Capítulo 1

Día 1

Si trataba de hacer un recorrido mental por cada uno de los países que había sobrevolado hasta llegar a aquel recóndito lugar, le estallaba la cabeza, se volvería loca o simplemente, perdería toda noción de tiempo vivido. Sin embargo, lo peor es que no solo había tenido que volar, sino que también se había aventurado a navegar. Y si a eso le sumabas la cantidad de horas que llevaba sin poder dormir, más la diferencia horaria de aquel lugar respecto a su hogar, podría decir que Rachel Berry no era persona, sino una marioneta que se dejaba llevar por inercia tras las explicaciones de los diferentes guías que la llevaban de un lugar a otro. Desde un aeropuerto internacional como el Charles de Gaulle de París, hasta el pequeño aeropuerto de La Pointe Laure, en la isla de Mahé. Desde el puerto de aquella remota isla al noreste de Madagascar, hasta el pequeño embarcadero de la Isla La Digue. Toda una odisea que concluía en aquel mismo instante y a la vez, el comienzo de una nueva aventura.

El calor le dio la bienvenida, lógico cuando la isla en cuestión se situaba en mitad del océano Índico, donde la temperatura media anual era de 28 grados, y una humedad aproximada al 80 %, conseguía que una fina pero pegajosa capa de sudor se adhiriese a su piel.

Se estaba asfixiando, y esa sensación aumentaba al ver como nadie parecía sufrir a su alrededor, provocándole una sensación de agobio por creer que era la única que realmente estaba sufriendo. De hecho, a punto estuvo de desvanecer al ver como un chico de gran musculatura y piel tostada cargaba sus dos maletas como si nada, como si fuese inmune al calor y a aquella sensación de estar respirando agua en vez de oxígeno. Para ella era una batalla.

Aunque eso no era lo peor. Lo peor era tener que detenerse a explicar con detalles lo que buscaba y cuál era su objetivo. Les había mostrado a tantas personas sus credenciales, que ya ni siquiera recordaba donde las tenía guardadas, y lo peor de todo es que casi todo el mundo se dirigía a ella en francés. Y Rachel Berry solo conocía dos palabras en aquel idioma; Bon apetit y mercy.

De lo único que realmente era consciente, es que después de quince horas de vuelo más dos en barco, había llegado por fin al paraíso. Porque aquel lugar se presentaba ante ella como el verdadero paraíso en la tierra. O al menos eso decían.

Aún trataba de acostumbrarse al resplandor que el sol producía sobre las cristalinas aguas del pequeño puerto donde su ferry lanzaba el ancla, dejándola prácticamente cegada cuando tocó tierra firme. Cerraba tanto los ojos tras las enormes gafas que los cubrían y que de poco servían, que ni siquiera se percató de la presencia de quien, por ella, esperaba pacientemente junto al puerto. Dispuesta a darle la bienvenida como una estrella, aunque de incognito, realmente merecía.

Supo que era a ella a quien esperaba porque pudo vislumbrar un pequeño cartel con su nombre entre las manos de la chica.

Era espigada, esbelta y lucía con bastante elegancia en mitad de un ir y venir de gente con pareos, sombreros y atuendos típicos de playa.

Un pequeño sombrero blanco cubría parte de su cabeza, aunque no lo suficiente como para evitar que su rostro no quedase perfectamente visible bajo él. Su pelo, largo y moreno, caía con algunas suaves ondas sobre la blusa blanca corporativa que tanto conjuntaba con la falda de un azul intenso.

—Señorita Berry —se apresuró en llamar su atención ante la incertidumbre de Rachel.

—¿Usted es…? —respondió observando como la chica ya esbozaba una enorme y forzada sonrisa al recibirla.

—Mi nombre es Spencer Hastings, trabajo para el Paradise Resort, estaba esperando su llegada —saludó con total y absoluta cordialidad.

—Oh… Perfecto. Me dijeron que alguien estaría esperándome. Aunque, discúlpame por el atrevimiento, pero también me avisaron de que debía cuidarme bastante y necesito ver sus…

—¿Mis credenciales? —interrumpió tras los enormes y pausados silencios que Rachel prolongaba.

—Eh… Sí. Si es tan amable, por favor.

—Aquí tiene —le mostró una pequeña tarjeta que colgaba de uno de los bolsillos que adornaban su blusa.

