Hola... Un nuevo capitulo es este... si aun no aparece Shaoran... pero tranquilas ya aparecera jajajaja Espero que disfruten el capitulo.. y recuerden ni la historia ni los personajes me pertenecen.. yo solo estoy adaptando esta novela con los personajes de Clamp...

Disfruten...

...

Las noches en la jungla eran un infierno. El zumbido empezaba justo al atardecer. No era que antes los insectos estuvieran en silencio, pues producían un sonido constante, pero Sakura podía olvidarse de él. Lo de ahora era algo completamente diferente... un ruido suave, persistente y de baja frecuencia que hacía tintinear cada nervio de su cuerpo a cada instante. Se había despertado con ese extraño zumbido la primera noche en que entraron en la selva.

Curiosamente, Sakura no podía identificar el zumbido bajo e irritante, ni podía decir si estaba fuera o dentro de su cabeza. Había observado que muchos otros, incluida su madre, se frotaban las sienes como si les doliera la cabeza, y temía que esa misma frecuencia baja que parecía un murmullo fuera una insidiosa invasión que incrementaba la peligrosidad de su viaje. Durante el día los murmullos desaparecían, pero quedaban los efectos.

Desde que habían entrado en la selva parecía que sus sentidos ardían de vida y trabajaban horas extras. Advertía las miradas de sospecha hacia su madre. Yue y Eriol estaban armados hasta los dientes y sentía envidia de sus armas. Los dos se movían en silencio, se mantenían juntos y observaban a todo el mundo. Llegó a la conclusión de que sabían mucho más acerca de lo que estaba pasando de lo que parecía.

Seishiro y su amigo Ichigo, hasta donde podía ver, eran un par de idiotas. Además, nunca habían hecho una caminata por la selva tropical y, evidentemente, tenían miedo de todo. Fanfarroneaban, se quejaban y trataban mal a los porteadores y guías, cuando no la estaban mirando de manera lasciva a ella, o alimentando la creciente desconfianza que había entre los viajeros.

Hideki parecía mucho más experto en la selva y las tribus que la habitaban. Había realizado una amplia investigación y había venido preparado. Tampoco le gustaban Seishiro e Ichigo, pero tenía que trabajar con ellos y claramente no estaba contento con eso. Pasaba mucho tiempo hablando con los guías y porteadores, haciendo preguntas e intentando aprender de ellos. No podía realmente culparlo de nada. Tal vez ella estaba igual de nerviosa que todo el mundo en este momento.

El arqueólogo y sus alumnos estaban muy entusiasmados y parecían completamente ajenos a la tensión que había en el campamento, aunque se dio cuenta de que estaban inquietos por la noche y se sentaban cerca del fuego. Parecían controlados, amigables y estaban muy concentrados en su misión. El doctor Shinomori y sus dos alumnos, Yahiko y Shihiro, estaban mucho más emocionados por las ruinas sobre las que habían escuchado hablar que interesados en si una de las mujeres que los acompañaban traía mala suerte a los viajeros. Parecían jóvenes e ingenuos, incluso el profesor, que estaba al final de la cincuentena. Todo su mundo giraba en torno a lo académico.

Sakura sentía un poco de lástima por los tres arqueólogos que parecían tan despistados, y estaba más agradecida que nunca de haber decidido concentrar sus estudios en las lenguas modernas en vez de en las muertas. Disfrutaba demasiado viajando, hablando con la gente y viviendo la vida como para estar encerrada en una torre de marfil enfrascada en unos libros polvorientos. Evidentemente, también había estudiado lenguas antiguas, pero sobre todo como una ventana para aprender su evolución y su impacto en diversas culturas.

Sakura miró a Raúl y Capa, los dos porteadores con quienes había compartido el barco mientras subían el río. No le gustaba la forma en que cuchicheaban y lanzaban miradas furtivas hacia la hamaca donde dormía Nadeshiko. Tal vez ese terrible zumbido en su cabeza la estaba volviendo tan paranoica como a todos los demás, pero en cualquier caso, no había dormido. No solo tenía que preocuparse de los hombres del campamento; los insectos, los murciélagos y todas las otras criaturas de la noche parecían acechar a su madre también.

Había pasado cuatro noches sin dormir, vigilando a Nadeshiko y se le estaban empezando a romper los nervios hasta el punto de que le resultaba casi imposible tolerar la presencia sarcástica y lujuriosa de Seishiro. No quería generar más problemas siendo desagradable con él, pero sin duda estaba al borde de hacerlo. El fuego ardía brillante. Justo fuera del anillo de fuego rugió un jaguar. Parecía que los seguía, aunque cuando los guías fueron a comprobarlo por la mañana no pudieron encontrar sus huellas. Era imposible no sentirse afectado por su estridente gruñido.

Oyó un lento aleteo por encima de la cabeza de Nadeshiko. Los murciélagos vampiro estaban aterrizando en los árboles, se rozaban con sus hojas y llenaban sus ramas hasta que estas crujían por el esfuerzo de tener que soportar el peso de tantos animales. Sakura tragó con fuerza y lentamente volvió la cabeza hacia el fuego saltarín. Los porteadores y los guías miraron hacia el árbol cargado de murciélagos que colgaban de sus ramas. Era la cuarta noche consecutiva que esas criaturas habían pasado de ser interesantes a convertirse en siniestras en cosa de segundos.

