Soy una adicta a los extras y las continuaciones, lo confieso. Llevaba días mirando de reojo los números de esta historia, que para mí son una auténtica locura. Escribo esto un 1 de abril, un año justo después de terminar de publicar esta historia, y tiene mas de 78k lecturas en wattpad y 10k me gusta. Y más de 21.000 lecturas en fanfiction. Debo decir que nunca lo esperé y que sigue sorprendiéndome y estoy muy muy agradecida por el calor recibido. Y bueno, quería haceros un regalo.
Un regalillo doble, siguiendo la línea del epílogo, un pequeño extra para cada opción de final, partiendo de la misma escena, diez años después de lo último que os conté.
19/3/08
— Buenos días —le saludó la voz ronca de su marido.
Severus se giró en la cama y miró los ojos de color tormenta. Sonrió cuando los dedos fuertes y callosos le tomaron del mentón para besarle brevemente.
— Buenos días —respondió, tomando su mano.
— Feliz aniversario. Veinte años, Sev. ¿Dónde se han ido?
Entrelazaron sus dedos y Severus unió sus frentes.
— No los cambiaría, ni un día —le contestó.
— ¿Incluidas las túnicas sucias en el suelo del baño? —bromeó Sirius, recordando sus discusiones por el orden doméstico—. ¿Y los pelos de perro?
— Eso es discutible. Pero aún así te quiero, Sirius Black. Aunque haya días que me pongas de los nervios.
Sirius rió fuerte, una de esas carcajadas roncas que hacían que a Severus se le erizara la piel.
— Yo también te amo. ¿Desayuno?
Recibió una ceja levantada a cambio. Y un beso, y otro, y otro…
Sirius estaba eligiendo el vino para la cena cuando sintió unos pasos mesurados bajando las escaleras de la bodega.
— Para ser el primero de tu promoción en ser jefe de escuadrón, eres ruidoso como un elefante, hijo —bromeó, dejando dos botellas sobre la mesa para abrazar a su sobrino.
Draco sonrió y le palmeó con cariño la espalda al devolverle el abrazo.
— Feliz aniversario, tío Sirius —murmuró.
— Gracias. Te has cortado el pelo — observó, revolviéndoselo con una mano como hacía de niño.
— Bueno, con dos melenudos en la familia ya es suficiente. Alguien tiene que parecer bien peinado en las fotos.
Su tío rió y le pasó el brazo por el hombro antes de separarse para subir la estrecha escalera. Las bromas capilares eran una cosa habitual, los dos hermanos se habían pasado su adolescencia emulando a sus padres biológicos, Draco dejándose el pelo largo y Harry yendo siempre como si tuviera un nido en la cabeza. Severus seguía teniendo su perfecto pelo negro, sin una maldita cana, mientras que su desastrada melena rizada era más gris que negra, así que Harry y él eran el objeto de muchas bromas por parte de Severus y Draco.
Entraron al comedor familiar y encontraron a Astoria riendo con Severus, una estampa recurrente. La muchacha se había metido al padre de su novio en el bolsillo cuando luchó los primeros meses contra sus padres por su relación, siempre con una sonrisa en los labios. Su suegro seguía siendo serio y sombrío, solo ella era capaz de hacerle reír así de relajado.
— ¿Cómo está mi sanadora favorita? —preguntó, besándole la mejilla al pasar.
Astoria miró a su marido con una sonrisa y una mirada interrogante. Draco negó levemente, sonriendo también.
— Queremos contaros una cosa.
Sirius miró a Draco y después a Astoria. Se acercó a su marido y tomó su mano, sintiendo la tensión de Severus.
— Seremos padres antes de acabar el año —continuó Astoria, con una sonrisa aún mayor.
— ¿Vas a llorar, tío Sirius? —preguntó Draco con una sonrisa tensa—. Estás poniendo la misma cara que hace un mes cuando nos lo dijo Harry.
— Creo que estoy en mi derecho a llorar, no todos los días se convierte uno en abuelo. Y me hacéis esto sin haber cumplido los cincuenta, maldito —gruñó Sirius.
