Hola, chicas. Buenas madrugadas. Aquí traigo un nuevo capítulo, lo acabo de terminar de traducir, espero que lo disfruten.

Gracias por sus comentarios, todos y cada uno de ellos. En el próximo capítulo, contestaré sus reviews con calma. Gracias, bebesas.

Disfrútenlo.


V


En algún momento de aquella interminable noche, Orihime se puso de pie y palpó las paredes de la celda. Le dolía el tobillo a cada paso que daba. Era el recordatorio de todas las horas que había pasado subiendo las montañas cubiertas de nieve del exterior del castillo, y de la esperanza que había perdido con seis movimientos de una espada.

Su búsqueda de escapatoria fue infructuosa. No había ventanas ni ningún túnel por el que lanzarse, como si fuera Alicia en el país de las maravillas. En algún momento había perdido su teléfono móvil, aunque no pensaba que tuviera cobertura en el calabozo del castillo.

A medida que pasaba el tiempo, la oscuridad se cerró más y más a su alrededor. Sólo quería regresar a casa, pensó, mientras volvía a acurrucarse en el suelo. Quería olvidar aquella experiencia. Podía vivir con las voces a partir de aquel momento, viviría con ellas. Intentar silenciarlas le había costado muy caro, quizá, su trabajo. Su amistad con Asano. Seguramente, una parte de su cordura. Nunca volvería a ser la misma. La cara sin vida de Ichigo la perseguiría el resto de su vida.

―Oh dios ―gimió con la voz rota, mientras las lágrimas corrían por su mejilla.

«Por favor, dejad que me vaya», balbuceo una voz. «Por favor. Lo juro, nunca volveré»

«Yo tampoco», pensó ella.

―¿Has estado aquí toda la noche, mujer?

Pasó un momento hasta que Orihime consiguió orientarse. Aquella voz…, juraría que provenía del presente, no del pasado. Aquel sonido áspero y retumbante resonaba en sus oídos.

―Contéstame, Orihime

Pasó otro momento antes de que se diera cuenta de que era la voz que tenía grabada en la mente, aunque sólo la hubiera oído unas cuantas veces. Luchó por ver algo en la oscuridad, pero no encontró nada.

―Orihime, contéstame ―exigió de nuevo la voz.

―¿Ichigo? ―preguntó ella con voz temblorosa. No. no podía ser él. Tenía que ser un truco.

De repente, se abrió la puerta, y la luz iluminó la celda. Orihime parpadeó contra los puntos anaranjados que le nublaban la vista. Había un hombre en la entrada de la celda, una sombra alta y negra.

El silencio, un silencio dulce que sólo había conocido la noche anterior, la envolvió.

Apoyó las palmas de las manos contra el muro que había tras ella y se puso en pie muy despacio. Le temblaban las rodillas. Él no era…, no podía ser… No era posible. Aquello sólo ocurría en los cuentos de hadas.

―Contesta ―exigió la figura.

Había cierta violencia en su tono de voz en aquel momento, como si hablara con dos voces. Ambas oscuras, espesas y atronadoras.

Orihime abrió la boca para hablar, pero no pudo emitir ningún sonido. Aquella doble voz era gutural, turbulenta y, sin embargo, sensual. Ichigo. No se había equivocado. Estremeciéndose, se limpió las lágrimas de las mejillas con el dorso de la mano.

―No lo entiendo ―dijo. « ¿Acaso estoy soñando?»

Ichigo… No, el hombre ―porque aquél no podía ser Ichigo por mucho que parecieran sus voces―, entró en la celda. ¿Cómo podía ser aquello?

Un gemelo.

Abrió los ojos de par en par. Un gemelo. Claro. Por fin algo que tenía sentido.

―Han matado a tu hermano ―le dijo con la voz temblorosa.

―Yo no tengo hermanos ―respondió él―. No de sangre, al menos.

―Pero… pero…

«Ichigo se pondrá bien», le había dicho el hombre guapísimo. Ella sacudió la cabeza. Era imposible. Lo había visto morir. «Sin embargo, un ángel podía resucitar ¿no?». Se le formó un nudo en el estómago. Los hombres de aquella casa no eran ángeles, por mucho que lo creyeran los habitantes de la ciudad.

