Holas chicas, aquí les traigo un nuevo capitulo espero lo disfruten (:


VIII

Ichigo entro en su habitación sin saber lo que iba a encontrar. ¿Una Orihime dormida? ¿Recién bañada, desnuda? ¿Preparada para luchar?

¿Una Orihime preparada para el placer?

Con irritación, se dio cuenta que el corazón le latía desacompasadamente en el pecho. Le sudaban las palmas de las manos. «Idiota», pensó. Él no era humano, ni tenía miedo, ni era inexperto. Y, sin embargo, no sabía cómo manejar a aquella mujer, a aquel… castigo.

Lo que no esperaba era ver a una Orihime tendida en el suelo, inconsciente, en un charco rojo… ¿Sangre? Ichigo se estremeció.

― ¿Orihime?

Corrió a su lado y la hizo girar suavemente para tomarla en brazos. Vino, solo era vino. Gracias a los dioses. Tenía manchada la cara y algunas gotas se derramaron desde su rostro a los brazos de Ichigo. Él estuvo a punto de sonreír. ¿Cuánto había bebido?

Pesaba tan poco que apenas se habría dado cuenta de que la llevaba en brazos de no ser por las descargas eléctricas que le provocaba el contacto con su piel.

―Orihime, despierta.

Ella no se despertó. De hecho, Ichigo tuvo la impresión de que se hundía más en la inconsciencia, porque el movimiento de sus parpados ceso.

Con un nudo en la garganta, Ichigo se esforzó por hablar.

―Despierta. Hazlo por mí.

Ni un gemido, ni un suspiro.

Preocupado por su falta de respuesta, la llevo hasta la cama, le quito la chaqueta mojada y la aparto a un lado. Aunque no quería soltarla, la deposito sobre el colchón y le tomo la cara entre las manos. Tenía la piel helada.

―Orihime.

No hubo respuesta.

―Orihime… vamos, preciosa. Despierta.

En nombre de Zeus, ¿Qué le ocurría? No tenía experiencia con mortales ebrios, pero aquello le parecía extraño.

La cabeza de Orihime rodo a un lado. Sus ojos permanecían cerrados. Tenía un color azul en los labios, y el sudor le resbalaba por las sienes. No estaba solo borracha. ¿Acaso había enfermado por pasar la noche en aquella celda? No, no había dado señales de encontrarse mal. ¿Acaso la había tocado Urahara sin darse cuenta? No, no podía ser. Orihime no tosía, ni estaba cubierta de marcas de viruela. Entonces, ¿qué ocurría?

―Orihime ―repitió.

No podía perderla, todavía no. No había conseguido lo suficiente de ella. No la había acariciado como soñaba, no había hablado con ella. La sorpresa hizo parpadear a Ichigo. Se había dado cuenta de que quería hablar con ella, no solo saciar su cuerpo dentro del de ella. No solo interrogarla, sino hablar. Conocerla y averiguar que la convertía en la mujer que era.

Todos los pensamientos de matarla se desvanecieron, fueron sustituidos por pensamientos de salvarla, fuertes e innegables.

―Orihime, dime algo ―rogó.

Ichigo sacudió la cabeza, impotente, sin saber qué hacer. Ella seguía helada; el tomó las mantas y la envolvió en ellas con la esperanza de darle calor.

―Orihime…, por favor…

Mientras la miraba, a ella se le formaron hematomas bajos los ojos. ¿Acaso aquel era el castigo que le habían impuestos los dioses? ¿Verla morir lenta y dolorosamente?

― ¡Ishida! ―gritó, sin dejar de mirarla―. ¡Ganju! ¡Ayúdenme!

Ichigo se inclino y unió sus labios con los de ella, con la esperanza de poder infundirle la respiración. Sintió calor… un cosquilleo…

Ella separó los labios teñidos de azul y gimió. Por fin. Otra señal de vida. Ichigo estuvo a punto de rugir de alivio.

―Háblame, preciosa ―dijo mientras le apartaba el pelo húmedo de la frente―. Dime lo que pasa.

―Ichigo ―balbuceo ella, pero sus ojos permanecieron cerrados.

―Estoy aquí. Dime como puedo ayudarte. Dime lo que necesitas.

―Mátalas. Mata las arañas ―murmuro con una voz tan débil que él tuvo que esforzarse para oírla.

―No hay arañas, preciosa.

―Por favor ―susurró ella, y una lágrima se escapó entre sus parpados―. Me están caminando por el cuerpo.

―Sí, sí, las matare ―prometió.