—Oh… Perfecto —sonrió tras comprobar brevemente los datos. Tampoco se fijó demasiado, porque sabía que, si aquella chica era una impostora, habría dudado al mostrarle los detalles de su carné de empleado. A Rachel no le interesaba en absoluto saber cuál era el apellido de aquella chica, ni el puesto que ocupaba en el hotel en el que iba a hospedarse. Lo único que le preocupaba era saber que realmente no le estaba mintiendo, y como buena actriz que era y conocedora de los mejores trucos para fingir gestos y estados, supo que no lo estaba haciendo gracias a la absoluta tranquilidad que mostró.

—¿Me acompaña?

—Claro, vamos… —No pudo terminar de expresarse cuando vio como la chica hacía un gesto hacia su derecha y de la nada aparecía un hombre de rasgos asiáticos, perfectamente uniformado con los mismos colores que vestía ella, y que rápidamente se hizo cargo de las dos maletas que portaba el chico del ferry.

Un breve saludo y la indicación de Spencer al hombre, fueron suficientes para poner rumbo hacia el que iba a ser su hogar durante 15 días.

Dos semanas en las que pretendía disfrutar como nunca lo había hecho. Exprimiendo cada segundo que se le iba a presentar en aquella isla a la que había llegado por pura casualidad, gracias a un regalo que no estaba dispuesta a desechar. Sobre todo, sabiendo de quien procedía y las intenciones con las que se lo hizo.

—Lo normal, lo lógico en estos casos, es que esto que yo estoy haciendo, lo hubiera hecho uno de los chicos que tenemos en nuestro resort. Pero sabiendo que era usted quien venía y las condiciones que se describen en el contrato de alojamiento, decidí ser yo quien se ocupase directamente de recibirla en la isla —explicó Spencer mientras conducía con soltura el pequeño boggie en el que trasportaba a la morena, que además de prestar atención a las palabras de la jefa de recepción, también permanecía atenta a como el hombre que se encargaba de sus maletas, conducía otro de aquellos particulares coches justo delante de ambas.

Probablemente era el mejor medio de transporte en un lugar como aquel. Según lo que había podido leer, aquella isla no contaba con más de 10 kilómetros cuadrados de superficie, y dada la cercanía del puerto con el complejo hotelero, era la mejor opción para trasladarse. Sin contar con las perfectas vistas que iba descubriendo a ambos lados de aquella angosta carretera. A su derecha, una frondosa selva que ascendía vertiginosamente por una colina, y conseguía regalar algo de sombra sobre el vástago camino que hacía las veces de carretera, y por el que apenas transcurrían transeúntes o vehículos. Y a su izquierda, el turquesa del océano bañando las blancas y finas arenas de las playas. Esas mismas playas que había podido contemplar en las tantas fotos que pudo ver para saber cómo era su destino de vacaciones. Y sí. Lo cierto es que allí, en vivo y en directo, aquel paisaje era tal y como las fotografías mostraban. El contraste era tan abrumador, que Rachel miraba a ambos lados dedicándole el mismo tiempo de admiración a los dos paraísos—. Además —prosiguió Spencer—, la mayoría de nuestros compañeros solo hablan en francés, y según me informaron, usted solo habla en inglés. ¿No es cierto?

—Ajám —respondió sin dejar de mirar a su alrededor.

—Bien, pues conmigo podrá estar en contacto continuamente. ¿De acuerdo? Estaré a su servicio el tiempo que sea necesario y cuando crea conveniente.

—¿Eres americana? —se interesó Rachel.

—Eh…sí, así es —dibujó media sonrisa—. Rosewood, Pennsylvania.

—Ah…Bien, entonces supongo que sabrá quién soy. ¿No es cierto?

—Pues…sí, claro que sé quién es —la miró de soslayo, sin dejar de prestar atención a la carretera.

—Ok, pues me viene muy bien que sepa quién soy, porque hay una serie de pautas que me gustaría que siguiese…Por el bien de ambas, ya sabes.

—Soy toda oídos.

—Privacidad. No puedo permitir que nadie sepa lo que hago o dejo de hacer, así que si alguien se mete en mi vida durante mi estancia en el hotel…

—Puede estar tranquila, señorita Berry —volvió a interrumpir el monologo de Rachel—. En el Paradise Resort estamos acostumbrados a recibir a grandes celebridades de todo el mundo, y le aseguro que nuestro personal está perfectamente preparado y cualificado para saber lo que debe y no debe hacer ante alguien como usted.

—Bien…bien —musitó conforme. Saber que la consideraban una celebridad mundial era algo que superaba sus expectativas, no obstante, su mayor logro había sido ser la protagonista absoluta de una de las mejores obras musicales de la historia durante 3 años, y la participación en una película junto a uno de los actores más famosos y guapos del mundo—. Me gusta que así sea.

