Sí, soy yo actualizando, no estoy muerta, aunque casi ha pasado un año, sigo aquí, la historia sigue en mi cabeza y prometo que el final está pensado solo que escribirlo me toma mucho tiempo. Como siempre: perdón por tardar tanto, esta vez sé que me he pasado.
Me pasó igual que la ultima vez: que sentía que todas las cosas de este capítulo necesitaban ir juntas, así que, literal que tengo escrito la primera mitad del capítulo desde la semana siguiente a mi última actualización (hace casi un año), pero entre unas cosas y otras, nunca lo daba terminado.
Terminé exámenes la semana pasada y me dije: por mi orgullo que esta semana publico algo. Así que aquí estoy ^^
Detective Conan pertenece a Gosho Aoyama.
Capítulo 31: Hachecelle
...
Horas antes del incidente con Kazuha. Prisión estatal de la región de Kanto.
Conan apenas tuvo que esperar una vez dentro de la sala de reuniones antes de que trajeran a Inoue Ami. Había pedido específicamente una sala privada, donde nadie más pudiera escucharlos, y les habían concedido, aunque de mala gana, una habitación privada que solían utilizar los abogados para reunirse con sus clientes.
Inoue Ami entró y nada más reconocerlo lo fulminó con la mirada. Sí, Conan también estaba seguro de que no era bienvenido en aquel lugar, no hacía falta aquella mirada de odio para confirmarlo, después de todo, había sido él quien la había puesto entre rejas.
Incluso antes de darle tiempo a introducir la razón de su visita, o presentarse o hacer todas los pasos previos al inicio de su interrogatorio que había pensado que serían buena idea para amenizar el cargado ambiente, la chica preguntó sin miramientos:
—¿Qué es lo que quieres?
Conan la miró de frente, inspeccionándola de arriba abajo, comprendiendo que las formalidades no iban a servir de nada con alguien que no estaba dispuesta a colaborar, así que abandonó por completo su posición de policía y se convirtió en el curioso muchacho de diecisiete años que tan bien se le daba interpretar.
Y el mocoso de diecisiete años no hace las mismas preguntas que el agente del FBI.
—Háblame sobre este abrigo. —dijo, atacando el tema de frente y sacando una foto de la prenda en cuestión.
Inoue se sorprendió al verlo, pero trató de disimularlo.
—¿Qué le pasa? —Preguntó, fingiendo ignorancia. —Es un abrigo, ¿Y qué? No es mío.
—Eso es cierto. —Coincidió el joven. —Sé que no es tuyo. Pero sabes lo que es. No te molestes en mentirme. En realidad ya sé todo sobre el abrigo, lo que me interesa es saber por qué yo también lo encontré cuando se supone que nadie debería conocer su existencia. Nadie, salvo tú.
La mujer se estremeció en el sitio al verse descubierta, guardó silencio y Conan pudo notar como se iba poniendo más y más nerviosa a medida que iba pensado una excusa para decir.
—Inoue-san, haznos un favor a ambos y cuéntame qué pasó con este abrigo.
Seguía mostrándose reticente, cerró ambos puños, señal de nerviosismo y le apartó la mirada.
—¿Qué gano yo ti te lo digo?
Conan se llevó ambas manos, con los dedos cruzados, al mentón, para ocultar levemente la sonrisa que se formó en ese momento al comprender que tenía a la sospechosa en el bote.
—¿Qué es lo que quieres? —Preguntó, casi susurrando, tratando de sonar cómplice y misterioso.
El guardia de seguridad estaba escuchando esa conversación, pero Conan ya se había asegurado de convencerlo de que lo dejara hablar tranquilamente con ella y que no lo interrumpiesen, incluso si decía la barbaridad más grande del mundo. Ahora mismo, necesitaba que Inoue Ami se creyese que él estaba dispuesto a ayudarla con lo que fuera a cambio de información.
—¿Me sacarías de aquí si te lo pidiese? —La mujer entornó las cejas y mostró una mirada desafiante. —No creas que soy tan tonta como para creerme eso, mocoso. No tienes poder para hacerlo.
—Puede que tengas razón. —Admitió, dejando a la chica sin palabra. —Pero ambos sabemos que hay algo que deseas más que la libertad, ¿me equivoco?
Inoue lo miró sorprendida durante unas milésimas de segundo, hasta que logró sobreponerse del impacto que le causaron tanto sus palabras como su forma categórica de decirlo.
—¿De qué hablas? ¿Qué más podría desear que salir de esa pocilga?
—Respuestas. —Se limitó a decir.
Conan había investigado Inoue Ami antes de entrar en prisión. No era un detective de pacotilla que se tiraba a la piscina sin un plan. Pero, de hecho, la verdad es que ya había empezado a investigarla en cuanto sucedió el incidente con los documentos robados de Sonoko. Porque conocía a Sonoko y era consciente de lo niña mimada que podía ser a veces, y también de lo rica que era su familia y lo injusto que parecía a veces, así como lo torpe e ingenua que solía ser. Es debido a eso a que no le resultaba difícil creer que algo como lo que Inoue Ami mencionó hubiera pasado.
Según Inoue, la familia de Sonoko había sido quien había tirado abajo el negocio familiar de la suya, de eso hacía siete años.
Por ese entonces él ya se había marchado a Estados unidos y había abandonado por completo su relación con su vida pasada, incluida Ran, incluida Sonoko. Es por eso que no tenía ni idea de lo ocurrido y por eso se vio obligado a investigarlo.
Lo que había mencionado Inoue era cierto: su negocio familiar se vino abajo y pidieron dinero prestado a la que por aquel entonces era sus benefactores: el abuelo de Sonoko. El abuelo Suzuki en efecto había prestado aquel dinero, había registros que lo demostraban. Sin embargo, Conan no había logrado encontrar registros de ninguna reforma o cambio en el negocio familiar de los Inoue. Lo que quiere decir que, o bien ese dinero nunca llegó a ellos debido a algún contratiempo, o que el responsable de recibirlo nunca lo declaró.
