Todos los Caminos Conducen a la Desgracia
Emiya armó el pequeño e improvisado campamento con más rapidez que la última vez. Normalmente tenía a Sapphire parloteando sobre algo y terminaba distrayéndose un poco, a pesar de que lo único que tenían que hacer era extender un saco de dormir.
Frunció el ceño al pensar en su antigua compañera de viaje y no pudo evitar que la ira lo invadiera. Todavía era nuevo todo este asunto de tener empatía. Estaba seguro de que se habría, bueno, tal vez no enojado, pero algo parecido en el pasado la recibir la noticia. Pero no porque el primer rostro amistoso que vio cuando llegó a este mundo estuviese herido, sino porque no había estado allí para salvarla. Ese habría sido el único problema para Emiya Shirou. Pero, para Emiya Tohsaka, Archer, antiguo Contraguardián, era diferente.
Estaba furioso y ansioso de matar a los perpetradores. No por algún deseo enfermizo de autosatisfacción, sino porque ella se posicionó como alguien importante en su vida en tan poco tiempo. Y también quería clavarse su propia espada, porque estaba feliz. Feliz de ser capaz de sentir algo más allá del vacío asqueroso de «justicia» y «heroicidad» que estuvo gobernándolo hasta ahora. Hasta que asimiló los sentimientos de Todos los Males del Mundo. Tal vez debería considerar que era lamentable que ni siquiera pudiera sentir cosas mediante métodos normales, pero ya ni siquiera le importaba.
Estas… cosas, que ahora se aferraban a él, como a cualquier humano, le estaban instando a hacer algo estúpido. Pero los acalló y volvió a la realidad, ya que tenía cosas que hacer.
—Sabes, — dijo repentinamente —puedes comenzar a decir lo que piensas.
Al principio no recibió ninguna respuesta, y Ralts solo lo miraba fijamente. Admitía que se sentía un poco culpable. Todo el asunto de Sapphire, Angra Mainyu, Jean y las noticias de Dwight le impidieron hacer algo por ella. Sabía que no estuvo de ociosa, descubrió que entrenó un poco su cuerpo en la habitación mientras él no estaba observando, a pesar de su estado físico tan patéticamente misterioso. Era capaz de seguir el ritmo de una caminata por el terreno irregular del bosque—a pesar de que tendría que cargarla al final— pero no tenía la condición para trotar o levantar cosas.
Luego de lo que pareció un minuto, Emiya comenzó a sentir una presencia que invadía su mente. La primera vez lo pasó por alto, fue tan sutil y espontáneo, sumándole el hecho de que fue tomado con la guardia baja. Ahora que estaba preparado, fue que captó algo. No lo llamaría invasivo, a pesar de que la santidad de su psique estaba siendo abordada. Si tuviera que describirlo… ¿era como la presencia de un amigo que tocaba la puerta de la casa antes de permitirse entrar debido a la familiaridad? Podía forzar la retirada, pero lo dejó pasar.
—¿Y-ya no hay presencia mala?
Levantó una ceja ante la forma en la cual describió Todos los Males del Mundo. Seguro, era una «presencia mala», pero los magi de su mundo se habrían arrancado el cuero cabelludo al llamar así a la representación de una deidad persa. Y admitía que era una representación porque, incluso si con el poder del Grial ningún magi fue capaz de encarnar por completo a un Héroe, ¿podría en realidad traer un Espíritu Divino?
—No, no hay "presencia mala". — respondió antes de seguir perdiéndose en su mente.
Ralts, al parecer, no le creía. La Pequeña se quedó mirándolo fijamente. Fue otra larga pausa, hasta que continuó con otra pregunta:
—E-entonces, ¿po-por qué el Maestro se siente diferente?
Emiya, apenas notando que su discurso había cambiado, hizo una mueca ante el título. No le gustaba ser llamado maestro, y lo aborrecía. De hecho, fue algo que debió sentirse en su vínculo, porque se hizo más pequeña de lo que ya era. Se obligó a reinar sobre sus sentimientos. Solo era un título porque le estaba enseñando. Nada más.
—¿En qué sentido soy "diferente"?
