Capítulo 2
—No, no me lo puedo creer. ¿De verdad estás trabajando aquí?
—Sí, sí, claro que sí —sonrió aún con el gesto de sorpresa ocupando gran parte de su rostro.
—Dios…Si había alguien a quien jamás imaginé que pudiese encontrarme en un lugar como éste, sería a ti —sentenció Rachel tras invitar a Quinn a que tomase asiento.
No sabían exactamente cuantos minutos había durado aquel abrazo en el que ambas se fundieron tras el inesperado encuentro. Lo cierto es que hacía tanto tiempo que no se veían en persona, que tuvieron que ocupar ese momento en el que se abrazaban para cerciorarse de que era real, de que volvían a verse y lo hacían en aquella recóndita isla en mitad el océano Índico. Al otro lado del mundo del que ellas procedían y en unas circunstancias completamente surrealistas.
—Bueno, yo tampoco esperaba encontrarte precisamente a ti aquí…De hecho, resulta completamente loco —movió la cabeza con un divertido gesto—. ¿Cómo has llegado hasta esta isla?
—Pues…Estoy de vacaciones —respondió Rachel tomando asiento sobre el reposabrazos del sofá. Quinn había ocupado una de las sillas que quedaban frente al mismo y seguía sin perder detalle de la morena—. Quinn…estás…estás muy cambiada. ¿Cómo has llegado tú hasta aquí?
—Bueno —se miró a sí misma para recordar que vestía una simple camiseta con el logo del hotel y un par de shorts—. Llegué por pura casualidad. Estuve en París tras licenciarme y conocí a Spencer. Ella ya estaba trabajando aquí, y me dijo que viniese a conocer esto y mira, al final decidí quedarme —respondió sonriente—. Y respecto a mi cambio…Bueno, supongo que vivir aquí hace que te tomes la vida de una manera más…relajada.
—Dios. No, no tenía ni idea Quinn, yo pensaba que estabas en París. Santana me lo comentó en alguna ocasión, pero no me dijo nada de esto. Es…es muy extraño.
—Lo es —musitó segundos antes de que el silencio se apoderara de ambas. Un silencio de esos en los que, aunque tienes miles de preguntas que se amontonan en la cabeza, y quieres formularlas hasta saciar tu curiosidad, no consigues romper, porque no eres capaz de ordenarlas de forma que resulten coherentes para un ser humano—. Tú, tú también estás muy cambiada —reaccionó tras observar como la vestimenta de la morena seguía siendo una simple toalla.
—Oh…dios, discúlpame —se excusó tras ser consciente y rápidamente se puso de pie—, dame unos minutos para que me vista y hablamos largo y tendido… ¿De acuerdo?
—Eh…No, no es necesario —trató de detenerla segundos antes de que Rachel se adentrara en su habitación con suma rapidez.
—Estoy desnuda Quinn, no es correcto que te reciba así.
—Sí, bueno…Pero tengo cosas que hacer y no puedo retrasarme. Oficialmente estoy en mi jornada laboral —sonrió al tiempo que optaba por seguir sus pasos y detenerse justo al lado de la puerta que daba acceso a la habitación—. He venido porque Spencer me ha dicho que un cliente necesitaba una guía que fuese chica…Y bueno, me ha llamado a mí. Solo venía a conocerte, supuestamente, claro.
—Ah…bueno, pero, de todas formas, es mejor que me vista —se excusó desde el interior, buscando algo de ropa en una de las dos enormes maletas que yacían en el suelo de la habitación—, aunque si es cierto que tengo que hablar contigo. Si es que vas a trabajar conmigo, claro.
—¿Estás de acuerdo con que sea tu guía? —cuestionó sin poder lanzar una fugaz mirada hacia el interior de la habitación, y descubrir como Rachel, ya procedía a colocarse una fina camiseta sin mangas que prácticamente le cubría hasta los muslos.
—Claro…Quiero decir, si te dedicas a eso, estaré encantada —respondió tras deshacerse por completo de la toalla y ponerse las braguitas. Ese pequeño detalle no pasó por alto para Quinn, que ya volvía a tratar de centrar su mirada en el resto del salón.