Pedro, el guía, y Raúl y Capa, los dos porteadores de su barco, se movieron un poco entre las sombras. Los tres llevaban machetes. La expresión de sus caras iluminadas por las llamas parpadeantes la asustó. Durante un aterrador momento parecieron casi tan amenazantes como los murciélagos. Sakura se levantó lentamente. Se había dejado las botas puestas, consciente de que tenía que proteger a su madre.

Nadeshiko dormía inquieta y a veces gemía. Su madre siempre había tenido un oído muy agudo, incluso mientras dormía. Un gato caminando por el suelo la podía despertar, pero desde que había entrado en la selva parecía agotada y muy débil. Por la noche se retorcía y daba vueltas en su hamaca, a veces llorando suavemente apretándose la cabeza con las manos. Incluso cuando los murciélagos comenzaron a caer al suelo y a rodearla usando sus alas para impulsarse a través de la espesa vegetación, no abrió los ojos.

Sakura había preparado sus defensas cuidadosamente. Había puesto antorchas que podía encender fácilmente, e incluso había ido más lejos y levantado un pequeño muro de fuego alrededor de la zona donde dormía su madre. Cuando se dispuso a desenganchar las mallas vio a Raúl avanzando a hurtadillas hacia ella. Se mantenía agachado y entre las sombras, pero alcanzaba a distinguirlo mientras se deslizaba de un lado a otro, acechando a su presa. Entonces miró a su madre dormida. Temía que fuera la presa que pretendía cazar el porteador.

Sakura salió de su hamaca y sacó su cuchillo con el corazón palpitante. Tenía sabor a miedo en la boca. Enfrentarse a un machete, especialmente en manos de un hombre que lo usaba habitualmente, era una locura, pero tendría que pasar por encima de ella para llegar a su madre, igual que los murciélagos vampiro. Si venía por su madre, no solo se encontraría con su cuchillo, así que levantó una antorcha del fuego que había preparado antes para defenderse de los murciélagos.

Mataría si tenía que hacerlo. La idea le desagradaba, pero se endureció y repasó cada movimiento en su cabeza para ensayar. Se llenó de bilis, pero estaba decidida. Nadie... ni nada haría daño a su madre. Estaba convencida y nada la detendría, ni siquiera la idea de que lo que estaba a punto de hacer podría considerarse un asesinato premeditado.

Raúl se acercó más. Sakura alcanzaba a oler su sudor. Su aroma era «malo» para ella. Respiró hondo, soltó el aire y se movió con cuidado hacia la hamaca de su madre pisando atentamente. Sentía que el suelo bajo sus pies casi se levantaba para recibir cada pisada. Nunca había sido tan consciente de los latidos de la Tierra. No hizo crujir ni una hoja. No rompió ni una ramita. Sus pies parecían saber exactamente dónde pisar para evitar hacer ruido, torcerse un tobillo o adaptarse a un suelo irregular.

Se situó frente a la hamaca de su madre, en un lugar donde fácilmente se podría mover para intentar evitar un ataque. Un movimiento cercano hizo que su pulso latiera con fuerza. La luz de las llamas de la hoguera que de pronto saltaban hacia el cielo proyectó la sombra de un hombre que se cernió sobre la hamaca. De otra manera no lo habría visto nunca. Yue era así de silencioso. Se volvió rápidamente hacia él, pero había ido más allá de donde estaba ella y se había puesto en la cabecera de la hamaca de Nadeshiko. Si hubiera querido matar a su madre, ya estaría muerta... Se había acercado demasiado sin que ella se diera cuenta.

Sin embargo supo, casi sin confirmarlo, girando la cabeza, que Eriol estaba a los pies de la hamaca de su madre. Había pasado los últimos cuatro días caminando a través de la jungla más dura posible y sabía cómo se movía: silencioso y tranquilo a pesar del duro terreno. Pero aun así la sorprendió. Creyó que estaría más cómodo con una bata de laboratorio y comportándose como un profesor distraído. Estaba claro que era genial. No podías hablar con él y no darte cuenta de que era muy inteligente, y además se movía tan fácilmente por la selva como Yue. También estaba muy bien armado y probablemente era igual de competente con las armas. Se alegró de que hubieran decidido ayudarla a proteger a Nadeshiko.

El terrible zumbido que sentía aumentó tanto que por un momento le pareció que su cabeza iba a explotar. Se apretó los dedos con fuerza contra las sienes. Estaba mirando directamente a Eriol cuando un enorme dolor explotó a través de su cráneo y sacudió sus dientes. Él se agarró la cabeza al mismo tiempo y la sacudió. Movió los labios pero no emitió ningún sonido. Miró a Yue. También tenía dolor de cabeza.

