Capítulo 5

Día 3

—¿Una cena?

—No.

—Mmm… ¿Salimos a tomar unas copas?

—No.

—Quinn… Sé que esto puede resultar humillante para alguien como yo, pero te lo estoy suplicando. ¿Podemos quedar esta noche?

—Te he dicho que no —alzó la mirada hacia la chica—. No voy a quedar contigo, porque seguro que terminamos como no queremos.

—Eres tú la que no quieres —le recriminó—. A mí me da igual…Yo solo quiero sexo, y no veo nada de malo en que sigamos como estábamos.

—Te dije que no se iba a volver a repetir —respondió Quinn volviendo a centrarse en el informe que rellenaba sobre el mostrador de recepción, mientras Spencer la amenazaba con la mirada tras el mismo—. Y si te dije que no iba a volver a repetir, es porque no lo voy a hacer.

—¿Cómo lo haces?

—¿Cómo hago el qué?

—Aguantar cinco meses sin sexo —murmuró evitando que su compañera de recepción pudiese oírla—. De veras Quinn, yo entiendo que una sola puede satisfacer sus necesidades, pero… ¿Por qué hacerlo así cuando podemos…?

—No insistas…

—Escúchame —susurró acercándose a ella tras el mostrador—. Solo una vez más. Tengo la suite Reina a nuestra disposición. Chocolate belga, champagne, el jodido jacuzzi que nos vuelve locas, y…—se detuvo lanzando una mirada a su alrededor antes de volver a fijar los ojos en ella— Y te prometo que te hare eso que tanto te…

—Spencer, por favor —la interrumpió débilmente.

—Lo estás deseando. Quinn. Un poco de rock and roll, nada más. Nos vendrá bien a ambas…

—Spencer —masculló tras unos segundos en los que las dudas volvieron a asaltarla—. Basta. Esto es acoso sexual. Te lo advierto, si sigues así, voy a tener que denunciarte —le amenazó con el bolígrafo.

—Dios… Eres imposible —recriminó resignada—. Pero que sepas que, si termino aceptando la invitación de Adam, no podré hacerme responsable de mis actos. Y todo caerá sobre tu conciencia.

—Eso es lo que tienes que hacer de una vez por todas —le replicó—. Dale la oportunidad a Adam antes de que se canse. Porque te aseguro que si se cansa de esperarte y decide venir en busca mía…Me lo quedo.

—¿Tú? No sé por qué, pero tengo la leve sensación de que no estás interesada en los chicos.

—Ni en las chicas —sentenció tratando de zanjar aquella conversación, pero a Spencer no le parecía el momento oportuno de hacerlo.

Eran las 12:34 del mediodía, y aunque el viernes siempre solía ser un día de bastante movimiento en el hotel, por nuevas llegadas o gente que abandonaba aquel paraíso, apenas había nadie a esa hora en la recepción. Solo un par de turistas y Quinn rellenando aquel formulario como hacia cada semana.

Por algo llamaban a aquella isla, la isla tranquila. A pesar de ser un perfecto paraíso, el mayor volumen de turismo se centraba en las islas más grandes y pobladas, como Praslin o Mahé. Aquella pequeña isla, al igual que isla Marianne o isla Felicité, solo recibía un goteo incesante de turistas que buscaban disfrutar de la paz que transmitía aquel lugar, y que, por norma general, solo permanecían en ella por algunos días.

Solo personas de mucho poder adquisitivo estaban allí más de una semana. Personas que buscaban desconectar del mundo, y que tenía la oportunidad de hacerlo. Algo que no era muy común.

—Lo que tú digas. Pero igual el día que te arrepientas de permanecer en esa abstinencia absurda, vendrás a buscarme. Y puede que ya no esté disponible —balbuceó con un fingido enfado.

—Correré el riesgo —masculló viéndose vencedora de la batalla. Una más de las tantas que había tenido que lidiar desde que tomó aquella drástica decisión. No era la primera vez que Spencer recurría a ella para saciar el revuelo hormonal en su cuerpo, y estaba convencida de que no sería la última. Y aunque seguía firme en sus pretensiones, la insistencia de la chica y el paso del tiempo, comenzaban a pasarle factura. Tanto, que cada vez las dudas eran más intensas. Y la debilidad a volver a caer entre sus brazos, empezaba a hacer de las suyas.