Era obvio que no quería volver a hablar, tal vez pensando que podría desencadenar otra reacción negativa. Retuvo el deseo de suspirar para no dar otra mala impresión, y solo esperó. Esta vez le tomó el doble de tiempo volver a la conversación.
—E-e-el Maestro era raro. N-no… no sentía. — supuso que era eso, así que la instó a continuar —N-no… no e-eso… To-todo lo que el Ma-Maestro sentía era… ¿falso?
Notando que estaba luchando con las palabras, Emiya estaba seguro de que descubrió algo un poco impactante. No era que Ralts tradujese sus pensamientos a través de la Telepatía, así que se descartaba una poderosa herramienta de comunicación omnilingüe, si la palabra siquiera existía. Era algo mucho más mundano, pero igual o casi más sorprendente. La Pequeña había aprendido el idioma humano en el corto tiempo que había estado con él, captándolo de sus conversaciones con Sapphire y cualquier otro. ¿Qué tan inteligente era? ¿Solo se trataba de su raza, Tipo o toda la especie pokemon en su conjunto?
—Cu-cuando Sa-Sapphire sentía fe-felicidad e-era… ¿cálido? — casi no le sorprendió que pudiese sentir a Sapphire, estuvo casi tanto tiempo con Ralts como Emiya —Pe-pero… el Maestro sie-siempre fingía. No e-e-estaba alegre, pe-pero sonreía. A-ahora… — volvió a dudar, desviando la mirada de Emiya —A-ahora el Ma-Maestro si-siente cosas. S-se enoja. Se a-alegra. No sa-sabía si la co-cosa ma-mala todavía mo-molestaba al Maestro.
Emiya suspiró antes de agacharse y acariciar su cabeza. Tenía perfecto sentido. Si antes emulaba o exageraba cualquier sentimiento, Ralts debería volverse cautelosa cuando repentinamente comenzaba a actuar como una persona normal. Le daría crédito por su precaución, evitando hacer contacto mental cuando sospechaba que algo andaba mal.
—Te aseguro que no hay "cosa mala". Simplemente… recordé cómo sentir.
Expresarlo así era extraño. Emiya Shirou nunca supo cómo era sentir, siempre fue un cascarón que sirvió como recipiente para el sueño de otro cascarón. Era Emiya Tohsaka quien sabía cómo era sentir, tal vez ni siquiera de la misma manera… que el niño… que fue antes de «Emiya Shirou»… Entonces hizo clic. La Guerra. El incendio. Emiya no solo estuvo en contacto con Angra Mainyu como Contraguardián, sino también como aquel niño. Lo sabía, pero nunca ató los cabos del asunto.
La maldición no lo mató gracias a… Avalon, ahora lo recordaba. No murió debido a la maldición gracias a Avalon, pero perdió… No, tiró cualquier rastro de humanidad mientras escapaba del fuego. El fuego causado por la explosión del Santo Grial Corrupto. Un fuego que contenía una maldición. Un fuego que devoró su humanidad, o por lo menos lo suficiente…
Emiya no pudo hacer nada más que reír. Todos estos sentimientos, tan nuevos y abrumadores, solo trataban de ponerse al día. Sentimientos que pertenecieron al niño antes de convertirse en Emiya Shirou, ahora en un cuerpo adulto y sin saber cómo reaccionar mientras pasaba a través de una experiencia traumática como era estar en contacto con Todos los Males del Mundo.
Un fuerte dolor de cabeza formó una mueca en su rostro, y de inmediato el tren del recuerdo se detuvo abruptamente. Cualquier imagen del fuego que se estuviese reproduciendo en su cabeza fue borrada o, más claramente, suprimida. Esto, por supuesto, confirmaba otra teoría: los Zafiros Oxidados no eran sus recuerdos, solos las llaves.
Suspirando, tanto de agotamiento mental como de una extraña felicidad nacida de la realización, miró a Ralts. Había retrocedido un par de pasos. Tal vez abrumada por el coctel emocional en el que se había convertido de un segundo a otro, o simplemente asustada por su risa casi demente.
—Solo ignórame. ¿Qué tal si hacemos un poco de entrenamiento?
