Capítulo 13

Día 7

Había tenido suerte.

La fiebre no había hecho presencia en el cuerpo de Rachel, y pudo dormir toda la noche hasta que el sol ya entraba por la cristalera de su habitación.

Un profundo sueño que no pudo evitar concebir nada más caer sobre la cama. Ni el dolor que sentía en el pecho, ni los nervios por saber que Quinn iba a dormir junto a ella aquella noche, lograron evitar que el cansancio de aquel agotador día, acabase por vencerla. Aunque lo cierto es que Quinn tuvo bastante que ver con ello.

La rubia no se personó en la habitación hasta bien entrada la madrugada, cuando ya Rachel había entrado en aquel profundo sueño. Y lo hizo a esa hora por evitar volver a vivir una situación incómoda, como la que habían tenido horas antes.

Rachel no supo de aquellos planes de Quinn. Lo único que pudo constatar para asegurarse de que, efectivamente, había dormido a su lado, fue la nota que encontró sobre la mesilla cuando despertó.

Mi turno empieza en una hora. Te dejo mi número de teléfono del hotel por si necesitas algo. Te llamaré a media mañana. Cuídate por favor.

Si te encuentras mal, no dudes en llamar a recepción y que avisen al médico.

Beso.

Q.

Una nota que leyó durante toda la mañana, tratando de sacar algo fuera de lo normal, algo que pudiese demostrarle que aquellas palabras, decían algo más de lo que debía ser una simple nota de una amiga que se preocupaba por su estado de salud. Pero no halló nada.

Solo la palabra beso logró provocarle una extraña sensación de escalofrío. Pero por lo demás, no había nada de lo que sacar conclusiones.

La llamada que había mencionado en la nota se produjo a eso de las 11, cuando Rachel ya hacía varias horas que había despertado, y se dedicaba mantenerse informada de lo que sucedía en el resto del mundo, lejos de aquel remanso de tranquilidad en el que se había convertido la isla.

No hablaron demasiado. Rachel se limitó a contestar a sus preguntas, que hacían referencia a su estado de salud, y todas sus respuestas fueron afirmativas; No tenía fiebre, no tenía nauseas, había dormido bien y el dolor casi había desaparecido por completo. Solo la señal, aún hinchada, de la picadura seguía presente en su pecho. Y después de aquella breve conversación, no hubo nada más, excepto una nueva llamada por parte de Adam. Quien habría jurado, estaba siendo obligado por Quinn para que lo hiciese. Aunque eso era algo que no sabía a ciencia cierta.

El resto del día lo pasó igual que la mañana. La televisión, la comida y el descanso, ocuparon gran parte de lo que se supone que era su día de descanso obligatorio. Hasta que, por fin, cuando ya veía que el sol no incidía lo suficiente sobre su cabeza, y no había peligro de sufrir quemaduras algunas, se decidió a ocupar una de las tumbonas que el hotel ponía a su disposición, y disfrutó del perfecto y cálido atardecer en la playa.

Apenas eran las 6 cuando el sol enfilaba el trayecto final hasta el horizonte, y Rachel se sumergía de lleno en la tranquilidad que le ofrecía ver el agua llegar mansamente hasta la orilla. Mientras a su lado, un cóctel de diferentes zumos saciaba la sed que la humedad le provocaba.

No estaba nada mal, a decir verdad. Y no esperaba que esa tranquilidad terminase esfumándose si no fuera porque alguien osó a interrumpirla.

—Señorita Berry.

Aquella voz, a pesar de no haberla escuchado más de una semana, era inconfundible.

Rachel abrió los ojos bajo las gafas y descubrió a Spencer junto a ella, con algo de dudas que parecían mantenerla con la distancia suficiente como para no molestarla.

—Spencer…Hola —respondió reincorporándose sobre la hamaca.

—Hola. Disculpa que le interrumpa, pero acabo de llegar y le vi. Quería saber cómo te encontrabas.

