Los nomos eran traviesos. Traviesos montones de ratas que se metían dentro de los basureros de las casas cercanas al bosque por la noche para robar basura. Lo que no podían comerse se lo guardaban dentro de sus sombreros de pica como un tesoro. Eran una verdadera plaga para cualquier que se levantara por las mañanas y viera los pañales sucios tirados frente a su puerta.

Para los nomos los humanos solo eran un montón de derrochadores que arrojaban las mejores cosas a la basura, ellos solo sabían aprovecharlas mejor que ellos, tampoco se preocupaban mucho por lo que dejaban atrás. No podían enseñarle a un nomo lo que era la decencia y consideraciones humanas, vivían en mundos demasiado diferentes. Era más sencillo considerarlos una sub-especie del mapache.

Es por eso que la imagen de un viejo de casi setenta años gritándole a un nomo mientras lo estrangulaba contra un pino era casi hilarante. Stan no había tardado en encontrar a Smuji, era el nomo que más había frecuentado su basura este último mes. Atrapar a un nomo no es tan difícil si se sabe dónde buscar y como sujetarlo.

Por supuesto, sujetarlo del cuello hasta que su rostro se pusiera azul no era el modo correcto, pero era menos complicado que sujetarlo de la barba.

Stan esperó otros diez segundos y soltó a Smuji, el pequeño cuerpo del nomo cayó de espaldas contra las raíces del pino. Se sujetó el cuello rojo esforzándose por respirar, miraba a Stan con una mezcla de furia y miedo. Si intentaba pedirle que se alejara de su basura, solo tenía que arrojarle una bota como era más usual.

-¿Y bien? –Stan se cruzó de brazos. Todavía tenía la fuerza suficiente en sus brazos para volver a levantarlo, y esta vez no serían solo treinta segundos.

-¿Y… bien… qué? –Smuji se apoyó en el pino, la falta de aire había hecho que la tierra temblara bajo sus pies. Cada pequeña respiración era dolorosa al momento de llegar a su laringe.

-¿Dónde está? –Stan estrechó sus ojos. No estaba allí para jugar. Odiaba el bosque de Gravity Falls más de lo que odiaba la protuberancia peluda que comenzaba a crecer en su espalda, y no quería seguir en el bosque más tiempo del necesaria. Si dependiera de él hubiera hecho talar cada maldito pino –. Mira Smuji, por mi puedes seguir comiendo mierda de los contenedores detrás del hospital. Pero sabes lo que pienso de los ladrones.

Smuji solo le gruñó en respuesta. Un nomo en solitario no podía hacer otra cosa más que gruñir y correr, y Smuji odiaba compartir comida. Muy poco inteligente de su parte, y si no comenzaba a hablar ahora Stan se aseguraría de que fuera la última mala decisión que tomaría en su vida.

-¡Quiero que me regreses mi diario! –le gritó directamente.

-¡¿Tu qué?! –respondió a su vez Smuji -. ¿Casi me matas por un estúpido libro? De haber sabido que eras un viejo loco me hubiera quedado con la basura de los pelirrojos, a veces tiran verduras muy raras.

-Un estúpido libro de mi propiedad, y que espero por tu bien todavía tengas –extendió una mano hacia el nomo –. ¡Dámelo!

-No lo tengo –Smuji se encogió de hombros.

Stan lo miró con los ojos en blanco detrás de sus gafas, entonces le dio una patada que lo dejó nuevamente en el suelo. Los nomos eran realmente una de las peores plagas, pequeños mentirosos ladrones inútiles. Stan no quería escuchar una historia fantástica, volver a participar en una incursión al final del arcoíris, o solo escuchar leyendas absurdas inventadas en el momento. Quería recuperar el pedazo de basura más grande que hubiera estad adentro de esa cabaña del demonio y regresar para tomar sus putas píldoras azules y amarillas.

Sujétalos de la barba, no demasiado fuerte pero si lo suficiente para mantenerlos de punta de pie en el piso.