La verdad es que con todo el rollo de la organización, la explosión del laboratorio, la amenaza de muerte a Ran y el laboratorio clandestino, Conan había dejado por completo de lado su investigación sobre esa historia, hasta que vio el abrigo de la foto.
Su instinto de detective le había gritado que allí había algo raro y no se había equivocado.
El padre de Inoue Ami se suicidó apenas unos días más tarde de que el abuelo Suzuki hubiera firmado los papeles de confirmación del préstamo. Sin embargo, día después de esa firma, tal y como había encontrado en una pequeña noticia de un periódico antiguo, el hombre se presentó en la casa Suzuki y se arrodilló para que le concedieran un dinero que, en teoría, ya le había sido concedido.
Inoue había mencionado ese momento el día en el que se declaró culpable delante de Sonoko e incluso la propia Sonoko recordaba haber estado presente en ese momento. Por supuesto, sin saber a qué se refería y pensando que le estaban pidiendo más dinero, el abuelo Suzuki se negó y, siendo un hombre arrogante y orgulloso, probablemente se paró de la raya. Días más tarde el padre de Inoue-san acabó con su vida al tirarse desde lo alto del edificio de su empresa. Conan había encontrado una infinidad de noticias hablando de ello, así que no había ninguna duda. No se equivocaba, ni las fechas ni las pruebas.
Había algo que simplemente no cuadraba en toda esa historia. Inoue Ami tenía razones de sobra para odiar a la familia Suzuki porque bajo su punto de vista estos había prometido ayudarlos y al final los habían dejado tirados, causando la muerte de su padre.
Sin embargo, los informes que Conan tenía entre manos decían todo lo contrario. Los Suzuki de hecho sí trataron de ayudar, pero por alguna razón ese dinero nunca llegó a la familia Inoue.
Así que había comprobado los registros del banco que se había encargado de realizar la transferencia y había encontrado con que, toda esa suma de dinero simplemente se había esfumado.
—¿De qué hablas? —La mujer lo miró tratando de fingir ignorancia, pero Conan sabía que ya había logrado captar su curiosidad.
—De tu padre. —Añadió mientras sacaba una carpetilla de su maletín y teatralmente lo colocaba sobre la mesa, delante de la mujer, pero lo suficientemente alejado como para que ella, esposada como estaba, no pudiera alcanzarlo. —Dime la verdad, Inoue-san. Eres consciente de que hay algo que falla en la historia de tu padre, ¿verdad?
—No sé de qué me hablas. —La mujer se mostró seca y totalmente reticente a seguir escuchando la historia, señal de que el chico no se equivocaba: ella sabía lo que estaba a punto de contarle, o al menos lo sospechaba.
—Dime. ¿Cómo te sentiste cuando Sonoko no te reconoció? —Preguntó, haciendo que ella se estremeciera y frunciese el ceño. —Te molestó, ¿verdad? Por una parte, que no te reconociera era mejor porque eso te daba la oportunidad perfecta para acercarse a ella y vengarte. Querías vengarte por la muerte de tu padre, por eso hiciste todo esto, ¿no? Por eso te acercaste a Sonoko. Pero en el fondo, tenías cierta esperanza de que ella te reconociese, y se arrepintiese por lo que había hecho. Simplemente querías escuchar una disculpa.
—¡Cállate!
—Pero Sonoko no solo no sabía quién eras sino que además se hizo tu amiga fácilmente, sin enterarse nunca de todo el odio que te corroía. —Conan ignoró la réplica de la mujer y continuó hablando. —No te culpo. Sonoko puede ser insoportable a veces y muy despistada.
—¡Era una bruja! —Inoue trató de golpear la mesa con fuerza, pero al estar esposada apenas fue capaz de hacer un pequeño ruido.
—Sin embargo, tú aguantaste todos estos años por el bien de tu venganza. Qué honorable. —Conan volvió a ignorarla y se inclinó sobre sí mismo en su asiento, dejando su mirada a la misma altura que la de la mujer, quien se retiró instintivamente hacia atrás en su propia silla el notar esa gélida mirada azul. —Aguantaste y aguantaste, y mientras aguantabas en algún momento te diste cuenta de que en realidad aguantar no era tan difícil, ¿me equivoco? En algún momento empezaste a darte cuenta de que la idea de la terrible bruja que tenías de Sonoko en tu cabeza no coincidía para nada con la joven que poco a poco se fue convirtiendo en tu amiga.
—¡Eso es mentira!
—No lo es, Inoue-san. —Conan negó con la cabeza. —No pueden engañar a mis ojos de detective. SI de verdad hubieras querido destrozar la vida de Sonoko, no hubieras simplemente tirado esos diseños a la basura. Los encontramos, ¿lo sabías? Bueno, intuyo que probablemente también tenías esperanzas de que los encontrásemos.
—¡Es mentira! Los tiré a la basura para que no los encontrase nunca.
—En eso tienes razón: los tiraste, para que no los encontrase, nadie, nunca. Ni siquiera la empresa rival que te había prometido una gran suma de dinero a cambio de los diseños de Sonoko.
La mujer se quedó completamente bloqueada en el sitio, mirándolo petrificada y balbuceando un montón de réplicas que al final nunca llegaron a salir de su boca.
—No…
—No, ¿qué? Inoue-san. —La miró fijamente, esperando a que ella se rompiera del todo para atacar. —¿Me vas a decir que me equivoco? Tengo esta foto como prueba de que no lo hago. Pero estoy deseoso de escuchar qué clase de excusas puedes inventar ahora.
El chico se recostó en su asiento, sabiendo que tenía la conversación en el bote. La mujer parecía asustada, o más que asustada, alterada porque alguien hubiera descubierto algo que siempre pensó que acabaría llevándose a la tumba.
