Toda la basura estaba esparcida por la cocina. No era sólo la bolsa que había tirado esa mañana, sino todo el contenido del bote de basura desparramado por el piso. Stan había hundido las manos hasta el pegajoso fondo de aquel viejo bote de basura y había escarbado entre la porquería que él mismo arrojaba sólo para encontrar aquello que hace una semana había estado tan desesperado por destruir.

El diario de su hermano Ford. El primero que escribió y que contiene sus primeros pasos y descubrimientos por Gravity Falls. Tener ese diario en la cabaña representaba un gran peligro, no sólo para él, sino para todo el que entrara. Lo mejor había sido tirarlo para nunca tener que volver a verlo. Quizás en la planta de reciclaje pudieran encontrar alguna forma de convertirlo en papel reutilizable y sin ninguna clase de contenido cuestionable.

Pero a la vez era lo único que le quedaba de su hermano gemelo. Stanford había partido poco después de los horrores de hace un año y no había vuelto a saber nada de él desde entonces. Y quizás no volviera a verlo lo que le restara de vida, y no sólo por su despedida. Le gustara o no, ese diario era parte de su hermano.

Y no le gustaba para nada esa porquería repleta de ocultismo y mapas extraños. Había vivido treinta años sufriendo sólo por uno para que luego todo se fuera al infierno de la peor manera posible.

Arrojó un montón de basura con violencia contra el refrigerador. Todo su cuerpo estaba cubierto de sobras de comida y restos de adornos baratos, pero no había ningún diario en ese montón de basura. Se apoyó contra la mesa y respiró pesadamente mientras trataba de recordar si fue en esa bolsa de basura donde lo había tirado y no la anterior, o si se había equivocado de bote de basura.

O quizás esos malditos duendes tuvieran algo que ver. No, el seguro que Stanford había creado para los diarios antes de partir tendría que mantener alejado a cualquier criatura sobrenatural... ¡¿Por qué mierda no pudo destruirlo en lugar de asegurarlos mejor?! Sin importar lo listo que fuera Ford, había veces en que era un completo estúpido.

-No entiendo... –Otra posibilidad era... ella. –No. Es imposible. No puedes tocar el diario, y aunque así fuera, no puedes salir de aquí. –Le habló a la nada en la cocina, pero estaba seguro de que podía escucharlo claramente. Siempre estaba escuchando, lista para saltar y hacer su vida más miserable.

Al menos Lincoln no tendría que lidiar con eso. Todavía se debatía si había hecho lo correcto al traer al chico, una parte de él sentía que lo mejor hubiera sido forzarlo a ir con la policía, o simplemente hacer una llamada anónima y que ellos se encargaran. Diablos, incluso pudo haberlo dejado ahí, no era su problema.

No podía.

La imagen de Lincoln en el callejón había sido como verse en un espejo poco después de que lo echaran de casa por echar a perder el trabajo de Ford. Totalmente desvalido y sin saber a dónde ir. Pero claro, él al menos tenía edad suficiente para cuidarse por si miso; Lincoln era un niño de once años confundido y totalmente deprimido. Si lo hubiera dejado ahí lo más seguro es que hubiera muerto congelado en cuando el frío lo hiciera perder la conciencia.

Más tarde tendría que revisar las noticias de Michigan por la red, quizás pudiera saber algo más sobre el caso. Lincoln podría no estar listo para hablar de eso después de todo, pero de haber sido algo pequeño ya hubiera lloriqueado por regresar a los brazos de su mami. En cambio se lo veía a terrado ante cualquier pequeña mención sobre su lugar de origen, así que dejó de hacerlas.

-¿Perdiste algo, Fez? –Mabel apareció en cuclillas sobre la mesa. –¿De casualidad es de este tamaño y tiene una linda mano con seis dedos en la portada? –Formó el tamaño del diario con las manos mientras se reía un poco. La inocencia de su risa le partía el corazón a Stan, pero no iba a dejar que lo viera.

Tampoco iba a prestarle atención.

