Este capítulo es ligeramente más largo que el previo, y la razón es que este es uno de esos capítulos que sé como debe iniciar y terminar.

Lo prolongo lo necesario y bueno, creo que algunas lo verán como algo bueno, jajajaj, al menos eso espero.

Nuevamente agradezco sus reviews y sus mensajes privados. Me sacan una sonrisa cuando me dicen que mi historia les está gustando y que desean saber más de ella. Les mando besos y abrazos.


Capítulo 14. Fortuitas realidades.

En ninguno de mis sueños más disparatados preví el impacto que tendría la rueda de prensa que llevé a cabo con los medios, ni mucho menos adiviné cual sería la reacción del público en general.

No es que su aprobación o condena me importe demasiado, pero he de admitir que la magnitud de los sucesos me sigue asombrando, aun cuando han transcurrido ya 3 semanas desde aquel evento.

¡Se que me sería inevitable enfrentar el escándalo! Noticias amarillistas saturarían los tabloides, y por supuesto, todos reprobarían el amor que indebidamente para el mundo que me observa, le profeso a Candy.

Sospeché que con su habilidad de distorsionar la verdad, la prensa alteraría mis declaraciones para seguir describiéndome como el villano de la historia, donde Susana había sido mi víctima mortal.

Yo seguiré siendo su asesino y con eso puedo vivir.

Mi estupor radica en que ninguna de mis hipótesis se llevó a cabo.

Contrario a mis oscuras figuraciones, la prensa a través de sus tabloides, no sólo mostraba la realidad tal cual la informé, también, tuvieron la decencia de confirmar que el artículo donde señalaban a Candy como mi amante, era por demás erróneo y se disculpaban públicamente con ella por haber seguido una pista falsa que un informante anónimo les proporcionó.

Otro factor totalmente inesperado fue apreciar el apoyo que el público nos brindaba. Candy, emocionada, me platicó en más de una ocasión que compañeras suyas, antes oscas por la falsa nota, ahora la saludaban y le decían lo conmovidas que estaban después de haber leído el artículo que hacía referencia a la rueda de prensa que di.

Incluso no faltó la persona que hizo alusión al deseo de encontrar un amor como el que ambos nos profesamos desde nuestra adolescencia.

¿Hipocresía, realidad? No me importa averiguar la respuesta.

Los medios se han calmado y eso es lo único que me importa por ahora.

Todo se estaba dando tan fácilmente para nosotros, que tengo la sensación que en algún momento esta aparente paz se desvanecerá.

Tan acostumbrado estoy a los golpes que me da la vida, que la idea de que Margot, Loyd o los Leagan aparezcan de un momento a otro para robarme mi felicidad, me acompaña sin tregua todo el tiempo.

Admito que es probable que todos mis temores no tengan fundamento; para bien o para mal, Margot continua desaparecida, hace años Neal y Elisa desaparecieron de mi vida, ninguna nota amarillista ha sido publicada en el periódico, y al parecer, Loyd ha aceptado su derrota.

Después de aquella molesta visita que me hizo en casa de mis padres semanas atrás, no he vuelto a saber de él. Quiero suponer que por fin ha entendido que Candy ha tomado una decisión, y como caballero, ha decidido hacerse a un lado.

Sin afán de atraer malos augurios, me dije que a pesar de todos los obstáculos, esta era mi nueva realidad y lo que es mejor, disfrutaré la primera de muchas navidades en compañía de Candy y nuestras familias.

¿Qué más le puedo pedir a la vida si justo ahora me siento el hombre más afortunado que habita este planeta?

21 de diciembre de 1923

"¿Listo para tu viaje a Lakewood, Terry?" suspiré satisfecho.

Sorbí lentamente de la infusión que yacía frente a mi antes de responder a la pregunta de Robert.

Dirigí mi vista a un costado mío, y a través de los amplios ventanales que decoran su oficina, el ambiente nevado Neoyorquino que se divisaba, parecía formar parte de un cuadro en movimiento que decora las vastas paredes blancas que recubren este amplio espacio moderno digno de nuestra época.

Podía sentir como el frío característico del crudo invierno que vivimos, quema mi piel, mis labios, pero no me desagrada, al contrario, me gusta.

Lo único que me incomoda es que las Dulces Candy jamás florecen durante esta gélida temporada decembrina.

Tendré que esperar hasta que llegué la primavera para verlas nuevamente.

"Así es, Robert. El tren sale a las 9 de la mañana. La familia de Candy ya nos está esperando en la villa que tienen en esa pequeña ciudad. Queremos tener el tiempo suficiente para visitar la casa hogar donde Candy se crio. Aunque ahí llevaremos a cabo la cena navideña, quiero que conviva con sus seres queridos un par de días más"

Robert dejó escapar el humo de su puro a través de su boca mientras me escuchaba hablar.

Aunque el techo era alto y abovedado, la cortina de humo yacía concentrada justo en medio de nosotros dos.

Esa humarada, así como el penetrante aroma a tabaco que ya forma parte de esta oficina, es tan característico de Robert, que no me molesta en absoluto, aunque he de admitir que esta esencia no entra en mi lista de mis fragancias preferidas.

"¿También los acompañará Eleonor? quiero decir, tus padres y tu hermana, por supuesto" preguntó con un dejo de curiosidad y nerviosismo que no hizo el intento en ocultar.

Extraño en él. Toda frase que sale de su boca es trabajada con antelación, pensé.

