Capítulo 3

Día 2

Un par de tostadas, mermelada, dos piezas de fruta, una jarra de zumo natural, agua y café.

Quinn miraba la pequeña bandeja que transportaba en uno de los típicos carritos que llevaban los chicos del servicio de habitaciones, y se aseguraba que todo lo que iba allí, era del gusto de Rachel. Al menos de la Rachel que ella recordaba.

Si seguía siendo vegetariana, iba a agradecer que el desayuno estuviese compuesto en exclusiva por fruta. Aunque lo que realmente le creaba expectación, era descubrir qué cara pondría al ver que le estaba llevando al desayuno. Le provocaba una leve sensación de diversión sorprenderla de aquella manera, a pesar de que tal y como habían pactado el día anterior, ya sabía que iba a pasar a recogerla a esa hora.

Una sensación que la había mantenido desvelada hasta bien entrada la madrugada. Saber que iba a pasar tiempo con Rachel en aquella isla, después de 3 años sin prácticamente sin hablar con ella, no era algo sencillo de asimilar.

Su vida había dado un giro de 180 grados, y evidentemente eso lo iba a notar Rachel. Una Rachel que, a pesar de la vida que llevaba, si parecía seguir siendo la misma. O eso creía.

Rachel ya había triunfado en Broadway cuando coincidieron en la fiesta de cumpleaños de Santana, y nada había cambiado en ella. Tal vez un poco más de ese divismo del que hacia gala, incluso cuando compartían clases. Pero poco más.

Rachel había conseguido lo que tanto soñó. Y no solo llegar a Broadway y comenzar una carrera allí. También había conquistado los corazones de muchos fans, se había ganado a la crítica, y gozaba de una popularidad digna de una estrella que empezaba su camino en aquel mundo. Esos últimos tres años en los que no habían mantenido contacto, fueron una buena muestra de ello. De como la vida de la pequeña de los Berry había cambiado radicalmente, pero su personalidad, al menos así lo deseaba Quinn, parecía seguir intacta.

Algo realmente complicado en ese mundo.

Eran las 06:30 de la mañana cuando Quinn llegaba frente a la puerta número 100, y el sonido de las ruedas del carrito de la comida dejaba de chirriar en el silencioso pasillo. Lanzó una última mirada hacia las viandas, y tras corroborar que todo seguía en perfecto estado, golpeó la puerta con los nudillos de su mano, creando un suave sonido que debería servir para llamar la atención de la morena en el interior. La falta de respuesta por parte de Rachel la obligó a repetir la acción, esta vez con más insistencia, tanto que el golpeteo de sus nudillos sobre la puerta se dejó oír en aquella zona del pasillo.

Nada.

Tuvo que llamar por más de tres veces para empezar a sospechar que no había nadie en el interior de la habitación, y que la única manera de descubrirlo era llamando por teléfono. Y eso fue lo que hizo.

Quinn marcó el número que correspondía al teléfono interno de la habitación, y esperó pacientemente a que los tonos le diesen una respuesta que volvía a hacerse de rogar. Hasta que, por fin, cuando ya pensaba que era absurdo seguir intentándolo, escuchó su voz. Su extraña voz.

—¿Sí? —grave. La voz de Rachel sonó grave y completamente desganada.

—¿Rachel? ¿Estás en la habitación? —cuestionó extrañada.

—¿Quién eres y por qué sabes mi nombre? —volvía el mismo tono de voz y una desesperante y pausada pronunciación que sorprendió a Quinn.

—¿Cómo que quien soy? Soy Quinn.

—¿Quinn? ¿Qué haces llamando a esta hora?

—¿A esta hora? —repitió tratando de bajar el volumen de su voz, y no molestar a las habitaciones continuas—. Rachel, ¿estás dormida?

—Eh…un poco. ¿Por qué me despiertas ahora? —se quejó con una absoluta pasividad en sus palabras.

—Estoy en la puerta —respondió ignorando su cuestión—. ¿Puedes abrirme?

—Eh… ¿En la puerta? —trató de entender la situación, pero lo cierto es que incluso le costaba mantenerse de pie.

