Desde la distancia veo a Circe entrar a la pequeña chabola adyacente a su vivienda, hechas ambas con material de construcción desechado. Antes de estar a menos de cincuenta metros de la alambrada, Bull y Luqa comienzan a ladrar anunciando mi llegada, pero conforme me acerco se callan y comienzan a sacudir la cola. Ya me conocen desde hace tiempo, exactamente desde que oí hablar de Circe y su negocio de chatarrería a mi tía, que le contaba a mamá cómo un conocido suyo se ganaba un dinero extra trabajando para ella. Es gracias a ella que no estamos en peores problemas económicos.
Paso al solar lleno de trastos y herramientas pintorescas con los perros saltando perezosamente a mi alrededor. Quieren que juegue con ellos pero hoy no estoy de humor. Nadie que esté en edad elegible lo está el día de la Cosecha. He dormido poco y aún con el estómago vacío la idea de desayunar me resultaba incluso repulsiva, por eso salí a dar una vuelta antes de que mi familia despertara, aún con la neblina nocturna condensándose poco a poco por el efecto de los primeros rayos de sol.
Las calles a esa hora están desiertas, excepto por algún barrendero o esporádico Agente de la paz apostado en una esquina, mirándote como si te encaminases a ejecutar alguna previamente planeada conspiración contra el gobierno.
Me asomo por la puerta por la que Circe entró. Está de rodillas frente al altar, también hecho de material reciclado, rezando. Su nieta Jun está junto a ella en la misma posición.
En el Distrito 3 ya no hay templos. Al menos no de construcción antigua. Los edificios religiosos de antes de los Días Oscuros, de cuando el distrito era una región autosuficiente que no necesariamente estaba especializada en tecnología, fueron reutilizados como almacenes y oficinas. Las religiones en sí, parte de la cultura del pueblo hasta la fecha, fueron desacreditadas a través de propaganda que aseguraba que tales supersticiones eran propias de lugares más rurales, donde la inteligencia no era cultivada como aquí. Sitios como el Distrito 7 o el 9.
Por supuesto, esto sólo era una forma de hacer que los habitantes de aquí miraran por encima del hombro a los distritos periféricos. Los más rurales, a la vez que se quitaban de encima una de las formas de la gente de mantener la fe y la esperanza, reduciendo la espiritualidad a una cuestión de falta de saber o inteligencia.
La religión no se prohibió, en mi opinión para que la rebeldía innata en la gente no la abrazara con más vehemencia, pero se hace lo posible para que esté mal vista.
Esta chabola de paredes de lata, es un lugar discreto para rezar y meditar y Circe lo abre a cualquiera que quiera pasar. Al entrar, puedo sentir la calma y la tranquilidad en el aire junto con el olor del incienso. Me quedo ahí un rato para no interrumpirlas, cierro los ojos e intento dejar la mente en blanco. Dejar descansar mi mente un instante antes de volver a someterla de nuevo al estrés propio del día.
Y funciona. Al menos hasta que Jun se da cuenta que estoy ahí cuando se voltea, clava sus ojos en mí momentáneamente sorprendida y me sonríe.
—Hola, Beetee. ¿Viniste a orar?
—Hoy no atiendo a nadie —dice Circe.
Sus modos suelen ser bruscos pero no lo hace con mala intención.
—No vengo por negocio —explico—. Sólo quería saludar.
Los ojos de Jun están hinchados y enrojecidos. Es obvio que ha estado llorando. Gina ayer también lo hizo, preocupada por la posibilidad de verme partir hacia el Capitolio y no verme más. Por mi parte, la cosecha me afecta de forma distinta, me vuelve irritable y taciturno, me produce ansiedad e insomnio. Hace mucho tiempo que no he llorado, desde que pensé que mi padre había muerto en aquel viaje que al final le costó sólo la vista.
—Deberías estar con tu familia —insiste ella abrazando a su nieta.
—Lo sé... —murmuro algo avergonzado.
Lo peor es que lo sé, pero en mi familia las cosas han estado tensas desde hace tiempo. No recuerdo cuánto hace que mis padres me abrazaron y yo a ellos, no significa que los quiera menos pero no lo veo sucediendo. Ya es demasiado para mí que se tengan que preocupar tanto por mí.
Estar aquí sin embargo no hace las cosas más fáciles al contrario de lo que pensé. ¿Y si nos cosechan a mí y a Jun? ¿Cómo podría mirarla a la cara sabiendo que no podría protegerla sin sacrificar mis propias oportunidades?. Es por eso que mis padres esperaron tanto tiempo para tener a mi hermana, querían evitar la posibilidad de que ambos a la vez saliéramos cosechados.
—Está bien abuela —dice Jun—. Aún queda mucho para la Cosecha, seguro que Beetee puede hacer todo lo que tiene planeado, visitarnos y estar con su familia... ¿Verdad?
