Capítulo 11
April Caillat
—Me ha encantado, ha sido genial.
—Relájate April, Quinn va a pensar que estás loca.
—¿Por qué? —recriminó la chica— Acabo de ver un pez trompeta. Jamás había visto uno. Es…es genial.
—Sí, pero estás histérica.
—¡No estoy histérica! —volvió a enfrentarse a Olivia— ¿Qué te pasa? Deja de comportarte así y disfruta de una vez… ¡Estamos en el paraíso! —exclamó dando varios giros delante de ella, ante la atenta mirada de Quinn que no podía evitar sonreír por la euforia que mostraba April.
La pequeña embarcación que las había trasladado hasta Anse Cocos, donde habían practicado Snorkel, le servía de asiento en la orilla de la playa, mientras terminaba de arreglar el material que iba a utilizar en las siguientes horas. Mientras tanto, April y Olivia se encargaban de amenizarle aquellos minutos con sus divertidas discusiones.
—Ya…Ya sé que estamos en el paraíso —replicó Olivia sin entusiasmo —, pero has hecho Snorkel más veces y no es necesario que te pongas así siempre que lo haces.
—Ok… ¿Sabes qué? Me voy a saludar a Adam —señaló hacia las casetas, donde el chico se esmeraba en preparar una enorme tabla de Surf—. Él es más divertido que tú.
—No tardes…Te recuerdo que tenemos más cosas que… —optó por descender el volumen de su voz al ver como April ya se alejaba de ellas y caminaba hacia Adam, ignorando por completo sus palabras.
Quinn trató de no darle importancia al hecho. Ya conocía de sobra el entusiasmo de April y la seriedad que siempre mostraba Olivia, además de saber que no era asunto suyo inmiscuirse en las discusiones o problemas de dos inquilinos del hotel. Sin embargo, un leve gesto de resignación, acompañado por un suspiro que pudo ser perfectamente oído por ella, la hizo reaccionar ante Olivia.
—Sé que no es asunto mío —habló llamando la atención de la chica—, pero… ¿Estás bien?
—Eh…Sí, claro que sí —murmuró desviando la mirada hacia las máscaras que ya limpiaba Quinn.
—Ok. Te he notado un poco seria y pensé que te sucedía algo.
—No, tranquila, todo bien —repitió tratando de sonar convincente, pero lo cierto es que no lo fue, y ella misma se dio cuenta.
Esperó varios segundos observando la tarea que realizaba Quinn y tras lanzar una rápida mirada hacia April, que seguía junto a Adam, habló—. En realidad, no, no estoy bien.
Los ojos de Quinn no tardaron en posarse sobre ella y cuestionarla con sutileza.
—Estoy agobiada —añadió apoyándose en el bote—, y no sé cómo disimularlo con April.
—¿Agobiada por algo de la isla o son problemas personales? —se interesó tratando de no sonar demasiado entrometida.
—Personales…
—Vaya… ¿Puedo ayudarte en algo?
—Lo dudo —respondió resignada.
—Ok…De todas formas, y aunque solo sea una guía turística, si necesitas algo, hablar, no sé…puedes, puedes llamarme. Dicen que sé escuchar bastante bien.
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Olivia y tras un largo y profundo suspiro, se decidió a hablar.
—¿Has estado alguna vez al límite de tus posibilidades? Sentir que no eres capaz de dar un paso más, de creer que ya nada tiene valor y que lo único que haces es…molestar ¿Te has sentido así alguna vez?
—Supongo que todo el mundo se ha sentido así alguna vez —respondió Quinn.
—Pues, precisamente así me sentía cuando la conocí —lanzó la mirada hacia April, que hablaba distraída con Adam—. Estaba a punto de arrojar la toalla, de darme por vencida. Nada me salía bien. Tenía una relación con un chico que…que me estaba consumiendo, y dependía exclusivamente de lo que había heredado de mi familia. No tenía interés por nada hasta que apareció ella —sonrió apenada—. Una noche, como otra de tantas, me fui a descargar ese agobio al bar de un conocido. Era patética. Como uno de esos personajes bohemios que beben de una botella dentro de una bolsa de papel.
April estaba allí con algunas amigas. Estaban de viaje por Europa y una de las paradas obligadas era Londres.