Ford había escrito todo un apéndice de cómo tratar a los nomos, pero lo cierto es que a Stan le daba igual. A diferencia de su hermano no veía a los nomos más que como otro tipo de animal extraño. Tomó la barba de Smuji y lo levantó sobre el nivel del suelo. El pequeño cuerpo se olvidó velozmente del dolor de su vientre para sujetarse de su propia barba mientras pataleaba con esas pequeñas piernas.

-Mi diario. Ahora.

-¡N-no sé de qué me hablas! –Smuji lloró –. Lo último que me llevé de ese lugar fue un frasco con mermelada de arándano con muchos grumos. ¡Ni siquiera sabía bien!

Eso es porque no era mermelada de arándano, era lo que quedaba de su última protuberancia. Pero eso no iba al caso ahora. Comenzó a botar el pequeño cuerpo de Smuji un par de veces. Los gritos del nomo se escuchaban dentro del bosque, atrayendo miradas de animales y cualquier otra criatura que estuviera interesada en verlo.

-Es un diario de un color rojo como el vino. Dañado. Parte de su cubierta está rota –se relamió los labios intentado recordar más y se dio cuenta de que olvidó el dato más esencial –. Tiene un logotipo con la forma de una mano con seis dedos, en su interior el número 1.

-¡Q-qué no lo sé! –Smuji se sujetaba desesperadamente a su barba intentando aliviar el dolor. Cada vez que lograba levantar un poco de su peso, Stan volvía a botarlo con más fuerza volviéndolo todavía más doloroso –. ¡En serio no lo sé! Por favor, no volveré a meterme en su basura. Le entregaré a mi primo segundo, él es quién tira toda la basura por su patio. También tengo una prima con una barba muy linda, le gustará.

Stan lo arrojó nuevamente contra el pino. Comenzaba a perder el aliento. No tenía edad para seguir golpeando nomos. ¿Smuji siquiera sabía lo que el diario significaba? ¿Lo que podía hacer con todo ese conocimiento? A Stan le sorprendería si Smuji siquiera sabía leer.

-¡Esto no va a quedar así, anciano! –Smuji saltó sobre sus pies acariciando su barba. Toda su barbilla palpitaba y aguantaba las lágrimas a fuerza de coraje –. ¡Los nomos tenemos poderes más allá de su comprensión! ¡Fácilmente podemos-¡No me lastimes! –se hizo una pelota contra el pino cuando Stan volvió a acercarse.

-¿Realmente no viste un diario? ¿Ni siquiera si alguien más se lo llevó?

-¡No! ¡No! Por favor no me lastime. ¡Mi prima! –ya no se molestaba en soportar los sollozos mientras temblaba contra el pino –. ¡Mi magia de nomo lo acabará si se acerca! –y regresó rápidamente a amenazarlo con una mano moviendo sus dedos.

Si no fue Smuji, ¿Otro nomo? Si Stan fuera diez años más joven, quizás se atrevería a meterse a un nido nomo para buscar su diario, pero no lo era y no tenía edad para golpear a trecientas personitas y salir ileso. Y quizás su diario ni siquiera estuviera allí, quizás al darse cuenta de que era inútil tratar de arrancar sus páginas como papel de baño, solo lo tiraron en el bosque. Perdido entre la tierra y el barro, siendo hundido en la tierra con cada tormenta hasta que desapareciera de la vista de cualquiera. Perderlo seguía siendo mejor que ocultarlo, de esta forma ya nadie podría saber dónde está. Esa maldita cosa era una desgracia… Y aun así, Dios lo proteja, como quisiera tenerla en sus manos. Sentir los seis dedos en la cubierta al arrastrar la yema de sus dedos suavemente, recordar lo que era sujetar esa mano en su niñez. Los buenos días en que podía pasar noches enteras perdido en sus páginas pensando en lo que le diría a Ford cuando volviera a verlo.

Y luego sus pensamientos lo regresaban al final. Recordaba cómo había terminado todo, lo que le habían costado y quién lo inició. Allí había comenzado esa odisea por librarse del diario, solo para recuperarlo cinco minutos después.

