quedaban se pusieron en guardia. O al menos, tres de ellos, ya que dos sufrieron de la agresión de varios aldeanos a sus espaldas, que azotaron baldes y botellas de vidrio en sus cabezas, creando la distracción necesaria para que Link pudiera actuar. Su espada logró desviar el filo y el cuerpo de la lanza del primer soldado, deshaciendo su defensa para lograr rozar el filo de su espada en la garganta de su oponente, y de esa forma degollarlo y dejar en tierra al segundo soldado caído por su mano. Aprovechando el impulso, alcanzó a acertar un codazo en el rostro del siguiente soldado a su paso para hacerlo a un lado, no obstante, eso evitó que pudiera ver como el tercer soldado en pie había logrado alzar su vara, acertando un golpe seco en la cara de Link que le hizo retroceder.

—¡Saquen a los niños de aquí, que no vean, aléjense todos! —rugió el guerrero a los aldeanos, viendo que a sus espaldas los chicos habían logrado salir del carruaje, siendo llevados por la multitud para alejarlos de área que se había convertido en una sangrienta zona de guerra. En un intento de no permitir que los menores siguieran viendo más atrocidades, el rubio se limitó a evadir a los soldados, aunque estos poco a poco habían comenzado a rodearlo, siendo cuatro contra uno. Un aliento pesado salió de los labios de Link por el agotamiento, al no lograr evadir del todo el filo de la lanza, rozando su espalda y abriendo una herida superficial que había sacado un gruñido por parte del rubio. Seguido por otro azote en su espalda con la vara de otra lanza, el rubio no pudo evitar caer sobre una de sus rodillas, viendo como su espada se deslizaba por el suelo fuera de su alcance por el último golpe recibido.

Miró a su alrededor brevemente, asegurándose de que los aldeanos comenzaran a alejarse, y que ojos de los infantes no estuvieran observando lo que estaba a punto de suceder. Volvió a exhalar, serenando su respiración al observar que estaba quedándose a solas, tal como lo necesitaba. Pudo notar la prepotencia de la mirada del líder del grupo, quien tenía la nariz sangrante por el impacto del codo de Link. No hubo palabras de amenaza, no hubo advertencias, ni siquiera algo de civilidad. Solo un impulso de agresión pura, manifestándose en un intento por parte del líder, quien alzó su lanza en un intento de enterrarla contra Link.

Por su parte, la mirada serena de Link se mantuvo intacta mientras esperaba aquel ataque; aunque aquello no sucedió. La punta de la lanza casi se entierra en el pecho del rubio, pero este ladeó el cuerpo lo suficiente para evadir el filo, tomar la vara en plena agresión, y desviar la trayectoria para aprovechar la cercanía y enterrar la punta en uno de los pies de otro de los soldados. Giró por la tierra, para acercarse a las piernas del líder, mientras tanto, su mano tomó la navaja de su cinturón para enterrarla en seco en el muslo del líder mientras se alejaba del centro que aquellos cuatro soldados habían formado para rodearlo.

—Eres hombre muerto—vociferó el líder en medio de sus rugidos de dolor por la agresión en el muslo que no le permitía moverse, mientras éste y dos soldados se movían para encarar a Link con armas en mano.

—Siempre lo he sido—respondió Link con simpleza, denotando su carencia de estupor o rastro de nervios al verse en desventaja numérica; se mostró estoico, levantando su espada con un movimiento ágil de su pie que la elevó hasta su mano izquierda, con la que dio un tajo ascendente, partiendo la madera de la lanza del soldado que intentó atacarlo, aprovechando el impulso para impactar el plano de la hoja de su espada directamente a la mandíbula del sujeto, generando un sonoro crujido por la cantidad de huesos de la cara de este que se pulverizaron por el impacto, cayendo al suelo sobre su rostro a los pies de Link.

