Aquí llega el capítulo que todos estaban esperando: tras la esperada aparición de Mayama Sagaru, ¿qué pasará a continuación? Continúen leyendo para enterarse, espero no haberme cargado sus esperanzas con una basura de resolución.

Este cap está dedicado a esa personita que se pone a releer mi Fic y me deja Reviews tan adorables que me motivan a seguir escribiendo. En serio, si este capítulo está aquí hoy es gracias a sus mensajes. (Gracias por tu apoyo n.n)


Capítulo 24: El culpable del misterio más difícil al que el detective del Este se tuvo que enfrentar jamás

...

Conan abrió la puerta de casa, agarrando al hombre que todavía tenía los ojos vendados fuertemente por un brazo, tratando de no mostrar todo su rencor y celos en aquel agarre. Takagi lo saludó cuando cruzó el jardín, pero él solo fue capaz de asentir en silencio y pedirle que no se retirara todavía, que probablemente tendría que acompañar al invitado de vuelta a la comisaría.

Tan pronto como Takagi asintió y volvió a replegarse a su lugar de vigilancia, se dio cuenta de que estaba a solas en casa con aquellos dos, y un peso enorme se le vino encima. El peso de todas las cosas que había dejado inconclusas y que había abandonado por miedo.

Suspiró, largo y tendido, apoyándose brevemente sobre la puerta cerrada a su espalda. Después reunió coraje y se enderezó, enfrentándose al hombre que tenía delante.

—Ya hemos llegado. —Le dijo mientras le quitaba la venda de los ojos.

Mayama lo observó durante unos segundos, y después desvió la mirada hacia el resto de la casa, inspeccionándola.

—¿Dónde estamos? —Preguntó.

—¿Qué sentido tendría la venda de los ojos si se lo digo? —Replicó el muchacho con cierta sorna.

Dicho esto echó a caminar hacia el interior de la casa. Ran probablemente estuviera arriba, encerrada en su habitación, igual que se había pasado los últimos días. ¿Cómo debía afrontar la situación que se le venía encima? ¿Cómo debía actuar? ¿Qué clase de cara debía hacer?

—Sígame. —Le indicó al hombre, quien obedeció de inmediato.

Subieron las escaleras de la casa en absoluto silencio, mientras el muchacho no le quitó el ojo de encima al otro, completamente atento a cada uno de sus movimientos, como deseando encontrar algo sospechoso para tener una excusa y no llevarlo hasta Ran. Pero aquel hombre era inocente. Lo supo desde el momento en que sus miradas coincidieron por primera vez y supo ver la preocupación reflejada en ellos. Por mucho que lo intentase jamás podría encontrarle un defecto a su intachable conducta de abogado, ni le encontraría relación ninguna con la organización. Y aunque eso suponía un alivio pues sabía que Ran estaría a salvo, la parte oscura de su corazón se sentía decepcionada de que el que era su enemigo resultase ser un hombre tan maravilloso.

Llegaron hasta la puerta de la habitación de Shinichi, la que ahora era la habitación de Ran, y Conan golpeó con los nudillos la madera. Al otro lado le respondió un gemido sordo, y el ruido de alguien enderezándose en la cama, lo que indicaba que Ran probablemente estuviera dormida.

—¿Ran-neechan? —La llamó volviendo a petar en la puerta. —Tienes un invitado. —Dijo, tratando de que su voz sonase normal.

Escuchó la cama crujir y los pies de alguien tocar el suelo. Después, paso tras paso y casi a cámara lenta, la escuchó caminar hacia la puerta.

En cuanto ella abriera la puerta, no sería a él a quien vería, sino al hombre que estaba parado a su espalda, deseando impaciente ver a su prometida. Ran lo miraría, y sonreiría, probablemente lo abrazaría y él pasaría a convertirse en un mal tercio que sobraba en la escena. ¿Sería capaz de soportarlo? ¿Sería capaz de quedarse al margen y simplemente observando como la mujer que amaba le sonreía a otra persona? ¿Sería capaz de guardar la compostura y comportarse como el simple guardián al cargo de la protección de la agente de policía Mouri Ran?

Y Ran abrió la puerta, dubitativa, mirando al suelo, probablemente confusa y sin saber cómo dirigirse a él, al mocoso que la había besado sin permiso.

