Capítulo 4

Forcipulatidas

Aunque sus manos empezaban a dolerle por la intensidad con la que se entrelazaban mientras rodeaban la cintura de Quinn, el frescor del agua, que las salpicaba cada vez que la moto tomaba una pequeña ola, conseguía apaciguar aquella tensión por el miedo a caer y perderse en mitad de aquel océano.

Y pensaba en el océano porque Quinn cada vez se alejaba más y más de la costa.

Casi diez minutos llevaban surcando las olas a bordo de la moto, y Rachel pensaba que la estaba llevando a otro continente. Aunque Asia quedaba lo suficientemente lejos como aceptar aquella idea como una simple locura.

No se había detenido a pensar en nada más que no fuese permanecer a lomos de aquella moto y no caer. Ni el intenso azul del agua, ni la templada temperatura de aquel amanecer, ni siquiera la extraña sensación de saber que delante de ella, era Quinn Fabray quien manejaba a una velocidad aceptable entre las olas, consiguieron distraerla hasta que sintió como el motor de se detenía, y el agua iba frenando poco a poco el trayecto que llevaban.

—¿Ocurre algo? ¿Hemos llegado? —cuestionó un tanto preocupada.

—No, aún no —respondió Quinn sin perder la vista del frente.

—¿Entonces? ¿Por qué te detienes?

—Quiero que veas algo… —murmuró tras quedar a la deriva.

—¿Qué? ¿Qué tengo que ver? —se interesó sin deshacer el abrazo al que la tenía sometida. Seguía estando bastante lejos de la costa, y aunque el chaleco salvavidas la protegía, no quería ni pensar en la remota posibilidad de caer al agua.

—Mira allí… —señaló hacia la derecha—, mira lo que sobresale del agua.

—¿Qué? ¿Dónde? —trató de focalizar la vista, pero no conseguía ver absolutamente nada más que agua. Mucha agua.

—Permanece atenta —insistió Quinn sin dejar de señalar hacia la dirección donde fijaba su mirada—. ¡Mira ahora! —exclamó alertando a Rachel, que rápidamente tensó sus manos y aprisionó un poco más a la rubia.

—Oh… ¡Dios! ¿Son tiburones?

—¿Tiburones? —se giró para mirarla completamente incrédula— ¡Son delfines, Rachel!

—¡Delfines! ¡Oh dios! —exclamó emocionada regresando la mirada hacia la zona, donde poco a poco empezaba a percibir los brillantes lomos de aquellos animales que sobresalían del agua— ¡Son delfines!

Fue tanta la sorpresa y la impresión que mostraba Rachel, que Quinn no pudo evitar quedarse completamente embelesada en la chica, e ignorar por algunos segundos a los curiosos peces.

—¡Están saltando, Quinn! ¡Míralos! —estalló emocionada, y la rubia no tuvo más remedio que dirigir su mirada de nuevo hacia la manada de delfines, que ya cruzaban justo por delante de ellas, a escasos 100 metros.

—¿Nunca habías visto delfines? —cuestionó sonriente.

—No, bueno sí…Pero no así, en completa libertad —respondió sin perderlos de vista—. Es increíble… ¿Sabes que esta noche he soñado con delfines?

—¿Ah sí? —volvió a girarse para mirarla— ¿Es por eso por lo que me has mencionado a Flipper cuando fui a tu habitación? —preguntó divertida.

—Ajam…Soñé que estaba atrapado y quería que lo salvara… Y había más en el mar, yo podía verlos desde una ventana —explicó siguiendo el rastro de los animales—. ¿No es casualidad?

—¿Sabes lo que significa soñar con delfines? —la interrogó desconociendo si iba a saber la respuesta, y con la firme intención de explicárselo si no era así.

Rachel reaccionó a la pregunta tal y como Quinn había deseado, y por primera vez desvió la mirada de los delfines para posarla en el rostro de la rubia. Rostro que, debido a la situación, quedaba a apenas un palmo del suyo.

Verla desde tan cerca, con la gracia de aquellas gotas de agua que habían decidido posarse en sus mejillas, le regaló una sensación de bienestar que hacía años que no sentía.

