Las ramas de los árboles hacían más oscura el área; aún así, la luz del sol lograba colarse, tan siquiera un poco, entre el grueso follaje.

Entre este panorama se encontraba la detective, quien sorteaba por un camino irregular y resbaladizo. Bajó con cautela para evitar patinar en el lodo y golpearse con las piedras mohosas y, al llegar a una área más plana, se sacudió la tierra de las manos. Aún en este punto podía sentir el aire húmedo y espeso.

Caminó un par de metros más pero sólo encontró más follaje verde y ningún indicio de Holmes o la entrada. Suspiró y continuó. Fue entonces cuando se topó con un hombre extraño, corpulento y de aspecto tosco que llevaba consigo una pala sobre el hombro. Ambos se mostraron sorprendidos de encontrarse, más en aquel desolado paraje.

La detective mantuvo una distancia prudente mientras se cercioraba que el hombre estuviese solo.

—No debería andar sola por estos lugares —dijo el hombre de voz gruesa—. En esta época del año estas zonas son peligrosas y traicioneras. El agua reblandece la tierra, podría resbalar y caer en un fango —le advirtió.

—Opino lo mismo —dijo enarcando una ceja—. ¿Trabajando? —le cuestionó con un movimiento de cabeza, con la cual señaló a la herramienta que cargaba.

El hombre bajó la pala y la enterró en el suelo.

—¿Hay algún problema, señorita…?

—Detective Stone— dijo mostrándole su placa.

El otro individuo pareció relajar su actitud.

—Mis cultivos están por esta zona —comentó indicando cierta área—. Debido a las lluvias corren peligro de inundarse y es necesario abrir camino para que el agua se vaya más abajo, por eso la pala y este aspecto —explicó sonriente.

Ciertamente, el hombre llevaba botas para la lluvia cubiertas totalmente de lodo. Stone supuso que tal vez se habría cruzado con el petulante Holmes.

—Dígame, ¿es posible que se haya topado con alguien más en estos días? Estoy buscando a un —pausó en breve—... hombre con reporte de extravío en esta zona.

—Vi a un hombre —asintió el extraño—, parecía estar buscando algo en el área donde encontraron a esa pobre chica. Un tipo algo raro, lo vi subirse de nuevo hacia la carretera —señaló con un gesto de la mano.

—¿Pudo verlo de cerca? —preguntó ligeramente aliviada de hallar una posible pista sobre él. Stone lo consideraba su gastritis personal pero su sentido de responsabilidad la había obligado a venir.

—Uhmm, estaba algo lejos pero llevaba una especie de abrigo largo como los que usan en las ciudades —mencionó intentando recordar—. Tenía el cabello largo y... definitivamente le hacía falta una afeitada —dijo mientras asentía.

Parecía una descripción acertada de él, pero que hubiera vuelto a la carretera le resultaba extraño a la detective, sobre todo a sabiendas que Holmes era algo obseso cuando hallaba alguna pista importante.

—Bien, gracias por la información —agradeció al hombre y procedió a seguir su camino cuesta abajo.

—¡Espere! —exclamó el hombre a la detective— Yo podría guiarla, conozco bien esta área.

Stone lo meditó por unos segundos. Había memorizado el plano pero la estructura estaba bajo el suelo, así que carecía de un mapa de la zona. La ayuda le vendría perfecto dado el poco tiempo, además de que no sabía con exactitud en qué condiciones estaría Holmes (aunque esperaba que este estuviera entero y de preferencia sin un rasguño).

—Bien —dijo no del todo convencida de incluir civiles pero dadas las circunstancias contar con un poco de ayuda extra no parecía tan malo.

Caminaron cuesta abajo. A medida que descendían se tornaba más difícil caminar entre la tierra húmeda, y las frondosas copas de los árboles se tornaban más densas al mismo tiempo que el cielo empezaba a oscurecer, señal de que se aproximaba una nueva tormenta. Stone miró al cielo y rogó por una tregua al mal tiempo.