—Ran. —La voz del hombre la sorprendió, e hizo que levantara la cabeza de golpe, con esa brillante sonrisa iluminando su rostro que Conan tanto se temía.

—¡Sagaru-san! —Exclamó al verlo plantado delante de la puerta.

Conan apretó los dientes, pero fue capaz de mantener la compostura. Se apartó, permaneciendo impasible, para que la chica pudiera llegar junto a su prometido.

Tal y como se había esperado, Ran se lanzó a brazos del abogado, quien le devolvió la sonrisa y el abrazo, en una sintonía e intimidad que Conan nunca había visto entre ella y Shinichi, entre ella y él.

Estuvo tentado de cerrar los ojos y evadirse del mundo, pero se recordó a sí mismo que debía mantenerse alerta, aunque supiera que nada iba a suceder. Nada más que una obvia muestra de amor entre dos personas que se querían y que se iban a casar.

Se quedó rezagado, casi observando desde las sombras como los dos se abrazaban y se decían lo mucho que se habían echado de menos, intentando pasar desapercibido y que todos olvidasen de que él seguía allí, observando una situación que probablemente ellos desearían dejar en la privacidad y que por culpa de la organización no se podían permitir.

Y para cuando se quiso dar cuenta Mayama ya había besado a Ran, y ella le había devuelto el beso.

En ese momento, el joven inspector tuvo dos cosas claras: la profundidad de aquellos sentimientos que ellos dos compartían, y la profundidad de sus propios sentimientos.

En el preciso momento en el que vio como otro hombre besaba a la mujer que amaba delante de sus narices y comprendía que no había nada que él pudiera hacer por evitarlo, que nunca la hubo ni nunca la habrá, sintió como toda su existencia se le caía a los pies. ¿En qué había estado pensado para besarla siquiera? ¿De dónde habían salido aquellas esperanzas infundadas de que él quizá todavía tenía una oportunidad? Si era más que obvio que ahora mismo Ran amaba a aquel hombre. Basta con comparar su expresión mientras besaba a Mayama con la de asombro y repulsión que puso cuando él la besó.

Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. Mierda.

No pudo seguir mirando. Completamente abrumado apartó la mirada y se giró sobre sí mismo, contemplando con el semblante perdido la pared contraria a dónde Ran y su prometido continuaba intercambiado palabras privadas que él no merecía escuchar.

A pesar de que lo entendía. A pesar de que en ese preciso instante se dio cuenta de que Ran ya nunca le correspondería, también fue en ese preciso instante en el que se dio cuenta de que él tampoco podría olvidar a Ran nunca. Y eso solo pudo romperle el corazón.

¿A quién quería engañar? Se había pasado los últimos ocho años intentando olvidarla. Había viajado a la otra punta del mundo en busca de esa liberación y no consiguió encontrarla, ¿cómo podría esperar conseguir eso ahora? Si ni el tiempo ni el espacio habían conseguido borrar esos estúpidos sentimientos, ¿qué se suponía que tenía que hacer? ¿Cuál era la solución a ese misterio? ¿Cuál? ¿Cómo lo averiguaba? Era imposible, porque para empezar, nunca hubo una solución.

El misterio más grande al que Kudo Shinichi tuvo que enfrentarse nunca siempre fue Ran, porque ni siquiera su admirado Holmes había conseguido entender el corazón de la mujer a la que había amado, ¿cómo iba a conseguirlo él?

Y ahora por fin entendía la razón de porque ese misterio se le escapó siempre y continuaría escapándosele: No es que fuera un misterio extremadamente difícil, ni uno sin solución. No, todos los misterios tenían solución, eso bien lo sabía. El problema es que aquel, el gran misterio del corazón de la mujer a la que amaba, tenía un culpable un tanto extraño, un culpable al que nunca había prestado mucha atención, ni al que se hubiera molestado en comprender: su propio corazón.

Él, Kudo Shinichi, era el culpable del misterio más grande al que se había enfrentado nunca. Él, Kudo Shinichi, era su mayor enemigo. Y su vanidad le había impedido verlo durante todo aquel tiempo.

Ahora las cosas estaban claras: él, Kudo Shinichi, había amado a Ran desde hace demasiados años, pero no había sabido demostrarlo. Ahora, continuaría amándola, sin poder hacer nada para evitarlo. Continuaría amándola en silencio, y asustado de expresar esos sentimientos, tal y como lo había hecho siempre.