La comodidad y la complicidad que Quinn le ofrecía, empezaba a hacerle bien a su estado anímico, y la tensión que había acumulado en aquellos meses en los que preparó aquel viaje.

—No… No lo sé —respondió sin dejar de mirarla—. ¿Tú lo sabes?

—Libertad —musitó sin pensarlo—, belleza, positividad. Soñar con delfines representa la necesidad de abrir la mente. De saber que estás rodeada de gente que te cuidará, de que estás en buenas manos.

—Pues, qué casualidad… —susurró tras la explicación—Ha sido llegar esta isla y encontrarme contigo —sonrió—. Los delfines tienen razón, tú me vas a cuidar. ¿Verdad?

—¿Lo dudas?

—No, en absoluto, aunque también soñé que uno estaba atrapado. ¿Eso significa positividad?

—Pues…No lo sé, pero lo voy a averiguar —sonrió segundos antes de guiñarle el ojo por tercera vez en su vida. Y es que, aunque era un gesto que podría pasar desapercibido, para Rachel era imposible ignorarlo sabiendo de quien provenía. Tanto era así que había empezado a contarlos. Aquel era el tercero en menos de 24 horas—. Será mejor que sigamos nuestro camino —añadió tras poner en marcha el motor y emprender de nuevo el rumbo, dejando a un lado la manada de delfines que ya empezaba a alejarse hacia el sur de la isla. Y los cuales Rachel volvió a observar, ya en la distancia más absoluta por culpa de la velocidad que volvía a recuperar Quinn.

No sabía por qué, quizás por la explicación que Quinn le dio acerca de soñar delfines, pero Rachel empezó a observar el paisaje a su alrededor de una manera completamente distinta a como lo estaba haciendo apenas unos minutos antes. Y fue entonces cuando realmente empezó a ser consciente de donde estaba.

Ahora, el intenso azul del mar le parecía increíble. La isla ya no desaparecía tras ellas, sino que empezaba a ser bañada por el sol. Y el viento, en vez de dificultarle la respiración, llenaba sus pulmones de un aire extremadamente puro. Como el que nunca iba a poder tener en su adorada Nueva York.

Quizás aquel aire iba a beneficiarle incluso para su garganta, para sus cuerdas vocales, e iban a regalarle una nueva tesitura en su voz. Era tan intenso que todos aquellos pensamientos no parecían absurdos en aquella situación, y ya ni siquiera le había prestado atención al hecho de ir en moto de agua, y el temor a caer. Sus manos seguían aferradas a la cintura de Quinn, pero lo hacían con suavidad, con firmeza, pero sin esa tensión que había llegado incluso a blanquear sus nudillos por culpa de la fuerza que ejercía.

Rachel había empezado a disfrutar de aquel paseo, y continuó haciéndolo hasta que el motor volvía a detenerse.

Esa vez no fueron los delfines quienes la obligaron a detenerse. Rachel no pudo evitar lanzar la mirada sobre los hombros de Quinn, para descubrir como frente a ellas aparecía un islote, completamente resplandeciente, con una arena blanca que la obligaba a entrecerrar los ojos, y un par de rocas. Nada más.

—¿Hemos llegado? —preguntó extrañada.

—Así es —respondió al fin—. Bienvenida a la isla fantasma.

—¿Isla fantasma? —cuestionó tras ver como Quinn ya descendía de la moto y la obligaba a hacer lo mismo.

El agua cristalina bajo sus pies, apenas cubriendo hasta las rodillas, fue un verdadero regalo para la morena, que lograba recuperar la relajación absoluta de su cuerpo, tras la tensión adquirida sobre la moto. No así para Quinn, que tuvo que empujar la moto hasta que ésta quedó anclada en la orilla—. ¿Por qué se llama isla fantasma? —volvió a insistir tras no escuchar respuesta alguna por parte de la rubia.

