Bueno acá les traigo el capitulo 5... Espero que lo disfruten... traigan sus pañuelos eso si...

Ya saben ni los personajes ni la historia me pertenecen yo solo los adapto...

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Capitulo 5

Sakura se revolvió para librarse del montón de monos lanudos, se puso de rodillas y agarró vigorosamente el arma. No veía nada. Había docenas de monos grises, verdes oliva, y otros marrón rojizo y negro entre ella y Nadeshiko. Los que saltaron hacia su madre la arrastraron a la densa maleza, y lo único que podía ver eran sus cuerpos peludos en una especie de frenesí estridente. No se atrevía a disparar contra ellos por miedo a herirla.

Su madre gritó de nuevo y su voz aterrorizada reverberó en la cabeza de su hija. Se puso de pie y enseguida otra horda de primates la hizo caer de espaldas al suelo. Cada mono lanudo pesaba casi ocho kilos, y caían con fuerza de las sobrecargadas ramas que había por encima. Gracias a su peso y a su gran número conseguían derribar a los humanos que había abajo.

El zumbido de su cabeza y el horrible cántico aumentaron en volumen... parecían órdenes.

Hän kalma, emni hän ku köd alte. Tappatak ηamaη. Tappatak ηamaη.

Oía las palabras que resonaban en su mente una y otra vez. Era un cántico profundo y muy gutural, casi como el de los monjes que había oído en el Tíbet que cantaban con la garganta. El sonido la inquietaba a un nivel muy elemental, le ponía el vello de punta, hacía que le doliera la cabeza y destruía su sistema nervioso hasta el punto de querer ponerse a gritar como los monos.

Sakura intentó rodar lejos de las criaturas que la atacaban, pero se pegaban como pegamento, y se le enganchaban al pelo, la ropa y la mochila, aferrándose a ella como si sus vidas dependieran de ello. Normalmente, los monos lanudos vivían en zonas más elevadas, muy por encima de la selva nubosa, y no eran amenazadores para nadie. Vivían en grupos sociales de hasta cuarenta individuos, pero los que caían de los árboles y atacaban a todos los miembros del grupo eran bastante más numerosos.

Sollozando, Sakura apartó a los monos, sin importarle que estuvieran usando los dientes y las garras para impedir que se levantara, y cada vez que lanzaba a alguno lejos, le destrozaba la piel. Se puso de pie rápidamente y comenzó a dar vueltas en círculos intentando orientarse. Los monos lanudos estaban por todas partes, eran un verdadero ejército, y luchaban contra ellos, igual que ella.

Los estaba apartando a patadas cuando uno de ellos hundió sus dientes en su pierna intentando arrastrarla al suelo. Justo entonces vio la densa vegetación donde su madre luchaba contra los primates enloquecidos. La escena era completamente surrealista e irreal, una pesadilla de violencia, sangre y gritos. Una pistola sonó detrás de ella, y en algún lugar por delante, otra respondió. Corrió hacia allí, dando patadas y soltando insultos, abriéndose camino para llegar hasta su madre. Dos veces disparó a un mono en pleno vuelo cuando intentaba lanzarse a su cara.

Corrió hacia el lugar donde estaba segura de que su madre había sido arrastrada. Los gritos de Nadeshiko eran muy fuertes y completamente aterradores, como los de un animal adolorido del que se ha apoderado un terror absoluto. Sakura no podía verla a través de la barrera de cuerpos. No tenía ni idea de dónde estaban el porteador, Capa, o Eriol, de manera que era imposible disparar a los primates apaleados con seguridad, a pesar de que cada célula de su cuerpo le ordenaba hacerlo.

Los monos lanudos siguieron llegando en masa, y eran mucho más que una tropa de cuarenta individuos. Caían a través de los árboles antes de que los seres humanos consiguieran ponerse de pie. La batalla parecía salida de una película de terror, cruel e irreal. Los gritos de su madre pararon de golpe. El corazón de Sakura se aceleró y su cuerpo se inundó de adrenalina. La ausencia de sonido era mucho peor.

Entonces se abrió paso a través de las sólidas barreras de primates enloquecidos maldiciendo y sollozando, hasta que llegó al lugar donde Nadeshiko había sido sacada del camino. Había sangre por todas partes, que incluso se acumulaba en charcos oscuros. Dio una patada a un mono agresivo y un arco de sangre color carmesí se esparció por el aire y salpicó las hojas de un arbusto cercano, los troncos de los árboles y a otros monos. Por un momento pensó que era sangre de los monos, pero entonces lo vio. El porteador. No era Raúl, sino su hermano Capa, quien acuchillaba algo una y otra vez con un machete ensangrentado.

Su corazón se detuvo. No podía ver si estaba atacando a su madre o a los monos, pero había mucha sangre. Demasiada. Con otra patada brutal lanzó a otro mono al suelo, y al fin pudo divisar su cuerpo. Apretó el gatillo una y otra vez apuntando a Capa hasta que vació el cargador. Corrió hacia su madre mientras le disparaba, pero sabía que ya era demasiado tarde. Metió un segundo cargador en la pistola.

Simultáneamente también disparó Eriol; sus balas entraron en el cuerpo del porteador por el costado e hizo que se diera la vuelta. Sin importarle que estuviera metiéndose en un cruce de disparos, Sakura corrió hacia adelante dando patadas y puñetazos, e incluso disparando, para llegar hasta su madre. Capa cayó al suelo bruscamente y el machete salió volando de su mano. Eriol siguió disparando a los primates que rodeaban a la mujer.

