Capítulo 12

Touch me.

—A ver, me permites que…

—No, no es necesario —masculló Rachel tratando de cubrirse el pecho.

—Ok…No te molesto más —inquirió Adam segundos antes de que Quinn saliera del baño.

—No hay gasas, voy a enfermería. ¿Puedes quedarte con ella mientras vuelvo?

—Claro…Ya he terminado mi turno —respondió Adam tomando asiento frente al sofá, donde Rachel permanecía recostada.

—No es necesario —habló la morena—, estoy bien —balbuceó conteniendo una nueva punzada de dolor.

—Tú te callas —le ordenó Quinn visiblemente enfadada—. Te quedas ahí y Adam estará contigo hasta que yo regrese.

—Pero…

—He dicho que nada de reproches. Vas a hacer lo que yo diga y punto —sentenció lanzándole una desafiante mirada, segundos antes de abandonar el apartamento de la morena y dejarlos a ambos completamente sorprendidos.

Quizás más a Adam que a Rachel. La morena conocía el carácter de Quinn y aquello no le sorprendía en absoluto, mucho menos después de haberle desobedecido en su propio trabajo.

Pterois antennata, o como lo había referenciado el médico del hotel, un pez león. Una especie de casi 20 centímetros de longitud, con multitud de franjas horizontales anaranjadas y marrones, y una llamativa hilera de espinas por alrededor de su cuerpo, que le servían para defenderse y para camuflarse perfectamente entre los arrecifes de corales.

Rachel tuvo la estúpida idea de desprenderse de la parte superior del traje de neopreno, cuando ya llevaban casi meda hora de sesiones de snorkel.

El continuo y brusco cambio de respiración, le llevó a tomar aquella decisión de liberarse un poco de la presión que el traje ejercía sobre su pecho, provocando que en una de las veces que se sumergía para observar el impresionante espectáculo del fondo marino, aquel pez que permanecía camuflado entre varios corales, se asustase con su presencia y lanzase un voraz ataque con sus púas sobre el pecho de la morena.

El resultado no fue tan dramático como lo fue el ataque, y derivó en una dolorosa hinchazón debajo del brazo, justo en el lateral de su pecho derecho.

A decir verdad, en un principio y debido al dolor que producía aquel tipo de picadura, creyó morir allí mismo, en el bote que los había trasladado hasta Anse Cocos. Pero la rápida intervención de Quinn, y la agilidad de Adam al manejar aquella embarcación, hizo que su llegada al pequeño centro médico que había en el hotel, fuese rápida y eficaz.

Tres horas después del pequeño accidente, la hinchazón y el dolor seguían presentes en la morena, a pesar de haber recibido el tratamiento adecuado.

—Está bastante enfadada —musitó Adam tras ver como Quinn abandonaba el apartamento con un sonoro portazo.

—Ya…Supongo que lo he fastidiado todo —dijo con gestos de dolor.

—¿Me permites? —volvió a insistir el chico, ofreciéndole ayuda.

Después del tratamiento recomendado, lo único que podía hacer para evitar que el dolor fuese tan intenso, era aplicar gasas mojadas en agua caliente. Esa había sido la recomendación del médico. Pero a Rachel, que fuese Adam quien estuviese ofreciéndole esa ayuda, con ella semidesnuda, solo protegida por una pequeña toalla que cubría su pecho, no le parecía la mejor idea de todas. No obstante, se dejó hacer.

—Tranquila —susurró tratando de ofrecerle confianza mientras levantaba con cuidado parte de la toalla y le colocaba la gasa sobre la zona afectada—. Sé que duele mucho, y esto te va a aliviar.

—¿Te…te ha atacado alguna vez un pez de esos? —masculló desviando la mirada hacia el lado opuesto.

—No…Por suerte estoy bastante concienciado de lo que debo o no debo hacer bajo el agua, pero hace unos meses le sucedió a un cliente que venía conmigo.

—Vaya. El médico ha dicho que puede ser peligroso.