-Oh, vamos Fez, no me ignores. Quiero pasar tiempo con mi tío favorito. –Mabel flotó en el aire y saltó sobre Stan mientras se daba la vuelta para no tener que verla. –¿Un abrazo estilo Mabel? Sabes que lo quieres, tío Stan. –Lo hacía. Daria lo que fuera por volver a abrazar a esa niña sonriente de hace un año... pero ya era tarde para ella.

La ignoró mientras volvía a revolver los restos de basura. No debió haberlo tirado. Podría haberlo puesto en la caja fuerte y ocultarle bajo su cama, de esa forma no tendría que preocuparse porque nadie pudiera robarlo.

-Que malo eres, tío Stan. –Mabel hizo un pequeño puchero mientras se cruzaba de brazos detrás de él. –De todas formas, sólo quería agradecerte por mi nuevo compañero de juegos. Lincoln es un niño muy divertido, me alegra que lo trajeras a nuestro hogar, tío Stan.

La mención de Lincoln lo alteró un poco. Uno de sus miedos era que la criatura detrás de él pudiera hacer contacto con él, pero a aparte e pequeñas apariciones, Lincoln tendría que estar bien. Ese niño no tendría que ver nada que no fuera un pequeño fantasma que aparece y desaparecer. Aquella chica sólo se estaba burlando de él otra vez.

-Es tan... dulce. –Mabel se relamió los labios mientras sus mejillas se ponían un poco rojas. –No cabe duda de que tendremos muchos momentos divertidos nosotros dos... Y todo gracias a ti, tío Stan. –Mabel se arrojó contra él para darle un gran abrazo, sólo para terminar chocando contra una pared invisible. –Eso dolió, Fez. ¿No te quitas ese collar ni siquiera para dormir? –De hacerlo seguramente tendría pesadillas.

Tendría que buscar afuera, quizás lo había puesto en el bote equivocado. O tal vez ese diario por fin se había ido de su vida por arte de magia. En un pueblo así cualquier cosa era posible.

-¡Sabes que odio ser ignorada, Fez! –Mabel apareció frente a su cara con llamas en lugar de ojos y su bica abierta de forma desmesurada mientras enromes colmillos amarillos se acercaban peligrosamente a la cabeza de Stan.

Stan pasó junto a ella sin siquiera darle una segunda mirada.

-¡Bien! ¡Sigue ignorándome, tío! –El pequeño grito de Mabel detrás de él fue algo lindo mientras le daba la espalda y finalmente desaparecía bajo el piso de la cocina. –¡Al final no cambiará nada!

Stan suspiró pesadamente mientras se apoyaba en el marco de la entrada de la cocina. Ya tenía setenta y un años de edad, ¿Por qué tenía que seguir soportando toda esta mierda? De haber sabido lo que le esperaba, nunca hubiera aceptado la llamada de Ford. Pero la idea de reconciliarse con su gemelo había sido demasiado buena para ser real, y ni siquiera había sido real.

El reloj ya daba las dos de la mañana mientras se acercaba hacia la habitación de Lincoln. Todavía se sentía un poco raro tener a alguien tan joven trabajando nuevamente en la cabaña, y como esperaba, el pueblo ya se había dado cuenta de que un niño de cabello blanco y pecas en el rostro trabajaba en la cabaña del misterio. Sería más fácil decir su historia inventada si no confundieran al niño con Gideon tan seguido. ¿No notaban que Lincoln estaba menos relleno y con un estilo de peinado diferente? Aunque él tampoco pudo evitar ver las similitudes en un primer momento.

De todas formas, al menos la policia de Gravity Falls parecía nunca haber terminado la primaria y estar más ocupados jugando con la vieja máquina de pin-ball que en investigar sobre un niño que aparece de un día para el otro. Ni siquiera le pidieron registros detallados sobre nada.

-Al menos esos idiotas no han cambiado.

Estaba a punto de entrar cuando escuchó como aporreaban la puerta de la tienda.

-¿Ahora qué? –Odiaba las visitas nocturnas. Nunca eran buenas.