El frenesí del momento le permitió a Link girar sobre uno de sus tobillos y acertar una patada directa al estómago de uno de los dos que seguían ante él, aprovechando el dolor que esto generó para girar su espada y cortar en seco la cabeza del soldado más cercano, que no demoró en caer al suelo al ser decapitado, en conjunto con el sonido húmedo de su aparatosa hemorragia que comenzaba a derramar el fluido vital por el suelo. El último que quedaba en guardia era el líder, quien intentó golpear a Link por no tener a la mano su arma, pero esto solo causó que el rubio detuviera el puñetazo con su antebrazo, extendiendo su propia mano para retorcer y quebrar la muñeca del hombre, aprovechando de nuevo la cercanía para acertar una patada en el costado de la rodilla del líder, con la suficiente fuerza que el planchazo de la bota de Link logró dislocar los ligamentos, causando otro alarido de dolor por parte del despreciable sujeto.

Este cayó sobre su rodilla adolorido, quedando totalmente expuesto para recibir un puñetazo de la mano diestra de Link que impactó directamente con su sien, obligándolo a besar la tierra por la fuerza del golpe que lo sacó de combate, concluyendo de esta forma la pelea. Link se quitó la suciedad que pudo de encima al salir victorioso, acercándose al líder del grupo.

—¿Cuál es tu batallón, soldado? —preguntó Link, con la aspereza de un verdugo indicándole a un condenado que debía decir sus últimas palabras. La única respuesta que recibió del mandatario militar fue un intento de levantarse y atacar desde abajo a Link, pero lo único que obtuve fue el impacto de la bota revestida de metal de Link justo en la cara, con tal fuerza que lo volvió a tender en el suelo. A los pocos segundos pudo sentir como el pie del rubio presionaba de forma dolorosa su cráneo contra la tierra, dejando caer parte del peso de su cuerpo sobre la cabeza del líder.

—¿Cuál es tu batallón, soldado? —repitió Ryder, palabra por palabra.

—Naydra… Batallón Naydra…—respondió el líder con dificultad, al no poder respirar por la inflamación de su nariz, lo cual estaba causando un notorio sangrado.

—Es insultante que porten el nombre del honorable dragón que cuida las tierras sagradas de Nayru—acusó Link, sin disimular en lo más mínimo el desagrado que sentía por el sacrilegio que significaba que aquellos despreciables sujetos portaran el símbolo de la Diosa de la sabiduría.

—¿Quién mierda eres?—cuestionó el líder que rabia.

—Un simple nómada harto de plagas como tú—respondió quitando su bota de encima de la cabeza del sujeto, en un intento de nivelar la situación.

—¿Vas a matarnos o no? —replicó el líder, sin permitirse dejar de mostrar provocación pese a estar en plena desventaja. Link lo miró con el desprecio inyectado en aquella expresión frívola, inclinándose lo suficiente como para alcanzar la navaja que seguía enterrada en el muslo del líder, arrancándola con la mayor lentitud posible para generarle dolor.

—Depende de ti—respondió el guerrero, levantándose, y limpiando la sangre de su cuchilla con el guantelete. El silencio se mantuvo, siendo interrumpido únicamente por la dificultosa respiración del líder, y el del soldado que seguía con el pie empalado a la tierra.

—¿Quién les dio la autoridad de entrar a Komolo sin el permiso de su gente? —cuestionó Link a quienes seguían vivos, si es que el dolor les permitía prestar la suficiente atención como para hilar una respuesta. Al no recibir ninguna, el rubio, giró su espada entre sus dedos, apuntando la punta a la cabeza del líder. Enterró con fuerza su sable, pero esta se enterró en la tierra a escasos centímetro de la cabeza.

—Somos representantes de la Federación de Hyrule—indicó el líder, tragando grueso en medio de su palidez y creciente temblor en las extremidades.

—La Federación no tiene ninguna autoridad sobre estas tierras, ni sobre ninguna de las ciudades y aldeas que sufren por los asedios demoníacos, mientras ustedes mancillan el honor de su juramento y el significado de sus uniformes, pisoteando la poca dignidad que nos queda—recapituló Link, recobrando aquel tono que parecía ser dictámenes de una voz con la autoridad de decretar en el acto su voluntad. Mientras, se puso de cuclillas, ante el líder. Por un momento, Link estaba dejando de lado su naturaleza parca y primordialmente reactiva, debido a la profunda indignación que estaba experimentando.