— Pensaba que ya te habrías hecho a la idea, no es una novedad.
Se hizo un pequeño silencio. Harry y Ginny habían anunciado en febrero que esperaban gemelos. Draco había respondido con frustración al sencillo comentario de Ginny de que era algo inesperado, porque apenas llevaban intentándolo desde septiembre, mientras que Draco y Astoria llevaban cinco dolorosos años tratando de ser padres.
— Draco, para nosotros es una gran noticia, hemos sido muy conscientes estos años de lo importante que era para vosotros. Y lo hemos sufrido igualmente. Nunca ha sido una competición —le reprendió Severus con voz suave—. Nos alegramos mucho por vosotros, Astoria.
La sanadora se acercó a abrazar a sus suegros, feliz. Draco tardó un poco más, sosteniéndole la mirada a su padrino con los labios apretados. Finalmente, asintió, sonrió, y se dejó abrazar también.
Unos minutos de charla más tarde, la chimenea sonó y Harry y Ginny salieron, llevando una tarta.
— ¡Feliz aniversario! —felicitó ella con una sonrisa— Mamá os manda una tarta.
Intercambiaron abrazos, felicitaciones y comentarios. Sirius se llevó la tarta a la cocina y Severus fue con las chicas a ver las mejoras que habían hecho en el jardín, dejando solos a los dos hermanos.
— ¿Cómo va todo? —preguntó Draco con cuidado, después de casi un mes sin hablar con Harry, seguramente el periodo más largo de su vida juntos.
— Bien. ¿Ya me hablas?
Draco se pasó la mano por el pelo recién cortado y la posó en la nuca. Miró a su hermano adoptivo avergonzado.
— Lo siento, Harry. Fue injusto por mi parte enfadarme en lugar de alegrarme por vosotros.
Harry dio un paso hacia él.
— Lo entendí. Pero esperaba que tú también lo entendieras y sin embargo ha pasado un mes —respondió con voz ronca—. Tú no eres así, estos no somos nosotros si no podemos arreglarlo.
— Yo… —Draco parpadeó y Harry supo que trataba de evitar dejarse llevar por sus emociones— Astoria está embarazada, hermano. Y cuando lo supimos la primera persona a la que quería llamar era a ti. Necesito que me perdones.
Harry no dudó, se acercó y le abrazó fuerte. Draco sollozó y le echó los brazos al cuello, cerrando los ojos.
— Vamos a ser padres. Es increíble —murmuró.
— Nuestros padrinos van a ser abuelos. Eso sí que es increíble —respondió Harry con humor.
Una carcajada interrumpió los sollozos y Draco se separó despacio, frotándose los ojos.
— Estoy feliz por vosotros, Draco. Mucho —insistió Harry, apretándole el hombro con una sonrisa.
— Gracias, hermano. Vayamos a por una copa de vino, es un día para celebrar.
Y salieron del comedor con el largo brazo de Draco pasado sobre el hombro de Harry.
El 50 cumpleaños de Sirius llegó en medio del caos. Tres niños gateando o dando sus primeros pasos, pañales, mocos, cólicos y encías doloridas. Eran ya más de las nueve cuando Sirius se sentó en el brazo del sillón que ocupaba Severus, con un dormido Scorpius en sus brazos.
— ¿Imaginaste alguna vez cuando adoptaste a Harry que acabaría haciéndote abuelo? —preguntó su esposo.
Sirius miró a los gemelos que jugaban con Harry en la alfombra frente al fuego.
— En aquel momento solo había sitio para la pena de la pérdida y el pánico de no tener ni idea de donde me metía —contestó, serio—. Ni en mis mejores sueños habría esperado tener una familia. Fue una suerte que Albus me detuviera y me pusiera a Harry en brazos, yo realmente quería ir a por Peter y descuartizarlo.
— Ser padres lo cambió todo, para bien o para mal —reflexionó Severus, mirando a Draco, que hablaba con Andrómeda y Ted a unos metros, sentados aún a la mesa.
— Cincuenta años y tres nietos. Espero que a Harry no le dé por emular a los Weasley —bromeó Sirius.
— Bueno, lo que venga será bienvenido, como siempre.