"Así es. Están ansiosos de conocer el hogar de Candy, y Alisa, pues está especialmente entusiasmada porque habrá niños de su edad con los que podrá jugar" en su rostro se dibujó una expresión que no supe descifrar cuando me escuchó hablar.

Lo único de lo que estoy seguro es que una sombra oscura atravesó su mirada cuando mencioné a mis padres juntos. Felices.

¿Será mi imaginación?

No pude terminar de hilar mis pensamientos.

Como si fuese capaz de leer las palabras que se forman en mi mente, interrumpió mis conjeturas dirigiendo nuevamente la atención hacia mí.

"Me congratula verte tan animado y feliz. Lo mereces. Auguro este será el inicio de una nueva vida para ti. Por favor, dile a tu familia que les deseo felices fiestas" musitó y agradecí sus palabras en silencio. Acto seguido, un brillo malévolo iluminó su mirada mientras unía sus manos bajo su mentón "como verás, la prensa puede ser de bastante ayuda en ciertas ocasiones. Quizás deberías considerar volver a dar otra entrevista un futuro no muy lejano. Darles de vez en vez a los reporteros lo que buscan" a sabiendas de cual sería mi respuesta, Robert dejó escapar una carcajada tan fuerte, que seguramente hizo eco en los pasillos aledaños.

Al final, me contagió su bonhomía y terminé riendo con él, dejando en el olvido la absurda idea de que muy probablemente mi amigo ha estado enamorado de mi madre en secreto.

Qué estupidez más grande, me dije y zanjé el tema en mi mente.

Mientras bajaba las escaleras para dirigirme a mi auto, Robert me recordó desde el piso superior, que iniciando el año comenzarían los ensayos finales de la obra La Tempestad, para después, emprender nuestra gira por toda América, prohibiéndome terminantemente ausentarme fuese cual fuese el motivo.

Siguiendo mi camino, levanté la mano en señal de despedida mientras lo escuchaba reírse de mi gesto a mis espaldas.

Con una estúpida sonrisa adornando mi rostro, llegué a casa.

Al entrar, vi que el chofer y uno de los mayordomos, colocaban nuestro vasto equipaje en la parte trasera de la limusina.

"Robert les desea felices fiestas" dije al tiempo que entraba al salón donde todos esperaban exclusivamente mi llegada.

Al escucharme, Candy fue hacia mí, depositó un casto beso sobre mis labios y entrelazó una de sus cálidas manos con la mía, la cual en contraste con la suya, se encontraba helada.

A ella no pareció incomodarle ese detalle.

"Sr. Grandchester. Hemos cargado el equipaje en la limusina. Estamos listos cuando usted disponga" mi padre asintió con la impavidez que lo caracteriza.

"¿Estás lista, querida?" mi madre asintió al tiempo que le dedicaba una dulce sonrisa.

Como era su costumbre, mi padre besó con delicadeza su mano antes de encaminarse al Rolls Royce que aguardaba por nosotros en la entrada.

Jamás encontré los beneficios de viajar tantas horas en tren.

Generalmente representan un tedio que me veo en la necesidad de soportar.

Demasiadas horas sentado en un incómodo asiento dentro de un pequeño cubículo, es un fastidio. Para mi mala fortuna, es el medio de transporte más rápido que existe hasta ahora.

Entonces ¿qué hace diferente este viaje?

La compañía.

Candy yace sentada a mi lado admirando conmigo como el paisaje que nos rodea cambia lentamente, indicándonos que poco a poco dejamos Nueva York atrás. El cielo por su parte, cambia sus tonalidades frente a nuestros ojos, creando un espectáculo tan maravilloso que jamás me había detenido a admirar.

Nunca en mis casi 28 años de vida, he deseado tanto que el viaje de 30 horas dure mucho más.

Al lado de ella, el hastío no existe.

Lo que antes consideraba gris y sombrío, ahora cobra vida.

Sin una razón aparente para ella, rodee sus hombros, deposité un beso sobre su sien y le sonreí mientras clavaba sus ojos verdes interrogantes en los míos.

"No es que me moleste esta placentera muestra de afecto, pero, ¿cuál es la razón que amerita que sea agasajada de esta manera?" reí al tiempo que mi mirada se posaba nuevamente sobre sus labios carmesí. Delgados, perfectos.

"¿De verdad necesito una razón para besarte?" susurré pausadamente en su oído.

Mi mano inquieta, descendió lánguidamente hacia uno de sus muslos, acariciando intencionalmente durante mi recorrido la suave piel de sus brazos.

Bajo mi toque, sentí como el cuerpo de Candy vibró al entrar en contacto con mi piel.

¿Se debe a la baja temperatura de mis manos o es que ella está igual de excitada que yo? pensé sin despegar mis ojos de los suyos. Ardientes. Cándidos. Anhelantes.

Lentamente, su respiración se tornó agitada. El color rosáceo de sus mejillas adquirió un tono cada vez más cercano al carmín.

Sus labios se separaron gradualmente, permitiéndome sentir su vaho ardiente sobre mi cara.

Su intoxicante aroma a rosas nubló por completo mis sentidos.

Sin palabras, ella me pedía que continuara con este juego sensual que rápidamente podría volverse en contra mía.

¿Cómo podré resistirme a semejante oferta?

Mi deseo por Candy es tan grande que se equipara al amor que le profeso desde nuestra adolescencia.

Me obligué a recordar que nos encontramos en un tren, que mi familia está en el cubículo contiguo, pero lo que mitigó por completo el fuego que carcome mi alma, es la serie de protocolos sociales y legales, que necesito cumplir si quiero casarme con ella dejando todo mi pasado con Susana atrás.

