Muchos querrán matarme por tardar tanto, y no tengo excusa (a ver, sí, los exámenes, como siempre, pero igualmente debería tomarme esto más en serio).

Decir que el capítulo quizá es un poco más corto, porque traté desesperadamente de tener algo decente que traerles cuanto antes, y aunque en un principio pensaba escribir más, decidí cortarlo aquí para poder subirlo hoy.

No lo he revisado, así que es muy posible que haya más fallos de lo normal, lo siento por eso.


Capítulo 22: Biwaki Sureda

...

—Chicos, —Los llamó —¿Dónde está Ayumi-chan?

Ambos lo miraron con una expresión interrogante.

—Dijo que iba al baño. —Mitsuhiko se apresuró a explicar.

—¿En serio? No la escuché. —Admitió Genta. —Pensaba que estaba con Conan.

—Eso es porque nunca escuchas nada cuando tienes comida delante, Genta-kun.

Pese a la respuesta del joven, Conan no las tenía todas consigo, había algo que le molestaba, y no era capaz de concretar el qué. Paseó la mirada a su alrededor, en busca de algo significativo, pero lo único que encontró fue a una Haibara que le devolvía esa mirada preocupada mientras cambiaba el peso de su cuerpo de un pie al otro y se mordía el labio inferior.

—¿Pasa algo? —Preguntó la joven.

—No. —Se apresuró a responderle en un intento fallido por tratar de calmarla. —Espero que Ayumi-chan vuelva pronto para poder marcharnos a casa, hace frio. —Mintió, tratando de adoptar su voz más convincente al tiempo que daba saltitos en el sitio para tratar de entrar en calor.

Tardó un minuto más en localizar e abrigo azul de Ayumi entre los transeúntes de sus alrededores, y solo entonces se permitió respirar en completa tranquilidad. La joven se les acerca risueña y saludándolos completamente ajena al calvario al que acababa de someter a su amigo de gafas.

Sin embargo, el instinto del detective no se equivocó.

—¿Ayumi? ¿Qué tienes en la mano? —Preguntó Genta mientras apuntaba con el dedeo un bulto que la joven sostenía entre sus dedos.

—Ah, ¿Esto? Me lo acaba de dar un hombre muy amable cuando volvía del baño. Lo ayudé a levantarse cuando uno de los niños que jugaban alrededor lo derribó, así que dijo que me lo daba como agradecimiento.

Ante una historia tan sospechosa los instintos de ambos detectives y de la joven de cabellos castaños reaccionaron de golpe.

—Ayumi-chan, ¡déjame ver eso! —Se apresuró a gritar Conan.

Mientras, Mitsuhiko paseaba su mirada por su amiga en busca de algo sospechoso y Haibara miraba desconfiada a su alrededor.

—¿Eh? ¿Por qué?

—No preguntes, déjamelo ver.

La joven obedeció sin replicar mucho más y le tendió el objeto a su amigo, quien lo aferró con cuidado y lo observó con mirada minuciosa. Era una especie de pelota de juguete de color dorado, con una línea que la atravesara por el centro como un ecuador y la dividía en dos semiesferas perfectas. A simple vista no parecía haber nada raro con el objeto, y Conan no le hubiera dado más importancia de no haber estado bajo sospechas de amenaza. Dato que no pasó desapercibido para Mitsuhiko, quien ya desde hacía unos minutos notaba que su amigo detective estaba algo más nervioso de lo normal, lo cual le hizo fruncir el ceño y preguntarse qué sería lo que Conan-kun les estaba ocultando de nuevo.

Sin embargo, estaban bajo amenaza, así que Conan le dio mil y una vueltas a las dichosa pelotitas hasta que en efecto encontró algo sospechoso: la esfera en realidad se podía abrir por la mitad, solo que la ranura estaba escondida por culpa de la pintura que la dividía en dos. Con ayuda de una uña trató de abrirla, pero acabó fallando por culpa de que fueran demasiado cortas.