Él frunció el ceño.

―¿Te han dejado aquí toda la noche? ―preguntó, con una expresión cada vez más oscura, mientras miraba los alrededores de la celda―. Dime que te han dado mantas y agua, y que se las han llevado esta mañana.

Ella no podía parar de temblar.

―¿Quién eres? ―pregunto nerviosa―. ¿Qué eres?

―Ya sabes quién soy.

―Pero no puedes ser él. Mi Ichigo ha muerto.

―¿Tu Ichigo? ―preguntó él, y algo fiero brilló en su mirada―. ¿Tuyo?

Ella alzó la barbilla y sacando una terquedad que no conocía, se negó a responder.

Los labios del hombre se curvaron levemente hacía arriba, como si quisiera sonreír.

Alargó la mano y la llamó.

―Ven. Te lavarás, entrarás en calor y comerás algo. Después yo… te explicaré.

Aquel titubeo le dejó claro a Orihime que no iba a explicarle nada. Tenía otra cosa en la cabeza, y su tono de voz sugería que iba a ser intenso. Ella permaneció inmóvil. Estaba muy asustada.

―Deja que vea tu abdomen.

Él chasqueó los dedos.

―Vamos.

―No.

―Vamos.

Ella sacudió la cabeza.

―Voy a quedarme aquí hasta que me muestres el estómago.

―No voy a hacerte daño, Orihime.

―Tú no puedes ser mi Ichigo. Es imposible que seas él.

―Es la segunda vez que me reclamas como tuyo.

Aquella afirmación sólo la puso más nerviosa.

―Lo… lo siento.

No sabía que decir. Ichigo la había salvado de las voces, al menos durante un breve rato. Ella lo había visto morir. Estaban conectados. Era suyo. Por muy raro que sonara, incluso en su cabeza.

―No lo sientas ―dijo él, casi con ternura―. Soy Ichigo. Ahora ven.

―No.

Cansado de negativas, él se acercó.

―Te llevaré al hombro si es necesario, como hice anoche. Si me veo obligado a hacerlo, sin embargo, no puedo asegurarte que salgas de esta Elda con la ropa puesta. ¿Lo entiendes?

Extrañamente, aquellas palabras fueron embriagadoras, cuando deberían haber sido intimidantes. Eran reconfortantes, cuando deberían haber sido aterradoras. Sólo Ichigo sabía la forma en la que había llevado al castillo. La había bajado del hombro y la había tomado en brazos antes de entrar por la puerta y comenzar a gritar a sus asesinos.

―Por favor ―pidió―. Enséñame tu abdomen.

Finalmente, él suspiró.

―Parece que soy yo el que no va a salir de aquí con la ropa puesta. ―Tomó el bajo de su camisa negra y, lentamente, lo levantó.

―Querías mirar, así que mire ―le dijo con impaciencia y resignación.

Orihime bajo la vista y lo observo centímetro a centímetro. Vio un cuello musculoso en el que latía desenfrenadamente el pulso. Unas clavículas cubiertas de tela negra. Vio una de sus manos grandes sujetando la tela de la camiseta justo encima de su corazón. Sus tetillas eran diminutas, marrones y duras. Tenía la piel blanca de un modo sobrenatural, como ella había admirado en el bosque, y todo hecho de músculos.

Y finalmente, Orihime lo vio. Vio seis heridas recubiertas de costra. No tenían puntos; estaña enrojecidas e inflamadas. Dolorosas.

Ella inhaló bruscamente. Casi en trance, alargó la mano. Con las yemas de los dedos, rozó la herida que le atravesaba el ombligo. La costra era áspera y cálida. Ella notó pequeñas descargas eléctricas subiéndole por el brazo.

―Ichigo ―jadeó.

―Por fin ―murmuró él, retirándose como si ella fuera una bomba a punto de explotar. Se bajó la camiseta y tapó sus heridas―. ¿Contenta? Estoy aquí, soy de verdad.

―¿Cómo es posible? No eres un ángel. ¿Significa eso que eres un demonio? Eso es lo que dice algunas personas de tus amigos y sobre ti.

