¡Saludos a todos! Aquí os traigo otra historieta con la que amenizar un poco el día y, al mismo tiempo, conocer más de lo que pasó detrás de la escena principal de Code Frontier. Hoy es el turno de una de las previas a la historia que todos conocéis.
El humano, como ya he dicho, es una de las historias previas a Code Frontier, aunque si no has leído el capítulo 73, mejor da la vuelta.
CONTEXTO
Él simplemente protegía a su hija cuando cayó al Mar Digital. Lo último que imaginaba era que acabaría en otro mundo, muy diferente a Lyoko. Ni tampoco todo lo que había detrás de su mera aparición.
Aire. Eso fue lo primero que Franz Hopper sintió cuando logró abrir los ojos. Aire fresco, con una leve impresión de humedad y tierra. A su alrededor, la luz era tenue, permitiendo ver la estancia en la que se encontraba. Intentó orientarse lo más rápido posible, pero lo único que sacó en claro es que no estaba en el Mar Digital. Al querer ir hacia delante, sintió su peso caer. Sobresaltado, intentó frenarse, solo para ver que volvía a tener cuerpo justo antes de golpearse con el suelo.
Dolor. Leve, pero dolor. Una sensación que había olvidado cuando se digitalizó en Lyoko y descubrió que era una mera esfera. ¿De qué? Ni tan siquiera tuvo ocasión para estudiarse a sí mismo ni de descubrir por qué había sido así. Y su hija y sus amigos tampoco habían logrado sacar en claro nada. Franz Hopper se había convertido en un cúmulo de datos, una especie de IA. Pero en ese momento, volvía a ser un ser humano: tenía forma, un cuerpo definido, su cuerpo.
—Veo que has despertado —lo sobresaltó una voz.
Una criatura curiosa apareció en lo que suponía era la entrada a la estancia en la que se encontraba. Parecía un chamán, con una curiosa máscara de ogro azul y púas rojas contrastada con su pelo blanco. Llevaba una túnica verde con bordado dorado y una capa roja.
—¿Quién eres? —preguntó Franz.
—Mi nombre es Baronmon. Soy el encargado de proteger la historia del Digimundo.
—¿Digimundo?
—El lugar en el que te encuentras, humano —asintió —. Debes de estar confuso, a demás de hambriento. Por favor, acompáñame.
Con cierta torpeza, Franz se puso en pie y siguió a la criatura por varios pasillos con suave iluminación hasta una sala donde varias criaturas extrañas se movían de un lado a otro cargando objetos.
—Siéntete libre de comer lo que te apetezca —ofreció Baronmon, señalando una mesa previamente preparada —. Responderé a todas las preguntas que tengas después de responderme tú a una.
—¿Cuál?
—¿Cómo has llegado hasta aquí?
Franz tomó asiento, alcanzó una pieza de una fuente y la miró sin expresión alguna. ¿Cómo había llegado hasta allí? No estaba seguro. Él recordaba haber caído al Mar Digital, pero poco más.
—Sé que vienes de otro mundo —le dijo Baronmon —. Ahora que estás aquí, formas parte de la historia de este mundo. Pero yo quiero saber cómo has llegado hasta aquí.
—Ese otro mundo... Se llama Lyoko —empezó a contar —. Accedí desde mi mundo a él junto a mi hija escapando de una organización malvada... Por alguna razón, la digitalización de mi ser, la forma de acceder a ese mundo, no fue un éxito como pasó con mi hija... Yo...
—¿Tu hija está contigo?
—No. A ella lograron desvirtualizarla unos chicos... Su nueva familia —sonrió con tristeza.
—Está a salvo.
—No del todo —negó —. En Lyoko existe un ser, un virus llamado XANA. Es capaz de amenazar el planeta Tierra.
—La Tierra... El planeta de los niños elegidos.
—¿Niños elegidos? —preguntó Franz.
—Es algo largo de explicar. Primero, quiero que me respondas tú.