Aunque no lo entendía, le paso las manos por la cara, por el cuello, por los brazos, el abdomen y las piernas.

―Ya están muertas. Están muertas, te lo prometo.

Con aquello, pareció que ella se relajaba un poco.

―Comida, vino… ¿Veneno?

Él palideció. No lo había pensado, no lo había tenido en cuenta… El vino era para ellos, los guerreros, no para los humanos. Como el alcohol de los humanos no tenia efecto en ellos, a menudo Kaien le añadía unas gotas de ambrosía que había robado de los cielos y que mantenía guardada desde entonces. ¿Acaso la ambrosía era veneno para los mortales?

«Yo le he hecho esto», pensó Ichigo, horrorizado. «Yo. No los dioses»

Grito y dio un puñetazo al cabecero de metal de la cama. Noto un agudo dolor en los nudillos y comenzó a sangrar. Eso no lo aplaco, así que volvió a dar otro golpe al cabecero. La cama retumbo, y Orihime gimió de dolor.

«Basta. No puedes hacerle daño», se dijo Ichigo. Se obligo a tranquilizarse.

― ¿Qué puedo hacer para ayudarte? ―pregunto mortificado.

―Llama a un medico ―susurro ella débilmente.

Un sanador humano. Si, si. Tenía que conseguir llevar a un medico al castillo, puesto que no podía llevar a Orihime a la ciudad.

―Te encontraré un medico, preciosa, y lo traeré.

Ella gimió y, por fin, abrió los ojos.

―Ichigo…

―No voy a tardar, te lo prometo.

―No… te vayas ―pidió a punto de llorar―. Me duele. Me duele mucho. Quédate.

Se levantó de la cama y se acerco a la puerta.

― ¡Kaien! ¡Ganju! ¡Renji! ―gritó. El sonido de su voz retumbo contra las paredes―. ¡Urahara! ¡Ishida!

No los espero, sino que volvió a la cama. Allí, entrelazo sus dedos con los de Orihime.

― ¿Qué más puedo hacer para aliviar tu dolor?

―No me sueltes ―jadeó, e Ichigo se dio cuenta de que tenia estrías tojas en las comisuras de los labios. ¿El veneno se estaba expandiendo?

―No me voy a ir, pero, ¿Qué más puedo hacer?

―No lo sé… ¿voy a morir?

― ¡No! No. Esto es culpa mía, y no lo permitiré.

― ¿A propósito?

―Nunca.

―Entonces, ¿Cómo? ―gimió ella adolorida.

―Ha sido un accidente. El vino no es para los humanos.

No sabía si ella lo había oído, pero su cuerpo dio una sacudida.

―Voy a… vomitar ―dijo entre arcadas.

Él tomo el cuenco de fruta vacio y se lo acerco. Ella se arrastro hasta el borde de la cama y vomito, mientras él le sujetaba el pelo hacia atrás.

¿Era bueno o malo que vomitara?

Orihime se dejo caer sobre el colchón en el mismo momento en que Renji y Kaien aparecían corriendo en la habitación, una expresión confusa alumbraba sus rostros.

― ¿Qué? ―Renji se veía agitado.

― ¿Qué ocurre? ―pregunto Kaien. Estaba sudando, y las arrugas de tensión que le rodeaban los ojos estaban muy marcadas.

Los brazos de Renji sangraban de nuevo, y tenía la mano hinchada. Además, en cada mano llevaba un puñal. Claramente, estaba preparado para la batalla. Al presenciar la escena, su confusión se hizo mayor.

― ¿Necesitas ayuda con el golpe final?

― ¡No, idiota! El vino estaba mezclado con la ambrosia de Kaien. Yo se lo deje aquí ―confeso y se sintió culpable y desolado, miro a Kaien―. Sálvala.

Kaien se tambaleo mientras negaba con la cabeza.

―No sé cómo hacerlo.

―Tienes que saberlo. ¡Has pasado muchas horas con los humanos! Dime como puedo ayudarla.

―Ojala pudiera ―respondió mientras se pasaba el dorso de la mano por la frente sudorosa―. Nunca he compartido el vino con ninguno de ellos. Es nuestro.

―Pregúntenles a los otras humanas si saben que hay que hacer. Si no lo saben, que Ishida se transporte a la ciudad y encuentre un medico para traerlo aquí.

Muerte era el único de los guerreros que podía moverse de un lugar a otro con un solo pensamiento.

Renji asintió y salió corriendo.

Kaien lo mirara con consternación.