—Bueno, es raro, pero todo depende de si provoca reacción alérgica. Lo normal es que pueda causar algo de fiebre e incluso nauseas.

—Puff, pues espero que no sea mi caso —se quejó tras una nueva punzada de dolor —. Odio estar enferma.

—Mmm…Voy a por más agua caliente —dijo tras notar como apenas hacía efecto sobre la hinchazón—. Y relájate, pasar un día enferma tiene sus puntos buenos —añadió al tiempo que trasladaba el pequeño cuenco con agua hasta el baño.

—¿Algo bueno? —cuestionó alzando la voz— ¿Qué hay de bueno en estar enferma con nauseas?

—Pues que alguien estará cuidándote —respondió Adam desde el interior del baño y Rachel no pudo más que dibujar una apenada sonrisa.

Acababa de percatarse del hecho de que estaba sola en aquella isla.

Cada vez que se ponía enferma, ya fuese un simple catarro o algún proceso estomacal, terminaba llamando a alguno de sus padres y mantenía largas horas de charla, e incluso se trasladaban hasta su casa para estar con ella durante los días que durase el malestar. Si no estaban ellos, siempre podía depender de Kurt, e incluso de Santana.

Odiaba estar enferma y estar a solas. Su dramatismo genético la obligaba a tener la certeza de que alguien iba a estar a su lado si las cosas se complicaban, aunque fuese una simple gripe. En aquella isla no podía contar con la presencia de sus padres, ni tampoco de Kurt o Santana. Sin embargo, no estaba sola.

Quinn, a pesar de su malestar y monumental enfado por no haber sido precavida, no la había abandonado en ningún momento, y además estaba él; Adam. El mismo chico al que cinco días antes había rechazado para que fuese su monitor en aquella aventura. El mismo chico al que había mirado con desconfianza cuando lo vio empujar la embarcación y con el que apenas mantuvo conversación durante el trayecto hasta la zona donde iban a sumergirse.

Adam se mostraba amable, preocupado y, sobre todo, predispuesto a ayudarla en todo momento. Y todo aquel vendaval de cariño, provocaba en Rachel una amarga sensación de malestar consigo misma.

—Creo que ahora está a la temperatura perfecta —musitó el chico regresando al salón, portando el recipiente de agua caliente y dispuesto a solventar el dolor de la morena.

Esta vez, ni siquiera preguntó. Adam empapó la gasa en el agua, y con extrema delicadeza volvió a humedecer la zona afectada del pecho de Rachel.

No dijo nada.

Rachel tragó saliva y volvía a desviar la mirada tras el gesto del chico. Aunque su silencio iba a durar poco por culpa de su conciencia.

—Adam —musitó organizando su mente.

—¿Te molesta?

—No…no es eso —respondió tras tomar una bocanada de aire—, solo quiero…quiero disculparme contigo.

—¿Disculparte? —le preguntó extrañado— ¿Por qué?

—Siento… Siento mucho lo que sucedió el día que nos conocimos —le miró arrepentida—. Te aseguro que mi rechazo no fue por nada que tuviese contra tuya.

—Lo sé, ya me has dicho que era algo que ya habías exigido antes de llegar.

—Eso sigue siendo una falta de respeto hacia tu profesionalidad —inquirió—. No quiero que pienses que mi negativa a que seas mi monitor, tiene algo que ver con la falta de confianza. Es todo meramente personal.

—No te preocupes Rachel —respondió tratando de quitarle importancia.

—Vengo…Vengo de un mundo bastante complicado. ¿Sabes? —añadió ignorando la última petición del chico—. Da igual si salgo a pasear con un amigo o con un primo, siempre hay alguien que me ve y saca rumores con los que vender noticias.

—Ajam…

—Si por una extraña casualidad, alguien me ve en esta isla y me saca una fotografía con un chico, en este caso tú, aunque podría haber sido cualquier otro, empezarían a vender el rumor de que estoy con otra persona en una isla paradisiaca, en vez de estar con mi novio… ¿Entiendes?