—Ve y dile a tus superiores lo que sucedió aquí; que los cuerpos de tus hombres sea un recordatorio de lo que sucederá si vuelven a entrar a las aldeas bajo el cuidado de los Lynels ¿Quedó claro?—dictaminó finalmente el guerrero, esperando por la respuesta del líder, la cual nunca llegó; por lo cual, el rubio tuvo la iniciativa de animarlo a responder. Y lo hizo tomando la navaja que momentos antes había estado en el muslo del líder, para ahora deslizarlo con soltura por un costado del rostro del hombre.

El alarido de dolor del sujeto retumbó en toda la sala, gimoteando de pánico al ver como su alargada ora derecha ahora yacía en la mano de Link luego de cortarla con su cuchilla.

—¿Quedó claro?—volvió a preguntar Link con naturalidad, lanzando a un cortado la pequeña y sangrante pieza de carne y cartílagos con aretes que había mutilado.

—¡Sí, quedó claro, quedó claro! —rugió desesperado el hombre en medio de los sollozos de dolor, casi suplicando clemencia. Pero tal dádiva nunca llegó, al sentir de nuevo aquel mismo infernal dolor, cuando sintió como Link amputaba también su oreja izquierda con un corte limpio.

—¡¿Por qué!? —reclamó entre sus gritos de dolor y frustración, perdiendo cada vez más la cordura ante aquella creciente tortura física.

—Para asegurarme que recuerdes el mensaje—Se justificó Link, levantándose y volviendo a limpiar la sangre de su navaja, antes de guardarlo en su cinturón y comenzar a caminar hacia el joven que quedaba consciente.

—Yo… intenté detenerlos—explicó el soldado más joven de cabellos castaños, demostrando su desesperación por evitarse el dolor que le esperaba.

—Ese es el único motivo por el que tu cabeza sigue en su lugar—respondió Link con acidez, sabiendo que aquel chico había intentado detener a sus compañeros cuando estos estaban participando directa o indirectamente en el rapto de las niñas que sufrirían todo tipo de atrocidades.

—Pero no parecías en contra de reclutar a niños contra su voluntad para sus filas—puntualizó Link, no queriendo que aquel alivio en la expresión del chico durara demasiado, ya que seguía siendo parcialmente culpable. Por mientras, el rubio extendió su mano luego de acercarse a su primera víctima, levantando el mazo con el que había hecho pesados su cráneo.

—Yo solo seguía órdenes…—aquella respuesta del joven soldado le generó una ácida sonrisa al rubio, que no parecía poder creer tal hipocresía. Se aproximó lo suficiente a ese último soldado en pie, tomando la lanza, y arrancándola del suelo de un tirón para liberar el sangrante pie del joven, al menos antes de que este recibiera en la cara el impacto de la vara de la lanza a manos de Link.

—Entonces sigue ésta orden: Asegúrate que tu superior mande mi mensaje, palabra por palabra—dictaminó el rubio, lanzando la lanza al suelo con desprecio, contemplando al inexperimentado soldado que había quedado tendido en el suelo.

En ese momento, a Link solo le quedaba en las manos el mazo, por lo que comenzó a caminar con soltura una vez más hacia el líder que a duras penas estaba dando indicios de intentar levantarse, al menos antes de que la bota de Link impactara la punta contra la sien del sujeto, obligándolo a caer de nuevo contra el piso, mirando al cielo parcialmente inconsciente.

—¿Crees que morir es un castigo? —preguntó Link al líder que momentos antes había tratado a niñas inocentes como si fueran simple mercancía, y ahora, se mostraba inerte y expectante con miedo de lo que le esperaba como retribución por su crueldad.

—Matarte sería un acto de piedad que no mereces—dictaminó finalmente Link, abriéndose un poco de espacio para tomar correctamente su mazo con ambas manos para asegurar la precisión del golpe aplastante que estaba por dar, apuntando justo hacia donde sus ojos estaban mirando; la respiración del cobarde líder comenzó a volverse frenética, intentando balbucear palabras carente de sentido, mientras veía los ojos de Link enfocados hacia la entrepierna del intruso, siendo este el blanco de aquella herramienta diseñada para quebrar rocas en las minas.