La sugerencia pareció sacarla de sus pensamientos. Gracias a que su cabello cubría sus ojos, era imposible saber qué estaba pensando solo con el contacto visual. Por otro lado, su cuerpo era honesto. Estaba un poco aprehensiva, lo que no le resultase extraño. Estaba seguro de que cualquier magus que no fuese Ejecutor, o la chica de dos coletas, maldecirían ante la idea de hacer ejercicio. Para la desgracia de Ralts, esto no era negociable, pero, al menos, tenía otra cosa en mente.
—Es bastante obvio que no eres rápida. — la vio estremecerse ante la dura crítica —Y puedo apostar que no lo serás en mucho tiempo. Tampoco podemos retrasar todo lo demás debido a tu falta de condición.
Era obvio que iba a estar contrarreloj. Cazadores furtivos, Operaciones Negras y una posible guerra en el horizonte. Una parte de Emiya quería tirarlo todo y pulirla en sus puntos fuertes. Explotar cada ápice de su conocimiento de los magi para enseñarle a luchar como un Caster. La tentación de tenerla lista para el combate lo más rápido posible fue grande, pero desterró el pensamiento, y por una razón simple. Él mismo.
Emiya, incluso si podía admitir que estaba sobrespecializado con respecto a las espadas, no era un pony de un solo truco. Su viaje por el mundo lo obligó a adaptarse, y a pesar de no ser un experto en los campos que eligió, se defendía de forma competente. Armas de fuego, explosivos, combate desarmado —a pesar de que los operativos especiales del hotel podrían barrer el piso con él— y tiro con arco, el único al nivel de su especialidad y lo que lo convirtió en Archer.
—Como tal, haremos un atajo. No hay un truco para adquirir reflejos óptimos para la batalla, solo la constante exposición a los ataques permitirá que aprendas algo. — permitió que una sonrisa depredadora se abriera paso, haciéndola estremecer —Por supuesto, tampoco olvido los requisitos para mejorar la efectividad de tus Movimientos, además de la Evolución. Así que trabajaremos en tres cosas: resistencia, reflejos y Energía P.K.
»Correrás alrededor del área que marcaré y te atacaré en cualquier momento que crea conveniente. Tienes permitido esquivar, por supuesto, pero debes capturar el objeto arrojado con Telequinesis. Por ahora evitaré utilizar un arco, solo arrojaré algunos objetos.
Debería sentirse culpable al disfrutar del estremecimiento de la Pequeña, pero no lo hacía.
Emiya marcó con un grupo de dagas mundanas un recorrido de trescientos metros a la redonda. Se mantuvo en el centro para poder apuntar a cualquier dirección y vigilarla mejor. Tenía que admitir su incapacidad para entrenar a alguien, todo esto era improvisado, una mezcla entre el método de practicar con hechos reales —lo que él tuvo que hacer en su mayoría— y aprendizaje supervisado. Pero no podía ser peor que Saber, ¿no? Su método era «golpear hasta memorizar».
Contuvo una mueca cuando el dolor de cabeza lo golpeó. Correcto, otro recuerdo errante sellado. Si alguna vez ponía las manos sobre el idiota que le hizo esto, le pagaría con una migraña digna de Alaya.
Dejando a un lado los pensamientos, le indicó a la pequeña que podía iniciar con la carrera. Ni bien movió un pie para tomar impulso, Emiya ya había Trazado una pequeña canica de acero del tamaño de un pulgar. La arrojó mientras se contenía, golpeándola en la parte posterior de la cabeza y haciéndola caer de bruces. Suspiró con resignación, masajeando su frente ante la vista. Mucho trabajo por delante.
Al menos tenía la ventaja de que no podría dañarla a menos que realmente se esforzase. Tener un campo defensivo de forma pasiva era una gran ventaja cuando se quería entrenar a alguien. Podría llevarla a los extremos y apenas sería despeinada por el desgaste.
Tras esperar que se levantase, esta vez la dejó moverse al menos un par de metros antes de atacar. No lo detuvo mediante el uso de Telequinesis, solo se arrojó al suelo para evitarlo… No, espera, tropezó con sus propios pies. Esta vez se permitió gemir de frustración. ¿Cómo podía ser tan inútil en ese aspecto? ¿No la uso Wally para luchar contra los cazadores furtivos?... En realidad, siempre que él la usaba para una pelea, prefería que sirviese como escudo y la cargaba.
