Advertencia: Contiene Lemon!

Capítulo 11

No es que el sonido de las turbinas la pusiera nerviosa, ni sobre todo estar a miles de pies de altura. Sino la terrible cercanía en la que se encontraba su jefe. Estaba tan solo unos cuantos metros de ella. Desde luego no le presta ni la más mínima atención ya que se encontraba leyendo unos documentos. Tal vez esta cerciorándose que el contrato estuviese bien redactado. De vez en cuando lo veía fruncir el cejo. Mientras jugueteaba con una Moon Black.

Se preguntaba si tenía las agallas como para traicionar a ese hombre que le había dado su confianza. No solo lo lastimaría a él sino a su demás familia, como a esas pequeñas gemelas a las cuales les había llegado a tomar mucho cariño. Odiaría no volver a verlas.

Trató de tranquilizarse y se recargó un poco en su asiento, cerró los ojos y dejó que toda esa colmena de actividad que había en su mente tratara de acomodarse. Si, debía acomodar sus ideas. Si escribía el articulo perdería mucho más que su dignidad, pero si no ella quien lo hiciera. Era probable que Angie terminara por hacerlo y ella si no mediría ninguna de sus palabras. Ella si lo escribiría con la intención de lastimar con tal de tener la gran prometida remuneración del treinta por ciento.

― ¿Se encuentra bien, señorita?

Abrió los ojos y se encontró con la mirada de Nikos. Quien la miraba como un padre a su hija y le recordó al suyo. En cuanto llegaran a Italia le tendría que hacer una llamada a su padre y preguntarle como le había ido en su cita. Hace tiempo que no hablaba con él y eso no era normal en ella.

Su única respuesta fue una negación ligera con la cabeza.

― Me mareo con facilidad.

Simplemente se limitó a asentir. Aunque en realidad eso no era del todo cierto.

― Yo odio volar – le dijo él, como para tratar de tranquilizarla.

Kagome esbozó una sonrisa al ver el gesto de aquel hombre.

― ¿Y que hace para tranquilizarse? – preguntó con sumo interés.

El hombre, a quien le recordaba mucho al actor Iain Glen roló los ojos y se rascó la barbilla mientras meditaba su pregunta. Hasta que después esbozó una sonrisa y le dijo:

― Me da por comer mucho – respondió con sinceridad, luego palmeó el hombro de Will – Y a éste le da por dormir.

Kagome observó al segundo hombre que se encargaba de la seguridad del señor Taisho y pudo ver que efectivamente estaba dormido. Nikos la miró y le regaló una radiante sonrisa.

– No se preocupe. No se caerá el avión.

― Que gran consuelo me deja escuchar eso – no quiso ser sarcástica, pero mencionar eso, estando a quien sabe cuantos pies de altura no la dejaba del todo tranquila.

Pero tal parecía que el hombre si captó ese tonó de voz porque terminó por reír. Fue tan contagiosa su risa que ambos terminaron por hacerlo.

Inuyasha, quien estaba atento a la conversación entre su guardaespaldas y su asistente, únicamente se limitó a observarlos por el borde del papel que según él estaba leyendo. Y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Incluso hasta quería ser participe en eso.

― Probablemente podríamos ver la F1, claro, después del que el jefe termine con sus asuntos – comentó, mirando a Inuyasha.

― ¿La F1? ― preguntó, arqueando una ceja.

¿Le hablaba en códigos que ella no entendía?

Nikos esbozó una sonrisa y negó, pero antes de que pudiera responder, Will, quien ya estaba despierto se le adelantó.

― La fórmula 1. Carreas, autos y todo glamour que se imagine. Entrar en un evento así cuesta mucho.

No era muy fanática de las carreras. Ni siquiera sabía cuántas vueltas eran y toda la regla que llevaba. En eso su padre si no la había entrenado ya que él era más fanático del americano, las armas y la pesca.

― Pero afortunadamente el jefe siempre es invitado – le susurró muy bajito Nikos, para que solo ella pudiera entender. – Y puede conseguir más de cuatro pases.