Por primera vez en mi vida, quiero hacer las cosas correctamente. Aun cuando el proceso que he elegido es agónicamente largo.

"¿Por qué te detuviste?" impetuosamente, Candy acarició mis labios con los suyos.

Tan excitada.

Febril.

¡Dios mío, Candy! estás haciendo este momento especialmente difícil. Pones a prueba mi penosa fuerza de voluntad, me dije mientras mis ojos se dirigieron rápidamente a sus labios, para después, descender lentamente hacia su cuello, el área de su escote, preguntándome que sabor tiene su piel.

Se me hizo agua la boca.

"No es el lugar, ni mucho menos el momento" dije con la voz entrecortada por la pasión de la que estaba siendo presa.

Inhala y exhala, Terry, pensé.

Hice esos ejercicios una y otra vez en un intento desesperado por alejar el calor que gobierna peligrosamente mi cuerpo en estos momentos.

"Quizás te parezca anticuado lo que voy a decir pero, por primera vez en mi vida quiero hacer las cosas correctamente. Socialmente hablando, por supuesto" con la curiosidad dibujándose en sus radiantes ojos verdes, levantó su mirada hacia mi rostro.

No parece molesta ni mucho menos ofendida. Más bien, parece intrigada en lo que estaba por confesarle, así que dejé escapar un suspiro y continué hablando.

"Te amo. Quiero demostrártelo de todas las formas que el ser humano es capaz de expresar, pero antes de eso, deseo vivir el protocolo del cortejo contigo, después, anhelo pedir tu mano en matrimonio con la Srta. Pony, mientras que Albert, me da el sermón que todo padre le debe dar al futuro esposo de su hija antes de considerar aceptar mi propuesta. Ansío que juntos nos hagamos cargo de los preparativos de nuestra boda. Espero con ansias el día que pase mis noches en vela imaginándote con el ajuar que has elegido, aunque al final, termine cayendo en la cuenta de que sin importar lo que lleves puesto, serás la mujer más bella que he visto, y al final, aspiro sentir como mi corazón se sale de mi pecho mientras espero nerviosamente por ti en el altar. Deseo vivir todos esos primeros momentos a tu lado para después, culminar juntos nuestra felicidad haciendo el amor por primera vez" cuando terminé de hablar estudié detenidamente su mirada.

Soy consciente que no soy puro ni casto. He tenido sexo con varias mujeres, pero jamás he estado en la intimidad con ninguna a la que haya amado.

Esa persona tiene un nombre. Candy.

"¿Te parece muy absurda mi petición?" pregunté en voz baja mientras apartaba mi mirada de la suya.

Repentinamente me sentí estúpido.

Tuve la impresión que a sus ojos era un vil adolescente con un sueño risible y ridículo.

De pronto, sentí como su mano tomaba con suavidad mi mentón al tiempo que me obligaba a clavar mis ojos sobre su rostro.

Su expresión tan llena de afecto me relajó, alejando de golpe la inseguridad que tomó presa mi corazón durante los 5 segundos más largos de mi vida.

"Lo que pienso, es que eres el hombre más romántico que conozco, Terry, y también, que soy la mujer más afortunada del mundo al tenerte al lado mío. Todo lo que has descrito me conmueve porque tengo la impresión que viste lo que celosamente guardé durante tantos años dentro de mi alma" besó mis mejillas y mi boca mientras hablaba. Sus caricias eran tan suaves aunque al mismo tiempo férvidas, que creí me pecho colapsaría de tanto amor, si es que eso fuese humanamente posible "Ahora se que no podría vivir esas primeras experiencias al lado de otro hombre que no seas tú, y también, deseo hacer por primera vez el amor con la persona que siempre he amado y a la que le entregué hace muchos años mi corazón. Tú, Terruce Graham Grandchester" sonreí tímidamente.

Pegó su frente contra la mía y sonreímos el resto del camino como un par de muchachos enamorados.

Al cabo de lo que sentí fueron un par de minutos, el tren comenzó a bajar la velocidad al tiempo que escuchábamos el característico sonido de metal chocar entre sí.

Claro indicativo de que habíamos llegado a nuestro destino.

"¡Por fin llegamos!" espetó Alisa mientras bajaba del tren.

Estiró sus músculos y dejó escapar un gran bostezo.

"Como si no supiera que dormiste todo el camino. Se perfectamente que eres una pulga muy dormilona" más tardé en hablar que en verla hacer un puchero al tiempo que se escondía en el regazo de Candy.

"¡Candy! Terry me está molestando. ¿Verdad que no soy una pulga ni dormilona?" dijo clavando sus brillantes ojos azules sobre el rostro risueño de mi amada.

"Por supuesto que no lo eres, Alisa. No le hagas caso a tu hermano. ¿Quieres que te cuente un secreto?" mi hermana asintió emocionada. Perplejo, me acerqué a ellas con la única intención de escuchar que era lo que Candy revelaría de mí a continuación "Terry solía quedarse dormido en la rama más alta de los árboles cuando estudiábamos juntos en Londres" sorprendida, Alisa cubrió su boca mientras soltaba una de sus alegres carcajadas.

"Dos contra uno. Eso no es justo" espeté simulando exageradamente una molestia que por supuesto no sentía.

Candy, Alisa y mis padres, comenzaron a reír, y segundos después, yo con ellos.

"¡Candy!" todos giramos a nuestra izquierda y vimos a Annie acercarse presurosa hacia nosotros mientras ondeaba una de sus manos en el aire.