Emiya dejó su cuerpo en piloto automático mientras volvía a la conversación que tuvo con Dwight. Atacaba cuando creyó que Ralts se había relajado lo suficiente como para no defenderse. La mayoría de las veces estuvo en lo correcto, ya que no parecía habituada a mantenerse en estado de alerta más allá de unos segundos. O tal vez se debía a que su mente reconocía que solo se trataba de un entrenamiento. Sea como fuere, iba a corregir esa mentalidad.
Ahora, ¿qué iba a hacer con la Orden de Aramitz?... Definitivamente nada. Era un solo hombre. ¿Qué se suponía que iba a hacer? ¿Llover espadas sobre el problema? Eso era lo que habría hecho Emiya Shirou. Emiya Tohsaka —o Tohsaka Emiya si quería seguir usando el orden japonés— no haría nada. Emiya Tohsaka estaba de vacaciones, y la única manera de solucionar el problema entre Aramitz y el resto del mundo era obvio: uno de los dos debía dejar de existir.
La Asociación jamás renunciaría a los pokemon, esa era la fuente de su poder e influencia. Sería estúpido siquiera considerar eso, los humanos amaban su poder. Aramitz no iba a permitir que una potencia extranjera —entiéndase: todo el resto del mundo— avalase el uso de armas de destrucción masiva en su terreno soberano. Solo había tres soluciones.
O destruía Aramitz, un bastión de la libertad y la única tierra que luchaba contra el monopolio de un gobierno encabezado por idiotas que repartían armas a niños impresionables. Hacerlo condenaría a la humanidad a una era donde un solo gobierno tuviese el control total del mundo, armando a la población hasta que todos se destruyesen mutuamente luego de ahogar la economía mundial mediante el desempleo y pésimas condiciones para los humanos no privilegiados…
O exterminaba a todos los pokemon, una especie inocente cuyo único pecado era existir con un poder que superaba con creces lo que cualquier humano podría conseguir en esta vida. Hacerlo condenaría al planeta al eliminar a los únicos que sostenían el ecosistema, llevando a la humanidad a una muerte segura en un mundo inhabitable…
O destruía todas las demás civilizaciones bajo el yugo de la Asociación Pokemon —entiéndase nuevamente: todo el resto del mundo— para que Aramitz pudiese expandir su ideología, diezmando la población de los pokemon a un número manejable. El mismo problema que la primera opción: dominio total del mundo bajo un solo gobierno. Sin un enemigo en común, Aramitz no tardaría en fragmentarse, naciendo distintas ideologías que llevarían a la guerra. Armas nucleares y destrucción mutua asegurada, lo que vio al final de su vida como Contraguardián…
Sonrió con ironía ante el dilema mientras volvía a derribar a la Pequeña. Un problema en el que cada solución solo terminaba en una tragedia, como todo en su vida. Y la coexistencia no era una opción. La Asociación, según las palabras de Dwight, no soportaba una nación rebelde; Aramitz, por otro lado, contaba con su propio grupo de fanáticos extremistas, estuviese justificada o no su indignación. Tarde o temprano entrarían en guerra y devastarían el mundo, principalmente Aramitz, si la teoría de Emiya sobre las armas nucleares era cierta.
Como tal, Emiya Tohsaka no haría nada. Lo más inteligente podría ser dejar que la naturaleza siguiese su curso. Era un forastero en este mundo. No debería alentar o deshacer cualquier cambio que los nativos estuviesen intentando. Solo fluir con la corriente… Está bien, un poco hipócrita teniendo en cuenta con quién trabajaba y, conociendo su maldita suerte, el asunto iba a empeorar.
Al final, no importaba. Su intervención sería menos que útil. Donde se inmiscuía, la desgracia lo seguía de una forma u otra. Creía que era un signo de su mala suerte, pero solo se trataba de sus malas decisiones.
Cuando la Pequeña fue incapaz de levantarse otra vez, supo que todo había terminado. Una parte de él estaba decepcionada, y la otra lo esperaba. No podía pedirle al equivalente de un magus que fuese atlético de la noche a la mañana. Aunque, creía recordar, que podrían suplir un poco de las necesidades físicas el impulsarse con Energía P.K. Era posible que hiciera esto durante sus caminatas, pero no importaba mucho.