—Dámela. —La voz de Haibara lo sorprendió y cuando levantó la cabeza para tenderle la pelota descubrió que estaba rodeado por los chicos y que estos lo miraban curiosos por saber que estaba haciendo y qué había en la pelota.

Haibara aferró con determinación la bola e insertó sus uñas, claramente más largas mejor cuidadas y fuertes que las del detective, en la ranura. Mientras Conan trató de apartar a los oros tres que se morían de curiosidad por saber más, siendo a medias consciente de las miradas reticentes que le estaba lanzando Mitsuhiko.

—Edogawa-kun. —La voz de Haibara volvió a hacer que le prestase atención de golpe, le dio la espada a Genta y se dirigió hacia la castaña para ver que ella casi había logrado separar ambas partes del pelota.

Se la quitó de las manos con cuidado, por si era alguna clase de mecanismo peligroso y obligó ahora sí y en serio a los niños a alejarse por lo menos un metro. Mitsuhiko ya estaba que se subí por las paredes de los nervioso y las dudas, pero aceptó de mala manera la decisión de Conan –kun porque en el fondo sabía que a la más razonable.

Conan agarró ambas parte de la pelota en cada mano y con cuidado acabó por separarlo del todo. Bien, lo que había dentro bien podía ser aire, espuma, arroz, bolitas de juguete o cualquier otra mierda que hubiera hecho que se echaran unas risa. Pero su cabeza le gritaba que la pelota apestaba a peligro, y su cabeza no se equivocó.

Así como la separación entre las partes le permitió ver el interior de la pelota se quedó sin respiración al comprender que aquel estúpido objeto que no era más que una pelota que más o menos cabía entre sus manos, era en realidad una bomba.

Y que le quedan apenas 2 minutos para que la cuenta regresiva llegase a cero.

-o0o-

Jonathan caminaba detrás de Hattori-san mientras este se dedicaba a meter prisa al guardia de seguridad del centro comercial, tratando así de llegar cuanto antes junto al almacén de Hachecelle que por culpa del repentino incidente del asesinato en el karaoke había quedado olvidado.

Después de terminar de resolver el caso, el detective del Oeste se había apresurado por volver a su línea de investigación anterior, había corrido a buscar al guardia que les abriría la puerta del almacén y justo después de encontrarlo, había salido corriendo en dirección a este sin siquiera molestarse en avisarlo a él.

Jonathan lo había seguido por su cuenta, y miraba con curiosidad como los puños del moreno se iban tensando más a medida que se acercaban. ¿Si estaba tan nervioso por averiguar que había al otro lado por qué se había permitido perder el tiempo con aquel caso para empezar?

—Hattori-san —Lo llamó. —¿Crees que encontraremos algo en ese almacén?

—Eso espero. —Fue lo único que obtuvo como respuesta.

—¿Cómo estás tan seguro? —Insistió.

—Biwaki Sureda. —Se limitó a responder y ante el silencio del extranjero que indicaba que no entendía a donde quería llegar, continuó hablando. —Quizá no lo hayas notado porque eres extranjero, pero ese nombre es un código.

—¿Un código?

—Sí, para empezar, ¿qué clase de nombre es "Biwaki Sureda"? Nunca en mi vida he conocido a alguien con semejante nombre. No hay que tener muchas luces para pararse a pensar que hay algo raro, y con darle un par de vueltas es fácil entender por dónde empezar para interpretarlo.

Jonathan se sintió un poco humillado con esas palabras, pero no dijo nada y se limitó a quedarse callado para dejar que el otro siguiese explicando.

