El camino de regreso a la cabaña del misterio fue en silencio. Wendy le enseñó un montón de lugares interesantes en Gravity Falls hasta que el sol comenzó a bajar. Se sintió un poco mal por quitarle su tiempo, pero ella sólo respondió con un encogimiento de hombros mientras le indicaba que de todas formas lo hubiera desperdiciado. Faltar a la escuela se trataba de hacer la de vagos después de todo.

-Linc... –Wendy le habló en voz baja. –¿Es realmente por aquí? No tienes que avergonzarte si te perdiste. Podemos volver al camino, o incluso ir con la policía si no recuerdas en que cabaña te estás quedando. –Revolvió sus cabellos blancos mientras sonaba algo alterada.

-Está bien, es por aquí. –Lincoln le respondió con confianza. Le había costado un poco orientarse, pero se había topado con algunas pierdas y árboles caídos que le permitieron recordar el camino, eso y otra alucinación sobre nomos que jamás mencionaría a nadie que no tuviera un montón de títulos sobre psicología infantil colgados en la pared. –Me estoy quedando con un pariente en un negocio cerca de aquí. –Por no decir trampa para turistas. –El lugar es- Ah, ya puedo verlo.

Ya había oscurecido mientras los dos se acercaban a la Cabaña del Misterio. Lincoln vio con desanimo la S en medio del patio, había tenido que usar una polea y unas cuerdas sólo para colocarla adecuadamente, y luego un martillo y alambres con una cuerda atada a la cintura mientras le rezaba a Dios que no lo dejara caer, y Stan se mantenía abajo tomando una bebida de frutas mientras disfrutaba del sol.

-El dueño puede ser un poco difícil pero... Bueno, supongo que ya conocerás el lugar. –Wendy había nacido y se había criado en Gravity Falls, por lo que debía de saber mucho acerca de la cabaña del misterio. –Su nombre era...

-Stan. –Wendy murmuró mientras veía fijamente la entrada de la vieja cabaña.

-Wendy. –Stan le habló de la misma manera desde la entrada. Lincoln no se había dado cuenta de cuando Stan había salido y se había quedado viéndolos regresar. –Lincoln, entra adentro. –Le habló de forma un poco dura sin despegar los ojos de Wendy.

-Perdón si me fue pe-

-¡Entra ahora! –Stan le gritó de forma realmente dura.

El grito fue tal que Lincoln retrocedió un paso con miedo. Miró a Wendy esperando alguna clase de ayuda o algo, pero en lugar de eso la chica se mantenía mirando fijamente a Sanfrod Pines. Lincoln lo miró con dudas y algo de miedo.

-Lincoln, sólo entra a la cabaña. Wendy y yo tenemos asuntos que tratar. –Comenzó a bajar los peldaños sin despegar la mirada de Wendy. La forma en que los dos se miraban comenzaba a ponerlo nervioso. Todo el ambiente feliz de antes se había vuelto muy tenso y no sabía que hacer. –No estás en problemas, Lincoln. Sólo... sólo entra adentro. –El tono de Stan fue más calmado en esta ocasión.

Lincoln bajó un poco la cabeza y pasó junto a él mientras se metía a la Cabaña del Misterio.


¿Qué había sido todo eso?

Lincoln no podía dejar de hacerse esa pregunta mientras se mantenía acostado en el sofá que ahora era su cama en aquella habitación. Sujetaba fuertemente la bola navideña sobre su mientras mantenía la mirada perdida en las telarañas sobre él. Nunca había escuchado a Stan tan enfadado, por otro lado, sólo lo conocía como un desconocido que lo metió de contrabando y lo puso a trabajar como un perro. Hasta donde sabía, esa actitud podría ser lo que le espera los próximos siete años antes de que lo eche a patadas o lo use para conseguir más niños abandonados.

Miró fijamente la bola de nieve. El calor que sentía cada vez que la tocaba era relajante. Sentía como si estuvieran sujetando fuertemente su mano e inyectándole fuerzas para no sucumbir ante el miedo que sentía. Sí, estaba asustado. ¿Por qué no estarlo? Estaba miles de kilómetros de distancia de su verdadero hogar, un hogar del que fue sacado a patadas por personas a las que amó y en estos momentos su destino era incierto. Ni siquiera tenía documentación, si alguien se la pide, todo lo que podría darle sería pelusa de bolsillo, una liga y un centavo de la suerte.