—Entonces mañana hablamos largo y tendido. Esta noche organizaré un planning para poder llevarlo a cabo y mañana…
—Espera…espera —la detuvo regresando al salón, y sorprendiéndose por encontrársela junto a la puerta.
—¿Qué…qué ocurre?
—Eh…Bueno —se removió un tanto inquieta—, no sé si sabes que tengo una serie de peticiones formuladas al hotel, y que me gustaría poder llevar a cabo todas y cada una de ellas.
—Sí, lo sé. Spencer me informó de que quieres hacer todas las actividades que se puedan realizar en la isla, y también que la privacidad tiene que ser absoluta. ¿No es cierto?
—Sí, así es. No quiero perder ni un solo segundo de mi estancia en este lugar. Quiero vivirlo todo y que me dejen vivirlo.
—Perfecto —sonrió satisfecha—, yo te ayudaré a que puedas hacerlo.
—¿De veras? —se mostró incrédula.
—¿Conoces a alguien más en esta isla en quien confiar? —cuestionó divertida.
—Pues…La verdad es que no. Hace dos horas que he llegado y no me ha dado tiempo a conocer relativamente a nadie. Solo a esa chica, Spencer. Y la verdad, hay algo que no me gusta de ella.
La sonrisa y el gesto cómplice de Quinn convencieron a Rachel de que había utilizado el tono perfecto para que aquella pequeña broma, no resultase incomoda. No la situaba en una buena posición hacerle creer que nada más llegar, ya había empezado a prejuzgar a quien se suponía debía ser una buena amiga de Quinn. Mejor utilizar el humor para poder desenvolverse con una mayor naturalidad, y no terminar ofendiendo a nadie.
—Entonces no te va a quedar más remedio que confiar en mí —le guiñó el ojo, gesto que desconcertó y desestabilizó un poco a Rachel. Si sus cálculos no fallaban, era la primera vez en toda su vida que recibía un guiño de ojos por parte de Quinn Fabray—. Esta noche organizaré el planning y mañana te lo mostraré. O mejor no, mejor me lo guardo y te sorprendo. Creo que es más divertido así.
—¿Cómo que te lo guardas y me sorprendes?
—No hay nada mejor que descubrir una isla como ésta sin saber lo que te vas a encontrar —volvió a sonreír—. Así me la enseñaron a mi. Y ya que tengo oportunidad de trabajar con alguien con quien no tengo que seguir el protocolo al pie de la letra, haré que tú también lo vivas como yo.
—No…No entiendo muy bien a qué te refieres, Quinn —musitó tras quedarse pensativa durante varios segundos, tratando de saber a qué tipo de descubrimientos hacía mención, y qué tenía que ver el protocolo con ello—. Acabo de salir del jacuzzi y te aseguro que estaba a punto de quedarme dormida. Es imposible que consiga entender lo que me estás tratando de decir, si no me lo explicas con más detalles.
—No te preocupes —se acercó a ella con total y absoluta confianza—, mañana lo entenderás mejor. Esta noche será mejor que aproveches para descansar. Lo vas a necesitar.
—Bueno, quizás tengas razón. Empiezo a tener los primeros resquicios del Jet lag, y si no fuera por la emoción que me ha producido verte y encontrarte aquí, apuesto a que ahora mismo estaría ahí…Dormida —señaló hacia el sofá.
—Pues no te molesto más y dejo que descanses —se mostró complacida.
—No, no me molestas Quinn, lo cierto es que sigo un tanto…Sorprendida. Es…es demasiado surrealista. ¿He muerto en el viaje?
—¿Qué? ¿Qué dices, Rachel?
—Dime que mi avión no se ha caído en mitad del océano, y estoy viviendo en el limbo. Y mi subconsciente te ha traído hasta aquí, porque hace mucho tiempo que no sabía nada de ti…
—Rachel, Rachel —la interrumpió sin poder evitar sonreír—. Me temo que el jet lag está afectándote ya de lleno. Tranquila, estás muy viva. Y todo esto es muy real.
—Pero… ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos?
—Mucho —sonrió volviendo a detenerse frente a ella—. La última vez que te vi fue en la fiesta de cumpleaños de Santana. ¿Lo recuerdas?
—Sí, claro que lo recuerdo… —respondió con un halo de nostalgia reflejada en su rostro.