No sé qué me pasó, Quinn. April reía a carcajadas y yo…yo creí que había descubierto un nuevo mundo. Era como si todo se iluminase a su alrededor…y… ¡dios!, aún no lo comprendo, pero a ella…a ella también le impacté. No sé por qué, ni siquiera lo comprendo te lo juro. Ella, ella es más joven, vive la vida de una forma completamente diferente a como yo la vivo. Y te juro que yo, yo soy un alma en pena a su lado. Sin embargo, se interesó en mí. Fue increíble Quinn. Esa noche iba a cometer uno de esos errores de los que sueles arrepentirte, y no fue así. Pasé horas y horas hablando con ella.
—Creo…creo que puedo llegar a entenderte —musitó tras percatarse de cómo Rachel accedía a la playa desde el acceso de su habitación y caminaba lentamente hasta la orilla, ignorándolas por completo.
—La conocí aquella noche y ya nunca más volví a separarme de ella —volvió a hablar—, pero no hablo de algo físico. Tuve que separarme porque a pesar de lo que surgió, ella tuvo que regresar a San Francisco. Hablábamos todos los días, siete días a la semana, cuatro semanas al mes, doce meses al año ¿Y sabes qué? Ella consiguió que me lanzara hacia uno de mis sueños. Siempre, siempre había soñado con escribir cuentos, con vender miles de libros y hacer películas de ellos —se lamentó avergonzada—, y nunca me atreví por vagueza, o quizás porque jamás tuve confianza en mí misma. Y desde entonces no paro de luchar por lograr ese sueño. Sin embargo, me siento mal si la veo. Tengo…tengo la continua sensación de que no la merezco, de que algún día vendrá otra chica mucho más guapa, mucho más divertida, mucho más especial que yo, y sabrá que cometió un error al estar conmigo. Ella es…es perfecta, Quinn. No solo es perfecta por su forma de ser, sino que además… ¡mírala! —exclamó señalándola —¿Quién no caería rendido a sus pies? Es tan hermosa, que tengo miedo. Nadie como ella querría estar con alguien como yo —se miró—. Mírame…llevo 15 días aquí, y ni siquiera he cogido color por el sol.
—¿De veras me estás diciendo eso? —la interrumpió Quinn un tanto desconcertada — ¿De verdad me estás diciendo que tú no eres…preciosa?
—Quinn, no necesito halagos contemplativos. No los necesito. Soy realista y conozco mis virtudes y mis defectos.
—No, no —volvió a interrumpirla—, si piensas que te estoy halagando por hacerte sentir bien, es porque no me conoces. Aquí donde me ves, he sido una muy mala influencia durante toda mi vida. He maltratado psicológicamente a chicas. Les hacía creer que eran horribles, cuando me moría de ganas por ser como ellas. He ridiculizado a personas que eran…Y son realmente hermosas —masculló recordando la multitud de veces que había castigado a Rachel con sus envenenados comentarios—. Créeme, si te digo que no estás nada mal, es porque realmente no lo estas.
—Yo te lo agradezco, Quinn —la miró agradecida—, pero lo que pretendo decirte es que no necesito halagos. Que yo no me considere lo suficientemente atractiva para alguien como April, no significa que sea un monstruo. Eso es solo una pequeña gota más que llena mi vaso. Lo que más me preocupa es conseguir algo que me permita estar cerca de ella, y no dejar que mi amargado estado anímico, termine estropeándolo todo.
—Olivia, si de algo sé en esta vida, es que las oportunidades nunca se acaban. Que tarde o temprano la vida da un cambio y las cosas buenas llegan. Si estás preocupada por poder trabajar de lo que te gusta, solo tienes que tener fe y seguir intentándolo.
—No me preocupa eso —interrumpió—. Hace dos meses firmé un contrato con una productora londinense. Tengo en mis manos el escribir uno de los guiones que puede darme todo lo que siempre he soñado, pero me exige privacidad absoluta. Cogí el dinero que me adelantaban y pagué este viaje para April y para mí, solo para poder estar con ella. Supuestamente ahora debería estar en Irlanda, enclaustrada para preparar mi trabajo, y, sin embargo, estoy aquí, en mitad del océano indico…con ella. Si en la productora saben que soy tan irresponsable, me echarán y volveré a ser un completo desastre.