―Cuanto más hablas, más te comprometes. ¿Quieres venir conmigo?

―Ichigo, yo…

―Te he enseñado el abdomen. Dijiste que vendrías conmigo si lo hacía.

¿Le quedaba otra elección?

―Bien, te acompañaré.

―No intentes escapar ―advirtió―. No te gustaría lo que podría pasar.

Con un movimiento fluido, él se dio la vuelta y salió del calabozo.

Orihime lo siguió, cojeando, haciendo todo lo posible para mantenerse cerca de él.

―No has a mi pregunta. Si eres un demonio, puedo aceptarlo. De veras. No me voy a asustar ni nada parecido. Sólo quiero saberlo para poder prepararme.

No hubo respuesta.

―Nada de conversación ―respondió él unos segundos después, sin aminorar el paso mientras subían por las escaleras―. Quizás más tarde.

Más tarde. No era lo que ella hubiera deseado, pero era mejor que nada.

―Te tomo la palabra.

Se tropezó y se encogió al sentir un agudo dolor en el tobillo.

Ichigo se detuvo bruscamente. Antes de que ella se diera cuenta, se chocó contra su espalda y dio un grito asustado. Al instante, sintió un calor, un cosquilleo.

―¿Te has hecho daño?

―No.

―No me mientras.

―Me torcí el tobillo anoche ―admitió en voz baja.

Sus rasgos se suavizaron mientras la recorría lentamente con la mirada. Se detuvo en sus pechos, en sus muslos. A ella se le puso la piel de gallina. Era como si la estuviera desnudando prenda a prenda, dejándola sin nada. Y a ella le gustó. El corazón le latía aceleradamente en el pecho. Sintió humedad entre las piernas.

De repente, ya no lo importaban las respuestas, el dolor del tobillo o el entumecimiento. El estómago se le encogió de necesidad. Tenía calor. Quería que la abrazara, que la reconfortara.

Un instante después se dio cuenta de que estaba alargando los brazos hacia él.

―No me toques ―dijo Ichigo mientras daba un paso hacia atrás poniendo distancia entre ellos―. Todavía no.

Ella bajó los brazos decepcionada. «Ni respuesta, ni caricias», pensó, intentado contener el placer que sentía al estar por fin cerca del hombre que le había consumido el pensamiento durante toda la noche. Su calor, el silencio… una combinación letal para el sentido común.

Lo único que necesitaba, lo único que quería, era una caricia. Sin embargo, él estaba decidido a negársela.

―¿Y respirar? ¿Puedo respirar?

Los labios de Ichigo se curvaron otra vez y, la leve sonrisa, suavizó la fiereza de su rostro.

―Si lo haces silenciosamente.

Ella entornó los ojos.

―Vaya, eres todo un encanto. Muchas gracias.

Aquella sonrisa se hizo enorme, y su fuerza le cortó el aliento a Orihime. Era muy guapo, absolutamente hipnotizante. Orihime se vio de nuevo atrapada en su trampa… ¿Cómo conseguía hacerle eso? Y de nuevo alargó la mano sin pensar. Deseaba sentir la chispa del contacto. Deseaba… deseaba…

Él sacudió la cabeza con vehemencia, mientras ella, se quedó inmóvil, molesta con él, consigo misma.

―Hay algo que necesito antes de que comience el contacto.

―¿Qué es?

―No importa. Lo que importa es que no me has contestado. ¿Has estado en la celda toda la noche?

―Sí.

―¿Te han dado de comer?

―No.

―¿Y mantas?

―No.

―¿Alguien te ha hecho daño? ―inquirió él, y u músculo se le movió en la mandíbula, una, dos veces.

Ella se quedó confusa.

―Sí, claro.

―¿Quién?

En la cara de Ichigo comenzó aquel extraño cambio, y bajo su piel apareció la máscara de un esqueleto. Incluso sus ojos cambiaron, de ocres se volvió negro y después un rojo que brillaba espantosamente.

A Orihime se le hizo un nudo en la garganta. « ¿Qué haces aquí parada? ¡Corre, maldita sea!»

La expresión de Ichigo se torció como si supiera lo que ella quería hacer.