—Pero yo a ti si te he visto más veces…En la televisión, en internet —dejó escapar una sonrisa—. Eres toda una celebridad.
—Que va —murmuró ruborizada—, en realidad aparento ser más diva de lo que realmente soy.
—Bueno, pero eso no es nada nuevo en ti —masculló divertida. Y la broma llegó de la misma manera a Rachel, que tras el rubor que le supuso ser reconocida como una celebridad por Quinn, no pudo evitar desviar la mirada hacia el suelo, y mostrarse con una timidez inusual en ella—. ¿Rachel Berry ruborizada?
—Eh…no, no, claro que no —masculló tratando de mantener o, mejor dicho, recuperar una compostura que aún no sabía dónde había perdido.
Ver como frente a ella estaba Quinn, su compañera de instituto, su "amiga" o como quisiera que llamasen a aquella relación que se había creado entre ellas con el paso de los años, y que se vio interrumpida por la distancia que el destino las llevó a crear entre ambas, seguía siendo tan abrumador como lo era cuando apenas eran unas adolescentes.
Rachel había madurado, por supuesto. 27 años era una edad más que suficiente para no dejarse acobardar por nada ni nadie. Sobre todo, siendo toda una actriz que trabajaba en Broadway, y que había empezado a dar sus primeros pasos en Hollywood. Pero Quinn seguía siendo Quinn Fabray, y ante ella, no había ego suficiente que no la hiciese titubear cada vez que recibía una simple mirada de la rubia.
—Pues lo parece. Eres toda una celebridad —volvió a remarcar Quinn con algo de diversión—. De hecho, todo el personal del hotel llevaba varios días pendientes de quien era la estrella de Hollywood que iba a venir a pasar sus vacaciones.
—No seas exagerada —le recriminó tras tomar una gran bocanada de aire—. Y si eso es cierto, me temo que voy a poner una queja en la recepción.
—¿Por qué?
—Porque se supone que iban a mantener mi privacidad —replicó caminando hacia el sofá.
—Y lo han hecho —respondió Quinn siguiéndola con la mirada—. Todo el mundo sabía que venía alguien que había exigido muchas cosas, pero no quien concretamente. De hecho, yo no sabía absolutamente nada hasta que te he visto tras la puerta.
—¿No te lo ha comentado esa recepcionista?
—Pues no. Hace una hora estaba practicando snorkel, y de pronto he recibido una llamada de Spencer, obligándome a venir rápidamente al hotel porque la estrella de Hollywood requería la presencia de una guía que fuese mujer, y no del pobre de Adam —sonrió divertida—. No me ha dicho quien eras.
—Pues que divertida es Spencer —musitó un tanto molesta—. Yo no he exigido la presencia de nadie. De hecho, ha sido ella la que ha cometido el error al no leer bien mi petición. Y ha sido ella la que me pidió que me hospedase en mi apartamento, porque ya se iba a encargar de solucionar lo de ese chico. No soy tan excéntrica como para pedirle que te trajese rápido a mi habitación.
—Lo sé, Rachel —dijo con serenidad, tratando de evitar que el malestar de la morena aumentase por una estúpida confusión de papeles—. Sé que no has exigido mi presencia aquí, ahora…Ha sido idea de Spencer para que te quedases tranquila. Ella se preocupa mucho por dejar buena imagen en los clientes, y contigo no va a ser menos.
—Ya…Supongo que después de lo que cuesta quedarse aquí, que menos que recibir buena atención. ¿No crees?
—Cierto —se mostró curiosa—, otra cosa más que me ha sorprendido al verte aquí. Te deben de ir muy bien las cosas para permitirte todo esto. ¿No es cierto?
—No te equivoques —dibujó una triunfante sonrisa—, yo no pago absolutamente nada de esto. Digamos que forma parte de un regalo.
—¿Un regalo? ¿Quién te hace este tipo de regalos? —cuestionó sorprendida.
—Mi…novio —musitó fijando la mirada directamente en los ojos de Quinn, tratando de percibir la reacción, y saber si había algo que no conocía de su vida pública.
—¿Tu novio? —balbuceó— ¿Jesse?
