Capítulo 6

Secretos

Miedo. No, miedo no era lo que mantenía a Rachel petrificada. Era pavor, terror, absoluto descontrol de su cuerpo al ver como Quinn se tomaba la libertad de dejarse caer sobre sus rodillas frente a aquella diabólica tortuga gigante.

Había ignorado su petición para que no se acercase, y ya solo le quedaba suplicarle.

—Quinn, por favor…No te acerques más —murmuró completamente nerviosa.

—No me voy a mover de aquí hasta que vengas y veas lo mismo que yo.

—¿Ver? ¿Qué quieres que vea a parte de ese gigantesco animal que está a punto de morderte? ¡Vamos Quinn, por favor! Aléjate de ella.

—¡Ven! —replicó sin dejar de mirar al animal, que mansamente esperaba y disfrutaba cada caricia que Quinn le regalaba.

—No —susurró sin convicción. No quería, no podía acercarse a aquella bestia. Pero ver a Quinn con tanta pasividad a su lado empezaba a desquiciarla. Si aquella tortuga se lanzaba hacia ella, era imposible que pudiese escapar.

Eran lentas, sí, pero la fuerza brutal de sus mandíbulas, podría destrozar a cualquier ser vivo que se le acercara. Y Quinn a su lado se veía tan vulnerable, que incluso acentuaba más el temor.

—Ok…No vengas, pero que sepas que fuiste tú quien me pediste que te obligase a hacer todas las actividades. Visitar a estas amigas que llevan aquí unos 150 años, entra dentro de lo que se suele hacer en esta isla.

—Pero Quinn —balbuceó apenada, con una mueca de desamparo en su rostro que podría romper cualquier corazón, excepto el de la rubia.

Conocía aquel gesto. Sabía que Rachel era una experta en convencer con aquella infantil actitud, y por eso mismo ni siquiera le dio importancia. Siguió mostrándose firme con su decisión de permanecer junto a la tortuga, hasta que observó de soslayo como Rachel se decidía a dar un par de pasos hacia ellas.

No mucho, apenas fueron tres los pasos. Y los dio con tantas dudas, que parecía más una acción provocada por los nervios, que un acercamiento—. Por favor… —volvió a suplicar— no me hagas esto.

Y fue ahí, tras aquella última súplica, cuando Quinn se decidió a mirarla y la dejó completamente hipnotizada. Desprendía tanta seguridad con sus ojos, que Rachel supo que no iba a ser capaz de negarle más. Lo hizo, pero solo con un leve movimiento de su cabeza, algo insuficiente para la persistencia de la mirada de Quinn.

—Me va a morder —balbuceó dando un par de pasos más. Quinn se limitó a ofrecerle la mano, sin separar sus rodillas del suelo y ante la mirada inconsciente de la tortuga, que solo exigía recibir más caricias de su conocida amiga—. Quinn…

—Vamos, Rachel —susurró con dulzura—, confía en mí.

¿Cómo no hacerlo? Pensó Rachel en el mismo momento en el que su cuerpo tomaba la decisión de avanzar hacia ella, y bloqueaba los gritos de su mente suplicándole que no lo hiciera.

Quinn podía. Tenía más poder y por eso mismo se dejó llevar.

Sentir como su mano se aferraba a la de ella, le hizo recuperar un poco la seguridad en sí misma, pero no mucho.

—Mira —volvió a hablar la rubia, desviando la mirada hacia el animal—, no te pido que la toques, ni que te acerques más…Solo quiero que mires sus ojos, Rachel. Mira en sus ojos y vas a ver que no estoy equivocada, que merece la pena.

No sabía, no podía entender lo que pretendía que descubriese en los ojos de aquella tortuga, pero como había hecho desde que llegó a la isla, siguió su indicación, y con más temor que curiosidad, miró directamente hacia la tortuga.

No vio nada diferente a lo que debía ser la cabeza de una tortuga de aquel tamaño. Sin embargo, sintió como algo la traspasaba cuando el animal, casi como si supiera lo que estaba sucediendo, la miró a ella.