Sonaron unas palabras extrañas. Se mezclaban casi como un cántico, pero definitivamente eran palabras. Aunque había destacado en el estudio de las lenguas antiguas y muertas, además de las modernas, no reconocía el ritmo de las frases, y sin embargo Yue y Eriol claramente sí lo hacían. Vio la expresión de sus rostros, y que se miraban inquietos.

Hideki se tambaleó al otro lado de la hamaca de Nadeshiko, y se apretó las manos contra sus oídos.

—Algo va mal —susurró—. Esto tiene que ver con ella. Un ser malvado la quiere muerta.

Yue y Eriol asintieron. Los murciélagos se movieron por encima de sus cabezas. El corazón de Sakura latía tan fuerte que temía que los otros pudieran oírlo. Agarró mejor su cuchillo y la linterna y esperó en la oscuridad. Nadeshiko gemía y se retorcía como si soñara que estaba escapando de algo terrible que la perseguía y atormentaba.

Raúl salió de las sombras con el machete en la mano susurrando la misma frase una y otra vez.

Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη.

Sakura oyó claramente las palabras que el porteador repetía una y otra vez. Conocía la mayoría de los dialectos que hablaban las tribus de esa parte de la selva. Sabía español, portugués y las demás lenguas europeas, e incluso las de Rusia y Latinoamérica, pero esto no era nada que hubiera escuchado antes. No procedía del latín. Tampoco de ninguna de las lenguas muertas que conocía, pero esas palabras significaban algo para el porteador y, miró a Yue y a Eriol, para los dos investigadores.

Raúl entonaba la frase una y otra vez con una voz gutural e hipnótica. Tenía los ojos vidriosos. Sakura había visto ceremonias donde los participantes se ponían en trance, y el porteador parecía estar sin duda en uno, lo que lo hacía doblemente peligroso. Su cuerpo chorreaba sudor y salpicaba misteriosamente las hojas por las que ahora trepaban miles de hormigas. Continuamente negaba con la cabeza, como si luchara contra el ruido que sentía en la cabeza, se tambaleaba hacia atrás unos metros y enseguida volvía a avanzar implacablemente.

A Sakura se le secó la boca cuando los murciélagos comenzaron a descender. Se lanzaban al suelo como amenazantes aves de rapiña y después se arrastraban a través de la vegetación. Sus ojos redondos miraban a Sakura mientras usaban sus alas como patas para impulsarse hacia su presa. Raúl se acercó arrastrando los pies torpemente, moviéndose de manera muy diferente a la agilidad que tenía normalmente. El cántico que susurraba sonaba más fuerte e intenso con cada paso que daba. El jaguar que ahora estaba más cerca dio otro gruñido mientras acechaba. Sakura no podía creer lo que estaba sucediendo. Era como si todo lo más hostil de la selva hubiera salido para matar a su madre.

Sakura encendió su antorcha, la alejó de su cuerpo y rápidamente comenzó a encender las que había colocado alrededor de la hamaca. Las antorchas resplandecieron formando un muro bajo de luz y fuego alrededor de Nadeshiko.

Raúl seguía acercándose a pesar de que intentaba desesperadamente no hacerlo. Cada vez que conseguía moverse hacia atrás y alejarse de Nadeshiko, su cuerpo de nuevo empezaba a avanzar. No era rápido. Tampoco lento. Era un robot programado que cantaba cada vez más fuerte la misma frase de forma monótona. Ahora era como una orden. Una petición.

Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη.

El porteador parecía no ver los macabros murciélagos con su inquietante batir de alas. Mientras se acercaba sujetando el machete con las dos manos, sus ojos vidriosos permanecían fijos en Nadeshiko.

—Sakura —dijo Yue—. Entra en el círculo de luz y mantén a los murciélagos fuera con tu antorcha. Yo me encargo de Raúl.

Intentó no parecer aliviada. Su deber era proteger a su madre, pero la diabólica máscara del porteador mostraba un fervoroso fanatismo y un propósito insano, que era verdaderamente horrible. Se metió de nuevo en el círculo de fuego y se situó junto a su madre.

Yue levantó una pistola y habló en voz alta.

—Pedro, Miguel, Alejandro —llamó a los tres guías—. Detenganlo antes de que le dispare. Y voy a disparar. Si no quieren que Raúl muera, lo mejor es que lo detengan. Tiene unos siete segundos y después apretaré el gatillo.

No había duda de que Yue estaba completamente dispuesto a disparar al porteador. Su voz sonaba autoritaria, aunque su tono era bajo y firme. El tiempo se ralentizó. Como en un túnel. Sakura lo veía todo como en un sueño lejano. El giro inevitable de las cabezas de sus compañeros y sus expresiones de miedo y estupefacción. El avance nervioso de los murciélagos. El porteador dio un paso más. Yue permanecía tranquilo con la pistola en mano.

Miguel, Pedro y Alejandro, todos hermanos, se precipitaron hacia Raúl, mientras los otros continuaron indecisos, aparentemente conmocionados por la intención clara del porteador de asesinar a una mujer. El doctor Shinomori y sus dos alumnos parecieron advertir por primera vez que algo iba mal. Los tres se pusieron de pie rápidamente y contemplaron con horror la escena que se desarrollaba ante ellos. Las llamas se elevaron misteriosamente en la hoguera principal y se dirigieron a las antorchas colocadas en el suelo como si de pronto se hubiera levantado un viento, pero el aire estaba en calma.

Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη.

Raúl continuaba cantando la frase extraña una y otra vez.

Sakura ahora podía oír claramente las palabras. Reconoció la cadencia extraña que le zumbaba en el oído, como si ese estribillo, aunque ajeno a ella, se le estuviera clavando en la mente... y en las de todos. Había docenas de alucinógenos en la selva que los guías y porteadores, y probablemente los investigadores, y cualquier persona del grupo, podía conocer. Cualquiera podía ser responsable de esos ataques a su madre. A Seishiro le encantaban las supersticiones, aunque tanto él como Ichigo parecían estar durmiendo inquietos en sus hamacas, inconscientes del drama que se estaba desarrollando a su alrededor.

El tiempo avanzaba lentamente. Raúl continuaba empecinado en seguir avanzando. Yue ni se inmutaba. Podría haber estado esculpido en piedra. Los murciélagos seguían arrastrándose hacia Sakura, acercándose a las antorchas y al círculo de luz que rodeaba a Nadeshiko.

Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη.

A Sakura el corazón le palpitaba con fuerza, latido tras latido, siguiendo el mismo ritmo amenazante del diabólico cántico del porteador. Inmediatamente se dio cuenta de que incluso los murciélagos que se arrastraban hacia Nadeshiko mantenían exactamente el mismo ritmo. Todo a su alrededor, desde el extraño vaivén de los árboles hasta la danza de las llamas, a pesar de la quietud del viento, seguía el cántico del porteador que parecía surgir de sus propias cabezas. Alguien del campamento tenía que tener como objetivo a Nadeshiko, y usaba alucinógenos y arrojaba sospechas sobre ella. El hecho de que las plantas y los árboles le respondieran alimentaba sus supersticiones. No tenía ningún sentido.

Miguel y Pedro estaban flanqueando a Raúl. Su hermano Alejandro llegó rápidamente desde el otro lado. Los tres fruncían el ceño muy concentrados y sacudían la cabeza para mantener el canto malvado fuera de sus mentes mientras intentaban salvar al porteador de la pistola de Yue. Raúl estaba emparentado con ellos de alguna manera, recordó Sakura, pero la mayoría de los aldeanos eran familia. Su afecto hacia él afortunadamente superaba la terrible alucinación en la que Raúl parecía estar atrapado.

Cuando lo rodearon le agarraron la mano para mantener el machete fuera de juego, pero el porteador continuaba intentando avanzar ignorando a los tres guías que se aferraban a él. Y seguía con su cántico macabro. Sakura pasó la antorcha por el suelo cuando la primera línea de murciélagos se acercó demasiado a su madre. Intentaba descifrar el significado de esos extraños sonidos guturales que surgían de la boca de Raúl.

El aire se impregnó de olor a carne quemada. Los murciélagos se apartaron precipitadamente cuando volvió a agitar su antorcha formando un círculo cerca del suelo para hacer que las criaturas se retiraran y se alejaran de la hamaca de su madre. Cuando dos de ellos ya se disponían a subir por el tronco del árbol, ella los apuntó con el extremo de la antorcha, y enseguida quedaron atrapados en el fuego y cayeron de golpe contra el suelo. Entonces dio varias patadas a las bolas de fuego para alejarlas de Nadeshiko.

Sakura oyó un aleteo que atravesó la vegetación detrás de ella, y al darse la vuelta se encontró con que los murciélagos se habían desplazado al otro lado de la hamaca. Hideki cogió una antorcha y las llamas mostraron su cara con mucho relieve. Los ángulos profundos que cortaban su rostro le hacían parecer un maníaco. Sus ojos brillaban con una especie de furia. Por un momento, Sakura temió por su madre, pero el hombre cogió la antorcha, la movió hacia los murciélagos vampiro que se acercaban e hizo que retrocedieran. A los que insistían en avanzar los quemó.

Eriol luchaba en su lado de la hamaca. Sakura corrió por detrás de Yue y pasó su antorcha por la línea de los murciélagos que se abrían camino a hurtadillas por debajo de la hamaca desde ese lado. El olor era horrible y no podía dejar de toser por el humo negro que se levantaba a su alrededor. Nadeshiko no se despertaba, pero se retorcía y luchaba en su hamaca mientras los tres hombres ayudaban a Sakura a protegerla.

Miguel y Pedro arrastraron a Raúl por la espesa vegetación para alejarlo de allí, pero se negaba a detenerse, no quería retroceder e intentaba desesperadamente seguir adelante a pesar de la amenaza de la pistola. El porteador seguía repitiendo la misma frase una y otra vez. Los otros le gritaban órdenes, pero no escuchaba, pues estaba demasiado perdido en su alucinación. Alejandro recuperó el machete y lo apartó de las manos de Raúl, que lo seguía buscando.