Por su parte, Conan sabía que había ganado, pero era consciente del enorme hueco que había en su deducción y que, esperaba y con suerte, ella no se diera cuenta.
—Conociste a Sonoko y descubriste que no era para nada como te la habías imaginado. Así que empezaste a pensar si todo lo que te había contado tu padre era cierto, si pude que se hubiera equivocado en algo, o que hubiera algo más metido en todo esto. Empezaste a cuestionar al padre que habías respetado tanto, y eso te hacía sentir culpable. En realidad lo único que quieres son respuestas, Inoue-san. Solo quiere saber quién fue el culpable, si tu padre o la familia Suzuki. Pero al mismo tiempo tampoco quieres saberlo, porque desearías que no fuera ninguno de los dos, ya que ambos han acabado siendo importantes para ti.
Por primera vez en toda la conversación, Conan deslizó lentamente la carpetilla con toda la información que había encontrado sobre el caso hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para que incluso con las esposas puestas la mujer fuera capaz de abrirlo y descubrir por primera mano cual era la verdad que había estado buscando toda su vida.
—Está en su poder el descubrir la verdad. Pero a cambio me tienes que decir todo lo que sabes sobre este abrigo y esa empresa que te contrató para venderle los diseños de Sonoko.
Ella se quedó bloqueada, dejando que su mirada perdida poco a poco fuera a aterrizar sobre la carpetilla que el chico le tendía. Inoue sabía que tenía aquella batalla perdida. No sabía quién demonios era ese niño ni como había descubierto los secretos que ella se había pasado años escondiendo, ni los secretos que había pasado años tratando de descubrir. Pero ya no le importaba. Qué más da quien fuera. Había aceptado la ayuda de cualquiera a cambio de averiguar todo. Por fin, la verdad que tanto había ansiado y temido durante años estaba al alcance de su mano y ya poco le importaba si la persona que se lo tendía era del bando de los malos, de los buenos, o de ningún bando porque para empezar era alguien que no existía.
—Hachecelle. —Dijo, haciendo que el chico le prestase atención inmediatamente. —La empresa se llamaba Hachecelle.
Guardó silencio durante unos segundos, mirando la carpeta, luego al resto de la celda a su alrededor, luego al niño. Edogawa Conan, la verdad es que si hacía memoria Sonoko le había hablado de aquel niño. Pero su descripción no coincidía para nada con el muchacho que tenía delante. Aquel chico parecía tan metido en la oscuridad como lo estaba ella, era condenadamente listo y, aunque se suponía que era un niño bueno, Inoue sentía como si estuviera a punto de venderle su alma al diablo en cuanto empezase a hablar. Como decirlo: parecía un niño que guardaba un montón de secretos, los cuales hacía tiempo que había empezado a pensarle enormemente sobre su consciencia, al igual que ella.
Así que no perdía nada si empezaba a contarle todo lo que sabía:
—Hace siete años, poco después de la muerte de mi padre, se puso en contacto conmigo un mensajero de Hachecelle. Fue él quien me dijo dónde podía encontrar a Sonoko y cómo acercarme a ella. Era un hombre alto, bastante intimidante y de unos ojos de un profundo azul oscuro.
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De vuelta al presente. Afueras de Tokio.
Jonathan suspiró por enésima vez mientras volvía a enderezarse y echando las manos a su espalda se quejaba del dolor de esta. Llevaba casi 24 horas despierto, no había descansado desde hacía un buen rato y todavía le quedaban muchas cosas por hacer.
Hattori-san lo había dejado tirado en medio del almacén que la organización usaba como laboratorio para marcharse corriendo a socorrer a Kazuha-san y no lo culpaba por ello, sin embargo, encontrarse con que estaba completamente solo en las afueras de una ciudad que no conocía y buscando pruebas sin saber muy bien por dónde empezar, lo hacía darse cuenta de lo inútil que se sentía sin la seguridad de tener al inspector a su lado. Incluso la presencia de Hattori-san le hubiera resultado algo agradable si al menos podía preguntarle si siquiera el trabajo que estaba haciendo recolectando huellas servía para algo.
Para empezar, como no tenía ninguna jurisdicción sobre el caso ni tampoco era alguien famoso en el mundillo del misterio en Japón, no sería raro que lo tomasen por un ladrón y lo echasen de allí a patadas. Solo esperaba que no apareciese nadie a esas horas.
Sin embargo, no tuvo esa suerte.
En medio de la luz sintética e intermitente que emitía su linterna y del silencio sepulcral que había allí dentro, de pronto Jonathan escuchó un pequeño ruido y se quedó completamente quieto reaccionando por instinto, apagando instantáneamente la linterna. Prestó atención a su alrededor y en seguida se dio cuenta de que ese sonido que se repetía cada poco eran en realidad alguien arrastrando los pies y tratando de no hacer ruido. Había alguien allí dentro.
Jonathan contuvo la respiración y se quedó todavía más quieto, porque su instinto le gritaba que no se trataba de un mero curioso que venía a comprobar qué estaban haciendo en ese almacén. Un curioso no entraría a hurtadillas y arrastrando los pies.
Al cabo de un rato escuchó como se cerraba la verja del almacén y eso hizo que por un segundo se preguntase por el guardia de seguridad que les había prestado las llaves y que se había empeñado en acompañarlos hasta allí. Sin embargo, no tuvo mucho más tiempo para pensar en él porque segundos después se encendieron las luces del almacén y lo dejaron momentáneamente ciego. Por suerte el mueble tras el que había estado recogiendo muestras lo escondía de la vista del intruso, pero era cuestión de minutos que se diera cuenta de su presencia allí dentro, si es que no era consciente ya.
Intentó esconderse más hacia la pared sin hacer ruido, llevándose la mano a la boca para tratar de acallar su respiración y tranquilizarse. La sombra de un hombre apareció al inicio del laboratorio, pero desde su posición aun no era capaz de distinguirlo directamente. Empezaba a preguntarse si en vez de esconderse sería mejor asaltar al intruso antes de que lo descubriese a él.