Sakura apartó la maleza, se detuvo de golpe con la boca muy abierta y soltó un grito agónico que casi destrozó sus cuerdas vocales. Miraba fijamente la maleza absolutamente aterrorizada y llena de estupor. Ni siquiera estaba segura de lo que estaba viendo, pues le era imposible comprender. Parecía como si se hubiera tropezado con una masacre. Su mente intentaba decirle que toda la sangre que empapaba la tierra y la maleza era de los monos, pero su cuerpo había entrado en una especie de conmoción. Estaba casi paralizada y congelada, y en algún lugar profundo sabía la verdad, pero no podía aceptarla. Había demasiada sangre, pero no podía ver su cuerpo, solo las tiras de ropa y cabellos arrancados. Se tuvo que obligar a moverse llena de bilis.

—No, Sakura. —La rodearon unos brazos impidiendo que se moviera y unas manos cubrieron las de ella y cogieron la Glock—. Vámonos de aquí. No hay nada que puedas hacer, y no hay necesidad de ver esto.

La voz de Eriol sonó extremadamente baja, como si viniera desde una gran distancia.

El mundo se desvaneció dentro y fuera de ella. Se le apretó el estómago e intentó girar la cabeza para apartar la mirada del cuerpo mutilado, pero le era imposible. La sangre era tan oscura. Había pelo rizado por el suelo, y varios mechones enredados y manchados de barro rojo sobre los helechos. Vio dedos y parte de una mano. Tiras de ropa cubiertas de sangre. No había ni un sitio en un radio de dos metros que no estuviera empapado de rojo. Era imposible saber lo que había bajo esa densa vegetación oscura.

Advirtió que de pronto la selva se quedó en silencio. No había ningún sonido. Ni zumbidos de insectos. Ni disparos. Ni gritos. El zumbido de su cabeza había desaparecido y había sido reemplazado por sus gritos silenciosos de protesta. El mundo a su alrededor se esfumó y después reapareció bruscamente, pero enseguida volvió a apagarse.

—Sakura —le susurró Eriol al oído con la voz tranquila y firme—. Tienes que venir conmigo ahora. Mirándola no la vas a ayudar.

Sus manos la instaron a que moviera su cuerpo paralizado y a que diera unos pasos, pero no tenía ningún control. Se estremecía llena de ira y dolor que manaban como un volcán desde las profundidades de la Tierra temblorosa, directamente a través de su cuerpo, hasta que su corazón quiso dejar de latir y sus pulmones se negaron a funcionar.

Intentaba decirle a Eriol que no podía respirar, que no podía inspirar el aire. El olor a sangre era demasiado fuerte e impregnaba todo el lugar. Pero Eriol simplemente la levantó del suelo y la alejó dando grandes zancadas. Alcanzó a ver a Capa, el porteador, yaciendo en su propio charco de sangre, con el machete a unos cuantos centímetros de su mano. Su cuerpo estaba intacto, aunque su vida había salido de él y se había deslizado hacia el suelo.

Se le escapó un sollozo y se agarró del duro brazo de Eriol, su única realidad en un mundo que había enloquecido. Nadeshiko asesinada de una manera tan salvaje era algo impensable. Su mente se negaba a procesarlo, pero su cuerpo estaba totalmente consciente y había reaccionado dejando de funcionar. No estaba segura de que pudiera tenerse en pie por su cuenta si su vida hubiera dependido de ello. Eriol la ayudó a recostarse en la alfombra de vegetación, a una corta distancia del lugar donde habían asesinado a su madre.

Estaba consciente de sus compañeros de viaje, que a cierto nivel eran como actores en una representación. Sus reacciones eran lentas. Todos volviendo la cabeza. Sus bocas abiertas de miedo. Los cuerpos de los monos muertos esparcidos por el suelo como si fueran desechos añadían horror a la macabra escena. Todo a su alrededor estaba borroso, y tardó un momento antes de darse cuenta de que tenía los ojos bañados en lágrimas.

Los monos que de pronto se habían subido a los árboles parecían tan confundidos como ella, deambulaban en círculos, como si hubieran perdido toda la orientación. Por el rabillo del ojo vio que los tres guías se estaban levantando del suelo, completamente despeinados y manchados de sangre por los ataques de los monos lanudos. Los tres hermanos ignoraron a los primates dispersos y miraron inquietos hacia la selva y a los dos cuerpos que yacían justo fuera de su vista. Murmuraban algo entre ellos en voz muy baja, antes de decidirse a ir a ver lo que había ocurrido.

Yue se dirigió a un claro para verlos de frente. Tenía la ropa desgarrada por los crueles y concentrados ataques, lo que era una prueba de que había intentado acercarse a Nadeshiko pero había sido retenido igual que ella. Los tres guías vacilaron, pero continuaron lentamente hacia adelante estirando el cuello y agarrando sus armas con fuerza.

El doctor Shinomori se levantó cautelosamente desde el suelo y corrió a ayudar a uno de sus alumnos, Shihiro, a levantarse. El hombre que parecía estar llorando casi histérico, dio una palmada a Shinomori y se revolvió cuando Yahiko corrió también en su ayuda. Cuando consiguieron poner a Shihiro de pie, instantáneamente se volvió a caer al suelo y sus dos compañeros se agacharon solícitamente junto a él.