El varón alzó la mano a la detective que venía detrás suyo en señal para detenerse.

—Con la lluvia de anoche toda esta zona se inundó y se tornó fangosa, aquí tuve que abrir camino —señalo con la mano—. Mi cultivo se estropeó —dijo con pesar mientras tanteaba el área con la mirada.

El sonido de un trueno a la distancia anunció las primeras gotas de lluvia. Volteó hacia la joven y le ofreció su mano para ayudarla.

Stone bajó un pie y sintió lo blando del suelo. Entre paso y paso podía oír el sonido del entrar y salir de sus botas en la tierra lodosa.

—¿Han encontrado al culpable? —preguntó a la detective que caminaba delante de él— Lo que le pasó a esa chica fue espantoso.

—Ahm… todavía estamos investigando —dijo con cautela mientras seguía mirando el camino lodoso que parecía desembocar un par de metros más abajo.

—Quizás pronto lo descubra junto a su amigo Holmes.

Stone sintió su cuerpo tensarse en cuestión de milisegundos e instantáneamente puso su mano sobre su taser. Se giró y logró esquivar por centímetros la pala que el hombre batía en el aire. Acto seguido, cayó de espaldas sobre el suelo fangoso y golpeó la espinilla del hombre con la suela de su bota derecha.

—¡Hija de perra! —bramó de dolor el atacante, quien nuevamente elevó en el aire la pala para intentar golpearla.

Stone rodó en el lodo y logró ponerse de pie sin anticipar un golpe directo al estómago, provocando que cayera de rodillas doblándose de dolor y jadeando por la falta de aire. El agresor sonrió y pateó lejos la taser, se acuclilló y la tomó del cabello obligándola a levantar el rostro para que lo mirase. No ocultó su satisfacción de tener el control de la situación.

—Admito que no esperaba que fueras una pequeña fierecilla… Eso me excita —reconoció con una mirada lasciva de la cual Stone sintió repulsión—. La última sólo sabía llorar, no era divertido, pero tú y yo pasaremos un buen rato antes de —una sonrisa burlona se dibujó en sus labios antes de continuar—… que me deshaga de ti.

Un puñetazo directo a la garganta lo tomó por sorpresa, haciendo que el sujeto se llevara ambas manos al cuello y soltara a la detective, quien aprovechó para ponerse de pie mientras el otro tosía en su intento por recuperar el aire.

Alzó los brazos en posición de guardia con los puños cerrados y separó las piernas a la anchura de los hombros, adolorida pero segura que tenía frente a ella al asesino o a alguien conectado a él.

El sujeto limpió su boca con el dorso de su mano y la miró enardecido. No esperaba que esta se defendiera, lo que alimentaba su retorcida fantasía de verla suplicar por su vida.

El hombre se abalanzó hacia ella con un puño derecho, no obstante, logró esquivarlo, repeliendo el ataque con dos golpes seguidos que lo aturdieron. Aprovechó la situación para buscar su taser y apuntar pero el suelo traicionero hizo que ambos resbalaran cuesta abajo, frustrando su intención de dispararle para someterlo.

Stone luchó desesperadamente por sostenerse de algunas raíces de árboles cercanos pero la avalancha de tierra húmeda la empujó hasta el fondo de la zanja donde aterrizó directamente contra el suelo. Boca abajo con la cabeza de lado, puso lentamente las palmas de sus manos en el suelo para enderezarse. Apretó los labios con fuerza por el dolor mientras se giraba para apoyarse sobre su antebrazo derecho. Al terminar de acomodarse levantó la vista.

—Maldición —masculló. Las paredes estaban demasiado altas, le sería imposible salir.

Stone miró a su alrededor pero la luz escasa y tenue le dificultaba ver. Aún podía olerse la humedad en el aire.