—Oh…Bien, mucho mejor, gracias —respondió sorprendida por la atención.

—Bien, me alegro. Tiene buen aspecto —inquirió fijándose en el minúsculo, y ya típico bikini que vestía la morena—. Supongo que la fiebre no ha dado señales de vida.

—No, no, por suerte me he librado, al menos por ahora. Es más la molestia por el dolor y el pequeño susto.

—Ya, supongo que no fue nada agradable…

—No, no se lo deseo a nadie.

—Entiendo. Eh, bueno, no quiero molestarle mucho. Me alegra que esté bien, si necesitas cualquier cosa, estaré en recepción. ¿De acuerdo?

—De acuerdo. Muchas gracias, Spencer —agradeció con sinceridad.

—De nada, que tengas una buena…noche —dijo forzando la sonrisa, como siempre solía hacer cuando se dirigía hacia Rachel. Sin embargo, y a diferencia de otras veces, a Rachel no le molestó que se despidiera de aquella manera. De hecho, la ignoró y volvió a hablarle, interrumpiendo su inminente marcha.

—Eh, Spencer, disculpa… Me gustaría, quiero decir…eh… ¿Puedo…puedo preguntarte algo personal?

—¿Algo personal? —masculló al tiempo regresaba hacia ella.

—Sí, quiero decir, es personal, pero no es tuyo. Es…es acerca de Quinn —aclaró provocando la curiosidad en la chica.

—¿Ocurre algo con Quinn?

—No, pero, bueno… —se aclaró la voz — Ya sabes que soy su amiga y hace mucho tiempo que no, que no sabía de ella. Quinn es bastante celosa de su vida y no me cuenta muchas cosas de cómo le va todo aquí. Y bueno, ya que tú eres su amiga aquí, quería, quería saber si todo está bien con ella.

—¿Si todo está bien?

—Sí, bueno…Si la ves feliz en la isla, si crees que está bien aquí. Me preocupa el hecho de no saber demasiado.

—Mmm…Claro que está feliz —respondió un tanto sorprendida por las cuestiones —. No estaría aquí si no fuese feliz.

—Ya, eso es lo que yo me he supuesto —dijo con algo de dudas—. Pero, no sé, quería saber que realmente ella disfruta aquí. No sé, quiero asegurarme de que es feliz.

—Pues lo es —sentenció—. Quinn tiene aquí su vida. Hace lo que le gusta, tiene amigos, tiene su hogar…Y obtiene su recompensa por ser una buena profesional. No tiene motivos para no estar feliz.

—Oh…Ok —balbuceó tras el tono autoritario que Spencer utilizaba—Si es así, perfecto.

—No te preocupes, Rachel —dijo olvidándose del protocolo—, Quinn es una mujer madura. Sabe lo que tiene que hacer, y lo hace porque quiere. Está bien aquí.

—Ok…Gra…gracias, Spencer —balbuceó sintiendo como aquellas palabras, lejos de tranquilizarla, lograban alterar su estado.

No es que no creyese a la que se suponia, era la mejor amiga de Quinn en la isla. El problema estaba en que creía que el pequeño comentario de Adam sobre el supuesto aburrimiento de Quinn en aquel lugar, había sido algo que dijo sin darle tanta importancia, y en una situación en la que ni siquiera le había preguntado por ello, que hacían que fuesen más verídicas que las de Spencer.

—¿Algo más sobre Quinn?

—Eh… No, nada más —zanjó el asunto—. Solo quería asegurarme de eso —añadió regalándole una leve sonrisa.

—Perfecto. De todos modos, si te preocupa eso, deberías preguntarle a ella —dijo lanzando la mirada hacia el lado opuesto, obligando a Rachel a que se girase sobre la hamaca para descubrir como una moto de agua, se acercaba con una velocidad endiablaba hacia el embarcadero.