—Porque aparece y desaparece según la marea —le explicó tras asegurarse de que la moto quedaba perfectamente anclada—. Al este está La Digue e Isla Felicité, al norte tenemos Grande Soeur y Petite Soeur, y al sur…aquella isla de allí —señaló caminando hacia el centro de la planicie, que no debía de tener más de 200 metros cuadrados—, es isla Marianne.

—¿Y ésta es la isla fantasma y se llama así porque aparece y desaparece? —balbuceó girando sobre si misma, tratando de asimilar que estaba en mitad del océano en un pequeño islote cubierto de arena y algunas rocas— ¿Esto es real?

—Tan real como que estamos sobre la cima de una montaña.

—¿Qué?

—Rachel, estás justamente en la cima más baja de las 154 islas que conforman el archipiélago. Cuando baja la marea, de 6 a 10 de la mañana y de 8 a 11 de la noche dependiendo la época, la isla queda descubierta tal y como la ves. Sin embargo…Cuando la marea sube, esto desaparece. El agua cubre por completo la isla, borrándola literalmente del mapa, y creando esa ilusión fantasma a la que los seychellois le dieron su nombre.

—¿Seychellois? —repitió con dificultad.

—Los originarios de las Islas Seychelles —explicó sonriente, sin poder evitar mirarla con curiosidad. Rachel había empezado a caminar en círculos, y fue consciente de que las dudas o el temor habían empezado a acusarla.

—Ok…Entonces, ¿estar aquí es peligroso? —masculló confirmando las sospechas en Quinn.

—Depende del horario —le dijo divertida—. Por eso te he obligado a madrugar.

—Pues me has metido —le replicó plantándose en mitad del islote, con los brazos anclados en la cintura y buscándola con la mirada.

—¿Mentido? ¿Por qué dices eso?

—Me has hecho madrugar aun sabiendo que estaba muy cansada, y ahora me confiesas que podríamos haber venido a las 8 de la tarde, porque también baja la marea a esa hora.

—Oh…Dios —se lamentó al tiempo que soltaba el pelo que mantenía recogido en una cola—, veo que no se te escapa ningún detalle.

—48 horas, Quinn…48 horas sin dormir hasta que pude meterme en la cama anoche. ¿Te parecen pocas? —volvió a recriminarle.

—¿Y por qué has dormido tan poco? ¿No has hecho escala en Paris?

—Sí, claro que he hecho escala en París. Pero viajar sola no es algo que me tranquilice, y jamás duermo en un avión. Prefiero estar despierta por si surge algún imprevisto —se movió inquieta—. ¿Por qué me has hecho madrugar? —insistió adquiriendo un fingido enfado.

—Pues te he hecho madrugar porque quería que vieras algo…Y no es solo la isla que queda al descubierto —le dijo acercándose a ella—. ¿Me acompañas? — añadió ofreciéndole la mano, y Rachel volvía a mostrarse sorprendida por el gesto. Por supuesto, no lo dudó, y aceptó su invitación aferrándose con firmeza a su mano.

Quinn no dijo nada más. Sonrió al ver que Rachel tomaba su mano y se giró para comenzar a caminar hacia el extremo opuesto a donde había dejado la moto.

—Tanto a este islote, que en realidad es un atolón, como al resto de islas que nos rodean, se las reconoce como las únicas islas oceánicas graníticas del mundo. ¿Sabes lo que es eso?

—Pues no…No lo sé —respondió sin desviar la mirada de su mano entrelazada con la de Quinn.

—Pues significa que son restos fragmentados del antiguo continente de Gondwana.

—¿Gondwa…na? —repitió alzando la mirada.

—Gondwana es el continente que se creó cuando el mar de Tetis dividió Pangea, ¿No recuerdas cuando el señor Willman nos hablaba de Laurasia y todas esas cosas en geografía?

—Mmm…Creo que sí —balbuceó lanzando la memoria al pasado —, pero no recuerdo muy bien.

—Yo tampoco, pero lo he tenido que volver a estudiar para trabajar aquí —le sonrió divertida—. De aquí, de Gondwana surgieron Sudamérica, Australia, África, etc. Y estas islas son el mayor referente de que estuvimos unidos hace más de 75 millones de años.