No sabía que estaba sucediendo. Lo único certero que sabía era que hacía escasos minutos estaba en la cama, profundamente dormida y soñando que había encontrado un delfín en el jacuzzi de la habitación, hasta que el sonido de aquel teléfono la despertó, y la obligó a levantarse en mitad de la madrugada. O eso creía.

—Rachel, ábreme, por favor —ordenó tras notar las dudas de la morena a través del teléfono. Y l no tardó en hacerle caso, y caminar hasta la puerta aún con el teléfono pegado a su oreja.

El pelo revuelto, los ojos entrecerrados y aquella camiseta que cubría hasta los muslos, y que Quinn había podido ver por primera vez el día anterior. La expresión y presencia de Rachel tras abrir la puerta y descubrir a la rubia allí, provocó una sonora carcajada en Quinn, que tuvo que contenerse para evitar despertar a los demás inquilinos.

—¿Qué ocurre, Quinn? —cuestionó completamente fuera de lugar.

—¿No habíamos quedado al amanecer?

—Exacto, al amanecer, no en mitad de la madrugada —se quejó aún con el teléfono pegado a la cara. Hecho que seguía provocando la sonrisa en Quinn—. Estaba a punto de saber que le pasaba a Flipper.

—¿Flipper?

—Sí, Flipper, estaba en mi bañera y necesitaba ayuda —balbuceó al tiempo que frotaba los ojos con la mano que le quedaba libre.

—Rachel… ¿De qué hablas?

—¿Qué quieres, Quinn? Es de madrugada aún…

—Son las 06:30 de la mañana, hace media hora que el sol ha salido. No es de madrugada.

—¿Cómo? —cuestionó confusa mientras lanzaba una mirada hacia el interior del apartamento, y descubría como las cortinas cubrían perfectamente las puertas de cristal — ¿Estás de broma? ¿Ya es de día?

No lo dudó. Quinn esquivó a la morena y se introdujo en el salón dispuesta a apartar las cortinas permitiendo que la luz entrase en el apartamento, y deslumbrase a Rachel. Que terminó cubriéndose el rostro para evitar la claridad.

—¿Es de día o de noche? —inquirió Quinn con algo de humor en sus palabras.

—Oh dios —balbuceó.

—Vamos, no hay tiempo que perder —regresó a la salida para recuperar el carrito con el desayuno—. Te he traído algo para que desayunes, aséate y ponte ropa de baño para…

—No, no espera —la detuvo—. Quinn…No estoy bien, tengo mucho sueño y…Creo que voy a seguir durmiendo —se excusó sin poder contener un par de bostezos —. Nos vemos más tarde. ¿Ok?

—¿Mas tarde? No ni hablar.

—Quinn, estoy muy cansada. Quiero dormir.

—En cuanto desayunes, estarás en perfecto estado. Así que vamos.

—No, no —volvió a insistir, esta vez tomando a Quinn del brazo y obligándola a que no se adentrase más aún en el salón—. Te lo agradezco Quinn, pero hoy no es el mejor día para empezar a hacer cosas —dijo sin poder mantener los ojos abiertos—. Estoy cansada y tengo mucho sueño…

—Rachel —se mostró seria—, ayer me dijiste que, si te quejabas, te ignorase… ¿Lo recuerdas?

—Oh dios —se lamentó—. Está bien, te dije eso, pero esto no tiene nada que ver con negarme a hacer algo, es solo que estoy cansada y…

—Es el desfase horario —interrumpió Quinn—. En cuanto desayunes y te vistas, estarás perfecta…Te lo aseguro. Así que vamos, no me hagas perder más tiempo, porque tenemos que estar en la playa en menos de una hora. ¿De acuerdo?

—Pero…pero… ¿Por qué tan temprano? —se quejó infantilmente— Podemos hacerlo más tarde.

—No, no podemos hacerlo más tarde, tiene que ser ahora. Solo tenemos cuatro horas como mucho, y no quiero perder ni un minuto más. Así que vamos —insistió con vehemencia—, vístete y desayuna. Estaré esperándote en esa playa —señaló hacia el acceso privado—. Estaré en el embarcadero de la derecha preparando el material.

—¿Material? ¿Qué vamos a hacer?