Y otra lágrima baja por su rostro, la cual ella limpia rápidamente con un pañuelo de papel. Consolar gente no es lo mío, por suerte Circe se encarga de eso, acariciando su cabello y susurrándole palabras reconfortantes.
—Lo más probable es que no pase nada. Que todo el estrés de hoy no valga para nada —digo, pero sé que si por casualidad la cosechan, voy a recordar estas palabras por siempre—. ¿Cuántas papeletas tienes?
—Trece —contesta.
—Tienes menos que yo. Son relativamente pocas, estadísticamente somos el cuarto distrito que más teselas pide. El año pasado estábamos en el puesto número cinco pero le ganamos al Distrito 9. Eso significa que aunque tú tengas bastantes, otra gente tendrá más haciendo que tus posibilidades no aumenten tanto.
—Es cierto —murmura—. Tienes razón Beetee, es muy posible que todo este estrés sea para nada. Además, si salgo cosechada dejaré sin aprendiz a la abuela que a su edad cada vez se queja más de la artritis. ¿Qué va a hacer sin mí?
—¿¡Cómo te atreves!? —gruñe Circe, alzando la mano para darle un pescozón que ella esquiva riendo—. Niñata insolente.
Sonrío, es difícil hacerlo en un día así.
—Será mejor que vuelva a casa. Aún debo prepararme.
Circe asiente.
—Te quiero aquí mañana a primera hora, no lo olvides.
—Descuide. Ya sabe que siempre soy puntual —respondo.
—Adiós Beetee. Pediré por ti —dice Jun.
El sol ya está algo más alto en el cielo cuando vuelvo a la calle. Haría más calor de no ser por la contaminación del ambiente, que hace que el cielo no se vea azul intenso sino de un tono blanquecino que nunca se va. Dicen que desde un aerodeslizador, se puede ver claramente la nube de humo que envuelve permanentemente el núcleo urbano principal del distrito. Hoy sin embargo, debería ser menos densa de lo habitual, ya que muchas fábricas están cerradas y a penas hay tráfico.
Unos Agentes de la Paz me miran de reojo mientras paso de nuevo por una avenida solitaria. Para disipar la sensación de ser vigilado, saco mis auriculares, me los pongo y enciendo el reproductor de música. Es otra de las joyas que encontré en la chatarra y que reparé hace un tiempo, busco en el menú mi pieza favorita de música clásica y me desconecto del resto del sórdido mundo.
Cuando entro al apartamento, percibo el olor del pan tostado inmediatamente. Mi madre aparece en el pasillo, leo su nombre en mis labios, después dice algo más que la música no me deja oír.
—Lo siento. ¿Decías algo? —digo quitándome los auriculares.
No pretendo hacerme el gracioso pero ella lo malinterpreta. Frunce el ceño por un breve instante, tras el cual su rostro se serena de nuevo.
—Dije que te estábamos esperando para desayunar. ¿Dónde estabas?
—Dando una vuelta. No tengo hambre ahora.
En casa no es tradición desayunar en familia. Cada uno se hace su propia comida. Que ella pretenda ahora que yo esté haciéndolos esperar hace que me angustie, especialmente porque nadie me avisó de que este sería el plan para hoy.
—He comprado jugo de naranja.
—¿Qué? ¿Por qué? El jugo de naranja es caro, es algo que no podemos permitirnos y lo saben.
—Beetee, no empieces —oigo decir a papá—. Tan sólo ven aquí y desayuna con nosotros, no lo hemos hecho en mucho tiempo.
Paso a la cocina sin rechistar y me siento frente al plato preparado para mí. Gina me sonríe pero no dice nada, la tensión enrarece el ambiente.
—¿Quieres que ponga aceite en tu tostada, papá? —le ofrece.
—Puedo hacerlo yo, no te preocupes.
Comienza a palpar el mantel hasta que da con el cuchillo redondeado. Luego sigue buscando la pequeña botella de aceite. Gina le da un empujoncito hasta dejarla a su alcance.
—Entonces... ¿Qué es lo que hiciste esta mañana? —me dice mamá.
—¿Por qué quieres saberlo? —respondo.
Desde que me atraparon los Agentes de la Paz en un lugar en el que no debería estar y me arrestaron me ha estado vigilando muy de cerca.
—Se llama charla casual, Beetee. No tienes por qué estar siempre a la defensiva —dice papá.
Pero yo sé que no lo es. Mejor darles una respuesta con la que se sientan satisfechos.
—Nada en especial, como dije antes sólo fui a dar una vuelta. A despejarme un poco. No veo que tenga nada de malo.
—No, no tiene absolutamente nada de malo —dice mamá, dándose por vencida.