—Sí, creo que más o menos, sé de lo que hablas.

—Sé que es probable que lo consideres un tanto rebuscado, pero te aseguro que tengo que tener cuidado con todos esos pequeños detalles —volvió a hablar—, al menos en esta época de mi vida. No te pido que lo comprendas, ni siquiera que lo entiendas y aceptes como algo normal, pero creo que es justo que sepas que el motivo de mi rechazo, no tiene nada que ver contigo.

—Ya te he dicho que no era necesario que me explicases nada, Rachel —respondió volviendo a colocar la gasa sobre la herida—. He tratado con muchas personas desde que estoy aquí, con muchos turistas y todos tienen sus vidas. Cada uno vive como buenamente puede y quiere, y yo jamás me involucro en esos asuntos. Mi misión aquí es hacer que los dos, tres o quince días de vacaciones que tengáis, sean inolvidables…Nada más.

—Todo el mundo en este hotel habla muy bien de ti, y ahora que me ha tocado a mí conocerte, aunque no de la mejor forma —miró de reojo el cuenco con el agua—, me doy cuenta de que tienen razón. Quinn es una afortunada al tenerte como compañero. Espero que a ella la cuides igual que lo haces con los turistas.

Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en el rostro del chico mientras volvía a cubrir el pecho de la morena con la toalla.

—Quinn no necesita a nadie para cuidarse —dijo recuperando la conversación—, aunque lo cierto es que sí. Trato de cuidarla cuando lo necesita. Es una buena chica. Muy especial.

—Muy especial —matizó Rachel.

—Nos hace mucha falta que haya personas como ella en este lugar. Espero que tu llegada no la convenza de tirar la toalla.

—¿Cómo? —cuestionó extrañada— ¿Tirar la toalla?

—Quinn lleva unos meses replanteándose su situación —dijo provocando la curiosidad en Rachel—. No quiere decirnos mucho, pero ya la conocemos y sabemos que anda un poco distraída. Echa de menos volver a la civilización. No sé si después de tu llegada, va a querer continuar aquí.

—Pero, ella no me ha comentado nada. No creo que yo le influya en esa decisión. La veo muy, muy feliz aquí.

—Lo es, pero eso no quita que eche de menos otras cosas. Quinn tiene un imán para enfrentarse a multitud de inconvenientes, y aquí en la isla su máxima preocupación es que un pez león no termine picando a una de sus amigas —respondió divertido—. Y créeme, eso es algo que no suele suceder a menudo.

—¿Está aburrida? —masculló un tanto sorprendida.

No era esa la imagen que Quinn le mostraba en aquel lugar. De hecho, cada vez que hacían alguna actividad, se empeñaba en demostrarle que aquel paraíso era el mejor lugar del mundo donde vivir. Que allí la vida tenía otro sentido y era mucha la satisfacción que sentía por hacer lo que hacía.

Sin embargo, las palabras de Adam distaban mucho de aquella imagen que Quinn le ofrecía.

—No creo que sea aburrimiento, pero supongo que echa demasiado de menos a su familia, a sus amigos…No sé. Ojalá y no quiera marcharse nunca, pero cada día que pasa, creo que está más cerca de tomar esa decisión.

—Si te sirve de consuelo —habló casi por inercia—, te diré que jamás la había visto tan completa, con tanta emoción por mostrar lo que hace y como vive. Y créeme, hace muchos años que conozco a Quinn. Creo que es la primera vez en mi vida, que la veo feliz.

—Pues entonces algo no va bien —musitó—. Si tú la ves bien, y yo la veo mal, es que a alguno de los dos nos miente —sonrió tratando de evitar que la preocupación se adueñase de la morena. Aunque eso era algo que ya no iba a poder evitar.

Rachel ni siquiera se percató de aquella leve sonrisa. De hecho, ni siquiera era consciente del resquemor que sentía en su pecho por culpa de aquel extraño pez que le había picado. Lo único que pasaba por su mente, era la caótica idea de creer que Quinn no estaba en su mejor momento, justo cuando lo que demostraba, era todo lo contrario.