Los pasos se fueron acercando hasta que el hombre entró en su campo de visión, segundos antes de que lo descubriese agazapado entre los muebles. Fue durante esos segundos en los cuales Jonathan comprendió que la persona que tenía delante era el hombre que le había dado la bomba a Ayumi-chan y que lo mejor era actuar antes de ser descubierto, así que sin dudarlo ni dos segundos se abalanzó desde su escondite sobre el hombre, tirándolo al suelo con el peso de su cuerpo y cayendo encima de él, inmovilizándolo de brazos y piernas en la milésima de segundo después.
Aquel hombre era un terrorista que había puesto en peligro la vida de una inocente niña, algo que Jonathan nunca le iba a perdonar.
Claro que Jonathan no sabía que en realidad, aquel hombre también era el forense que hizo la falsa autopsia, ni otra de las grandes claves para resolver aquel misterio.
El hombre, al verse atacado, gritó asustado y se removió inquieto bajo él, tratando de librarse y balbuceando en un dialecto y a tal velocidad que Jonathan no fue capaz de comprender nada.
—Identifícate. ¿Qué haces aquí? ¿Cuál es tu objetivo? —Preguntó con tono autoritario, tratando de ordenar sus ideas y pensar cuáles eran las preguntas correctas dada la situación.
ÉL hombre continuó berreando histérico, a lo que Jonathan respondió con un suspiro hastiado seguido de un grito en inglés:
—¡Shut up!
Esta vez, por razones misteriosas, el hombre le obedeció. De hecho, no solo se quedó callado, sino que además Jonathan pudo sentir como empezaba a temblar. Pero no le dio importancia y continuó con su interrogatorio:
—¿Quién eres y qué haces aquí? —Preguntó, volviendo a usar japonés y tratando de sonar lo más serio y frío que fue capaz, recordando lo mucho que empezaba a echar de menos tener a Edogawa-san a su lado ahora mismo.
—Soy Tamiro Akahiro. Yo… trabajo aquí. —Respondió con miedo.
—¿En un almacén cerrado a cal y canto? ¿Cuál es tu objetivo? —Insistió, apretando más fuerte su agarre sobre el brazo del sospechoso.
—Estoy diciendo la verdad. Trabajo… bueno, trabajé aquí. Soy científico, no soy nadie sospechoso. Por favor, déjame marchar, no me volveré a involucrar con nada de esto. No quiero tener nada que ver con todo esto nunca más.
El hombre empezó a lloriquear, considerablemente asustado, pero Jonathan no se dejó convencer y en lugar de eso lo cacheó en busca de algo que pudiera suponer un riesgo para la misión. Encontró una pequeña navaja en su bolsillo derecho, unas llaves, su teléfono móvil y un pedazo de papel. Nada que fuera potencialmente sospechoso ni peligroso.
Después, sin llegar a soltarlo en ningún momento, casi haciendo malabares y echando de menos su uniforme del FBI y, especialmente, sus esposas, Jonathan se quitó la corbata y la ató alrededor de las manos del sospechoso.
Lo arrastró consigo hasta la entrada del almacén y allí se encontró con que el guardia de seguridad se había marchado.
—¿Dónde está el guardia? ¿Qué le has hecho? —Preguntó mientras lo apuñalaba con la mirada.
—No sé de qué me hablas. Cuando llegué no había ningún guardia. Yo no hice nada.
Empeñado en seguir negando lo obvio, Jonathan volvió a arrastrarlo al interior del laboratorio, dispuesto a empezar el interrogatorio. Ahora mismo, ya no solo echaba de menos a su superior o a sus esposas, sino a su compañero Jack, para que al menos alguien se quedase haciendo guardia por si pasaba algo.
Con los nervios de punta y los ojos atentos a cualquier movimiento que sucediese dentro de su rango de visión, Jonathan sentó al sospechoso en una silla del laboratorio, agarrándolo con fuerza y casi calvándole las uñas en el hombro, y comenzó el interrogatorio.
—¿Qué relación tienes con la organización?
El hombre guardó silencio unos segundos, mirándolo suplicante, pero el detective no se dejó amedrentar y por el contrario apretó su agarre alrededor de su hombro.
—Mi nombre es… Murakami Akira. —Empezó a hablar y a Jonathan no le pasó desapercibido que no era el mismo nombre que había dado al principio, pero decidió no interrumpirlo y déjalo continuar: —Soy científico. Bueno, al menos lo era hasta hace unos 7 años. Trabajaba en un laboratorio en el norte de Japón y tenía una vida normal. Yo no quise que nada de esto pasara, lo juro. Pero… me involucré con esos hombres de negro que tú probablemente llamas "organización".
No hacía falta ser un genio para suponer que lo que decía aquel hombre era cierto. O era muy buen actor, o se le notaba a leguas que no estaba acostumbrado a aquella situación. No era un asesino, eso podía decirlo, pero eso no cambiaba que había intentado matar a una niña inocente.
—Fue justo después de que publicase mi último trabajo. Llevábamos años trabajando en esa línea de investigación y por fin nuestro esfuerzo había dado sus frutos. Era un momento de celebración, y de pronto apareció él, ese terrorífico hombre de ojos azul oscuro. Apareció, diciendo estar interesado en mi trabajo, y como no era nada raro yo y todo mi equipo nos alegramos por su interés.
—¿Qué estabais investigando exactamente?
El hombre suspiró antes de darle una respuesta, negando cabizbajo, como si estuviese observado algo ansiado y no pudiera alcanzarlo.