Stan ya había preparado una buena excusa para los cobradores de deudas o cualquier persona de oficio dudoso parada en la puerta. Pero ninguna historia para una pelirroja que apestaba a hierba y parecía próxima a saltarle encima.

-Wendy, ¿Qué haces aquí? –No había tenido mucha interacción con la chica desde el año pasado, y las últimas no habían sido del todo buenas.

Wendy abrió la boca y la cerró con fuerza, aguantando las ganas de tendría de gritarle o decirle alguna blasfemia típica de adolecente que no entendería. Suspiro y el olor a hierba se hizo más fuerte dentro de la nariz de Stan. Esperaba que la marihuana fuera lo único que había consumido antes de venir, no le gustaría sentir toda la furia de una Wendy colocada con cualquier basura de las que rondaban el pueblo.

-¿Sabes dónde está Lincoln, Stan? –Le preguntó con seriedad.

-¿Durmiendo? –Respondió por reflejo. –Y creo que es exactamente lo que tendrías que estar haciendo en lugar de tocar mi puerta a las dos de la mañana, Wendy. –Iba a cerrar la puerta para librarse de ese olor insoportable, pero Wendy la golpeó con la palma de su mano tan fuerte que casi pudo escuchar el crack de los vidrios. –¿Qué te pasa Wendy? ¿Otra vez estás "volando"? –Lo dijo con tono de burla. –Lincoln está durmiendo en la habitación, y no creo que ver este lado tuyo mejore la impresión que tiene de ti. –Lincoln se refería a Wendy como si se tratara de una hermana mayor, y no le gustaría que esa imagen cambiara a una fumadora de hierba que trafica drogas.

Wendy abrió la boca, pero pareció atragantarse con sus propias palabras después de escuchar a Stan. Pareció buscar restos de cualquier sustancia en sus dientes antes de volver a hablar, esta vez lo hizo en un tono más bajo y controlado, pero la ira seguía ahí.

-Unos amigos vieron a un chico alvino caminando por las calles después de medianoche. –Se acercó un poco mientras sus palabras se volvían un susurro. –¿Metiste a Lincoln en algo turbio, Stan? Porque ésta vez no pienso quedarme de brazos cruzados.

-Amigos. ¿Qué amigos? ¿El que se inhala y el que se inyecta? –Hizo una pantomima como si estuviera aspirando algo y luego como si se lo inyectara. –Lo vi hace unos minutos, Wendy. No metí a Lincoln en nada raro.

-¿Y porque estás cubierto de basura? –Levantó una ceja mientras miraba los restos de comida y la mugre que cubrían a Stan.

-Lo que haga en mi casa es asunto mío, Wendy. Si quiero nadar en basura entonces tiro los contenedores en medio de la sala y me doy un chapuzón en mi propia mugre.

-¿A las dos de la mañana?

-Sí.

Wendy hizo una mueca mientras veía la postura firme de Stan y sus ojos mirándola fijamente sin pestañar. Nunca pudo saber si el viejo frente a ella le agradaba o no, aún si le dio un empleo siempre tenía un haz bajo la manga para escapar mientras dejaba a los demás limpiar su desastre, o se aprovechaba de los otros para su propio beneficio.

Stanley Pines no era de confianza.

-¿Quieres que me trague esa basura de que rescataste a Lincoln de la calle, lo trajiste aquí de contrabando y le diste un nuevo nombre para inscribirlo en la escuela? –Le dijo con voz cada vez más dura mientras se acercaba, entonces sonrió con burla. –Te conozco Stanley, no eres de fiar. Sé que algo planeas, y ésta vez no me quedaré de brazos cruzados mientras arruinas la vida de un niño inocente.

Stan presionó fuertemente sus dientes postizos mientras contenía las ganas que tenía de borrarle aquella sonrisa del rostro a Wendy. Los dos no se habían separado precisamente en malos términos, pero la chica sabía demasiado sobre él y la cabaña, lo suficiente para saber que su historia sobre el rescate de Lincoln en el callejón sonaba a cuento de hadas.