―Lo siento, Ichigo, pero estoy al límite. Necesito sexo. Oí tú llamada desde la puerta principal y vine en vez de marcharme. No debería haberlo hecho. Si no llego pronto a la ciudad yo…

―Lo entiendo ―lo interrumpió. No quería que su amigo se sintiera culpable.

―Te lo compensaré más tarde ―prometió y desapareció rápidamente por la puerta.

―Ichigo ―gimió Orihime atrayendo su atención a ella de nuevo. El sudor le corría por las sienes. Tenía la piel azulada, pero tan pálida, que él veía las diminutas venas azules debajo―. Cuéntame… una historia. Algo que me haga olvidar el dolor―pidió ella con los ojos cerrados.

―Relájate, preciosa. No debes hablar ―susurro. Fue al baño, vacio el cuenco, lo limpio y lo seco por si acaso. Después volvió rápidamente junto a la cama y la encontró con los ojos cerrados todavía.

― ¿Por qué… te apuñalaron tus amigos?

Él nunca hablaba de su maldición, ni siquiera con los guerreros que sufrían a su lado. No debería hablar con nadie de eso, y menos con ella, pero eso no lo detuvo. Al verla retorcerse de dolor, habría hecho cualquier cosa con tal de distraerla.

―Me apuñalan porque tienen que hacerlo. Están malditos, como yo.

―Eso… no explica nada.

―Lo explica todo.

Pasaron varios minutos en silencio. Ella comenzó a retorcerse, como si estuviera a punto de vomitar de nuevo. Él la había puesto enferma y estaba obligado a distraerla de su dolor.

―Aquí va la historia de mi vida. Soy inmortal, y llevo en la tierra desde el principio de los tiempos.

―Inmortal ―repitió ella―. Sabía que no eras humano.

―Yo nunca he sido humano. Me crearon como guerrero para proteger al rey de los dioses. Durante mucho tiempo, le serví bien y lo ayude a mantener el poder, y lo protegí incluso de su familia. Sin embargo, no creyó que yo fuera lo suficientemente fuerte como para velar por su posesión más preciada, una caja hecha con los huesos de la diosa de la opresión. Le encargo esa tarea a una mujer. Ella era la guerrera más fuerte, pero eso hirió mi orgullo.

Afortunadamente, ella se había relajado.

―Para demostrarle que había sido un error, ayude a liberar a los demonios que había en aquella caja, y se extendieron por toda la tierra. Como castigo, los dioses me unieron a uno de ellos ―dijo. Le puso una mano en el abdomen y comenzó a acariciárselo suavemente, con la esperanza de que aquello la calmara.

Ella exhalo un suave suspiro. ¿De alivio? Ojala.

―Un demonio. Lo sospechaba.

Si, ella debía de saberlo. Sin embargo, Ichigo no entendía por qué lo había confesado con tanta facilidad.

―Pero tú eres bueno. Algunas veces. ¿Por eso te cambia la cara?

―Sí.

¿Ella pensaba él era bueno? Lleno de satisfacción, continúo con la historia.

―Yo supe en qué momento ocurrió, porque sentía una ruptura por dentro, como si algunas partes de mi estuvieran muriendo, como si estuvieran haciéndole sitio a otra cosa, a algo más fuerte que yo mismo.

Había sido la primera vez que había comprendido el concepto de muerte. Pero, no sabía que muy pronto iba a entenderlo íntimamente.

Ella emitió otro delicado suspiro. Ichigo no sabía si ella entendía lo que él le estaba contando. Pero al menos no estaba retorciéndose de dolor.

―Durante un tiempo, perdí contacto con mi propia voluntad. El demonio me controlo por completo y me obligo a…

A todo tipo de perversidades, pensó. Tuvo visiones de sangre y muerte, de humo, de cenizas y de completa desolación. Ni siquiera el mismo podía soportar aquello, y no iba a cargar a Orihime con esos recuerdos espantosos.

Después recordó como el espíritu había aflojado su dominación, como él había salido de aquella niebla y el humo negro de su mente se había dispersado con una brisa dulce de mañana, y había dejado atrás solo unos recuerdos odiosos.

El demonio lo había obligado a matar a Soi-Fong, la guardiana a la que el ser odiaba más que a nada. Al final, su sed de sangre se había aliviado, y el monstruo se había retirado a un rincón de la mente de Ichigo, y había dejado que él se enfrentara a las consecuencias.

―Tuve que alejarme de aquella caja ―dijo él con un suspiro.