— Qué actitud tan zen, Severus.
Los ojos oscuros se volvieron hacia él, con una media sonrisa.
— Funcionó contigo. Te di la bienvenida y no me arrepiento, abuelo Sirius. Aunque esta mañana haya vuelto a encontrar unos calcetines sucios bajo la cama.
— Tu pulcritud deprime a Kreacher, necesita estímulos, se hace viejo.
Severus rió, despertando a su nieto, que se frotó los ojos. Lo meció un poco, canturreando por lo bajo, sin separar los ojos de la pequeña nariz y el cabello rubio. A su lado, su marido sonrió con ternura, le besó la mejilla y se alejó para sentarse en la alfombra a jugar con los pequeños Potter.
19/3/08
— Buenos días —le saludó la voz ronca de su marido.
Severus se giró en la cama y miró los ojos de color tormenta. Sonrió cuando los dedos fuertes y callosos le tomaron del mentón para besarle brevemente.
— Buenos días —respondió, tomando su mano.
— Feliz aniversario. Veinte años, Sev. ¿Dónde se han ido?
Entrelazaron sus dedos y Severus unió sus frentes.
— No los cambiaría, ni un día —le contestó.
— ¿Incluidas las túnicas sucias en el suelo del baño? —bromeó Sirius, recordando sus discusiones por el orden doméstico—. ¿Y los pelos de perro?
— Eso es discutible. Pero aún así te quiero, Sirius Black. Aunque haya días que me pongas de los nervios.
Sirius rió fuerte, una de esas carcajadas roncas que hacían que a Severus se le erizara la piel.
— Yo también te amo. ¿Desayuno?
Recibió una ceja levantada a cambio. Y un beso, y otro, y otro…
Sirius estaba eligiendo el vino para la cena cuando sintió unos pasos mesurados bajando las escaleras de la bodega.
— Para ser el primero de tu promoción en ser jefe de escuadrón, eres ruidoso como un elefante, hijo —bromeó, dejando dos botellas sobre la mesa para abrazar a su sobrino.
Draco sonrió y le palmeó con cariño la espalda al devolverle el abrazo.
— Feliz aniversario, tío Sirius —murmuró.
— Gracias. Te has cortado el pelo — observó, revolviéndoselo con una mano como hacía de niño.
— Bueno, con dos melenudos en la familia ya es suficiente. Alguien tiene que parecer bien peinado en las fotos.
Su tío rió y le pasó el brazo por el hombro antes de separarse para subir la estrecha escalera. Las bromas capilares eran una cosa habitual, los dos hermanos se habían pasado su adolescencia emulando a sus padres biológicos, Draco dejándose el pelo largo y Harry yendo siempre como si tuviera un nido en la cabeza. Severus seguía teniendo su perfecto pelo negro, sin una maldita cana, mientras que su desastrada melena rizada era más gris que negra, así que Harry y él eran el objeto de muchas bromas por parte de Severus y Draco.
— Harry y Severus tardarán unos veinte minutos —comentó, dejando las botellas de vino sobre la mesa — ¿Quieres una copa de vino?
Draco asintió y se sentó en un extremo de la mesa aún sin poner. Agradeció la copa con un movimiento de cabeza y dio un pequeño sorbo antes de hablar.
— Quería comentar algo contigo.
Sirius se sirvió una copa y se sentó frente a él.
— Te escucho.
— Harry y yo hemos comenzado el procedimiento para adoptar.
Su tío se atragantó y comenzó a toser. Draco no pudo evitar reír y golpearle la espalda.
— No debería pillarte por sorpresa, sabes que Harry ha dicho muchas veces que quería ser padre.
— Creo que estoy en mi derecho a alucinar, Draco, no todos los días se convierte uno en abuelo. Y me hacéis esto sin haber cumplido los cincuenta, malditos.
—Bueno, el proceso será lento, puede tardar —trató de tranquilizarlo su sobrino.
— Y supongo que me lo estás diciendo a solas porque necesitas algo y no quieres hablarlo delante de Severus. ¿Sabes que yo no miento a mi marido, verdad?