Antes de que pudiera detenerse, antes de que pudiera siquiera darse cuenta, comenzó a sentir como las lágrimas se escapaban de sus ojos y resbalaban por su rostro dejando una sensación fría a su paso.

Sorprendido por su propia reacción intentó inútilmente secarse las lágrimas con la manga, pero tan rápido como lo conseguí otro reguero volvía a escaparse de sus ojos.

Todos los sentimientos de frustración y soledad que no había expresado durante aquellos largos ocho años y que había ido acumulado sobre su espalda, se le vinieron encima de golpe, y no supo cómo afrontarlos.

Agradeció de todo corazón haberle dado la espalda a la parejita feliz. Lo último que quería en aquel momento es que Ran lo mirase en aquel estado, o que incluso Mayama lo mirase así.

Debía permanecer fuerte, maldita sea. Debía ser un ideal de policía centrado y resuelto. Había basado su vida y su trabajo en esa imagen que desesperadamente había dado a los demás: la imagen del policía seguro de sí mismo e inteligente que nunca fallaba al resolver un caso.

El destino y su propia estupidez ya le habían arrebatado a Ran, si ahora también le quitaban su identidad como detective se convertiría en un cascarón vacío.

Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. ¡Mierda!

Cuanto más intentaba calmarse y serenarse, más frustrado se sentía y más lágrimas salían de sus ojos. Era un interminable ciclo sin fin, y en cualquier momento Ran o Mayama recordarían su presencia y lo descubrirían allí parado, a un par de metros, mirando la pared como un idiota y tratando desesperadamente de contener un mar de lágrimas que no parecía tener fin.

Así que hizo lo último que se había esperado, y lo que había prometido bajo ningún concepto hacer: desaparecer.

Sin hacer ningún ruido se fue retirando camuflándose más con las sombras y con su deseo de desaparecer.

Sin embargo, incluso eso le salió mal.

A pesar de que no hizo ningún ruido. A pesar de que en todo momento se mantuvo al margen de la situación. Precisamente en el momento en el que menos quería ser detectado, la mujer pareció recordar su presencia y lo llamó.

—¿Conan-kun?

El aludido se quedó estático en el sitio. Sin saber que decir. Sin poder decir nada. No al menos sin que su voz sonase rota, no sin que ellos se diesen cuenta de que estaba llorando.

Trató por enésima vez de recomponerse, carraspeó fuertemente, aguantó la respiración y deseando que su voz sonase lo más normal posible dijo:

—Estaré en el salón. —Y sorprendentemente su voz sonó seria como siempre.

Ran no dijo nada más. Quizá notó que el muchacho no quería ser molestado, o quizá se dio cuenta de lo que aquella situación suponía para él.

Conan bajó las escaleras dando tumbos, sintiendo la mirada afilada de Mayama clavada en su nuca, probablemente molesto por haberlo interrumpido. Fue hasta el salón, justo como había prometido y se dejó caer abatido en el sofá. Al hacerlo su brazo vendado se quejó y se llevó una mano al punto donde le dolía, amagando una mueca de desagrado.

Por alguna razón estaba empezando a escocerle, y eso solo hacía que la reciente sensación de malestar se hiciera más presente.

Se acostó sobre el sofá tratando de quitarse todo de la cabeza. Sabía que esto iba a terminar así, pero nunca se esperó que la realidad lo golpearía tan fuerte. Siempre pensó que estaría preparado, pero en realidad no lo estaba para nada. Se había echado a llorar como un niño pequeño al comprender de una vez por todas la magnitud de su derrota. Se avergonzaba de sí mismo, y solo esperaba que ni Ran ni Mayama hubieran notado nada raro. Solo esperaba que sus ojos dejaran de lagrimear en algún momento para volver a encerrarse en su coraza de indiferencia, cerrar con llave y no volver a salir de allí nunca. Así estaba bien. Era la única solución posible. La única que se le ocurría.

De pronto le vino a la memoria el idiota de Kogoro, quien por culpa de su orgullo y su terquedad había echado a la porra su matrimonio, y había perdido a la mujer que amaba. Recordó lo idiota que le había parecido tratando de ignorar sus sentimientos solo por vergüenza a admitirlos, y no pudo evitar pensar que él no era precisamente diferente. Al final, ni él ni el tío habían tenido un final feliz.