—No se preocupe por eso, señorita Berry —insistió Spencer tras detener el boggie en un pequeño aparcamiento frente a la entrada principal del hotel—, aquí podrá disfrutar de todo lo que esta isla le puede ofrecer, y, por supuesto, lograr una privacidad absoluta —la invitó a que le acompañase, y Rachel lo hizo, siempre sin perder de vista sus maletas y al hombre que se encargaba de portarlas—. Nuestro mayor objetivo es que cada cliente que se hospeda con nosotros, desee volver lo antes posible —sonrió invitándola a entrar al hotel—. Bienvenida al Paradise Resort and Spa

Un amplio salón aparecía ante ellas tras unas puertas de cristal que se abrían y cerraban con la sola presencia de ambas. No era muy lujoso, como solían ser los hoteles a los que había tenido oportunidad de visitar en Nueva York, Londres, París o Los Ángeles. La decoración distaba mucho de lo que debía ser un hotel de cinco estrellas. Sin embargo, dadas las circunstancias y la localización de este, no podía exigir otra cosa que no fuese lo que sus ojos veían.

El blanco inmaculado de las escasas paredes que existían, contrarrestaba con un suelo de madera que brillaba con cada paso que daban hacia el mostrador de recepción, y el techo de vigas del mismo color. Un mobiliario de palma típicamente de una zona paradisiaca como aquella, y los enormes ventanales con vistas al mar y a la frondosa vegetación que rodeaba el complejo.

Rachel dudó en quitarse las gafas. El resplandor cegador del exterior, casi se trasladaba al interior de aquel amplio salón, pero terminó haciéndolo por pura educación.

Fue en ese instante cuando sus ojos consiguieron adaptarse a la luz de aquel lugar, y pudo descubrir que todo era mucho más brillante de lo que parecía tras los cristales tintados de sus gafas.

—Acompáñeme hasta recepción —le indicó Spencer tras dar algunas órdenes al hombre que llevaba las maletas, y Rachel no tardó en seguir sus pasos hacia un mostrador que aparecía justo hacia su derecha—. Tiene a su disposición cualquier guía de nuestro hotel para que pueda orientarse con suma facilidad si lo desea. O bien, no tiene más que preguntarnos a mí, o a algunos de mis compañeros cuando le surjan dudas, y estaremos encantados de ayudarle. Su apartamento está situado en la zona privada, por lo que el acceso al mismo solo estará reservado a usted, y al personal de nuestras instalaciones. Nadie que no esté autorizado podrá acceder a dicha zona, por lo que su privacidad está más que garantizada —siguió explicando mientras se colocaba tras el mostrador y sacaba una pequeña carpeta con algunos papeles en el interior. Rachel se limitaba a tratar de prestarle atención y seguir al pie cada palabra que decía, sin embargo, su mirada no lograba centrarse en la chica y divagaba por el resto del salón. Un par de turistas aparecían sentados en uno de los curiosos sillones de palma que se distribuían por la zona de la izquierda. Varios botones entraban y salían del hotel, mientras que una chica más, aparte de Spencer, se mantenía ajena a todo centrándose en la pantalla de un ordenador, justo en el mostrador de recepción—. El restaurante está abierto de 6 de la mañana hasta las 22 horas de la noche, sin embargo, usted cuenta con cocina perfectamente adecuada en su apartamento, por lo que, si lo desea, el desayuno, la comida o la cena, puede tomarla allí. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

—El servicio de limpieza pasará cuando usted lo crea conveniente —siguió con la explicación—, y según las especificaciones de su reserva, le informo que el monitor y guía que ha solicitado estará disponible a cualquier hora del día. Eso sí, le aconsejo que se reúna con él antes de preparar la agenda, porque por norma general ya tienen un listado de actividades organizadas, y puede que alguna no sea de su agrado o no esté…

—Un momento…para —la interrumpió antes de que terminara de explicar aquel punto.

—Sí, dígame señorita Berry.

—¿Ha dicho monitor? ¿Él?

—Eh…sí —respondió un tanto desconcertada—. Usted pidió un guía para realizar todas las actividades que se pueden organizar en esta isla. ¿No es cierto?

—Sí, así es…Pero…

—Mire…Precisamente ahí está —señaló justo a su espalda y Rachel no dudó en buscar con la mirada a quien iba a regalarle una estancia llena de aventuras —. Adam por favor, ¿puedes venir?

