Cap. 3: Gran Descarga Celestial.

El día era caluroso, como cualquier otro día en aquel lugar que servía de posada para los dos guerreros. Ella blandía su espada con una fiereza y poder incomparables, mientras bloqueaba mis embates con su escudo. No era una mujer común y corriente, por lo que no requería rebajar en nada mi fuerza al golpear. Mi lanza se deslizaba en cada ataque como una serpiente que buscaba el punto ideal para morder, pero ella no dejaba espacio por el cual pudiera asestarle un golpe.

No sé cuánto tiempo hemos estado combatiendo, pero me hacía feliz estar frente a una oponente tan capaz y fuerte como ella. Su armadura resplandecía con el sol en cada movimiento, y su ondeante cabello naranja le acompañaba. En un momento, ambos estábamos extenuados, con los escudos y las armas por lo bajo.

—¿Un empate?.-escuché de ella sonriente.

—De ninguna manera, un guerrero como yo no aceptaría un empate en ninguna condición.-

—Sí así lo quieres.-

Lo siguiente me sorprendió. Ella se mueve con la velocidad de un rayo, derribándome con el escudo y amenazándome con la espada cuando estuve en el suelo. La filosa punta se mueve frente a mi cara, y veo que la levanta. Mis instintos de batallas anteriores se activan, por lo que esquivo lo que sería la estocada final, pero segundos después me doy cuenta de la realidad del asunto.

La espada estaba clavada cerca de sus pies, aun costado. Me tiende la mano con una sonrisa confiada, la cual yo acepto y me ayudo para levantarme.

—Te has vuelto muy fuerte Leona.-

—Lo mismo te puedo decir Pantheon. Un guerrero en toda la regla.-le comentó poniendo su mano en mi hombro.

Generalmente sus halagos hacia mí siempre dejaban un aire de ternura, pero este en particular me gustó. Le miré alejarse y despojarse de su casco, dejando libre sus cabellos naranjas. Su espada y su escudo fueron introducidos en aquella cabaña que compartíamos. Estaba lejos de las ciudades, pero lo suficientemente cerca para acudir al llamado a la grieta del invocador.

Desde la entrada a la liga, hemos compartido ese lugar para vivir y entrenar juntos. Casi como cuando éramos niños.

Recuerdo aquellos momentos cuando de jóvenes, éramos formados en el arte de la guerra. Los entrenamientos eran duros aun para los chicos de nuestra edad. A veces solíamos reunirnos después de entrenar cuando no teníamos castigo. A mi mente llega el recuerdo de aquella jovencita que se acercaba a mi con singular alegría.

—¡Pantheon!.-me llamó con júbilo mientras aquella niña de cabellos naranjas se dirigía hacia a mí.

—Leona, ¿Qué haces aquí? Si tus padres se enteran que estas aquí pueden regañarte.-

—No pasa nada. ¿Terminaste tu entrenamiento?.-

—Sí. Ya puedo sentirme cada vez más fuerte. Un día seré el guerrero más fuerte de todos.-

—Mira, te traje esto.-

De sus ropas dejo ver una hogaza de pan, que me tendió con singular cariño. Aquella niña me sonreía todo el tiempo y siempre la vi con esa vitalidad interminable. Tomé aquel pan en mis manos y con algo de pena le di un mordisco. Era hasta ese momento lo más delicioso que había probado, y mi cara pareció demostrar lo que pensaba.

—Te gustó mucho, ¿Verdad?.-me dijo ella.

—Es delicioso.-

—Es un pan que prepara mi madre desde hace tiempo. Pensé que te gustaría.-

—La verdad me gusta mucho. Este pan me dará energías para seguir entrenando.-

Leona siempre estaba ahí. Casi siempre después de entrenar le miraba venir hasta mi lugar de entrenamiento y compartirme algo de pan. Era casi lo único que comía, saltándome incuso las comidas que me eran entregadas en mi casa. El pan que me traía era dulce y suave, como un pedazo de cielo solo para mí. Lo que más deseaba cada día desde que era pequeño, fue ver a Leona venir con un pedazo de pan hacia mí.

Todo siguió su camino hasta que crecimos, y jóvenes, un día no llegó. Esperé más de la cuenta hasta la oscuridad, pero ella no apareció ahí. Al día siguiente sucedió lo mismo. Esperé pero ella no apareció de nuevo. Preocupado, me dirigí a su casa buscando una explicación y rogando que se encontrara bien.