Al final lo arrastraron hasta el otro lado del campo y lo mantuvieron prisionero allí. El arqueólogo y sus alumnos atravesaron el campamento vacilantes para observar el lío de murciélagos muertos o moribundos, y cómo los otros se alejaban de las llamas que rodeaban la hamaca.

—¿Estáis bien? —preguntó el doctor Shinomori—. Esto es muy raro. ¿De verdad que ese hombre estaba intentando asesinar a uno de vosotros con un machete?

Parecía como si estuviera despertando de un sueño. Se mostraba tan sorprendido que Sakura tuvo una inesperada necesidad de reírse. Había estado avanzando penosamente a través de la selva con ellos durante cuatro largos días. Había escuchado historias de ataques de serpientes y pirañas una y otra vez gracias a Seishiro, que no parecía ser capaz de hablar de nada más, y sin embargo, por primera vez el arqueólogo parecía darse cuenta de que algo iba mal.

El doctor parpadeó al darse cuenta de que Yue todavía tenía la pistola en la mano.

—Algo está pasando aquí.

Un sonido escapó de su garganta antes de que pudiera detenerlo. Tal vez una risa histérica.

—¿Fue el machete lo que te puso sobre aviso, el canto diabólico del infierno o la horda de murciélagos vampiros arrastrándose por el suelo?

Sakura se llevó la mano a la boca. Sin duda estaba histérica y por eso le había contestado de esa manera. Pero ¿en serio? ¿Algo estaba pasando? ¿Era esa su primera sospecha? Estaba llevando demasiado lejos el comportamiento distraído de los profesores.

—Tranquila —susurró Yue—. Ella ahora está a salvo. Creo que ha terminado por esta noche.

Sakura se mordió el labio para no replicar. La selva estaba llena de depredadores de todo tipo y tamaño, y aparentemente todos ellos intentaban atacar a Nadeshiko. ¿Cómo iba a estar su madre segura de algo así? La sensación de sentirse bienvenida, de estar regresando a casa que siempre había experimentado en sus visitas anteriores no existía en absoluto. Esta vez, la selva parecía salvaje y peligrosa, incluso malévola.

Se obligó a concentrar su atención en los murciélagos que quedaban. Felizmente al fin se apartaban de la luz y del hedor de sus compañeros abrasados. Se le alivió un poco el nudo de su estómago mientras inspeccionaba el tronco y las ramas que pasaban por encima de su madre. También se estaban retirando los insectos.

—Debería haberos ayudado —dijo el doctor Shinomori—. No sé por qué no lo hice.

Sus dos alumnos lo habían seguido a un ritmo mucho más lento, y parecían tan aturdidos y confundidos como su profesor.

Sakura se contuvo de regañarlos a pesar de su enfado. Nada de esto era culpa del arqueólogo. Tal vez tenía los medios y los conocimientos para comprender las propiedades de una planta alucinógena y de toda la expedición, pero ¿cuáles eran sus motivos? ¿Qué motivo podría tener?

Sakura se pasó una mano temblorosa por el cabello completamente agotada. No se había atrevido a dormir las últimas cuatro noches desde que habían entrado en la selva. Desde que había comenzado ese terrible murmullo. El zumbido interminable era suficiente para volver loco a cualquier persona cuerda, y evidentemente ella era la menos afectada de su grupo.

Los tres guías y el resto de porteadores rodeaban a Raúl y lo tenían sujeto con algún tipo de cuerda. Seguía con su cántico en esa lengua gutural y extraña, a veces susurrando, a veces gritando, y continuaba intentando ir hacia la hamaca de Nadeshiko. Sus primos se vieron obligados a atarle a un árbol para evitar que la atacara de nuevo. Apretaba el puño como si todavía estuviera agarrando el mango del machete, y movía el brazo hacia atrás y hacia adelante en el aire representando una inquietante pantomima.

—¿Qué dice? —preguntó Sakura a Yue una vez que la emoción se calmó y todos volvieron a sus hamacas. Ella hizo un gesto con la cabeza hacia el porteador atado al árbol y observó la expresión de Eriol—. Observé que vosotros dos habéis reconocido el idioma. —Yue la miró directamente a los ojos—. No lo niegues. Vi cómo os mirabais el uno al otro. Sin duda sabéis lo que está diciendo.

Yue y Eriol se volvieron casi simultáneamente para mirar por encima del hombro a Hideki. Era evidente que no querían hablar delante de los demás.

—Déjame echarte una mano retirando estos murciélagos —dijo Eriol.

Sakura comenzó a barrer los murciélagos muertos o moribundos que rodeaban a su madre. Era un trabajo asqueroso y repugnante. Tanto Eriol como Yue la ayudaron, lo que le venía bien, pues no tendría que ir a sus hamacas para que le dieran una explicación.

Hideki los ayudó durante unos minutos dando patadas a los cuerpos abrasados para alejarlos de la hamaca de Nadeshiko, pero cuando Eriol comenzó a cavar en la vegetación para eliminarlos a todos en una fosa común, el ingeniero se marchó.

—No creo que me necesitéis más esta noche. Las cosas parecen estar calmándose.