—Vaya. No tenía ni idea —musitó tratando de darle la emoción que merecía al ver como Quinn explicaba completamente entusiasmada.

Aquello parecía fascinarle, o al menos esa era la sensación que Rachel percibía de sus palabras y la entonación con las que las remarcaba.

—Supongo que te preguntarás que necesidad tienes tú de saber algo así. ¿No es cierto? —cuestionó tras llegar a la orilla del extremo. Una divertida sonrisa se apoderó del rostro de la rubia, y Rachel llegó a ruborizarse antes de responder.

—Eh…No, claro que no. Siempre es bueno aprender cosas, y esto suena muy interesante —respondió tratando de no sonar demasiado forzada.

—Ya, claro —musitó tras soltarle la mano—. Quizás eso que te he explicado no sea de tu especial interés, pero apuesto que si miras a tu alrededor y descubres donde estás, empezarás a sentir el verdadero significado de lo que es estar en el paraíso.

Rachel guardó varios segundos mientras procesaba aquellas palabras, hasta que se decidió a lanzar una mirada a su alrededor, de nuevo. Y tuvo que agradecer haberlo hecho.

No había nada, más que un azul intenso que bañaba el mar y el cielo. Una planicie en la que solo podía distinguir la moto de agua perfectamente anclada, y algunas islas que aparecían tan lejos, que incluso le cansaba mirarlas. Y por supuesto a ellas dos.

Quinn Fabray y Rachel Berry solas en mitad del océano. Era tan abrumadora la sensación que empezó a sentir, que, si había algo que describiera a la perfección la libertad, era precisamente estar allí.

Daba igual hacia donde mirase, sus ojos solo veían agua, cielo, paz, absoluta paz y tranquilidad que surgía del suave oleaje que llegaba hasta aquella isla.

—Es…es abrumador —reaccionó al fin—, hace que te sientas pequeña, y grande a la vez. ¿Cuántas personas tienen el privilegio de llegar hasta aquí, y a la vez cuántas querrían escapar si se viesen atrapadas?

—Exacto. Quería que fueses consciente de eso. Quería que tu primer día en este lugar, te haga pensar en el privilegio que supone disfrutar de la naturaleza. Lo importante que es ser consciente de que podemos divertirnos, pero también de no caer en lo fácil y creernos dueños de un mundo que no nos pertenece. Quiero que conozcas el lugar al que has venido, y lo respetes. Solo de esa manera, podrás disfrutarlo como realmente se puede disfrutar.

—Es muy bonito eso que dices —la miró agradecida—. Es hermoso estar aquí, Quinn. Tenías razón, merece la pena, y no solo por las vistas, sino por lo que se siente. No sé. Ese silencio que consigue oírse es pura contradicción —sonrió—. El olor, el aire…Es genial.

—Me alegro que lo entiendas —musitó satisfecha—, aunque lo cierto es que hay algo más por lo que quería que traerte aquí este primer día, y la razón principal por la que te he hecho madrugar.

—¿Y qué es? —se mostró curiosa tras ver como se dirigía hacia la orilla, y se detenía justo cuando el agua casi llegaba a sus rodillas.

—Desde que te conozco, hace más de diez, once años, siempre he sabido que ibas a terminar siendo una estrella. Jamás dudé de que lo fueras a lograr, y aunque en alguna ocasión te he dicho cuanto me enorgullece que lo hayas conseguido, quiero volver a recordártelo. Quiero que sepas que, aunque han pasado algunos años y no hayamos mantenido contacto, para mí sigues siendo esa luchadora que jamás se rinde.

—Quinn —susurró completamente abrumada—, eso…eso es hermoso.

—Shh…Aún no he acabado —la interrumpió sabiendo que estaba a punto de recibir uno de los afectuosos abrazos de la morena—. Si te he traído aquí, aparte de que descubras todo eso de lo que hemos hablado, es para presentarte a las estrellas de este lugar —le regaló un guiño de ojo, y Rachel lo mentalizó como el cuarto en su cuenta particular—. ¡Ven! —la invitó a que se acercara a ella, y Rachel no tardó en hacerlo llena de curiosidad.