Una vez más, a la distancia, en las calles que rodeaban la plaza, lo único que podía escucharse como evidencia de lo que estaba sucediendo eran los rugidos y llantos de dolor del sujeto inmediatamente después de haber recibido un golpe acertado y directo de aquel mazo en manos de Link.

No pasó demasiado para que los rumores de lo que había sucedido se esparcieran con rapidez a cada extremo de las murallas, relatando lo sucedido, cada quien a su manera; había quien exageraba la hazaña de Link aumentando el número de soldados, otros le habían agregado complejidad a la situación con un enfrentamiento que tenía en juego la vida de una decena de rehenes. Y alguno que había dicho que los soldados medían lo mismo que las paredes de las casas de Komolo. Lo único en lo que todos coincidían era en el hecho de que el guerrero había enfrentado a solas a los intrusos, salvando a los pequeños que habían estado a punto de ser llevados contra su voluntad hacia las bases de los Federales.

La multitud enardecida había terminado de respaldar a Link, expulsando la carreta, y apresurando las labores para concluir con la reparación de los grandes portones que les permitiría estar más preparados en caso de represalias por parte de las minorías de la milicia de Hyrule. A su vez, el grupo de guerreros de Komolo ya se habían preparado para reanudar y reforzar las tareas de vigilancia en las torres de la muralla; labor de la cual habían expulsado a Link apenas vieron que el noble guerrero estaba dispuesto a hacer el primer turno de vigilancia después de haber derrotado a seis soldados por su propia cuenta. Naturalmente, los jóvenes militantes de Komolo y lo más ancianos no estaban dispuestos a permitir que Link continuara privándose de un merecido descanso luego de todas las veces en los que había protegido al pueblo en aquellas semanas a costa de su propio cuello.

Por lo que Link no tuvo más opción que seguir la voluntad de los civiles, quien le habían prácticamente ordenado a ir a descansar a la casona de Komolo; aunque antes de ingresar a esa antigua finca, el guerrero procedió a acercarse al pozo de agua que este tenía para los animales que pastaban, donde estaban Epona, Aine y Snow. Sacando un cuenco con agua, el rubio procedió a asearse lo mejor que pudo antes de ingresar a la edificación, quitándose la sangre de su piel que ya había comenzado a cercarse luego de la batalla. Una vez que terminó de quitarse aquella capa pegajosa, accedió a las escaleras externas de la edificación para así acercarse a uno de los baños. Aquel proceso fue extenso, y extrañamente calmado para él luego de usar las brasas del fogón del centro para calentar el agua, considerando que seguía haciendo bastante frío. Aquel líquido tibio le permitió enjuagar su piel, quitando de forma profunda toda suciedad que seguía adherida a él luego de aquellas extensas horas de labor. Sumergirse en la medida de lo posible en el líquido también pareció ayudarle a despejar la tensión de sus adoloridos músculos, y de los numerosos cortes y laceraciones que tenía.

Mirar al techo se volvió un especie de trance relajante del cual despertó con el pasar de los minutos, al sentir que la tibieza del agua se había enfriado; secarse fue un proceso rápido con una de las toallas secas que tenía a su alcance. Pensó en que pronto debía cortarse el cabello, al sentir que la punta de su cabello húmedo ya estaba llegando hasta su espalda alta. Con la tela cubriendo su cintura, se dirigió hacia los pasillos de la casona, ingresando a su habitación. Cambiarse de muda de ropa fue particularmente relajante, pudiendo soltarse un poco de la pesadez de las botas, el peto de malla metálica y los cinturones. Con la mente despejada salió de ahí para dirigirse a la gran sala de la casona, bajando por las escaleras, y encontrándose con las miradas curiosas y tensas de los Lynels, quienes ya habían tomado sus espadas y arcos al escuchar pasos desconocidos desde adentro de la edificación. Con una sonrisa socarrona, Link levantó las manos en una fingida rendición, mientras terminada de bajar para incorporarse al grupo.

—¿Acaso quieres que te claven una flecha? —preguntó Telma teniendo ballesta en mano con aparente molestia, la cual era simulada.