—Oye. Y hablando de chicas… ¿Qué tal con la estrellita? —cuestionó Spencer tras varios segundos en silencio, en los que volvió a asegurarse que su compañera de recepción, no les prestaba atención.

—Sabes que tiene un nombre, ¿verdad?

—Si, y también sé que es una estrellita.

—Pues en mi presencia, me gustaría que la llamases por su nombre, y no de ese modo…

—Me da igual que sea tu amiga de la adolescencia —la interrumpió—, me basta con ver todas las exigencias que pidió para permitirme el lujo de llamarla de esa forma.

—Eres una exagerada. Aquí han venido personas exigiendo muchas más cosas que Rachel, y no la has llamado así —respondió dando por acabada su rutinaria tarea—. Ella solo ha pedido privacidad, y es lógico. Aunque te cueste asimilarlo, es bastante conocida en nuestro país.

—¿Exagerada? Ok; comida vegetariana, mínimo 7 toallas en su apartamento, sábanas nuevas y solo para ella, sales minerales con olor a chocolate y aceite de rosa mosqueta en el baño. Ha pedido que la cama de su habitación estuviese lineada hacia el sur, y satélite para ver 3 canales deportivos que solo se retransmiten en los Estados Unidos… ¡Ah! y una guía que sea chica, que, por cierto… ¿Tienes idea de por qué ha pedido que sea chica y no chico?

—Pues no…no tengo ni idea —balbuceó completamente sorprendida por la cantidad de peticiones extrañas que Rachel había realizado para hospedarse en aquel hotel, y que ella desconocía por completo.

Rachel, por el poco tiempo que había pasado con ella desde que llegó a la isla, seguía siendo la misma chica de siempre. Con el mismo ego forzado que vestía su personalidad para sentirse fuerte e importante. Quien conocía a Rachel Berry, sabía que todo aquel dramatismo, su perfección por ser la mejor y conseguir que la idolatrasen, era una simple máscara que utilizaba. En el fondo, su corazón siempre se posicionaba ante aquel mundo, y terminaba entregándose a los demás. Era una buena persona, y una buena amiga.

—Pues menuda cara puso Adam cuando dijo que no le quería a él. Creo que es la primera vez en toda su vida que una chica lo quiere mantener alejado.

—Quizás por eso mismo haya preferido que sea una chica. Quizás tenga miedo a que le saquen algunas fotos y divulguen rumores sobre ella. Todo el mundo sabe que tiene novio.

—¿También conoces a Jesse St. James?

—Ajam…Estuvo un tiempo en mi instituto y bueno, tuve la oportunidad de conocerlo un poco —sonrió forzada.

—¿Es tan guapo en persona como en la pantalla? —se mostró curiosa.

—No…No es mi tipo —musitó tras recordar el daño que aquel chico había llegado a provocar en Rachel cuando apenas eran unos adolescentes. Sinceramente le resultaba imposible ver el atractivo de Jesse conociendo aquellos detalles de su vida.

—No te he preguntado si es tu tipo, te he preguntado si es guapo y... Eh, hablando de Roma —murmuró desviando la mirada por encima del hombro de Quinn—. Ahí viene la superestrella.

Puntual, pensó Quinn tras girarse por el comentario de Spencer, y ver cómo Rachel caminaba hacia ella con algo de dudas. Y es que esa timidez era algo que ni el teatro, ni los aplausos, ni los premios, ni los paparazis, iban a lograr eliminar en Rachel.

Quinn sonrió con amplitud, tratando de hacerle entender que no le estaba interrumpiendo, porque esa es la duda que la morena reflejaba en su rostro.

—Las 12:40 —dijo segundos antes de que se posicionara junto a ella.

—Es la hora que pactamos. ¿No es cierto?

—Pues sí…Ni un minuto más, ni un minuto menos —la saludó con una caricia sobre el hombro— ¿Todo bien?