Recordó también aquella lejana declaración delante del Big Ben. En su momento todo parecía solucionado. En cuanto consiguió soltar todos aquellos sentimientos que se habían quedado atascados durante tanto tiempo en su interior se sintió tan estúpidamente aliviado que pudo haberse echado a llorar, tal y como estaba haciendo ahora.

En su momento, le pareció como si todos sus problemas con Ran se hubieran arreglado de la nada, porque por fin había dicho las palabras que siempre había querido decirle. Le había dicho que la amaba, firme y directo, con toda su voluntad y poniendo su corazón en juego. Ran nunca había llegado a darle una respuesta concreta, pero él sabía de sobra lo que ella sentía desde hacía ya tiempo. Lo supo desde su primer día como Edogawa Conan y lo siguió sabiendo durante los dos años que pasó como Conan a su lado. Probablemente por eso había sido más fácil declararse: porque había sido una apuesta en la que tenía todas las de ganar.

Sin embargo, cuando todo parecía solucionado, cuando incluso las cosas con la organización parecían terminadas, cuando el bien había ganado la batalla, vinieron esas palabras que fueron probablemente lo que él menos quería escuchar: "Lo siento, Kudo-kun, no hay cura".

Esas simples palabras bastaron para hacer que todo su mundo se viniese abajo. Cuando Haibara se lo dijo por primera vez por unos segundos no puedo evitar pensar que estaba de coña. Se quedó bloqueado, y lo único en lo que pudo pensar en aquel momento fue en Ran.

"¿Y ahora qué?" se había preguntado a sí mismo mientras su cabeza empezaba a dar vueltas en busca de una solución que no existía.

Recordó la impotencia que había sentido en su momento, las ganas de aporrear algo y de maldecir al mundo y a su propia estupidez. También recordó cómo se había contenido de hacer todo eso delante de Haibara, para evitar que la pobre científica que lo miraba con esos ojos desconsolados pidiendo perdón a gritos se sintiera todavía más culpable. Se lo guardó todo para sí mismo, igual que siempre.

Había veces en las que irremediablemente se ponía a pensar si solo en aquel momento le hubiera contado la verdad a Ran, y en lugar de alejarse y huir le hubiera dicho que él, Edogawa Conan, era Kudo Shinichi.

Ya no tenían la amenaza de la organización encima, ya no había por qué ocultarlo, y aun así no lo hizo, porque consideró que era lo mejor, que ella es posible que no lo creyese, o incluso si le creía, ¿qué clase de realidad podría aportarle un niño pequeño?

Se rindió, y escapó a Estados Unidos en un vano intento por abandonar todo y a todos. Quien le hubiera dicho que volvería, y no solo que volvería, sino que ese pequeño paso que no se atrevió a cruzar hacía ocho años, lo acabaría dado y no precisamente de la mejor manera posible.

Conan había besado a Ran. Conan se había declarado a Ran. Como Conan, y no como Kudo Shinichi.

Se dejó caer en el sofá, rendido, con el brazo bueno encima de rostro, limpiando los restos de lágrimas que por fin habían dejado de caer. Ya estaba más tranquilo, quizá debería volver a dónde estaban los otros dos para comprobar la situación. Aunque intuía que podía confiar en Mayama, su instinto podía equivocarse y hacer que se acabase lamentando.

Sin embargo, antes de eso recordó que había una llamada que necesitaba hacer.

Sacó el teléfono móvil del bolsillo y buscó entre sus contactos el número de Sonoko. Quizá solo fuera una corazonada y en verdad no tuviera ninguna relación con el caso, pero tenía cierta curiosidad por ese abrigo azul.

—¿Mocoso? —Al otro lado de la línea le respondió la voz confundida de la chica.

—Sonoko-neechan, tengo algo que me gustaría preguntarte. ¿Te va bien ahora?

—Eh… sí, supongo. Dime.

—Es sobre los diseños que encontraste. Había uno con un abrigo azul, de mangas blancas, ¿verdad?

—Oh, ese abrigo. Sí, sé que te había llamado la atención cuando lo viste por primera vez. ¿Qué pasa con él?

—¿Llegasteis a ponerlo en venta?

—¿Eh? … No, ¿por qué? Perdí los diseños antes de que nos diera tiempo a iniciar la campaña de comercialización, ¿recuerdas?