El desconcierto de Rachel contrarrestaba con la enorme sonrisa que el chico esbozó al recibir la petición de su compañera, y tras despedirse de dos chicas más que le acompañaban, se acercó al mostrador.

—¿Adam? —musitó Rachel volviendo a dirigir la mirada hacia Spencer.

—Él será tu guía y el monitor de actividades, tal y como usted ha pedido en…

—No, no —volvió a interrumpirla tras mirar de soslayo al chico—, disculpé, pero debe de haber un error… Yo no pedí un monitor…chico.

—¿Cómo? —cuestionó confusa Spencer. La misma confusión que se apoderó del chico tras ver el gesto desconfiado de Rachel.

—Lo siento —le dijo a Adam con un gesto de disculpa dibujando su rostro—, no es nada personal contra usted, pero me gustaría poder hablar con ella…A solas.

—Eh…Claro —respondió el chico desconcertado al tiempo que recibía la misma mirada por parte de su compañera, y optaba por regresar junto a las dos chicas que se habían quedado rezagadas.

—¿Algún problema? —preguntó Spencer tras volver a quedarse a solas con Rachel. La morena volvió a mirar de reojo a Adam, y por ende a las dos chicas que empezaban a intimidarla con la mirada, o al menos eso sentía.

—Señorita Hastings —musitó inclinándose sobre el mostrador—, yo pedí que fuese una chica —susurró bajando el volumen de su voz—, no un chico.

—¿Una chica? —balbuceó sin comprender el motivo que la llevaba a hacer aquel tipo de distinción.

—Sí, una chica —repitió—. Sé que puede resultar extraño e incluso injusto e imparcial, pero tengo mis motivos, y por ello especifiqué que debía ser una chica.

—Ok, eh…Le entiendo —respondió sin saber muy bien cómo actuar.

—¿No hay más guías en el hotel aparte de ese chico? —volvió a desviar la mirada hacia Adam, que seguía inmerso en su conversación con las dos chicas.

—Sí, sí claro, pero le asignamos a Adam porque consideramos que sería perfecto para lo que usted desea. Él lleva aquí cinco años, y es todo un profesional. Queríamos lo mejor para usted.

—Pues no, no lo es… No digo que él no sea lo mejor, sino que no es lo que yo quiero.

—De acuerdo…De acuerdo —no permitió que Rachel aumentara sus quejas a un nivel más complicado de lidiar, y con una forzada sonrisa trató de tranquilizarla—. Hagamos una cosa, señorita Berry, le pediré a uno de nuestros mozos de equipaje que le acompañe a su apartamento para que pueda acomodarse y relajarse, mientras yo me encargo de contactar con una de nuestras monitoras. ¿De acuerdo?

—Me parece la mejor opción posible —sonrió Rachel, y eso fue lo último que le dijo a Spencer antes de ver como la chica ya pedía a uno de los empleados que se acercara y tomase las maletas, que aún mantenía a buen recaudo el conductor del boggie que las había trasladado hasta allí.

Con una cordialidad absoluta, aquel chico que ahora portaba sus maletas, probablemente de orígenes africanos por sus rasgos físicos, invitaba a Rachel a que siguiese sus pasos a través de uno de los pasillos que salían justo desde la zona frontal del hall de recepción. Unos pasillos que seguían ofreciéndole impresionantes vistas a través de los enormes ventanales, y de lo que según pudo intuir Rachel, formaban parte de los jardines traseros de aquel complejo.

Casi 200 metros después de aquel largo pasillo, el chico se detenía frente a una puerta que ostentaba el número 100, el mismo número que marcaba la tarjeta que Rachel tenía entre sus manos y que servían de llaves.

Si le había llamado la atención la particular decoración del hall de recepción, y los exuberantes pasillos desde donde podía observar con total nitidez la frondosa vegetación de los jardines, era porque no había visto en vivo la que iba a ser su casa durante aquellos días de vacaciones.

Blanco inmaculado.

Paredes, techos y suelo de un blanco que resplandecía con la luz procedente de dos enormes puertas de cristal que aparecían en el frontal. Mesas, sillas, sofá, lámparas y una exquisita decoración del ya típico color de la palma, como la de los sillones que había podido contemplar en el vestíbulo de recepción. La única diferencia es que aquellas sillas y mesas eran de madera completamente maciza. Su habitación no distaba mucho del resto del salón. Una cama japonesa hizo las delicias de Rachel nada más contemplarla, aunque lo que más le llamó la atención fue descubrir como en aquella habitación, también existía un enorme ventanal con unas impresionantes vistas a la playa. De hecho, juró creer que desde allí podría acceder a la misma sin tener que salir del apartamento. Y no estaba equivocada.