―No ―le dijo―. Lo único que conseguirías es enfurecerme más. Esto pasará en un momento. Ahora dime quién te tocó.

―Todos ―respondió ella―. Bueno, eso creo. Pero tuvieron que hacerlo, era la única de que pudieran meterme en la celda.

Él se relajó, aunque sólo un poco, la imagen esquelética y el brillo rojo se desvanecieron.

―¿No te tocaron sexualmente?

Ella negó con la cabeza y también se relajo un poco. Él estaba preocupado por ella.

―Entonces les perdonaré la vida ―dijo. Después, Ichigo, se olvidó de su propia regla, pues le puso las manos en las sienes y la obligó a que fijara su atención en su cara.

Ella experimentó aquel cosquilleo eléctrico de nuevo y sintió su respiración caliente en la nariz. Ichigo era tan grande que a su lado parecía diminuta, y tenía los hombros tan anchos que la abarcaban por completo.

―Orihime ―dijo con ternura.

Aquel rápido cambio, de bestia a caballero preocupado, era simplemente asombroso.

―No quería hablar de esto todavía, pero creo que debo oír tu respuesta ahora. Anoche maté a esos cuatros hombres. Los que te seguían.

―¿Qué me seguían? ―preguntó ella. ¿Acaso la había encontrado alguien del instituto, después de todo? ¿Y habían…? El resto de las palabras apenas se registró en su mente, porque sintió un escalofrío―. ¿Los has matado?

―Sí.

―¿Cómo eran? ―preguntó horrorizada. Si el doctor Asano había muerto por su culpa… apretó los labios para reprimir un gemido de dolor.

Ichigo describió a los hombres. Eran guerreros al tos y fuertes. Ella se relajó lentamente. La mayoría de los empleados del instituto eran mayores, como Asano. Muchos de ellos eran pálidos, con poco pelo y gafas, con los ojos debilitados de mirar constantemente los monitores de los ordenadores. Sintió un inmenso alivio, pero también culpabilidad. La noche anterior habían muerto cuatro personas. No debería importarle si los conocía o no.

―¿Y por qué hiciste algo semejante?

―Iban armados y estaban preparados para la batalla. Tenía que elegir; o los mataba yo o me mataban a mí.

Lo dijo sin la más mínima señal de remordimiento. Claramente, su salvador hablaba como un soldado veterano… o como un asesino cruel y frío, parecido a sus compañeros que no dudaban en asesinar.

Entonces, ¿por qué seguía deseando que la abrazar? Fuera cual fuera la emoción que Ichigo leyó en su semblante, respondía la pregunta que éste no había llegado a formular. Él frunció el ceño y apretó los labios. ¿Con desagrado? ¿Por qué?, se pregunto Orihime. Antes de que pudiera observarlo mejor, él se dio la vuelta y subió dos escalones más.

―Olvida que lo he mencionado ―pidió―. Espera.

De un salto, Orihime se acercó a él, pese al dolor del tobillo, y lo agarró por el brazo. Él se detuvo, se puso muy rígido, y después volvió la cabeza y gruño mirándole los dedos.

―Lo siento ―susurró ella, y aparto la mano. Nada de tocarse, recordó―. Ichigo…

―¿Sí?

―No te enfades, pero ya es más tarde así que voy a volver al tema original. ¿Qué eres? Yo he respondido tus preguntas, así que por favor, responde tú a la mía.

Él no lo hizo, sólo se quedó mirándole impasible.

―Mira, hay todo tipo de criaturas poco corrientes en el mundo ―comenzó a hablar nerviosamente―. Nadie lo sabe mejor que yo. ¿Te he mencionado que sé que existen los demonios? Sólo quiero saber a lo que me estoy enfrentando en este castillo.

Él bajo un escalón para acortar la distancia que los separaba. En respuesta, ella bajó otro para volver a ampliarla.

―No hagas más preguntas. Te vas a bañar, vas a comer y a descansar. Estas muy sucia, te tambaleas a causa del hambre y tienes unas ojeras muy profundas. Después, podremos… hablar.

De nuevo aquella vacilación. Ella se quedó desconcertada y tragó saliva.

―Si te pidiera que me llevaras de vuelta a la ciudad, ¿qué me dirías?