—Investigábamos la genética del cáncer. Habíamos encontrado un factor de trascripción específico de células tumorales. —Respondió, como si con eso hubiera respondido todo, pero la verdad es que Jonathan apenas entendía de medicina, así que eso no le decía nada. —Vamos muchacho, no me mires así. ¿Ni siquiera sabes cómo se llama la droga que la organización está tratando de poner en el mercado?
Ese detalle sí tuvo significado para el chico. Pero eso quería decir…
—¡Eres el científico que terminó la droga! —Lo acuso, entendiendo de golpe muchas cosas.
El hombre asintió cabizbajo, mordiéndose el labio inferior.
—En efecto, soy el hombre que terminó esa aberración. —Admitió. —Pero no solo eso. En realidad, desde los últimos 2 años, he tenido que dividir mi trabajo en dos: al mismo tiempo que trabajaba en el desarrollo del APTX, la organización también me obligó a trabajar como forense en el laboratorio forense general de Tokio.
Jonathan lo miró en parte sorprendido, pero su cabeza aún no había conectado lo que venía a continuación:
—¿Aun no lo entiendes? Toda esa pelea entre la organización y la policía de Tokio empezó con la autopsia de un hombre. Y esa autopsia la hice yo.
La cabeza de Jonathan funcionaba a mil por hora. ¿Eso quería decir que en realidad el APTX nos e había filtrado? Entonces todo había sido una trampa de la organización. Todo había pasado porque ellos así lo habían querido. Su inspector volvió a Tokio porque ellos lo hicieron volver.
—Se supone que moriste en el incendio. —Lo apuñaló con la mirada. —¿Por qué estás vivo?
—Ese era el cuerpo verdadero Tamiro Akahiro. —Respondió. —Yo no soy médico, ¿recuerdas? Aunque la organización me obligó a trabajar como forense, la verdad es que tengo poca idea de eso. No era más que un disfraz. Soy químico, maldita sea. Esta ni siquiera es mi verdadera cara, ¡ya ni siquiera existe ni una sola foto de mi verdadero rostro! —El hombre alzó tanto al voz que Jonathan tuvo que hacerlo guardar silencio rápidamente tapándole la boca.
—Silencio, ¿O quieres que nos descubran? —Lo avisó, retirando su mano una vez comprobó que el hombre se había calmado. —Si no eres Tamiro, ¿entonces quién es Tamiro?
—Ya te lo dije. Tamiro era forense. No sé dónde vivía antes de entrar en el radar de la organización, pero sé que justo lo acababan de trasladar a ese laboratorio forense cuando lo secuestraron. Hace dos años me echaron de la base en la que me tenían retenido investigando el APTX, cambiaron mi cara con cirugía plástica para que me pareciese a él y me enviaron a mí al laboratorio, mientras que lo mantuvieron cautivo durante casi dos años. Durante ese tiempo fingí ser una persona que no era y hacer un trabajo que no era el mío, al mismo tiempo que trabajaba en este almacén en el desarrollo del APTX.
—Pero un día te pidieron que trucases una autopsia. —Se permitió adivinar el detective cuando vio que el hombre se quedaba callado, para instarlo a hablar.
—Más o menos. Un día me encontré con una carta en mi buzón con una serie de instrucciones muy detalladas: no solo tenía que hacer pasar por muerte natural una muerte que era obvio que había sido por envenenamiento, sino que además tenía que asegurarme de que a la policía le quedase claro esa incongruencia. Fue entonces cuando me di cuenta de que estaban tratando de simular que aquel hombre había muerto por culpa de la droga que yo mismo estaba a punto de terminar.
—¿Entonces todavía no está terminada? —Había muchas más cosas que quería preguntar, pero de momento aquella era la que le pareció más importante.
El hombre le digirió una mirada desconsolada, o más bien, probablemente se estaba mirando a sí mismo así.
—Está terminada. —Dijo con un tono frío, haciendo que a Jonathan se le erizase el vello de la nuca. La droga letal e indetectable estaba terminada. La organización podía empezar a comercializarla en cualquier momento. —¿Qué crees que hago aquí si no? Hasta ahora me habían tratado como un rey, aun siendo un prisionero. Dependían de mí para que su comercio en el mercado negro pudiese salir adelante. ¿Pero ahora? Ahora no soy nadie. ¡Incluso me obligaron a plantarle fuego al laboratorio forense! —Jonathan se sorprendió un poco al descubrir que él había sido el culpable de la explosión en la que casi muere su inspector y la joven científica. —Dijeron que no me matarían si seguía sus órdenes, me dijeron el punto exacto donde debía poner la bomba. Pero yo ya no quería seguir añadiendo más crímenes a mi espalda. Ya no quería tener nada que ver con la organización. Pesé que si lo hacía ver como un accidente igual la policía ya no me perseguiría. En lugar de usar la bomba decidí alterar la caldera para que explotase.
Eso también explicaba muchas cosas. La razón por la que la organización decidió usar algo tan aleatorio y difícil de controlar con una caldera en lugar de una bomba, para empezar nunca había sido su objetivo. Simplemente aquel hombre ignorante cegado por el miedo había decidido cambiar eso por voluntad propia. Él ni siquiera se paró a pensar que la policía podría saber fácilmente que alguien había manipulado la caldera.
—Pero la organización acabó encontrándome de nuevo. Me dijeron que era mi última oportunidad de salir vivo de esta. Me dieron una foto y una caja, y me dijeron que le entregase la caja a la niña que salía en la foto.
Aquello también tenía sentido.
—¡No sabía que era la bomba que no quise usar en el laboratorio! ¡Lo prometo! No tenía ni idea de qué había en la caja, y estaba tan asustado que ni siquiera me lo paré a pensar. No quería hacer daño a nadie, ni siquiera quise crear esa droga del demonio. Es totalmente todo lo contrario a lo que dediqué mi vida entera, habíamos descubierto una posible cura para el cáncer. ¿Sabes lo que significa eso? Una vida dedicada a salvar vidas y por culpa de la organización acabé mis años matando gente.