Un relámpago estremeció el cielo y una lluvia torrencial se desató. El sonido de árboles crujiendo alertó a la detective: un nuevo alud de tierra se desplazaba con velocidad. Se cubrió la cabeza con ambos brazos cuando algo la sujetó de los tobillos y gritó mientras era arrastrada con fuerza segundos antes de quedar sepultada.

Su pecho subía y bajaba frenéticamente presa de la agitación, tenía los dedos enterrados con fuerza contra el suelo. Sabía que no estaba sola, pues podía oír la respiración pesada de alguien frente a ella.

Finalmente, el sonido de un crujido iluminó parcialmente un rostro familiar: era Sherlock, quien sostenía en su mano derecha una pequeña barra luminosa de emergencia, sentado en el suelo con la espalda recargada a lo que parecía una estructura vieja y corroída.

"¡Está vivo!" pensó Stone cerrando los ojos completamente aliviada pero el pelioscuro no parecía compartir el mismo sentir.

—Lo arruinaste —dijo con total frialdad, provocando que la detective abriese los ojos de golpe para encontrarse con la mirada severa dirigida a ella.

Sherlock notó la incredulidad en su rostro que parecía no comprender la situación, lo que provocó aún más su enojo.

—¡Lo has arruinado! —vociferó nuevamente en tono acusador.

La detective siguió la mirada que Sherlock había trasladado hacia el montículo de tierra, fue entonces que todo pareció encajar provocando que su rostro pasara de un estado de confusión total a la rabia e indignación en un sólo parpadeo.

—¡Debes estar bromeando! —espetó con el ceño fruncido a su acompañante, quien se incorporó sacudiendo la tierra de su abrigo maltrecho y sucio.

Stone ignoró las punzadas de dolor y se levantó para ir tras él.

—¡Oh!, por cierto, estoy bien, gracias por preguntar —dijo apretando los dientes con fuerza.

La actitud hostil de Holmes era enervante. Pasó por delante de éste y prendió la lámpara que había tomado de su compañero de turno.

—Tendremos que buscar salida por las intersecciones que une ambos túneles —comentó la joven sin titubear, lo que hizo sospechar al otro detective, quien le dio alcance.

—¿Qué has dicho? —preguntó Sherlock plantándose a su lado. Stone se giró para mirarlo de frente, levantando la cabeza debido a la diferencia de altura, y le apuntó con la luz de la lámpara deliberadamente. Su acompañante entrecerró los ojos.

—Has estado husmeando entre mis cosas —dijo indignado.

—Los malos hábitos tan bien se aprenden —comentó ella enarcando ambas cejas y prosiguió su camino, dejando atrás a un Holmes malhumorado.

Ahora era Sherlock quien apretaba los labios y exhalaba con fuerza. Su paciencia estaba llegando a un límite.

—Es admirable que hayas encontrado el lugar —dijo con un tonillo pedante que no había pasado desapercibido para la detective.

—¡Mira eso!, ahora estás siendo condescendiente —exageró con falso asombro.

—Bueno, gracias a ti estamos aquí —puntualizó él con malicia.

Stone dejó caer su quijada ante tal afirmación, algo que Sherlock no pudo ver dado que seguía caminando tras de ella.

—¿A mi? —dijo admirada por la osadía de Holmes—. ¡Claaaro!, mi egolatría me hizo venir hasta acá para terminar casi asfixiada bajo un alud de tierra para salvar el trasero del detective consultor favorito de Scotland Yard.

—Nadie te lo pidió —le espetó.

La castaña se detuvo.

—No, nadie lo hizo —dijo mirándolo por encima de su hombro—, y a nadie pareció importarle.

Scotland Yard se había mostrado poco interesado con el paradero de Holmes y las respuestas sarcásticas que había recibido de la Sargento Sally le habían parecido poco profesionales.

—¿Entonces por qué has venido? —preguntó contrariado.

La detective no pensó demasiado y miró a Holmes.