"!Annie!" Candy se aventó a los brazos de su amiga y envolvió sus hombros con fuerza "te he extrañado tanto. Tengo la impresión que hace mucho tiempo no te veo. Hay tanto que platicar. No sé por dónde empezar" musitó sonriente mientras se alejaba un poco de ella.

"¿A mí no me has extrañado, Candy?"

Cuando giró su rostro a su derecha y vio a Archie, estiró su brazo hacia él y rápidamente lo envolvió en un abrazo sin soltar a Annie.

"Los he extrañado mucho a los dos" dijo con frenesí "por cierto ¿dónde están mis sobrinos? No los veo con ustedes" con su mirada curiosa, comenzó a buscar por el andén a dos pequeños que aun no tengo el placer de conocer.

"En casa esperándote. No durmieron lo suficiente de la emoción" repuso Annie al tiempo que Archie rodeaba con uno de sus brazos la cintura de su esposa, dirigiendo con curiosidad sus miradas hacia mis padres.

"Eleonor, Richard, les presento a mi primo Archibald y su esposa, mi hermana Annie"

Mientras que Annie los saludó amablemente con un asentimiento de cabeza, Archie, ligeramente sonrojado, dio dos pasos hacia ellos con fingida seguridad. Cuando fue el turno de estrechar la mano de mi madre, este tartamudeó tanto, que fue inevitable que todos, incluidos mis padres, soltáramos una gran carcajada.

"Mamá, el primo de Candy siempre ha sido gran admirador tuyo. Con decirte que tenía varias fotos tuyas bajo el colchón de su cama mientras estudiamos juntos en el Colegio San Pablo" mi comentario me hizo acreedor a una mirada furibunda de Archie que solamente provocó que nuestras risas se intensificaran.

Desafortunadamente nuestro buen humor se desvaneció cuando la gente del andén comenzó a advertir mi presencia y la de mi madre.

Protectoramente, tomé a Alisa entre mis brazos mientras ella rodeaba mi cuello con fuerza.

No la veía del todo asustada, pero para mí fue evidente que la multitud que se congregaba poco a poco a nuestro alrededor, empezaba a espantarla.

"Terry…" la voz temerosa de mi hermana se perdió entre los gritos enardecidos de la multitud que, habiendo confirmado mi identidad, clamaba con entusiasmo mi nombre en un intento por llamar mi atención.

Abracé a Alisa fuertemente contra mi pecho y le susurré al oído que no permitiría que nada malo le pasara.

Instintivamente, rodee los hombros de Candy con el brazo que tenía libre y la pegué a mi costado.

"¡Creo que es momento de retirarnos!" gritó Archie para hacerse escuchar a lo que Candy asintió a modo de respuesta.

No estoy seguro si hubo un intercambio de palabras entre los dos.

Los chillidos de las personas eran tan estridentes, que de haber habido una breve conversación entre ambos, no fui capaz de escucharla.

Casi al instante, nos vimos rodeados por un grupo de hombres vestidos con impolutos trajes negros. Ellos, alejaron a la enorme multitud que hasta hace dos segundos nos rodeaba sin clemencia.

¿Habían estado cerca nuestro todo el tiempo?

De ser así, no advertí su presencia sino hasta ahora.

Sin mayores dificultades, llegamos a la limusina de los Andley, la cual, aguardaba por nosotros a las afueras de la estación.

"Jamás en toda mi vida he agradecido tanto no ser tú en estos momentos, Grandchester" resopló Archie mientras miraba al grupo de mujeres que habíamos dejado atrás.

Más tranquila en la seguridad del auto, mi hermana se rio abiertamente de su comentario mientras se sentaba esta vez en el regazo de mi padre.

"En Nueva York es igual o peor. A veces, algunas mujeres se atreven a pedir el autógrafo de mi hermano aun cuando papi pone seguridad alrededor de nosotros. Terry no las ofende ignorándolas, pero tiende a ser bastante antipático"

"Siempre ha sido así" dijeron al unísono Candy, Annie y Archie, los cuales, se miraron entre si con la diversión dibujada en sus facciones riendo con complicidad segundos después.

Mi familia, por supuesto, no podía quedarse atrás y terminaron bromeando junto con ellos.

De todos, yo era el único mortificado debido a esta bochornosa situación.

"JA, JA, no le veo la gracia. Mi vida social era un desastre en mi adolescencia, ahora en mi adultez es un caos" Candy se estiró hacia mí y depositó un tierno beso en una de mis mejillas.

A pesar de los estragos que conlleva ser un actor famoso, soy un hombre muy afortunado, me dije mientras besaba su mano y me perdía dentro de las profundidades de sus hermosos ojos verdes.

Minutos después, me uní a la tertulia que se había creado dentro de la limusina.

Platicamos de los buenos viejos tiempos así como de la época en la que tanto Candy como yo, éramos descritos como el incorregible dúo rebelde del Real Colegio San Pablo.

"Por cierto ¿por qué no los acompañó Albert a la estación?" preguntó Candy al mismo tiempo que la limusina atravesaba el gran portón que custodia la formidable propiedad de los Andley.

"Ya lo conoces. Atendiendo asuntos de trabajo en la villa. Los negocios y ser el patriarca de la familia, es una posición que no conoce días festivos ni de descanso, aunque creo que muy pronto esa situación cambiará sutilmente" algo en la mirada de Archie me dijo que seguramente una persona que yo conocía, ya ocupaba un lugar importante en el corazón de mi amigo.

Sonreí complacido.

Candy lo observó con curiosidad, pero ninguno de sus suplicantes argumentos, logró convencer a su amigo para que le revelara a que se refería.