Rachel no pudo evitar dar un paso hacia atrás.

—Mira sus ojos, Rachel —murmuró Quinn permitiendo que la morena se aferrase aún más a su mano. Y así lo hizo. Y ese fue el motivo que le provocó un escalofrío que ascendía por su espina dorsal y terminaba en su nuca—. ¿Te haces una idea de la cantidad de personas que esta tortuga ha visto a lo largo de su vida? ¿Cuántos días? ¿Cuántas noches? Ella ya había nacido antes de la primera guerra mundial. ¿Te imaginas cuanto podría contar si pudiese hablar?

—Le…le brillan mucho los ojos —susurró la morena sorprendida.

—Es una anciana, Rachel…Y apuesto a que tú eres la primera estrella real que ve —dijo con dulzura.

—Es, es muy especial todo eso que dices, Quinn. Pero realmente me da miedo —murmuró sin poder evitar el temblor en su voz.

—No la vas a tocar, ¿verdad?

—Lo haré si me lo pides, pero no quiero hacerlo —la miró suplicante.

—Ok —esbozó una sonrisa tras recuperar la verticalidad y dejar a la tortuga—. No voy a obligarte a hacer algo que no quieres. Al menos he conseguido que te acerques y veas que, si las tratas con cariño, ellas te trataran igual.

—Hagamos un trato —respondió Rachel tras comenzar a alejarse tímidamente de la tortuga.

—¿Qué trato? —cuestionó siguiendo sus pasos, tras dejar una caricia a modo de despedida sobre la tortuga.

—Volveremos antes de que regrese a Nueva York…Y prometo que las tocaré. ¿De acuerdo?

—¿Estás segura?

—Sí, lo haré, pero no hoy. Si me muerde, prefiero que sea el último día, así puedo disfrutar un poco más de las playas.

—Ah bueno —murmuró removiendo los ojos—, si es así, perfecto. Volveremos antes de que te marches y tendrás que tocarlas. Y sentarte sobre una de ellas.

—¿Qué? —se giró un par de metros antes de llegar a su bicicleta, momento que Quinn aprovechó para adelantarse y recuperar la suya.

Volvía a dejarla sin respuesta evidente, al menos eso parecía pretender tras emprender de nuevo el trayecto por el sendero que continuaba directo hacia la playa—. ¿Qué dices de sentarme sobre ella? Eso no entra dentro del trato. ¿Me oyes?

—Un trato es un trato —respondió divertida.

—No…no, he dicho que…

—Blah…blah… —la interrumpió provocando la resignación en la morena— ¿Qué tal has almorzado?

—¿Me estás cambiando de tema?

—Ajam. No me apetece discutir —la miró divertida—. ¿Te gusta la comida del hotel?

—Eh, pues… —balbuceó un tanto confusa. Si había algo que realmente le molestaba, era no acabar con una discusión cuando tenía argumentos suficientes para salir vencedora. Aunque para ser honestas, aquello no era una discusión. Era una simple broma de Quinn para lograr que el paseo se hiciese más ameno y divertido—. Sí, no está nada mal.

—Sabes que, si te apetece algo en concreto, puedes pedirlo a los cocineros. ¿Verdad?

—Sí, me lo dejaron claro cuando llegué. Por ahora no tengo queja alguna. Hay bastante variedad en comida vegana como para no cansarme de comer siempre lo mismo.

—Me alegro de que así sea.

—¿Sabes lo que no me gusta demasiado? —dijo recordando una pequeña anécdota que había vivido durante la hora del almuerzo y que olvidó comentarle.

—¿El qué?

—Las personas curiosas que empiezan a intimidarme.

—¿Cómo? —la miró extrañada— ¿Personas curiosas?

—Había…había dos chicas que creo que me han reconocido, y no han sido muy sutiles. Estaba un poco incomoda, la verdad.

—¿Sutiles? ¿Te han molestado? —se interesó.