-Si me estás mintiendo, ni tu estúpida reina nomo podrá protegerlos de mí –se agachó todo lo que su espalda le permitió y susurró –. Tengo mucha gasolina debajo de la cabaña, y realmente odio este bosque. ¿Entiendes?

Smuji trabó saliva nervioso. Asintió con la cabeza. Se decía que el viejo que vivía en la cabaña del misterio había perdido totalmente la cabeza, y después de lo ocurrido ahora Smuji no podía negarlo. Si Stan pensaba que regresaría a su basura después de esto entonces estaba muy equivocado. Podía sobrevivir de las hiervas divertidas que encontraba al fondo del basurero de la familia de leñadores, y de postre siempre podía encontrar bolsas sorpresa en los contenedores detrás del hospital.

La espalda de Stan crujió como una rama seca al romperse y Smuji tuvo la esperanza de que fuera su turno de caer al piso en el dolor, en cambio solo se quejó por su edad.

-La próxima vez tengo que mandar a ese mocoso –murmuró mientras se iba –. Si puede tener una pelea de cuchillos con una niña entonces puede golpear a un nomo.

Cuando Stan se hubo internado en el bosque Smuji se levantó con la poca dignidad que todavía le quedaba y agitó su puño hacia él –. ¡Sí, huye cobarde!


Lo primero que vio al salir del bosque fue a Lincoln cortando leña. Aparte de los guantes que le había dado para sujetar el hacha también había puesto dos trapos viejos y bastante sucios. El hacha cayó como una guillotina sobre el tocón de madera, tuvo que golpearlo dos veces más para poder partirlo a la mitad.

Aprendía rápido, y después de la paliza que le dio a tres chicos de secundaria no podía decir que siguiera siendo un enclenque. Esa tuvo que ser una gran historia, una lástima que Lincoln se negó a decir los detalles. Le hubiera gustado sabe que sintió cuando le arrancó el arete de la oreja, la primera mutilación nunca se olvida.

-Stan –Lincoln lo saludo con una sonrisa. Stan le gruñó en respuesta y siguió caminando hacia la cabaña.

Al chico todavía le faltaban pelotas para enfrentarlo. Se sentiría más tranquilo si hubiera intentado insultarlo al menos una vez en lugar de seguir sonriendo en su dirección como un pelmazo. Lo menos que necesitaba ahora era descubrir que estaba cuidado a un demente que golpeaba niñas por diversión.

Quizás recoger a Lincoln no fue la mejor de sus ideas, pero era tarde para devolverlo. Escupió junto a la entrada de la cabaña, estaba demasiado molesto para pensar con tranquilidad. Lo que necesitaba ahora era algo caliente con mucha leche.

El sonido de un auto entrando a su propiedad lo obligó a maldecir, y maldijo dos veces más cuando reconoció el coche rojo de Wendy. Esa chica disfrutaba poner a prueba los límites de su paciencia. Siempre tocando esa bocina que sabía odiaba, estacionándose en medio del camino como si no valiera la pena encontrar un lugar mejor, y mirándolo como si fuera el responsable de que estuviera vendiendo hierva en la escuela. Tenía tantas ganas de cruzarse con esa perra como Wendy de verlo, y lo dejaba muy claro cada vez que se apoyaba contra su coche.

-Calma Stan. Ve por tu leche. Luego trata de recordar si tiraste el diario o no. Eres un viejo senil, posiblemente lo volviste a ocultar en el sótano –respiró hondo e ignoró a Wendy.

Pero Wendy no quería ser ignorada. Regresó al interior de su coche y tocó la maldita bocina dos veces más. Si volvía a tocarla una tercera vez, Stan juró saltaría sobre ella y le mostraría a Lincoln como se trataban a las mujeres en sus tiempos.

Algunas mujeres ruegan porque las golpees hijo. Tu madre lo sabe muy bien.

-Cualquier concejo tuyo no era más que basura –Stan le dijo a la voz de su padre dentro de su cabeza –. Solo significa que tengo que tomar mi leche y una pastilla roja. ¡Linco-Err ¡Linc! –gritó –. ¡Tú niñera está aquí! ¡Deja ese montón de montón de madera para después!

Cerró la puerta de la cabaña de un portazo.