Uno de los lujosos detalles de aquel apartamento, era poder disponer de parte de la playa privada del complejo y tener un acceso directo a la misma desde allí, con la seguridad de saber que nadie ajeno al lugar podría llegar hasta ella por aquella zona.

Ver la cama con todo perfectamente acomodado a su alrededor, y la tranquilidad y paz que le transmitían la luz del atardecer, que ya se adentraba en el interior de la habitación, le recordó que llevaba casi 24 horas sin dormir, y que el desfase horario empezaba a castigar su cuerpo.

La imperiosa necesidad por descansar en aquel confortable colchón se hacía tan intensa, que incluso la llevó a no percatarse de la presencia de un jacuzzi en uno de los anexos a la habitación, y mucho menos a saber que el pobre cargador de maletas esperaba impaciente en la puerta.

—Si no desea nada más, me marcharé para que se acomode en su estancia —dijo el chico con un forzado inglés que apenas entendió la morena. Solo por el gesto de su rostro supo que estaba esperando su aceptación para retirarse y probablemente algún tipo de propina que Rachel no tardó en entregarle con la mejor de las sonrisas. La mejor que podía esbozar a pesar del cansancio.

—Muchas gracias, señorita —agradeció el chico con varias reverencias—, si desea algo más, póngase en contacto con recepción.

—De acuerdo, muchas gracias a ti —volvió a sonreír.

—Que tenga buena estancia —dijo el chico tras aceptar los 20 dólares de propina y abandonar el apartamento, dejándola sumida en una absoluta y total tranquilidad.

Tras un nuevo repaso a todas las estancias de la casa y descubrir que contaba con aquel acceso a la playa el salón principal, Rachel decidió que deshacer las maletas en aquel momento, iba a suponer un desgaste innecesario de tiempo, y que lo mejor que podía hacer era dormir. Dormir hasta que su cuerpo y su mente volviesen a reactivarse y dejar atrás el cansancio. Además, ya había podido comer algo cuando arribaron a la isla principal, por lo que la única necesidad que se hacía latente en su cuerpo era el de poder descansar. Sin embargo, supo que la humedad del ambiente y el calor iban a pasarle factura si quería disfrutar de aquella cama como deseaba, y descubrir el jacuzzi a un par de metros de esta, era demasiado tentador como para dejar pasar la oportunidad de lograr que su descanso fuese absoluto.

No, no estaba equivocada.

Llenar aquella bañera e introducirse en ella mientras contemplaba como el sol empezaba a descender por el horizonte y los reflejos bañaban la orilla de la playa, fue la mejor decisión que había tomado en todo el día. Sentir como sus piernas se relajaban con varios chorros de agua que ascendían desde el fondo, y como su cabeza encontraba el lugar adecuado para apoyarse, consiguió lograr que su cuerpo entrase en un estado de absoluta relajación. Y un silencio embaucador, roto solo por el burbujeo incesante del agua y el inconfundible y agradable aroma que desprendían las sales minerales.

Había creado un ambiente tan embriagador que a punto estuvo de quedarse dormida allí misma si el sonido de la puerta no la hubiese molestado. Y menos mal que sucedió así. Dormirse en un jacuzzi no era algo recomendado.

La insistencia de los golpes logró que la extrema relajación se esfumara de su cuerpo casi 15 minutos después de introducirse en la bañera, y los nervios por acaparar una de las tantas toallas que adornaban el baño fuese toda una odisea. Por suerte, su agilidad le permitió cubrirse lo suficiente como para poder al menos atender a quien osaba interrumpirla en las primeras horas de estadía en aquel paraíso.

Y Spencer no perdía la paciencia tras la tardanza de Rachel por abrir la puerta. De hecho, mantenía una extraña sonrisa que empezaba a impacientar a su compañera.

—¿Me vas a decir a quien me va a tocar aguantar durante estos días, y que tan importante es como para que me hagas salir de mis clases se snorkel?

—Una famosa de esas que se creen más de lo que son —susurró evitando que su voz pudiese traspasar la puerta.

—Mmm… ¿Quién? Dime su nombre —insistió.

—Ahora lo verás…Aunque igual no sabes ni quien es, tampoco es que se le conozca demasiado lejos de Broadway.

—¿Broadway? —cuestionó extrañada— ¿Es una actriz de Broadway?