—Era lo correcto —respondió con completa honestidad—. Es... parte de mi trabajo… servir y proteger —dijo con el afán de restarle importancia a sus palabras.

Stone volvió a iluminar el camino frente a ella sin saber que acababa de dejar desconcertado al propio Sherlock Holmes, quien por primera vez se cuestionó si sus deducciones iniciales sobre ella habían sido erróneas, algo inconcebible para el erudito.

Una mujer a la que consideraba obtusa (algo que también pensaba del resto de Scotland Yard), de quien en ciertas ocasiones no desaprovechó la oportunidad para hacer mofa de su apego a las reglas, acción que ella repetía en cada paso que Holmes tomaba, lo que naturalmente terminaba en discusiones y señalamientos.

Sherlock no pudo evitar rodar los ojos al recordar.

Sin embargo, para su sorpresa, ahí estaba ella rompiendo y desobedeciendo esas mismas reglas, algo que lo hizo sopesar toda la situación y finalmente llegar a una conclusión sobre la detective.

—Esa mujer es un hígado —sentenció sin más.

Sherlock apresuró el paso para alcanzarla pero un extraño sonido lo hizo parar en seco.

—Oh-oh.

—¿Ahora qué? —preguntó Stone malhumorada por encima de su hombro.

Al no obtener respuesta, se giró rápidamente y alumbró en todas direcciones sin encontrar rastro del hombre.

—¡Holmes! No ahora, por favor —refunfuñó volviendo tras sus pasos cuando algo atrajo su atención.

Intentando sostenerse con sólo la mitad de su cuerpo visible se encontraba Sherlock, aparentemente siendo succionado por el suelo. Corrió hacia él y enterró las manos en la tierra húmeda para ayudarlo.

—Sostén mis brazos y usa tus piernas para impulsarte —instruyó Holmes que pese a la situación se mostró impasible.

Stone lo miró y asintió con la cabeza. Se apresuró a quitarse la enorme chamarra de su uniforme y se arremangó la camisa hasta el codo, luego procedió a sostenerlo por los antebrazos con fuerza mientras colocaba sus piernas una cada lado de él. Sería como intentar arrancar las raíces de un árbol grande y pesado. Después de cruzar miradas, la chica comenzó a halar con fuerza mientras sus pies se enterraban con fiereza en el suelo. Poco a poco comenzó a ceder el suelo, lo que permitió al recién rescatado terminar de salir ya sin la ayuda de la detective, quien lo soltó y se hizo a un lado para darle espacio.

Agotados por el esfuerzo se quedaron boca arriba recuperando el aliento.

—¿Sabes? —dijo la castaña—, muchas veces deseé que te tragara la tierra e irónicamente hoy terminé sacándote de ella.

Sherlock giró lentamente la cabeza hacia la detective, quien rió por lo bajo, algo que él también terminó por hacer.

De repente, las risas pararon.

—¿Qué-?

—Corre —interrumpió Sherlock mientras se incorporaba con rapidez.

En corto tiempo la tierra se llenó de grietas que serpenteaban bajo los pies del dúo apresurado.

—¡Stone! —gritó al intentar tomarla del antebrazo pero la tierra cedió más rápido de lo que imaginaban y en un acto casi instintivo la envolvió con su cuerpo segundos antes de caer.

Sherlock impactó contra el suelo, lo que le hizo arrugar el rostro debido al dolor. Mientras sus ojos se acostumbraban a la nueva oscuridad pudo ver la lámpara de mano de la detective que con suerte todavía alumbraba a escasos metros de él. Se arrastró con los antebrazos hasta llegar a donde estaba el objeto.

—¡Stone! —la llamó desesperadamente mientras iluminaba en todas direcciones.

—¡Detective Stone! —gritó nuevamente con más fuerza.

—Aquí —respondió en un tono apenas audible.

Halló a la detective de rodillas sosteniendo con fuerza su brazo izquierdo contra su pecho. Ella no lo miraba a él, fue entonces cuando se percató del rostro parcial que sobresalía del suelo. Se trataba de un cráneo humano.