—¿Conoces las tablas de Hiragana, verdad? —Como respuesta asintió y soltó un gruñido. —Las tablas de Hiragana, igual que el abecedario occidental, tienen un orden concreto. Pero debido a que es un silabario, no solo tiene una correlación lineal como el alfabeto, sino que además está ordenado por filas y columnas. Si colocas las sílabas de Bi, Wa, Ki, Su, Re, Da en esa tabla y en lugar de leer esa misma sílaba lees la de la casilla justo a la derecha en el apellido de Biwaki, y la casilla de encima en Sureda, obtienes un nombre diferente.

—¿Por qué justamente esas casillas?

—Porque son las únicas que cobran sentido, el resto dan lugar a más palabras sin sentido.

—¿Entonces al final no estás interpretando el código como te apetezca?

—Podría ser cierto, y podría no tener ninguna clase de relación, pero resulta que la palabra que obtienes es una bastante interesante.

Jonathan se quedó pensativo un rato, mientras trataba de reconstruir mentalmente la tabla de Hiragana en su cabeza. Poco a poco fue colocando las silabas en su lugar y haciendo lo que Hattori-san la indicaba.

Al final, acabó llegando a otras dos palabras que en su cabeza tenían menos sentido si cabe: Buraku Siruva.

—Hattori-san, ¿qué es Buraku Siruba?

—Debido a que eres extranjero no estás acostumbrado a la pronunciación normal de aquí, pero a los japoneses nos resulta bastante complicado pronunciar el inglés, así que simplemente adaptamos sus fonemas a nuestra fonética. —Hizo una pausa para dejar que el otro reprodujese sus palabras. —Intenta decirlo en voz alta.

Jonathan no lo dudó antes de obedecer, e incluso antes de que sus labios empezasen a pronunciar el nombre sabía perfectamente de qué le sonaba. Y entonces comprendió un poco más las prisas del detective del Oeste.

—Black Silver.

-o0o-

Ran-chan estaba rara. No solo lo intuía, sino que lo sabía. Se lo decía su instinto de mujer y amiga.

El problema es que ella no estaba especialmente abierta a relatarle nada, pero Kazuha estaba de lo más segura de que entre ella y el joven Conan-kun había pasado algo. Habían actuado demasiado extraños aquella vez en la entrada de la casa, Ran casi parecía tener miedo de Conan-kun, o parecía verlo de una manera diferente a u usual guardia baja que mantenía a su lado. En cuanto a Conan, esta parecía como si un peso enorme hubiese desaparecido de sus hombros, solo para caer al suelo enganchado de una cadena y arrastrarlo con él, obligándolo a seguir andando encorvado cargando con ese peso a rastras por el suelo.

Kazuha suspiró y se llevó una mano dolorida a la espalda. Estaba apenas de siente semanas y era consciente de que aún le quedaban antes de que empezase a notársele el embarazo. Sin embargo, por alguna razón sentía como cada mañana que despertaba su vientre estaba cada vez más abultado y suponía un peso mayor para ella.

Suspiró con pesadumbre y se apartó un mechón de la cara. Al hacerlo, recordó las palabras que Heiji le había dicho cuando se encontraron en casa de los Kudo: "ese corte de pelo no te pega". Había sido una estúpida frase de niño pequeño, tan típica de su estúpido amigo de la infancia que se sintió sumamente idiota por haber esperado otra cosa de él.

Agitó la cabeza con énfasis. Habían pasado seis años desde la última vez que se habían visto, y sin embargo ¿qué hacía pensando en él de nuevo? Hasta hacía poco había logrado sacar a Heiji de su cabeza, lo había borrado por completo de su mapa y mientras él se iba haciendo más famoso en el oeste, ella construía su vida junto a su novio en el este. Hasta que se quedó embarazada y él la dejó.

En medio de la desdicha, dolor y humillación que sintió cuando él la miró con aquellos ojos y le dijo que aquello no era lo que buscaba para después largarse y no volver, Kazuha consiguió retener las lágrimas y hacerse la dura para simplemente ver como el hombre en quien había depositado todas sus esperanzas para conseguir un futuro feliz se largaba de su vida. De nuevo, no había sabido escoger al hombre acertado.

