7. Oh, espíritus que moráis en mi corazón

-En serio, chicos, después de esto voy a terminar llamando «Vuestra Majestad» hasta a la tetera –comentó Katara mientras volvíamos de regreso a Appa.

-¿Y por qué mi hermana y yo somos los únicos que nos tenemos que arrodillar? –inquirió Sokka. No paraba de hacer estiramientos con los brazos y la espalda, como si los kowtows le hubiesen dejado todo el cuerpo dolorido-. Entiendo que Aang, siendo el Radiante Avatar, se puede librar de estas estupideces, ¿pero, Toph? Si tú hasta eres una súbdita directa suya…

Toph soltó una carcajada.

-Veo que no has entendido nada, Sokka –repuso alegremente-. ¿Recuerdas que el heraldo ha dicho «Generalísimo de los Cincuenta Abanderados»? Pues mi padre es el duodécimo.

-¿El duodécimo Abanderado? ¿Y eso qué significa?

-Significa que mi padre posee ejércitos, tierras e influencia –respondió Toph con serenidad-. Por ende, el emperador no puede permitirse deshonrarlo, por mucho que sea el Señor de los Diez Mil Años, y eso significa que yo no tengo por qué arrodillarme ante él–Toph soltó una risita-. Mira, desde hace más de veinte generaciones el jefe del clan Beifong tiene el privilegio de poder entrar a caballo en el Palacio Imperial y de llevar en presencia del rey un sombrero con tres plumas de pavo real. Para que te hagas una idea.

-Sí, sí, eso nos aclara mucho las cosas –dijo Sokka mordazmente.

Appa nos recibió con uno de sus amistosos bramidos, y tras acariciarlo y darle un poco de paja empecé de inmediato a ensillarlo y a preparar las provisiones. Toph y Sokka seguían discutiendo, y Katara parecía muy ocupada en impedir que su tocado se le cayese al suelo.

-En el fondo, no son más que honores y reconocimientos simbólicos sin sentido –decía Toph con un encogimiento de hombros-. Y, mirad, ya sabéis mi opinión sobre esto. El rey puede ser un símbolo de armonía para su pueblo, puede sentarse en el Trono del Tejón y acostarse con trescientas concubinas, pero en el fondo sigue siendo un hombre que come patatas y se tira pedos, como todos los demás. Y lo mismo se puede decir respecto a mi padre –los tres rieron abiertamente. La verdad es que todos teníamos ganas de abandonar el Palacio por una temporada.

-Bueno, pues esto ya está –anuncié haciendo un latigazo de aire para colocarme junto a ellos-. Veamos, Sokka y yo…

-¡Eh, detén tus mareas, Perla de Mi Vida! –me interrumpió Sokka dándome un golpe en el hombro quizás demasiado efusivo-. El chico de los planes soy yo –Sokka se señaló el pecho con orgullo, y Katara me lanzó una cómplice mirada de burla. Y así mi corazón se detuvo de nuevo-. Aang y yo volaremos con Appa: primero me dejará a mí con el ejército del Agua para ayudar a mi padre…- Sokka dejó de hablar y observó a Katara con una expresión algo alarmada, pero ella asintió con la cabeza, como para darle ánimos-. Sí, y luego Aang irá al Templo del Aire del Este para encontrarse con el gurú y llevar a cabo sus monsergas místicas. Toph irá a visitar a sus padres…

-Se van a enterar por fin de qué roca estoy hecha –dijo la aludida, crujiéndose los nudillos.

-Y tú, Katara, te quedarás en el Palacio para ayudar al rey a planificar la invasión a la Nación del Fuego –concluyó Sokka.

-Bueno, eso haré si antes no se me cae la cabeza al suelo o pierdo la vida tontamente tropezándome con los dobladillos de las túnicas –apuntó Katara con una sonrisa.

De repente, los cuatro nos quedamos en silencio, y una extraña punzada de desasosiego me recorrió todo el pecho. Nos habíamos reunido hacía muy poco tiempo, y todo iba tan bien, teníamos tantas esperanzas… Tenía miedo de que, al separarnos, todo lo que habíamos construido se evaporase de un plumazo. Y era tan agradable tener amigos en quien confiar de verdad, esa sensación de sentirse apoyado y protegido, de que entre todos formamos un poderoso círculo de calidez, bromas y lealtad nos expulsa de los fantasmas de la soledad…

-Os echaré mucho de menos, chicos –dijo Toph con la cabeza gacha.

Katara sonrió con dulzura y nos pasó un brazo por los hombros a cada uno, estrechándonos entre ellos con un aire vagamente maternal.