—Sí... —aceptó el humano —. He estado ayudando a mi hija como he podido, pero allí sólo era una esfera sin cuerpo ni capacidad para hacer nada en verdad...
—¿Como un cúmulo de datos?
—¡Sí! ¡Exactamente así! —asintió —. Hace poco, un ataque me hizo caer al Mar Digital, un lugar donde se supone que se descomponía todo, pero...
—No te has descompuesto —siguió Baronmon.
—Descubrí un acceso a la red, a Internet... ¿Sabes lo que es Internet?
—Conozco a alguien cuyo propósito en la vida es intentar dar nombre a todo cuanto los niños elegidos le contaron sobre su planeta —respondió con una sonrisa que parecía contener cierta diversión —. Desde aquí, poco podemos aprender, pero él insiste en escribir todo cuanto pueda sobre ellos para que los digimons, nosotros, los habitantes de este mundo, conozcamos el mundo de aquellos que lucharon por nuestro planeta. Pero por favor, sigue contándome.
—Creía que era el fin, sentía que el mar me llevaba arrastrado y que moriría ahí, pero no ha sido así. Sentí un flujo que me empujaba y... Luego me encontré en esa habitación —dijo mirando hacia atrás.
Baronmon se levantó y empezó a caminar con calma hasta otra pared que tardó nada en pulsar para revelar una especie de pantalla. Mostraba un paisaje rocoso, con algo de vegetación que Franz no logró identificar. Al instante, un brillo se materializó en el centro de la imagen; cuando se calmó, Franz Hopper se vio a sí mismo cayendo al suelo, inconsciente. Pocos instantes después, Baronmon apareció y lo recogió.
—Te encuentras en el lugar donde se guarda la historia. Como te he dicho, yo soy el guardián de este lugar —explicó Baronmon —. Por lo que me has contado, puedo hacerme una idea de qué es lo que te ha ocurrido y por qué has aparecido aquí —dijo mirándolo antes de hacer cambiar la imagen en la pantalla.
Franz observó las líneas que aparecieron, brillantes, en ella. Algo en su interior le decía que aquello eran secuencias binarias, cadenas de datos que se acumulaban en ese espacio pero sin llegar a cruzarse del todo.
—Aquí es donde se reúne la mayor cantidad de datos del Digimundo. Toda la información de lo que ha ocurrido y está ocurriendo acaba aquí, guardada para la posteridad —dijo mientras hacía que algunas de aquellas líneas se acercaran.
Fragmentos de momentos empezaron a asomarse en aquella ventana. Criaturas de todo tipo, tamaño y colores aparecían. Franz comprendió que aquello debían ser trozos de la historia del planeta en el que se encontraba. En silencio, observó y memorizó todo cuanto pudo ver, todo cuanto Baronmon le permitió ver.
—Se dice que el Digimundo está estrechamente unido a la Tierra, el planeta de los niños elegidos. Ese lugar que has mencionado, Internet, también está unido a la Tierra.
—Bueno, podría decirse de esa forma —aceptó Franz.
—Dar con ese mundo puede ser la respuesta a cómo has llegado aquí, al Digimundo. Hay un digimon que dice que el Digimundo es "un brazo" de Internet.
—Un brazo de Internet... —repitió el humano.
—No es una casualidad que hayas llegado aquí, humano.
—Me llamo Franz Hopper —dijo de pronto.
—Franz Hopper —repitió Baronmon —. Estaba escrito, al igual que está escrito que los niños elegidos nos salvarán y protegerán, que tú aparecerías.
—¿Dónde? ¿Y por qué?
—Aún no lo sé —respondió —. Pero he visto en ti la sombra de una profecía. Sólo el tiempo nos dirá el por qué.
Confuso, Franz siguió tomando aquellos extraños alimentos de buen sabor. Para cuando se sintió saciado, las preguntas aún se acumulaban en su mente. Más de aquellas criaturas llamadas digimon se asomaron de vez en cuando, siendo sorprendidos por Baronmon. Algunos, echaban a correr de forma infantil; otros, intentaban ocultarse mejor para seguir espiando.