¿Tan poco la conocía como para no darse cuenta de que estaba fingiendo ser feliz en aquella isla?

El malestar que aquella pregunta le creaba, rondaba por su mente y la hacía desear que la rubia regresase lo antes posible a su apartamento. Necesitaba verla, mirarle a los ojos y saber si realmente Adam estaba en lo cierto, o no.

Y Quinn estaba a punto de regresar a la habitación cuando esos pensamientos abrumaban a la morena. Sin embargo, no contaba con una breve pero bastante intensa interrupción.

Un paquete de gasas y una pomada que el médico le había entregado como último remedio para el escozor que padecía Rachel, era lo que portaba entre sus manos cuando ya recorría el pasillo que la llevaba hasta el apartamento número 100.

—Hey…Quinn —el susurro de una voz la detuvo y la obligó a girarse, para descubrir como Spencer seguía a grandes zancadas sus pasos.

—Hola. ¿Qué haces por aquí? —cuestionó extrañada. Spencer siempre solía estar en recepción.

—Estaba cambiándome en el vestuario. Acabo de llegar y te he visto pasar. ¿Dónde vas? ¿Aún sigues trabajando?

—Eh…no, no…Ya terminé mi turno. Pero sucedió algo. Voy, voy a la habitación de Rachel —le mostró las gasas.

—¿Qué ha pasado? —se mostró preocupada.

—Un pez león —respondió sin pensarlo—. Estábamos haciendo snorkel y a Rachel no se le ha ocurrido otra idea más que tocar el estúpido pez.

—Vaya… ¿Y está bien? Supongo que no será demasiado. ¿No?

—Sí, sí. Bueno, el médico le ha dicho que no ha sido muy profunda. Solo algo superficial, aunque ya sabes cómo es el veneno de ese pez. Puede provocarle fiebre y nauseas.

—Pues es jodido. Espero que se ponga bien pronto.

—No creo que le moleste más de un día o dos…

—Ya, pero duele mucho, al menos es lo que siempre dice Adam. Las medusas, el pez león y el pez globo, siempre lejos, nunca tocar —musitó tratando de imitar el tono de voz del chico.

—Está con ella —respondió sin poder evitar sonreír por la broma—. Creo que Rachel me va a odiar por dejarla a solas con él.

—No creo que Adam se extralimite con ella. No sabiendo que eres su amiga…

—No lo decía por eso, lo decía por…Bueno que más da. ¿Todo bien? —trató de evitar más información.

—Eh…sí, todo bien —masculló rápidamente—. Por cierto… ¿Averiguaste algo del chico de Rachel? —insistió— Ya sabes, lo de las fotos esas…

Un suspiro y ver como la sonrisa se esfumaba del rostro de Quinn, le sirvieron de respuesta, negativa por supuesto, a Spencer.

Conocía cada gesto de la rubia a la perfección, y aquel solo indicaba que no era asunto de nadie, y menos de ella, indagar sobre los rumores acerca del supuesto novio de Rachel.

—No sé nada —musitó tratando de sonar convincente.

—Es tu amiga. ¿No le has dicho que están hablando de ella?

—Pues no —le mintió—, no acostumbro a hablar de algo que no conozco. Supongo que Rachel estará enterada de todo cuanto se cuece a su alrededor, y no creo que yo tenga que ir a preguntarle por rumores. No olvides que estoy trabajando.

—Ya…trabajando —masculló sin creer absolutamente nada de la excusa que Quinn había utilizado.

—¿Insinúas algo?

—Eh…no, claro que no. Supongo que tienes razón —le sonrió con algo de sarcasmo implícito en el gesto.

Un sarcasmo que por supuesto, Quinn había percibido.

—Ok. Creo que es mejor que vuelva a la habitación. No debe de estar pasándolo muy bien.