—Veo que estás enterada también de mi vida personal, aparte de lo profesional —esgrimió Rachel con algo de pesadumbre en sus palabras. Por un instante deseó que Quinn no conociera aquel pequeño detalle de su vida, aunque lo cierto es que su única intención era dar a conocer su perfecto romance con el supuesto amor de su vida.
—Todo el mundo habla de Rachel Berry y Jesse St. James —respondió Quinn desganada—. Es lógico que conozca ese detalle si la prensa se dedica a publicar fotos y más fotos de la parejita de moda. Y no me extraña que sea él… Ese chico te ha traído siempre de cabeza —bromeó—. Lo que realmente me extraña es ver que tu novio te regala un viaje y una estancia de…
—15 días.
—15 días en un hotel de lujo en mitad del océano Índico, y a él no lo veo por ningún lado —miró a su alrededor.
—Veo que tampoco se te escapa ese detalle —se levantó sonriente del sofá.
—¿Has venido completamente sola?
—¿Ves a alguien más aquí? —se posicionó frente a ella.
—Pues aparte de yo y del atrapamoscas negro del paraíso que canta en el acceso a la playa, no…no veo a nadie más. Pero siempre es posible que lleguen en los siguientes días.
—¿Atrapa qué? —cuestionó lanzando una mirada hacia la puerta de cristal.
—Tranquila…Solo es un pájaro —sonrió.
—Ah…Me, me habías asustado —volvió a dirigir la mirada hacia ella.
—Entonces… ¿No vienes acompañada? —insistió tras la pequeña broma.
—Pues no —resopló un tanto frustrada—. Nadie vendrá en los siguientes días a hacerme compañía. Excepto tú, claro está. Porque ya que estas aquí y ya que me vas a mostrar la isla, guardo la esperanza de que quieras acompañarme en cualquier otra ocasión.
—¿Y dónde está Jesse? —insistió en el chico ignorando la petición de compañía.
—Pues si mis cálculos no fallan, y no me han mentido, estará en Las Maldivas.
—¿En las Maldivas? —cuestionó desconcertada— No…no entiendo. ¿Tú estás aquí porque él te ha regalado este viaje, y él está en las Maldivas? ¿Ocurre algo?
—Es una larga historia —sonrió satisfecha—. Supongo que tendremos tiempo de hablarlo en otro momento, ahora me preocupa más lo que tienes pensado para mí durante estos días.
—Ok…Ok —trató de no prestarle demasiada atención a la curiosidad que Rachel se encargaba de aumentar con aquel tema.
Para Quinn no era nada nuevo saber que Rachel tenía novio oficial. Lo había podido comprobar en multitud de reportajes que habían ido apareciendo en notas de prensa, en revistas de famosos y demás medios que trataban ese tipo de publicaciones. Todo el mundo que conocía a Rachel Berry sabía que mantenía una relación con otro actor de Hollywood, y ex compañero de ambas en el instituto, Jesse St. James. Y que ambos habían paseado su amor por muchos lugares, donde siempre había un par de paparazis para inmortalizarlos en multitud de imágenes.
Y, a decir verdad, tampoco era algo que le extrañase.
Quinn había sido testigo desde la adolescencia, de cómo la atracción siempre había existido entre Rachel y aquel chico dispuesto a todo por tal de triunfar. Sabía que no era el más adecuado para alguien como Rachel, que, a pesar de tantos desencuentros con ella, merecía a alguien especial a su lado. Pero también era consciente de que no había otro chico mejor que pudiese aportarle ese halo de celebridad que la morena había estado ansiando durante toda su vida.
Si quería popularidad, aparte de ser una gran profesional, nada mejor que aparecer en todos los tabloides con Jesse St-James de la mano.
—Será mejor que me marche y te deje descansar —se excusó Quinn tras notar como Rachel no pudo evitar aguantar un leve bostezo.
—No te lo voy a impedir, porque supongo que tendrás que trabajar —intervino tras ver como la rubia ya dirigía sus pasos hacia la salida—, pero no te quepa duda de que me encanta verte aquí y… Verte de nuevo es, es genial.
—Yo también me alegro de volver a verte, Rachel —respondió con sinceridad—. Va a ser divertido.
—Eso espero —musitó complacida por la honesta sonrisa que Quinn le regalaba y que tan confortable le hacía sentir—. Estoy muy lejos de mi casa, y saber que aquí hay alguien cercano…Es una muy buena noticia.