Seguimos desayunando en silencio. Yo soy el primero en terminar y levantarme antes de irme a mi habitación. La poca comida que me he echado al estómago parece que va a sentarme mal. No me gustan estos rituales pre-cosecha. Se siente como si uno ya hubiera salido elegido. Me visto como siempre porque el único conjunto de ropa formal que tengo ya me está pequeña y es cada vez más incómoda. Una camisa polo de rayas en dos tonos de gris valdrá. Ni siquiera me molesto en cambiarme los pantalones. Me pongo los auriculares una vez más, conecto la música y me acuesto sobre las sábanas, concentrándome por dejar la mente en blanco y relajarme.
Es Gina quien pasa a avisarme de que la hora de ir hacia la Plaza de la Justicia se acerca. Mi madre desaprueba mi elección de vestuario. Lo sé con sólo mirarla a la cara. Su vista se posa en los tres triángulos del antebrazo. Los detesta y papá, sin haberlos visto siquiera, también. Pero nada de eso me importa, lo hace más el hecho de que ellos están sufriendo y es culpa mía. Diría que lo atenúa el hecho de que sólo me queda otro año más a parte de este, pero al tener más papeles ahí no me sirve de consuelo.
Caminamos en silencio, yo al menos. La música no me deja escuchar nada. Gina sujeta del brazo a papá quien sujeta un bastón en el otro brazo. No me quito los auriculares hasta que no llegamos al lugar de la Cosecha.
Una sensación de angustia me invade, como si esta fuera la última vez que los voy a ver. Me pasa cada año y lo detesto.
—Te esperamos aquí —dice mamá, puedo notar que sigue molesta.
—Verás como todo sale bien —dice papá.
—Hasta luego —digo avanzando entre la gente que con cada paso se hace más y más densa.
—Bit —murmura Gina—. Buena suerte.
Comienzo a andar deprisa. Unos metros más adelante ya ni siquiera puedo verlos y el sentimiento abrumador disminuye pero no desaparece. La cola de los chicos para comprobar la asistencia es corta aún. Hemos llegado temprano. A pesar del gran número de cosechables que somos, la asistencia suele ser completa. Hay pena de muerte para quienes no asistan así que esconderse es inutil. De no salir tu nombre en el sorteo estarías salvo igual, de salir, nada te librará de ir a los Juegos. Ni siquiera esconderte. Te buscarán y te enviarán al Capitolio, perderás el derecho a entrenar y a la sesión privada y los Vigilantes no te dejarán ir demasiado lejos.
Es algo que en el Distrito 3 nunca ha pasado, pero según me han contado mis padres en las primeras ediciones se dio algún caso en el cual la familia del cosechado fue castigada.
Tras la comprobación de identidad, pasamos en fila a la plaza y nos dirigimos, guiados por Agentes de la Paz al sector correspondiente, el dolor del pinchazo se siente insignificante en comparación con el miedo que satura el aire. Los chicos del sector de los diecisiete parecen conocerse casi todos, en cambio para mí son desconocidos. Todos ellos lo son. Tal vez recuerde sus caras al haberlos visto en clase, pero prefiero relacionarme con gente del trabajo así que nunca socialicé con ellos.
Dirijo mi mirada hacia la zona de las chicas. Jun ya está ahí en el sector de los quince años. Sus manos están juntas frente a su pecho y sus ojos cerrados. Cada uno tiene su manera de soportar esto, algunos rezan, otros lloran, otros fingen que no es la gran cosa... Y otros parecen hundirse en su miseria. Como yo.
En el escenario, varios capitolinos se aseguran que todo esté en orden. Las banderas, las cámaras , el podio donde el alcalde dará su discurso, el micrófono del escolta, las sillas para Doka y Kernel, y finalmente las urnas. Varios chicos a mi alrededor ahogan un grito cuando las traen. Mis pensamientos vuelven otra vez a mi familia, haciendo que de repente me sienta injusto y poco razonable. Me gustaría estar más unido a ellos, pero no sé cómo hacerlo. Vivimos una vida relativamente más fácil que los demás, no nos han pasado grandes dramas. Cualquiera diría que somos afortunados, pero existe un problema que no sé cómo arreglar y que ni Gina ni mis padres parecen tener.
Tal vez sea yo la pieza que anda mal.
Escribí este capítulo en la vuelta a casa y sólo tuve que agregar el final. Espero sus opiniones sobre qué les parece. Como ven es un Beetee muy diferente del que sale en EFDUR, a veces hasta a mí me está frustrando, pero es algo que pasa y me apetecía hacerlo así. Beetee se siente demasiado diferente y ha tomado su propio camino. Se ha aislado tanto que es difícil llegar a él, incluso él mismo no sabe salir de donde se ha metido. Sabe reparar objetos, hasta mejorarlos. Pero socialmente es un poco inutil jajaja
Marisolnail tienes toda la razón, quiero recuperar el ritmo que solía tener pero me cuesta, más con el fandom cada vez más desierto. Pero no me gusta dejar las cosas a medias así que las pienso terminar. De momento con Beetee no voy mal, espero que siga así.
¡Hasta el siguiente!