Y ahora, que todos los espíritus áureos me perdonen, que desciendan los seres iluminados de sus mansiones celestes y me ahoguen con una lluvia de pétalos de loto. Que mi alma se convierta en piedra y se ancle a las mundanas turbaciones con el más censurable de los frenesíes. Que todo eso caiga sobre mí como una cascada de tinieblas, sellándome todos los orificios del cuerpo… Porque quizás (quizás, me repito con un escalofrío), quizás noté cómo uno de los pechos de Katara me rozó el costado en ese mismo instante, mientras me abrazaba.

-Yo también –dijo. Luego miró a Sokka con cara de pocos amigos, pues se había cruzado de brazos y fingía mirar a otra parte sin darse por aludido-. ¿Quieres hacer el favor de venir de una vez? –le increpó alargándole una mano.

Todos corrimos a abrazar a Sokka (yo me tambaleé un poco, y sólo el Universo sabe por qué. Bueno, yo también lo sé, y también lo sabía entonces, oh, espíritus que moráis en mi corazón). Él, por su parte, soltó un gritito muy poco masculino y se quedó rígido mientras lo rodeábamos.

-Sí, sí, ya es suficiente –dijo, pero yo vi claramente que sonreía-. Muy bien, nos queremos mucho todos –Sokka me acarició torpemente la cabeza, y entonces deshicimos el abrazo-. Bueno, ¿quién está listo…?

-Aang –me susurró Katara, llevándome a parte. Toph captó el movimiento al instante, y se puso a distraer a Sokka haciendo comentarios hirientes sobre su coletilla de caballo.

-Sí, ¿qué pasa? –susurré yo también, mientras ambos fingíamos repasar por última vez las provisiones del viaje.

-Se trata de Sokka –dijo con apremio-. Sé que está muy asustado por ver a nuestro padre después de tanto tiempo.

-¿Asustado? –repetí, sin aliento. Estábamos muy juntos, uno al lado del otro, y hubo un momento en que el lóbulo de su oreja rozó mi sien izquierda (tan suave, Dios mío, tan suave me pareció su piel), y así cualquier pensamiento coherente abandonó mi cabeza, casi a patadas-. Por qué… ¿Por qué debería estar asustado? –pregunté, sintiendo cómo enrojecía.

-Bueno, él… Sokka siempre ha sentido mucha presión por estar a la altura de nuestro padre–explicó Katara con rapidez-. Por no defraudarle en el campo de batalla. Además, con la separación… No sé, es complicado. De todas formas, sé que él no me contará nada a mí.

-¿Por qué no? –inquirí con voz suave, incapaz de levantar la vista de las alforjas-. Tú eres la que mejor puedes entenderlo.

-Sé que no quiere preocuparme. Créeme, sólo nos llevamos dieciséis meses de diferencia, pero toda la vida ha padecido un complejo insufrible de hermano mayor protector y sabelotodo –había mucha ternura en la voz de Katara, a pesar de sus quejas-. En todo caso, me quedaría más tranquila si sé que tú cuidarás de él.

-Tranquila, Katara, estaré atento. No nos pasará nada –me vino a la memoria la conversación con Sokka delante de los ídolos de madera, aquella mañana, y me pregunté para mis adentros quién cuidaría realmente de quién.

-Muchas gracias, Aang.

Entonces me sobrevino un impulso. No sé qué fuerza extraña se adueñó de mí, pero el caso es que levanté la vista hacia sus ojos, esos pozos azules que refulgían sobre su piel oscura como dos zafiros en las dunas del desierto al anochecer…

-Katara, yo…

-Bueno, ¿quién está listo para nuestra gran aventura de hombres? –era Sokka, por supuesto, que se interpuso entre Katara y yo y me rodeó los hombros con un brazo para frotarme la cabeza con sus nudillos.

-¡Sokka! –protesté, zafándome de malos modos-. Te he dicho mil veces que me duele muchísimo cuando me restriegas tus puños de esa manera por la cabeza… Soy calvo, ¿recuerdas?

Sokka soltó una gran carcajada.

-¿Lo ves, Aang? Estas son la clase de cosas que se arreglan con una gran aventura de hombres.

-¿Qué clase de cosas? –pregunté con cierto mal humor.

-Tu conmovedora delicadeza, por ejemplo. ¡Venga, ven aquí!

Sokka se abalanzó sin previo aviso sobre mí, haciéndome cosquillas, y me arrastró hacia Appa ignorando con sorprendente facilidad mis airadas protestas. Katara, por su parte, nos observó con vaga curiosidad, luego perdió el interés y se alejó de nosotros sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo.

Tras las últimas despedidas, Sokka y yo subimos a la cesta de Appa, y los tres emprendimos el vuelo hacia el oeste, dejando el sol de la mañana a nuestras espaldas.