― Siempre y cuando terminen sus deberes a tiempo.

Se pusieron rígidos y al instante tomaron una postura más firme en cuanto escucharon la voz de su jefe. A quien ninguno de los tres le prestaba atención, era como si no existiera y eso enfadó mucho a Inuyasha.

¿Cómo era posible, que una mujer tan pequeña, se hubiese ganado el cariño de sus dos guardaespaldas?

Kikyo no lo había conseguido, simplemente se limitaban a llevarla de aquí allá, pero jamás le habían dirigido la palabra y hablarle con esa familiaridad.

Aterrizaron tal y como estaba planeado por algún extraño deseo sintió el impulso de arrodillarse y besar el piso, pero tuvo que mantener la compostura como la asistente profesional que era del señor Taisho.

Aun estaban en el hangar cuando una limusina negra se estacionó frente a ellos. Inuyasha le entregó su maletín al hombre de confianza mientras aguardaba a que la persona saliera del auto.

Una mujer alta, de cabello negro y piel bronceada salió del interior. Kagome abrió la boca al verla caminar con ese elegante vestido, entallado y color rojo que moldeaba todas sus perfectas curvas. La mujer le dedicó una sonrisa a su jefe mientras se deshacían en halagos.

―Inuyasha, cariño – le dio un beso en ambas mejillas – Los años no pasan por ti. ¡Mírate! ¡Estas increíble!

―También lo mismo pienso de ti, Isabella – él únicamente le dio un beso en una mejilla.

Kagome frunció el cejo al verle enredar un brazo alrededor de su cuello, mientras él, bueno, él le pasaba el brazo a su cintura.

Un ligero temblor se apodero de su cuerpo. No sabía a que se debía esa reacción. Si era porque esa mujer se tomaba libertades que claramente no le correspondían o simplemente eran celos.

Inuyasha volteó levemente la cabeza y contempló a los tres (Kagome, Nikos y Will).

― Will, Nikos. Ya saben qué hacer.

Acto seguido lo vio subir al auto acompañado por esa mujer. A quien, por cierto, primero le cedió el paso para que entrara al auto. Posteriormente solo fueron testigos de como se alejaba del hangar y de ellos tres.

¿Era en serio?

¿La estaba dejando ahí, con Nikos y Will, mientras él se iba a quien sabe dónde?

Si iba a tener compañía de ese tipo en Italia ¿Por qué la había casi arrastrado hasta aquí?

― ¿Quién quiere comer? – escuchó a Nikos a sus espaldas ― ¡Tengo la tarjeta empresarial!

― Desde luego nos merecemos algo digno – prosiguió Will ― ¿No es así señorita Higurashi?

Kagome, quien tenía el cejo fruncido y las manos levemente apretadas, los miró y fingió una sonrisa. Asintiendo como estúpida.

Nikos aplaudió y comenzó a meter unas cuantas maletas en un carrito ayudado por Will.

― Primero al hotel a dejar esto, luego a comer. – sugirió Will.

Pero ella simplemente observaba la dirección que había tomado su jefe.

―Señorita Higurashi – llamó Nikos – Por aquí.

―Si – asintió – Ya voy, Nikos.

Xxx

Muy bien, no estaba preparada para recibir ese tipo de noticia. Compartiría una suite con su jefe y sus dos guardaespaldas estarían en otra habitación aparte. Ya pasaba más de dos horas desde que habían llegado y no sabía nada de su jefe. No es que le importaba saber dónde estaba con exactitud, solo que deseaba saber cual iba a ser su función.

Había ido a comer con los dos guardaespaldas y para sorpresa de ambos se toparon con un corredor de la f1, a lo que le explicaron que era un corredor de Red Bull Racing. Un tal Max Verstappen, a quien no tenía ni la más mínima remota idea quien era y que sólo había sabido de su existencia hasta el día de hoy. Pero por lo que pudo notar el tipo era accesible, se había tomado fotos con Nikos y Will, incluso ella.