Sakura se balanceaba hacia atrás y hacia adelante intentando aceptar que su madre había sido asesinada a pocos metros de ella. Bajó la mirada hacia la fértil tierra que acumulaba cientos, miles de años de vegetación, de muerte y renacimiento. El cielo se oscureció sutilmente. Levantó la vista y dejó caer las manos para enterrarlas profundamente en las diversas capas de tierra negra. Las nubes se arremolinaban siniestras formando torres que se elevaban muy alto. El viento agitaba su cabello, incluso allí, bajo la quietud del follaje, y las ramas de los árboles se mecían hacia adelante y hacia atrás frenéticamente.

Inspiró con fuerza y soltó el aire. Un largo y agudo lamento escapó de su garganta. Al oírlo los monos que quedaban volvieron a los árboles, y el triste sonido los siguió a través de la selva. En lugar de subir de nuevo a la montaña, la manada de monos lanudos se alejó de su hogar natural en lo alto de la selva nubosa.

Seishiro e Ichigo reaparecieron tambaleándose. Ambos habían huido cuando bajaron los monos. Tampoco parecían tener rasguños. Habían escapado lo suficientemente lejos de la batalla como para evitar la tremenda arremetida de los primates. Ambos parecían conmovidos.

—¿Qué diablos pasó aquí? —preguntó Seishiro inspeccionando tanto a sus compañeros heridos y ensangrentados como a los cuerpos peludos que había en el suelo—. Pensé que los monos eran la menor de todas nuestras preocupaciones.

Miguel se volvió para mirarlo por encima del hombro.

—Los monos no atacan a los hombres.

—Tengo novedades para ti, genio —respondió Seishiro con un bufido tembloroso—. Lo han hecho los monos. ¿Tendrán la rabia?

Finalmente, dio un paso atrás apartándose de los demás y pasó un brazo delante del cuerpo de Shihiro para impedir que se acercara a sus compañeros.

Yue suspiró.

—No tienen la rabia, Seishiro, pero nosotros tenemos que desinfectarnos cada herida para que nadie coja una infección. Shihiro, necesito que tú y Yahiko se ocupen de eso. Comiencen con ustedes mismos. Los equipos médicos están en las mochilas. Una vez que se aseguren de que ambos se hayan limpiado todos sus rasguños, utilizen los antibióticos y después se separan y ayudan a los demás.

Sakura escuchaba desde lejos. Por lo menos sabía lo que pretendía hacer Yue haciéndose cargo de la situación y animando a los dos conmocionados estudiantes, dándoles algo que hacer para ayudarlos a recuperarse. Pero ella no podía mover ni un músculo. No se recuperaba. Se sentía paralizada, más allá de lo que era humanamente comprensible. Su mente luchaba por entender, y a un cierto nivel sabía que estaba en estado de shock, pero no podía tranquilizarse.

Enterró los dedos en el suelo, lo único real a lo que podía agarrarse. Agarró dos puñados de tierra, apretó los dedos y dejó que apareciera su llanto. Las lágrimas corrieron por su cara, oscurecieron su visión y cayeron al suelo, pero no dejaba de oír a los demás, que no salían de su estupefacción, y se movían a su alrededor haciendo lo que Yue les había indicado.

Jorge, Fernando y Héctor, tres de los cuatro porteadores restantes, todos primos, se acercaron vacilantes a Yue desde la izquierda, manteniendo atentamente el mismo paso que los guías que iban derechos a enfrentarse a Yue.

Hideki se movió detrás de ellos e hizo ruido deliberadamente para que fueran conscientes de su presencia. Al otro lado de los porteadores, cerca de Yue, estaba el cuarto del grupo, Raúl. Eriol lo seguía tranquilamente, pero, como Hideki, dejando ver que estaba justo detrás del porteador y que llevaba a la vista su arma.

Miguel se detuvo frente a Yue.

—¿Quién está herido?

—Herido no, muerto —corrigió Yue—. Tu porteador asesinó a Nadeshiko. Lo que queda de ella está en esos arbustos de ahí.

Señaló con la cabeza hacia la densa vegetación, pero no apartó los ojos de él ni dio un paso atrás.

La mirada de Miguel se dirigió al lugar que le había señalado. Tragó con fuerza y dio un paso hacia la maleza oscurecida.

—¿Qué pasó con Capa? ¿Dónde está?

—También está muerto —respondió Yue con la voz sombría y con un tono de advertencia—. Llegamos demasiado tarde para detenerlo.

Una vez más se quedaron en silencio; las noticias evidentemente los habían conmovido. Se miraron unos a otros, y Miguel asintió y se dirigió hacia la maleza ensangrentada. Sus hermanos lo siguieron en silencio. Los porteadores pasaron junto a Yue, que volvió la cara para mirarlos a todos. Hideki y Eriol lo flanqueaban por ambos lados, claramente sin confiar en la reacción que pudieran tener ante la muerte de su primo.

Seishiro e Ichigo seguían un poco más atrás, estirando el cuello para intentar ver. Sakura contuvo el aliento cuando los hombres se acercaron a la densa vegetación. No quería que ninguno viera a su madre de esa manera. Quería gritarles que se apartaran de su cuerpo, especialmente los dos ingenieros. Se dio cuenta del momento en que todos vieron su cadáver.