—Muy bien. ¿Te vas a quedar ahí? —cuestionó curiosa.

—Sí, no, no me gusta la idea de dejarla sola sin saber si le va a provocar alguna reacción alérgica o va a tener fiebre.

—Haces bien —respondió sin perder la naturalidad, aunque para Quinn significaba todo lo contrario.

—Ok. Pues me marcho. Espero que el turno sea tranquilo.

—Lo será, siempre lo es de madrugada —sonrió—. Adiós Quinn.

—Adiós…Spencer —musitó girándose y retomando el trayecto hasta la habitación de la morena. Sin embargo, algo la hizo detenerse. Una fuerza superior que la paralizaba y que procedía de la intensa mirada de Spencer, que seguía inmóvil en mitad del pasillo, esperando aquella misma reacción—. ¿Pasa algo? —cuestionó regresando la mirada hacia ella.

—A mí no —susurró evitando que la voz se escuchase más allá de las paredes — ¿Y a ti?

—No, a mí no me pasa nada. Pero a ti sí. Estás más irónica de lo normal. Y eso solo significa que algo sucede.

—No Quinn —respondió esbozando una nueva sonrisa—, yo estoy perfectamente…y ¡Ups! —el sonido de un pequeño walkie talkie interrumpió la conversación— Será mejor que me marche, me necesitan en recepción.

—Ok…Nos vemos —volvió a despedirse Quinn ante la ausencia de palabras de la morena, que seguía esbozando aquella sarcástica sonrisa.

No volvió a mirarla, porque sabía que, si lo hacía, no iba a poder reprimir la tentación de exigirle que le dijese lo que fuera que rondase por su mente. Porque si había algo que caracterizaba aquella postura desafiante de Spencer, era que guardaba algo y no quería decírselo, al menos en aquel instante.

Y a sabiendas de lo que Spencer era capaz de lograr, Quinn tomó aquella decisión de regresar a la habitación de Rachel, y olvidarse del extraño encuentro con su amiga. No le apetecía tener más pensamientos rondando por su mente. Sin embargo, lo que encontró dentro del apartamento, no iba a librarla de mantener su mente en absoluta tranquilidad.

Risas.

Adam reía mientras seguía colocándole gasas de agua caliente a Rachel, y la morena acompañaba la escena también sonriente, justo como nunca llegó a imaginar siendo Adam quien estuviera a su lado.

—Veo que ya no te duele demasiado —espetó Quinn retomando la seriedad que había mostrado antes de abandonarlos.

—Eh, no demasiado —respondió Rachel eliminando la sonrisa.

—Sí, sí que le duele —intervino Adam—, pero no quiere que te preocupes.

—Yo no he dicho eso.

—Sí, sí que lo has dicho —respondió de nuevo Adam, dejando que la gasa permaneciera adherida a la piel de la morena—. ¿Por qué has tardado tanto? —miró a Quinn, que se había limitado a entrar a dejar las gasas y el bote de crema sobre la mesa.

—Spencer me entretuvo —musitó sin perder de vista a Rachel.

No entendía el motivo, pero entrar en el apartamento y verla reír, no hizo más que enfurecerla, más aún de lo que ya estaba por el accidente con el pez. Su humor en aquel instante no era más que un cúmulo de malas sensaciones que se apoderaban de sus gestos, y sus respuestas.

—¿Spencer? ¿Ya ha empezado su turno? —cuestionó Adam interesado.

—Sí.

—Ok…Pues entonces, si no me necesitáis más —se levantó—, voy a ir a hablar con ella, tengo…tengo que comentarle un par de cosas.

—Ok.

—Gracias por todo, Adam —añadió la morena tras ver como el chico empezaba a alejarse hacia la puerta, sin dar muchas más explicaciones de su imperiosa necesidad por hablar con Spencer.

—De nada —le regaló una nueva sonrisa—. Espero que pases una buena noche y no…no te duela demasiado.