-¿Quieres verlo, Wendy? –Stan se hizo aún lado para dejarla pasar. –Está en su habitación en la casa, al final del pasillo. Puedes verlo tú misma si no me crees, y entonces largarte de mi propiedad hasta que pase el efecto de la basura que consumes.

-Tú sabes que no entraré ahí, Stan. –Wendy retrocedió. Cuando hablaba con Stan era en la entrada, y siempre se encontraba con Lincoln en el patio. No volvería a poner un pie en esa trampa de turistas otra vez mientras viviera. –Quiero que me digas donde está Lincoln ahora mismo, iré por él y por tu bien espero que lo saques de lo que sea que te has metido esta vez.

Stan golpeó el marco de la puerta con fuerza. –¿Qué crees, Wendy? ¿Qué le di a Lincoln el maldito diario de mi hermano y lo mandé algún lugar peligroso a mitad de la noche esperando que las cosas salieran bien? ¿Crees que volvería acometer el mismo error dos veces? ¿Crees que tomaría a un niño de la calle para que se matara en alguna clase de aventura loca de Gravity Falls por algún motivo egoísta? –Se limpió algunos rastros de basura de su cuerpo. –Yo no soy mi hermano, Wendy, a mí no podrían interesarme un pepino todas las cosas raras de este pueblo. Sólo quiero vivir lo que me reste de vida en esta cabaña.

Wendy no esperó ese arrebato por parte del octogenario y estuvo dudosa de cómo responder a eso. Inconscientemente pasó su lengua por la cicatriz de su labio. Lo que todos perdieron en aquellos días jamás se recuperaría. Y ella siempre sintió que podría haber hecho más si hubiera tomado una postura más firme... Si hubiera recordado que no eran más que niños.

Ella iba a decir algo cuando una voz la interrumpió.

-¿Pasó algo malo? –Lincoln entró a través de la cortina roja con un suspiro. –¿Wendy? ¿Qué haces aquí a esta hora? –Se restregó los ojos con la mano antes de verlos mejor. –¿Qué es ese olor...? –Dejó de hablar cuando vio a Stan cubierto de basura. –No preguntaré. –Lincoln estaba usado una camisa demasiado grande para él junto a unos pantalones de algodón blancos igual de grandes, y se veía recién despierto. –¿Interrumpo algo?

Stan miró de mala forma a Wendy por el rabillo del ojo antes de dirigirse a Lincoln. –Tú vuelve a dormir, mañana tienes que arreglar las goteras del techo. Las noticias dicen que se acerca una tormenta.

Lincoln los miró con dudas por un momento antes de encogerse de hombros y simplemente regresar por donde vino. Se lo veía demasiado cansado para preguntar nada o recordar algo la próxima vez que despertara.

Stan esperó a escuchar la puerta de su habitación cerrarse antes de volver sus ojos molestos contra Wendy. –¿Ves? –Señaló el lugar por donde se había ido Lincoln. –No me interesa lo que vean tus amigos cuando están en alguno de sus "viajes astrales". Y por si lo olvidaste, Lincoln no es el único alvino con pecas en el pueblo. –Aunque posiblemente era el único que todavía podía caminar y comer alimentos sólidos. –Ya te dije mi postura sobre el asunto, y espero que esto no se repita, Wendy.

Wendy se quedó en silencio sin saber muy bien que decir. Ella parecía haber estado totalmente segura de que Stan había metido a Lincoln en algo más. La historia que le había contado sobre su encuentra era demasiado... demasiado increíble si tomaran en cuenta que el héroe que rescata al niño era Stanley Pines, un ladrón y estafador que pasó treinta años de su vida mintiéndole a todo un pueblo sin que nadie se enterara de nada.

-Yo... Lo siento, Stan. –Finalmente suspiró mientras dejaba salir sus culpas. –Esto es difícil, ¿Está bien? No es fácil saber hay un niño en la Cabaña del Misterio, tomando en cuenta lo de... Ya sabes.

-¿Crees que no pensé en eso, Wendy? Lincoln está bien. –Mucho mejor de lo que debería estar un niño en su situación. –Incluso se masturba más de lo que debería un niño de once años. –Se cruzó de brazos con mirada desinteresada.