Los porteadores dieron un paso atrás con la espalda y los hombros rígidos. Desde donde estaba el cuerpo de Capa veían lo que quedaba de Nadeshiko. No cabían dudas de lo que había ocurrido.

Seishiro se inclinó hacia adelante y vomitó una y otra vez. Hideki tuvo arcadas y se dio la vuelta apretándose la boca con las manos. Sakura sintió el momento exacto en el que ambos volvieron sus miradas horrorizadas hacia ella. Se negaba a mirarlos. Si se quedaba muy quieta su mente no estallaría y su corazón destrozado se mantendría dentro de su cuerpo. Los chillidos de su cabeza se quedarían allí, encerrados para siempre. Seishiro se levantó lentamente, miró una vez más la maleza y rápidamente apartó la mirada. Se dirigió lentamente hacia Sakura y se quedó un momento en silencio antes de aclararse la garganta.

—Siento lo que le ha pasado a tu madre, Sakura.

No podía mirarlo. Asintió con la cabeza, y apretó las manos más profundamente en la tierra. Estaba tan paralizada que lo único que podía sentir era la sensación de la tierra en su piel.

Ichigo se acercó arrastrando los pies igual de torpe, pero con buena intención.

—Lo siento, Sakura. No hay palabras. Esto es terrible.

Una vez más ella asintió con la cabeza incapaz de responderles. La tierra estaba sacándola del borde del desastre. No podía perder completamente el control. Tenía que encontrar una manera para que su cerebro funcionase y pensar qué era lo siguiente que iba hacer.

Los cuatro porteadores recogieron el cadáver de su primo y se lo llevaron a lo más profundo de la selva.

—¿Qué estáis haciendo? —preguntó Yue a Miguel.

—Lo van a enterrar adecuadamente —dijo Miguel—. A nuestra manera. Nos ocupamos de...

Cuando los tres guías se acercaron a Nadeshiko, todo el cuerpo de Sakura se rebeló. Incluso la Tierra debajo de ella pareció protestar violentamente con un pequeño temblor. El suelo se estremeció, se levantó unos centímetros y le transmitió sus vibraciones a través de su cuerpo. Ella «sintió» su protesta inmediata y con ella recuperó la necesidad de actuar, de moverse rápidamente, de hacer algo..., pero no estaba demasiado segura de qué tenía que hacer.

—No dejes que la toquen —suplicó—. Yue, no pueden tocarla.

Miguel se giró hacia ella con los ojos llenos de tristeza.

—Nosotros no queríamos que esto sucediera, Sakura. Nunca quisimos que su madre muriera. Capa no era él mismo. Era un hombre amable con una esposa y un hijo. Nunca le hubiera hecho daño a alguien si no hubiera estado fuera de sí. Tenemos que dar a su madre un entierro digno a la manera de su gente.

Ella sabía que el guía era sincero. Lo percibió en su voz y lo vio en su rostro, pero una fuerza más profunda la movilizó. El cuerpo de su madre no podía ser tocado. Sakura se obligó a ponerse en pie y sacudió la cabeza. Su cuerpo se sentía débil y sus piernas parecían de goma, pero tenía que levantarse. Bajo sus pies, la Tierra la impulsaba a salir de su estupefacción.

—No dejes que nadie la toque —repitió mirando a Yue por encima de Miguel. Se obligó a mirar al guía a los ojos—. Tenemos nuestros propios métodos, Miguel, y yo debo atenderla.

Encontraba un poco aterrador acercarse a ese horrible lugar lleno de sangre y muerte delante de todos ellos, pero había que hacerlo, aunque le diera un ataque de nervios. No tenía idea de lo que debía hacer, pero el impulso que sentía ahora era muy potente y la empujaba a moverse.

Seishiro e Ichigo dieron un paso atrás silenciosamente para permitirle acercarse lentamente al cuerpo de su madre. Sakura fue consciente del silencio que se produjo una vez más en el grupo. Los dos estudiantes, que estaban ocupados desinfectándose sus propias heridas y las de su profesor, se detuvieron para mirarla aproximarse a la maleza manchada de sangre.

—Dinos lo que necesitas, Sakura —dijo Eriol acercándose a su lado—. Te ayudaremos.

No estaba del todo segura de lo que necesitaba, pero asintió ligeramente y esperó un momento antes de mirar a su madre. Se acercó con cautela, armándose de valor para ver el cuerpo mutilado de Nadeshiko. Eso no era su madre, se recordó, solo la envoltura que dejaba atrás. Su madre ya se había ido y estaba una vez más con el hombre al que había amado tanto durante tantos años.

El viento le rozó la cara mientras se acercaba a la densa maleza, y le pareció que unos dedos reconfortantes le limpiaron las lágrimas de los ojos. Levantó la cabeza, elevó la barbilla, respiró profundamente y permitió que su mirada se moviera muy lentamente, centímetro a centímetro, entre la maleza oscura. Su estómago se revolvió y se quedó sin aliento. Tenía un nudo en la garganta que amenazaba con estrangularla. El suelo se movió otra vez, animándola suavemente para que siguiera.