—Sí, todo bien. He…he traído el sombrero que me pediste —dijo mostrándole una pamela que, a tenor del tamaño de la visera, podría cubrir prácticamente todo el rostro de quien se la pusiera.

—Perfecta, es perfecta —respondió Quinn— ¿Ya has comido?

—Sí, acabo de salir del restaurante —desvió la mirada hacia Spencer, que, tratando de pasar inadvertida, comenzó a organizar el informe que previamente le había entregado Quinn—. Buenos días, señorita Hastings —saludó llamando su atención.

—Buenos días, señorita Berry —saludó con la cordialidad y regalándole la misma sonrisa que solía regalar a cada turista que llegaba a su mostrador—. Espero que esté disfrutando de la estancia y de la isla.

—Por ahora no tengo queja alguna —miró de soslayo a Quinn.

—Me alegro que así sea —añadió de nuevo—. Por cierto, puede llamarme Spencer.

—Ok. Le llamaré Spencer cuando usted me llame Rachel —le respondió con una sonrisa más amplia, gesto que Quinn detectó y no pudo evitar observar.

—Le llamaré Rachel cuando me encuentre con usted fuera del hotel —bromeó—. Aquí dentro tengo la obligación de llamarla por su apellido.

—Mmm…Bueno, si es así como debe ser, no seré yo quien rompa esa norma.

—Muchas gracias, y disculpadme —miró también a Quinn—, debo atender unos asuntos.

—Claro. Nosotras nos vamos ya. ¿Verdad? —fue Quinn quien trató de evitar que aquella conversación se alargase más, por el bien de ambas. Spencer estaba disimulando a la perfección frente a Rachel, y Rachel trataba por todos los medios de caerle en gracia a Spencer.

—Tú mandas —respondió la morena predispuesta a la que iba a ser su segunda aventura en aquella isla.

El día anterior, después de visitar la isla fantasma y contemplar la colonia de estrellas de mar, pudo disfrutar de un perfecto viaje en moto de agua por toda la costa que bañaban las playas de aquella isla. Además de contemplar la multitud de islotes y atolones que se distribuían por su alrededor.

Casi dos horas entre travesía y descubriendo como era aquel paraíso desde el exterior, tal y como le había referenciado Quinn.

Su idea principal era que conociese lo que le rodeaba, que tuviese una visión externa de donde iba a permanecer por dos semanas, y pudiese contemplar la belleza de aquellos parajes. Y lo logró.

La aventura terminó después de un almuerzo juntas en la terraza del restaurante del hotel, donde se despidieron hasta el día siguiente, justo a la hora que ya marcaba el reloj.

—¿Hoy no utilizamos el traje de neopreno? —fue Rachel la primera en romper un extraño silencio que se produjo entre ambas mientras abandonaban el hotel por los jardines traseros, después de despedirse de Spencer.

—No, hoy no —respondió Quinn invitándola a que siguiese sus pasos—. Hoy quiero que descubras una de las rutas más especiales que tiene esta isla.

—¿Y por qué tú no llevas sombrero?

—Porque estoy acostumbrada a recorrer esta isla, y no lo necesito. Tú sí. Te va a venir bien para evitar un poco el calor, el sol…

—Ok. ¿Y vamos en boggie o andando?

—En ninguna de las dos opciones, vamos a ir ahí —señaló hacia uno de los laterales, donde estaba situado el aparcamiento de los Quads y las bicicletas.

—¿Vamos a ir en esas motos?

—No…Vamos a ir en bicicleta —respondió rápidamente—. La zona que vamos a visitar está rodeada de naturaleza, y vamos a ver a unas buenas amigas que odian el ruido de los motores.

—¿Amigas? —la miró desconfiada— ¿Hablas de amigas tuyas de verdad como esa recepcionista soberbia, o hablas en sentido figurado?

—Hablo en sentido figurado —respondió ignorando el pequeño ataque gratuito que le había regalado a Spencer—. Son unas amigas muy especiales que quiero que conozcas. Las verdaderas protagonistas de esta isla —añadió tras llegar a las bicicletas.