―Que no.

«Eso me parecía». A ella se le hundieron los hombros. Por mucho que deseara a aquel hombre, o quizás por lo mucho que lo deseaba tenía que empezar a comportarse como un ser humano racional… y escapar.

Ichigo arqueó una ceja.

―¿Voy a tener que encerrarte otra vez, Orihime? ―preguntó como si le hubiera leído el pensamiento―. ¿Es que quieres marcharte porque tienes que hablar con alguien? ¿Hay alguien ansioso por saber dónde estás?

―Mi jefe ―respondió ella con sinceridad.

―¿Quién es tu jefe?

¡Como si ella fuera a decírselo! ¿Poner en peligro la vida de un hombre inocente? ¡Ni de broma!

En vez de responder, hizo acopio de valor y dijo:

―Deja que me vaya, por favor, Ichigo.

―Anoche te dije que volvieras a la ciudad, y te negaste a hacerlo. Me seguiste, me llamaste a gritos. ¿Lo recuerdas?

A Orihime se le hizo amargo el recuerdo.

―Un momento de locura.

―Bueno, pues ese momento de locura sentenció tu destino, mujer. Vas a quedarte aquí.

Ichigo acompañó a Orihime a su dormitorio. Él ya había limpiado la sangre del suelo, había tirado el colchón sucio y lo había sustituido por otro de los de re-puesto que había en la habitación contigua. Para adelantarse a la seducción, le había preparado un baño de agua caliente, había dejado una bandeja de fiambres y quesos, había abierto una botella de vino y había puesto sábanas limpias, secadas al sol.

Nunca había invertido tanto esfuerzo en un encuentro sexual, pero había oído hablar a Kaien sobre cómo se derretían las mujeres con aquellas atenciones.

Ichigo no se había dado cuenta de que Orihime pasaría toda la noche en una celda, ni que necesitaría de verdad sus cuidados, «gracias a sus amigos». Apretó los puños.

«Su comodidad no importa». No estaba seguro de dónde provenía aquel pensamiento, si del demonio o de sí mismo. Sólo sabía que era mentira.

―Báñate, cámbiate de ropa y descansa ―le dijo―. Nadie te molestará. ¿Necesitas algo más?

Ella asintió.

―La libertad no estaría mal.

―Aparte de eso.

―¿Podrías borrar mis recuerdos de los últimos días?

―Aparte de eso ―repitió él con irritación. No le había gustado nada que ella quisiera olvidarlo.

Orihime suspiró.

―No. entonces no hay nada más.

Ichigo sabía que debía salir del dormitorio para que ella pudiera relajarse y seguir sus instrucciones, pero no tenía ganas de hacerlo. Se apoyó contra el quicio de la puerta. Ella permanecía en el centro de la habitación, con los brazos cruzados sobre el abdomen, tirándose de la chaqueta rosa que llevaba para abrigarse. A él se le hizo agua la boca.

―¿Has hecho esto con muchas mujeres? ―pregunto Orihime en tono despreocupado.

―¿Hacer qué?

―Encerrarlas.

―No. Tú eres la primera.

―¿Y qué tienes pensado para mí, ya que soy una chica especial?

―El tiempo lo dirá ―respondió él con sinceridad.

Una sombra de preocupación oscureció el rostro de Orihime.

―¿Cuánto tiempo?

―Tendremos que descubrirlos juntos.

Ella frunció el ceño.

―Eres el hombre más críptico que he conocido en mi vida.

Ichigo se encogió de hombros.

―Me han dicho cosas peores.

―De eso estoy segura ―murmuro ella por lo bajo.

Ni siquiera aquel insulto hizo que Ichigo se fuera. Sólo un ratito más…

―No sabía que comida te gustaría más, así que te he traído un poco de todo lo que teníamos en la cocina. Me temo que no hay mucho donde elegir.

―Gracias ―respondió ella. Después, se enfadó―. No sé por qué soy amable contigo. Mira lo que me estás haciendo.

―¿Ocuparme de ti?

Ella se ruborizó y apartó la mirada.

―¿Perteneces a algún hombre, Orihime? ―preguntó él de repente. Odiaba aquella idea. Era como ácido en su estomago.