—¿Es eso lo que te agobia? ¿Qué te encuentren aquí?
—Eso…Y que solo nos quedan siete días en la isla. Cuando pasen, April regresará a San Francisco y yo…yo tengo que irme a Londres. No…no sé si voy a poder soportarlo —masculló completamente afectada—. Ella no se detiene a pensarlo, simplemente se dedica a divertirse. Y me parece bien, es perfecto que disfrute, pero yo no puedo. Sobre todo, sabiendo que en una semana no voy a volver a tenerla a mi lado. Y que no sé cuánto tiempo pasará hasta que pueda lograr encontrarme de nuevo con ella. Eso es lo que hace que esté de mal humor continuamente. No…no lo puedo evitar.
—Te entiendo —respondió Quinn tras haber escuchado atentamente toda la historia —, y mucho más de lo que crees.
—¿Por qué? Cualquier otra me diría que deje de agobiarme y disfrute. Eso es lo que siempre se dice. ¿No?
—Cualquier otra no habrá vivido mi experiencia —respondió la rubia—. Yo no puedo decirte que la vida es para disfrutarla, si no hubiese vivido lo que viví, Olivia.
—¿Qué te pasó? —se mostró curiosa.
—Pues, no quiero alargarme demasiado, pero sucedió cuando estaba en el instituto. Tenía absolutamente todo lo que quería tener. Bueno…quizás había algún quarterback que me ignoraba —sonrió tratando de calmar la tensión—. Pero sí, tenía todo lo que una adolescente desea. Sacaba buenas notas, me habían aceptado en Yale, tenía amigas, amigos…Era capitana del equipo de animadoras, buen estatus social en mi familia, bueno…en realidad solo podía contar con mi madre, pero me lo daba todo —volvió a sonreír—, y cuando más completa estaba, cuando mejor me sentía, un accidente estuvo a punto de dejarme sentada para siempre en una silla de ruedas.
—Vaya…
—Iba a disfrutar de lo que se suponía que iba a ser un día muy especial junto a alguien que deseaba que yo estuviese a su lado —volvió a mirar hacia Rachel, que había optado por tomar asiento en la arena y seguía inmersa observando el océano—. Pero un camión se interpuso en mi camino cuando cometí un pequeño error mientras conducía, y todo se acabó. Cuando desperté estaba en una cama y no podía moverme. La persona que iba a celebrar aquel día tan especial —tragó saliva al recordar como Rachel no dudó en acudir al hospital aún vestida de novia—, estaba mirándome desde una pequeña ventana, llorando desconsolada y culpándose por creer que me había obligado a cometer aquel error.
Pero no fue así.
Nadie me obligó. Fue mi inconsciencia la que provocó aquello. Creí que no volvería a recuperarme, que no podría volver a andar. Fueron muchos días de rehabilitación y poca gente creía en mis posibilidades. Tuve que ser yo quien tomase las riendas y no darme por vencida. Me propuse que iba a volver a andar y a recuperar mi vida. Y lo hice pensando en esa persona. Me negaba a creer que todo se había acabado para mí, y que ella iba a estar culpándose el resto de su vida —sentenció—. Por primera vez en mi vida, supe que podía conseguir lo que me propusiera si luchaba por ello. Desde entonces, nunca he dejado de luchar. Nunca he tenido miedo de no dar un paso hacia adelante y probar, buscar y lograr lo que quiero.
—Es muy alentador todo eso que dices, Quinn —intervino Olivia—, pero no todo el mundo tiene esa capacidad. Yo me siento limitada constantemente y…Sí, quizás sea un problema psicológico o falta de carisma, pero no puedo evitar deprimirme.
—Pues creo que tienes una muy buena razón para no hacerlo —miró de soslayo a April, que en aquel instante parecía empezar a despedirse de Adam—. Ella se ve feliz. Disfruta de lo que vive en el momento y eso es importante. Y lo que es mejor, te ha elegido a ti para compartirlo. Quizás deberías hacer lo mismo y no pensar en lo que pueda pasar mañana. Créeme, yo jamás imaginé que un camión podría atropellarme, y sucedió. Olvídate de lo demás y disfruta de tu vida en el paraíso.