—¿Y no hay ninguna posibilidad de que ese diseño acabase en manos de otra productora?

—Hombre, supongo que si la hay sería por culpa de Ami… después de todo le confié los diseños para que ella los organizase.

"Así que Inoue Ami, eh…" pensó intentando recordar el rostro de la susodicha.

—Vale, gracias por la información. De todas formas, Sonoko-neechan, ¿podrías mandarme una foto del diseño?

—Bueno, supongo que puedo… Estás empezando a sonar intrigante, en serio, ¿qué pasa?

—Nada. Solo una corazonada, aunque creo que me he equivocado.

Dicho esto e muchacho colgó el teléfono sin molestarse en ver si la chica quería algo más, despidiéndose cortésmente y dejando caer el móvil sobre su regazo.

Quizá debería pedirle a Hattori que le preguntase a Katsumura Yuki dónde había comprado ese abrigo. O más bien, quizá debería pedirle una foto de abrigo entero, después de todo solo había visto una parte y cabía la posibilidad de que ni siquiera fueran iguales.

Todavía tirado en el sofá se quedó mirando a la nada durante unos segundos. Necesitaban que Hattori llamase cuanto antes, y por favor que trajese buenas noticias, porque de lo contrario iban a volver a quedarse sin nada.

Resopló y se enderezó. Se puso de pie y se estiró cuan alto era. Ya era hora de dejar de llorar y volver a ponerse la máscara de detective. Su amigo andaba por ahí con su subordinado arriesgando su vida y él allí tirado en un sofá llorando por su propia inutilidad.

Se dirigió al baño y descubrió que tenía los ojos rojos. Se enjuagó la cara a conciencia, y gracias al frescor del agua consiguió devolver su rostro a uno cercano a su color original.

Durante unos segundos se miró en el espejo, pese a lo mucho que odiaba hacerlo. Ante él apareció la figura de Kudo Shinichi, esa persona que fue en el pasado y que lo había perseguido durante tantos años. Ahora mismo tenía la misma edad que tuvo Shinichi cuando desapareció, y su rostro era completamente idéntico a como lo era el suyo, salvo por aquellas enormes gafas de pasta negra.

Sonrió de lado y bajó levemente la mirada, ocultando sus ojos tras los cristales de las gafas. Se sentía seguro detrás de aquellos enormes cristales, que tantas veces habían resultado útiles, no solo por todas las aplicaciones que le había instalado, sino para simplemente ocultar sus expresiones del resto del mundo. Como una máscara.

Inspiró profundamente, retuvo el aire durante unos segundos, mientras continuaba mirándose en el espejo, y después lo soltó de golpe, apartando la mirada. Volvió a ponerse su máscara de detective y agente del FBI y salió del baño, dispuesto a encarar a los otros dos con su mejor sonrisa y toda su profesionalidad.

Llegó hasta la puerta de la habitación de Ran, y la encontró cerrada. Por unos segundos tuvo reparo entre si debía o no interrumpir. Durante unos segundos sintió como su boca se resecaba.

Pero en seguida consiguió sobreponerse y lanzado el reparto a la porra, llamó a la puerta con los nudillos.

—¿Sí? —La voz de Ran le llegó desde el interior.

—¿Todo bien? —Preguntó, afinado el oído, dispuesto a entrar si escuchaba cualquier irregularidad.

Pero la voz de ella le llegó sin ningún problema, y cuando se quiso dar cuenta de que los ruidos que estaba escuchando eran pasos acercarse a la puerta, Ran ya la había abierto y estaba de pie plantado delante de él.

Conan tragó saliva y se dispuso a soltar la frase que estuvo planeando todo el rato mientras subía las escaleras.

—Lo siento, sé que querríais estar solos, pero dada la situación no puedo…

Ran no lo deja terminar, porque antes de que diga la última parte ella nota de pronto que tiene el brazo vendado, abre los ojos en sobremanera y boquea sorprendida antes de preguntar preocupada.

—¡Conan-kun, ¿Qué te ha pasado?!

El muchacho al principio la mira sin entender, hasta que recuerda que la última vez que se encontraron, él no llevaba puesto eso. Habían pasado tantas cosas en un día que en serio parecía mentira que lo de la explosión hubiera sido hace apenas unas horas.

—Tuvimos un pequeño accidente. —Explicó sin entrar en detalles.