—Más les vale apuntar a la cabeza—dijo el rubio con una sonrisa, siendo bienvenido por el grupo, observando el escenario. Evidentemente todos estaban agotados, ya que apenas a esas horas del inicio del medio día estaban comenzando a cocinar las presas que habían cazado para comer. Con eso el rubio supuso que en el trajín, el grupo ni siquiera había desayunado, y simplemente estaban juntando dos de las comidas del día. Link ubicó con la mirada a su hermana, acercándose hasta ella e inclinándose para dar un beso en la cabeza de ella a modo de saludo.

—¿Quiénes eran los soldados? —preguntó Aryll con suavidad pero cierta preocupación, sentada en la gran mesa, relativamente cerca del gran fogón donde varios del grupo se estaban dando a la tarea de vigilar la cocción de la carne asada en vara, mientras fumaban y bebían. Link miró a su hermana con atención, observando el cabestrillo que aún sostenía el brazo de la joven luego de la lesión sufrida en la luna carmesí. Un detalle a destacar era que en la mesa todos ya estaban enterados de lo que había sucedido; los rumores habían llegado a ellos antes que Link caminando por las calles.

—Unos cabrones de los Naydra que no sabían en el territorio que se estaban metiendo—respondió Link a su hermana, siendo palabras que llamó la atención de gran parte de los presentes.

—¿El Batallón que comanda Kafei? ¿Qué haremos si él viene? —preguntó Corvy, haciendo la pregunta que al parecer a todos se les había pasado por la cabeza.

—Le daremos la bienvenida, le serviremos un trago, y comenzaremos a negociar—dijo Link con simpleza, sentándose a un lado de Aryll. Los Lynels se miraron entre ellos, asintiendo, y contagiándose de aquella confianza y certeza que demostraba Link de tener el control de la situación; y así era. Ese era el territorio de la banda, y debían defenderlo como tal.

—¿Qué tal tu brazo?—cuestionó el rubio con evidente interés por la condición de su hermana que para su alivio iba en mejoría; el cabestrillo solo era para darle soporte a su brazo que ya había recobrado movilidad en esas dos semanas.

—Ya puedo hacer las señas básicas—dijo la rubia, levantando el dedo medio con una sonrisa burlona a su hermano, quien respondió despeinándola un poco con su mano.


Tengo frío…—Toda aquella atmósfera cálida y tranquila se detuvo en seco para Link al sentir de nuevo aquella sensación que había experimentado en plena batalla en la luna carmesí; sentir la voz de armónica de Sheik fluir por sus pensamientos a través de un nexo psíquico espontáneo que hizo que Link se sintiera repentinamente ensimismado.


—¿Pasa algo? —preguntó Aryll en voz baja, al notar aquella extraña expresión en Link, mientras que el resto del grupo continuaban platicando, orgullosos de saber que los Lynels una vez más se habían impuesto contra la Federación.

—¿No escuchaste nada? —respondió Link con otro cuestionamiento, y la cara de confusión de su hermana fue el único indicio que necesitó para saber que aquella conexión psíquica de Sheik era únicamente con él; tuvo el presentimiento, y lo confirmó al mirar a los demás presentes, notando que todos continuaban en lo suyo, sin que nada perturbara aquel instante en el que se encontraban compartiendo.

—Vuelvo en un momento… Vilán, deja la carne término medio para mí, la última vez estaba seca como una bota—ordenó Link, hablando primero con Aryll, y luego con su el hombre que estaba vigilando la cocción, quien puso los ojos en blanco por el fastidio.

—Ya sabes que a Link le gusta la carne tan roja que la vaca aún pueda mugir—recriminó Vestro burlón, generando una escandalosa carcajada por parte de Telma y los demás soldados presentes; no obstante, el guerrero no pareció prestar demasiada atención a las mofas mientras subía las escaleras, atraído por aquella voz que resonaba en su mente.