—Tranquila —se detuvo junto a la puerta—, haré lo posible porque te sientas como en Nueva York. O incluso mejor.
—Pues habrás superado todas mis expectativas si logras eso. Apenas llevo dos días lejos de Manhattan, y ya empiezo a echar de menos el color del cielo.
—Hey…hey —la interrumpió—, es cierto que Nueva York es impresionante, pero no me podrás negar que eso no es insuperable —señaló hacia las cristaleras desde donde ya se podía ver la puesta del sol tras el horizonte del océano, logrando que el cielo se tiñera de un intenso y anaranjado tono que sorprendió a la morena. Tanto que incluso perdió la noción del tiempo, y permaneció por varios minutos contemplándolo sin más. Ambas lo hicieron.
Quinn no se quedó atrás, y ni siquiera prestó atención a como el tiempo pasaba y la hora de regresar a su trabajo la obligaba a salir de allí lo más rápido posible. Era imposible reaccionar cuando centrabas toda la atención en ver como el sol desaparecía tras el inmenso océano, y los reflejos de aquellos últimos rayos incidían de lleno sobre ellas.
—No, realmente es insuperable —susurró Rachel tras presenciar el último punto de luz que desprendía el sol.
—Pues…Eso no es nada —respondió Quinn tras recuperar la compostura—. Te aseguro que los vas a ver mucho más espectaculares.
—¿Me los vas a enseñar tú?
—Por supuesto —sonrió satisfecha—, ese es mi trabajo.
—Bien… —musitó segundos antes de vaciar sus pulmones con un leve suspiro—, Estoy deseando empezar a disfrutar. Por cierto —hizo una breve pausa—, hay algo que quiero decirte y que tengas en cuenta.
—Dime…
—Es muy probable que, si hacemos alguna actividad que no entre dentro de mis planes, me queje continuamente, e incluso te pida que no lo hagamos.
—Ok, no hay problema, haremos lo que tú…
—No, no —la interrumpió—, de eso trata lo que quiero decirte. Si ves que me niego, que no quiero hacer algo…Ignórame.
—¿Cómo?
—Quinn, si estoy aquí es para disfrutar al máximo y vivir aventuras, no para estar tumbada en una hamaca tomando el sol…Así que, si ves que no quiero hacer algo que tengas preparado, tú simplemente me ignoras y me obligas. En el momento en el que me insistas varias veces, yo recordaré el motivo y aceptaré. ¿De acuerdo?
—Eh…Ok, si es lo que quieres.
—No pienso perder el tiempo. He venido para vivir y demostrarme que puedo disfrutar de todo.
—Perfecto entonces…Pero si quieres que eso suceda, será mejor te vayas a dormir —respondió Quinn abriendo la puerta—. Mañana al amanecer pasaré a recogerte para empezar con nuestro planning.
—¿Al amanecer?
—Sí. Vamos a ir a un lugar y tiene que ser al amanecer, así que procura descansar mucho, y estar perfecta para entonces.
—Quinn, llevo toda mi vida despertando a las 6 de la mañana, no es un sacrificio para mí —dijo orgullosa.
—Mejor para ambas —sonrió—. Me marcho. Que tengas una buena noche.
—Gracias, Quinn. Y de nuevo, me, me alegro mucho de volver a verte.
—Yo también —volvió a guiñarle el ojo, y por segunda vez, Rachel se quedaba completamente enmudecida tras percibir el gesto. Tanto que se limitó a sonreír como lo había estado haciendo desde que Quinn entró en su apartamento, y permitió que se marchara sin más, sin ninguna palabra de despedida por parte de ella, más que aquel gesto de agradecimiento.
Y de la misma forma se perdió por el largo pasillo Quinn.
Aún con la sensación de vivir una completa y surrealista situación, no conseguía asimilar que Rachel, la misma Rachel Berry que un día vio volar hacia el estrellato, y que ya pensaba que jamás volvería a ver como aquella chica con la que siempre mantuvo una extraña relación de odio y amistad, volvía a aparecer en su vida. Y lo hacía en el lugar más recóndito de la tierra. En la isla donde decidió vivir para lograr encontrarse a sí misma.
En el mismísimo paraíso.