—Si hablas así, y después de lo que vimos ayer, juraría que esas amigas tienen más de dos patas, o reptan por los árboles. ¿Verdad? ¿Qué son? ¿Arañas? ¿Serpientes?

—No, nada de eso. De hecho, de esos animales procuro huir o protegerme —sonrió divertida—. Jamás te llevaría a verlos.

—Ok. Me deja más tranquila que tengas ese detalle. Mucho más tranquila, sin duda.

No hubo palabras de respuesta por parte de Quinn, que se limitó a dejar escapar una sonrisa segundos antes de ofrecerle una de las bicicletas a la morena.

Era de paseo. Una bicicleta sencilla, con una pequeña cesta de mimbre en la parte delantera, y con una altura perfecta para ambas. A Rachel le gustó tanto la idea, que no tardó en subirse tras colocarse el sombrero, y ser ella quien tuviese que esperar a que Quinn lo hiciera sobre la suya.

—Supongo que esta noche si habrás dormido. ¿No?

—Sí…Y mucho —respondió alargando con satisfacción las palabras—. Creo que eran las 8 o las 9 cuando me fui a dormir después de estar toda la tarde en el Spa, y ésta mañana a las 7 estaba perfecta.

—¿Has hecho algo hoy? ¿O te has dedicado a tomar el sol? —bromeó mirando de soslayo las piernas de la morena, que quedaba al descubierto por culpa de unos shorts que apenas se veían bajo la impecable blusa blanca que vestía.

—No… No he tomado el sol. Me levanté, desayuné, me fui a correr y a hacer mis ejercicios a la playa. Luego me duché en esa perfecta ducha de hidromasaje que tengo en la habitación, y me puse a leer las noticias. Hablé con mi agente para saber cómo iba todo en Nueva York, llamé a mis padres y…Nada más. Ha sido una buena mañana.

—Vaya…Menuda agenda. Pensé que estabas de vacaciones —sonrió cómplice tras subirse a la bicicleta—. ¿Todo bien por Nueva York? —se interesó.

—Sí, todo perfecto, como debe estar —le devolvió la sonrisa.

—Me alegro. ¿Vamos?

—Tú guías —respondió invitándola a que tomase la delantera en aquel paseo en bicicleta.

—Ok. Sígueme, vamos a salir hacia el sur. Nuestro objetivo es el sendero que discurre paralelamente por la playa Anse Source d'Argent. Hasta que lleguemos justamente a la playa, vamos a pasear prácticamente por el interior de la selva.

—Mmm… ¿Me tengo que preocupar? —cuestionó situándose a su lado.

—No. De hecho, lo que te voy a pedir es que prestes mucha atención a lo que vas a ver, porque te aseguro que no solo hay árboles y plantas. Y afina tu oído, quiero que escuches el sonido de la selva.

—Ok…Haré todo lo que me pidas.

—Perfecto… —murmuró emprendiendo el paseo a través de una salida que conectaba directamente con el sendero que Quinn tenía previsto utilizar. No era muy ancho, pero si lo suficiente como para que las dos bicicletas pudiesen ir en paralelo.

A ambos lados del camino, que se presentaba asfaltado y con un firme perfecto para transitar sobre él, aparecían inmensas palmeras y diferentes tipos de árboles entre una frondosa vegetación que casi sobrepasaban en altura a las dos.

—Mira allí arriba —indicó Quinn tras varios minutos en completo silencio, amenizado solo por el sonido de las aves que revoloteaban entre las palmeras—. ¿Ves esos cocos?

—¿Los de esas palmeras gigantes? —cuestionó curiosa.

—Ajam… ¿No te resultan curiosos? —preguntó sonriente, aminorando el paso hasta detenerse donde podían observarlos bien.

—Mmm…Son enormes —respondió Rachel.

—Son cocos de mar, aunque los nativos de las islas los llaman coco fesse —explicó divertida, esperando la reacción de Rachel. Sin embargo, ésta no llegó de ninguna manera, o al menos no de la que esperaba la rubia.