Wendy regresó al interior del auto para tocar la bocina una tercera vez, entonces se lo pensó mejor y dejó el asunto de lado.


-¿Wendy? ¿Qué haces aquí tan temprano? –Lincoln se quitó los guantes de trabajo y se limpió el sudor que corría por su frente. Era fin de semana, y Wendy solo lo recogía para llevarlo a la escuela.

No pudo evitar darle una mirada al asiento trasero del coche. El sentimiento de intranquilidad no se iría a menos que se cerciorara de que Pacifica no estuviera allí. Esa niña le había generado un pequeño trauma con su último encuentro. Suspiró con alivio al darse cuenta de que Wendy había llegado sola.

-Es sábado Linc –Wendy habló como si esperara que el día tuviera una reacción en él. De ser así entonces se decepcionó cuando Lincoln se mantuvo callado –¡Te tienes que disculpar con Amanda, idiota!

-¿Amanda…? ¡Amanda! –Lincoln retrocedió un paso. Le había prometido a Wendy que el fin de semana iría al hospital a disculparse con la chica a la que había desfigurado sin intención –¿Era hoy? ¿Este fin de semana? –había tenido tantas cosas en la cabeza últimamente que olvidó totalmente que una disculpa se veía pequeña.

-Sí –Wendy sonrió –. Era hoy. Este fin de semana. Ahora mismo. Metete al coche, Linc –. Esa sonrisa podría verse de cualquier forma menos pacífica. Lincoln podía sentir una bestia oculta dispuesta a lanzarse sobre él, era más o menos lo mismo que sentía cuando Stan tapaba el excusado los martes. El resultado nunca era algo bonito.

Intentó pensar en una excusa. No quería ir. Todavía tenía que cortar mucha madera y… ¿Hacer la tarea? Tenían otra semana libre desde el asunto con la ley, ¿Planear como matar a alguien sin dejar evidencia? Wendy no vería muy bien su idea sobre el homicidio. ¿Hablar con Mabel? Wendy no se tragaría lo de niña fantasma.

La verdad, es que aparte de cortar madera no tenía nada que hacer más que limpiar y esperar en la tienda de regalos a que alguien pasar a comprar algo. Pero no quería ir.

-Linc, al coche –. La sonrisa de Wendy se perdió y señaló dentro de su coche. El interior del carro había pasado a verse como la boca de un horrible dragón rojo, y Wendy era la lengua que lo empujaría hasta el interior de la garganta –. Ya lo hablamos Linc, hiciste algo malo y tienes que disculparte. Ya le dije a Amanda que irías a verla, esto tampoco será fácil para ella.

-¿Le dijiste que iré, Wendy?

-Esperabas caer de sorpresa. Verte así solo empeoraría su estado, Linc –se acercó a Lincoln y lo sujetó por el hombro –. No me fuerces a meterte al coche. Eras tú el que quería hacer algo bien, ¿No?

-…Sí –. Había sonado mejor en su cabeza, cuando todavía había tiempo. Ahora lo sentía más complicado. No quería ir al hospital –. Solo espera a que me dé una ducha rápida, no creo que me dejen entrar al hospital todo sudado.

Wendy lo miró de arriba abajo para vergüenza de Lincoln. Era cierto, su ropa estaba algo desaliñada y humedecida por el sudor. Si no se daba un baño quizás lo sacaran del hospital por condiciones insalubres.

-Estaré esperando aquí –se colocó contra el coche resignada –. Será mejor que no pienses en escapar de esto Linc, conozco cada ruta de escape de la cabaña mucho mejor que tú –. Ella misma los había usado varias veces en el pasado.


La ducha le tomó menos de diez minutos, no iba a alargarla con Wendy esperando en el patio. Lavó su cabello y el resto de su cuerpo hasta librarse del sudor. La parte más larga sería secarse, y también la más incómoda, todavía podía sentir algunas letras en su espalda, leer los mensajes que Pacifica había dejado se habría vuelto una tarea difícil de estar interesado en lo que decían.