—Es un buen consejo —le sonrió sin perder de vista a April—, y ella realmente lo merece. Supongo que solo lograré dar un paso más, si es por alguien, porque dudo que lo consiga por mí misma.
—Todo el mundo necesita inspiración para lograr sus sueños —intervino Quinn sin poder evitar mirar de nuevo a Rachel. Y ese pequeño detalle no pasó desapercibido para Olivia, que imitó el gesto y descubrió a la morena sentada en la orilla.
—¿Ahora le toca a ella? —cuestionó Olivia regresando la mirada hacia Quinn.
—Sí —musitó sin dejar de mirarla.
—Bien, entonces será mejor que deje de molestarte con mis historias.
—No me molestas en absoluto —replicó regresando a ella—. De hecho, espero que te hayas desahogado un poco y te sirva de algo.
—Me sirve y mucho —sonrió complacida—. No me gusta contarle estas cosas a April. No quiero que se preocupe más de lo que ya lo hace, y en esta isla, no hay mucha gente que pueda escucharme.
—Yo solo he pretendido hacerte ver que más vale disfrutar del momento que te toca vivir. Y teniendo todo esto a tu alrededor, no me puedes negar de que estás en el lugar indicado.
—Totalmente cierto —respondió agradecida justo cuando ya se percataban de la llegada de April.
No lo hacía sonriente, como solía estar la mayor parte del día. April se personaba ante ambas manteniendo el gesto serio que Olivia se había encargado de crear, justo antes de aquella charla.
—¿Nos vamos? —cuestionó mirando a la morena, que instintivamente asintió—Ok…Quinn, ha sido un placer —dijo recuperando la dulzura para dirigirse a la rubia—. El próximo día, quiero tocar ese pez trompeta.
—Haremos lo posible porque así sea —respondió Quinn regalándole una sonrisa.
—Vamos April —intervino Olivia tras ver como Rachel ya se había percatado de que estaban allí y las observaba desde la distancia—. Quinn tiene que seguir trabajando.
Y aquello fue lo último que Olivia dijo antes de despedirse por completo de Quinn, y emprender el trayecto de regreso al hotel, con April junto a ella.
Quinn no pudo más que desearles una buena tarde y las observó caminar por la orilla, directas hacia donde Rachel seguía, esta vez mostrándose a la espera para acudir a su encuentro.
Le resultó tremendamente curioso ver el cruce entre la pareja y la morena, que se limitó a mirarlas de soslayo y esbozar una tímida sonrisa cuando April, sin temor alguno, la saludó con un buenas tardes que incluso Quinn pudo oír.
La sonrisa se instaló en ese mismo instante en la rubia. Ver como Rachel seguía mostrándose insegura frente a aquellas dos chicas, le hizo recordar que aún no le había comentado que estaba a salvo. Que ni April ni Olivia iban a delatarla con ninguna fotografía o comentario en alguna red social.
Rachel estaba a segura en aquella isla.
La misma tímida sonrisa que le había regalado a April y Olivia, llegó directamente hasta Quinn. Rachel no pudo evitar de nuevo sentir el rubor apoderándose de sus mejillas, cuando se percató de que la rubia la esperaba impaciente, y que era la primera vez, completamente consciente y despierta, que iba a hablar con ella después de la noche vivida. Y no le resultaba demasiado sencillo. De hecho, sus pasos empezaron a ser dudosos conforme se acercaba a ella.
—Hola —saludó Quinn tras bajarse de la embarcación.
—Hola Quinn —respondió Rachel con algo de dificultad— ¿Un bote? —cuestionó desviando la mirada hacia el mismo.
—Ajam…Hoy toca agua.
—Lo supuse cuando me dijiste que me colocara el traje de neopreno —inquirió mirándose a sí misma—, pero pensé que serían las motos de agua.
—No, hoy necesitamos el bote —le respondió sin perder la sonrisa—, vamos a conocer a unos amigos.
—¿Amigos acuáticos?
—Ajam… ¿Cómo andas de capacidad pulmonar?
—Pues, creo que bien. Nunca he tenido problemas para aguantar la respiración.
—Perfecto —susurró volviendo sobre sus pasos para acomodar las máscaras en la parte trasera de aquel bote.