―No entiendo tu pregunta. ¿Si estoy casada? No. ¿Si tengo novio? Tampoco. Pero sí tengo amigos, y gente que se preocupan por mí ―añadió rápidamente, al darse cuenta de que se había puesto en una situación vulnerable.

―Me buscarán ―insistió, al ver que no respondía.

―Pero no te encontrarán ―respondió Ichigo. Los cuatro de la noche anterior no habían conseguido subir a la colina. Los demás tampoco lo conseguirían.

Ella se llevó la mano a la garganta y con el movimiento atrajo la atención de Ichigo a su pulso. ¿Por qué se sentía tan embelesado por los latidos de su corazón, tan deseoso de acariciarla?

―No quería asustarte ―explicó.

―No te entiendo ―gimoteó ella.

Él tampoco se entendía a sí mismo. Y, cuanto más tiempo pasaba hablando allí con Orihime, menos sentido tenían las cosas. Se irguió.

―Báñate. Volveré más tarde ―dijo, y sin darle oportunidad para responder, salió al pasillo y cerró la puerta sin mirar atrás.

Era mejor así.

Desde el instante en que había preguntado si pertenecía a algún hombre, el demonio había empezado a moverse dentro de él, ansioso de pelea. Si se quedaba, la tocaría. Si la tocaba, la tomaría. Sin embargo, no quería arriesgarse a fundir los cuerpos y a que un beso abrasador se convirtiera en un mordisco, o a que hubiera golpes demasiado fuertes.

Aquella mujer delicada que había dentro de su habitación no sobreviviría.

―Maldita sea ―gruñó.

Orihime era, sin duda, la humana más dulce que había conocido. Se le hacía la boca agua. Su cuerpo atormentado lloraba por ella. No quería hacerle daño, por mucho que ella hubiera admitido que conocía la existencia del demonio. Sólo un Cazador o un cebo podían conocerla. Sin embargo, él no quería otra cosa más que darle placer.

Además, estaba enfurecido con sus amigos por haberla tenido toda la noche en el calabozo. Cuando había abierto la puerta de la celda y había visto la cara sucia y la expresión de miedo de ella, había tenido ganas de matar a alguien. Había conseguido reprimir el impulso diciéndose que pronto estaría tendida en su cama, desnuda, abierta para él. Aunque aquello había conseguido calmarlo, no había calmado al demonio; sólo había servido para incitarlo más.

En aquel momento, Violencia necesitaba una vía de escape para su rabia creciente. Sólo entonces, él podría acariciar a Orihime sin miedo a romper su cuerpo frágil.

Cuerpo… Orihime… dos palabras que lo excitaban si se usaban en la misma frase. Era luminosa, era todas las fantasías que él pudiera tenido hechas realidad, y tenía la intención de saciarse dentro de ella, una y otra vez.

Pronto, ella desearía lo mismo.

El deseo brillaba en los ojos de Orihime cuando lo miraba y, constantemente, había intentado tocarlo, tener algún tipo de contacto físico con él. Ichigo había incluso percibido el olor de su excitación, un perfume de pasión, inocencia y miel. Sin embargo, la asustaba, y el miedo superaba su deseo por él.

«Deberías estar contento de que un cebo te tema», se dijo a sí mismo. Debería, pensó con desdén. Cómo estaba empezando a odiar aquella palabra.

No obstante, tenía que pensar detenidamente en si ella era o no un cebo.

Cuando él había mencionado a los cuatro hombres humanos que la seguían por la colina, Orihime había mostrado sorpresa, una sorpresa que parecía verdadera. Se había quedado horrorizada por lo que él había hecho, cierto, pero a la mayoría de las humanas le horrorizaban las guerras y las matanzas.

Había algo que resultaba asombroso; Orihime había admitido libremente que conocía la existencia de los demonios. Él no había tenido que torturarla para conseguir la información. ¿Por qué iba a hacer algo así un cebo voluntariamente? ¿Por qué no había fingido que pensaba que él era humano para conseguir que bajara la guardia?

Hasta el momento, no había intentado sacarlo de la fortaleza, ni tampoco había intentado dejar entrar a alguien. Sin embargo, no había tenido capacidad de movimiento para hacerlo. Y no iba a tenerla tampoco.