Pero ni siquiera en medio de su desesperación, ni en sus noches enteras abrazada a la taza del váter soltando todo el contenido de su estómago había recordado a Heiji. Hasta que se lo encontró en la casa de los Kudo. En ese momento, la realidad volvió a dar contra ella de golpe. Allí estaba: la persona a la que estúpidamente amó durante veinte largos años, plantada en la entrada con porte sereno y su usual sonrisa de suficiencia, mirándola entre sorprendido y divertido, como si estuviese inspeccionándola.

En ese momento se sintió cohibida y por un momento tuvo la tentación de correr a enterrarse entre sus brazos, para llorar y pedirle ayuda. Heiji era idiota, Heiji era un cretino, Heiji solo vivía para el misterio y los crímenes, pero si había algo que nunca le pudo negar es que siempre la ayudó cuando ella lo pidió y siempre la consoló cada vez que lloraba. Por eso, en aquel momento, justo delante de Conan-kun y de detective de policía, justo en medio de aquel jardín medio abandonado, quiso abalanzarse sobre los brazos de su amigo y llorar, olvidar todas las responsabilidades, los sufrimientos que había pasado y pedirle ayuda.

Sin embargo, su orgullo, su sentido común y su raciocinio le recordaron que aunque Heiji probablemente la consolase, aunque probablemente se comprometiese a cuidarla, aunque en verdad se preocupase por ella, nunca la miraría como a una mujer. Hattori Heiji era un hombre que solo vivía para el misterio y nunca la correspondería.

Su sentido común le dijo que lo mejor era que Heiji no supiese por lo que estaba pasado, que se mantuviese al margen. Así que bajo ningún concepto permitiría que se enterase de que estaba embarazada. ¿Qué pensaría él de ella? ¿En qué clase de mujer pensaría que se había convertido? ¿Le tendría pena? ¿Se compadecería de ella? ¿De ella que siempre había tratado de ser una mujer fuerte e independiente?

No, definitivamente, lo mejor era no volver a cruzar caminos con Hattori Heiji. Se habían mantenido alejados el uno del otro durante seis años, y podían seguir manteniendo ese intervalo. Ahora debía ser fuerte, por y para sí misma. No necesitaba a otro hombre que acabara por abandonarla de nuevo, saldría adelante con su propio esfuerzo y dedicación. Para no fallarse a sí misma, para no fallarle a la Kazuha que fue cuando decidida abandonó Osaka para ir a ayudar a Ran-chan, para no fallarle a la promesa que le había hecho al propio Heiji cuando se separaron hacía ocho años, en aquella distante primera separación en la estación de Osaka: "Estaré bien por mi cuenta, sin ayuda de nadie, porque Ran-chan me necesita, y porque Osaka te necesita".

Se marchó sin preguntárselo a él, sin molestarse por su opinión. Simplemente pensó que era lo mejor, para ella, para Ran-chan, para él. Su amor unidireccional hacia su amigo de la infancia no había dado sus frutos, a pesar de que llevaba casi diez años intentándolo. Quizá eso era una señal de que debía rendirse. Así que se rindió.

Armó todo su valor, se enfrentó a sus padres y de la noche a la mañana decidió que quería estudiar en Tokio. Quizá utilizó a Ran-chan como excusa para huir de todo, pero en el fondo también sabía que su amiga siempre se lo agradecería enormemente, así que eso apaciguaba su culpa. A Heiji no se lo dijo hasta una semana antes de la partida, y en aquel momento él la miró incrédulo y con una expresión en su rostro que por un momento la hicieron dudar de si había elegido la opción correcta. Sin embargo, con una sonrisa forzada, los ojos entornados y una mueca inentendible, fue el propio Heiji quien le dijo firme y directo que lo hiciste, que fuese a donde desease y ayudase a Ran, que era una mujer fuerte, decidida y libre que debía escoger su propio camino.