—Necesito volver a Lyoko —dijo de pronto el humano.
—Es peligroso —negó Baronmon.
—Ese mundo está provocando peligros en la Tierra, el planeta del que proceden esos niños elegidos a los que tanto queréis. Si no eliminamos el problema de XANA, no existirán niños elegidos que os protejan.
—Aun así, sigue siendo peligroso —dijo.
—No puedo dejar a mi hija así —negó —. Es lo único que me queda en esta vida y... Si la pierdo a ella también, mi vida ya no tendría sentido.
—Antes, debemos ir a un sitio.
Una hora más tarde, Franz Hopper se encontraba en el vagón de un extraño tren que hablaba, otro digimon. Baronmon le pidió que les llevara a la Estación del Bosque con urgencia y, como respuesta, ese tren iba a una velocidad de vértigo.
—Por aquí —fue guiando el digimon chamán.
La densa vegetación sorprendió a Franz. Mirase por donde mirase, encontraba cosas para estudiar, así como una paz que creía no encontrar jamás. Se permitió soñar despierto por un momento que él y Aelita recorrían ese bosque, tomando notas de todo cuanto había, intentando sacar toda la información posible, aprendiendo de ese mundo. Incluso de la larguísima escalera que iniciaba en el interior de un árbol y finalizaba ante un castillo de cristal custodiado por corceles dorados, propios de los cuentos de hadas que le habría encantado seguir contándole a su hija.
—Bienvenido, Baronmon —saludaron ambos corceles.
Franz no tuvo ninguna duda en que aquello debían ser también digimons. Sus preguntas seguían acumulándose en su mente: ¿existiría alguna especie más, a parte de los digimon? Había podido ver lo que parecían guerras en la pantalla de Baronmon, pero ¿eran luchas de digimons contra digimons, igual que las guerras de humanos contra humanos, o eran digimons peleando contra otras criaturas malignas, como en esas películas en las que los humanos pelean con monstruos?
—Bienvenido, Baronmon. ¿A qué se debe tu visita? —preguntó un ser con aspecto de mago. Otro digimon.
—Necesito reunirme urgentemente con el Gran Ángel —informó ladeándose para dejar ver al humano que le acompañaba —. Hay algo que debe saber, Socerymon. Por favor, llévame ante él.
—Por supuesto —asintió Socerymon.
Aún no muy seguro, Franz siguió a los dos digimons a un par de metros de distancia por los pasillos de ese castillo. Había más criaturas, más digimons, cargando papeles y otros objetos por todas partes, apartándose del camino del trío y mirando con curiosidad al humano.
—Mi señor, Baronmon solicita veros —dijo de pronto Socerymon ante una puerta cerrada.
—Adelante —respondió alguien desde el interior.
Cuando las puertas se abrieron, Franz Hopper se sorprendió ante la imponente figura del ángel de alas doradas. Socerymon se quedó en la puerta, mientras que Baronmon entró e hizo una gran reverencia.
—Gran Seraphimon, os saludo una vez más.
—Puedo ver el motivo por el que has venido —dijo el ángel con voz grave pero suave —. Socerymon, envía un mensaje a Ophanimon y a Kerpymon, por favor.
—Como ordene, mi señor —asintió, marchando rápidamente.
—Humano. ¿Cuál es tu nombre?
—Franz Hopper —atinó a decir, aún demasiado sorprendido por la imponente figura.
—Soy Seraphimon, ángel de la esperanza, encargado del orden y la justicia. Te doy la bienvenida al Digimundo y espero que podamos ayudarte en lo que necesites.
—Gracias... señor —dijo, no del todo seguro de cómo actuar ante aquella figura que, sin lugar a dudas, tenía un rango alto en ese mundo.
—Te pido, por favor, tengas paciencia en tus ruegos hasta que lleguen mis compañeros. Ellos también deben conocerte y aportar su conocimiento —dijo —. Baronmon, gracias por traerlo hasta aquí.