Si necesitaba un día ser prestadora de un programa de televisión como CNN, debía conocer no solo de negocios, política o sociales. Sino también de deportes. Ahora añadiría a su catálogo "carreras F1".

Ahora estaba sentada frente a su ordenador. La suite estaba sola y ni siquiera su jefe se había dignado a mandarle un mensaje en donde estaba o si se encontraba bien. Era raro que saliera sin escolta. Normalmente Will o Nikos lo acompañaban. Seguramente esa tal Isabella tenía un arsenal de guardaespaldas que no necesitaba de los suyos.

Solo contemplaba la pantalla de su ordenador y decidió hacer lo menos pensable. Abrió Word y comenzó a redactar el artículo. Si, estaba mal y esa indecisión podría resultarle contraproducente. Un día decía que le diría toda la verdad a su jefe y al otro, se decidía por escribirlo ella misma.

Ya estaba decidido, se echaría ella misma la soga al cuello, pero no hablaría pestes de su jefe ni de su familia como Angie seguramente iba hacerlo. Esperaba que no sedujera a su otro jefe, Naraku. Aunque conociendo, era evidente que eso no pasaría.

Septiembre 11…

Escribió la fecha, pero miró hacia un punto fijo en la habitación. Pensando en que titulo le pondría al artículo.

¡Vamos! ¡No era tan complicado!

Inuyasha Taisho: el sexy hombre que toda mujer debe tener.

No. Negó para ella misma, era muy trillado.

Inuyasha Taisho: El caballero que cada mujer debe conocer.

No estaba segura, pero lo dejaría así y ya si el titulo no le parecía adecuado lo iría cambiando con forme iba escribiendo.

Pero ni siquiera llevaba la mitad de un párrafo cuando, resignada cerró el ordenador de golpe y se recargó en la mesa. Cerró los ojos y se permitió revivir el beso de hace unos días. Sus manos cobraron vida y se los acarició, como si fuera él quien la besara, con la otra recorrió su cuello, sus pechos, imaginando que sus manos eran de él. Si, debía admitir que deseaba mucho a su jefe.

Separó sus piernas y se tocó. Un gemido se escapó de sus labios al sentir como se humedecía y sólo era capaz de ver aquellos ojos que la miraban con hambre.

¿Estaba loca por desear a un hombre mayor que él?

¿Él también era capaz de ver la conexión que había entre ellos dos?

Xxx

Observaba el elegante restaurante. La reunión estaba casi por finalizar, pues se sorprendió que todo el día hubiese estado con sus dos viejos amigos.

Inuyasha contemplaba a la pareja que tenía frente a ellos. De vez en cuando, cuando viajaba a Italia procuraba visitarlos. Isabella y Antonino eran un matrimonio sólido. Se habían conocido desde hace ya bastante tiempo, desafortunadamente no habían podido tener hijos, pero lo compensaban gozando de la compañía mutua.

Los miraba a ambos, sonriéndose el uno al otro y de vez en cuando dándose una muestra de cariño. Eso era lo que él esperaba de una relación, había creído que con Kikyo encontraría eso, pero desafortunadamente ella no pudo con ese peso. Ella había sido y será una mujer independiente. O simplemente su hilo del destino no estaba atado a ella. Tal vez (y muy a su pesar) esperaba que la mujer indicada no tardara en llegar.

― ¿Y cómo están tus sobrinas? – preguntó Isabella, mientras acariciaba el borde de su copa.

―Cada vez más inquietas y curiosas. – respondió con una sonrisa. ―Ya casi están por entrar a primaria.

La pareja sonrió ante la respuesta que él dio.

― ¿Qué hay de Kikyo?

Cuando escuchó esa pregunta por parte de Antonino, él mismo se quedó pensativo y únicamente encogió sus hombros.

―No pudo ser. Ella se fue de directora para Apple así que dimos por finalizar nuestra relación.