El hombre empezó a llorar desconsoladamente y por más que Jonathan trató de detenerlo para reanudar el interrogatorio no fue capaz de recuperar su atención.
El detective resopló con cansancio y chasqueó la lengua.
—¡Murakami! —Elevó un poco la voz, aunque no quisiese hacerlo. —Guarda silencio. Soy policía, ¿vale? No soy ningún enviado de la organización, ni tampoco planeo hacerte daño. No apoyo las cosas que has hecho, pero me creo tú historia. Eres un testigo importante para este caso, así que puedes estar tranquilo: me aseguraré de protegerte y llevarte ante la policía a salvo para que puedas testificar y pagar por tus crímenes.
Después de eso el hombre pareció calmarse un poco, así que el detective aprovechó para sacar su teléfono dispuesto a contarle todo lo que acababa de descubrir a su superior.
Marcó el número de Edogawa, pero este no le contestó. Jonathan no sabía que en ese momento Conan no tenía su teléfono a mano porque estaba ocupado interrogando a Inoue Ami. En su lugar le dejó un mensaje con todo lo que acaba de descubrir.
Después también intentó llamar a Hattori para ver si tenía más suerte de dar con él, pero tampoco hubo suerte. Hattori estaba demasiado ocupado yendo en búsqueda de la mujer de su vida quien estaba en peligro como para atender al teléfono. A él también le dejó un mensaje con la información nueva, por si se le ocurría escucharla.
Los siguientes sucesos ocurrieron demasiado rápido.
Estaba guardando su móvil en el bolsillo, cuando de pronto vio la sombra de alguien a su derecha. Se giró rápidamente para identificar al intruso, no sin antes lanzar una mirada casi instantánea a Murakami para comprobar que seguía donde lo había dejado. El forense seguía maniatado en su silla, lloriqueando. Así que la sombra a su derecha era de alguien más.
Jonathan apenas tuvo tiempo a pensar todo eso antes de escuchar el chasquido que hizo el seguro del arma que lo estaba apuntando a la cabeza a ser retirado, seguido de un segundo chasquido propio de un arma equipada con silenciador al dispararse.
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Otra vez en la prisión:
—Por aquel entonces Hachecelle no era la gran empresa que es hoy en día. Apenas había resurgido de entre sus cenizas hacía unos cuantos meses y estaba creciendo poco a poco.
Conan se sorprendió al escuchar que Hachecelle ya se había implicado en sus vidas desde hacía tanto tiempo. Como debería habérselo esperado, sea cual fuera la relación que Hachecelle mantenía con la organización, estaba claro que llevaba acechándolos desde siempre.
La organización llevaba años vigilando a Ran y sus amistades próximas mientras que él se había marchado, eludiendo todas sus responsabilidades, a la otra punta del mundo. De nuevo, un golpe de realidad lo azotó con fuerza, dándose cuenta de nuevo de cuán iluso había sido al pensar que todo se había solucionado con su propia muerte.
Kudo Shinichi murió, pero no lo hizo la organización.
—El hombre apareció en mi casa un día, preguntando por mi madre. Por aquel entonces yo acababa de empezar la universidad pero todavía nos estábamos recuperando de la pérdida de mi padre, así que mi madre se encontraba muy inestable y había que estar cuidando de ella continuamente. Fue una época muy mala.
La chica parecía que por un segundo se iba a echar a llorar, pero en lugar de eso inspiró profundamente, se serenó y continuó hablando:
—No quise que ese hombre y mi madre se encontrasen. Estaba preocupada por ella. Y hoy en día me alegro de que no lo hiciera. Al final, la única que salió herida y acabó involucrada fui yo. Mi madre murió sin llegar a saber nada, sin llegar a desconfiar nunca del hombre que amaba y pensando fielmente que él fue inocente.
Así que después de todo la mujer sabía que algo raro había pasado con ese dinero.
—Mi madre nunca se enteró de que mi padre se había involucrado con las apuestas. —Añadió, confirmando las sospechas del chico.
La verdad es que Conan sabía a dónde había ido a parar todo el dinero que la familia Suzuki había prestado: Había ido a parar poco a poco a diferentes casas de apuestas del distrito de Beika.
Una hija no es tonta. Se fija en lo que hacen sus padres. Más de lo que los propios padres se fijan en ellos mismos. Así que, por supuesto, después de que Inoue-san empezó a encontrar rara la situación de Sonoko, no le hizo falta investigar mucho para que las cosas cuadrasen con los recuerdos que ella tenía de los últimos días de su padre.
—Eso es lo que pone tu informe, ¿verdad? —Señaló con un dedo acusador a la carpetilla. —Que mi padre era un apostador compulsivo que, no solo tiró abajo su propio negocio, sino que además no pudo evitar sucumbir a la tentación y se gastó también el dinero que se suponía que tenía que salvar a su familia.
Conan apretó los dientes. La chica había encontrado la pequeña grieta en su plan.
Es cierto, todo lo que ella decía, era cierto, y dado que era cierto, Inoue Ami no tenía ninguna razón para contarle nada a cambio de una información que ya sospechaba.
Pero aun así, todavía le quedaba un pequeño as bajo la manga.
—Una parte es cierta. —Admitió. —Pero te equivocas en una cosa.
La chica lo miró interrogante.
—No conseguirás sacarme más información con una mentira tan obvia. —Se defendió.
—No voy a negar que estoy tratando de sacarte información, pero no miento. Hay muchas cosas que ni siquiera notaste. Probablemente ni siquiera investigaste a fondo a donde fue a parar ese dinero, ni siquiera sabías qué había pasado con el dinero que tu padre ganó en las pocas apuestas en las que tuvo suerte.
—¿Acaso ganó alguna vez? ¿Siquiera se puede comparar con la cantidad de dinero que ese idiota desperdició?
—Te sorprendería lo que un padre podría llegar a hacer por el bien de su hija.