Bueno, iba a hacerlo. Esto no podía ser tan difícil, ¿Verdad? Solo era entrar, disculparse y salir. Sería igual de difícil para Amanda y ella de todas formas no lo querría allí, puede que Wendy hasta la hubiera forzado a recibirlo por lo que sería entrar y salir. La visita no podía durar más de un minuto. A menos que Amanda se limitara a verlo con odio hasta que el lugar se volviera demasiado incómodo para los dos.

-Sigue siendo mejor que volver a la escuela –Lincoln se encogió de hombros. El asunto del director solo podía esperar hasta el final de la semana próxima –. Un problema a la vez, Lincoln.


-¿Jugamos duendes y mazmorras? –Mabel arrojó unos dados al piso, formando un doble seis. Cada vez que jugaba en su contra sus dados caían en números demasiado convenientes para ser al azar.

Mabel se encontraba acosada de lado sobre la cama de Lincoln, tenía un tablero de duendes y mazmorras junto a ella junto con varia hojas de papel blanca. Le había hablado de un record de juego el día anterior, pero Lincoln no tenía tanto tiempo libre para pasarlo jugando un juego de dados.

-Lo siento Mabel, esta vez tengo una buena razón para no jugar. ¿Recuerdas Amanda?

Mabel dio una vuelta sobre la cama y término sentada en la orilla –. ¿La chica que atacaste brutalmente la semana pasada? –comenzó a mecer sus piernas inocentemente sobre la cama.

Lincoln se mordió la lengua –. Sí, la chica que ataqué brutalmente –. Suspiró –. Wendy está esperando a fuera, es tiempo de que vaya a disculparme.

Dejó caer la toalla aun lado, dejando al descubierto su ropa interior blanca. No tenía mucha ropa que ponerse a parte de lo que Stan encontraba en barata o tirado por los armarios. Unos pantalones marrón oscuro, con una amarrilla deberían bastar. Sin lugar a dudas Leni se moriría si lo viera usando un conjunto como ese. De todas formas ocultaría la camisa bajo la chaqueta que Stan le regaló, acababa de lavarla y era de lo poco que se veía bien después de tener que remendarlo.

Mabel lo vio vestirse en silencio, esperando a que terminara. Lincoln preferiría uno o dos de sus comentarios para llenar algo el ambiente. Sin darse cuenta sujetó la bola de nieve y estuvo a punto de guardarla en su bolsillo interior. Lo devolvió a la mesa. El vidrio se sentía frío.

-Entonces… ¿Round 2? –Mabel finalmente habló.

Lincoln terminó de ponerse los zapatos.

-No tengo planeado volver a pelear con ella Mabel –tampoco golpearía a una interna de hospital. Ese sería un nuevo nivel de profundidad dentro del pozo.

-Que aburrido –se tiró nuevamente a la cama haciendo puchero –. Tampoco creo que necesites disculparte con ella. Diste el primer golpe, pero ganaste. Eso te hace superior a ella.

-No vivimos en la prehistoria, Mabel –.

Se llevaría el diario. Ya no podía alejarse de él de todas formas. Cuando salía no se sentía seguro mientras no lo sintiera dentro de su bolsillo. El contenido en sus páginas era demasiado valioso como para dejarlo tirado por allí. Todo lo que había leído desde que lo encontró… En cierta forma ahora podía entender el interés de Lucy por la magia y hechicería. ¿Qué sentiría si se enterara que la realidad sobre la magia es muy distinta a lo que ella siempre creyó?

-¿Cómo llegaste a la basura en primer lugar? –pensó para si mismo mientras guardaba el diario en el bolsillo interior de la chaqueta. Lo olvidó en cuanto sintió los brazos de Mabel rodearlo en un abrazo desde la espalda.

-Buena suerte, Linc. Y recuerda –susurró muy despacio contra su oído –, no dudes en apuntar entre las piernas.

-Amanda es una chica, Mabel.

-Ya sé.


Stan ya se había sentado en el sofá con su vaso de leche y un frasco de píldoras vacío. Lincoln había aprendido a no molestarlo cuando lo veía con el vaso de leche, le explicaría todo lo ocurrido cuando regresara del hospital, y si se enfadaba entonces prometería ajustar la antena si volvían a perder la señal.