Lo que más lo confundía de todo, no obstante, era que ella hubiera intentado salvarlo de sus amigos. Salvar a alguien a quien se quiere hacer daño era ridículo. Además, Orihime podía haberse hecho daño. Era una contradicción andante, para el mundo en blanco y negro de él.

Al día siguiente se encargaría de averiguar la verdadera razón por la que ella estaba allí. Sin embargo, aquel día estaba destinado a otras cosas.

Se encaminó hacia la habitación de entretenimiento en busca de los demás. El espíritu ronroneó de impaciencia. A Ichigo le dolía el cuerpo por el ansia de pelea, pero no encontró a nadie en la sala, ni tampoco en las habitaciones de sus compañeros. Después de recorrer la fortaleza estaba tan frustrado que se puso a gritar.

―¿Dónde están todos?

Dio un puñetazo en la pared, y después otro, con tanta fuerza que dejó muescas. Se había machacado los nudillos y le latían de dolor, pero un dolor bueno, un dolor que hacía que el espíritu ronroneara de felicidad.

―¿Qué estás haciendo? ¿Estás rompiendo las paredes en vez de arreglarlas?

Ichigo escuchó aquella voz familiar y se volvió. La sangre la caía de las manos, cálida y estimulante.

Ganju estaba al final del pasillo. La luz entraba a raudales por un ventanal y dibujaba su silueta poderosa. Uno de los rayos del sol incidía directamente sobre su pelo negro y lo convertía en una corona que iluminaba su piel.

Y como si la hubieran golpeado, como si no la hubieran calmada, Violencia despertó a la vida con aullido. Ichigo señaló a su amigo con el ceño fruncido.

―La dejaron ahí abajo.

―¿Y qué?

El demonio negro que Ganju llevaba tatuado en el cuello también despertó de su letargo. Parecía que había parpadeado, y parecía que la saliva chorreaba de sus colmillos afilados.

―¿Ha hablado?

―¿De qué?

―Del motivo por que el que está aquí, pedazo de idiota.

―No.

Ganju sonrío con maldad.

―Entonces deja que le pregunte yo.

―¡No!

Orihime ya estaba lo suficientemente asustada, para que Ganju terminara de cagarla.

―¿Dónde está ahora? ―pregunto Ganju.

―No es tu maldito asunto. Sin embargo, alguien va a pagar por el estado en la encontré.

Los ojos de color negro de su amigo, tan diferentes de los suyos, se abrieron desmesuradamente debido a la sorpresa.

―¿Por qué? ¿Qué significa esa mujer para ti?

―Es mía ―fue la única respuesta que Ichigo pudo dar―. Es mía.

Ganju se pasó la lengua por los dientes.

―No seas idiota. Es un cebo.

―Quizá ―dijo Ichigo. Probablemente. Comenzó a caminar hacia adelante. Estaba hirviendo, hambriento―. En este momento no me importa.

El otro guerrero se acercó también, igualmente furioso.

―Pues debería. Y traerla aquí ha sido un gravísimo error.

Ichigo lo sabía, pero no iba a disculparse. Volvería a hacerlo si le dieran la oportunidad.

―Llévala a la ciudad y bórrale los recuerdos ―dijo Ganju―. De lo contrario, tendrá que morir. Ha visto y ha oído demasiado, y no podemos permitir que informe a los Cazadores.

―Preferiría matarte a ti.

El demonio tatuado extendió las alas. Estaba completamente despierto, y Ganju sonrió lentamente.

―De acuerdo, pero tu tendrás que arreglar lo que has roto.

―Y tú tendrás que limpiar.

Ichigo puso los ojos en blanco.

―Como si me importara. Ahora, ¿vamos a empezar o sólo vamos a hablar de ello?

―Claro que vamos a empezar. Ahora mimso.

Ichigo dio un salto. Ganju también.

Y, ambos, chocaron en el aire.


Espero lo hayan disfrutado, mi próxima actualización, será el próximo sábado. (Dependiendo de la situación, o si no salgo a protestar o a marchar)

Buenas noches, y besos de oso para ustedes.