La mente de Zelda era el valle de espesas tinieblas sombrías, similares a los umbrales del más allá al que tantas veces había observado en su entrenamiento en el templo de las sombras; aquella rivera de sombras por donde las almas transcurría en su búsqueda de la reencarnación. Para los Sheikah, aquel plano inmaterial y etéreo era un símbolo, la meta de un camino desafiante en la búsqueda del silencio interior, del despertar del tercer ojo, el ojo de la verdad; era constantemente relacionado con la quietud y la paz que se obtenía una vez que el cuerpo físico y el alma atribulada lograba desarraigarse de las redes de los deseos y temores carnales. Pero para Zelda, aquel valle solo era una red descendiente hacia los terrores que la habían atormentado desde su infancia.

Horrores con figura y forma, pero carente de rostro o identidad, o alguna característica a la cual la memoria de Zelda pudiera aferrarse durante aquellos letargos al cual su cuerpo la sometía al consumir en exceso su vitalidad; lo único que podía reconocer de aquella silueta amorfa era aquellas extensiones de fluido carmín con el tono de los ojos de los Sheikah, escurriéndose por el cuello pálido de la joven, solidificándose en un tono negruzco y de un intenso aroma al hierro de la sangre derramada. Aquello le oprimía el cuello sin que el cuerpo de la dama pudiera reaccionar en medio de las penumbras en la que estaba suspendida; no perdía la consciencia ni la capacidad de sentir aquel dolor que la atormentaba. El aire se escapaba por completo de sus pulmones sin tener las posibilidad de recuperar al dichoso alientos, sintiendo la sofocante sensación de la desesperación en su forma más primitiva, recorriendo su cuerpo en una descarga electrizante que no generaba estímulo alguno a sus músculos congelados que no podían emitir nada más que dolor para ella…


Link no tuvo certeza alguna de lo que experimentó momentáneamente al acceder al interior de aquella habitación en la que Zelda llevaba en letargo por más de dos semanas. Pero lo que pudo jurar para sus adentros, es que sintió una densidad que hizo que su piel se erizara, y comenzara a producir una frívola capa de sudor que denotaba la reacción de su cuerpo ante un presentimiento que no era capaz de describir.

No obstante, eso no lo detuvo en la labor que tenía; había visto en su infancia lo que sucedía con las adivinas y brujos de su caravana cuando se excedían en sus capacidades sobrenaturales. Sus cuerpos, en una respuesta natural de auto preservación, se sometían a una forma de hibernación, donde sus cuerpos y metabolismos se detenían por completo para dar paso a la regeneración de la vitalidad de sus almas luego de un anormal desgaste. Era el punto de mayor vulnerabilidad de un hechicero, un estado en el que estaban completamente indefensos, y que le daba paso a la mayor debilidad que tenía esta excepcional casta de mortales con habilidades conferidas por las mismísimas Diosas: Su frágil umbral de resistencia.

Si un hechicero tenía la suerte de ser refugiado en su inconsciencia, era cuestión de días hasta que estos pudieran despertar y recuperarse; hasta entonces, no requerían nada más que espacio para su letargo. Sin embargo, Link había aprendido que aquello no era del todo cierto; prueba de ello era todo lo que traía entre sus manos. Un pequeño recipiente de agua tibia, paños, una manta sobre su hombro, y un grueso par de calcetines que llevaba en su bolsillo. Seguía con la incertidumbre de si aquella voz que había escuchado había sido obra de su maltrecha mente que suplicaba por un descanso que era incapaz de concretar; por tal motivo, el guerrero cerró la puerta de la habitación que habían habilitado para Zelda, rodeando la cama con pasos pausados para poder ver el rostro de la joven, que permanecía tendida sobre uno de los costados de su cuerpo.

Continuaba inconsciente; aquello hizo suspirar a Link, pensando que ya había comenzado a perder la cabeza. O al menos ese era el pensamiento que invadía su mente hasta que pudo observar el aliento espeso que la hechicera exhaló en completo mutismo, notándose un temblor pronunciado en su cuerpo pese a continuar en un reposo perpetuo; de no ser por el casi imperceptible estremecimiento del cuerpo de la dama, y su muy lenta respiración, cualquier podría pensar que era un cadáver lo que se posaba en aquella cama. Tal vez lo era, en cierto sentido, pensó Link; los hechiceros en tal condición se encontraban en una lucha para aferrarse a la vida, en la cual ningún tercero podía ayudar más allá de mantenerlos a salvo.