—No, bueno sí. Quiero decir, no me han molestado acercándose ni nada de eso, pero sí lo han hecho con miradas…Ah, y creo que una de ellas me ha sacado fotos con su móvil. Pensé que aquí nadie me reconocería.

—Vaya, siento que te hayas sentido incomoda. ¿Sabes quiénes eran? ¿Las has visto más a menudo?

—Sí, las vi justo el día que llegué, y estaban con ese amigo tuyo, con Adam —aclaró lanzando una mirada a su alrededor, contemplando como el camino se había vuelto un poco más abrupto, y la planicie donde habían dejado el redil de tortugas, ya quedaba camuflado de nuevo por la frondosa vegetación de aquella isla.

—¿Con Adam? —masculló Quinn pensativa— ¿Era una chica morena…y otra rubia, muy guapa?

Asintió, aunque no supo si lo hizo por la rapidez con la que Quinn parecía haber reconocido a aquellas dos chicas, o por la pequeña, pero precisa descripción sobre la chica rubia. No recordaba haber escuchado a Quinn Fabray hablar de la belleza de otra chica, que no fuese ella, nunca en toda su vida. Aunque claro, ese detalle era típico de la antigua Quinn, no de aquella que pedaleaba sobre una bicicleta en mitad de una isla, vistiendo unos sencillos shorts, su camiseta azulada con el logo del hotel a la espalda y el pelo perfectamente recogido en una cola, sin nada de maquillaje que perjudicase su piel limpia y con algo de color gracias al sol.

—Son April y Olivia, no tienes de qué preocuparte —respondió nada más notar la afirmación de la morena.

—¿Son compañeras tuyas?

—No, no, solo están alojadas en el hotel. Llevan apenas una semana. Son buenas chicas. Hace unos días hice con ellas snorkel.

—¿Y qué tiene que ver eso con que me hayan reconocido y me saquen fotos sin mi consentimiento?

—Si te han sacado alguna foto, será para tenerla de recuerdo —aclaró.

—O para publicarlas en Twitter —añadió molesta—, y eso es lo último que deseo.

—Relájate Rachel —interrumpió—, dudo que ni Olivia ni April publiquen algo tuyo en ninguna red social. De hecho, apuesto a que ni siquiera van a decirle a nadie que te han visto aquí —sonrió divertida.

—¿Por qué estás tan segura? Te aseguro que no paraban de mirarme. Sobre todo, una de ellas. La…la rubia guapa.

—April —dijo sonriente—, la rubia es April y la morena es Olivia. Y no tienes de qué preocuparte, porque ellas están aquí con la misma privacidad que tú necesitas.

—¿Cómo? ¿Son famosas?

—No, pero tienen sus motivos para querer pasar desapercibidas. Y hay que respetarlo. Así que no te preocupes, estoy segura de que no van a publicar absolutamente nada de ti.

—Ok…Espero que tengas razón. ¿A qué se dedican? —se interesó curiosa, pero Quinn no respondió. Pedaleó un poco más rápido para adelantarse en el camino, y la dejó con aquella extraña curiosidad por conocer a quienes habían estado durante toda la hora del almuerzo, lanzándole miradas y murmurando entre ellas—. ¡Hey!¡Espera! —exclamó tratando de recuperar la distancia que volvía a abrir Quinn entre ambas.

—¡Ten cuidado con el desnivel! —respondió Quinn cediendo un tanto tras llegar a una estrecha curva que salía hacia la izquierda—, y con la arena —añadió tras detenerse un par de metros más adelante.

—¿Arena? —musitó la morena tras descubrir como la dificultad de aquel nuevo sendero en el que discurrían, volvía a complicarse debido a una fina capa de arena blanca, casi radiante, que contrastaba con la tierra oscura del mismo, e indicando que empezaba una nueva aventura en aquel preciso instante— ¿Dónde vamos? —se apresuró a cuestionar tras tener la obligación de bajarse de la bicicleta por una indicación de Quinn, y recorrer aquellos metros a pie.

—Vas a ver uno de los lugares más espectaculares del mundo, no solo de esta isla —explicó Quinn adelantándose de nuevo.