—Bufanda roja y gorro de lana —murmuró la detective.

—Alice Baxter. Desapareció en la estación de tren —dijo Holmes al reconocerla inmediatamente gracias a los afiches de búsqueda que habían plagado toda la ciudad.

La detective permaneció en silencio.

Sherlock se arrodilló junto a Stone.

—Tengo que revisarte —le advirtió antes de tocarla. Stone asintió sin dejar de mirar el cráneo de aquella mujer.

—No pareces tener nada roto pero es difícil saberlo. Tendré que inmovilizar tu brazo, puede que sientas algo de dolor.

—Bien… hazlo.

Se quitó su bufanda e improvisó una férula con la cual cubrió el brazo de la detective.

—Nada cambiará el hecho de que esté muerta.

Stone lo miró llena de indignación un momento antes de ser apretada fuertemente con la prenda y bramar de dolor.

Una lágrima traicionera resbaló por su mejilla. El dolor era punzante pero la rabia se había hecho presente.

—Deja de castigarte —dijo en un tono suave e inusual en él—, lamentarse y llorar no evitará que mate de nuevo.

La joven lo miró, había rabia mezclada con culpa.

—¿Cómo lo haces?, ¿lo apagas? —preguntó expectante, como si esperara una respuesta a todas las interrogantes que atravesaban por su cabeza.

Él suspiró.

—Aprende a dominar tus emociones, pero no te desconectes totalmente de ellas. Si te privas de ello puedes terminar perdiendo el control —dijo mientras la imagen de un tal Magnussen se colaba en la mente del hombre.

—Pareces realmente creer en ello.

—De no hacerlo podría perder cosas importantes.

—¿Un caso? —preguntó ella enarcando una ceja

—Amistad —corrigió con una sonrisa que no alcanzó a ocultar cierta tristeza en sus ojos.

La detective se sorprendió con aquella respuesta, no la esperaba. Por primera vez tenía una versión más realista y mucho más humano de Sherlock Holmes, algo que contrastaba con la forma en que la mayoría se expresaba del detective.

—¿Qué? —espetó secamente su compañero.

—No, nada, es… sólo que la gente suele describirte como… —divagó dubitativa.

—¿Una máquina sin sentimientos? —completó divertido.

—Un cretino. Lo siento.

Su lengua había sido más rápida que su cabeza, a lo que se disculpó rápido y apenada.

—También —asintió mientras reía—. Durante mi carrera he escuchado infinidad de cosas acerca de mí pero nunca me ha importado y sí, me he metido en problemas por eso. ¿Cómo te sientes?

—Adolorida —contestó arrugando la nariz.

—Tenemos que continuar y salir de aquí, la tierra está húmeda —indicó—. Estos túneles fueron diseñados para llevar el exceso de agua hacia alguna salida, con estas lluvias es posible que se inunden. Podríamos morir ahogados.

—Pero… —interrumpió Stone mirando hacia el cadáver que yacía junto a ellos.

—No hay nada que hacer, necesitamos equipo especial para sacarla de aquí y ni siquiera saben donde estamos.

La vendada aceptó con resignación, estaba en lo cierto.

Sherlock la miró y esta vez fue la detective que espetó un "¿qué?" bruscamente.

—Esta es la primera vez que tenemos una conversación sin discutir —señaló.

—Bueno, no hay nada aquí con protocolos que tengas las desfachatez de ignorar deliberadamente —dijo ella mirando a su alrededor

—Ni argumentos para llevarme la contraria —apuntó Holmes.

—¿Por qué lo complicamos todo? —preguntó con sinceridad la detective.

—Distintos enfoques, distintos métodos… —dijo Sherlock.

Stone suspiró.