—Admito que fue decepcionante, pero mejor que tu primera carrera. Bien hecho.
Ni siquiera se molestó en asentir, prefirió quedarse en esa posición en lugar de encararlo. Emiya decidió dejarla allí mientras iba a buscar los utensilios para cocinar. Tenía que hacer algo más simple, Sapphire llevaba el resto de los suministros y no tenía espacio. Era bueno que pudiese usar Proyección para las cosas que pudieran faltar.
Ahora, con respecto al entrenamiento de Ralts, podía afirmar que estaba asombrado en su decepción. Ella entrenó por su cuenta mientras Emiya se encargaba de sus propios asuntos, y esa iniciativa la recompensó con una mejora en su capacidad física. Fue muy poca, al menos para un estándar sobrenatural; para un estándar humano, fue mucho. Demostrando otra vez que estas criaturas eran una amenaza.
Una amenaza que fue esclavizada, que estaba siendo utilizada como arma y que serían la fuente de un conflicto. Frunció el ceño y enterró el pensamiento. No iría por ese camino. Tal vez no estaba mal ayudar a otros, y podría alentarlo, una mano aquí o allá; tal vez dejar inconsciente algunos Entrenadores. Pero había un límite en lo que podía hacer.
Como un experto en historia, sabía de buena fuente que la esclavitud no era una situación que pudiera solucionar con la fuerza. Aquí tampoco valdría arrojar espadas hasta que el problema se solucionara por sí solo. Desearía que fuese así de fácil.
Detrás de cada esclavo, existía un modelo y sistema económico, si no funcional, arraigado en la sociedad como un parásito. Luego estaba el hecho de que muchos eran usados para los trabajos que nadie quería hacer. No todos, pero la mayoría. Y como cereza del pastel, el asunto cultural y la costumbre, porque la población no era capaz de imaginar su vida sin los esclavos.
Y por mucho que estuviesen matando la sociedad humana al usar a los pokemon en los trabajos humanos, entendía su razonamiento. «Moriré cuando la mierda golpee el ventilador, así que no importa», era el pensamiento. Como todos, o la mayoría, pensaba de esa manera como excusa para ahorrar en costos, nadie movía un dedo para hacer algo al respecto. Así de condenados estaban los humanos por los que murió, luchó en su muerte y volvió a morir en varias iteraciones.
—Haremos una pausa para cenar. — el alivio en la Pequeña solo habría sido más obvio si hubiera hablado —Espero que te quede algo de Energía, los objetos no se van a levitar solos.
No se molestó en reconocer su respuesta. Por ahora, intentaría olvidar el inminente fin de esta humanidad a través de una de las pocas actividades que disfrutaba: cocinar.
§
II
§
Dwight tomó una larga calada de su cigarrillo. Qué lamentable. Había dejado de fumar, llevaba años sin tocar uno de esos palos de la muerte. Solo bastaron varios días de estrés para obligarlo a volver. Maldijo al responsable de su situación y siguió adelante.
Masculló unas cuantas quejas antes de dejar caer la colilla en un bote de basura. Se aseguró de haberla apagado en su cenicero portátil. Era una cosa vieja y desgastada, con marcas de arañazos en los bordes y descolorida en la mitad izquierda; la otra era de un azul apagado. No sabría si su esposa estaría enojada por permitir que un regalo se desgastase de esa manera, o alegre por saber que dejó de fumar… hasta ahora, al menos. Si volvían a encontrarse, Jen lo iba a matar.
Miró el hospital frente al cual se detuvo e hizo una mueca. Estaba bien el edificio, nada del otro mundo y un arreglo estándar. Era un hospital privado, lo mejor que se podía conseguir en esta isla, aunque palidecía en comparación con las grandes ciudades. El problema era que pasó junto a su contraparte pública, la cual dejaba mucho que desear, y eso era un eufemismo. Ese hospital era una mierda. Este, por el contrario, no provocaba arcadas. El privilegio de los ricos, supuso.
Empujó la puerta y permitió que una enfermera entrase con un paciente en silla de ruedas, quienes enviaron un asentimiento para agradecerle. El interior era blanco y los asientos para la espera, junto a otras decoraciones, eran rosados. También podía encontrar plantas en las esquinas, además de algunos guardias de seguridad que preferirían estar en otro lugar. Al menos la seguridad compartía el mismo problema, y no sabía si alegrarse o preocuparse por eso.