Sin saber realmente la verdadera naturaleza de lo que le había llamado, Link procedió actuar ante las claras evidencias de que el cuerpo de la hechicera estaba sufriendo de un notable descenso de temperatura. Con cuidado desplegó aquella espesa sabana tejida que había traído, demostrando una delicadeza notable al colocarla sobre el cuerpo de la hechicera ya cubierta por una primera capa de sábanas. Ni siquiera el dolor en sus agarrotados brazos luego de la batalla lo detuvieron de dirigirse a cada esquina y extender los pliegues de edredón, asegurando que no hubiera filtraciones de aire frío, usuales en las mañanas.

Con aquella misión cumplida, se acercó al extremo de la cama que se encontraba más cercano a los pies de la dama, levantando las capas de tela para revelar aquellas extremidades blancas como la nieve. Pese a la forma estilizada de éstas, podía notarse la callosidad de la planta y el remarco de las articulaciones de los dedos, algo que también tenía Link; una de las tantas marcas perpetuas que tendrían en sus pies como señal del arduo y muchas veces enfermizo esfuerzo que exigía el ardor de las batallas. El rubio abrió ambos calcetines de forma pausado, colocándolos en cada pie de Zelda con cuidado para abrigar aquella zona vulnerable a la hipotermia.

Lo que quedaba era dar uso a los paños y el cuenco de agua, labor que se había compartido entre Aryll, Telma y él a lo largo de aquellos días posterior al asedio. Las manos de Link sumergieron la tela aquel fluido de temperatura agradable, exprimiendo el exceso para de esa forma acercarse al rostro de la dama. Un vistazo breve a aquellas facciones le hizo recordar al rubio lo joven que era aquella enigmática aliada que había llegado para imponerse con una naturalidad impresionante a los planes del rubio. Y contemplarla así, solo hizo crecer en Link un intenso sentimiento de culpa, ni siquiera la conocía, no tenía certeza alguna de que realmente todo lo que había dicho fuera cierto; al menos no hasta aquella noche en la que los demonios le invadieron, y en medio del caos, la preocupación de la hechicera era el de salvar a los civiles. En medio de una batalla donde cualquiera buscaría auto preservarse, la dama había sacrificado incluso su integridad para cubrirlo a él y a su hermana.

Tal aptitud en el combate y aquel prodigioso talento en la hechicería habían bastado para erradicar a una de las bestias más temidas que existían en las leyendas, pero ahí estaba la Sheikah, tendida. Quizás, solo quizás, las cosas habrían sido distintas si hubiera replanteado su estrategia, su hubiera adoptado una modalidad defensiva, si hubiera logrado mantener el balance a la hora de cercenar las arterias de la bestia. Solo tal vez, la Sheikah estaría consciente.

Aquel era el martirio con el que Link se torturaba sin piedad para sus adentros en una perpetua autocrítica, mientras su mano izquierda, la más hábil para tareas delicadas, se encargaba de recorrer las facciones de la joven con el paño tibio, limpiando su rostro con la mayor suavidad que le permitía sus adoloridos dígitos. Aquella cercanía, una vez más, hizo que su mente divagara en la forma sutil de aquel rostro que rozaba la perfección simétrica, y que le recordaba constantemente a la forma que los escultores de los templos sagrados aspiraban a concretar cuándo debían representar la belleza de las diosas creadoras.

No obstante, sus nuevas divagaciones se vieron abruptamente interrumpidas, cuando la mano de Sheik se extendió, tomando con todas las fuerzas que pudo la muñeca de Link, al punto de hacer crujir las articulaciones del rubio que se contuvo de no reaccionar por la repentina acción tan inesperada. Sí, le había hecho perder el aliento por lo imprevisto que era todo; no obstante, aquella señal, aunque dolorosa para él, era un indicativo de que el letargo había terminado. La mano de Link tembló, aún con el paño en mano, siendo agresivamente reprimido por aquellos delgados dedos de la Sheikah que mostraba que la fuerza que tenían era sorprendente pese a su contextura; era de esperarse debido a la facilidad con la que su katana fluía en movimientos letales.