—Rachel —se acercó hasta quedar frente a ella—, vamos. Desayuno y ropa de baño. ¿Ok?

—Dios…Tú no eres Quinn —se quejó molesta por la intensidad de la rubia—, tú eres una mezcla entre Kurt y Santana.

—¿Te traería Santana o Kurt, bueno, Kurt quizás, pero te traería Santana el desayuno a la habitación? —bromeó señalando hacia el carrito con la comida, y Rachel se percató en ese instante del detalle, mostrando un halo de sorpresa que casi destruyó el gesto infantil de desgana que lucía tras ceder— ¿Ves? No soy Santana —le guiñó el ojo mientras regresaba a la salida—. Te repito, desayuno y te pones el bañador o el bikini, nada más. ¿De acuerdo?

—Eh…va…vale —balbuceó aún sin perder la vista del desayuno.

—Que aproveche —dijo Quinn segundos antes de abandonarla en la habitación, y dejarla a solas con su propio cansancio y aquella bandeja de fruta, tostadas y zumo. Una bandeja que la llevó a plantearse si aquello estaba sucediendo realmente, y qué es lo que había en aquella isla que había logrado cambiar tanto a Quinn. O al menos regalarle una nueva versión de alguien que jamás imagino.

Llevar el desayuno a la habitación no era el acometido de una monitora o guía turística, sin embargo, Quinn lo había hecho. Y aunque apenas le diese importancia al gesto, para ella si era algo especial. Y raro, muy raro. Al menos viniendo de la Quinn Fabray que ella había conocido.

Y fue aquella sensación de no saber a quién se había encontrado en aquel perdido lugar del mundo, la que se apoderó de ella. La curiosidad por descubrir a la supuesta nueva Quinn, la llevó a desayunar con suma rapidez y ducharse de igual manera, para encontrarse con ella justo donde la había citado.

Era la primera vez que salía al exterior por aquel acceso privado que tenía en su apartamento, y supo que no iba a ser la última. Poder contar con la playa, aquella maravillosa playa, a escasos metros, y ver que la zona estaba perfectamente protegida, y, sobre todo, vigilada, le supuso un plus de tranquilidad que no llegó a pensar que pudiese tener.

A la derecha, tal y como Quinn le había indicado, aparecían un par de casetas casi escondidas bajo la frondosa arboleda de la parte trasera de aquella playa. El ir y venir de algunas personas con todo tipo de artilugios acuáticos, le hizo ver que estaba en el pequeño embarcadero del que había hablado su amiga.

La pudo distinguir tras un breve barrido con su mirada, y empezó a caminar directamente hacia ella.

Quinn permanecía de rodillas en la arena, desliando o liando algo que apoyaba sobre las mismas, y sin percatarse de su presencia. Hasta que la escasa sombra que proyectaba por los primeros rayos del sol, incidió sobre ella y la obligaron a alzar la mirada.

Lo hizo lentamente, fijándose en el detalle de las sandalias que cubrían los pies de la morena, pasando por el pareo que protegía sus piernas y llegando hasta su rostro, sin dejar pasar la oportunidad de detenerse por un segundo en su bikini.

—Lo siento —se excusó por los varios minutos de retraso—, alguien me ofreció un suculento desayuno y no podía dejar nada.

—Ok —respondió sonriente—. Por esta vez, aceptaré tu excusa. ¿Estás mejor? ¿Mas despierta?

—No me queda otra opción, hay una monitora bastante persuasiva que no me ha dejado seguir durmiendo —dijo lanzando una mirada a su alrededor—. ¿Qué hacemos aquí? ¿Dónde me vas a llevar?

—¿Cómo sabes que te voy a llevar a algún lado? —cuestionó alzándose, manteniendo la sonrisa por la pequeña reprimenda.

—Se supone que vamos a hacer cosas. ¿No? No creo que me hayas hecho madrugar solo para quedarnos aquí. Estaría muy decepcionada si eso llegase a suceder.

—Me alegro de que así sea, porque eso significa que todo lo que hagamos que no sea quedarnos aquí, merecerá la pena para ti —sonrió cómplice—. Será mejor que vayas deshaciéndote del pareo y de esas sandalias —le indicó sin perder de vista el bikini que cubría el pecho de la morena.