El joven auror sonrió, comprensivo. Sabía de sobra como era la dinámica en el matrimonio de sus padres adoptivos.
— Jamás te pediría que mintieras a Severus, Sirius. No se trata de nada malo, la abogada nos ha dicho que necesitamos cartas de recomendación. Tú eres mi jefe de casa, me pareció cortés hablar de esto contigo antes de nada. Y bueno, conozco a mi padrino y sé que aún ve amenazas por todas partes y que pensará que su participación podría perjudicarnos de alguna manera.
— ¿Queréis que nosotros os hagamos cartas de recomendación? —preguntó conmocionado.
— ¿Hay alguien mejor? habéis sido unos padres excelentes para nosotros.
— Joder, Draco…
— ¿Estás llorando, Sirius? —preguntó divertido Harry desde el marco de la puerta.
Los dos Black se giraron a mirar a hacia la puerta. Vestidos con las habituales túnicas oscuras de los pocionistas. Severus y Harry les miraban hombro con hombro, el más joven divertido, el mayor sorprendido.
— ¿Qué ocurre?
— ¿Se lo has contado? —interrogó Harry, sirviendo una copa de vino para él y otra para su Severus.
— Estaba en ello.
Harry dio un largo sorbo y se volvió hacia el otro pocionista.
— Hemos comenzado los trámites para adoptar.
Severus tardó un par de minutos en reaccionar. Pasó la mirada de uno a otro, los demás esperando a que dijera algo .
— ¿Estáis seguros? es una gran responsabilidad —comentó por fin con voz ronca.
— Sabes que es una decisión muy meditada. Nos gustaría tener la oportunidad de ser padres y ayudar a otros niños como vosotros nos ayudasteis a nosotros. Fuisteis lo mejor que nos podía pasar, Severus —le respondió Harry con voz un poco emocionada.
El pocionista mayor dejó con cuidado la copa sobre la mesa y abrazó sin dudar a su hijo adoptivo.
— Nos van a hacer abuelos, Severus —comentó Sirius, secándose los ojos y dando un largo sorbo.
— Bueno, tú ya tienes el pelo gris, Sirius, darás el pego —bromeó Draco, tratando de despejar la emoción en el ambiente.
— Cuidado, chaval —le amenazó su tío, sirviéndose otra copa—, aún puedo darte una zurra por respondón.
Los otros tres rompieron a reír por el fingido gesto severo y el dedo estirado hacia él, Sirius jamás les había puesto una mano encima, ambos padres sentían un profundo rechazo por los castigos físicos a los niños a consecuencia de sus propias infancias.
— Os ayudaremos en todo lo que podamos —aseguró Severus, acercándose a abrazar a su ahijado.
— Ya que lo dices, hay una cosa que quería hablar contigo…
Sirius tomó del hombro a Harry y salió con él del comedor, dejando a Draco convencer a Severus.
Draco entró corriendo en el laboratorio, agitando una carta. Severus y Harry estaban inclinados cada uno sobre dos calderos.
— ¡Ha llegado, Harry!
Su marido levantó la mirada de los calderos, sorprendido por la intrusión, era muy poco habitual ver a Draco tan alterado.
— ¿Qué es?
— El orfanato, nos envían la documentación final.
Harry se acercó y tomó la carta que temblaba en las manos de Draco. Abrió el sobre y sacó los papeles. Allí estaban, los documentos que acreditaban a Mark y June ya eran los hermanos Potter-Malfoy. Los repasó una y otra vez, las manos temblando también y los ojos llenos de lágrimas. Dos años de proceso, entrevistas, más entrevistas, cartas de recomendación, conocer a esos dos pequeños y pasar ratitos con ellos. Una tarde, luego dos, un domingo, un fin de semana. Y por fin, allí estaban. Sus hijos.
Se abrazó al cuello de Draco, llorando de un modo que Severus creía no haber visto jamás. Silencioso, puso los calderos en suspenso y salió de la sala, dejándolos solos. Fue a su despacho, tomó pergamino y escribió una nota para Sirius : "Somos abuelos". La ató a la pata de su lechuza y la observó alejarse con una sonrisa.