-Que gran suerte que me has dado. –Murmuró mientras veía el centavo recién sacado de su bolsillo y lo arrojaba al piso. La moneda comenzó a rodar por el piso de madera y lo perdió de vista. –Ya estoy más que harto de cualquier cosa relacionada con la suerte... –La simple palabra ya comenzaba a irritarlo.

La nostalgia comenzaba a hacerse presente. Había sufrido mucho de ella en el tiempo que se mantenía en la cabaña del misterio. En momentos así sólo podía recordar a su familia y pensar que en estos momentos estarían cenando todos juntos en la mesa, posiblemente hablando sobre como había sido su día, o jugueteando con la comida junto a Lana y Lola. –Esos eran tiempo divertidos. –Sonrió mientras se sumergía en ellos. Su mano presionó fuertemente la esfera navideña al recordar el plato de cereal pasando por la puerta de charle, o a él mismo metiendo la cabeza sólo para ser sacado con el pie de Lynn.

-¿Cómo pudieron hacerme eso? –Se sentó en el sofá. –Un día éramos una familia repleta de amor y buenos momentos, y al otro me gritan y amenazan con castigos y golpes si no utilizo un traje de ardilla con el poder de invertir mi "mala suerte". –Sólo decir eso lo hacía hervir. Ese día había estallado, y a su familia sólo le interesó que ya no tenía el traje de ardilla puesto. –Por ese traje casi cometo ardillacidio más de una vez.

-¿Por qué? Las ardillas son bonitas.

-No tan bonitas cuando se te lanzan al cuello. –Esa ardilla del patio se la tenía jurada. Estaba seguro de que esa sombra en su ventana cada noche era ella esperando el momento justo para atacar. –Espera un segundo.

Lincoln miró hacia la puerta. Una niña se encontraba de cuclillas mientras hacía girar su centavo de la suerte en el piso de madera con sus dedos. La niña utilizaba su otro brazo para sostenerse la barbilla y mirarlo fijamente. Lincoln dio un salto que lo elevó un poco del sofá mientras la esfera navideña volaba de sus manos, tuvo que hacer unos cuantos malabares para impedir que se cayera.

La niña sonrió con una boca repleta de frenillos y se levantó de un salto con su centavo aun entre su dedo. Lincoln no supo que decir sobre la desconocida frente a él: cabello castaño que llegaba hasta la espalda, una cinta rosa sobre el cabello, sus ojos eran de un castaño más claro que su cabello y su rostro dejaba salir una gran inocencia infantil. La niña vestía un suéter rosa con la imagen de una estrella fugas y una falda azul que terminaba cerca de las rodillas, finalmente unos calcetines multicolores y zapatos azules con los cordones mal atados.

-¿Eh? ¿Hace cuánto estás ahí? –Lincoln se felicitó internamente por la pregunta hecha a la niña desconocida que se había aparecido de la nada frente a su puerta. Una niña que no había visto jamás en todo su tiempo en la Cabaña del Misterio, que, nuevamente, no era mucho.

-Desde que comenzaste a recordar los buenos momentos familiares. –Se acercó corriendo y se lanzó de un salto al sofá. Lincoln se hizo aún lado para evitar que le callera encima mientras la niña aterrizaba sentada junto a él. –Mucho gusto, soy Mabel. Me gustan las chispas de colores, los suéteres, los dulces, a Pato y el romance. –Le lanzó todo eso mientras se acercaba cada vez más.

-Ah... ¿Está bien? –Lincoln terminó por caer del sofá mientras la niña se reía. –Mi nombre es Lincoln, me estoy quedando aquí por problemas familiares, me gustan los comics, los videojuegos, el cereal zombi y... –Iba a mencionar a su familia, y posiblemente terminar mencionado a sus gemelas, pero eso tenía que cambiar. –Y creo que es todo. Ahora lo más importante, ¿Quién eres y que haces aquí? –Ya llevaba más de una semana viviendo en la cabaña del misterio y no conocía a la niña junto a él.