Escabulléndome de la gente, logré llegar hasta su casa. Era diferente a las de mi zona, pero eso no me detuvo. Con la habilidad conferida por los entrenamientos, decidí que tenía que escalar al segundo piso. Subí a un árbol y logré dar a la ventana del piso superior. Me asomé con cautela en las ventanas cercanas, llegando a la última donde la pude ver. Con las rodillas envueltas en sus brazos y la cara entre ellas, se encontraba encima de la cama.

No se veía muy bien, por lo que decidí no importunar, pero mi suerte fue que resbalé y me golpee con el borde de la ventana. Ella se alarmó ligeramente por el golpe, pero al ver que era yo suspiró aliviada.

—¿Qué haces aquí?.-preguntó mirando a su alrededor, asegurándose de que nadie más que ella hubiera escuchado eso.-Entra antes de que alguien te vea.-

Me ayudo para introducirme en su habitación con cuidado, luego me miró fusilándome con la mirada.

—Es que no habías venido en dos días, y pensé que te había pasado algo.-me defendí de inmediato.-¿Estás bien?.-

—Sí, es solo que… No, olvídalo.-

—Espera, ¿Qué pasa?.-

—En unos pocos días se hará la selección de los Solari.-

—Que buena noticia. Podrás demostrar lo fuerte que eres en la batalla a muerte.-le dije orgulloso.

—No Pantheon. Tengo la fuerza, pero no quiero matar a nadie. Si tengo todo este poder y fuerza, quiero usarlo para defender a las personas.-

—Pero nuestro pueblo siempre ha sido así. Peleamos por que amamos la guerra, por eso entrenamos.-

—Lo sé, pero no quiero matar a nadie. No quiero arrebatar una vida.-

Si hubiera sido cualquier otra persona, mi respuesta hubiera sido enérgica, furibunda, como un torbellino que se llevara casas y destruyera a su paso. Pero era Leona quien estaba frente a mi, mirándome con ojos suplicantes, esperando mi aprobación. Por un momento llegué a dudar si lo que nos habían enseñado estaba mal, pero me recompuse de inmediato.

—Es nuestro deber. Nos entrenamos para esto.-

Ella bajó la cabeza, decepcionada de no contar con mi apoyo sobre su decisión. Esto removió cosas dentro de mi que nunca esperé tener. Le puse una mano en el hombro y ella volteó a verme con lágrimas y sorpresa.

—Yo estaré ahí, apoyándote.-

Esto pareció reconfortarla, porque la noté más tranquila que antes. Ella asintió mientras se limpiaba y me dio un abrazo. No supe cómo responder. Nunca nadie se me había acercado con otras intenciones que no fueran las de herirme, pero ella lo hizo. Se despegó de mí y me sonrió como hacía mucho tiempo no lo hacía.

—Gracias.-

Yo no respondí. Me dirigí hacia la ventana y con medio cuerpo fuera, sentí una mano en mi hombro. Me giré y la vi con un gesto extraño, que oscilaba entre la alegría y la tristeza.

—El encuentro es en dos días. Pantheon, haga lo que haga, ¿Estarás conmigo?.-me preguntó con la voz casi quebrada.

—Claro que sí. Somos amigos y estaré contigo. Además, un día podría cocinarte ese pan que me has estado trayendo. Eso me alegraba a mi, quizás te alegre también.-

—Eso me haría muy feliz.-

La sonrisa que me dirigió me reconfortó como nunca. Yo asentí y salí de la ventana, dándole una despedida con la mano al alejarme.

Los días siguientes pasaron como siempre, entrenando y luchando cada día, con la única diferencia de que Leona no llegaba para compartir sus cosas conmigo. Cuando el día indicado llego, me alisté para terminar mi entrenamiento diario y corrí todo lo que pude hasta la zona de los Solari. Ellos me miraban con desprecio por no ser de su linaje, pero eso poco me importaba.

Llegué hasta la arena donde había un tumulto de gente que esperaba el encuentro final para decidir al sucesor de los Solari y las armas legendarias. Miré a Leona y a su rival. Ambas estaban inmóviles mientras que el juez daba inicio a su combate.

No recuerdo hasta ese momento haber visto otro combate tan salvaje y emocionante como ese. Leona hacia honor a su nombre, atacando como una fiera enjaulada a su rival. La gente ovacionaba como nunca cada acción por cualquiera de los contendientes. De pronto, Leona logró desarmar a su rival y dejarlo en el suelo, lo que encendió las gradas con júbilo.