—Oh…dios —balbuceó Rachel tras descubrir la playa tras sortear algunos arbustos y palmeras.

—¡Bienvenida a la playa Source d'Argent! —exclamó Quinn sin perder detalle del rostro sorprendido de Rachel.

—Oh dios, Quinn, es hermosa —volvió a hablar sin pensar en las palabras, solo dejándose llevar por el perfecto contraste que formaban la blanca arena, el turquesa del agua y ese extraño color que podía asociar al plateado que reflejaban las impresionantes rocas que se distribuían por toda la orilla.

Piedras que suavemente habían sido moldeadas por el océano con el paso del tiempo, y que regalaban una de las mejores y más impresionantes panorámicas de aquel paraíso—. Esto…esto no se ve desde el hotel.

—No, porque el hotel está justo detrás de aquel saliente —señaló al fondo—. ¿Sabes lo que son estas rocas? —cuestionó tratando de pillar desprevenida a Rachel, pero la morena tenía buena memoria y guardaba cada mínima explicación que Quinn le había dado desde que llegó a la isla.

—Restos de Gondwana —musitó sorprendiendo a la rubia.

—Bien…Veo que te atiendes a mis sermones.

—Quinn… —volvió a hablar ignorando las palabras de la rubia y adelantándose un par de pasos mientras arrastraba la bicicleta por la fina arena—, te juro que no he visto algo así en mi vida. Ni siquiera en las fotos es tan…bello.

—Suele suceder —añadió Quinn siguiendo sus pasos—. Además, has tenido suerte de que estos días están siendo esplendidos. La luz es espectacular. Se ve que el paraíso se ha puesto de gala para recibirte.

—Oh dios…—susurró sin saber muy bien si seguir sorprendiéndose por las vistas, o por el nuevo piropo que acababa de regalarle Quinn. Escogió lo primero por no resultar demasiado intensa—.Tengo…tengo unas ganas increíbles de meterme en esa playa.

—Pues hazlo.

—¿Puedo? —desvió la mirada hacia ella.

—Claro, veo que traes el bikini y…Además, te vendrá bien para refrescarte un poco. Ahora vamos a tener que ir por otra zona, y hace más calor y más humedad.

—Ok… ¿Vamos? —respondió tras colocar la bicicleta sobre una solitaria roca que aparecía a escasos metros de donde estaban.

—Eh…no, yo no puedo —imitando el gesto de dejar la bicicleta sobre la roca.

—¿Qué? ¿Por qué no?

—No traigo ropa de baño, Rachel. No puedo meterme con la ropa del hotel, tengo que cumplir unas normas.

—Pero… —lanzó una mirada a su alrededor para comprobar como apenas había gente cerca. De hecho, sus ojos solo podían distinguir a una pareja tomando el sol en el extremo opuesto, y a un pescador que parecía buscar algo en el interior de la pequeña barca que ocupaba a escasas millas de la costa—. No hay nadie aquí.

—Rachel no puedo. Pero puedo esperarte aquí, así que vamos, no pierdas más tiempo. Tenemos que irnos antes de las 4.

—No, no, me niego a bañarme sin ti —se acercó vacilante—. Quítate la ropa, seguro que tu ropa interior pasa como si fuera un bikini.

Estuvo a punto de reír, pero Quinn se contuvo mientras negaba reiterativamente que no podía.

—¡Vamos! —insistió Rachel acercándose perdiendo las dudas—. Nadie se va a dar cuenta, y con la humedad que hace, seguro que nadie en el hotel se percata de que te has bañado en horas de trabajo. Además, está ahí mismo, mira…casi nos mojamos los pies si damos un paso más.

—Rachel…Te he dicho que no puedo, que sin ropa de baño no…

No pudo terminar. Quinn perdió el habla tras notar como Rachel se abalanzaba hacia ella sin importarle su reacción, y fue a mirar a través del cuello de su camiseta, tratando de averiguar qué tipo de ropa interior vestía, y si podía pasar como ropa de baño o no.