Desvió su atención unos segundos hacia el interior de la habitación, y se encontró a Mayama mirándolo desde SU silla del escritorio, con expresión ni enfadado ni sonriente, simplemente escrutiñadora.

—¿Un accidente? —La voz de Ran lo trae de vuelta al presente.

La mira pensativo durante unos segundos, luego resopla y se rinde.

—Te iba a enterar tarde o temprano por las noticias, así que supongo que te lo contaré: hubo una explosión en el centro hoy. —Los ojos de Ran se abrieron de par en par, completamente abrumada y mirando su brazo vendado fijamente. Sí, definitivamente contarle que habían intentado matar a Haibara no era una opción. Especialmente porque Ran no sabía nada sobre que Haibara también estaba bajo protección policial. —De casualidad yo estaba cerca.

—¿Pero estáis todos bien? ¿Dónde fue? ¿Las víctimas?

—Está bien, Ran-neechan —Trató de calmarla. —No hubo víctimas. Conseguí alejar la bomba hacia una zona sin personas. Fui el único que salió herido.

—¿Bomba? —Lo miró incrédula.

"Oh, mierda" se dijo al comprender que al final había acabado contando ese pequeño detalle.

—¿Fue una explosión intencionada? —Preguntó escandalizada. —¿De verdad que estás bien?

La mujer lo tomó de la mano con delicadeza, mirando detenidamente la venda de su brazo, haciendo que por unos segundos el detective sintiera como pequeñas chispas de calor se extendían desde ese contacto hasta el inicio de su hombro.

—Es…estoy bien. —Tartamudeó, pero al final logró soltar la frase entera. —Estoy acostumbrado esta clase de situaciones. —Amagó una sonrisa y con cuidado apartó su mano, rompiendo ese contacto que estaba empezando a hacerle perder la compostura. —He ido al hospital y ha dicho que no es nada, no tienes que preocuparte, Ran-neechan.

Dicho esto apartó la mirada y volvió a clavarla en el hombre sentado en su escritorio.

—Me temo tener que decir esto, pero Mayama-san, debería marcharse ya.

Ran reaccionó de golpe, girándose sorprendida.

—¿Marchase?

—Para empezar, Ran-neechan, no deberíamos haberlo dejado pasar. Lo hice sólo porque el inspector Shiratori insistió y decidí confiar en él.

Ella bajó la cabeza un poco apesadumbrada, lo que hizo que el joven inconscientemente frunciera el ceño. Después asintió y volvió a entrar en la habitación para despedirse de su prometido, quien ya se había puesto de pie y los miraba a ambos desde su sitio, estático.

—Conan-kun… ¿Verdad? —Preguntó, y el aludido asintió. —Te tengo que agradecer por proteger la vida de mi prometida, sinceramente gracias. —Hizo una media reverencia.

El muchacho le devolvió el gesto con formalidad. Después se apartó de la puerta para dejarlo pasar y dejarlos despedirse. Volvió a apartar la mirada cuando comprendió que se iban a besar de nuevo. No quería volver a acabar convertido en un mar de lágrimas.

—Volveré a visitarte en cuanto pueda. —Escuchó que él le prometía por lo bajo.

"Qué romántico" no pudo evitar pensar con ironía al escuchar esa frase tan cliché.

Después de eso ambos se separaron y el hombre bajó las escaleras en silencio, acompañado por el muchacho quien lo vigilaba de cerca. Justo antes de llegar a la puerta de entrada y de que el mayor abriera la puerta por su cuenta, el otro le detuvo.

—Me temo, Mayama-san, de que tendrá que volver a ponerse la venda, y que tendrá que volver por comisaría acompañado de la policía.

El otro parecía desconforme con esa decisión, pero eso no evitó que el muchacho le tendiese la venda para que volviese a ponerse alrededor de los ojos.

—Entiéndalo, es por la seguridad de Ran.

—Eres un muchacho de lo más desconfiado. —Comentó con ironía el hombre mientras aceptaba la venda y se la ataba.

—Es lo que me enseñó este trabajo.

—Llevo un buen rato preguntándome esto, pero: ¿cómo es posible que un simple jovencito como tú sea ya policía?

"Oh, vaya, la pregunta que no se había atrevido a hacer nadie desde que había llegado de Estados Unidos" pensó devolviéndole una mirada tan afilada como la que Mayama le estaba dirigiendo.