―Caja ―susurro Orihime, y lo dejo asombrado―. Demonios… había oído algo parecido ―dijo. Abrió la boca para seguir hablando, pero no pudo. Grito y alargo las manos ciegamente para tomar el cuenco.

Ichigo reacción con rapidez y le acerco el cuenco en un segundo. Ella vomitó mientras él la sujetaba, la protegía como no había hecho nunca con otra persona. Dar consuelo era algo nuevo para él. Ojala lo estuviera haciendo correctamente. Nunca había recibido un apoyo así de sus amigos. Todos eran muy reservados acerca de sus tormentos, como él.

Cuando ella termino, volvió a colocarla sobre el colchón, una vez más, y le limpio la cara. Después miro al cielo.

―Siento mucho haber hablado así de ustedes ―susurro―. Pero, por favor, no le hagan daño por mis pecados.

Volvió a mirarla y se dio cuenta de que su vida de disolvería en la nada si la perdía. ¿Cómo era posible? Hacia una hora, se había convencido de que sería capaz de matarla…

―Déjenla vivir ―pidió―. Y haré cualquier cosa que quieran.

« ¿Cualquier cosa?», pregunto una voz muy baja, que provenía del transfundo. No era la voz de violencia, ni ninguna voz que él hubiera escuchado antes.

Ichigo parpadeo, y se quedo inmóvil. Paso un momento antes de que su sorpresa se convirtiera en confusión.

― ¿Quién está ahí?

Orihime se sobresalto por su pregunta y lo miro con los ojos enrojecidos.

―Yo ―gimió.

―No me hagas caso, preciosa. Duérmete ―dijo el suavemente.

« ¿Quién crees que soy, guerrero? ¿Es que no te imaginas quien tiene el poder de hablarte así?»

Ichigo pasó otro momento asombrado antes de asimilar la respuesta. ¿Podía ser un Titán? El llevaba años enviándoles suplicas a los Griegos, y nunca le habían respondido.

Además, los Titanes habían llamando así a Ganju para que acudiera a los cielos, con solo una voz…

Sintió esperanza y miedo. Supo que haría cualquier cosa si aquellos Titanes eran benevolentes y lo ayudaban. Si eran malvados y empeoraban las cosas sin embargo… Apretó los puños.

Le habían ordenado a Ganju que asesinara a cuatro mujeres inocentes. No podían ser benévolos. ¡Maldición! ¿Cómo iba a interactuar aquel ser? ¿Con humildad? ¿O verían eso como una muestra de debilidad?

« ¿Cualquier cosa?» insistió la voz, y se oyó una carcajada. «Piensa bien antes de responder, y piensa que tu mujer podría morir»

Ichigo vio el cuerpo tembloroso de Orihime, y se dio cuenta de que, hasta aquel momento, nadie lo había necesitado. No puedo dejar que sufra así, pensó.

Tendría que arriesgarse con los Titanes. Quisieran lo que quisieran de los guerreros, fuera cual fuera el propósito, se arriesgaría.

―Cualquier cosa ―afirmó.

.

.

Renji jadeaba mientras iba corriendo a la habitación de Ishida. Había perdido mucha sangre los últimos días, más de lo normal. La necesidad de dolor, aquel dolor terrible y bello, lo invadía con más últimamente.

No sabía porque yo no podía detenerlo. Ya no era capaz de controlarlo, en realidad. Durante los últimos días, había dejado de intentarlo. Lo que quería el espíritu de Dolor, lo obtenía. Cada día que pasaba, Renji perdía un poco más el deseo de controlarlo. Una parte de él quería abandonarse al dolor y dejarse llevar. Experimentar a la nada y el entumecimiento que le proporcionaba cada punzada de sufrimiento.

Las cosas no habían sido siempre así. Durante mucho tiempo, había aprendido a vivir con el demonio, a coexistir pacíficamente con él. En aquel momento…

Doblo en una esquina y la luz que entraba por una de las ventanas lo cegó momentáneamente; sin embargo, no se detuvo. Nunca había visto a Ichigo tan asustado. Tan vulnerable. Y por una humana, una extraña. Un cebo. A Renji no le gustaba, pero consideraba a Ichigo un amigo y lo ayudaría en todo lo que pudiera. Lo ayudaría, aunque deseaba desesperadamente que las cosas volvieran a la normal, cuando Ichigo se enfurecía y moría cada noche, y a la mañana siguiente se comportaba como si no hubiera ocurrido nunca. Porque, cuando Ichigo fingía que todo iba bien, a Renji le resultaba más fácil fingir, también.