― ¡Oh! – exclamó Isabella – Lo siento mucho – extendió su mano para darle su apoyo.

Inuyasha negó y tomó el vaso de brandy que había sobre la mesa y esbozó una amarga sonrisa.

―Aunque la joven que te acompañaba era muy bonita – comentó con audacia su amiga. Como si esperaba una respuesta por parte de él ― ¿Quién era? Fácilmente puedo decir que tiene menos de veinte – le guiñó un ojo ― ¡Eres un pícaro! Kikyo te deja y ya tienes nueva conquista y además joven.

― ¡¿De qué joven hablan?! – Antonino miraba a su mujer y a su amigo.

No dijo nada solo se limitó a arquear una ceja y a sonreír. Amaba dejar con la intriga a esa mujer. Además, le encantaba toda clase de chismes.

― ¡Vamos! ¡No me puedes dejar así! – le dio un pequeño golpe en el hombro – Sabes que no podré dormir bien hasta que me lo digas – alzó un dedo en modo advertencia – Y si no me lo dices soy capaz de averiguarlo por mi misma. Y ya sabes que si lo puedo hacer. Tengo mis métodos.

Pero parece que Antonino se apiado de su mujer. Es más, estaba de su lado, porque él también había exigido saberlo.

―Inuyasha, conoces perfectamente a Isabella. No quita el dedo del renglón hasta averiguarlo – la miró y ella asintió con una sonrisa – Así que por tu bien y el mío… más el mío que el tuyo porque tú no serás quien la escuche haciendo sus teorías, nos digas quien es.

El ojidorado miró a la pareja, quienes estaban ante la expectativa por saber de una vez por todas quien era la joven mujer que lo acompañaba.

―No es nadie – mintió, porque para él era una mujer que lo atormentaba día y noche – Únicamente es mi asistente.

Isabella arqueó una ceja ante aquella respuesta.

―Qué raro – esbozó una media sonrisa – Nunca has traído a tus asistentes a los viajes. ¿Cómo se llamaba la última que tenías? – miró a su esposo en señal de apoyo ― ¿Carlota, Camila?

―Amanda – recordó Inuyasha – Se llamaba Amanda. Tuve que darle descanso hasta que resolviera un asunto familiar.

―Y en cambio a eso te conseguiste una joven – le guiñó un ojo Isabella ― ¡Que astuto!

― ¿A dónde quieres llegar? – preguntó incomodo.

La mujer entornó los ojos en él, tuvo que esperar unos segundos callada porque había llegado el mesero con la cuenta y Antonino pagaba, aunque Inuyasha había insistido en pagar, simplemente se reusaron.

― ¿Te atrae?

―No – negó, según él seguro de si mismo.

Ella alzó una ceja al escuchar esa respuesta. Había un ligero temblor al escucharlo y estaba convencida que su amigo mentía. Lo conocía desde hace mucho como para saber que algo había capturado su atención. Y esa atención se debía a una joven de pelo azabache.

― ¿Quieres acostarte con ella?

Inuyasha esbozó una sonrisa picara a lo que la mujer abrió la boca de sorpresa, pero cuando estuvo a punto de añadir algo más, su esposo la interrumpió.

― ¡Isabella! – intervino su marido al ver la incomodidad en su amigo ― ¡Ya deja de interrogarlo!

Isabella miró a su esposo con el cejo fruncido.

―Yo solo quiero saber.

―Pues mejor no hacerlo. Tendrá sus motivos y si quiere decirte quien es, te lo dirá.

Ella entorno los ojos, se recargó en el respaldo de su asiento y tomó la copa entre sus manos.

―Lo averiguaré tarde o temprano. – advirtió.

Inuyasha alzó su vaso de brandy en señar de un brindis.

―Buena suerte en eso, querida Isabella.

Xxx

Entró a la suite luego de haber dejado a sus amigos en la recepción del hotel. Había quedado con ellos de verse en la reunión. Después de todo Antonino conocía a su nuevo cliente.