—Terminé rápidos mis estudios. —Se encogió de hombros para restarle importancia. —¿Alguna otra pregunta, señor abogado? —Replicó con sorna.

Ya se había dado cuenta antes, pero probablemente no le caía bien al prometido. Claro que él tampoco le caía bien, así que estaban en las mismas.

—Más que una pregunta, es una advertencia. —Para su sorpresa el hombre, con medio rostro tapado por la venda, lo agarró súbitamente por el cuello de la camisa y tiró de él amenazadoramente. —No te atrevas a hacerle algo a mi prometida. —Lo amenazó con tono frio.

Así que se había dado cuenta de que algo raro había pasado entre él y Ran, eh… O más bien, es posible que la propia Ran le hubiera contado lo sucedido en la biblioteca.

Después de la sorpresa inicial, el chico fue capaz de mantener la compostura. Amagó una sonrisa y con un movimiento rápido se soltó de su agarre.

—Descuide, mi trabajo y mi prioridad principal es mantener a Ran a salvo. —Respondió devolviéndole una mirada fría. —Así ha sido siempre.

—Pues asegúrate de que tus sentimientos personales no se involucren con tu trabajo, muchacho. Un adulto es capaz de marcar la diferencia entre ambos, me pregunto si quizá eres demasiado joven para ese título por el que pareces tan orgulloso.

"¿Orgulloso? ¿Por mi título como agente del FBI? Me pregunto si será verdad." Después de todo, se había presentado ante aquel hombre como un agente del FBI precisamente para tratar de demostrar que era alguien y no un jovencito cualquiera.

—No necesita preocuparse por ello. Lo conseguí por métodos legales, si es lo que está pensando. De hecho, probablemente seamos compañeros de carrera, ¿no lo cree? Y muy posiblemente del mismo año. —Consciente de que lo único que estaba haciendo era tratar de ponerse a la par con su rival, levantó las cejas con ironía.

El prometido se quedó mudo al verlo tan seguro de sí mismo, y no dijo nada más respecto a ese tema. Sin embargo, aún le lanzo una última mirada de advertencia para con su prometida.

Después de eso terminó por ponerse la venda y Conan lo condujo al exterior, donde se encontró a Takagi y le dio las indicaciones para que lo acompañara a comisaria y se hiciera los correspondientes chequeos. Takagi obedeció y los dos hombres se marcharon, dejando finalmente a Conan solo en medio del jardín.

El chico suspiró pesadamente. Por un momento pensó que acabaría delatándose delante del prometido, tal y como había hecho ante Eisuke una vez, pero al final logró mantener la compostura (a medias) como Edogawa Conan.

El prometido de Ran había resultado ser una persona mucho más directa de lo esperado, y no había dudado ni un instante en enfrentarlo cuando probablemente se enteró de que él había besado a su novia.

Volvió a entrar en casa y se encontró a Ran esperándolo en las escaleras, sentada en el primer escalón.

—He escuchado vuestra discusión. —Admitió ella sin reparo.

En una milésima de segundo el chico hizo un repaso mental de lo que había dicho, y aunque era consciente de que había soltado cosas bastante vergonzosas, se alegró sobremanera en no haber mencionado a Shinichi al final.

—¿Y? —Fue lo único que atinó preguntar.

—Le he contado a Sagaru-san lo sucedido.

Tal y como lo suponía.

—Entiendo. —Asintió sin añadir nada más.

—También… —Deja la frase en el aire durante unos segundos en los que sus miradas coinciden. —He estado pensando sobre lo que ocurrió en el biblioteca, Conan-kun.

Durante unos segundos su garganta se secó, pese a que ya sabía la respuesta.

—¿Y? —Repitió.

—Después de todo no fui capaz de imaginarme a mí misma a tu lado. —Sentenció. —Simplemente me cuesta pensar que tú puedas amarme de verdad…

Esas palabras golpearon fuerte en su pecho. Así que ni siquiera había logrado que su declaración fuera o suficientemente seria como para obligarla a tenerlo en cuenta.

—A pesar de que me he pasado el día repitiendo una y otra vez en mi cabeza lo sucedido la otra noche, a pesar de que entendí claramente lo que querías decir, sigo sin poder imaginarme enamorándome de ti. Lo siento.