—Ah…Pues son muy grandes —balbuceó sin darle demasiada importancia.

—Rachel —la miró obligándola a que le prestase más atención—. ¿Sabes lo que significa "fesse"?

Tras un par de segundos pensativa, alzando la vista hacia la copa de aquellas palmeras, terminó cediendo a la pregunta y desvió la mirada hacia Quinn, cuestionándola sin palabras.

—Es francés. Y significa nalgas, trasero…culo —explicó Quinn sin dejar de mirarla —. Los llaman así porque tienen forma de nalgas. Míralos —volvió a señalar hacia la palmera y Rachel, con curiosidad siguió la indicación hasta volver a posar sus ojos sobre aquellas gigantes semillas.

—Oh…Es cierto —susurró sorprendida tras ser consciente de la curiosa morfología del fruto.

—Cuando la palmera es del género femenino —volvió a hablar—, los cocos son así. Tienen esa forma tan característica y curiosa. Es como si te estuvieran mostrando el trasero, ¿verdad?

—Tienes razón. Esas palmeras nos están enseñado el trasero… ¿Has dicho genero femenino? —cuestionó buscándola con la mirada.

—Sí.

—¿Las palmeras tienen género?

—Claro. Lo tienen.

—¿Y qué pasa cuando la palmera es del género masculino? —cuestionó la morena tras un breve tiempo observándolos, con una sonrisa que se empezaba a dibujar en sus labios— ¿Son diferentes?

Pero Quinn no respondió con tanta rapidez como Rachel esperaba. La rubia sonrió traviesa y emprendió de nuevo el trayecto con pausa.

—¡Mira a tu derecha! —exclamó dejándola en mitad del sendero.

Y así hizo Rachel. Lanzó la mirada hacia la derecha, e instintivamente la alzó para mirar la copa de varias de aquellas palmeras que también aparecían en el lado opuesto. Volvía a ver los cocos con aquella característica forma. Sin embargo, sus ojos se detuvieron en una de las palmeras, que, a diferencia de las demás, no tenía esas semillas especiales, sino que de ella colgaban unos extraños apéndices de bastante longitud.

—¿Qué diablos es eso? —masculló segundos antes de escuchar la voz de Quinn interrumpir sus pensamientos.

—Son las semillas. Los cocos de las palmeras macho, y suelen medir entre un metro y un metro y medio de longitud —respondió divertida—. Como ves, son un poquito diferentes de las hembras.

—Oh…Dios —volvió a alzar la mirada hacia el curioso coco, momentos antes de reaccionar y empezar a pedalear para alcanzar a Quinn—. Son como…

—¿Y sabes que es lo mejor? —la interrumpió divertida— Que dicen que tiene cualidades afrodisiacas.

—¿En serio?

—Ajam…

—¿Me estás diciendo que esos cocos que parecen un trasero y un…bueno, eso… tienen además cualidades afrodisiacas?

—Así es la naturaleza —musitó sonriente—. Todo un espectáculo.

—Y que lo digas…—susurró siguiendo su estela por el sendero— Así que fesse —murmuró cuando apenas estaba a un par de metros detrás de Quinn.

—Ajam…Deberías aprender un poco de francés, siempre viene bien —respondió sin dejar de mirar al frente.

—Sé algo de francés…Y ahora con esa palabra, sé un poco más —replicó casi sin poder contener la carcajada, aunque Quinn no era testigo de ello—. Por ejemplo, ahora sé decir belle fesse.

No supo si era por culpa de la pésima pronunciación de Rachel, o por lo que realmente significaba aquel comentario, pero Quinn detuvo el pedaleo para esperar la llegada de la morena y cuestionarla con la mirada. Y lo hizo. Sin embargo, la única respuesta que recibió fue una divertida sonrisa mientras pasaba por su lado y se adelantaba en el camino, dejándola sin una respuesta a su confusa mirada.

Aunque la sonrisa que mostraba, bien podría servirle de respuesta; estaba burlándose de ella.

—Ok… —Quinn recuperó la distancia que Rachel se había encargado de crear, y recobró la sonrisa que apenas conseguía disolverse de sus labios durante aquel trayecto —. Cuando te marches, habrás aprendido más palabras a parte de esa. Lo prometo.