—¿Por? Me has dicho que me pusiera el bikini. ¿No te gusta?

—Sí…claro que me gusta —balbuceó sorprendida por lo directo de su cuestión.

—¿Entonces? ¿Por qué quieres que…?

—Ahora lo verás —interrumpió—, espérame aquí y vigila que estos salvavidas no salgan volando con el viento —le dijo regalándole un nuevo guiñó de ojo mientras le señalaba el par de chalecos naranjas que permanecían en el suelo, y segundos antes de emprender una leve carrera hacia la primera de las casetas.

Rachel siguió su consejo de vigilar los chalecos salvavidas, aunque no pudo evitar lanzar una mirada rápida hacia Quinn y su minúsculo bikini. Si mal no recordaba, cuando accedió a la habitación, iba vestida de igual forma que el día anterior; un par de shorts y una camiseta grisácea con el logotipo del hotel plasmado en la espalda.

Pero en aquel instante, era un divertido bikini el que protegía escasamente su cuerpo y el bronceado de su piel. Algo a lo que no estaba acostumbrada. Quinn no se destacaba precisamente por lucir una piel bronceada, ni un cuerpo atlético, como pudo descubrir en los escasos minutos que duró aquel encuentro. Y supo aquella isla no solo parecía haber cambiado la personalidad de la rubia, sino que también lo había hecho con su físico.

Sus piernas parecían mucho más estilizadas, más fuertes y el color de su pelo también aparecía con un tono más claro del que acostumbraba a llevar. Probablemente por culpa de las largas horas de sol. Lo único que no parecía haber cambiado en el físico de Quinn eran sus ojos, porque incluso la sonrisa era mucho más relajada y desenfadada. Diferente. Pudo volver a comprobarla cuando la observó salir de la caseta con algo entre sus manos, y regresaba hacia donde se encontraba sin perder la vista de ella. Con un halo de diversión que empezó a ponerla nerviosa.

—Toma…Creo que es tu talla —habló nada más llegar a ella, mientras le entregaba un traje de neopreno.

—¿Es para mí?

—Así es. Póntelo —le ordenó mientras ella misma hacía uso del que llevaba para ella y comenzaba a ponérselo.

—Pero… ¿Para qué es esto? ¿Vamos a bucear?

—No…Y no hagas más preguntas.

—Pero entonces, si no vamos a sumergirnos en agua. ¿Para qué lo quiero? He venido para broncearme, no quiero que solo tú tengas ese privilegio —la miró divertida, sin poder evitar recrearse aún más en su figura—. ¿Haces mucho deporte?

—Rachel, centrémoslo —le dijo obligándola a que regresara la mirada hacia su cara—Te he pedido que te pongas el bikini —le sonrió tras acomodarse las piernas del corto traje de neopreno—, porque vas a tener tiempo suficiente para broncearte. Pero lo haremos bien. Ahora mismo necesito que te pongas eso, porque se nos hace tarde, y tenemos que marcharnos ya.

—Está bien, está bien. Pero me vas a tener que ayudar. Nunca me he puesto uno de estos —masculló al tiempo que se desprendía del pareo. Gesto que Quinn no asimiló en ese instante.

—Claro, claro que… Que te…ayudo —balbuceó al centrarse en ella, y no poder evitar hacer exactamente lo que Rachel había hecho segundos antes; Mirarla de pies a cabeza.

Era extraño, porque el día anterior la había podido ver prácticamente desnuda mientras se vestía en su habitación, pero en ese momento y con la gracia de aquel diminuto bikini negro, la escena tomaba un matiz completamente diferente, llenándola de una sensualidad que ni siquiera ella era consciente que desprendía. Al menos eso mostraba por la naturalidad, y la poca importancia que le dio al hecho de quedarse así frente a Quinn.

Con algo de dudas, y tratando de no ser demasiado evidente, Quinn se colocó tras ella y la ayudó a subir el traje por la cintura, una vez que había sido capaz de meter las piernas en él. Lo cierto es que tampoco le resultó demasiado complicado, sobre todo, porque apenas cubría hasta las rodillas y no tenía mangas. Pero el simple hecho de tener que ajustarlo al cuerpo y cerrar la cremallera, ya suponía un nivel medio de dificultad para Rachel.