—Eso espero…

—¿Te veo mañana? —miró directamente hacia Quinn, que se mantenía un tanto al margen de la despedida de los dos.

—Claro, mañana nos vemos —Fue lo último que Adam escuchó antes de abandonar el apartamento con una prisa inusual. Algo que a Quinn le llamó la atención, pero dadas las circunstancias, decidió ignorar.

El panorama que se le presentaba en la sala de estar del apartamento, era mucho más importante. Sobre todo, por la imperiosa necesidad que tenía de cuidar de Rachel, a pesar de su monumental enfado.

La morena lo sabía. Desde que el médico le había confirmado que no había sido más que una leve picadura del pez, y que no corría peligro alguno más que el de sufrir algunas nauseas, Quinn no había parado de recriminarle su actitud. Pero lo cierto es que cuando Rachel salió a pleno grito del agua, su dedicación y cuidado había sido espectacular. Jamás en la vida había vivido una situación así, y mucho menos con alguien como Quinn cuidándola y ofreciéndole su apoyo.

—No…No es necesario que te quedes, Quinn —balbuceó Rachel rompiendo el silencio— Ya…ya me las arreglo sola.

—No me vas a decir lo que tengo o no tengo que hacer —respondió molesta.

—Pero…

—He dicho que no me vas a decir nada de lo que tengo que hacer —repitió con un tono más desafiante. Tanto que Rachel optó reincorporarse en el sofá y negar reiteradamente con la cabeza—. ¿No qué? —preguntó Quinn tras ver el gesto.

—Que no voy a permitir que me grites o me recrimines más. Ya te he pedido disculpas unas doscientas veces —la miró apenada—, y ya está bien. Soy yo la que está sufriendo las consecuencias de mi error. Soy yo la que está aquí con medio pecho ardiendo de dolor y nauseas, pero ya está…Basta, Quinn. Si vas a estar con esa actitud, será mejor que te vayas.

Duras y certeras. Las palabras de Rachel bloquearon por algunos minutos a Quinn, que a punto estuvo de abandonar el apartamento y dejarla a solas, tal y como reclamaba. Pero no podía. No la iba a dejar solo porque su estúpida impotencia estuviese amargando su estado anímico, cuando lo que realmente deseaba, era abrazarla y tratar de evitar que el dolor fuese a más.

Tuvo que tomar una gran bocanada de aire, para que la respiración le ayudase a calmar los nervios y el mal humor.

—Supongo que tendrás cosas más importantes que hacer —añadió sin saber que Quinn ya caminaba hacia ella por la trasera del sofá.

—No lo entiendes. ¿Verdad? —murmuró colocándose frente a ella.

—¿Qué tengo que entender?

—Rachel, cuando te di el traje de neopreno, te pregunté varias veces si estabas bien con él, si te presionaba o no, si podías respirar…Y me decías que sí. Y resulta que hoy no puedes soportarlo y no me dices nada. Prefieres quitártelo y ya.

—El traje me estaba bien, Quinn. Te lo he dicho por enésima vez. No me ha molestado en los otros días, y ésta mañana no me molestaba…Pero no sé, me empezó a molestar y creí que era lo mejor. Error. Un maldito y estúpido error que no volveré a cometer. ¿De acuerdo?

—Ok… —susurró sin encontrar las palabras adecuadas para debatirle aquella excusa.

—Mañana estaré bien y podremos seguir con tu planning.

—No —intervino rápidamente—, mañana tú y yo no vamos a hacer nada del planning. Mañana te vas a dedicar a descansar y a cuidarte.

—¿Qué? Vamos Quinn, solo es una maldita picadura, no voy a quedarme aquí encerrad…auchhh —se quejó sin poder evitar encogerse. Una punzada de dolor a punto estuvo de obligarla a dejarse caer sobre el sofá, alertando a Quinn que rápidamente trató de sostenerla.

—¿Estás bien? —preguntó preocupada.

—Sí —respondió sin apenas voz, inclinándose hacia su costado.