—Siempre es un honor servirle, gran Seraphimon —dijo el chamán, volteándose hacia Franz —. Por ahora, debes permanecer aquí. Sé que nos volveremos a ver, pero hasta entonces, los Tres Ángeles te guiarán.
—Entiendo...
Sin más, Baronmon se fue, dejando a un muy confuso Franz Hopper ante la más imponente figura del Digimundo. Poco tardó el digimon en darse cuenta del estado del humano, echándose a reír en una carcajada algo musical.
—Toma asiento, por favor —indicó —. Supongo que, para los humanos adultos, la visión de un digimon es diferente de la de los niños.
—Baronmon mencionó varias veces a los niños elegidos. ¿Se trata de niños humanos?
—Sí. Niños humanos del mismo planeta del que procedes, la Tierra —asintió.
—¿Y cómo llegan hasta aquí?
—Nosotros los llamamos —respondió —. Algunos de nosotros somos capaces de abrir vórtices, puertas, que comunican ambos mundos para permitirles el acceso a los niños elegidos.
—¿Hacéis luchar a niños en vuestro lugar? —preguntó.
—Han existido diferentes tipos de niños elegidos —le explicó Seraphimon, tomando asiento en su gran butaca —. Mientras esperamos, puedo contártelo.
Cerca de tres horas más tarde, la puerta del despacho de Seraphimon se abrió, dejando entrar a una criatura que a Franz le pareció un enorme conejo blanco, de largas orejas y largas extremidades, acompañado de otro ángel, esta vez femenino, del que surgía un aura de paz y dulzura aun con la armadura que vestía. Tras ellos, Socerymon y otro digimon como él pero de diferentes colores cargaban con dos grandes sillas que tardaron nada en dejar junto a la de Seraphimon antes de marchar igual de rápido.
—¿Es él? ¿El humano que ha mencionado Witchmon? —preguntó el conejo.
—Al menos, saluda —negó la dama angelical, con una voz igual de dulce que su aura —. Bienvenido al Digimundo, humano.
—Por favor, tomad asiento —invitó Seraphimon —. Franz Hopper, ellos son Kerpymon, ángel del conocimiento, y Ophanimon, ángel de luz, amor y vida.
—Disculpad mi impaciencia —dijo el conejo, Kerpymon —. Cuando Witchmon me dio el mensaje, no pude evitar pensar en las diferentes profecías que han estado rondando estos últimos días...
—Típico del ángel del conocimiento —sonrió la dama Ophanimon —. Por favor, Hopper, cuéntanos tu historia.
Algo cohibido, Franz miró a los tres antes de recibir un pequeño gesto de ánimo de Seraphimon. Cogió aire y empezó a narrar todo cuanto pudo de su vida de una forma que las tres grandes figuras allí reunidas pudieran entenderlo. Conocían la Tierra, de alguna forma, a través de sus niños elegidos, pero no sabía hasta qué punto podían comprender todo cuanto dijese. Al igual que la visión de los adultos difiere de la de los niños, como había comentado el propio Seraphimon, el conocimiento de los niños es diferente al de los adultos. Más inocentes, menos cargados de responsabilidades y problemas...
—Y, al parecer, así es como he llegado a vuestro mundo —finalizó Franz, sorprendido de que en ningún momento le hubiesen interrumpido.
—Cada vez tengo más claro que es la figura de las profecías —dijo Kerpymon —. Debemos ayudarlo a eliminar esa amenaza.
—Ese mal, XANA, es de otro mundo que no es la Tierra. Muy pocos pueden acceder a ese lugar de forma natural —negó Ophanimon.
—Pero yo he podido venir aquí, ¿no? También debería poder ir allí —dijo Franz, esperanzado de poder regresar a Lyoko para ayudar a Aelita.
—Ciertamente, es peligroso —dijo Seraphimon —. Si él ha podido llegar aquí, ese virus también podría acceder.