—¿Está bien por aquí? —preguntó Quinn asegurándose de que quedaba perfectamente acoplado a la cintura.

—Perfecto, aunque parece que estoy a presión —se quejó tras notar como Quinn cerraba la cremallera en su espalda y el traje se pegaba a su cuerpo.

—¿Te cuesta respirar? —se interesó preocupada.

—No, no. El problema es que he desayunado mucho y…Mira mi barriga —se giró para quedar frente a ella—, está hinchada.

—No…No digas tonterías, Rachel —se excusó tratando de no seguir dedicándole todas y cada una de sus miradas al cuerpo de la morena—. Estás perfecta. Vamos —le ofreció la mano para que le acompañase, y Rachel no dudó en aceptarla.

—Oye… ¿Qué hago con el pareo y las sandalias?

—Eh, no te preocupes, tengo una taquilla en interior del box para mí. Vamos a dejarlo ahí.

—¿El box?

—Son las casetas —señaló caminando hacia la primera de ellas—, los llamamos boxes, aunque es algo que solo entendemos el personal del hotel. Ahí guardamos todo el material acuático y de actividades.

—Ah…Ok, por cierto… —desvió la mirada tras detenerse en la caseta—. Ese chico… ¿Es tu compañero?

Quinn no tardó en seguir la indicación de Rachel y se giró para descubrir como Adam caminaba directo hacia ellas, jugueteando con algo entre sus manos.

—Pues sí —balbuceó esbozando una nueva sonrisa y deteniendo el paso—, es mi compañero. ¡Hey! ¿Qué tal, cowboy? —saludó divertida.

—Muy bien —respondió sonriente— ¿Dispuesta a una nueva aventura?

—Así es. Mira, ella es…

—Rachel Berry —se adelantó el chico, que llegaba directamente hasta ellas para saludar a la morena con una sonrisa y un apretón de manos—, encantado. Soy Adam Rendall.

—Un placer.

—¿La conoces? —preguntó Quinn

—Nos conocimos ayer. ¿Verdad? —recordó el curioso encuentro.

—Sí, así es…Y me gustaría pedirte disculpas —respondió Rachel—. No quiero que piense que no quería que fueses mi monitor por algún motivo extraño, es algo personal.

—No se preocupe —se mostró educado—, ya me explicaron que hubo un error. Si hay alguien que pueda enseñarte la isla de una manera inolvidable, esa es Quinn —dijo sonriente, aunque aquella sonrisa que también había contagiado a Quinn, no lo hizo a Rachel, que pudo percatarse del detalle de cómo los ojos de aquel chico se desviaron por varios segundos hacia su mano, la que mantenía entrelazada con la de Quinn, sin que ninguna de las dos se percatase o le diese importancia a aquel hecho.

—Bueno…No seas tan exagerado, sé que soy la mejor —respondió Quinn provocando una sonora carcajada en el chico.

—Cierto…Totalmente cierto. Toma —le entregó unas llaves sin poder parar de reír —, están preparadas. Me dijo Spencer que ibas a usarlas.

—Sí, gracias —respondió tomando las llaves y desatendiendo la mano de Rachel, que quedó vagamente balanceándose en el aire—. ¿Tiene carburante?

—Sí, yo mismo me he encargado de llenar el depósito y…Lo siento, pero me tengo que ir. Me están esperando.

—Ok…Me han comentado que esta vez son dos chicas —dijo Quinn con algo de travesura en sus palabras.

—Así es —respondió guiñándole el ojo—. Olivia y April. Realmente adorables.

—Ya…Adorables —repitió sin perder la sonrisa traviesa y contagiando a Adam, que volvía a desviar la mirada hacia Rachel.

—Encantado de conocerle, espero que disfrute de la isla.

—Mu…muchas gracias, es un placer —respondió un tanto cohibida por la cómplice relación que parecían mantener Quinn y aquel chico. Y que, tras el breve saludo de despedida, volvió a alejarse de ellas. Mientras Quinn, también aprovechaba aquel momento para introducirse en el box y guardar las pertenencias de la morena.