Solo entonces Sakura se dio cuenta del que el terrible zumbido de su cabeza había desaparecido. Aunque ya no lo oía, por los ojos rojos y los ceños fruncidos de las caras de los demás se dio cuenta de que no había parado por completo.

—Muchas gracias por tu ayuda. No lo habríamos conseguido sin ti. Actuaste muy rápido.

Hideki se encogió de hombros.

—Iban directo a ella. No iba a quedarme parado y dejar que le hicieran daño. Tengo el sueño ligero. Si ocurre algo de nuevo, pega un grito y vendré corriendo.

Sakura se obligó a ofrecerle una breve sonrisa.

—Gracias otra vez.

Hideki se frotó las sienes y frunció el ceño mientras se alejaba de ella. Sakura ayudó a empujar los restos de los murciélagos en el agujero que Eriol había cavado, a la espera de que Hideki se alejara antes de volverse hacia Yue.

—Está bien —dijo ella—, se ha ido. Ahora dime lo que Raúl estaba cantando. ¿Y en qué lengua hablaba? Desde luego no es nativa de este país ni de ninguna tribu del Amazonas.

Yue metió la pistola en una especie de arnés que llevaba debajo de la chaqueta suelta. A Sakura le pareció interesante que no la hubiera guardado hasta que Hideki se marchó.

—El idioma es muy antiguo —dijo Yue—. Tiene su origen en las montañas de los Cárpatos, pero son muy pocos los que lo hablan o lo entienden hoy en día.

Ella frunció el ceño.

—¿Las montañas de los Cárpatos? ¿Cómo diablos puede un porteador apenas educado de una aldea remota del Amazonas conocer y hablar una antigua lengua europea de la que ni siquiera yo sabía que existiera? No importa. Podemos hablar de eso más tarde. Por ahora quiero saber lo que estaba diciendo.

Yue miró a Eriol por encima de su cabeza.

—No hagas eso. Mírame a mí, no a él. Sé que entendiste lo que dijo —insistió Sakura—. Ese hombre estaba intentando matar a mi madre. Y todo el tiempo decía: «Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη». —Repitió la frase con un tono y una entonación perfecta, y sonaba exactamente como la pronunciaba Raúl—. Quiero saber qué significa.

Yue negó con la cabeza.

—No sé responderte. De verdad que no, Sakura. No soy tan bueno con los idiomas como Eriol, y no quiero cometer un error. Creo que entiendo lo esencial de lo que estaba intentando decir, pero puedo traducirlo mal y alarmarte...

—El hombre vino por mi madre con un machete. No creo que vaya a ser más alarmante que eso —replicó Sakura e inmediatamente se avergonzó de sí misma. Necesitaba la ayuda de ese hombre. Eriol, Hideki y Yue no habían actuado solo para salvar la vida de su madre, sino probablemente la suya también—. Lo siento. Ayudaste a defender a mi madre, y lo aprecio. Pero estoy asustada por ella y necesito saber a qué me estoy enfrentando.

Eriol rodeó la hamaca de Nadeshiko y se detuvo frente a Sakura.

—Siento que os esté sucediendo esto a las dos. Debes estar muy asustada. Me parece, y esta es una traducción libre, que estaba cantando: «Muerte a la mujer maldita. Mátala. Mátala». Esto es todo lo que pude entender. —Miró a Yue—. ¿Entendiste lo mismo?

Sakura sabía que había cambiado su atención a Yue para darle tiempo para recuperarse. Sospechaba que la traducción podía ser amenazante..., pero, aun así, sintió como si alguien le hubiera dado un golpe en el estómago y la hubiera dejado sin aliento. Se obligó a respirar mientras miraba hacia el cielo nocturno a través del follaje, que para ella era una capa de hojas borrosas. ¿Quién perseguía a su madre? Era una mujer increíble y amable. Todos los que la conocían la querían. El ataque no tenía ningún sentido.

—Raúl sin duda ha pasado toda su vida aquí en la selva. Realmente no ha tenido muchos contactos con el exterior, ni ninguno de los aldeanos tampoco. ¿Cómo iba a haber aprendido un idioma casi extinguido y claramente extranjero? —dijo Sakura esforzándose para no sonar desafiante.

Sin duda este hombre le había salvado la vida, pero Yue y Eriol investigaban plantas. Ambos habían admitido que habían venido a los Andes a buscar una planta que se suponía que se había extinguido en todas partes, y que la planta era originaria de los montes Cárpatos en Europa. Si ese idioma se había originado en la misma zona, ¿qué estaban haciendo la planta y el idioma en Sudamérica? ¿Y qué casualidad que todos los del grupo de viajeros hubieran experimentado la misma alucinación, y todo relacionado con ese antiguo idioma que ambos hombres entendían?

Yue negó con la cabeza.

—No tengo ninguna explicación.

Estaba mintiendo. La miró directamente a los ojos. Su expresión no cambió, mantuvo impasible su hermoso rostro serio y preocupado, con la mandíbula y la boca firmes, pero mentía.

—Oh, sí, claro que la tienes —replicó ella—. Y me vas a decir cuál es ahora mismo.