Un leve gesto de Quinn la obligó a desviar la mirada hacia un punto exacto de la orilla, a escasos metros de donde ellas estaban, para descubrir como algo permanecía en calma bajo las cristalinas aguas.

Y pensó en algo porque no supo lo que era hasta que su mirada se focalizó y pudo distinguirlas.

—Oh…Dios —susurró sorprendida tras ver como lo que parecía una gran mancha anaranjada se fragmentaba y aparecían cientos de estrellas de mar.

—Rachel Berry, te presento a las forcipulatidas. No…no te asustes —miró a la morena—, es el nombre de esa especie —sonrió divertida regresando la mirada a los animales—. Forcipulatidas, ella es Rachel Berry, probablemente una de las mayores estrellas en la tierra que podréis contemplar en vuestra vida.

—Quinn… —musitó tras el nuevo halago.

—Tranquila Rachel —volvió a mostrarse divertida—, ellas no van a interferir en tu privacidad. De hecho, ni siquiera van a conocerte. No tienen cerebro, ni sangre —explicó acercándose con suma delicadeza a la zona donde permanecían, mientras Rachel la miraba a ella. Había dejado de importarle las estrellas de mar en el momento exacto en el que Quinn les hablaba de ella, y lo hacía con tanto cariño que terminaba emocionada. Quinn parecía estar realmente orgullosa.

—Cuando la marea empiece a subir dentro de una hora y media, toda la colonia empieza a desplazarse hacia el fondo, donde hay un arrecife de coral, para alimentarse. Allí permanecerán hasta mañana, que regresan hasta esta zona. Y así cada día de sus vidas. Y precisamente ese es el motivo por el cual quería que madrugases —sentenció regresando la mirada hacia la morena, que seguía embelesada en ella—. ¿Te gustan?

—Es…No sé cómo explicarlo —balbuceó siendo consciente de que su respuesta no hacía referencia a las forcipulatidas, tal y como Quinn las había llamado, sino que se fijaba en ella y en la actitud que mantenía. No concebía a una Quinn Fabray entusiasmada por la naturaleza, y mucho menos demostrando todo ese cariño por ella, aunque fuese ante unas simples estrellas de mar.

Era el hecho de confesarlo sin más lo que la había sorprendido.

—No es lo mismo verlas en un acuario que aquí, en su hábitat natural —volvió a hablar Quinn—. Ven…acércate.

—¿Mas? —cuestionó la morena con algo de dudas.

—Sí, ven…ven aquí, a mi lado —volvió a repetirle dejándole un pequeño espacio para que imitara su postura, y terminase de rodillas frente a los equinodermos, que seguían prácticamente inmóviles.

Y así lo hizo.

Aun con el temor de asustarlas, aunque eso no iba a suceder, Rachel se colocó de rodillas junto a Quinn, y notó como ésta tomaba su mano, de nuevo, y la acercaba hasta una de aquellas estrellas que aparecían frente a ellas.

—¿Qué haces? —cuestionó casi sin resistencia al gesto.

—Vas a tocarlas —susurró.

—¿Estás segura? ¿Y si se asustan? ¿Muerden?

—No se asustarán si lo haces como yo te voy a enseñar…Y tranquila, no muerden. Aunque, ¿sabes qué? Son carnívoras, y algunas especies tienen la habilidad de emerger uno de sus dos estómagos para atrapar el alimento. ¿No es sorprendente?

—Ya te digo —susurró tras notar la rugosa piel de la estrella con la yema de sus dedos.

—Son sensibles al tacto y a la luz.

—¿Cómo? ¿Tienen ojos?

—No, la luz la detectan por sus extremidades. Es muy extraño, porque a pesar de que parezca que no son nada, tienen todo un complejo sistema nervioso en su interior. No tienen cerebro central, así que utilizan todos esos nervios para percatarse de cada sensación, de cada movimiento del agua o de la luz que les llega. Por ejemplo…Justo sobre esta zona —deslizó la mano de la morena—, son sensibles al tacto.