—Ya…Ya veo —musitó ayudándola a que volviese a quedar sentada—. Déjame que te ponga la crema.

—¿Qué…qué crema? —preguntó tras respirar profundamente, tratando de lograr que el aire calmase aquel dolor.

—El doctor me ha dado esta pomada —explicó mostrándole el bote mientras lo abría—. Dice que te hará bien y que es mucho mejor que el agua caliente.

—Ok…Quinn, no es necesario que…

—¿Puedes…quitarte la toalla? —ignoró el nuevo intento de la morena por excusarla de tener que hacer aquello.

Rachel aceptó a regañadientes. La toalla que había estado cubriendo su torso mientras Adam estuvo allí, cayó sobre sus rodillas sin dificultad alguna. Y con ella, el mal humor de Quinn.

Fue contemplar el pecho desnudo de Rachel, y la rubia dejó a un lado aquel malestar que seguía apoderándose de ella, para tratar de solventar la situación de la mejor manera posible.

Rachel ni siquiera la miró.

Cedió a su petición y desvió la mirada hacia el pequeño plato con adornos que permanecía sobre la mesa, tratando de no pensar en la situación.

Quinn no tardó en tomar asiento frente a ella, utilizando la mesita como improvisada silla. Y con delicadeza, tratando de evitar que el roce pudiese molestarla, comenzó a aplicar la pomada sobre la zona afectada.

—¿Te…te duele? —musitó tratando de centrarse en lo que hacía, y no en el cuerpo de la morena.

Rachel no respondió con palabras. Aunque su rostro dejaba escapar algunas muecas de dolor, negó rápidamente para responderle a su pregunta.

—Ok —susurró con una dulzura. Sabía perfectamente que sí le estaba haciendo algo de daño, pero era soportable.

Evitaba en todo momento que su mano presionase demasiado sobre la delicada piel, donde comenzó a dejar pequeñas caricias. Pero le era imposible. La herida estaba justo en su costado, en el lateral de su pecho, y era inevitable no terminar rozando sobre el mismo.

No le supuso ningún problema hacerlo, hasta que notó como la piel de Rachel se erizaba y el pecho reaccionaba ante el roce de su mano. Supo que realmente le estaba haciendo daño—. Rachel —balbuceó buscando su mirada.

—¿Qué? —dijo con dificultad, mirándola a los ojos por primera vez desde que había accedido a la habitación.

—Lo…lo siento —susurró apartando la mano de su pecho—, siento comportarme así, pero es que, es que me he asustado. Si hubiese sido algo más peligroso, aunque ese estúpido pez ya es peligroso de por sí —tragó saliva—, no me lo habría perdonado.

—Ha sido un accidente, Quinn. Estoy bien.

—Prometí que iba a cuidar de ti y mira… —desvió la mirada hacia el pecho— Ni siquiera te puedo rozar sin que te duela.

—No es el dolor lo que has visto reflejado en mi piel —confesó.

—He visto como has rehusado cuando…

—No Quinn —volvió a desviar la mirada—. Es imposible que me duela con la dulzura con la que me has puesto esa pomada.

—¿Entonces por qué…? —No continuó con la pregunta porque de nuevo, los ojos de Rachel se desviaron hacia los de ella y la bloquearon por completo.

Desprendía tal brillo en su mirada, más el rubor que se había apoderado de sus mejillas, que hicieron comprender a Quinn que la reacción de su pecho con aquel escalofrío que erizó su piel, había sido única y exclusivamente por su culpa, y no por el dolor—. Lo…lo siento —se disculpó separándose de ella—. No pretendía…

—Es normal —balbuceó Rachel aún con el rubor inundando su rostro—. No pretendas que no sienta nada después de lo de ayer.

—Oh…ok, ok —se levantó rápidamente—, lo siento. No, no volverá a suceder.

—Estoy bien Quinn. No, no pasa nada.