Eriol suspiró.

—Díselo, Yue. En el peor de los casos pensará que estás tan loco como el porteador.

—Honestamente, no sabemos con seguridad lo que está pasando, pero tenemos nuestras sospechas. Hemos visto cosas como estas en otras partes del mundo. —Yue vaciló—. ¿Crees en la existencia del mal?

—¿Te refieres a algo como Satanás, el diablo?

—Más o menos, pero no estoy hablando de Dios y de los ángeles.

Sakura aplacó su primera reacción. En el Amazonas ocurrían cosas extrañas. Y su madre ciertamente tenía dones que no eran explicables. Estaba el viaje a los Andes cada cinco años, y el ritual que llevaban a cabo en la montaña. También los rumores, las leyendas y los mitos transmitidos que explicaban que un gran mal había destruido al pueblo de las nubes y después a los incas. Por supuesto, nadie se lo creía, pero ¿y si era verdad?

—Sí —admitió—, creo en el mal.

Yue vaciló de nuevo.

—Yo... nosotros... sospechamos que aquí hay algo antiguo, un ser malvado que tiene el poder de dar órdenes a los insectos y de apoderarse de nuestras mentes y engañarnos para hacernos creer cosas que no son verdad.

Sakura en ese instante recordó a su madre nerviosa divagando sobre el mal atrapado en la montaña. Ambas la iban a subir para volverla a sellar y evitar que el volcán entrara en erupción, y Nadeshiko estaba preocupada de llegar tarde. Sakura sabía que generaciones de mujeres habían ido a esa montaña, y que en el pasado el viaje era incluso más riguroso y peligroso. Sin embargo, seguían yendo al mismo lugar para repetir el ritual.

¿Así que podría ser verdad? ¿Había realmente algo malvado atrapado en esa montaña? ¿Algo que las mujeres de su familia habían estado conteniendo durante cientos, probablemente incluso miles de años?

Sakura se estremeció y se puso una mano sobre su estómago apretado.

—¿Por qué esta cosa maligna busca a mi madre?

—Es evidente que considera que tu madre de alguna manera es una amenaza —dijo Eriol.

«Algo está pasando. El mal de la montaña está intentando deliberadamente que me retrase. Se encuentra cerca de la superficie y está orquestando accidentes y enfermedades.» Sakura se estremeció al recordar las terribles advertencias de su madre. Las había desechado pensando que eran divagaciones inducidas por la conmoción, pero ahora Sakura no estaba tan segura. ¿Podría ser cierto?

Yue se acercó a la hamaca de su madre. Sakura casi salta sobre él, pero su lenguaje corporal irradiaba protección. Se enfrentaba a la selva con el cuerpo siempre en alerta. Entonces se dio cuenta del silencio. El zumbido constante e interminable de los insectos había desaparecido y todo había quedado en un extraño vacío.

Instintivamente se acercó a su madre. Nadeshiko se retorcía. Gemía. Su cuerpo estaba perlado de sudor. Levantó las manos y comenzó a hacer con ellas una complicada serie de movimientos. Giraba hipnóticamente los dedos y las manos, como si dirigiera una sinfonía, y cada movimiento fluía de manera precisa y hermosa. Ella había visto esos movimientos muchas veces. Sus propias manos automáticamente los siguieron, como si en lugar de su mente hubiera sido su memoria la que activaba sus huesos. Hizo un esfuerzo por mantener los brazos hacia abajo, pero no podía evitar que sus dedos y muñecas giraran al ritmo de los de su madre, y bailaran con un movimiento elegante.

El cuerpo de su madre se volvió hacia el este y Sakura descubrió que también miraba en esa misma dirección. Podía sentir el flujo de la Tierra subiendo por las plantas de sus pies, y avanzando a través de ella como la savia de los árboles. Un corazón palpitaba en lo más profundo de la Tierra. Sintió que su propio pulso se sincronizó con el ritmo de ese tamborileo constante. Sentía que estaba anclada a la Tierra, y que por debajo de ella bajaban unas raíces que buscaban la fuerza de vida que nacía muy profundamente.

Sentía las planta individualmente, cada una de ellas con su propio carácter y personalidad. Algunas venenosas, otras antídotos. Las reconocía como hermanas y hermanos. Sentía que enraizaban dentro de ella, que se desplegaban por sus venas, por sus órganos internos y rodeaban sus huesos hasta que su sangre comenzó a cantar con el alma de la selva.

Tomó conciencia de una manera muy profunda de cada árbol, arbusto y planta con vida que había cerca. Su corazón y su alma se abrieron a la vegetación que, a su vez, le respondía alimentando su valor y resistencia. La Tierra era su madre y estaba dispuesta a ayudarla en cualquier momento. Sintió una mancha maligna extendiéndose a través del propio suelo, en busca de un objetivo. Pero había algo más allí también, algo fuerte y valiente. Depredador. Protector. De ella. Bruscamente se obligó a volver.