Profundamente debajo de la espesa vegetación, Sakura sintió el tamborileo del latido de la Tierra. Se le aceleró el pulso... y se acompasó con ese ritmo firme y reconfortante. Sintió un hormigueo en las venas que recorrió su cuerpo conectándola con el planeta en que vivía. La flora y la fauna a su alrededor aportaba vida al aire con el que llenó sus pulmones. Dentro de ella sintió que algo se movía, se despertaba y tomaba conciencia. Con cada paso vacilante que daba hacia el lugar del asesinato lleno de muerte, estaba más segura de lo que tenía que hacer.

Sus venas latían y ardían atravesadas por una corriente de electricidad que recorría rápidamente su cuerpo hasta que comenzó a sentir que su sangre corría igual que la savia de las hojas de los árboles, pues estaba conectaba con toda la naturaleza. Como un dragón dormido que despierta por primera vez, la energía se extendió por su cuerpo y se apoderó de todas sus células a su paso. Su mente se llenó de imágenes de una vida no vivida o que conocía previamente, pero tan familiares que lo reconocía todo como si esa conciencia hubiera estado siempre allí, grabada en su cerebro y simplemente esperaba el momento de ser despertada.

Sakura hizo una pausa y se quedó paralizada para absorber mejor los monumentales cambios que se estaban produciendo rápidamente en su cuerpo y su mente. A su alrededor los demás parecían desvanecerse contra el fondo, aunque todos sus sentidos parecían agudizarse. El aire estaba cargado de humedad. Le dejaba gotas esparcidas en la piel, y sus pulmones respiraban pesadamente. Bajo sus pies el suelo se movió otra vez animándola a seguir adelante. Sabía exactamente lo que tenía que hacer..., limpiar el cuerpo de su madre, consagrarla y prepararla para que regresara a la Madre Tierra. Nadeshiko era una hija de la Tierra prestada por un corto tiempo, y tenía que ser devuelta con reverencia y agradecimiento.

Tendría que establecer las cuatro esquinas y llamar a los elementos y puntos cardinales que unían las energías, pero primero había que honrar a su madre purificando y limpiando su cuerpo. La sangre que empapaba el suelo ya no la mareaba. Por todas las partes donde había llegado el líquido oscuro de la vida, la tierra absorbía su riqueza, la vida de su madre, y se recargaban y enriquecían en el ciclo del renacimiento.

Sakura levantó sus manos al cielo, llamó a la humedad y atrajo hacia ella unas grandes gotas de agua. La lluvia respondió y una fina llovizna cayó sobre los restos del cuerpo de su madre. La lluvia se mezcló con su sangre, y pareció cobrar vida al caer arrastrada por las gotas de agua a través de las hojas y las ramas para rodar hasta el suelo y filtrarse lentamente a lo más profundo de la tierra. Cuando la última gota de sangre desapareció del suelo, Sakura llamó a las corrientes de aire que se arremolinaban entre la vegetación y estaban esperándola para que utilizara ese elemento. La lluvia cesó cuando el viento rodeó su cuerpo y como un ventilador secó los restos de Nadeshiko.

Muy profundamente sintió un ardor provocado por esa corriente eléctrica que buscaba la luz, y entonces extendió las manos hacia su madre y realizó un intrincado dibujo en el aire. Estaba absolutamente segura de todos los movimientos y no dudaba. El dibujo cobró vida y una tenue y etérea llama azul quemó los restos y desapareció al instante.

Entonces se agachó y recogió tierra.

—Madre Tierra, te estoy devolviendo a tu hija. Te doy las gracias por el don de la vida. Los años de felicidad. El servicio a la humanidad.

Mientras murmuraba esas palabras dejó que la fértil tierra se llevara los restos de Nadeshiko.

Sakura miró al Norte e invocó al poder del Aire. Cuando las corrientes de aire una vez más comenzaban a girar en torno a ella, se dirigió al Sur, invocando al poder de la Tierra. El suelo respondió, tembló y cobró vida. Se volvió hacia al Este e invocó al Fuego, y la zona que rodeaba el cuerpo de su madre quedó marcada por una pequeña hoguera. Después se puso cara al Oeste e invocó a la fuerza del Agua para purificarla y renovarla.

Las manos de Sakura de nuevo comenzaron a realizar un dibujo en el aire, como si fuera una directora de orquesta, mientras murmuraba unas palabras suaves y poderosas.

—Aire, Tierra, Fuego, Agua, escuchad mi oración. Mirad cómo una hija observa a vuestra hija esta noche. Ayudadla a sanar esta difícil situación. Haced que el Fuego lo limpie todo. Haced que el Aire limpie las energías negativas. Que el Agua limpie su pira y la Tierra traiga renovados deseos. Aire, Tierra, Fuego, Agua, dibujad un anillo de energía natural. Círculo redondo y tres veces cerrado, llevad a vuestra hija ante la Madre Tierra. Aceptad que vuestra hija vuelva esta noche y sostenedla siempre con mucha fuerza. Que nadie perturbe este lugar y que en este círculo mi madre encuentre la paz. Tanto arriba como abajo.

La Tierra respiró hondo. Sakura lo sintió. Lo oyó. Era la respuesta a su devoto ritual. El suelo tembló. Se onduló. Cobró vida. En todas partes donde había habido coágulos y salpicaduras de la sangre de Nadeshiko que se habían filtrado profundamente, aparecieron de golpe flores y plantas verdes, que atravesaban el fértil suelo y salían hacia el cielo. Una vez más el suelo se estremeció. Debajo del cuerpo destrozado, el suelo de la selva se agrietó y arrastró los restos de Nadeshiko a través de sus hendiduras más profundas. Apareció burbujeando una arcilla negra muy rica en minerales, y, con ella, un estallido de brotes verdes atravesó la Tierra para alcanzar el cielo.