-Mi nombre es Mabel, y vivo aquí. –Se hizo un lado para permitirle sentarse junto a ella. –Es un poco tarde, pero ¡Bienvenido a la Cabaña del Misterio! –Levantó los brazos mientras lanzaba un montón de brillos y papeles de colores brillantes.

-Gracias, creo. –Se limpió los restos que cayeron sobre su cabeza. –Esto da un poco de comezón.

-Yo ayudo. –Mable le retiró una larga tira de papel rojo detrás de la oreja mientras se sentaba junto a ella.

-Así que... ¿Vives aquí? –Lincoln la vio asentir con una sonrisa, y no pudo evitar relacionarla con Luan. Sólo esperaba que Mabel no fuera tan fanática de las bromas como ella, o estas tiras y brillos no serían más que un preludio de lo que estaba por venir. –Espera... ¿Eres la niña que vi en las escaleras? –La señalo mientras recordaba a aquella niña. La había sacado totalmente de su mente cuando Stan le aseguró de que nadie más...–Espera otra vez, Stanford dijo que nadie más vivía aquí.

-Pues yo vivo aquí dese hace un año, Lincoln. –Mabel puso sus manos en sus caderas con expresión enfadado. –Ya no importa. Hay que ser amigos. –Tomó una mano de Lincoln y la agitó de arriba abajo. –Hace tiempo que no puedo hablar tanto con nadie, por lo general sólo pudo susurrarles y luego hay "AAHHH", también los "WOOHHAA", sin mencionar los "quiero vivir" y los "el poder de Cristo te lo ordena". Algunas personas son muy maleducadas cuando les hablas. –Negó con la cabeza con un suspiro. –Pero ya no importa. ¿Tejemos un suéter? ¿Dibujamos unicornios? ¿Hacemos una fiesta de amigos por siempre jamás? ¿Ya somos mejores amigos? Hay que ser mejores amigos. ¿Me ayudarías a buscar a Pato? Hace tiempo que no lo veo.

-E-espera, espera. Apenas te conozco, ¿Podrías darme un respiro? Aun no entiendo muy bien que pasa, ¿Hace un año? No te había visto desde que llegué. –Y sabría si hay alguien más viviendo en el lugar, y no sólo porque no ha salido en ningún momento desde que llegó, Maber era una niña animada, sin lugar a dudas sabría si está arriba.

-No sabía cómo acercarme, ¿Bien? Es difícil acercarse a alguien sin saber si saldrá corriendo mientras grita por su mami.

-Está bien, ¿Podemos empezar de nuevo? –Lincoln se sujetó la nariz mientras Mabel trataba de imitar el sonido que hace una cinta al rebobinar y saltaba del sofá directamente hacía la puerta. –Me alegra que nos entendamos.

-¿Por qué estabas triste justo ahora, Lincoln? –Mabel se acercó sin dejar de juguetear con el centavo en su mano. –¿Tiene que ver con eso que decías de la suerte? Te escuché hablar mucho de eso mientras estabas en la cabaña.

Las facciones de Lincoln se volvieron serias. –No es bueno espiar a la gente.

-Yo no soy quien hablaba solo. –Mabel se encogió de hombros y dio un salto al sofá. –Los veranos son lo mejor en Gravity Falls. Vienen muchas personas de lugares interesantes sólo para ver la cabaña, pero el último año tío Stan tuvo una maña racha. Es difícil cuando tienes que hacerlo todo sólo. ¡Pero ahora te tiene a ti para que lo ayudes!

-¿Tío Stan? –Lincoln preguntó al aire. –¿Stanford es tu tío?

-Tío abuelo Stan. –Mabel dijo con orgullo. –Es agradable, ¿Verdad?

-Un poco...–Si no tomaba en cuenta los constantes riesgos a su vida mientras trataba de poner la letra S, o la tortura de cada mañana para cortar un poco de leña, eso y los constantes abusos verbales sobre lo débil que era. –Él me salvó. –Desde que llegó, sólo había sentido la necesidad de decírselo a alguien. –Stanford me salvó la vida, y me permitió vivir con él. Así que sí es genial. –Lincoln habló con el mismo orgullo.

-Te lo dije. –Saltó del sofá y tomó a Lincoln del brazo. –Vamos, te mostraré muchos lugares divertidos en la cabaña. –Comenzó a arrastrarlo hacia la puerta.