—¡Acaba con ella!.-

—¡Mátala!.-

—¡Destrúyela!.-

Los comentarios que escuchaba a mi alrededor me animaban a gritar lo mismo, pero me detuve en seco cuando vi la expresión en su cara. Cualquier rival en esa posición estaría gustoso de terminar el combate a su favor, pero ella parecia triste. Levantó la mirada y observó a la grada a su alrededor. Todos animaban a que terminara con su rival, hasta que sus ojos vinieron a mi.

Me notó, y lo supe por que se sobresaltó un poco y sonrió, cambiando su expresión súbitamente. Yo simplemente asentí, como si implícitamente le estuviera recordando mi promesa de días anteriores. Ella correspondió y asintió también, luego sucedió.

Lanzó la espada lejos de su rival, lo que hizo callar a todos ahí. El juez, líder de los Solari, se levantó indignado y se acercó a la arena.

—¡¿Qué clase de traición es esta?!.-preguntó dando manotazos al aire.

—Lo siento, pero no quiero despojar de la vida a nadie.-

—Es el deber de los Solari para buscar a un sucesor. Hazlo o recibe tu castigo.-

—Puede hacer lo que sea, pero no mataré. Quiero defender a la gente con mi fuerza, no asesinarla.-

—Ya he escuchado suficiente. Hoy va a morir alguien, así que decide bien lo que saldrá de tu boca en la próxima oración.-

—Tengo mi decisión, y no voy a cambiarla.-

Nunca la había visto tan decidida como en ese momento. El juez se impacientaba cada vez más, hasta que llamó a unos cuantos guardias que sometieron a Leona.

—Por alta traición, te condeno a la pena de muerte. Esta acción se llevará a cabo con efecto inmediato.-

—¡Leona!.-grité con todas mis fuerzas al ver que se acercaban a ella con espada en mano.

Me lancé con todas mis fuerzas intentando llegar a la arena, pero no era lo suficientemente rápido y la gente en las gradas no ayudaba mucho. La hincaron y ella levantó la mirada una última vez, viéndome mejor al estar más cerca. En ese momento, me dio la sonrisa más triste del mundo. Una sonrisa que traía tristeza a mi corazón en lugar de alegría. La espada se levantó y cayó en un veloz movimiento.

Entonces, como un relámpago, un haz de luz cayó sobre el lugar. Tuve que girarme para evitar ser cegado por la brillante luz que duró unos cuantos segundos, y al terminar, regresé mi vista sin poder creer lo que había pasado. Todos los guardias, exceptuando al Juez, sobre el suelo, inconscientes. Leona era la única que seguía en pie después de este suceso tan extraño.

—Eres tú… la elegida del sol…-

Las palabras del juez no hicieron más que acrecentar mi sorpresa. El público de aquella arena estaba tan confuso como yo, pero alguien a lo lejos comenzó a arrodillarse ante quien sería la elegida del sol. Todos le siguieron, dejándome a mí al último. Leona y yo nos mirábamos y yo asentí, poniendo una rodilla al suelo y mostrando mis respetos.

Pensaba que los días siguientes volvería a ser como antes, pero me equivoqué. No volví a ver a Leona después de eso. El tiempo siguió pasando y cuando me convertí en adulto, fui convocado a la liga de las leyendas. Muchos guerreros habían sido convocados pero nosotros no, lo que levantó mi furia contra la liga. Acudí y las puertas me fueron abiertas al lugar donde podría demostrar que nuestra raza era de las mejores en la lucha.

Al estar en la liga, miré a los demás integrantes. Una pelirroja de buenas formas pero de malos gestos estaba ahí. Su cicatriz en el ojo llamó mi atención. A lo lejos, un hechicero con un gran tomo en brazos y un pergamino en su espalda. Mas al fondo, un Yordle montado en un robot gigante. Mis ojos seguían contemplando el lugar, hasta que algo relució.

Su armadura dorada relucía con los rayos del sol que entraban por la ventana de aquel lugar. Su cabello había crecido bastante y su cuerpo le acompañaba. Me acerqué como intentando cerciorarme que aquello no era simplemente una ilusión. Me alegré cuando al estar cerca, ella me notó.

—Pantheon.-me nombró con una voz madura.