Había pocas personas presentes, pero el personal pululaba de un lugar a otro con prisa. Al igual que la policía, el sector de la salud nunca dormía. Recibió algunas miradas curiosas, pero nadie le dedicó una palabra en el momento en que su placa se hacía visible en el cinturón, apenas cubierta por su abrigo.
Reiteraba: no estaba mal. Pero había estado en el Hospital Memorial de Aramitz en Ciudad Malvalona una vez gracias a un caso de drogas adulteradas. Solo podía quitarse el sombrero, porque si algo sabían hacer los aramitas, eran hospitales… y armas, especialmente armas. Pero su sistema de salud —humana— estaba leguas por delante de cualquier lugar controlado por la Asociación, con tratamientos experimentales para enfermedades, capaces de extender la vida para un padecimiento que no tenía cura. Las maravillas de no tener que invertir en Centros Pokemon.
Acercándose a una recepcionista, la cual estaba más interesada en la revista en sus manos, dejó su paquete sobre el mostrador. Robó una mirada a la portada, que mostraba una nueva línea de productos de Lisia. Estaba más a favor de los Coordinadores que de los Entrenadores, pero no significaba que fuese un gran admirador de ellos.
Se aclaró la garganta, viendo cómo se ruborizaba de vergüenza y fingía no haberlo estado ignorando por un minuto entero. Se recompuso con el profesionalismo de alguien atrapado en la misma conducta en repetidas ocasiones y dijo:
—Bienvenido, ¿puedo saber cuál es su negocio? — directo y al grano, lo apreciaba.
—Visita. Sapphire Birch.
La mujer tecleó un par de veces mientras Dwight la miraba. Una enfermera de traje blanco y cabello castaño. Muy diferente de las Enfermeras Joy de los Centros Pokemon. Nunca se sintió cómodo en esos lugares y agradecía que las estaciones de policía tuvieran la tecnología y el personal para tratar a los pokemon de los oficiales. ¿Obligar a todas las mujeres a vestir igual y teñirse el cabello? No solo eso, siempre y cuando estuviesen en el reloj, todas respondían por el nombre de «Joy» con sonrisas plásticas. Aterrador.
—Habitación doscientos trece, segundo piso.
Con un agradecimiento, Dwight se empujó hacia las escaleras. Llegar hasta su destino fue fácil, ya que su nombre estaba escrito en una placa bajo el número «213». Se abstuvo de entrar cuando vio, a través de la pequeña ventana de la puerta, que estaba sosteniendo un teléfono claramente prestado por el hospital. No tuvo que esperar mucho, la llamada terminó luego de medio minuto.
La observó suspirar desde fuera de la habitación, acurrucándose en la cama. Negó con la cabeza y golpeó un par de veces. No la conocía, apenas se habían reunido un par de veces, pero era obvio que no querría que un desconocido la viese de esa forma. Se mostraba orgullosa en cada interacción, así que le dio tiempo para recuperarse, o fingir.
—Adelante. — la voz intentó sonar animada.
La habitación era blanca con una cama cerca de la ventana. Había una mesita de noche donde reposaba una kangarera, la cual debería contener sus pokeball. Al otro lado había un portasuero con un líquido blanco, conectado al brazo de la chica. Lo demás era poco importante: un sofá, una maseta y un asiento junto a la cama.
la paciente estaba vestida con una bata que llegaba hasta las rodillas, de color azul con lunares blancos. Su cabello desarreglado se veía extraño sin la cinta roja que la había visto usar.
Los ojos de la chica se ampliaron por la sorpresa, lo que era previsible. Lo último que esperaba de seguro era verlo a él, un detective de todas las personas, alguien que debería estar en alguna ciudad de la isla central. Apenas habían interactuado, por lo que no habría razón para la visita. Y notó la decepción. ¿Había estado esperando a Emiya? ¿Tal vez su padre?
—Dwight, ¿no? — el aludido ignoró el hecho de que omitió su rango y ni siquiera se molestó en recordar el apellido.
—Sí.