Cuando el auto se detuvo frente a la villa de los Andley, Albert aguardaba por nosotros en el vestíbulo mientras una cálida sonrisa se dibujaba en su cara.

"Les pido una disculpa por no haberlos recibido en la estación. Trabajo de último momento me impidió moverme de aquí" dijo apenado mientras saludaba a mis padres y envolvía a Candy en un cálido abrazo "imagino estarán agotados por el viaje"

"Un poco. Me gustaría tomar un baño y descansar un momento" dijo mi madre un tanto apenada.

"Por supuesto que si, Sra. Grandchester. Philippa, lleve a los señores a su habitación, por favor. También encárguese de que lleven el equipaje de nuestros invitados a sus respectivos aposentos" la mujer asintió mientras le hacía una reverencia.

En cuanto mis padres se perdieron de nuestra vista, el eco de pasos presurosos y gritos infantiles, se hicieron escuchar.

En ese instante, atravesaron el umbral del salón quienes supuse por obvias razones eran Ethan y Rose.

Sin duda, ambos eran la mezcla perfecta de sus padres físicamente hablando; rubios, de tez clara y facciones finas, pero mientras que Ethan tiene los ojos azul cielo de Annie, Rose heredó el color marrón de su tío Stear, así como su vivaracha expresión.

Después de recibir una gran dotación de besos y abrazos de su tía predilecta, los niños subieron a jugar junto con Alisa a una de las tantas habitaciones que hay dentro de la mansión, seguidos de cerca por Annie y Candy, la cual antes de marcharse, me mandó un beso volado con una de sus manos, que como siempre, atesoró mi corazón.

Cada lugar donde posaba mis ojos, yacía un objeto o mueble cuyo costo seguramente era invaluable.

No cabe duda que la mansión de los Andley es una edificación majestuosa, que ejemplifica perfectamente la opulencia del estilo rococó, el cual, inunda cada uno de sus espacios.

Gracias a sus pisos de mármol, paredes de un sutil color blancuzco e incrustaciones doradas en cada una de sus paredes y columnas, me hizo sentir que en realidad había entrado a un palacio, pero en cuanto giré mi rostro hacia mis amigos, me di cuenta que a pesar de todas las riquezas que poseen, son las personas más sencillas que conozco.

"Los veo felices, Terry. Me da gusto que hayan resuelto sus diferencias pasadas y enfrenten juntos las adversidades que la vida pone en su camino" sonreí complacido ante las sinceras palabras de Albert, mientras que con un gesto de su mano, me invitaba a tomar asiento en uno de los sillones que decoran el lujoso salón.

"Es verdad. Es un placer ver a Candy en este momento de su vida. Ahora que tengo la oportunidad de verla a tu lado, sé que jamás ha sido más feliz"

"Si soy sincero con ustedes dos, me cuesta trabajo creer que Candy está a mi lado a pesar de que ha atravesado momentos muy amargos por culpa mía. La amo, no temo al decir que incluso más que a mi vida, por ese motivo temo cada segundo que Loyd, Margot o incluso los Leagan lleguen y me arrebaten el motivo de mi felicidad" sentí las miradas acongojadas de mis amigos sobre mí al tiempo que clavaba mis ojos sobre el entretejido de la alfombra bajo mis pies.

De pronto una extraña sensación se apoderó de mi pecho.

Era como si hubiese cometido una indiscreción frente a ellos sin proponérmelo.

"¿Acaso has tenido problemas con Loyd para que desconfíes de él?" levanté la cara y noté el ceño fruncido de Albert así como la preocupación que se dibujaba en los ojos de Archie.

¿Será correcto confesarles la verdad?

Mi familia sabe de la visita que Loyd me hizo un día antes de la llegada de Candy a Nueva York, pero hasta ahora, no le he confesado a nadie que me amenazó vehementemente con apartarla de mi lado.

Deseo sacar de mi pecho esta angustia que día a día me consume en silencio, pero no debo olvidar que para Albert y Archie, Loyd, además de ser un amigo muy cercano, es uno de los socios más importantes de los Bancos Andley.

Lo que menos deseo es dañar la buena relación que ha existido entre ambas familias mucho antes que yo apareciera en la vida de los Andley.

"¿Debo interpretar tu silencio como un sí, Terry?" el tono de voz de Albert fue tan glacial, que levanté rápidamente mi mirada hacia él.

Sólo una vez he tenido el privilegio de escucharlo dirigirse así a una persona.

Fue el día que el Sr. Hammill nos llamó mentirosos al asegurar que Susana había intentado matar a mi hermana cuando la aventó a la alberca.

Jamás olvidaré ese día mientras viva.

"Por supuesto que no, Albert" respondí con lo que esperaba fuera una bien representaba convicción. Jamás creí que me vería en la necesidad de mentirle a mis amigos. No me gusta, pero quiero obligarme a creer que estoy viendo en Loyd a un enemigo imaginario "quizás estoy tan acostumbrado a que el destino me arrebate mi felicidad, que ahora que por fin tengo la vida que deseo, estoy a la espera de que algo malo suceda y vuelva a mi vida gris de antes" esto último no es mentira.

En realidad, vivo aterrado de que ese momento llegue tarde o temprano.

Por alguna razón desconocida, levante mi vista hacia el ventanal que se encontraba a espaldas de mis amigos y vi lo que creí eran gruesos copos de nieve caer acompasadamente del cielo mientras este se teñía de un frío color blancuzco.

Al fijar mejor mi vista, me percaté que no era nieve lo que veía, sino los pétalos blancos característicos de las Dulces Candy que decoran los jardines de la mansión.