Ella había sonreído, en parte alagada por esas palabras tan sinceras que jamás pensó escuchar en boca de su amigo.

Pero de igual manera que él le dijo que ella se debía marchar, segundos después le confirmó sus sospechas de que él no iba a acompañarla, porque él se debía quedar, porque Tokio había perdido a su detective, y él no podía hacerle lo mismo a Osaka.

Fue así, como ambos se separaron, con una promesa silenciosa y marchando diferentes partes del país como una manera de rendir homenaje a una misma persona: uno se quedaba por el recuerdo de Kudo Shinichi, el otro se marchaba porque Kudo Shinichi ya no estaba.

Pasaron los años, y las visitas de Heiji se fueron haciendo cada vez menos frecuentes. Pasaron los años, y las discusiones de niños que solían tener dejaron de cobrar sentido, y empezaron a tratarse como adultos, y como dos amigos de la infancia que se conocen de toda la vida y nunca han tenido que entablar una conversación madura con el otro, de pronto se dieron cuenta de que no sabían cómo tratarse como adultos. Y la incomodidad hizo que dejasen de encontrarse.

Habían pasado seis largos años. Seis años en los que Kazuha tuvo tiempo de estudiar, asentarse, encontrar un trabajo y un nuevo amor, o promesar de varios nuevos amores que al final nunca llegaron a nada. Al final, se encontró a sí misma en medio de una ciudad a cuyo dialecto ya se había acostumbrado, con un trabajo que ya prácticamente dominaba, junto a Ran-chan, quien por fin había logrado volver a encontrar su felicidad después de largos años viviendo en las penumbras y sombras, pero se sintió estúpidamente sola.

Seis años más tarde desde la última vez que se habían visto, y prácticamente había deseado saltar a sus brazos.

Debía ser más prudente. Pensaba que ya había logrado evitar que su corazón diese brincos cada vez que lo miraba. Debía seguir adelante, tal y como prometió aquella vez, tal y como se prometió a sí misma. Por su voluntad, por sus sueños, por sus recuerdos y por las cosas de dejó atrás que pudieron llegar a convertirse en algo y no lo hicieron.

De vuelta en el presente, Kazuha apartó su mechón con decisión de la frente y echó a andar por el pasillo adelante en busca de su nuevo cliente. Como asesora de negocios profesional era muy importante que supiera mantener la mente fría, las maneras y modales y las cosas claras y concisas en su cabeza. Les interesaba bastante su trato con este nuevo cliente y por eso su jefe se lo había encargado a ella, quien ya había demostrado bastante habilidad a la hora de desenvolverse en situaciones complicadas.

Abrió la puerta de la sala de espera y dijo alto y claro el nombre de la persona en cuestión.

—Bikawi Sureda-sama. —Un hombre alto y con cierto aire de extranjero levantó la cabeza. —Por aquí, por favor.

-o0o-

—Mierda. —Fue lo único que consiguió soltar en el momento en que comprendió que el contador en regresiva se movía y que no era ninguna clase de caja de sorpresas.

—¡Edogawa-kun! —Le llegó la voz sesgada de Haibara, que había visto su mirada e intuyó que algo jodidamente malo había dentro de aquella bola cuyo contenido solo él era capaz de ver.

—Haibara, quédate donde estás —Le ordenó, y con un movimiento rápido dio un largo vistazo a toda la zona, registrando el rostros de cada una de las personas que lo rodeaban en su memoria y buscando alguna clase de amenaza, mientras trataba de encontrar alguna manera de evitar que la bomba estallase, o al menos que no lo hiciese cerca de la gente.

—Conan-kun. Al final de esta calle han montado una laguna lo suficientemente grande.

De alguna manera Mitsuhiko se las apañó para adivinar qué estaba pasando y actuó en consecuencia. Conan se lo agradeció y maldijo no haber tenido algo como eso en cuenta y haber estudiado detenidamente la geografía de al zona por la que caminaban.