Se quitó el saco, que lo dejo descuidadamente sobre un sofá, posteriormente se deshacía del nudo de la corbata. Arqueó una ceja al ver el ordenador portátil de su asistente, éste estaba cerrado y sobre una mesa, junto a él había un vaso de naranja semilleno. Y ahí estaba ella, dormida. Recargada con sus brazos sobre la mesa.

¿Se había quedado dormida esperándolo?

Con pasos lentos se acercó a ella y tomó una hebra de su largo y sedoso cabello, tomando la libertad de llevarlo hasta su nariz para aspirar el dulce aroma que emanaba de él. La escuchó suspirar, mientras el sueño seguía. Él también, no se había dado cuenta de cuanto tiempo había retenido la respiración.

Reparó en su pijama, un short de algodón corto y una blusa holgada en color blanco.

Negó para si mismo, pues a ella más bien se la imaginaba con lencería de seda y encaje. Ese cuerpo perfecto no era para que vistiera así.

¿Quieres acostarte con ella?

Fueron las palabras exactas de Isabella, no había querido responder a esa pregunta. Tal vez si lo hubiera y hecho y no admitiría. Por eso había planeado este viaje, tal vez pasar una semana en un entorno diferente, podría darse algo. Porque, era evidente que entre los dos había mucha atracción.

Un ligero suspiro se escapó de aquellos labios que estaban marcado a fuego vivo en su piel y solo podía sentir sus manos como hormigueaban al contacto de su piel. ¿Cómo era posible que tratara de desviar el tema del beso? Porque francamente él no lo había olvidado.

Soltó delicadamente su cabello para ahora prestarle atención a la comisura de sus labios, acariciando sutilmente. Imaginando como sería despertarla con un beso. Esa mujer se invadía día y noche sus pensamientos y si, se estaba volviendo su tormento. Retiró la mano, no, al vez no era este el momento. Así que, como el caballero (que no era, por cierto) decidió hacer la cosa más sensata. Debía llevarla a su habitación para que descansara.

Seguramente ella también había estudiado el contrato con el cliente y por eso terminó cansada.

La tomó entre sus brazos, no requirió de mucha fuerza ya que su peso era ligero. Se mordió el labio inferior cuando ella, por algún auto reflejo se acorrucó en su hombro, mientras le rodeaba los brazos alrededor de su cuello.

Inuyasha se permitió unos segundo ahí, sin moverse, solo contemplar a la mujer que estaba entre sus brazos. Y no sabía si era por ver aquellos pechos que subían y bajaban en una respiración tranquila, o su dulce aroma o tal vez sus labios carnosos. Pero lo cierto era que su propio cuerpo comenzaba a reaccionar debido a ese instante.

No, negó para si mismo, debía llevarla a su habitación y dejar que descansara. No era este momento para dejarse llevar como un adolescente o un hombre de veintitantos años que reaccionaba así cuando veía a una chica joven y bonita, para después terminar acostándose con ella.

No, era un caballero, un hombre de casi cuarenta años. Su deber era cuidar a todo aquel que lo rodeaba.

Así que ignorando su propio deseo comenzó a caminar en dirección hacia la habitación.

Primero abrió una puerta de las habitaciones para ver si era la de ella, no, esa era suya porque ahí estaban sus maletas. Entonces entró a la siguiente habitación y sin encender la luz se encaminó con ella en brazos hacia la cama.

La dejó con cuidado en la cama, mientras contenía el aliento al sentir como ese cuerpo resbalaba por sus brazos. Sintiendo su piel suave. Debía salir de ahí cuanto antes si no quería cometer alguna locura.

Pero algo o más bien alguien tiró de las solapas de su camisa acercándolo a unos labios. El beso fue lento, pero al contacto de su aliento tibio perdió toda compostura. Levantó un poco su cabeza y se encontró con aquellos ojos chocolate que lo miraban con algo más que deseo.

―No te vayas….

¿Qué no se fuera?

Tal vez ella no lo supiera, pero no tenía la más mínima y remota intención de irse.