-Terminemos con esto –se dijo a si mismo mientras salía de la cabaña.

Wendy apoyada contra su coche, sujetaba una revista de leñadores con varias hachas en la portada y un hombre en ropa interior que las promocionaba con una pose algo sugestiva. No podía decirse que Gravity Falls no creyera en la igualdad de géneros.

-¿Listo? –Wendy lo vio acercarse y guardó la revista –. Solo tenemos que pasar por Pacifica y nos pondremos en marcha.

-¡¿Qué?! –Lincoln dio un paso atrás llevando su mano derecha a su bolsillo.

Wendy no pudo aguantar la risa. Fue una risa pequeña pero alegre –. Solo bromeaba –extendió la mano –. Ahora dámela, Linc.

Lincoln dudó uno segundos, pero finalmente terminó por ceder y le entregó la navaja a Wendy.

-¿Está muy enfada? –Se atrevió a preguntar cuando se metió al coche.

-¿Y no tiene motivos para estarlo?

-Esto no me va a gustar.

-A ella mucho menos.


Al menos el hospital se veía normal en comparación con varias partes de Gravity Falls que Lincoln había recorrido hasta ahora. Un edificio grande de tres pisos en medio de un terreno de tierra en donde se estacionaban los coches y ambulancias, la pintura blanca derruida por el tiempo y la enorme cruz cueca sobre las puertas dobles.

-Lindo.

Cuando tenía cinco años, Liberty pasó casi un año dentro de un hospital. Su cuerpo era el más débil de los tres, y necesito cuidados especiales durante un par de meses. Je, lo había olvidado hasta ahora. El aire libre realmente le estaba sentando de maravilla.

Pudo sentir el olor de los desinfectantes y la cataplasma desde que bajó del coche. Nunca se acostumbraría a ellos, pero era mejor tolerarlos a arriesgarse a contagiarse de cualquier posible enfermedad en el aire.

-No te separes de mí, Linc. Es tu primera vez aquí, y puedes perder la orientación fácilmente –. Lo tomó del hombro y lo condujo hacia el interior.

Eso lo decía porque se perdió en el Arcade, y dio vueltas en círculos un par de veces por la escuela –. No es mi culpa que mis sentidos se confundas. Todavía no puedo acostumbrarme a la orientación, Wendy.

-Después de cuatro meses –reprimió una risa –. Así que no te separes de mí lado.

Mientras no hubiera vampiros atendiendo el banco de sangre o zombis en la morgue, Lincoln estaba seguro de que no tenía mucho de que preocuparse por nada más que su visita. Interiormente no era diferente a cualquier otro hospital que conociera. Al fondo había dos hombres sentados detrás de un escritorio rodeado de un pared de plástico delgado. Uno de ellos hablaba sobre caballos y el otro sobre una apuesta que hace un mes o dos.

Wendy ignoró a ambos y lo guió hacia el ascensor.

-A veces los asesores se traban –presionó el botón de llamada, el número rojo sobre sus cabezas comenzó a parpadear y formar distintos garabatos -. Intenta no entrar cuando las puertas se abran, o serás aplastado por el peso del ascensor.

No había un abismo profundo cuando se abrieron las puertas, el ascensor seguía bajando desde el segundo piso. Dar un paso adelante significaría ser aplastado.

-¿No pueden arreglar eso, Wendy? –tendrían que hacerlo, ya que es un hospital. Necesitarían siempre estar preparados para trasladar a sus pacientes.

Wendy mantuvo las puertas del ascensor abiertas antes de que terminara de bajar –. Ya lo han intentado. El problema no es mecánico ni eléctrico. Y no pueden tenerlo fuera de servicio todo el tiempo. Hasta que no se descubra el problema o se reemplace el ascensor, lo mantendrán en funcionamiento.


-¿Ya penaste en que le dirás, Linc?

Amanda estaba en el tercer piso, dando una vuelta al final del corredor, rodeando el hala de cuidados intensivos y siguiendo derecho. Lincoln tenía que admitir que se hubiera perdido durante unos minutos si Wendy no estuviera junto a él.