Al parecer, al fin y al cabo, Yue y Eriol no estaban demasiado alejados en su evaluación de la situación. Eso no era una alucinación en masa, sino un complot minuciosamente orquestado para atacar a su madre, y así retrasar su viaje a la montaña e impedir que llevara a cabo el ritual de siglos de antigüedad. Sakura no sabía la razón, ni lo que había en la montaña. Solo podía entender que algo estaba desesperado por salir, por sobrevivir, y que usaría cualquier medio disponible para hacerlo... e incluso mataría a su madre.

De modo que esto era lo que hacía que su madre estuviera tan en armonía con las plantas. Las sentía y estaba intensamente conectada con ellas. Ella nunca había sentido esa conexión antes, y pensó que le estaban transfiriendo alguna forma de conciencia y de poder. Esa posibilidad la alarmó aún más. ¿Estaba su madre involuntariamente haciendo algo en su sueño para traspasar sus conocimientos a su hija, como decía que había hecho cada generación de sus antepasadas justo antes de su muerte?

—¿Qué está haciendo? —preguntó Yue con voz curiosa.

Curiosidad y algo más. ¿Tal vez reconocimiento?

Sakura finalmente se sobresaltó. Estaba tan atrapada y absorbida por las miles de plantas que había a su alrededor, por la sensación de estar casi siendo transformada, hipnotizada por la existencia de la vida tan intensa que la rodeaba, que casi se olvida de que había testigos que estaban observando los movimientos rituales que su madre realizaba en la montaña. Tanto Eriol como Yue la miraron como si supieran demasiado.

Sakura se encogió de hombros. Se negaba a explicar a nadie lo de su madre, aunque sentía que los dos hombres se habían ganado una respuesta. Pero simplemente no tenía una que fuera apropiada.

—¿Has visto esos movimientos antes? —preguntó Yue—. La forma en que está moviendo sus manos es casi ritual.

—Sí.

Ella había sido lo más honesta posible y creía que ellos lo habían sido también. Ambos daban vueltas uno alrededor del otro, reacios a decir algo de lo que no pudieran retractarse.

—He visto gestos parecidos en los montes Cárpatos —admitió Yue—. Cuando trabajamos en las partes más remotas de las montañas. ¿Ha estado tu madre allí alguna vez? ¿Tiene lazos con Rumanía o con cualquiera de los países que cruzan esa cordillera?

Sakura negó con la cabeza rotundamente.

—Hemos viajado a Europa una vez, pero a ninguna parte próxima a los Cárpatos. Sobre todo hemos estado en Sudamérica. Mi madre ha venido aquí muchas veces. La mayoría de las mujeres de mi familia han nacido aquí, incluida mi madre. Somos descendientes del pueblo de las nubes, así como de los incas, y por eso mi familia siempre ha tenido un gran interés en esta parte del mundo. Mi madre se crió en este lugar y no fue a Japon hasta que conoció y se casó con mi padre. Él era de allí.

—¿Eres adoptada? —preguntó Yue—. No te pareces casi nada a tu madre, solo los ojos.

Sakura apretó los labios. Había oído decir eso toda su vida. Era alta y curvilínea, tenía la piel translúcida y unos grandes ojos ovalados muy diferentes a los de su madre. Tenía el pelo tan liso como una tabla y de un castaño casi rubio. Su madre era delgada, de mediana estatura, con una maravillosa piel y el cabello rizado.

—No soy adoptada. Me parezco a una de mis antepasadas. Era más alta y tenía el pelo claro, por lo menos si los dibujos que le hicieron son fiables. Mi madre me los enseñó una vez que estaba enfadada porque era más alta que todo el mundo en mi instituto de secundaria.

Estaba hablando demasiado rápido como solía hacer cuando no se sentía mal. Estaban haciendo un montón de preguntas personales. ¿Qué importaba si no se parecía a su madre? ¿Por qué estaban tan interesados? Solo quería agarrar a su madre y marcharse de allí. Si no hubiera sido por el hecho de que la propia selva parecía decidida a atacarlas, hubiera hecho exactamente eso. Su madre tenía un sorprendente sentido de la orientación cuando estaba en la montaña. Dos veces que habían hecho el viaje y los guías se habían perdido, su madre había encontrado el camino.

Pero ahora, con Nadeshiko enferma y los ataques hacia ella cada vez más violentos, Sakura no se atrevía a separarse del grupo. Yue y Eriol ofrecían un nivel de protección que no podía permitirse descartar.

—Gracias a los dos por vuestra ayuda. Tengo que conseguir dormir esta noche. No sé por qué la selva se ha quedado en silencio, pero no siento ninguna amenaza inmediata. No quiero que mi madre se entere de esto ahora. Quiero contárselo yo misma y ver si tiene alguna idea de la razón de estos ataques contra ella.

Necesitaba tiempo a solas con su madre, lo que era casi imposible, pues estaban rodeadas de los demás viajeros. Los guías y porteadores las miraban ahora con sospecha, y hacían aún más difícil tener privacidad.

—Intenta dormir —dijo Eriol—. Nosotros vigilaremos.

...

Wow... cada vez intentan con mas ahínco matar a la madre de sakura...

Espero que hayan disfrutado este capitulo...

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Hasta el proximo episodio!