La Sheikah abrió finalmente los ojos con cierta urgencia, buscando enfocar lo más pronto posible; pero sus sensibles ojos fueron castigados por el exceso de luz al que no estaban acostumbrados luego de tanto tiempo sin abrir sus parpados. Aquella dolorosa sensación fue la señal que Zelda necesitaba para confirmarse a sí misma que había salido de aquel angustiante limbo donde había estado encerrada por tanto tiempo, en los confines de su propia mente...


Notas Finales:

Hola! En primer lugar, quería pedir una disculpa por la ausencia, y esto fue a causa de un motivo muy concreto. Debido al inicio de la pandemia, hace ya dos años, tuve un atraso de poco más de un semestre en la universidad ya que dentro de la institución hubo una serie de situaciones graves a nivel de la gestión de sus servidores y los registros electrónicos de sus estudiantes, lo cual puso en peligro los registros de calificaciones de varios bloques de alumnos por el daño de varios de los ya mencionados servidores. Para mi suerte, mi sección no se vio perjudicada, nuestros registros estaban en los respaldos de la institución. Otros grupos no tuvieron tanta suerte. Toda esta situación demoró el inicio de las clases online, y a inicios de este año se nos informó a los de último semestre que se nos incluiría en un intensivo para finalmente eliminar ese desfase que existía por el retraso que hubo en el inicio del confinamiento, y poder así incluirnos en el siguiente acto de graduación. Por eso estuve en modo hardcore acabando mis últimas evaluaciones, y presentando mi tesis, que defendí hace pocos días. Y en síntesis ese es el motivo de mi prolongada ausencia. Fue un caos el exponer, presentar exámenes, mientras atendía mis responsabilidades laborales. En fin, el agotamiento que tuve después de recibir mis calificaciones fue tal que no tuve fuerzas para nada más que cumplir con mi empleo. Pero aprovechando que hoy tengo algo de tiempo, me dediqué a dar los últimos detalles al capítulo y publicarlo, aunque sea miércoles, aspiro ir retomando el ritmo de publicación poco a poco.

Ahora sobre el capítulo! Siempre he tenido curiosidad sobre la reacción de Link ante una injusticia bastante más directa y terrenal; con qué me refiero a terrenal? Generalmente vemos a nuestro héroe enfrentando situaciones mucho más místicas, enfrentando encarnaciones del mal en su forma demoníaca y salvando dimensiones paralelas. Pero casi siempre Link es un chico de orígenes muy humildes (Tal vez la única excepción es el de BOTW que al parecer venía de un hogar un poco más solvente considerando que su padre era un Caballero), y en este fic quiero explorar una tendencia más "humana" de Link, su empatía por las personas que al igual que él, se ven afectadas por las injusticias que cometen algunas minorías con más poder e influencia; quiero mostrar que antes que un héroe profetizado y un estandarte de honor y valentía, este Link es también un hombre de carne y hueso que muchas veces no podrá controlar sus impulsos cuando ve un comportamiento tan ruin y despreciable como el de los soldados que intentaron adueñarse de la Aldea. Y Zelda también va aprendiendo de la realidad que viven los hyruleanos fuera de las murallas de la ciudadela o de las colinas que protegen a la Aldea Sheikah.

Quise dejar un momento de tensión para el ZeLink :D Nexo que iremos explorando poco a poco, pero, ya estamos comenzando a ver lo que significa el título de esta historia. Existe una Díada entre ambos, y tal conexión se irá manifestando de muchas formas diferentes.

Por cierto. CASI SE MUEREN IGUAL QUE YO CUANDO SALIÓ EL MICROTEASER DE LA SECUELA DE BOTW 2?! El retraso hasta 2023... "Inserte meme de: Estoy feliz y " Pero el Link con ese estilo salvaje, su brazito regenerado, su cabello rebelde... Oh Diosas, quítate Zelda, yo me voy a casar con él JAJAJAJA. Ese aire de Héroe Helénico que se carga el Link me seduce poderosamente.

Bien chicos, les doy un saludo y nos vemos próximamente, aspiro que el viernes de la semana que viene :D

Bye!