-¿Qué puedo decirle? –había ido allí para disculparse y listo. Estaba cansado de pensar en lo mismo –. Ocurrirá lo que tenga que ocurrir, Wendy.

-Pues cruza los dedos, porque ya llegamos –la habitación no tenía ningún número o plaqueta. Era solo una puerta como el resto que habían dejado atrás. Wendy la empujó y ambos entraron al cuarto –. ¿Amanda? Soy yo, Wendy. Alguien quiere verte.

No quería hacerlo. Y ahora mucho menos. Wendy había dejado salir lo mal que estaba Amanda, pero verla era otra cosa. La mitad de su cara estaba vendada, apenas podía ver algo de su cabello sobre tantas vendas. Había un tuvo que se separaba en dos partes para introducirse en ambos orificios de su nariz. Su ojo izquierdo estaba parcheado, del mismo modo en que su oreja derecha estaba totalmente cubierta de vendas. ¿Realmente había hecho todo eso? Lincoln se quedó sin palabras al verla.

Sabía que había sido violento, pero no había esperado que… Esto.

Hasta ahora Amanda se mantuvo callada. Lo veía con dudas, confusión, como si no terminara de reconocerlo o saber que hace allí, luego vino el reconocimiento y su único ojo se abrió antes de fruncir el ceño todo lo que pudo. Cerró su mandíbula mostrando sus dientes, le faltaban los dos dientes incisivos delanteros. Intentó enderezarse y acabó jadeando por el dolor.

-Yo… ah… Esto es… –No sabía que decir. Había estado furioso, pero no quería esto.

-Amanda, no te fuerces. Ya hablamos de esto –Wendy se acercó a su amiga con facilidad. Acomodó la almohada detrás de su cabeza e intentó empujarla con cuidado de vuelta a la cama –. Linc está aquí para decirte algo –lo miró seriamente.

-Yo… –tragó saliva –. Lo que pasó –. Volteó el rostro, le era imposible mirarla de frente.

-Mírala Linc –Wendy lo forzó a regresar la vista al frente –. ¿No tienes algo que decirle?

Las manos de Amanda se abrían y cerraban con fuerza. Estaba furiosa.

-L-Lo siento… Lo siento –. Pudo dejar salir. Las palabras todavía le parecían insuficientes.

-Perdí… mis dientes… -Amanda habló. Era una voz más suave de lo que esperaba –. Parte de mi oreja y…

Ya lo sabía. Wendy se lo había enumerado todo más de una vez. Pero escucharlo de boca de Amanda le dejaba un sabor todavía peor. Podía notar las fallas de entonación que Amanda cometía mientras hablaba, le costaba terminar las palabras y algunas letras sonaban parecidas a una G. Aun así, tuvo energía y voluntad para seguir hablando mientras Lincoln se mantenía callado.

-¿Por qué? –Amanda terminó.

Lincoln no tenía una buena respuesta para eso. Solo lo que ya le había dicho a Wendy, y Amanda no reaccionaría mucho mejor.

-¿Por qué? –repitió.

-Lo siento –Lincoln intentó repetir –. Estaba furioso y…

-¡¿Por qué?! –Amanda casi saltó de la cama. Regresó a s posición recostada al terminar de gritar –. ¡Tienes idea de lo mucho que todavía me duele! Ni siquiera puedo ir al baño por mi cuenta. Mis papas ni siquiera me visitan, y lo último que me dijeron es que me lo tengo bien merecido por rebelde. Que mi hermano nunca hubiera apoyado esto, que es mi culpa. ¡Ni siquiera pude responderles! ¿Y todo porque estabas furioso? ¡Mocos de mierda! ¡Hijo de puta! ¡Te voy a matar! ¡En cuanto salga de esta cama te arrancaré todos los dientes y te obligaré a comértelos!

-Amanda, cálmate –Wendy intentó sujetarla de los hombros para mantenerla quieta en la cama.