La sangre se heló en las venas de Franz. La idea de XANA en ese bello mundo, lleno de vida, le horrorizó al instante. Por un momento, la visión de él con su hija por esos paisajes se convirtió en la viva imagen de Lyoko, con la niña corriendo por su vida, escapando de siniestros monstruos.
—Si pudiese volver a Lyoko, podría ayudar a mi hija y sus amigos a eliminar a XANA —dijo con determinación —. Por favor, debo volver allí. Os lo he dicho, es culpa mía la existencia de ese virus. Yo puedo aportarles muchísima información a los chicos para que lo eliminen.
—XANA podría llegar aquí —dijo Ophanimon, seria, pero sin perder la nota dulce en su voz.
—Si XANA llega aquí, también lucharé para proteger este mundo de él. Por favor, ayudadme a regresar a Lyoko.
El silencio se hizo algo sofocante para el humano. Ante él, las tres grandes figuras angelicales se miraron sin pronunciar palabra. Era como si tuviesen alguna especie de telepatía para comunicarse que hacía que Franz se quedara ignorante. Unos minutos después, los tres rostros se volvieron hacia él.
—Debes saber que existe una profecía, Franz Hopper —dijo Seraphimon.
—La llegada de un líder de otro mundo señalará el inicio de la tragedia. Ellos despertarán una vez más para proteger el mundo como juraron antaño —dijo Kerpymon —. Dadas las circunstancias, las probabilidades de que tú estés involucrado en esta profecía son altas.
—¡No quiero causar ninguna tragedia! —exclamó Franz, horrorizado.
—Nadie te culpa de nada —dijo calmada Ophanimon —. Quien profetizó esas palabras, cuando le pedimos explicaciones, simplemente nos mencionó a un ser de capa azul que lideraba un grupo ante ellos.
—¿Ellos?
—Quizás ahora que has llegado, la profecía se aclare y podamos saber de quién se trata —dijo Seraphimon, las manos cruzadas ante él.
—Creedme, por favor, no quiero causaros ningún problema. Sólo quiero que mi hija esté a salvo, libre de ese virus que la atormenta por mi culpa...
—Y te ayudaremos, Franz Hopper —sonrió Kerpymon poniéndose en pie —. Yo mismo te ayudaré personalmente.
—¿Estás seguro? —preguntó Seraphimon.
—Como ángel guardián del conocimiento, tomaré control de esta misión y ayudaré a nuestro aliado humano en todo cuanto me sea posible.
—No pienses que te dejaremos hacerlo solo —le sonrió Ophanimon —. Llámanos si necesitas apoyo.
—Supongo que estarás en el Salón de la historia —dijo Seraphimon. El conejo asintió —. Te haré llegar allí toda la información que logre encontrar y me encargaré de cuanto debieses hacer en tu ausencia.
—Gracias a los dos —asintió el conejo, volviéndose hacia Franz —. Vamos, tenemos mucho en lo que trabajar.
Aún demasiado confuso, Franz se dejó cargar en brazos por aquel ser que salió rápido del salón, dejando a los otros dos ángeles allí. Le sorprendió cuando, al salir del castillo, aquella criatura empezó a volar a una velocidad bastante buena.
—¿Te parece mal si te llamo Hopper? —preguntó.
—No, adelante...
—Tengo varias ideas sobre cómo poder ayudarte a regresar a ese mundo tan peligroso llamado Lyoko. Estaré contigo unos días porque tampoco quiero cargar con mi faena a mis dos amigos. Pero quiero que sepas que, aunque me vaya, puedes hacer que me llamen en cualquier momento.
—¿Puedo preguntar por qué eres tan atento conmigo? Acabas de conocerme, ni tan siquiera sabéis del todo cierto si soy ese líder de la profecía... O si el líder de la profecía es realmente un aliado...
—Hice cosas imperdonables en el pasado. Se me dio la oportunidad de redimirme de esos pecados. Ahora, solo quiero hacer las cosas bien —rió.