—¡Se ha movido! —exclamó segundos después de rozar al animal.

—Te ha percibido —sonrió divertida.

—Oye… ¿Y es cierto que se regeneran solas?

—Pues sí, incluso pueden llegar a regenerarse al completo, no solo cuando les falta alguna de las extremidades.

—Guau… ¿Te imaginas que pudiésemos hacer eso los humanos? —la miró divertida.

—Pues…No estaría mal. ¿No crees? —respondió sin perderla de vista, regalándole una sonrisa que terminó contagiando a la morena.

—¡Quiero ser una estrella de mar! —exclamó provocando la carcajada en Quinn.

—¿Sabes que son sexuales…y asexuales cuando quieren? —añadió dejando de guiar la mano de la morena para que ella pudiese seguir con la inspección táctil del animal.

—¿Ah sí? Siempre me resultó curioso que existiesen animales asexuales, es una pena que no puedan divertirse mientras se reproducen —soltó sin contemplaciones, mostrando una pícara sonrisa que no pasó desapercibida para Quinn.

—Bueno…Si lo piensas así, ellas tienen la capacidad de elegir cuando quieren reproducirse por sí solas o acompañadas. Supongo que dependerá del día que tengan…Y si les duele o no la cabeza —bromeó provocando una sonora carcajada en Rachel—. No te rías. ¿Tú no lo harías así?

—Mmm…No creo —volvió a desviar la mirada hacia los animales—. Si voy a sufrir un embarazo de 9 meses y luego la tortura del parto, que menos que disfrute provocándolo.

—Cierto —la miró cómplice—, tienes toda la razón. Aunque por experiencia propia te diré que cuando das a luz, lo que menos te apetece es volver a meterte en la cama con nadie —sentenció—. Eso si, por suerte es algo que dura un par de minutos, justo cuando le ves la cara a tu hija.

Nostalgia.

Rachel desdibujó la sonrisa tras notar como las palabras de Quinn se iban pausando y llenándose de una nostalgia que, evidentemente, la estaban llevando a recordar a Beth. No sabía cuál iba a ser su reacción, pero no pudo evitar preguntarle.

—¿La has visto en este tiempo? —cuestionó con apenas un hilo de voz, esperando que Quinn entendiese perfectamente el significado de aquella pregunta, y no le hiciese volver a cuestionarla.

—No —fue concisa.

—Vaya. Hace…hace unos meses Shelby estuvo en Nueva York. Vino a visitarme al teatro.

—¿La viste? —desvió la mirada hacia ella—. ¿Iba con ella?

Negó apenada.

—Vino a visitarme sola, aunque le pregunté y me dijo que estaba muy bien, que era muy buena en el colegio y que tenía bastante talento —respondió tratando de hacerla sentir mejor. Y creyó que lo hizo cuando vislumbró de nuevo una tímida sonrisa en ella.

—Lo sé…He hablado alguna que otra vez con Shelby y con Puck. Él…él si la ve más a menudo. Me ha enviado fotos y es hermosa.

—Es imposible que no lo sea —susurró—. Yo soy hija de Shelby y mira mi cara —bromeó—. Pero ella lleva tus genes y los de Puck. Es imposible que salga mal.

—¡No digas estupideces! —le recriminó recuperando la sonrisa—. Eres preciosa, Rachel.

—¿De veras lo piensas? —cuestionó sin poder evitarlo.

—Claro —respondió Quinn mirándola—. Que te haya martirizado durante toda mi adolescencia, no quita que sea honesta y sepa ver la belleza —añadió y el rubor volvía a apoderarse de Rachel, obligándola a esbozar una sonrisa que le hizo desviar la mirada de nuevo hacia las estrellas de mar, y tratar de no permitir que aquella abrumadora sensación evidenciase su ya antigua y persistente inseguridad física.