-¡No me ditas que me calme, Wendy. ¡No todos tenemos la fortuna de ser una bolsa de hielo! ¡Mira lo que me hizo! ¿Es que estás ciega? –Intentó enderezarse nuevamente mientras miraba a Lincoln con su único ojo sano –. Solo espera a que pueda levantarme de aquí.

-Linc, ¿Puedes esperar afuera mientras intento calmarla? Te diré cuando puedas entrar –Wendy le habló sin verlo. Amanda estaba perdiendo la cabeza, posiblemente más de lo que Wendy había esperado.

-Sí… Sí, seguro. Estaré afuera Wendy –. Lincoln no lo pensó dos veces.

-¡Ven aquí! ¡Mocoso de mierda! –Amanda siguió gritando.


Lincoln cerró la puerta tras él al salir. Todavía podía escuchar los gritos de Amanda, algo amortiguados por la puerta pero aun claros para él. Se dio vuelta y comenzó a alejarse por el pasillo.

-Mierda, eso fue tan incómodo –se cubrió la cara con ambas manos.

No iba escapar, Wendy lo perseguiría y lo arrastraría de nuevo a la habitación y esta vez no sería tan amable. Solo iba a alejarse de todos esos gritos y amenazas de muerte que venían desde detrás de la puerta. Todavía tendría que volver a entrar una vez que se calmara y no quería hacerlo. Ir había sido una mala idea, una de las peores que había tenido desde que llegó a Gravity Falls. ¿Cómo Wendy lo convenció para entrar allí?

-Vamos, ya casi terminas con esto Lincoln –susurró para si mismo. ¿En serio le había hecho todo ese daño? Ni siquiera podía abrir un frasco de pepinillos por su cuenta. Cuando Lynn no estaba cerca le echaba agua tibia a la tapa del frasco, pero no demasiada porque le daba miedo quemarse –. Que mierda de día, no quiero volver allí dentro.

Pero tendría que hacerlo o Wendy lo arrastraría por los pies. Se dio la vuelta para regresar, por un segundo perdió la dirección de izquierda y derecha y se limitó a seguir el pasillo. Su derecha podía ser diferente, pero los pasos eran los mismos. Solo debía seguir caminado hasta la habitación del fondo. Los gritos de Amanda habían cesado. Wendy había hecho un gran trabajo, pero no volvería a entrar al cuarto hasta sentir que era realmente seguro.

¿Cuánto tiempo se necesitaba antes de que Wendy lo volviera a llamar? Lincoln no estaba seguro de la hora que era, pero sentía que era más que suficiente. Entre más se tardara, más se molestaría Stan. Por otro lado se lo debía a Amanda, tenía que seguir esperando hasta disculparse adecuadamente. Si tenía suerte quizás hasta realmente lo perdonara.

-¿Wendy? –Lincoln intentó llamarla desde el otro lado de la puerta. No había levantado la voz ni tocado la puerta. Solo la llamó del otro lado –. ¿Wendy? –volvió a intentarlo.

Esperó otros diez minutos antes de atreverse a tocar la puerta con el puño –. Wendy, voy a entrar –.

Lincoln esperaba que Amanda se sintiera más calmada después de dejar salir su furia.

Pero lo que encontró no fue a Amanda, tampoco a Wendy. Su orientación otra vez se había desviado y había tomado la izquierda por la derecha, lo entendió en cuanto entró al cuarto y vio al único ocupante de la cama. Un joven algo obeso, con varios tubos unidos a la nariz y partes del cuerpo que no eran visibles. Una luz roja parpadeó dos veces sobre su cama y se escuchó un ruedo de succión hasta que la luz se convirtió en verde.

Los ojos del interno estaban fuertemente cerrados y su cuerpos inerte ocupaba la mayor parte de la cama. No era muy alto, y lo que más resaltaba y la razón de que Lincoln no saliera con una disculpa, fue el cabello blanco sobre un rostro lleno de pequeñas pecas.

Lincoln dio dos pasos hacia el interior para verlo un poco mejor. Era casi idéntico a las descripciones que había estado escuchando en Gravity falls, casi como ver una versión retorcida de su propio reflejo.

Acababa de encontrar a Gideon Gleeful.