-E-espera. –Lincoln trató de resistirse, pero terminó por dejarse llevar por ella. Hace tiempo que no veía a alguien de su edad, y la actitud animada de Mabel estaba muy lejos de irritarlo. Le recordaba un poco a su familia.


Mabel comenzó a arrastrar a Lincoln hacia el pasillo y por el camino al que se dirigía, Lincoln estaba seguro de que quería llevarlo al piso de arriba. Lincoln sólo había subido al piso de arriba para limpiar o retirar algunas cosas de una pequeña bodega ahí arriba. Otra de las razones por las que le costaba creer las palabras de Mabel sobre vivir ahí, es porque había visto todas las habitaciones en el segundo piso... bueno, casi todas.

El ático.

Stanford le había dicho el primer día que se mantuviera alejado del ático. Podía hacer lo que quisiera en su tiempo libre y recorrer el lugar como le plazca, pero no podía entrar al ático. Nunca le dio una explicación concreta, sólo le dijo que no era un lugar seguro y que se mantuviera alejado.

-Mabel, espera. ¿Me estás llevando al áti-

-¡Lincoln!

Mabel lo soltó en ese momento y comenzó a correr con desesperación por las escaleras sin mirar atrás.

-¿Mabel?

-Lincoln, ven aquí ahora. –Stan estaba del otro lado del pasillo, lo miraba con los brazos cruzados y no se veía feliz.

Lincoln dudó un poco mientras volvía a mirar hacia las escaleras, pero finalmente se acercó a Stan. La idea de que Stanford pudiera golpearlo no había entrado en su cabeza hasta ahora, no los golpes con las latas de cerveza, sino un verdadero golpe. Los puños de Stan se veían fuete s para ser tan viejo, y sabía que eran duros por la vez que tomó su mano cuando lo rescató de las calles.

Stan suavizó su mirada y se arrodillo hasta estar a su altura.

-Lincoln, la próxima vez que salgas al pueblo, me gustaría que me avisaras. –Dijo con suavidad. –No soy tu padre y no puedo decirte que hacer, pero sigues siendo un niño que está a mi cargo, y necesito saber si estás en el pueblo o perdido en el bosque. Ya me había decidido a salir con una linterna cunado te vi en la entrada.

Lincoln hizo una mueca. No había pensado que Stan podría pensar que se perdió en el bosque y salir a buscarlo. Se sintió muy culpable por los pensamientos anteriores mientras asentía con la cabeza.

-Lo lamento, pero... –¿Debería decirle sobre las alucinaciones? –Me crucé con Wendy mientras paseaba y ella me invitó a un recorrido por la ciudad, y pensé que... si voy a vivir por aquí, entonces tendría que saber que me rodea. –La compañía de Wendy también era agradable. –Debí decírselo antes, señor Stanford.

-Olvídalo, y ya te dije que me llamaras Stan. –Se levantó un y su espalda crujió mucho por eso. –Stanford hace que me sienta viejo. –Miró las escaleras tras él. –Ahora ve a preparar la cena, será tu castigo por salir hoy sin avisar.

-Entendido. –Lincoln se dirigió a la cocina. Quería preguntarle acerca de Mabel, pero no sentía que fuera el momento, quizás durante la cena podría hacerle algunas preguntas sobre ella y si se está quedando en el ático. Algunas cosas no tenían sentido.

Stan se acercó a las escaleras y miró hacia arriba. Subir esas escaleras lo hacían sentir cada día más viejo, y por ahora no quería volver a sentir esa sensación. Era mejor esperar y observar. Lincoln era una pieza nueva, algo inesperado, un impulso formado por sus propias experiencias dolorosas en las calles. Al menos él podía ser considerado mayor de edad cuando su padre lo corrió de casa, pero Lincoln... él no tenía ni doce años, y su historia parecía ser incluso más triste que la suya.

-Lincoln no tiene nada que ver. –Murmuró lo bastante alto para que cualquiera fuera del pasillo no pudiera escucharlo. –No hay planes alocados o comodines. Sólo es un niño de la calle al que recogí. Eso es todo. –Suspiró mientras le daba la espalda a las escaleras. –Estoy cansado.