Quinn sabía que la breve y liviana conversación con Rachel acerca de lo que iban a hacer aquel día, no era más que una excusa para evitar sentir como la vergüenza las invadía. Aunque para ella no fuese tan así.
Es cierto que no había dejado de pensar en lo que sucedió entre ambas durante la noche. Por supuesto, no era a modo de lamento o arrepentimiento. Rachel le había mostrado una cara completamente diferente, algo que ella jamás había ni siquiera fantaseado, y el sabor que le había dejado, no podía ser mejor del que era.
Aquella pregunta sobre una posible repetición de la noche, que horas antes le había formulado, tenía una respuesta afirmativa por parte Quinn, sin lugar a dudas— Por cierto —volvió a hablar—, olvidé comentarte que puedes estar tranquila con April y Olivia. No van a mencionar a nadie que estás aquí.
—¿Tan segura estás?
—Completamente segura —le respondió sin mirarla, momento que Rachel aprovechó para tomar aire y tratar de calmar sus nervios.
Habían pasado nueve horas desde que Quinn salió de su habitación. Nueve horas de las que solo pudo aprovechar cuatro para seguir durmiendo, y el resto para pensar, o, mejor dicho, recordar su encuentro sexual. Aunque pensándolo bien, incluso en esas cuatro horas que pudo dormir, soñó con Quinn y sus sorprendentes y entrecortados susurros cuando estaba a punto de llegar al orgasmo.
Aquella imagen de la rubia sobre su cuerpo, gimiendo, llegando al punto de alcanzar el orgasmo con el simple roce, era algo que jamás iba a olvidar, y que probablemente, la iba a acompañar en multitud de noches y sueños. Y quizás por eso le resultaba tan complicado enfrentarse a ella en aquel instante.
La normalidad y la naturalidad que Quinn mostraba, no se asemejaba en absoluto a su confuso y avergonzado estado. Evidentemente, eran síntomas claros de que Quinn ya había vivido esa experiencia, y era toda una experta del día después.
—Ok…Confiaré en ti —balbuceó—. Eh…Quinn.
—¿Sí?
—¿Por qué me has mentido?
—¿Qué? —la miró rápidamente— ¿Te he mentido?
—Ajam… —trató de sonreír— Anoche, anoche me dijiste que no tenías que madrugar y…Bueno, es evidente que sí tenías.
—Ah…Es eso —volvió a desviar la mirada hacia las aletas que ya dejaba en el interior del bote—. Bueno, lo siento, no fue mi intención la de mentirte, pero sabía que no me ibas a dejar que cenase contigo o viese el partido.
—Por supuesto que no —se mostró seria—. No soy tan irresponsable como para permitir que perjudiques tu trabajo por ver un partido de futbol.
—Rachel, no he perjudicado mi trabajo —replicó—. Mírame, estoy perfecta y aún me quedan algunas horas de aventura.
—Me da igual lo que digas. No es normal que duermas unas tres o cuatro horas, cuando tienes que hacer cosas que exigen el máximo de atención, como es montar en ese bote o hacer senderismo —le recriminó—. No vuelvas a mentirme con algo así. ¿De acuerdo?
—Eh…Está bien —balbuceó tras notar la seriedad de la morena—. Pero me tienes que prometer que, si me apetece cenar contigo y pasar una noche, no me vas a poner excusas.
—¿Pasar la noche? —repitió con apenas un hilo de voz.
—Eh, pasar la noche y…Bueno, ya…ya sabes —respondió siendo consciente de la pequeña confusión que podía provocar aquella petición—, hablar, ver una película.
—Ah, eso…Claro, claro —asintió tras aclararse la garganta. Los nervios empezaban a pasarle factura y la sequedad en su garganta le hacía daño.
Silencio.
Después de aquel murmullo de la morena, el silencio se apoderaba de ambas y las envolvía en una de esas situaciones, en las que la incomodidad se hacía demasiado latente.
—Rachel… —susurró regresando la mirada hacia ella— ¿Está todo bien?
—Sí, claro… ¿Por qué preguntas? —respondió rápidamente, casi sin darle tiempo a acabar la cuestión.
—Porque te noto un poco incomoda. ¿Es por lo de anoche?