La miró una ultima vez antes de volver a invadir su boca. Sus manos recorrían cada centímetro de sus curvas y ella, ella se deshacía en cada una de esas caricias. Ya no había marcha atrás. Probablemente ambos se arrepentirían el día de maña. Tal vez ella. Pero él, él no lo haría.

―Me vuelve loco señorita Higurashi – le susurró en su oído, mientras mordisqueaba el lóbulo. ― ¡Completamente loco!

Kagome contempló sus ojos dorados en la oscuridad. Si, ella no se iba a arrepentir de esa decisión. Casi perdía la cordura cuando ella misma se tocó, provocándose el organismo mientras imaginaba que eran esas manos (manos que estaban subiendo el dobladillo de su blusa) eran las que la habían tocado.

Se arqueó ante él al sentir su miembro el medio de sus muslos, casi rosando su vagina.

―Kagome – su voz sonaba ronca por la emoción – Si quieres parar, ahora es el momento. Porque después no podré parar.

Ella lo miró y su única respuesta fue tomar una de sus manos y llevarla hasta sus senos. Y negó.

―Yo tampoco podré parar Inuyasha. No ahora.

Con un gruñido la besó una vez más.

Sus manos sabían exactamente que punto la llevaría al borde de la locura. Comenzó a desvestirla como si de una envoltura de regalo se trataba. O sea, tranquilo y sin ninguna pausa. Aguardando por ver lo que había debajo de aquellas prendas.

Pero ella también hacia lo propio, desabrochando los botones de su camisa blanca. Tragó saliva con dificultad al sentir el torso marcado sobre la yema de sus dedos.

Ojalá la habitación estuviese iluminada, así podría verlo en su máximo esplendor.

La urgencia que sentía por su boca era más fuerte que la razón, mordiendo la comisura de sus labios. La alfombra estaba cubierta por sus ropas.

Dios, se sentía como un maldito adolescente y su únicos pensamientos era no terminar rápido sin antes de haber comenzado. Pero es que deseaba mucho a esa mujer. Esto era como ir en un tren a punto de descarrilar.

Kagome se arqueó cuando él invadió uno de sus pechos. Lambiendo, succionando con aquel boca que sabía cómo hacerlo. Comenzaba a sentirse húmeda, muy húmeda. No es que no fuese virgen, sino que simplemente con los chicos con los que había estado no la tocaban de esa manera. No la hacían ir al borde del precipicio y caer en una cama de flores.

Enlazó sus piernas al redor de su cintura y volvió a jadear cuando la punta de su pene apenas y acariciaba la entra de su vagina.

―Señor Taisho, me está matando.

Él levantó la mirada para verla.

―Aún no, señorita Hirguashi.

Cerró los ojos al sentirla tan mojada y lista para él. Pensando en que debía ir lento, ante todo primero estaba su placer antes que el suyo.

―Llevaba mucho tiempo imaginando esto – confesó, mientras entraba lentamente en su interior.

Podría decir que sintió complacido cuando vio aquellos ojos chocolate entrecerrarse mientras la penetraba. Si, eso era lo que deseaba, que lo disfrutara.

Kagome enterró las uñas en su espalda al sentirlo bombear adentro de ella.

―Te mentiría si digo que no – jadeó – Pero lo cierto es que también lo deseaba.

Ya no hubo espacio ni más palabras que decir. La habitación se había vuelto en una sinfonía entre jadeos y respiraciones cortantes a la par, mientras aquellos dos cuerpos se hacían uno. Dejando a lado todo lo que pensaban que era correcto o no.

Tal vez había gente que pensara que estaba mal una relación entre un hombre de cuarenta y una mujer de veintitantos. Pero mientras ellos dos se disfrutarán el uno al otro, lo demás sería un extra.

Holis

Dspués de hace mucho aquí vengo con la actualización. Espero les haya gustado, debo confesar que no esperaba el lemon ni yo misma, pero se dio esto entre ambos personajes. ¿Qué puedo hacer yo?