Cuando a Ishida, todos aquellos pensamientos desaparecieron de su mente...

Uryu estaba sentado en el suelo con las rodillas cruzadas, y la cabeza apoyada en las manos. Tenía el pelo negro azulado de punta, como si se hubiera pasado muchas veces los dedos entre el cabello, y parecía que estaba fuera de sus límites. Renji trago saliva.

Si aquella situación podía desequilibrar incluso al estoico de Ishida.

Cuantos más se acercaba, mas fuerte era olor a flores. Muertes siempre olía flores, el pobre.

―Ishida ―dijo.

Él no reacciono.

―Ishida ―repitió, sin embargo, no obtuvo respuesta.

Renji lo agarro por el hombro y lo zarandeo suavemente. Nada. Se agacho y miro al guerrero a los ojos. Sin embargo, su mirada estaba vacía, su boca inmóvil. Renji lo entendió. En vez de marcharse físicamente de la fortaleza, como de costumbre, trasladándose en segundos de un lugar a otro, Ishida se había marchado espiritualmente.

Era algo que hacía muy pocas veces, porque dejaba su cuerpo vulnerable a cualquier ataque. Lo más probable era que hubiera pensado en ello para que al menos una forma que no respondía a estímulos quedara vigilando la puerta de su cuarto mientras el salía a recoger almas.

Entonces, estoy solo, pensó. Solo le quedaba hacer una cosa.

Abrió la puerta y entro de repente en la habitación de su amigo.

Las cuatros mujeres estaban sentadas en la cama, susurrando, pero se quedaron en silencio en cuanto lo vieron. Todas se quedaron pálidas. Una de ellas soltó un jadeo. La más joven, una pelinegra muy guapa, se puso de pie con las piernas temblorosas y adopto una postura de guerrera para interponerse entre su familia y levanto la barbilla mientras lo desafiaba con la mirada.

A él se le endureció el cuerpo. Le ocurría cada vez que se acercaba a ella. La noche anterior la había estado oliendo; polvos de talco de dulces, y tormentas. Había pasado horas sudando, jadeando, tan excitado que había estado pensando en luchar con Ichigo por Orihime, creyendo que era ella quien lo había reducido a aquel estado.

Aquella mujer era placer y cielo, una fiesta para sus sentidos castigados. No tenia cicatrices ni señales de una vida dura. Tenía la piel inmaculada, blanca y unos ojos violetas brillantes. Una boca roja, llena, hecha para reír y para besar.

Si había sufrido momento de dolor, no lo dejaba entrever. Y eso atraía a Renji. Sin embargo, él sabía que sus relaciones solo podían acabar mal.

―No me mires así ―le espeto el ángel pelinegro, apretó los puños a ambos lados del cuerpo.

¿Tenía pensado golpearlo? Era una idea risible. Ella no podía saber que el disfrutaría de ello. Que querría más y más y más, que le rogaría que le pegara más. «Le haría un favor al mundo si dejara que los Cazadores me mataran».

Se odiaba a sí mismo. Odiaba lo que era y lo que se veía obligado a hacer. Lo que deseaba.

―Si has venido a violarnos, deberías saber que voy a luchar contigo. No lo conseguirás fácilmente ―retó ella.

Semejante valor en alguien tan pequeño lo dejo asombrado, pero no se distrajo de su tarea.

― ¿Alguna de ustedes sabe como curar a una humana?

Ella parpadeó con sorpresa.

― ¿A una humana?

―Una mujer como tú ―señalo.

La chica parpadeo de nuevo.

― ¿Por qué?

― ¿Sabes cómo? No tengo mucho tiempo.

― ¿Por qué? ―insistió ella.

―Respóndeme, y quizás yo las deje vivir otro día más.

―Rukia, responde, por favor ―le pidió la más anciana de las mujeres. Además alargo una mano arrugada, temblorosa, y la tomo del brazo para atraerla hacia la cama.

Rukia. El nombre le invadió la mente. Y lo pronuncio en voz alta sin poder evitarlo.

―Rukia. Es bonito. Yo me llamo Renji.

La chica se resistió a obedecer a la anciana y se zafo de su brazo sin dejar de mirar a Renji. De repente, él se sintió ansioso por escapar de ella y de su provocativa inocencia.

―Lo preguntare una vez más. ¿Alguna de ustedes es sanadora? ―gruñó.

Ante su brusquedad, la muchacha palideció, pero no se retiro.