Eso no es posible, pensé al recordar que cuando la limusina aparcó en la entrada de la mansión, las rosas no estaban en flor.

Casi al mismo tiempo, un muchacho rubio surgió de la nada detrás del ventanal.

Me observó desconsolado mientras clavada sus ojos azules en mi rostro desencajado. Levantó su mano hacia mi. Parecía que quería decirme algo, pero en menos de lo que dura un parpadeo, este desapareció frente a mis ojos.

¡Qué demonios…!

Mi corazón empezó a latir desbocado.

"¿Sucede algo, Grandchester? De pronto te pusiste pálido" Archie giró su rostro hacia el ventanal esperando ver aquello que me había sobresaltado, pero no había nada, excepto el jardín y el intenso azul de invierno que coloreaba el cielo.

¿Lo que vi fue real o es producto de mi imaginación? me pregunté incapaz de obtener una respuesta lógica a mi cuestionamiento.

"… no… no, perdona. Creo que me estoy dejando llevar por mis demonios" froté mi frente con mis manos al tiempo que bajaba la cabeza intentando apartar la expresión del muchacho rubio de mi cabeza.

Mis amigos asintieron no muy convencidos, pero decidieron darme una tregua mientras volvíamos al tema que nos atañía.

"Volviendo a Loyd, confío en que no les cause problemas. Es completamente entendible que esté sufriendo después de su rompimiento con Candy, pero tengo la certeza de que jamás hará algo mezquino contra ustedes. Es un hombre sensato y correcto" esperaba que la expresión de mi rostro se viera tan confiada como la de Archie en estos momentos.

"Terry, es normal el recelo que sientes. Tu vida no ha sido nada fácil. Es comprensible que creas que tu felicidad se evaporará como muchas veces experimentaste en el pasado. Después de tantos sufrimientos, esta es la recompensa que la vida te ofrece mi amigo. Disfrútala de lleno. No te quedes a la expectativa de un futuro sombrío que muy probablemente jamás llegará" Albert siempre encontraba las palabras precisas que conseguían sosegar mis más oscuras inseguridades.

"En cuanto a los Leagan no tienes de que preocuparte. Ellos están muy lejos del continente Americano desde hace algunos años" las palabras de Archie colocaron el evento con el muchacho rubio en la parte más profunda de mi mente.

¿Escuché bien?, me pregunté repentinamente divertido.

La sonrisa de Albert y Archie se tornó gradualmente más amplia. Incluso pícara.

"¿Qué quieres decir con eso?" no hice el intento en ocultar el regocijo que la noticia produjo en mi interior.

Albert se aclaró la garganta al tiempo que una severa expresión se dibujaba en su cándida mirada.

"Después de las atrocidades que obligaron a vivir a Candy a lo largo de su vida, me pareció que enviarlos a Asia sería el castigo ideal para ellos. Tienen la misión de ampliar nuestro imperio en ese continente, aunque tengo la certeza de que fracasarán en su encomienda. Desafortunadamente se me prohíbe desampararlos económicamente. Son mi familia después de todo, pero sí tengo el poder de limitar sus ingresos. Se verán obligados a vivir sin lujos en un continente desconocido, del cual no conocen ni el idioma, por el resto de su vida. Claro que siempre pueden trabajar como el resto del mundo para tener más comodidades, pero, conociéndolos como los conozco no lo harán. Tienen prohibido regresar a América. En caso de desobedecerme, se atendrán a las consecuencias"

Me alegro que por fin los Leagan hayan obtenido su merecido. Mi dicha creció cuando fui consciente de que jamás tendré que ver la espantosa cara de Elisa y su hermano nunca más.

"¿Conseguiste averiguar que es aquello que Archie no me quiso contar?" solté una carcajada ante la pregunta de Candy, la cual, adornó con un gracioso mohín sus bellas facciones mientras me guiaba secretamente a un lugar fuera de la mansión.

"No, Srta. Pecosa. Y aunque lo hubiera hecho, no podría confesártelo sin romper la confianza que Albert ha depositado en mi" Candy se detuvo de golpe mientras una fuerte ráfaga de viento gélido se estrellaba contra nosotros.

Preocupado, giré mi rostro hacia ella y vi como el viento había conseguido que algunos rizos rebeldes, se soltaran del peinado en moño que Candy suele usar con frecuencia.

"¡Tú lo sabes!" abrí tanto los ojos al escuchar su tierna recriminación, que la brisa helada que nos envolvía comenzó a incomodarme.

"Nunca cambiarás Candy" dije doblándome de la risa "por un momento creí que me dirías algo más serio e importante" con las yemas de mis dedos, retiré las lágrimas que salían de mis ojos y seguimos caminando hacia lo que parecía era un cementerio exclusivo.

"Esto es serio. Se trata de Albert, mi padre adoptivo, aunque funge más el papel de hermano mayor, realmente. Es justo que si algo importante esta pasando en su vida, yo lo sepa para poder ayudarlo" levantó la nariz indignada ante mi creciente carcajada.

Pero al estar de pie frente a dos tumbas con nombres conocidos, guardé silencio.

Anthony Brower Andley

1898-1910

Alistear Cornwell Andley

1897-1915

"Anthony, Stear, perdónenme si no los he visitado con frecuencia. Recientemente me mudé a Nueva York y me es imposible trasladarme con demasiada frecuencia a Lakewood, pero les prometo que no espaciaré tanto mis visitas" habló Candy con la alegría que la caracteriza mientras se hincaba frente a la tumba de sus amigos y colocaba flores en su respectiva vasija.