Los ojos de Wendy se abrieron mientras se sonrojaba un poco. –¿Es un chiste?

-¿Te parece que me rio? Si crees que yo apesto tendrías que oler sus sabanas por la mañana. –Se rascó la nuca. –El niño me hará gastar una fortuna en desinfectantes. –Casi juraría que realmente estaba teniendo relaciones sexuales con alguien por la noche.

-Ja. Los niños realmente crecen rápido estos días... Lamento esto Stan. –Finalmente se disculpó. –No me gustaría saber que pude hacer algo para impedir que un niño sufriera y no hice nada.

Podía entender eso, a él también le hubiera gustado poder hacer más. Eran sus sobrinos nietos después de todo.

-La historia era verdad. –Stan le respondió. –Y Lincoln pudo haber terminado pero que yo si no me lo hubiera llevado.

-Todavía es un poco difícil imaginarte con capa y la ropa interior por fuera, Súper Stan.

-No lo hagas. Ni siquiera yo sé que se me pasó por la cabeza cuando me traje al niño aquí. –Lo sabía, pero realmente mantenía sus dudas. –Supongo que ya es tarde. Le di nombre y techo, ahora tengo que alimentarlo mientras trato que deje de manchar las sabanas por la noche.

Wendy se rio un poco. Esa era la forma de ser del Stan que conocía. Hacía años que no lo escuchaba hablar así, por lo general se comportaba como un viejo cascarrabias y amargado de la vida. Posiblemente lo era, pero al menos algo de vida pareció regresar a él.

-Supongo que tengo que regresar, lamento haberlos despertado, Stan. –Luego miró la basura en la ropa de Stan. –Aunque supongo que tú ya estabas despierto.

-Y ahora regresaré a la cama... Después de darme un baño, ¿Te molesta, Wendy? –Sujetó el borde de la puerta.

Wendy asintió sin querer tocar más el tema. Se había equivocado, o al menos sus amigos lo habían hecho. No debería haber actuado tan precipitadamente si Nantes estar segura de nada.

-Buenas noches Stan, realmente lamento esto.

-Que no se repita... Y aléjate de esas sustancias, no son buenas para ti, Wendy.

-¿Ahora eres mi padre, Stan? –Wendy bufó. –Puedo manejar esto. –Y ganar dinero mientras lo hacía.

-Tú decisión, pero no quiero que regreses con tú aliento apestando a hierba.

Wendy lanzó un poco de su aliento sobre su mano y lo olfateó un poco, se sintió algo mareada al instante y tuvo que apoyarse en la pared para evitar caer. Quizás había puesto un poco demasiado de "eso" en su cigarrillo especial, pero no era su culpa que la hubieran llamado mientras fumaba.

-Lo tomaré en cuenta. Nos veremos la próxima semana... Todavía podré llevar a Lincoln a su primer día de clases, ¿Verdad? –Preguntó un poco asustada.

-Mientras sea gratis no me importa si te inyectas la misma mierda que los otros... Siempre que no trates de venderle la misma porquería.

-¿Por quién me tomas, Stan? –Wendy le preguntó muy ofendida por sus palabras. –Jamás le vendería a un niñ- La imagen de Pacífica pasó por su cabeza en ese momento.

-¿Y bien? ¿Puedo cerrar la puerta ahora?

Wendy asintió el silencio.

-No olvides nuestra pequeña charla de esta noche, me voy a dormir.

Wendy estuvo frente a la puerta cerrada unos segundos antes de retirarse.

Se ajustó el cinturón de su viejo coche y miró a la Cabaña del Misterio con gran nostalgia. Parecía imposible pensar que el verano anterior estuvo repleto de tanta diversión y risas por parte de dos hermanos gemelos que llegaron a pasar el verano. Un verano repleto de misterios que podrían cambiar la vida de cualquiera.

Sus ojos terminaron en la ventana del ático y se mantuvo así por unos segundos antes de poner el coche en marcha.