No quedó ni rastro de Nadeshiko, ni de la carnicería que sufrió. Las plantas eran tan gruesas en todo el terreno que formaron una hermosa gruta, y justo en medio de un mar de flores nocturnas con forma de estrella apareció la ofrenda de la Madre Tierra... el collar de su madre. La joya había sido transmitida de generación en generación, y Nadeshiko nunca se la había quitado desde la muerte de su madre.

Sakura puso cuidadosamente un pie delante del otro, rodeó el lugar de descanso de su madre y permitió que la paz se filtrase por sus huesos. Se sumergió en ese campo de flores blancas, y puso sus manos a cada lado del regalo que le había dejado su madre. Los tallos y los pétalos se levantaron hacia ella. El suelo se movió, tembló a su alrededor y le dio la bienvenida.

La conexión la golpeó como una bola de fuego que arrolló su cuerpo y se desplegó por su cerebro. Era la Tierra que se acercaba a ella para dar la bienvenida a su hija y compartir sus dones. Rápidamente adquirió un conocimiento que se extendió a través de sus venas, por sus huesos y presionó cada una de sus células. Sintió los latidos del corazón del centro del planeta, y escuchó los susurros de la verdad y la creación. Las plantas cercanas la alcanzaron para rodearla con sus zarcillos y poder tocarla. Los árboles se doblaron sin viento y bajaron hacia ella para honrarla. Después le llegó un viento que le sopló aire fresco en su cara caliente.

La tierra fluía por sus dedos desnudos, y mientras lo hacía, su terrible dolor se aliviaba. El nudo que ardía en su garganta se aflojó y le dio tregua. Cuando sus dedos se estaban hundiendo profundamente buscando la última conexión con su madre, sintió una vibración en el suelo, un eco sutil del mal. El lugar de descanso consagrado de su madre apartó ese susurro, que era el último jadeo del mal, pero a Sakura se le revolvió el estómago. Todo lo que su madre le había contado de su pasado y el volcán era cierto. Pero un triunfo impregnaba el suelo, alguien se alegraba de que su madre hubiera sido brutalmente asesinada permitiendo que el mal reapareciera una vez más y vagara libremente alimentándose de inocentes.

El corazón de Sakura dio un vuelco. El mal se volvió a desvanecer en el volcán. Una sensación de urgencia se apoderó de ella. Tenía que llegar a la montaña y sellarla antes que cualquier cosa monstruosa que mantuviera prisionera pudiera escapar. Rápidamente sacó las manos de la tierra, y volvió la cabeza para mirar la montaña humeante.

Sakura se agachó sobre la cama de flores blancas con forma de estrella y levantó la reliquia familiar de las plantas, un regalo hecho por la Madre Tierra a su antepasada muerta hacía mucho tiempo. Sus dedos temblaron cuando pasó la yema de su pulgar sobre la fina joya de plata que tenía la forma de un enorme dragón con ojos de ágata ardiente. Sus garras sostenían una esfera de obsidiana. Miró fijamente la pieza, recordando todas las veces en que su madre se la había mostrado, escondida como un tesoro alrededor de su cuello, protegida por debajo de su ropa. La fina cadena se había perdido, de modo que se la guardó en un bolsillo que cerró con una cremallera.

Eriol le tendió una mano y ella dejó que la ayudara a levantarse. Por primera vez miró a su alrededor a sus compañeros de viaje. Todos tenían caras compasivas y la observaban con atención. Se dio cuenta de que la selva les había tapado la vista de lo que había estado haciendo. Las ramas se habían estirado, así como los arbustos y los árboles, para ocultar el ritual de purificación de las miradas curiosas.

—Tenemos que limpiarte esas heridas —dijo Eriol.

—Me tengo que ir —contestó ella—. No hay tiempo.

Eriol negó con la cabeza.

—Sabes que no puedes correr riesgos. Desinfecta las picaduras y los arañazos, mientras nosotros lo recogeremos todo para seguir adelante.

Los demás fueron desfilando uno a uno delante del lugar de descanso de Nadeshiko, tocando el hombro a Sakura, o asintiendo con la cabeza hacia ella murmurando una oración. Los tres guías realizaron su propio ritual. Sakura, que al igual que Eriol, tenía las heridas de la batalla convertidas en vetas de fuego, miró a los porteadores.

—No fue culpa de Capa —dijo Sakura—. No fue culpa suya.

Miguel se volvió para mirarla.

—Gracias por decir eso.

—¿No sientes la diferencia? El zumbido horrible ha desaparecido —señaló Sakura—. Ay. —Apartó la mano de Eriol. Él la ignoró y continuó aplicándole el líquido que ardía—. ¿No te sientes más ligero? El terror se ha ido. Toda la tensión. Acaban de morir dos personas y tendríamos que estar muy tensos, pero, en cambio, esa horrible sensación de que era inminente que ocurriera algo malo ha desaparecido.