—¿De qué hablas?
—Si me cuentas lo que sabes de Hachecelle, te lo contaré. —Conan la miró fijamente, casi desafiándola con la mirada.
Ella volvió a recostarse sobre la silla, sopesando sus opciones.
—No es que sepa gran cosa. —Dice finalmente, cediendo ante las insistencias del joven. —Era una empresa pequeña, situada a las afueras de Tokio. Por aquel entonces estaba tratando de expandir sus horizontes, y estaba buscando el apoyo de jóvenes universitarios que le diésemos publicidad gratis para ello. A cambio de hablarles a todas mis amigas de lo maravillosa que era la ropa de Hachecelle, yo conseguí averiguar dónde estudiaba la nieta del hombre que hundió a mi familia, era todo una ganga: ganaba mucho y no perdía nada. Así que acepté colaborar con ellos.
—¿Puedes describirme a ese hombre que se puso en contacto contigo? —Preguntó el chico. —Si te pongo un dibujante, ¿serías capaz de decirme cómo era?
—No creo. Han pasado cinco años desde entonces. Solo recuerdo sus ropas: totalmente negras, y sus ojos: azules oscuro, como el cielo del anochecer. No era un viejo, pero ahora es posible que lo sea. Probablemente ha cambiado mucho. También recuerdo pensar que era muy alto e imponente, por eso no quise que conociese a mi madre. Me puse a la defensiva en seguida.
Había tantos hombres como esos en el mundo que, si no fuera por el detalle de la ropa negra y el sombrero negro, a Conan nunca se le hubiera ocurrido relacionarlo con la organización.
—Con el paso de los años me fueron pidiendo más favores: que repartiera panfletos, que hiciera encuestas. Nunca me pareció nada especialmente raro, ni nada que no hiciera una empresa de ropa normal.
—¿Hasta qué? —Preguntó, intuyendo que esa frase tenía un "hasta qué" implícito.
—Hasta que empezaron a exigirme copias de diseños de ropa. —Confirmó la chica. —Me pareció raro: una empresa de ropa que lleva años sacando prendas de ropa nuevas cada año y que cada vez estaba ganando más reconocimiento, ¿cómo es posible que no tuviera ya un diseñador propio?
Conan empezaba a entender por dónde iba la historia de Inoue-san, y al mismo tiempo muchas cosas encajaban en su cabeza.
—Aunque era estudiante de diseño de moda, la verdad es que simplemente había terminado allí metida porque me habían dicho que Sonoko estaría allí. Por aquel entonces ya era "amiga" de Sonoko y había comprobado de primera mano el estúpido talento que esa niña mimada tenía para el diseño. Casi no podía creerme la suerte que tienen algunos con todas las facilidades con las que habían sido bendecidos.
—Así que le robaste las ideas a Sonoko. —El chico se permitió terminar la explicación por ella.
Inoue asintió tras un segundo de silencio.
—Al principio lo hice disimuladamente, copiándole pequeñas ideas. Se las vendía a Hachecelle a cambio de más información sobre la empresa Suzuki. Y al mismo tiempo las presentaba como mis propios trabajos en la universidad. Sonoko probablemente se dio cuenta, pero no dijo nada. Nunca dijo nada. Y mientras mis trabajos, que además de ganarse los méritos de los profesores, iban saliendo al mercado, se ganaban el reconocimiento de todos, Sonoko se dedicó a presentar tarde mal y arrastro los trabajos que le sobraban o las ideas descartadas que no le llegaba a copiar. Ella sabía que todo era culpa mía, pero en lugar de quejarse se aguantó durante casi dos años, hasta que nos graduamos. Y en lugar de abandonarme por completo como hubiera hecho una persona normal, Sonoko aún se empeñó en invitarme a iniciar un negocio con ella.
—Y fue entonces cuando empezaste a preguntarte si era tan bruja como te habías hecho creer al principio. —Volvió a adivinar el chico. —Fue entonces cuando trataste de investigar un poco sobre la verdad de tu padre y encontraste, qué se yo, ¿su antigua cartera llena de los lotes de apuestas? ¿O quizás su cartilla de ahorros con la cuenta en negro donde en efecto llegó a recibir el dinero de la familia Suzuki?
Ella volvió a quedarse en silencio, confirmando la teoría del joven.
—Encontré un registro de una apuesta, con una suma considerablemente alta y una fecha posterior a que se declarase en bancarrota nuestra empresa. —Explicó. —Lo había escondido entre las páginas de un libro de contabilidad. Probablemente pensando que ninguna de nosotras buscaríamos en un lugar así nunca. Irónicamente, lo encontré cuando empecé tomarme las cosas en serio para el negocio que Sonoko y yo habíamos empezado, cuando nos quedó claro que la que iba a tener que encargarse de la contabilidad era yo.
Conan vio como la chica apretaba los puños y se aguantaba las lágrimas.
—Era imposible que por aquel entonces tuviéramos tanto dinero para malgastar a parte del supuesto crédito que nunca llegó. Fue entonces cuando empecé a pensar que quizá el abuelo de Sonoko había dicho la verdad cuando dijo que sí nos lo habían dado. Me encontré en una encrucijada. Llevaba cinco años trabajando a la par de Sonoko y podía decir que la conocía bastante bien, aunque me pesase admitirlo. Más de una vez había dudado de mi misma y mi venganza, pero estaba tan empeñada en ello que no quise creer en otra cosa. Al final eché a perder mi amistad con ella por robarle sus proyectos y aun así ella nunca dijo nada. A pesar de que lo tenía absolutamente todo: dinero, talento, un novio guapo… me di cuenta de que no podía odiarla del todo. Así que, aunque los de Hachecelle volvieron a pedirme diseños, no fui capaz de volver a robárselos. Les vendí ese abrigo azul, porque fue el único en el que colaboré medianamente en el diseño. Los demás eran completamente propiedad de Sonoko.