—Suena bien —respondió sin dejar de observar a su alrededor—. Es impresionante Quinn. Esto es un paraíso de verdad.

—¿Lo dudabas? —cuestionó satisfecha— Mira… ¿Ves esa casa de allí? —señaló hacia la derecha, donde la arboleda dejaba de ser tan frondosa y una pradera de un verde intenso las recibía.

Al fondo, a unos 500 metros, una casita de madera con techos de palma y un mástil con la bandera de las Seychelles ondeando en el jardín, llamaba la atención de la morena, que rápidamente fijó su vista sobre ella.

—¿Qué es? No me digas que un hotel, porque…

—Es la casa de vacaciones del presidente.

—¿De verdad? —la miró incrédula— ¿Ahí?

—Ajam…

—Pero, si aquí no hay seguridad ni parece complicado acceder a esa casa. ¿Cómo puede vivir ahí? ¿No es peligroso?

—No, él trae su propia seguridad cuando se instala y…Además, esta isla es bastante tranquila. La gente que vive aquí es gente honrada y pacífica. A finales de semana visitaremos núcleos urbanos para que conozcas y veas como viven.

—¿Hay tiendas?

—Claro. Rachel aquí viven casi 20.000 personas, hay de todo lo que necesites… Mmm, bueno todo no, falta un Starbucks —rio divertida.

—¿Los echas de menos? ¿Echas muchas cosas de menos del mundo de los agobios y el ruido de los coches?

—Algo, supongo —musitó con algo de nostalgia.

—¿Qué es algo?

—Echo de menos a mi madre, a mis amigos, no sé. A veces se necesita todo ese ruido para recordar que estás en el mundo. Esto es tan…mágico, que pierdes la noción del tiempo.

—No sé si podría estar aquí tanto tiempo como tú —masculló la morena tras un breve momento de absoluto silencio—. Esto es el paraíso, pero da la sensación de que no, no te enteras de lo que sucede en el mundo. Pasear por todos estos lugares haces que te olvides de que más allá de la playa, hay ciudades, trabajos, gente que se mueve. Aquí es todo como pausado, como si el tiempo pasase mucho más lento. No sé si me explico.

—Te explicas a la perfección —respondió Quinn—, y quizás eso es lo que animó a quedarme aquí. Necesitaba parar, necesitaba encontrarme a mí misma, y nada mejor que un lugar así para hacerlo. Aquí nadie me influye. Soy yo, hago lo que quiero y como lo quiero. Y lo que es mejor, disfruto haciéndolo. ¿Sabes? —la miró— Cada noche me acuesto, y lo hago recordando todo lo que hice en el día, y ni siquiera me doy cuenta cuando caigo vencida por el sueño. Sin embargo, cuando estaba en París, me acostaba y lo único que rondaba por mi mente era lo que tenía que hacer al día siguiente, y cómo debía hacerlo. Y la ropa que debía ponerme, los lugares donde tenía que ir, las llamadas que debía hacer…Y no dormía. Me pasaba las noches dándole vueltas a cosas absurdas que terminaban provocándome insomnio. Estaba histérica y sentía que no tenía control sobre mí misma.

—¿Y ahora lo tienes?

—Sí, totalmente, Rachel —sonó con sinceridad—. Estar aquí me ha enseñado a saber manejar mi mente. A darle prioridad a lo verdaderamente importante y no dejarte influir. He conocido a muchísima gente en estos dos años. Gente de todo el mundo, y todos me han aportado algo. Y aún sigo teniendo capacidad para recibir más.

—¿Y yo? —balbuceó— ¿Crees que yo te aportaré algo al estar aquí?

—Ya lo has hecho —respondió sonriente mientras detenía la bicicleta en el andén del sendero. Rachel la imitó.

—¿Ya? Pero si apenas llevo dos días. ¿Qué he podido aportarte?

