Lía P.o.v

Cuando volvimos a la casa, nadie preguntó nada. Solo preguntaron con una mirada de preocupación cuando vieron a Mikey y yo asentí para calmarlos de que estaba bien que él estuviera conmigo.

No cené. No tenía hambre y no me creía con la fortaleza y la certeza de que no tuviera pesadillas luego que me hicieran devolver el contenido de mi estómago.

Pero tampoco me fui a dormir directamente. Tomé mi cuaderno y comencé a dibujar trazos mientras mi mente divagaba en lo que había sucedido bajo el árbol.

No le había mentido a Mikey, no habría podido decirle mi historia luego de eso. Necesitaba pensarlo, meditarlo.

Mi historia no era en absoluto como la suya, además de que el gozaba de tiempo y espacio para pensar y sufrir yo no. Salia estaba allí, mirándome con esos ojos que eran los de Ryan. Recordándome una y otra vez el pasado.

Pequeña zorrilla de cama.

Mi furia hizo que el trazo se hiciera profundo, aunque no sabía qué estaba dibujando. Mi mano actuaba por si sola.

¿Debería contarlo?

Mi corazón me gritaba que lo hiciera, que lo liberaba aunque fuera unos momentos pero mi mente me gritaba que no. No quería que Mikey se viera afectado. Nadie más que el abuelo y la abuela lo sabían.

Lo odiaba.

Odiaba a Ryan, odiaba al maldito viejo decrepito que había hecho que hubiese tenido que huir pero, por encima de ello, odiaba a las dos personas que me habían dado la vida.

Respiré hondo, quitando el lápiz de la hoja y mire por la ventana. El invierno se acercaba y pronto también la época de caza. Los más experimentados cazaríamos para tener comida en las reservas. Las puertas del refugio se abrirían, muchos pedirían por clemencia.

-Somos unos de los pocos clanes que ayudan sin pedir nada a cambio- me había dicho la abuela una vez- Somos un clan antiguo y podemos ayudar. En realidad todos los clanes pueden hacerlo pero no todos tienen los mismos intereses.

En cierto modo tenía razón pero había visto como los Clanes solían tener estándares muy repulsivos.

Observé lo que había hecho.

Delante de mí, un hombre con un casco de metal me observaba con un ojo, el otro era ciego. Destructor.

Cerré los ojos pensando en todo lo que Mikey debió haber pasado.

Lo mío debía ser igual.

Solo estaba asustada.

Cerré con decisión mi cuaderno y lo dejé en mi escritorio, apagué las luces y me recosté.

Ya había tomado una decisión.