Por eso Katsumura Yuki había encontrado ese abrigo que supuestamente todavía no existía en un almacén de Hachecelle. Por eso Sonoko se había mostrado tan emocionada cuando le enseñó ese diseño: porque fue el abrigo que había creado con la ayuda de su amiga de la universidad. Irónicamente, aunque todos los demás se había olvidado por completo de Inoue Ami y la habían tachado por ladrona, Sonoko aun quiso creer en su amiga. De no haberlo hecho y de haberse deshecho de ese diseño, Conan nunca se hubiera enterado de nada de eso. Nunca hubiera descubierto la relación entre Hachecelle y la organización.
—Sin embargo, ya estaba involucrada y Hachecelle empezó a insistirme con que querían el resto de los diseños, así que pensé que lo mejor era deshacerme de ellos y hacerlo pasar por un robo. Sonoko perdería los diseños, pero al menos nadie se los robaría. Al menos, no le daría la satisfacción a Hachecelle de darles lo que querían. Siempre sentí que me habían utilizado para acercarme a Sonoko, a Sonoko y a su amiga.
Al escuchar eso Conan pegó un brinco en el asiento.
—¿Les pasabas información de Sonoko y Ran?
—Por Ran intuyo que hablas de la detective Mouri, ¿no? —Inoue lo miró interrogante. —Sí, tienes razón, me preguntaban por ellas. Eran preguntas tontas: con quien salen, qué amigos tienes, cuáles son sus temas de conversación.
Conan la miró frunciendo el ceño. Era obvio que estaban buscando información sobre él.
—¿Y eso nunca te pareció sospechoso?
—Me daba igual si era sospechoso o no. Lo único que me importaba es que yo podría obtener mi venganza. Qué me iba a importar si sabían con quién salía la chica o qué hacía en su vida privada.
—Inoue-san, eres consciente de que eso es una violación de la privacidad. Es tan grave como el plagio y el robo de diseños de la que estás tan arrepentida. Las empresas tienen una política de privacidad que cumplir y eso incluye no revelar datos personales de la población, y eso incluye sus amistades.
Conan estaba tratando de ser razonable, pero la verdad es que desde hacía un rato que sentía un pánico interno. La organización llevaba años buscándolo a través de Ran. Cinco años para ser concretos, o al menos, cinco años mediante aquella mujer, pero ¿Cuántas más personas se habían acercado a Ran en los últimos años solo con el pretexto de buscar información sobre él? ¿Cuántas de las amistades, compañeros de trabajo y superiores de Ran eran confiables? ¿Cuántos eran espías? Habrá tenido Ran, al menos, una amistad verdadera en los últimos 8 años. El chico empezaba a encontrar fantasmas en todas partes, mientras trataba de repasar mentalmente todo lo que Ran, Sonoko, Kazuha y todos los demás le habían contado sobre sus vidas en los últimos años, pero era inútil, porque él, obcecado en sus propias desgracias, no había querido escuchar los problemas de los demás. No había querido saber nada sobre la vida de Ran en los últimos años y eso ahora suponía una carencia tal de información que parecía un niño pequeño tratando de averiguar una estúpida adivinanza.
Se levantó repentinamente de la silla, alterando al guardia de seguridad que había junto a la puerta.
—¿Algo más que tengas que decir sobre Hachecelle? —Preguntó, mirándola con la expresión más seria que fue capaz de reunir en su estado de agitación actual.
No sabía por qué, pero sentía que Ran estaba en peligro, y encerrado entre aquellas cuatro paredes no iba a conseguir nada más.
Inoue lo miró sorprendida al principio, después lo miró con cierta condescendencia.
—¿Qué es Mouri para ti que consigue dejarte en ese estado, detective?
Conan ni siquiera se paró a pensar en que había cámaras grabando, ni un guardia mirando, ni que la persona que preguntaba se iba a pasar los próximos 3 años de su vida entre rejas y le importaba bien poco esa respuesta.
—La mujer que amo. —Respondió mientras ya se giraba hacia la puerta de la celda y importándole bien poco su alrededor. Ran estaba en peligro. Eso era lo único importante. Estaba en peligro y por primera vez desde que voló de vuelta a Japón sentía que tenía una pieza del rompecabezas del que la organización carecía.
El guardia le hizo un gesto antes de abrirle la puerta, indicándole que se había dejado la carpetilla sobre la mesa, pero él le devolvió el gesto, indicándole que estaba bien si la mujer se la quedaba. Ya fuera que Inoue decidiese o no leer, dentro encontraría la información sobre la cuenta bancaria donde, poco a poco, su padre había reunido el dinero que consiguió de las apuestas con el objetivo de pagarle la universidad a su hija. No había sido el mejor padre y gastarse un dinero prestado en apuestas definitivamente no había sido la mejor idea, pero al menos no había abandonado por completo a su hija.
Después de eso el guardia cerró la puerta de la sala de visitas y Conan casi se echó a correr por el pasillo hacia la salida de la prisión donde lo estaba esperando Sato con su teléfono y los tres mensajes que le darían vuelta a todo su mundo.
...
Continuará?
Se han aclarado muchas cosas sobre el misterio de la organización. Tenemos la identidad de Tamiro y ¡el APTX está terminado! (Debo reconocer que cuando empecé a escribir esta historia era una inculta alumna de instituto que de química sabía más bien poco, mientras que ahora estoy a punto de graduarme y he tenido que contenerme para no empezar a desbarrar con la jerga farmacológica xd).
La organización lleva años tejiendo sus redes y nadie se había dado cuenta, chan, chan, chan!
Sorry, lo sé, no hubo drama romántico en este cap. Tened paciencia, prometo que llegará.
Bueno, como ya me conocéis: no sé cuando podré subir el siguiente capítulo, pero como siempre intentaré que sea de aquí a un año, cuanto menos posible, mejor.
Nos leemos ^^