―Sí…, sí soy doctora, ¿me prometes que se salvaran mi madre, mi hermana y mi abuela? No han hecho nada malo. Hemos venido a Budapest a olvidar, a despedirnos de mi abuelo. Nosotras…

Él alzó una mano y ella se quedó callada. Oír cosas sobre su vida era peligroso. Él ya tenía ganas de abrazarla y consolarla por una perdida que, obviamente, la había hecho sufrir.

―Sí, les perdonaré la vida si la salvas ―mintió.

Si debía creer lo que habían dicho los Titanes, Ganju explotaría muy pronto, se volvería loco por la sangre y la muerte. No tendría otro propósito que asesinar a aquellas mujeres. Darles un poco de paz espiritual durante sus últimos días era algo misericordioso, pensó Renji. Sus días finales. No le gusto pensarlo.

Ella cerró los ojos, suspiro y dijo:

―Sí, soy doctora.

―Entonces, ven conmigo.

Para no perder más tiempo, se dio la vuelta rápidamente y salió de la habitación. Rukia lo siguió. Renji dejo a las demás mujeres encerradas, y después, intento mantener una distancia prudente entre el ángel y él.

«Oh, Dios santo» pensó Rukia Kuchiki con el corazón en un puño. « ¿Por qué he hecho esto? No soy doctora»

Había estudiado un año de anatomía en la facultad, sí. Y había hecho un curso de reanimación cardiorrespiratoria por si acaso su abuelo sufría un ataque de paro cardiaco, claro.

Sin embargo, no era doctora, ni enfermera. Solo era una artista que luchaba por salir adelante y que había pensado que unas vacaciones en familia podrían ayudar a aliviar la pena que les había causado la muerte del abuelo.

¿Qué iba a hacer si aquel soldado de ojos cafés, porque claramente era un soldado, le pedía que llevara a cabo una operación quirúrgica? Por supuesto, se negaría. No podía poner la vida de otra persona en peligro. Sin embargo, quizá hiciera cualquier otra cosa. Tenía que salvar a su familia. Eran sus vidas las que estaban en peligro en aquel momento.

En un intento por tranquilizarse, se concentro en estudiar a su captor mientras este caminaba delante de ella. Tenía la piel ligeramente bronceada y los ojos cafés. Era alto, y tenía los hombros más anchos que había visto en su vida. Sólo lo había visto una vez antes, y tampoco sonreía. En sus ojos había dolor. Y en los brazos tenía cortes recién hechos, en las dos ocasiones.

Rukia quería hablar con él, preguntarle que esperaba de ella, pero no encontraba la voz. Tenía un nudo en su garganta. No sabía por qué estaba secuestrada, y ya casi no le importaba. Solo quería salir de aquel castillo tétrico cuando antes, olvidar sus musculosos hombros y volver a su casa. A En Japón. (1)

De repente, sintió tanta nostalgia que estuvo a punto de echarse a llorar. ¿Cumpliría aquel soldado su promesa si lo ayudaba? Ella lo dudaba mucho, pero la esperanza se impuso sobre la razón. Haría lo que pudiera y rezaría para que ocurriera un milagro.

Sin embargo, no podía convencerse de que iba a ocurrir un milagro.

«Probablemente, esa bestia te apuñalará si algo sale mal».

«Oh Dios mío», repitió. Si fracasaba, no había duda de que su familia y ella morirían. Muy pronto.

Cuando Renji entro en la habitación con la pelinegra de aspecto angelical a la que se suponía que tenía que matar Ganju, Ichigo casi se echo a llorar de alivio. Orihime había vomitado varias veces, hasta vaciar su estomago. Y después había vomitado un poco más.

Acto seguido, se había desplomado sobre el colchón y había dejado de respirar. En medio de la desesperación, Ichigo había intentado hablar de nuevo con el Titán; pero el dios no había hecho nada. Cuando Ichigo había accedido a hacer cualquier cosa a cambio de la ayuda prestada, el ser poderoso lo había abandonado.

El Titán le había dado esperanzas, y después las había echado por tierra. Ichigo se preguntaba cuales eran las intenciones del dios, y ya tenía la respuesta. Divertirse con crueldad, con sadismo.

Renji se aparto del vano de la puerta y la chica entro a la habitación.


¿Que les pareció? Me gustan este Renji y Rukia alkhfhbiajkad, son unas de mis parejas favs.

Bueno, espero que les haya gustado y se que se mueren por la intriga para saber que máas buajaja fjhnskjmd

Así que nos leemos la próxima semana.

Saludos y besos, las ama

Lela