—Todo está regido por reglas y protocolos. Sé que no tengo que explicártelo pero… aún cuando creo que estás apuntando al lugar correcto, muchas veces tengo las manos atadas. No apruebo la mayoría de tus métodos para obtener evidencias pero creo que hemos avanzado más en estos seis meses que en todo un año de investigación. De verdad quiero resolver este caso, si tan solo confiaras un poco más en mí, yo pienso que…

—No necesito más amigos, tengo los que necesito.

—¡Vaya egolatría la tuya!, ¿quién dijo que me interesa ser tu amiga? —dijo molesta—. Pero la realidad es que estamos juntos en esto, te guste o no, y hasta que no pase ese reporte estaré condenada a pasar los próximos años en un maldito escritorio.

—¿Reporte? —interrumpió Holmes. Estaba atónito, ¿su futuro estaba en manos de la persona que más detestaba desde hacía seis meses?

—Ah, mira eso —dijo con una media sonrisa—, pareces sorprendido —enunció disfrutando su inesperado triunfo.

—¡Por supuesto que estoy sorprendido! —respondió tajante—, ¡han puesto en manos de la persona más inepta de todo Scotland Yard a evaluar mi desempeño! —dijo apuntándose con ambas manos—. Oh, vaya que esto es de risa —ironizó mientras se llevaba las manos a la cabeza.

Stone lo miró sin comprender el porqué de su actitud.

—Escuché tantas cosas malas sobre ti, sin embargo, no las creí o no quise creerlas —confesó con pesar.

—Oh, qué triste —contestó con ironía—, siento mucho la decepción pero no necesito tu lástima, ni la de nadie —sentenció el pelioscuro.

La frialdad de sus palabras la sorprendieron aún más a la detective.

—Bien, entonces estamos en un punto muerto —comentó tomando la linterna del suelo.

—Espera —dijo Holmes pero antes de poder continuar un ruido ensordecedor los interrumpió.

Le hizo señas para apurarla y corrieron a toda prisa; el agua comenzaba a llegarles a los pies mientras se movían con dificultad entre el suelo fangoso del túnel.

—¡No te detengas! —vociferó Sherlock.

Dieron vuelta a la izquierda hasta que toparon con el final del pasillo. Holmes miró hacia arriba, habían encontrado una de las salidas.

—No hay escaleras —notó Stone alarmada mientras el agua seguía subiendo a un ritmo perturbador.

Sherlock comenzó a palpar la pared hasta que topó con los que parecía ser una vieja escalera que daba hacia la salida.

—¡Está rota, maldición! —lamentó mirando a la detective— tendrás que apoyarte en mí —dijo esta vez juntando sus manos e indicando que subiera. Stone obedeció mientras él la impulsaba para que alcanzara los escalones superiores.

La detective apretó la mandíbula con fuerza debido al dolor de su brazo lastimado y con la mano derecha estirada logró sujetarse de las escaleras.

—¡La tengo! —gritó mientras se agarraba con fuerza de uno de los peldaños— ¿Cómo subirás? —preguntó dirigiendo su mirada hacia donde estaba su auxiliante.

—¡Sube, no te detengas! —dijo ante la mirada de preocupación de su compañera.

Stone se mostró dubitativa, miró hacia arriba. Un par de metros más y estaría fuera del túnel.

—Mierda —soltó y acto seguido volvió a descender.

—¿¡Qué demonios haces!? —le gritó Sherlock.

—¡No voy a regresar a sentar mi trasero en un maldito escritorio!, no voy a darte ese gusto —respondió.

La miró por unos segundos perplejo, no sabía si reír dada la situación.

Al mismo tiempo la detective comenzaba a patear la escalera, la cual estaba atorada debido a lo oxidada y vieja, pero después de un par de segundos esta descendió con velocidad hasta llegar al suelo.

Con el agua casi llegándole al pecho Holmes subió con rapidez. La detective hizo lo mismo hasta que toparon con el techo.

Sherlock intentó abrir sin éxito la palanca de emergencia y ambos se miraron mientras el agua seguía subiendo, esperaban el final inminente.