—No…No estoy incomoda ¿Tú lo estás?
—Rachel —inquirió alzando la ceja—, estás incomoda, no puedes negármelo. Estás a la defensiva.
—No…Es solo que…que…Ok —terminó confesando—. Es…es raro. Extraño. Quizás tú estés acostumbrada, pero me resultar raro estar aquí y mirarte a la cara después de…
—Entiendo —interrumpió la retahíla de la chica— ¿Y sabes qué? No tienes por qué preocuparte. Quizás fue un error y…
—¿Un error? ¿Estás arrepentida? —se apresuró en preguntar.
—Eh…No, claro que no estoy arrepentida, Rachel. Pero igual, creo que nos dejamos llevar, y al final, va a ser más complicado para ti de sobrellevar. No quiero que te sientas incomoda, solo piensa que fue una experiencia más y ya está.
—Ya… —dejó caer con resignación—, una experiencia más.
—Rachel… —volvió a hablar tras ver como la morena parecía sentirse ofendida por el comentario— No estoy diciendo que haya sido malo. De hecho, ha sido muy bueno —aclaró—.Al menos para mí.
—No es necesario que te justifiques, Quinn. Tienes razón al decir que ha sido un error.
—No…No, espera —se interpuso entre ella y el bote—, he dicho que quizás haya sido un error porque ahora te sientes incomoda, pero no porque me arrepienta de haber pasado la noche contigo. Quiero que eso te quede claro.
—¿Lo repetirías?
—Sin dudas —confesó sin dejar de mirarla a los ojos—, pero no quiero que esto pueda terminar perjudicándonos como amigas. No quiero que te de vergüenza mirarme…o hablarme. ¿Entiendes?
Sí, por supuesto que lo entendía, pero en la mente de Rachel no se procesaba precisamente esa información, sino la pequeña confesión de que estaría dispuesta a repetir la experiencia. Y pensaba solo en ello porque era algo que también había rondado por su mente.
—¿Tú…tú no repetirías conmigo? —se aventuró a preguntar tras aquel intenso silencio. Pero Rachel se limitó a desviar la mirada hacia el mar y tomar una gran bocanada de aire—. Eso es un no —musitó un tanto defraudada.
—Eso es un prefiero no pensarlo —respondió devolviéndole la mirada—. Si lo pienso, es más que probable que insista para que vuelva a suceder y entonces, creo que si nos meteremos en un buen lio.
—Oh…ok —balbuceó incrédula—. Dijimos que solo sería una vez y ambas estuvimos de acuerdo. No hay motivos por los que sentirnos así, tan incomodas. ¿No crees?
—Supongo que no —confesó Rachel—. Imagino que en cierto modo es lógico y normal después de lo que pasó, y también supongo que se irá pasando.
—Cierto.
—Aunque es bastante extraño —le dijo la morena sin poder contener una tímida sonrisa—. ¿También te sentiste así con Santana?
—Mmm no —fue sincera—, con Santana fue bastante…natural. Era como si no hubiese sucedido nada. Pensé que contigo también sería así, pero lo cierto es que yo también me he puesto nerviosa al verte llegar.
—¿Y eso es bueno o malo?
—No lo sé. Lo único que sé es que si todo fue bien —la miró un tanto desconfiada —, no deberíamos tener motivos para sentirnos…mal. ¿No?
—Eso mismo pienso yo. Si hubiese ido mal, estaríamos preocupadas por no ofender a la otra. ¿Cierto?
—Cierto.
—Pero no fue mal.
—No, para nada.
—Fue bueno.
—Muy bueno —añadió Quinn cuando el silencio volvía a rodearlas, pero a diferencia del anterior, venía acompañado por una traviesa sonrisa de satisfacción que se contagiaba entre ambas.
—Somos ridículas —soltó Rachel dándose por vencida.
—Muy ridículas, de hecho. Parecemos adolescentes —sonrió con más tranquilidad.
Por fin, pensó Rachel tras poder relajarse un tanto. Ni siquiera permanecer durante diez minutos observando el océano, le regaló esa tranquilidad que necesitaba para enfrentarse a Quinn, y su temor por haberle ofrecido una mala experiencia. Pero lo cierto, y creyendo firmemente en las palabras de la rubia, era que no había sido así.