Levantó la vista hacia mi y me sonrió al tiempo que tomaba con solemnidad mi mano.

"Anthony, quiero presentarte a alguien muy especial. El es Terry, el amor de mi vida. Después de muchos altibajos por fin estamos juntos. Se que donde quiera que ustedes estén, son felices por nosotros"

Candy cerró sus ojos y me imagino que platicó con sus amigos en silencio.

Al cabo de algunos minutos, volvió a clavar sus ojos sobre los míos y me besó.

"Quería que conocieras su lugar de descanso, ¿te molesta?" inmediatamente negué con la cabeza.

"No, mi amor. Es sólo que estar en este lugar ante las tumbas de Anthony y Stear es…" dentro de mi mente, busqué la palabra que detallara la serie de sensaciones que sacudían mi pecho en este momento "es doloroso… se fueron de este mundo tan jóvenes…" Candy recargó su cabeza sobre mi hombro y asintió sin hacer audibles sus pensamientos, sin embargo, percibí en su mirada tristeza, alegría, melancolía.

Perder a un ser amado deja una profunda marca en tu corazón que no desaparecerá jamás.

Besé la coronilla de su cabeza y le pedí en silencio a ambos que por favor, cuidaran y velaran por nuestra felicidad siempre.

Al día siguiente muy temprano nos dirigimos a la casa hogar de Pony.

Una hora después la gran edificación no saludaba en la distancia.

Esta pequeña mansión no se parece en nada al humilde hogar que recuerdo haber visitado años atrás. La madera fue sustituida por concreto, y la sencilla cerca fue reemplazada por un gran muro que seguramente portaba en primavera hermosas Dulces Candy.

"Albert es uno de los tantos benefactores que han hecho posible que la casa hogar de Pony sea lo que es ahora" como si fuese capaz de leer mis pensamientos, Candy respondió mis preguntas silenciosas.

"Para que es el dinero si no es para ayudar a los demás. Me da gusto poder contribuir a que la vida de esos pequeños sea menos difícil" dijo.

Cuando el auto se detuvo frente a un grupo, en su mayoría niños de entre 3 y 12 años de edad, todos estallaron en gritos. Entusiasmados, clamaban la presencia de su persona favorita; Candy.

Ataviada con un vestido sin mangas recto _que dibujaba perfectamente las curvas de su cuerpo_ descendió del auto con la elegancia nata que posee. Sin despegar su mirada de los niños, le ayudé a colocarse el abrigo que la protegía del crudo invierno que azotaba el lugar.

Antes de regalarle mimos al grupo que exigía cada vez con más ímpetu su presencia, se acomodó su sombrero tipo Cloche sobre su peinado en moño, y al tiempo que entrelazaba su mano con la mía, le dedicó una hermosa sonrisa a su pequeño auditorio, que estalló nuevamente en gritos de júbilo al ver a Candy de regreso en su hogar.

Más de un niño clavó su mirada sobre mí, pero no era mi identidad lo que les incomodaba, sino ver como la mano de Candy se aferraba con fuerza a la mía.

"Al parecer es de ellos de quien tienes que cuidarte, Grandchester" no pude evitar reír ante el acertado comentario de Archie.

"Niños, por favor, dejen que nuestros invitados, en especial Candy, entren en la calidez del hogar" la Srta. Pony está tal cual la recuerdo.

No han pasado los años sobre ella.

"Pero Srta. Pony, queremos jugar con Candy" repuso una pequeña niña de cabello oscuro mientras, indignada, cruzaba sus brazos sobre su pecho.

"Agnes…" la voz de la Srta. Pony fue suave, incluso dulce, aun así, la niña bajó la cabeza y asintió al tiempo que relajaba su expresión.

"Podemos jugar nosotros contigo al escondite ¿verdad Ethan y Rose?" dijo mi hermana emocionada al ver a varios niños de su edad.

La pequeña le sonrió, y junto con los hijos de Archie y Annie, entraron corriendo a la casa hogar seguidos de cerca por todos los niños para impacto de mis padres.

"¡Alisa! Mi cielo, no corras… es de mala educación" repuso sonrojada mi madre.

"Una disculpa por los modales impetuosos de nuestra hija…" la Srta. Pony le sonrió y le restó importancia a la situación.

"No se disculpen, por favor Sr. y Sra. Grandchester. Nos da mucho gusto que su hija y nuestros niños convivan en armonía. Las hermanas del hogar cuidarán bien de ellos" mis padres le sonrieron.

Mientras Candy, Annie y mi madre ayudaban a la Srta. Pony y la Hermana María a terminar de preparar la cena y decorar el comedor, mi padre, Albert, Archie y yo ayudamos a bajar todos los regalos que compramos para los niños del hogar.

Las navidades que pasé al lado de mis padres y Alisa han sido maravillosas, pero esta noche era mágica. Especial.

Cenar al lado de Candy, verla convivir con las personas que ama mientras charlamos informalmente con Albert y reímos de tonterías, significa tanto para mí, que el dolor de mi reciente pasado, desaparece poco a poco.

Si bien la arquitectura dista mucho de aquella humilde casa de madera que recuerdo, sigue perpetuando en ella el amor y calidez que respiré la primera vez que pisé este lugar.

"¿Te puedo hacer compañía?" preguntó la Hermana María mientras se mantenía de pie a un lado mío en la chimenea "O quizás prefieres estar solo con tus pensamientos" le sonreí.