La verdad duele. Y una verdad tan sincera y directa como la que había soltado Ran en ese momento se sintió como un cuchillo atravesándolo.

—Está bien. —Dijo. —Nunca tuve ninguna oportunidad para empezar. Hoy me quedó claro. —Admitió. —Probablemente hubiera sido mejor nunca haber dicho nada sobre esto, y continuar viviendo en silencio como en los últimos diez años. Pero lo dije, y creo que no puedo sentirme arrepentido. Si es más fácil para ti puedes olvidar todo lo que dije, Ran-neechan. Hagamos como que nunca pasó y continuemos siendo como dos conocidos que se llevan diez años y que viven bajo el mismo techo, igual que lo fuimos en el pasado.

—Conan-kun… —Murmuró su nombre con pena.

—Si te apiadas de mí harás que las cosas sean más difíciles. —La advirtió. —Incluso la escena de hace un momento… ¿en qué estabas pensado para mirarme de esa forma tan preocupada justo delante de tu novio, Ran-neechan? —Preguntó con voz rota. — Especialmente después de contarle lo ocurrido.

—Pero yo… yo sigo preocupada por ti. Para mí sigues siendo Conan-kun…

—El Conan-kun que conociste ya no existe. —La cortó con voz fría. —El otro día te pregunté qué pasaría si Shinichi estuviera vivo y te lo encontraras, ¿lo recuerdas? Te pregunté qué pensarías de él si te lo volvieras a encontrar pero descubrieras que el Shinichi que es hoy en día fuera una persona completamente diferente a la que fue tu amigo de la infancia.

Ella asintió en silencio, cohibida por el frío todo de voz del muchacho.

—Todos cambiamos, Ran. No puedes pretender que yo sea el mismo de hace ocho años… no después… —Se detuvo unos segundos al darse cuenta de lo que estaba a punto de decir.

Se mordió la lengua y clavó la mirada en sus ojos violáceos, que lo miraban entre sorprendidos y preocupados desde las escaleras. Acababa de decidir que se había acabado, que se rendiría y que simplemente continuaría hacia delante centrándose en la organización. Ran ya nunca lo correspondería. Ni a él y a Kudo Shinichi. Ran se iba a casar y sería feliz, todo lo que siempre deseó para ella. Así que estaba bien, ¿no? Como última frase, para enterrar todos los sentimientos de una vez y poder dedicarse en cuerpo y alma a resolver misterios.

—No después… —Repitió y volvió a quedarse clavado en el mismo sitio. Sin embargo, esta vez acabó por encontrar fuerzas suficientes para terminar de decir esa estúpida frase. —Después de haberme alejado cielo y tierra, de haber puesto tiempo y espacio entre nosotros en un vano intento por olvidarte.

Diciendo eso prácticamente le estaba contando a Ran que se había marchado por ella. No sabía cómo se lo iba a tomar, no sabía si era buena idea decirlo, ni cómo ella lo interpretaría. Solo sabía que quiso decirlo, y así lo hizo. Por alguna razón se sintió sumamente descansado al hacerlo, como si se hubiera librado de una carga.

—Ran, está bien si no quieres creerme, o si no puedes creerme. Está bien si a partir de ahora haces como que nunca tuvimos esta conversación, o si me sigues tratando como un hermano pequeño. Solo quiero que escuches esto: te quiero, te he querido siempre y probablemente seguiré queriéndote durante muchos años.

Y todo el peso que había estado manteniendo durante esos largos ocho años, y que en esa misma tarde se le había caído encima, desapareció.

Ella lo miraba. Lo estaba mirando a él. Con la boca abierta, los ojos medio llorosos y una expresión desconsolada, precisamente porque no podía corresponderlo. Pero estaba bien, porque por unos segundos, por una única vez en su vida, Ran lo estaba mirando a él. Ya fuera a Kudo Shinichi como a Edogawa Conan, porque aquellos sentimientos que acababa de expresar eran los de ambos. Por fin.

—Eso era todo lo que quería decir. Ahora, continuemos llevándonos bien para enfrentar a la organización con todas nuestras fuerzas.


De aquí al mes que viene empiezo los exámenes, así que probablemente la próxima actualización va para largo.

Espero que les haya gustado. He visto comentarios de todo tipo sobre lo que cada una esperaba de esta escena y creo que puede haber alguna a quien decepcione, pero esta fue mi idea original y decidí mantenerla.

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