No sabía si Quinn terminaría aceptando repetir aquella noche, pero su confesión no le hizo creer que estuviese mintiendo.
Y no lo estaba.
Quinn no había fingido. Lo había pasado demasiado bien como para no pensar en la idea de repetir en alguna otra ocasión, aunque después de lo suscitado en la morena, creía firmemente que eso sí sería un error. Una vez, perfecta, y no más. No tenía sentido jugar con algo que realmente, y muy a su pesar, sí podía poner en riesgo su amistad.
Ver como Rachel desviaba constantemente la mirada y contenía palabras que no se atrevía a decir en aquel momento, la llenó de ternura. A pesar de todo, de su cuerpo, de su experiencia en la vida, seguía siendo la pequeña Rachel Berry que nunca solía pedirle abrazos, cuando realmente los necesitaba.
—Ven aquí —susurró rompiendo la pequeña distancia que las separaba, y ofreciéndole sus brazos para cumplir con ese deseo que no se atrevía a formular.
Apenas tardó en reaccionar.
Rachel aceptó aquel gesto y se hundió entre los brazos de la rubia, soltando de golpe toda la tensión y los nervios.
A decir verdad, aquel gesto que podría comprometerlas aún más, solo les sirvió para recordar que el cariño que tenía la una por la otra, era mucho más importante que pasar una noche de sexo.
—Gracias Quinn —musitó agradecida por el gesto, y por ser ella quien le ofreciese el abrazo.
—Somos amigas. ¿No?
—Sí —respondió con rotundidad mientras se separaba de sus brazos—. Por fin puedo decir que sí, que somos amigas.
Diez.
El décimo de los guiños que esperaba con impaciencia, llegó en aquel instante en el que la voz de Adam interrumpía la mirada entre las dos.
Rachel lo anotó en su memoria, al igual que los nueve anteriores, y casi ignoró al chico que ya se acercaba con algo de dudas.
—Eh…Quinn —alzó la voz para llamar su atención—, es la hora. ¿Nos vamos?
—Oh…Cierto —reaccionó tras percatarse de que el tiempo seguía su curso—, será mejor que nos marchemos ya. La marea empezará a bajar en breve y será perfecto.
—¿Nos marchemos? —susurró Rachel observando como Adam ya se disponía a empujar el bote hacia el agua— ¿Él viene? —le preguntó directamente a Quinn, evitando que el chico pudiese escucharla.
—Eh…sí —respondió un tanto inquieta—. Vamos…vamos a hacer Snorkel, Rachel —le explicó—, y no podemos dejar el bote a solas mientras estamos en el agua. Adam se encargará de esperar en él. ¿De acuerdo?
—Eh…cla…claro —balbuceó.
—Tranquila —se acercó de nuevo a la morena—, no hay paparazis en la isla y en el caso hipotético de que alguien nos saque una foto, estaré a tu lado —le sonrió—. Nadie pensará que Adam es tu…amante.
La boca abierta y los ojos como platos. Esa fue la reacción de Rachel tras el comentario de Quinn.
—¿Por qué dices…tú…sabes…?
—Se necesita una muy buena excusa para rechazar a Adam como guía —la interrumpió—, y me temo que tu romance con Jesse lo es.
—Oh…Ok —se dio por vencida tras ver como Quinn parecía saber a la perfección, el motivo que la había llevado a exigir que su guía para aquella isla, fuese una chica y no un chico. Y lo cierto es que se lamentó por haberse dado cuenta en aquel momento. Quinn siempre había sido perspicaz, y era evidente que un detalle como ese, no iba a pasar desapercibido para alguien como ella.
—¿Vamos? —le ofreció la mano.
—Eh…Claro —aceptó aferrándose a ella—. Pero, antes de nada. ¿Qué más sabes de mí? ¿Quién te ha dicho que no quería que me viesen con un chico?
—Pura lógica —respondió sonriente—. Y tranquila, no sé mucho más de lo que me has contado.
—¿Puedo estar tranquila?
—Por supuesto, Barbra —musitó divertida al tiempo que la obligaba a seguir sus pasos hacia la embarcación, donde Adam ya las esperaba impaciente—, mis labios están sellados.