En un principio no supo quién era, puesto que quien conducía era un chico. Tuvo que esperar a distinguir la figura de quien se abrazaba a él y ocupaba la parte trasera de la moto.

El pelo, perfectamente recogido en una coleta, y su ya particular camiseta de neopreno morada, la hacían inconfundible.

—¿Quién…quien es ese chico? —cuestionó la morena con apenas un hilo de voz. Lo cierto es que era una pregunta que se hacia ella misma, pero que no pudo evitar que Spencer la escuchara.

—Es Leo Vaughan, el mejor guía turístico de las Seychelles.

—Ah…Vaya, no…no sabía que había más guías aparte de Quinn y Adam.

—Hay muchas cosas que no sabe —murmuró Spencer llamando la atención de la morena—. Ya irá descubriéndolas —le sonrió de nuevo con aquella mueca de soberbia que tanto le fastidiaba—. Bien, siento no poder seguir hablando, pero tengo que regresar al trabajo.

—Claro…Gracias por todo —volvió a agradecer, aunque lo cierto es que lo único que le apetecía era ignorarla, o en un caso más extremo, exigirle que se marchase de allí y la dejase a solas.

Pero Rachel era educada. Siempre lo había sido y no iba a ser menos en aquella ocasión.

Spencer no tardó en reaccionar, y volviendo a lanzar una mirada hacia Quinn, dejó a Rachel completamente a solas en su hamaca.

La morena imitó el gesto de la chica, y también desvió su mirada hacia el mar, donde la moto de agua ya empezaba a detener su trayecto a escasos metros del embarcadero.

Ver a Quinn desde aquella posición, era algo que le llamaba poderosamente la atención.

Desde allí podía observarla en su hábitat, sin que pudiese hacer algo solo porque estaba en presencia de ella.

La habilidad que mostraba con todas aquellas actividades acuáticas, era algo que Rachel pudo descubrir en primera persona, pero verla allí, completamente ajena a su presencia era distinto. Muy diferente.

Quinn se alejó del chico tras regalarle un breve abrazo, y pisó la arena justo cuando este volvía a encender el motor y emprendía un nuevo trayecto, que, por su dirección, parecía de regreso hacia desde donde habían llegado.

Descaro.

Rachel supo que su marcaje desde la distancia a Quinn era de total y absoluto descaro por saber cuáles iban a ser sus siguientes movimientos. Para su tranquilidad, no fueron otros más que los de acudir a uno de los boxes, y saludar a un Adam, que ya salía con su tabla de surf.

La breve conversación que mantuvieron logró alertar a la morena, que rápidamente trató de disimular su incisiva mirada hacia ellos, al ver como Adam la señalaba y Quinn se giraba rápidamente para descubrirla en aquella hamaca.

Apenas tardó un par de segundos en recuperar la postura y colocarse las gafas, fingiendo no haberse percatado de absolutamente nada. O al menos eso creyó, hasta que pudo descubrir tras mirar de reojo, que Quinn se había despedido de Adam y caminaba directa hacia ella, soltando la cola que sujetaba su pelo y colocándose bien el minúsculo bikini que protegía la parte inferior de su cuerpo.

Rachel no tardó en recuperar el zumo, a pesar de que ya estaba más caliente que frío, y siguió mostrando una ignorancia total por la llegada de la rubia.

Solo el extraño ruido que producían sus pies al pisar la arena y el movimiento que notó al sentarse a los pies de la hamaca, la hicieron reaccionar.

—Hey, hola —tartamudeó— ¿Qué haces aquí?

—Acabo de llegar de Mahé. ¿Cómo estás? —cuestionó Quinn con una forzada naturalidad.

—Pues…Bien, estaba…estaba relajándome un poco.

—Ya veo —susurró sin poder evitar detenerse en mirarla—. Estás tan embelesada con las vistas, que ni siquiera me has visto llegar… ¿Verdad?

—Eh…pues…esto…te, te he visto en la moto —confesó tras notar el sarcasmo—, pero no sabía que vinieses hacia aquí.