—Sí, bueno ahora creo que está intentando hacer cosas en Hollywood, pero dudo que lo consiga —se burló Spencer—. No es tan guapa ni creo que valga para algo así. Supongo que el papel de bruja en Wicked le va mejor.

—¿Bruja? ¿Wicked? —repitió notando como los nervios se habían apoderado de ella, y la tensión conseguía hacerla actuar de una manera casi amenazante con su compañera— ¿No me digas que es…? —no pudo terminar la pregunta porque sus ojos se posaron directamente sobre la puerta que ya se abría, y permitía observar a quien Spencer ya le regalaba una sonrisa con un halo de disculpa— ¡Oh dios!

—Oh dios —Rachel repitió lo mismo al descubrirla junto a Spencer.

—Disculpe, señorita Berry, veo que estaba ocupada y no le voy a molestar demasiado, solo…

—¡Rachel!

—¿Quinn? —cuestionó la morena tras varios segundos de total y absoluta confusión observando el rostro perplejo de su amiga frente a ella— ¿Eres tú?

—¿Os conocéis? —cuestionó Spencer incrédula, pero ver como Quinn se llevaba las manos a la cabeza, presa de la sorpresa, y como Rachel ni siquiera la escuchaba a ella y mantenía el mismo gesto sorpresivo que su compañera, le fue suficiente para responder a su propia pregunta— Ok…Veo que sí.

—¿Qué haces aquí? —reaccionó Rachel sin saber muy bien cómo actuar.

—Trabajo… Trabajo aquí —balbuceó Quinn—. ¿Qué haces tú aquí?

—Yo…pues…estoy, estoy de vacaciones —tartamudeó presa de los nervios que se habían apoderado de ella.

—Eh…Disculpadme —interrumpió Spencer—, no puedo estar mucho tiempo aquí, tengo trabajo que atender…Señorita Berry, ella es Quinn Fabray, aunque ya la conozca —trató de recomponerse tras la confusión—, va a ser su guía y monitora de actividades.

—¿Tú? —preguntó Rachel con un tono más de incredulidad que de cuestión en sí.

—Eh…Pues por lo visto sí —sonrió Quinn por primera vez—. No tenía ni idea de que fueses tú.

—Yo tampoco de que tu estuvieras aquí.

—Perfecto, supongo que es el mejor plan —volvió a hablar Spencer—. Visto que os conocéis y no es necesario que sea intermediaria, os dejo para que tratéis del planning de las actividades. ¿De acuerdo?

—Eh…Sí, sí gracias Spencer —reaccionó Quinn tras ver extraña situación que parecía vivir su compañera.

Era complicado mantener la profesionalidad cuando se daba ese tipo de situaciones, y aunque podía pensar que estaba entre conocidas, nunca debía caer en la comodidad que suponía un encuentro así. Estaba frente a su jefa y no iba a saltarse el protocolo.

—Si necesita algo —volvió la mirada a Rachel—, solo tiene que llamar a recepción. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió sin poder apartar la mirada de Quinn—. Muchas gracias por todo.

—Gracias a usted —sonrió con amabilidad—, y disculpe las molestias.

Molestias.

No había otra palabra para describir lo que supuestamente habían hecho ella y Quinn, tras ver como Rachel se personaba tras la puerta con una simple toalla cubriendo su cuerpo, y el pelo recogido en un moño en lo alto de su cabeza. Y fue lo último que Spencer dijo antes de dejarlas a solas en mitad de aquel pasillo, que rápidamente iba a abandonar tras obedecer la orden de la morena para que se adentrase en el apartamento.

—No me lo puedo creer —balbuceó volviendo a mirarla ya en el interior de este —. Quinn Fabray —musitó como si aquello fuese a entregarle el plus de credibilidad que necesitaba para saber que era real, y no una somnolienta cabezada en el interior del jacuzzi.

—Rachel Berry —habló Quinn con la misma expresión de sorpresa dibujando su rostro, y una sonrisa que empezaba a contagiar a la morena—. ¿Qué diablos haces aquí?

—Sinceramente… —sonrió para sí misma— No tengo ni idea. No…no lo recuerdo.

—Pues empieza a pensar, porque me vas a tener que explicar algunas cosas —respondió contagiándose de la risa nerviosa de la morena.

—Lo haré, pero antes… —se miró a sí misma—, sé que no estoy en condiciones para hacerlo, pero…

—Vamos Rachel. Sé que estás deseándolo —la interrumpió Quinn ofreciéndole los brazos—, puedes abrazarme.