—Sí, bueno, pero no quiero incomodarte ni…

—No me incomodas —interfirió rápidamente—. No te preocupes, Quinn. Quedamos en que no se iba a volver a repetir, así que tranquila. Estoy bien.

—Rachel —se movió inquieta tras la breve confesión—. Mi, mi intención es la de quedarme aquí esta noche —tragó saliva—. No quiero que te quedes sola, y yo estoy más tranquila si me quedo aquí. Pero no quiero, no quiero que mi presencia pueda…

—Quinn —la interrumpió recuperando la toalla con la que volvió a cubrirse—, relájate —la miró tras levantarse—. Yo estoy bien, dolorida pero bien…Te puedes ir si quieres o te puedes quedar. Yo, yo agradecería que te quedases porque no me gusta estar a solas en una situación como ésta.

—Entonces me quedo —balbuceó sin dejar que terminase de hablar.

—Ok, quédate. Dormiremos juntas…No, no hay problema alguno —esbozó una débil sonrisa tras tomar una gran bocanada de aire.

—Claro. Como amigas.

—Como amigas sin derecho… —repitió.

—Claro, justamente.

—Bien. Eh, no me apetece cenar nada, si no te importa, voy a intentar dormir.

—Sí, es lo mejor —respondió nerviosa—. Yo, si no te importa, voy a pedir algo al servicio de habitaciones. Necesito cenar algo…

—Claro, claro. Estás en tu casa—sonrió por primera vez—. Y…bueno, te dejaré un pijama en la cama, así al menos te puedes cambiar de ropa.

—Eh…Perfecto. Es probable que me duche antes…

—Bien…

—Perfecto.

Movimientos extraños, un ir y venir de pasos en apenas un par de metros cuadrados. Miradas que se esquivaban cada vez que se encontraban, y una actitud típica de adolescentes llena de palabras secas. Esa era la situación que se daba entre las dos, y es lo que terminó provocando que ambas supieran que la culpa de todo, había sido de la estúpida idea de pasar una noche juntas, poniendo a prueba su amistad.

Ambas fueron conscientes en aquel instante, que les iba a pasar factura.

—Oh dios —se lamentó Quinn de manera imperceptible, pero no para Rachel, que en ese mismo instante la miraba y comprendía la impotencia que sentía por no saber sobrellevar aquella situación.

—Quinn —trató de sonar serena—, buenas noches.

—Buenas…buenas noches, Rachel —la miró de nuevo y le mantuvo el pulso de aquella última mirada, que terminó cuando la morena se decidió a abandonar el salón, para entrar en su habitación.

Estúpida, una absoluta estúpida adolescente, pensó Quinn al quedarse a solas en mitad de aquel apartamento, aun con la mirada de resignación que Rachel le había regalado. Resignación porque aquel juramento que hicieron antes de tener sexo durante toda la noche, no se estaba cumpliendo tal y como prometieron. Juraron ser amigas, y apenas 24 horas después, no podían evitar esquivarse. Y eso era algo para lo que no estaban preparadas. Al menos no Quinn.

Nunca había sentido aquella tensión con Santana, y mucho menos con Spencer. La naturalidad era algo normal en las relaciones que había mantenido con sus dos amigas. Pero con Rachel todo parecía ser completamente diferente.

Desde que la vio aparecer en la playa aquella misma tarde, hasta ese mismo instante, no había dejado de esquivar continuamente su mirada, a pesar de la intención de darle la mayor naturalidad posible.

Aquel simple roce que acababa de producirse entre ellas, terminó por romper la tensión que habían acumulado durante todo el día, y acabó con la extraña y confusa reacción.

Que Rachel le mencionara el hecho de que habían pactado que aquella noche no se iba a volver a repetir, aunque las ganas no faltasen, le hizo comprender que ella también estaba luchando por mostrarse natural. Pero nada pudo hacer con aquel escalofrío que la delató.

—Muy bien, Quinn —se dijo a sí misma dejándose caer en el sofá, que segundos antes había ocupado Rachel—, ahora soluciona esto…si es que puedes.