Siguiendo las indicaciones del joven, el inspector del FBI salió corriendo tan rápido como se lo permitieron sus pies hacia el lago, con la esperanza de que el absurdo y trillado método le sirviese para aminorar daños.

Gira en la curva del final de la calle y se encontró de pronto en un bonito parque con un gran estanque en su centro. Comprobó una última vez el contador en regresiva de la bomba y la lanzo al aire, lo más lejos posible sobre la superficie del lago cuando quedaban tres segundos.

Desde la orilla miró como la pelota se alejaba de él a cámara lenta, y trató de comenzar a poner tierra entre él y la explosión, la bola surcó los aires y justo cuando estaba más o menos en el centro del estanque y a punto de sumergirse en el agua, estalló, sin que le diera tiempo a alejarse lo suficiente.

La onda expansiva movió por completo el agua del estanque, y llegó hasta donde estaba él, mandándolo a volar con fuerza hacia atrás, con tan mala suerte que fue a impactar contra una farola que estaba a sus espaladas y par de metros más alejada. En el momento en que su hombro impactó contra el frío metal de la farola, sintió por unas milésimas de segundos su brazo crujir, aguantó un quejido y se llevó una mano al hombro mientras caía al suelo y la onda expansiva se extinguía poco a poco.

Con sus últimas fuerzas fue capaz de enderezarse y inspeccionar a su alrededor, comprobando que nadie había pasado en el último segundo por la zona, de que no había heridos, que sus amigos se acercaban corriendo sanos y salvos a él y que Airaba lo miraba completamente preocupada y asustada.

"Joder Hattori, ¿no era que ahora la querían con vida?" pensó con ironía mientras el aturdimiento del impacto le iba ganando presencia en su cabeza y se volvía recostar sobre la hierba del parque.

—Genta-kun, llama a la policía, yo llamo a una ambulancia. —Escuchó la voz de Mitsuhiko dar órdenes y se sintió agradecido de tenerlo a su lado.

En medio de su mareó no notó exactamente cuando llegaron los policías, pero sí consiguió serenarse cuando le pidieron a todos que los acompañasen a comisaría y se dirigió directamente a quien parecía el jefe para decirle que quería hablar con el inspector en jefe Shiratori.

Los cinco jóvenes de la liga juvenil de la justicia consiguieron frustrar de nuevo algún plan malvado de alguien en un intento de ataque terrorista, o al menos esa fue la noticia pública que todos se tragaron. Conan se aseguró de mantener vigilada a Haibara durante todo el rato que duró el trayecto a la comisaría, e incluso después no le quitó el ojo de encima.

El inspector Shiratori los recibió a los cinco preocupado y alterado, deseando conocer los detalles de todo lo sucedido, así que mientras enviaban a Ayumi con un dibujante para tratar de reconocer al hombre que le había dado la pelota, Conan se encargó de contarle todo lo sucedido.

...


Trataré de subir el siguiente tan pronto como pueda. Estoy pensando en reducir el tamaño de los capítulos para hacerlos un poco más amenos, ¿qué decís?

¿Qué le pasará a Kazuha con Biwaki Sureda? O más bien, ¿qué quiere Black Silver de una asesora de negocios?

Ran sigue desaparecida, lo siento, pero es que de momento necesitan a Conan en otra parte (ya lo habéis leído) y me resultó aburrido trata de imaginarme otra escena de ella sola en casa, así que preferí dejarla un poco apartada mientras las cosas con Conan se calman y dedicarle un poquito de tiempo a Kazuha.

Decir que me equivoqué cuando creé el código, y no es exactamente como Hattori explica (es decir, el código sí es así, pero si haces tal cual lo que Hattori dice a partir de Buraku Siruba no te da exactamente Biwaki Sureda). Así que no intentéis interpretarlo vosotros. El wa no os va a salir.