Se sentó en la silla junto a la cama, arrojando el paquete sobre las piernas de Sapphire. Ella lo miró con curiosidad, y él solo le hizo una señal para que lo abriera. No era nada especial, solo chocolate. Creía recordar que a todas las adolescentes les gustaban los dulces, al menos si su hija servía como vara de medir.
—Espero que te estés recuperando bien. — solo recibió un asentimiento, su boca estaba ocupada. La comida de hospital era, universalmente, una mierda. —Bueno saberlo.
Mientras la observaba atragantarse sin reservas, la estudió. Sabía que tenía cicatrices, pero estas aumentaron desde la última vez que se vieron. Las que más llamaban la atención eran dos: una de quemadura en su hombro derecho y otra alrededor de su cuello, como si alguien hubiera derramada acido allí mientras la asfixiaba. Sabía que la tecnología hizo lo posible para hacerlas menos visibles, así que solo podía preguntarse cómo se veían antes del trabajo.
Dwight apretó los puños. ¿Cómo era posible que la Asociación decidiera promover cosas como esta? Los pokemon eran peligrosos, él lo sabía mejor que nadie. Incluso si no estaba de acuerdo con promover una purga como esos dementes de la Orden de Aramitz, había que hacer algo. No permitir que los niños se aventurasen como si estuviesen reuniendo mascotas en lugar de armas.
Aquí estaba una niña, herida y posiblemente traumatizada. Sí, una niña, porque eso era, por mucho que el gobierno quisiera hacer énfasis en la mayoría de edad. Atacada por una de las armas que a la Asociación les gustaba usar como método publicitario y forma para mantener el control.
La escuchó suspirar de felicidad cuando la caja de chocolates quedó completamente vacía. Se recostó sobre las almohadas, casi como si olvidase su presencia. Se demostró que no lo había hecho cuando lo miró de reojo, sonriendo.
—Gracias. No me gusta la comida aquí.
—A nadie le gusta la comida de hospital, niña. — la escuchó reír ante su respuesta seca.
Dwight tenía preguntas, muchas preguntas. Pero prefirió no hacerlo. Al menos no ahora. Revivir los recuerdos no iba a ser bonito, por mucho que fuese su trabajo hacerlo… Maldita sea, ahora mismo le serviría tener a Vergil, su antiguo asistente tenía una manera de sacar las cosas con delicadeza, como si fuese una conversación amigable más. Pero, si no quería que el chico perdiera su trabajo, debía volver a la estación. A Dwight, por el contrario, le importaba una mierda el trabajo. Sabía que estaba siendo blando al no seguir con el protocolo, pero tenía debilidad por los niños.
—No es que no aprecie que me visites… — sonaba extrañamente nerviosa —pero ¿por qué?
Con una mueca que intentaba ser una sonrisa y falló estrepitosamente, respondió:
—Solo un favor a un… — la mueca se profundizó antes de escupir la palabra como si fuera veneno —amigo.
Arceus, llamar a Emiya su amigo. No podía llamarlo un niño, seguro, comenzando porque, al menos, tenía más de dieciocho. Y luego estaba le hecho de que se comportaba como un hombre. No había nada de un adolescente en él. Por otro lado, por mucho que fuese alguien a quien tratar como a un igual, era un idiota. Tan simple como eso. Pero, para no poner más presión sobre la chica postrada en cama, usaría la palabra que no quería.
—¿Amigo?
—Emiya.
Los ojos de Sapphire se abrieron al igual que su boca. Dwight notó la felicidad, pero también la tristeza y aprehensión. Resistió el impulso de levantar una ceja ante esa combinación de emociones contradictorios. Casi gimió al notar que ahora estaba atrapado en mitad de un drama adolescente, como si no tuviera suficientes problemas.
—¿No está enojado conmigo?
Arceus, esto era una mierda. Respiró hondo y no permitió que ninguno de sus pensamientos se filtrase; lo último que quería era hacer que se cerrase por algo que hizo. Además, sabía que el idiota no podría odiarla aunque quisiera. Que hiciera todo el acto de chico malo si así quería, pero Emiya era un gran blando.
—No, no lo está. De hecho, de no haberle prohibido que viniera a verte, habría corrido hasta aquí.
De inmediato fue todo sonrisas, pero pasó a la confusión en menos de un segundo. ¿Cómo era posible vivir con tantas emociones corriendo desenfrenadas? Dwight ya se estuviera volviendo loco.