—Algún día me explicarás por qué no querías tener a un chico de monitor —Quinn regresaba al exterior formulando aquella pregunta a modo de pensamiento, que Rachel se negó a responder en aquel instante.

—Son motivos personales, pero lo cierto es que después de conocerle en persona, y ver que no me reconoce como la estrella que soy, ha perdido la más mínima opción de que sea mi monitor.

—¿Rachel Berry, la diva? Empezaba a echarte de menos —bromeó Quinn.

—Sigo siendo yo —le respondió la morena—, y por ese mismo motivo, deberías decirme qué es lo que vamos a hacer y para que me has obligado a ponerme este traje tan…

—Sexy —interrumpió Quinn—, el traje de neopreno en una chica siempre es sexy.

—¿Te parezco sexy con este traje?

—Rachel…Vamos a dejar la charla y a ponernos manos a la obra —respondió dejándola con la curiosidad de una respuesta que no parecía querer dar.

—¿De veras? ¿No te atreves a reconocer que soy sexy? —bromeó— ¿Qué va a ser lo siguiente?

—Nada…Lo siguiente no va a ser nada —masculló— ¿Vamos?

—¿Hacia dónde? —sonrió.

—Por lo pronto, vamos hacia las motos de agua.

—¿Qué? ¿Motos de agua?

—Claro…Las necesitamos para llegar a donde vamos —le sonrió y de nuevo, volvió a ofrecerle la mano para que caminase junto a ella hacia el pequeño embarcadero. Y aunque seguía resultándole extraño que Quinn se mostrase tan cercana y cariñosa, no dudó en aceptar la invitación, y se aferró a ella como si andar fuese algo que aún no conseguía hacer a solas.

—¿Has montado alguna vez en moto de agua?

—No —respondió rápidamente Rachel, tras llegar junto al vehículo y ver como Quinn le ofrecía uno de los dos chalecos salvavidas.

—Lo suponía, así que por esta vez vamos a ir en una, y yo conduzco. ¿De acuerdo?

—Estoy aquí para obedecerte, siempre y cuando me asegures de que tú si has manejado uno de esos bichos y sabes perfectamente lo que haces.

—Vivo en una moto de agua —le sonrió cómplice— ¿Tienes bien sujeto el chaleco? —insistió acercándose ella misma para comprobarlo.

—Creo que sí —balbuceó tras tirar de los cierres—. Ahora estoy más sexy aún —bromeó.

—Ok… —musitó Quinn ignorando de nuevo la broma— Pues vamos, ayúdame a empujar a esta preciosidad —le pidió señalándole uno de los lados de la moto de agua.

No fue una tarea fácil para Rachel entender cómo debía empujar para que la moto se deslizara desde la orilla hasta que pudiese flotar, sin embargo, no era consciente de lo sencillo del asunto hasta que supo que tenía que montarse en ella.

El vaivén del agua y los absurdos nervios al saber que iba a navegar en aquella moto, le complicaron la situación hasta tal punto de obligar a Quinn a ayudarle a ascender sin perder el equilibrio. Y no fue hasta que ella estuvo perfectamente acoplada al sillón, cuando la rubia, con una destreza que sorprendió a Rachel, se subió ocupando la posición de piloto.

—Quinn…Esto se mueve mucho —balbuceó acercándose lo máximo que podía al cuerpo de la rubia.

—Estás en el mar —respondió—, es lógico. Pero no te preocupes, tú solo mantén los pies firmes en la posa píes y agárrate a mí.

—¿Así? —cuestionó aferrándose con fuerza a la cintura.

—Eh…Bueno, procura dejarme respirar —respondió divertida.

—Ok…ok —suavizó un tanto el abrazo—. ¿Así?

—Perfecto…Así es perfecto —la miró de soslayo—. ¿Preparada para la aventura?

—Sí, preparada —musitó casi sin voz—. ¿Dónde vamos? —volvió a preguntar con la esperanza de recibir la tan dichosa respuesta.

—¿Has estado alguna vez en la cima de una montaña? —inquirió poniendo en marcha el motor de la moto.

—Pues…No —respondió tras varios segundos pensativa—. ¿Por?

—Bien… —sonrió satisfecha— Hoy será tu primera vez.