Allí no había absolutamente nadie, y Quinn no tenía la obligación de halagarla de aquella forma por ningún motivo. Su broma acerca del físico solo era un vago intento por hacerla reír, y olvidar el mal trago que seguía suponiendo para la rubia recordar que apenas podía ver a su propia hija. Sin embargo, le salió mal, y no porque no provocase esa sonrisa o el intento de cambiar la pesadumbre de Quinn, sino porque, sin querer, se había llevado uno de los piropos más especiales que podría recibir.

—¿Te vuelves a ruborizar? —bromeó Quinn tras ver el gesto tímido de la morena.

—¡No! —negó rápidamente— ¿Piensas que eres la única que me dice algo así? Soy una estrella… ¿Lo recuerdas?

—Cierto. A saber cuántos chicos te idolatran. Además, supongo que Jesse se encargará de recordarte lo hermosa que eres cada día. ¿No es cierto?

—Eh… Mas o menos —balbuceó tras escuchar el nombre del chico.

—¿Más o menos? —preguntó curiosa Quinn.

—Eh… ¿Y a ti? —ignoró la pregunta— ¿Te dicen a menudo lo hermosa que eres?

El resoplido producto de la risotada que a punto estuvo de soltar, desconcertó a Rachel.

Quinn no respondió con palabras, pero sí con una extraña mueca de resignación.

—¿Qué? —insistió Rachel— No me vas a decir que no hay nadie suspirando por ti en esta isla, ¿no?

—Pues…No, no lo hay —musitó al tiempo que se alzaba.

—Imposible —dijo Rachel sin perderla de vista—. Llevas dos años en esta isla. ¿Cómo no vas a tener a nadie?

—Rachel —la miró al tiempo que le volvía a ofrecer la mano para que imitase su gesto y se pusiera de pie—, será mejor que nos marchemos de aquí. Quiero mostrarte el resto de islas.

—¿No me vas a responder? —replicó apoyándose en ella para recuperar le verticalidad— ¿De veras no estás con nadie?

—No…No estoy con nadie —respondió adelantándose y emprendiendo el regreso hacia la moto de agua.

Rachel tardó en reaccionar, pero cuando lo hizo no dudó en correr levemente hasta poder seguirla a un par de pasos por detrás.

—¿Cómo es eso posible? ¿Y qué tal ese Adam? Antes te ha mirado muy…sonriente.

—Adam es un buen amigo —murmuró sin mirarla.

—¿Y ya no hay nadie más? Quinn… ¿De veras llevas dos años sin pareja?

—No…Lo cierto es que llevo más tiempo —respondió provocando más curiosidad aún a Rachel, que no daba crédito a lo que Quinn decía.

Jamás, en los más de diez años que llevaba conociéndola, había tenido constancia de que el corazón de la rubia no estuviese ocupado por ningún chico. Siempre había alguien en quien pensaba o rondaba por su vida, ya fuesen novios o simple divertimento. Pero nunca, jamás que ella recordase, la había visto por tanto tiempo sin nadie a su alrededor.

—¿Y cómo es posible?

—Rachel —se detuvo frente a la moto, regalándole una compleja mirada de resignación—. No me apetece una relación, así que estoy sola…Ya está. No se acaba el mundo.

—No…Claro que no —balbuceó tras encontrarse de frente la intensa mirada de Quinn—. Es solo que me resulta extraño. Pero bueno, es tu decisión y mientras tú estés bien, yo seré feliz.

Sonrió con ganas, con la certeza de saber que Rachel hablaba con el corazón, más allá de la inmensa curiosidad que sentía por saber los motivos que la habían llevado a estar tanto tiempo sin pareja. Y lo cierto es que, si no le respondía, era porque no había tales motivos.

Había llegado a un punto concreto de su vida en el que necesitaba estar a sola y descubrirse. A ser ella misma. Y por eso estaba allí, en aquella isla a casi 14.000 kilómetros de su hogar. Solo quería apartarse por un tiempo y encontrarse a sí misma.

—¿Preparada para una nueva aventura? —cuestionó sin dejar de mirarla, con el gesto de agradecimiento dibujando su rostro, y empujando de nuevo la moto hacia agua.

—Preparada, mi capitana —respondió con seguridad—. Totalmente preparada.