Evidentemente, si Quinn perdió el habla fue porque no esperó ese gesto y porque sabía que Rachel se iba a sorprender.

—Oh…lo…lo siento —se excusó soltando el cuello de la camiseta y dando varios pasos atrás, con el rubor ascendiendo hasta ocupar gran parte de sus mejillas, y desviando la mirada hacia el suelo, o sus pies, o la playa. No supo hacia donde lo hacía, solo que debía evitar mirar a Quinn a los ojos.

—¿Entiendes ahora por qué no puedo bañarme? —masculló Quinn conteniendo la risotada.

—Eh…sí, ya…ya veo. Pensé…pensé que llevabas sujetador —balbuceó tratando de recuperar la compostura. Obligándose a no darle tanta importancia al hecho de haber contemplado el pecho de la rubia sin previo aviso.

—Depende del día, lo llevo o no —explicó Quinn—. Tampoco es que lo necesite demasiado —se miró así misma—. Siempre y cuando no tenga que hacer actividades más complejas, prefiero ir…así.

—Ok…ok. Yo, yo también suelo ir así…en casa —alzó la mirada hacia ella tras olvidarse un poco de la vergüenza. Sin embargo, no salió como pensaba y sus ojos volvieron a detenerse de nuevo en el pecho de la rubia, en un claro acto reflejo que se escapaba de sus manos—. Creo que, que me voy a bañar. No tardo. ¿Ok? —reaccionó mientras comenzaba a desabrochar la inmaculada blusa blanca que vestía, y se deshacía de los cortos shorts que apenas se veían bajo la misma. El sombrero fue lo último que eliminó de su cuerpo y terminó colocándoselo a Quinn, que ya se había adueñado de la ropa para evitar que se llenase de arena—. No tardo…

—Tomate el tiempo que necesites —balbuceó nerviosa. Ahora ella quien adquiría aquellos nervios tras ver como Rachel volvía a desnudarse delante de ella, como hizo el día anterior, y mostraba un bikini blanco, que a juzgar por el tamaño del mismo bien podría competir por el título del bikini más pequeño del mundo. Sin embargo, eso no fue lo peor. Lo peor fue contemplarla caminar por la orilla mientras iba introduciéndose poco a poco en el agua, mojando lentamente sus manos para evitar el shock del contraste entre el calor que el cuerpo adquiría por culpa de la humedad, y el frescor del agua.

Lo hizo perfectamente, incluido el repentino salto para introducirse de cabeza sobre una de las olas que incesantes, llegaban hasta la orilla.

Quinn se lamentó, y lo iba a hacer durante todo el tiempo que duró el baño de Rachel en aquellas cristalinas aguas.

Se lamentaba porque sentía que su mente y su cuerpo empezaban a jugarle malas pasadas al contemplar a Rachel de aquel modo.

Es Rachel, no Spencer…Rachel Berry, no Spencer ni Santana, se repetía constantemente, procurando que su mente no se bloqueara y siguiese atormentándola con los pensamientos que se agolpaban en ella, cada vez que sus ojos se posaban sobre la morena en el interior del agua. Tuvo que focalizar su mirada sobre el horizonte, para olvidar por algunos minutos que su amiga de la adolescencia, estaba desatando todo el deseo que había podido controlar durante los últimos cinco meses, en los que no necesitó en absoluto la presencia del sexo en su vida para sobrevivir.

—Estúpida Spencer —masculló recordando la conversación que había mantenido con la chica apenas un par de horas antes. Y fue gracias a ese murmullo, que recuperó la noción del tiempo y descubrió como Rachel ya abandonaba el agua, y dirigía sus pasos hacia ella, tratando de escurrir el agua que caía de su pelo.

La bocanada de aire que Quinn tuvo que tomar para calmar sus nervios, podría haber dejado sin oxígeno al resto de humanos que descansaban en aquella paradisiaca playa.

—¡Está perfecta! —exclamó la morena con una enorme sonrisa

—Ya veo —susurró Quinn sin saber si hacía mención al agua o al cuerpo de la chica.

—Es una pena que no puedas al menos refrescarte.