Hideki, que estaba cerca, le respondió:

—Yo también lo advertí. El profesor y sus alumnos quieren regresar. Y el volcán sin duda está despertando. Yo no sé cuánto tiempo vamos a tener antes de que se despierte, y no nos gustaría estar cerca de cuando explote.

Sakura negó con la cabeza.

—Pueden volver, pueden hacerlo todos, pero yo tengo que seguir adelante y llegar rápido. No hay tiempo que perder.

Hideki frunció el ceño.

—El volcán es un problema real que no podemos pasar por alto, Sakura.

—No puedo explicarlo, pero no tengo elección. Si es necesario voy sola. He estado en esta misma montaña varias veces y puedo encontrar el camino si hace falta. —Ya no le sorprendía que fuera verdad. Observó las nubes que se arremolinaban—. La noche está cayendo rápidamente. Tenemos como una hora, y vamos a tener que darnos prisa y cruzar una selva muy densa.

Eriol y Yue intercambiaron una larga mirada cómplice. Sakura no les iba a preguntar nada. Ambos sabían, al igual que ella, que cualquiera que fuera el mal que estaba atrapado en la montaña, escaparía si no lo detenía. Aceptaban la verdad, igual que ella. A Sakura no le importaba que supieran cosas de antemano y no lo dijeran. Iba a subir la montaña y nada iba a detenerla.

— Seishiro e Ichigo también quieren regresar —dijo Hideki.

—Los porteadores tampoco quieren ir. —Se defendió Seishiro un poco beligerante—. Un par de ellos parece que ya se han largado. Dos no regresaron después de enterrar al otro.

—La tierra tiembla constantemente —dijo Ichigo señalando lo evidente—. No hay duda de que se va a producir una explosión de manera inminente. Tenemos que alejarnos lo más rápido posible de esta montaña.

Sakura asintió.

—Estoy completamente de acuerdo. Todos ustedes deben salir de aquí lo antes posible. Yo no tengo otra opción. Subo a la montaña. —Empujó a Eriol al pasar junto a él llena de fuerza y determinación—. Me voy ahora. No tengo tiempo para discutir con todo el mundo.

Miguel dejó escapar el aliento.

—Yo te llevo. Mis hermanos pueden acompañar a los demás para que regresen.

Sus dos hermanos movieron la cabeza en señal de protesta.

Miguel movió su mano hacia el lugar de descanso de Nadeshiko.

—A ella le fallé. Pero no voy a fallar a su hija.

Yue levantó su mochila y la hizo girar sobre su espalda.

—Voy contigo.

Eriol también se puso su mochila silenciosamente. Hideki hizo lo mismo.

Seishiro maldijo farfullando y no solo levantó su mochila, sino que se agachó y recogió la de Sakura también.

—Voy a llevar esto un rato.

Ichigo negó con la cabeza.

—¿Estás loco? Maldita sea, Seishiro, vamos a morir si la montaña estalla. Tenemos que salir corriendo lo más rápido que podamos en dirección opuesta.

Seishiro se encogió de hombros.

—Hagámoslo y después bajamos corriendo como alma que lleva el diablo.

—Coge el ritmo, Miguel —ordenó Yue—. Queremos llegar a la base de la montaña antes de que caiga la noche si es posible.

Miguel levantó una mano hacia sus hermanos y comenzó a andar sin decir nada. El profesor y sus dos alumnos se quedaron con los otros dos guías y dos porteadores que discutían acaloradamente entre ellos. En el último momento, Héctor cogió un paquete de suministros, corrió detrás de Miguel y dejó a su primo sacudiendo la cabeza. Seishiro e Ichigo siguieron al porteador y al guía.

Yue se unió a ellos por detrás después de despedirse del arqueólogo y sus alumnos con un gesto de la cabeza.

Sakura cogió la mochila de su madre y se la colgó tranquilamente en los hombros. No se había dado cuenta de lo golpeado y magullado que estaba su cuerpo después de la paliza que le habían dado los monos. Siguió detrás de Yue.

—Buena suerte —dijo Eriol a los demás y se puso detrás de Sakura, claramente preparado para protegerla.

Ella no miró hacia atrás. La sensación de urgencia se hizo mayor a pesar de que se dio cuenta de que todo a su alrededor había cambiado. Su concentración. Su conciencia. Sus pies parecían encontrar el camino correcto por su cuenta evitando todos los peligros. La selva respiraba para ella y le suministraba oxígeno para mejorar su capacidad de moverse rápidamente a través de los estrechos senderos. Antes de hacer cualquier giro, ya sabía lo que le esperaba. Sentía la selva viviendo en ella, que la consolaba con susurros, le entregaba información y la asesoraba.

Iban a un ritmo muy rápido cuando los temblores aumentaron en frecuencia e intensidad justo en el momento en que comenzaba a caer la noche. Sin embargo, el grupo estaba tranquilo y avanzaba a buen ritmo como nunca antes. Sakura sentía como si fuera parte de cada uno de los viajeros que se abrían camino a través de la enmarañada selva.

Detrás de ella, en la retaguardia, percibía a Eriol, tranquilo, firme y vigilante, siempre alerta y dispuesto a todo, igual que Yue, que iba delante de ella. Hideki se movía bien en la selva, sus zancadas eran seguras y su actitud confiada. Seishiro e Ichigo estaban muy lejos de ser así. Ambos estaban nerviosos y luchaban contra el accidentado terreno, aunque lo intentaban. Estaban fuera de su elemento.