—Leona.-

—Has crecido bastante. Ahora eres más alto que yo.-

—Tú también has crecido mucho. Hace tanto tiempo que no te veía.-

—Ahora nos veremos más a menudo. He entrado a la liga de leyendas y quizás podremos combatir lado a lado.-

—Excelente. Me gustaría ver que tan fuerte te has vuelto.-

—Para eso no hay que ser invocado a la grieta. Puedo demostrártelo ahora mismo si quieres, pero no aquí.-

Ella me tomó la mano envainando su espada y me sacó de la liga. Ante mí solo podía observar la melena naranja que ondeaba con sus pasos y el rechinar de su armadura. Me llevó hasta un campo vació, donde tomó su escudo, desenvaino y me encaró.

—¿Estás listo?.-

—Para pelear, siempre lo estoy.-le dije confiado.

Nuestra batalla comenzó. Un enfrentamiento bravío entre ambos, donde nuestras mejores tácticas y movimientos eran evidenciados ante el otro. La lucha duró bastante, al grado de extenuarnos a ambos. Ella se tiró al piso en aquel pasto, yo la seguí y me tiré junto a ella. Mirábamos el cielo del atardecer, con las nubes pasar sobre él, en silencio.

Siempre me la había pasado peleando y entrenando, pero en ese momento de calma, sentí una paz que nunca había logrado tener. Duramos así unos cuantos minutos, hasta que ella rompió el silencio.

—¿Lo conseguiste?.-

—¿Qué cosa?.-

—Hacer el pan que me dijiste hace años.-

—No pensé que recordaras eso.-

—Si se trata de verte con un mandil cocinando, lo recordaría por siempre.-

Su risa era contagiosa, y me hizo sonreír a mí. De pronto, sentí algo que atrapaba mi mano suavemente. Mi vista se movió y noté que era su mano sobre la mía. Le miré, pero ella seguía observando el cielo.

—Gracias Pantheon. Gracias por estar aquí.-

—Te lo prometí, ¿No es así? No sería un hombre de verdad si no cumpliera mis promesas.-

—Eso es algo bueno de ti. Siempre cumples lo que prometes.-

Nos miramos, envueltos por una cálida atmosfera que era extraña para mí. Ella suspiro y se levantó, ayudándome a levantar después.

—Estoy en una cabaña no muy lejos de aquí, por si no tienes un lugar donde quedarte.-

—Acepto con honor la invitación de la señora del sol.-

—No me digas señora, parecerá que soy vieja. Solo dime Leona.-

—Así lo haré, Leona.-

Caminamos juntos, recordando muchas cosas que sucedieron mientras no nos vimos en todos esos años.

—¿Te pondrás el mandil ahora?.-su voz me saca de mis pensamientos regresándome al presente.

—Nunca. Podré hacer el pan pero nunca me pondré un mandil.-

—Está bien. Hay que apurarnos con esto que anochecerá pronto.-

Alisto la masa frente a mi y con fuerza la muevo. Separo pequeñas porciones y las introduzco en un horno. Espero con paciencia y minutos después los reviso. Con alegría saco unos cuantos panes del horno que desprenden un olor delicioso. Veo a Leona acercarse y aspirar el aroma dulce.

—Huele muy bien.-

—Y seguramente, su sabor sea mejor.-

Tomo uno a pesar de lo caliente que está. Lo meto en mi boca y lo pruebo. No, no sabe bien. Es otro intento fallido de reproducir el pan de hace años. Niego con la cabeza y suspiro desganado. Noto a Leona acercarse y tomar una porción de mi pan para probarlo.

—No es muy bueno, pero tampoco está mal.-me sonríe.

—No puedo hacer el mismo sabor del pan que me dabas.-

—Tranquilo. Ya saldrá con la receta de mi madre. Quien diría que el gran Pantheon gustara de la panadería.-

—Es tu culpa. Yo solo quiero probar ese pan otra vez.-

Leona me sonríe y me roba el pedazo de pan que me sobraba. No voy tras ella, solo la miro desfilar contento de tenerla cerca. Tengo una extraña sensación dentro de mi, pero desconozco lo que es. Sale siempre que ella se me acerca y me habla. Nunca había sentido algo así, pero con Leona siempre es así. Supongo que es una rara enfermedad o algo, una que me hace sentir bien con solo verla o alegrarme con escucharla. Quizás debería decirle esto a Leona, pero si ella se preocupa por esta enfermedad estaría peor. Mejor que no se entere, ya que mi enfermedad no es tan grave. Vaya enfermedad tan rara que tengo.