—Creo que lo voy a hacer —respondió dejando la ropa de la morena sobre la piedra que sostenía ambas bicicletas, y entregándole el sombrero nada más llegar frente a ella.

—¿Te vas a meter? —cuestionó confusa.

—No —aclaró—, solo voy a mojarme, aunque sea el pelo. Hace…hace mucho calor —respondió obligándose a mirarla directamente a los ojos.

—Ah…Ok.

—Ahora vuelvo —volvió a hablar tras desprenderse de los zapatos e introducirse en el agua hasta que casi le cubría por las rodillas.

Rachel observó divertida como con una habilidad sorprendente, introducía la cabeza bajo el agua y salía de ella provocando que miles de gotas volaran a su alrededor.

Quinn no quería mojar su ropa de trabajo, pero aquel gesto provocó que su camiseta no se librase del agua, al menos por la espalda, donde el pelo ya reposaba.

Y no le importó que así fuese. El frescor calmó el calor repentino que le había provocado aquella situación, y le hizo recuperar la compostura. Y, sobre todo, la profesionalidad.

Regresar a la orilla y descubrir como Rachel había optado por sentarse sobre una de las rocas, ya no le supuso un desconcierto tan provocador, al menos no tanto como hacia algunos minutos, y pudo regresar sin complicaciones.

—¿Mejor? —fue la morena la primera en hablar tras la vuelta de Quinn.

—Mucho mejor —murmuró al tiempo que empezaba a peinar el pelo con sus dedos —. ¿Estás ya seca?

—Eh…no, pero no voy a tardar mucho en estarlo —le respondió—. Podemos descansar un par de minutos. ¿No?

—Sí…Supongo que sí.

—Ok…Déjame contemplar esta maravilla —lanzó la mirada al frente mientras se abrazaba a sus propias rodillas, y Quinn se posicionaba junto a ella, ocupando un pequeño hueco de la roca.

No dijo nada. Quizás porque aquella era la mejor opción para no pensar en nada que no pudiese perjudicarla. A pesar del calor, no se estaba mal en aquel lugar.

—Quinn…He pensado que, ya que conoces a esas chicas —Rachel rompía el silencio tras varios minutos en silencio—, ¿podrías hacerme el favor de hablar con ellas y…pedirles que por favor no publiquen esas fotos o hablen de mí?

—¿Hablas de April y Olivia?

—Ajam…

—Eh…claro, se lo diré. Aunque es probable que Adam las haya avisado ya.

—Por si acaso. Es importante para mí —la miró.

—¿Por qué? ¿Por qué no quieres que nadie sepa dónde estás? Aquí no hay paparazis.

—No es eso lo que me preocupa. Solo quiero que no sepan que estoy aquí, en las Seychelles.

—No lo entiendo. ¿Qué tiene de malo esto?

—Nada, todo lo contrario. Es maravilloso, pero se supone que yo no debo estar aquí, y mucho menos sola.

—¿Qué? ¿Por qué? ¿Dónde tendrías que estar?

—En las Maldivas…

—¿Con Jesse? —preguntó con algo de temor.

—Así es —respondió preocupada.

—¿Jesse está en las Maldivas?

—Pues sí.

—¿Y por qué no estás allí? ¿No se supone que esto es un regalo de él? No entiendo por qué él está allí y tú aquí. ¿Estáis mal?

—No, nada de eso —masculló—, Jesse y yo jamás estamos mal —desvió la mirada hacia el mar.

—¿Entonces? ¿Por qué no estás con tu novio en vez de sola?

No respondió. El barullo de pensamientos la hizo dudar y recordó que aquella conversación no era la más adecuada. Sobre todo, si era alguien como Quinn quien estaba esperando una respuesta.

Jamás iba a esperar algo así de ella, la chica honesta y fiel a sus principios con la que compartía clases en el instituto. Y por supuesto, no estaba por la labor de hacer que Quinn tuviese esa nefasta imagen suya. No después de cómo se estaba portando con ella.