—Antes de que llegaras, echaba de menos a mi familia, a mis amigos, como ya te he dicho. Pero verte aquí, poder escucharte, verte sonreír, no sé. Es una sensación tan…tan…indescriptible. Estoy feliz, Rachel. Me has hecho recordar que a los amigos no se les echa solo de menos, sino que se les piensa, se les lleva dentro. Puede, puede que tú y yo no hayamos sido grandes amigas, como por ejemplo lo he sido con Santana o tú con Kurt, pero te aseguro que verte aparecer en esa habitación, regresar a mi apartamento y saber que estás aquí, que puedo verte en cualquier momento, me hace sentir afortunada. Y, sobre todo, me recuerda que te aprecio y quiero mucho más de lo que llegué a imaginar.

Casi ni podía hablar. Rachel sentía como unas absurdas y patéticas lágrimas estuvieron a punto de inundar sus ojos tras el discurso de Quinn.

Nunca, jamás en su vida, había escuchado hablar a Quinn de aquella manera, y mucho menos haciendo referencia a ella misma. Habían sido tanto los años en los que deseó ser su amiga, que saber que, a pesar de sentirse parte de su vida, sentía y pensaba de aquella manera, le abrumó y emocionó por partes iguales.

—Vaya… —balbuceó tras desviar la mirada hacia el suelo, presa de los nervios que le producía sentir los ojos de Quinn incidiendo sobre ella— Es…es hermoso lo que dices.

—Me has preguntado. ¿No? —añadió sonriente— Es otra de las cosas que he aprendido desde que estoy aquí; decir exactamente lo pienso y siento. Por supuesto, sin resultar grosera cuando se trata de algo malo.

—¿Te he aportado algo malo? —preguntó con algo de temor, sabiendo que, si era consecuente con sus palabras, también iba a ser directa y sincera con lo malo.

—No —fue rotunda—. Ni ahora ni antes, Rachel. Todo lo que me has aportado en mi vida ha sido bueno. De hecho, creo que eres la única persona en mi vida que nunca me ha fallado. Eres una buena influencia —le guiñó el ojo segundo antes de dejar la bicicleta aparcada y pasar por delante de ella, dirigiendo sus pasos hacia un pequeño llano que se extendía hacia la derecha.

Rachel la siguió con la mirada, y aunque lo que realmente pretendía era hacer lo mismo que ella y seguir sus pasos, no pudo hacerlo hasta que asimiló como aquel gesto, había sido el quinto guiño que le regalaba. Y por supuesto, la quinta vez que sentía como le temblaban las piernas tras ello. Estaba convencida de que jamás se iba a acostumbrar a que Quinn Fabray le regalase ese guiño de ojos. Mucho menos después de todos los halagos recibidos.

—Será mejor que me acompañes si quieres que te presente a mis amigas —murmuró lanzando una mirada mientras seguía caminando.

—Ok, pero… ¿Dejamos las bicicletas aquí? —preguntó con algo de dudas, saliendo por fin de su embelesamiento.

—Sí, no te preocupes, no las vamos a perder de vista. Así que vamos, ven.

—¡Voy! —exclamó tras ver como Quinn no pausaba sus pasos y empezaba a tenerla a una distancia prudencial.

Y es que después de lo vivido el día anterior, y a pesar de que le había prometido que no iba mostrarle ningún animal peligroso, Rachel seguía teniéndole algo de temor a aquella nueva y aventurera Quinn.

Fuera lo que fuese, quería estar junto a ella, para evitar cualquier contratiempo y al menos tener algo de protección.

Y justamente eso le ofreció, o, mejor dicho, exigió Rachel tras descubrir lo que habían ido a ver a aquel lugar.

Por inercia, retrocedió varios pasos y aprovechó el cuerpo de la rubia para que la protegiese contra aquellas centenarias amigas.

—¿Qué haces, Rachel? —cuestionó la rubia en una lucha fraudulenta por mirar cara a cara a una escurridiza Rachel que se resguardaba tras ella.

—¡Eso es peligroso, Quinn! —exclamó— Me da igual lo que digas, esos animales muerden y por el tamaño que tienen… ¡Oh dios mío! Son gigantes.