"Su compañía siempre me es grata, Hermana" dije y regresé mi mirada hacia Candy, la cual, ahora yacía sentada en el piso rodeada de todos los niños del hogar, mientras les ayudaba al lado de mi familia y amigos, a abrir sus regalos.

La Hermana sonrió cuando se dio cuenta a quien observaba con extrema fijación.

"Tienes la mejor vista de Candy desde aquí, pero ¿no preferirías estar con ella departiendo con todos?" la capacidad de asombro de Candy mientras abría uno a uno los regalos es impresionante.

A veces ella puede ser una mujer increíblemente erótica y sensual sin proponérselo, pero en momentos como hoy, aun puedo ver a la niña traviesa y vivaracha que algún día fue.

"Supongo que sí, pero esta vista que tengo de ella en estos momentos no la cambio por nada. Además, no soy una persona simpática socialmente hablando. Temo que mi carácter hosco termine alejando a los niños, por eso, prefiero mantenerme aislado y verla en silencio"

Clavé la vista sobre la Hermana María y enseguida supe que no estaba de acuerdo conmigo, aun así me sonrió y permaneció a mi lado en silencio por unos minutos hasta que recordé que había algo importante que necesitaba confesarle.

"Hermana, me gustaría decirle algo" giró su rostro hacia mi y asintió. Respiré hondamente y hablé. "Entiendo que ahora mi situación legal no es la adecuada, que por culpa mía Candy ha atravesado momentos muy incómodos con la prensa, pero yo le aseguro que…" sin dejarme continuar, la Hermana María colocó su mano sobre mi boca y negó con la cabeza con determinación.

"Amas y respetas a Candy. La Srta. Pony y yo lo sabemos mejor que nadie. Ningún tabloide o reportero nos hará opinar diferente. No tienes ningún motivo para justificarte con nosotras. Si con alguien nuestra niña está segura y amada es contigo" sonreí y le agradecí sus palabras.

"Ya decía yo que te había visto en alguna parte" dijo un niño de no más de 5 años de edad, mientras acercaba demasiado su rostro al mío.

Parpadee confundido mientras risas poco discretas empezaban a escucharse en la estancia.

"Chad, que maneras son esas de dirigirse a una persona" musitó apenada la Srta. Pony mientras intentaba alejar al niño de mi regazo.

"¡Si, Srta. Pony! Es él. El hombre que está en el libro de su oficina" jamás creí que vería el rostro de aquella mujer tan colorado.

"¡Chad! Que te hemos dicho acerca de tocar lo que no es tuyo" la voz autoritaria de la Hermana María escondía perfectamente la gracia que la situación le provocaba, sin embargo, consiguió que el niño bajara la mirada y se disculpara con la Srta. Pony por su indiscreción.

"Oh, Sr. Grandchester, que vergüenza" susurró la Srta. Pony sin atreverse a mirarme a la cara.

"El Sr. Grandchester es mi padre, para usted soy Terry. Además, me siento sumamente halagado de que siga y apoye mi carrera. Significa mucho para mí. Si gusta, puedo firmarle su cuaderno" más tardé en decir aquello que en ver a Chad correr hacia mi con una libreta de cuero azul entre sus brazos.

"¡Aquí esta!"

Esta vez no hubo regaño de parte de nadie, al contrario, el rostro de la Srta. Pony se iluminó cuando mi madre y yo firmamos una dedicatoria en el libro que meticulosamente tenía ordenados varios recortes de periódico donde ella o yo aparecíamos.

Una vez terminamos nuestra labor, me di cuenta que tenía a todos los niños sentados a mi alrededor.

Candy se colocó junto a mi y al tiempo que entrelazaba mi mano con la suya, mi hermana me pidió que les contara una historia.

Así lo hice.

Comencé a narrarles la historia de un caballero que lucha contra criaturas fantásticas como dragones y bestias feroces, para rescatar de su encierro a la princesa cautiva.

Actué cada línea e imité cada voz. Los hice reír, asustarse, sorprenderse.

Lo mejor de todo fue que al final ansiaban les contara otra historia más.

"¡Otra, por favor!" clamaron los niños más grandes.

Los más pequeños, como mi hermana y los hijos de Archie y Annie, habían sucumbido al sueño.

Mi padre me observaba orgulloso y feliz mientras acunaba a Alisa entre sus brazos.

"Tendrá que ser otro día niños. Ya son las doce. ¡Feliz Navidad!"

Sin importarle ser observada, Candy rodeó mi cuello y me besó en la boca.

La primera impresión del momento desapareció.

Mis brazos rodearon su cintura al tiempo que una profunda calidez tomaba preso a mi corazón.

"Feliz Navidad, mi amor. Que esta sea la primera de muchas festividades que pasemos juntos" pegué mi frente contra la suya y grabé como letra escarlata cada una de sus palabras en mi alma.

Secretamente, desee en silencio que la siguiente Navidad, podamos vivirla como marido y mujer.

Sería un sueño vuelto realidad, pensé y me dejé llevar por el cúmulo de emociones que esta hermosa mujer desata en mi interior.

Por primera vez, mi vida es próspera. Feliz.

Desee con todas mis fuerzas que así permaneciera siempre.

Continuará...


Notas de la autora.

Bueno, pues este es el último capítulo del año jajajaja. Lástima que no quedó en navidad, pero bueno, lo importante es que quedó antes que finaliza el año.

Ojalá me hagan saber como siempre aquellas que siguen de cerca mi historia, que les ha parecido.

Aprovecho también para desearles felices fiestas en compañía de sus seres queridos.

Nos leemos en el 2020!