—¿Sabes qué? —reaccionó bajándose de la roca y recuperando la blusa y los shorts — Creo que es mejor que sigamos con la aventura. Quiero ver más cosas. Leí que había plantaciones de vainilla por todos lados y no he visto ninguna. ¿Puedes mostrármelas?

Quinn no respondió. Estaba tratando de asimilar que había algo demasiado importante que Rachel no quería o no podía contarle, y a juzgar por cómo reaccionó y conociéndola, estaba segura de que era algo que no podía. Y eso no le gustaba en absoluto.

La imagen que Rachel se había encargado de mostrar al mundo, era la de una feliz actriz que acaparaba portadas de revista, a la que fotografiaban tomándose un café en cualquier cafetería de Nueva York, y la que reunía a cientos de fans a las puertas del teatro tras cada actuación. Lo típico de una estrella de Broadway y chica de moda en Hollywood. Y le bastó contemplar su expresión al cambiar de conversación, para saber que no. Que su vida no era exactamente como la mostraban.

Fuera lo que fuese, Quinn había aprendido durante aquel tiempo en la isla, que las prisas nunca eran buenas. Y si Rachel no podía hablar de aquello que parecía agobiarle en aquel instante, ya encontraría el momento justo en el que lo hiciera.

Allí, en aquellos minutos, solo podía regalarle la confianza que necesitaba, aceptando sus excusas y siendo paciente con ella. Y Rachel lo agradeció.

No esperaba bajo ningún concepto que Quinn no insistiera en saber que estaba sucediendo entre ella y Jesse. Era algo que siempre había hecho, y ahora parecía respetar esa privacidad sin sentirse fuera de lugar.

La rubia descendió de la roca y tomó la bicicleta una vez que Rachel había terminado de vestirse, aun con el agua bañando su bronceada piel, y se dispuso a emprender el recorrido previsto.

—Quinn —balbuceó Rachel tras ella.

—Dime —respondió sin mirarla.

—Lo siento —se disculpó por la negativa a hablar—, pero no es el momento de…

—No lo sientas, Rachel —la interrumpió deteniendo el paso y girándose sobre sí misma para mirarla, y regalarle una cariñosa sonrisa—. Entiendo tu situación. No te preocupes. Ya sabes que cuando lo necesites, puedes contar conmigo. Y yo sé que lo sabes, así que no me molesta en absoluto. ¿De acuerdo?

—De…de acuerdo —balbuceó con una placentera sensación de tranquilidad—. Confío en ti, Quinn. Lo hago, y te agradezco que tú también confíes en mí como para darme esa privacidad.

—Somos amigas, ¿no? —amplió la sonrisa.

—Sí —respondió contagiándose de aquel encantador gesto—. Amigas…o algo parecido —bromeó provocando que la sonrisa de Quinn se convirtiera en risa.

—Perfecto, pues entonces vamos, tenemos que seguir conociendo la isla antes de que empiece a anochecer.

—Ok. Eh…hey —la detuvo una vez más.

—¿Sí?

—Hablando de anochecer… ¿Me traerás a esta playa para ver el atardecer? —cuestionó lanzando una última mirada hacia la misma, antes de introducirse en un nuevo sendero que las adentraba entre la vegetación.

—Por supuesto —le guiñó el ojo, y ya era el séptimo —. Cuenta con ello.

—Bien. Eh…Quinn —balbuceó de nuevo nerviosa tras recibir el gesto. La rubia se limitó a mirarla, esperando una nueva pregunta o intervención, pero Rachel se retractó y decidió no cuestionarla acerca de aquella curiosa manía que al parecer había adquirido, y que tanta atención le provocaba. Y lo hizo porque pensó que quizás, si le preguntaba acerca de aquellos guiños, podría dejar de recibirlos. Y no estaba dispuesta a perderse todos los que estaban, o al menos eso deseaba, por llegar.

—¿Qué ocurre, Rachel? —le preguntó tras el prolongado silencio de la morena mientras la miraba.

—No, nada —sonrió mordiéndose el labio—. Vamos, sigamos con la aventura.