Sin embargo, Miguel, a pesar de estar familiarizado con el camino y los peligros de toda la zona, irradiaba miedo. Todas las plantas trepadoras, ramas o maleza que le bloqueaban el camino se encontraba con el golpe limpio de su enorme machete negro con el que eliminaba los obstáculos. Sakura sentía de una manera tan intensa cada vez que cortaba las largas enredaderas que casi podía percibir los movimientos de aire que producían al caer al suelo de la selva. La vegetación intentaba evitar el machete mediante unas sutiles vibraciones que enviaba a las plantas que estaban más adelante.

Entonces comenzó a susurrar suavemente en voz baja pidiendo perdón por estar haciendo un sendero. Tenían que darse prisa. No había tiempo para evitarlo, o incluso podría perderse la propia selva. Tenía que abrirles un camino, y dejar que lo atravesaran.

Sakura respiraba aceleradamente. ¿Cuántas veces había oído a su madre susurrando con su voz suave y cantarina mientras avanzaban con sus mochilas a través de la selva? Cada paso la conectaba con la Tierra, y se sentía más unida y más cerca de ella, más consciente de los recuerdos.

Tocó la punta de una rama cortada de manera casi reverente. Ya le había salido un líquido de color claro que tocó con las yemas de los dedos. El sustento vital de la planta era frío y pegajoso, y al tocarlo una especie de calma se apoderó de su mente, ayudándola a concentrarse en lo que tenía que hacer. Ponía un pie delante del otro dejando que su mano se entretuviese en mantener el contacto con las plantas hasta el último momento posible. Sintió el cambio dentro de ella. Sus pulmones apretados se habían relajado y podía respirar con fuerza el aire fresco. Dejó que las plantas absorbieran gran parte de su carga de dolor y del miedo que tenía por lo que estaba por llegar.

Los temblores continuaron y ella tenía la sensación de que la urgencia era extrema y que tenían que ir más rápido. Además, tomó conciencia de que su guía estaba cada vez más asustado. Miguel sabía lo que significaban los temblores... una erupción inminente. Era el responsable de los viajeros y sentía que había fallado a Nadeshiko. Poco a poco había ido cambiando la dirección de manera tan sutil que casi no se notaba, pero ahora el sentido de Sakura para encontrar su objetivo era muy preciso, igual que el mapa que tenía en la cabeza, que la llevaba a la posición exacta donde tenía que estar.

No culpaba a Miguel. ¿Cómo hacerlo? Él guía sentía el peso de la responsabilidad y la culpa. Sakura tuvo un recuerdo de niña cuando en uno de sus viajes una tormenta furiosa azotó con fuerza el refugio que el guía había levantado a toda prisa para ellos. Ella estaba protegida por el fuerte abrazo de su madre que le cantaba suavemente para que no llorara.

Ese recuerdo largo tiempo olvidado le hizo saber lo que tenía que hacer. Comenzó a cantar esa canción suavemente en voz muy baja, apenas un susurro, recordando la letra y la melodía que había escuchado en ese viaje que casi había olvidado. Su madre cantaba esa canción cuando llovía mucho y tenían que correr por senderos embarrados. La letra de la canción se consolidó en su mente.

No pasó mucho tiempo antes de que los otros empezaran a ir más lento para acercarse y escucharla mejor. Sakura aceleró el ritmo, pasó por delante de Yue y le tocó un hombro. Él asintió muy consciente de lo tranquilizadora que era su dulce voz, aprobando lo que estaba haciendo.

Sakura siguió avanzando, aceleró el ritmo, y fue pasando junto a cada viajero cantando suavemente. Al tocarlos aliviaba sus cargas y se incrementaba su confianza y su fuerza. Llegó hasta Miguel. Era evidente que había hecho un gran esfuerzo para sacarlos del camino que debían seguir. Su culpa era tangible, pero ella solo sentía pena por él. Entendía su necesidad de protegerlos, y que desafiara su ira intentando alejarlos a una distancia segura del volcán.

Se puso delante de él aunque su canción ya no era más que un leve zumbido. Entonces levantó las manos y dibujó algo en el aire cantando a la selva. El camino se abrió gracias a que las hojas y las ramas se hicieron a un lado para permitir que avanzaran más rápido. Bajo sus pies el suelo la animaba para que se diera prisa. La sensación de que era necesario hacerlo se hizo más intensa hasta que la absorbió por completo. Se dio cuenta de que se había producido un gran silencio, como si los insectos estuvieran conteniendo la respiración a la espera de su llegada. Sentía la presión que se desarrollaba bajo sus pies.

Como si todos los demás estuviesen atrapados en esa sensación de urgencia que ella estaba sintiendo, doblaron la velocidad mientras seguían con los pies el ritmo de su canción. Justo cuando estaban llegando a la base de la montaña la tierra tembló con más fuerza y durante más tiempo, e hizo que todos cayeran al suelo de la selva. Sakura clavó las manos en el suelo y sintió su enorme fuerza y su tremendo calor. Instantáneamente tomó conciencia que el mal estaba triunfando y subía como una marea junto a los gases.

Levantó la vista hacia Yue con los ojos afligidos.

—Llego demasiado tarde. Es demasiado tarde.

...

Espero que les haya gustado el capitulo...

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Nos leemos pronto