—Rachel, son tortugas —susurró sorprendida por el comportamiento de la morena.

—¿Cuánto miden? ¿Cuánto pesan? —masculló aferrándose a la camiseta de la rubia.

—Pues no lo sé. Un metro y algo, y…200 kilos más o menos.

—O más —añadió mirando de reojo hacia el redil.

Apenas eran tres las tortugas que mansamente reposaban bajo el frescor que las palmeras le otorgaban en aquella zona.

Espectaculares, increíbles, maravillas, algo fascinante. Esos eran los adjetivos que Quinn estaba acostumbrada a escuchar cuando llevaba a los turistas a contemplar a las gigantes tortugas de la Aldraba. Sin embargo, la reacción de Rachel fue completamente opuesta. Estaba aterrorizada.

—Rachel, estas tortugas llevan aquí más de cien años. De hecho, aquella de allí —señaló hacia una que parecía haber despertado de su letargo, y lentamente caminaba hacia ellas—, puede que supere los 150 años. Y están acostumbrada a todo tipo de visitas. Te aseguro que disfrutan con ellas. De hecho, hay niños de la zona que vienen a jugar con ellas, y les encanta.

—No me lo creo. ¿Tú las has visto sonreír? Porque yo no creo que se diviertan jugando con…Oh dios, vienen hacia aquí, Quinn. Esa tortuga viene hacia aquí —masculló escondiéndose aún más tras la rubia, como si aquello la hiciese invisible ante los ancianos ojos de aquellos animales.

—Rachel, deja de esconderte —recriminó tras alzar el brazo alrededor de su hombro y obligarla a colocarse junto a ella—. No te van a hacer daño, te lo prometo.

—¿Por qué estás tan segura? —cuestionó aferrándose a su cintura— Quinn, hay algo de mí que no sabes. Mira —le mostró el antebrazo, donde una pequeña cicatriz resaltaba con el perfecto bronceado de su piel—, cinco puntos de sutura por culpa de uno de esos bichos. Me mordió y te juro que recuerdo el dolor. No se me va a olvidar nunca.

—¿Te mordió una tortuga de la Aldraba?

—No, era una de esas de acuario. Mi padre se empeñó en llevarme a verlas y me dijo que podía acariciarlas, y no…no debí. Me dolió mucho, y son traicioneras. Así que dile a esa tortuga que no se le ocurra acercarse —amenazó con todo infantil.

—Ok… —se apartó de la morena— Iré a decirle que no se acerque.

—Eh…Quinn. ¿Qué haces? —la cuestionó tras ver como con una sonrisa y sin dudas, caminaba directa hacia aquel reptil que había tomado ventaja al resto— Quinn, por favor —suplicó—, no te acerques…

Pero Quinn la ignoró, o quizás no. Evidentemente escuchaba la voz temblorosa de la morena, pero sabía que podía acercarse a la tortuga, y que solo de aquella manera, iba a convencerla para que ella también lo hiciese.

—Las tortugas son animales nobles. No te harán daño si tú no le haces daño —musitó tras llegar frente al animal y acercarse con delicadeza hacia la cabeza erguida del mismo. Una suave caricia fue suficiente para entrar en contacto y hacerle ver que solo quería acariciarla. La tortuga entendió perfectamente el movimiento y se dejó acariciar sin más.

Solo Rachel estaba tensa.

Ver como Quinn se decidía a acercar su mano a la cabeza del reptil, no hizo más que asustarla mucho más de lo que ya estaba.

—Quinn… Por favor —musitó temblorosa—, no me hagas ir a por ti.

—Rachel… —la miró ignorando las plegarias de la morena— Vamos acércate. Ahora me toca a mí aportar algo en tu vida —añadió sonriente—. Confía en mí —sentenció, y un nuevo guiño acompañó a esa última petición.

El sexto. Seis guiños de ojos en apenas dos días. Seis sensaciones diferentes, unidas por un mismo matiz; el repentino temblor de piernas que producía recibir el sencillo y rápido gesto.

—Quinn, no —susurró viéndose incapaz de resistirse a ella—. No me hagas esto.