—¿Por qué no debería venir a visitarme?
Esta vez no se molestó en ocultar la mueca. ¿Debería decirle? No era información clasificada… por lo menos no legalmente clasificada, porque la Asociación lo estaba tapando todo para no comprometer a sus propios agentes, y podrían querer su cabeza si se enteraban de que sabía algo. Pero, ahora, nadie estaba al tanto y nada le prohibía decirle a esta chica.
El problema estaba en que, si el incidente de Trevenant decía algo, era que Sapphire no pensaba demasiado en el peligro en el que se metía. Darle la información la haría correr directamente a la zona de riesgo sin pensar en las repercusiones, y eso era lo último que quería que ocurriera. Una niña metiéndose en problemas de adultos sin saber que no todo podía solucionarse a golpes.
Por otro lado, Emiya bien podría decirle si volvían a encontrarse. Lo dudaba debido al carácter reservado del hombre. No le sorprendería que decidiera mantenerla ignorante, aunque, al mismo tiempo, el albino era pragmático. Podría advertirle sobre lo que estaba pasando, darle algo de información para evitar un problema mayor.
A regañadientes, Dwight estaba de acuerdo. Era mejor decirle algo, prepararla para lo que iba a suceder en un futuro próximo, en lugar de quedar atrapada sin advertencia. Gruñó de acuerdo con este razonamiento. Si la dejaba ir sin estar preparada, la podían matar por estar desprevenida.
—Tu amigo está hasta el cuello de mierda. — ni siquiera se molestó en regular su lenguaje.
§
Información Importante
Primero lo primero. Los amantes de Persona 3 y Boku no Hero Academia tienen otra historia disponible. Una continuación del one shot que publiqué en Navidad. Título: Sueño en el Silencio del Sepulcro. O SSS, para abreviar. No va a estorbar esta, simplemente lleva unos días de retraso porque no sabía cómo cerrar el capítulo; estaba debatiendo sobre si agregar más o dejarlo allí.
Capítulo
Un capítulo sin acción y volvemos a lo que concibió esta historia y algo que me gusta: la introspección. Tener a Emiya de protagonista permite pensar en el panorama general y exponer las problemáticas de forma un poco más neutral. No solo el «quiero ayudarlos a todos» que caracteriza al personaje.
De hecho, este capítulo responde una pregunta que me hicieron hace un tiempo sobre por qué Emiya no hacía nada a pesar de disgustarle cómo tratan a los pokemon. No puede solucionar la esclavitud solo con violencia, y cualquiera que haya leído de historia lo sabe. Se necesita algo de violencia, sí, pero a esto le sigue toda una lucha social y cultural que no puede darse en el mundo Pokémon porque no todos los pokemon son seres de intelecto humano. Además, tampoco es algo que se soluciona en una semana, es una lucha de años, y no tiene aliados. No, N no está disponible.
Y sí, es un problema mucho más grande de lo que parecía en un principio. La inclusión de la nación soberana de Aramitz es en respuesta a lo mal que está la sociedad en el mundo Pokémon. No son perfectos, pero son la respuesta. Esto, por supuesto, puede llevar a la guerra debido a una segunda ideología que no es aceptada por la mayoría. Solo miren la Guerra Fría. Por otro lado, esta nación responde la pregunta de por qué Luneblanc es virtualmente intocable. Al final, las únicas soluciones son las planteadas por Emiya que llevan a la destrucción mutua asegurada.
Por otro lado, aprendemos un poco más de nuestro detective favorito. Específicamente de su familia. No hablaré más aquí, así que hay que esperar.
Reviews
Alexkellar: Sí, más o menos a salvo. Y con respecto a Luneblanc, bueno, tendrá tiempo para desglosar a su nuevo empleado. Por ahora va con la teoría de un usuario de Aura, que es lógico.
Sawtooth44: Tal como dices. Debido a este análisis es que no soy capaz de entender cómo las personas creen que EMIYA es invencible. El hombre habría perdido la mayoría de sus enfrentamientos de haberlos realizado, o de ganar, habría tenido que tirarlo todo sobre la mesa o utilizar la única ventaja que tenía a su favor: conocimiento.
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