—Me dijo Adam que estabas aquí —dijo satisfecha por lograr recibir la respuesta que esperaba—. ¿Cómo está la herida?

—Bien —respondió alzando el brazo para mostrarle la zona afectada—. Solo está un poco hinchado y ya…

Quinn apenas se fijó con atención. Lanzó una mirada rápida sobre la misma y volvió a centrar sus ojos en el horizonte. Y aunque Rachel pudiese sentir aquella actitud como una forma de rechazo o incomodidad, lo cierto es que no era precisamente por eso por lo que actuaba así.

No fue un buen día para Quinn.

Al hecho de apenas haber conseguido dormir nada, ocupando gran parte de las horas de aquella madrugada en observar que todo iba bien en Rachel, se le sumaba la extraña sensación de angustia que había tenido durante todo el día.

Una angustia por no poder expresarse libremente con la morena, por no poder llamarla cada cinco minutos para saber si estaba bien o no, por miedo a crear la misma incomodidad que sintieron la noche anterior, o tal vez cansarla por su intensa preocupación. Toda aquella preocupación se transformaba en pensamientos. Pensamientos que no la abandonaban y que habían hecho que incluso perdiese la atención en su trabajo.

—Me alegro —murmuró tras llenar sus pulmones con una gran bocanada de aire.

—¿No…no has estado en la isla? —preguntó curiosa, tratando de alargar un poco más aquella conversación.

—No, estuve por la mañana, pero luego tenía unas clases en Mahé.

—Ah… ¿Con, con ese chico? ¿El de la moto?

—Con Leo —la miró de nuevo—. Es un compañero, también trabaja en el hotel, solo que está en otras islas.

—Ah. Claro, entiendo…

—¿Te has vuelto a poner la crema? —preguntó recuperando su interés por el estado de la picadura.

—Sí, me, me la puse esta mañana y luego, antes de venirme aquí. He tratado de no tomar mucho el sol, excepto ahora…Aunque ya apenas hay.

—Haces bien, no es recomendable. Hay que evitar cualquier tipo de agresión.

—Lo sé… ¿Ves? Me he cuidado.

—Ya…ya veo —respondió dibujando una débil sonrisa—. Mañana iremos a la Passe. Así te muestro como es el pueblo y…Dejamos que la herida se cure por completo ¿De acuerdo?

—Claro…Perfecto, me apetece mucho.

—Bien —susurró segundos antes de que un largo e incómodo silencio se prolongase entre las dos.

Era ese el tipo de situación que ambas querían evitar, y precisamente eso mismo es lo que se estaba produciendo.

—Tampoco me he metido en el mar —añadió tratando de volver a sacar algún tipo de conversación —. Aunque ganas no me han faltado.

—¿Y por qué no te has metido? —preguntó volviendo a mirarla a los ojos, porque en aquel instante, Rachel ya se había desprendido de las gafas de sol.

—Para…para no hacerme daño en la herida.

—El agua del mar te va a venir bien para la herida —respondió más animada.

—Pues no, no lo sabía. De todos modos, me molesta un poco si muevo demasiado el brazo, así que no habría sido una buena idea.

—Vamos —se levantó rápidamente mientras le ofrecía la mano.

—¿Qué? ¿A dónde?

—A bañarnos. Te acompañaré.

—¿Ahora? ¿Quieres que nos bañemos en la playa ahora? —la miró incrédula.

—Llevo todo el día sufriendo por no poder ayudarte más —se sinceró—, déjame que al menos pueda acompañarte en un baño que te va a venir bien.

—Pero…Quinn no es necesario. Tú, tú ya me ayudas lo suficiente. Me hizo ilusión encontrar la nota esta mañana, y tu llamada. Además, hace unos minutos Spencer ha venido a preguntarme, y Adam también lo hizo esta mañana, y es evidente que lo han hecho porque tú te has preocupado. Has hecho suficiente.

—No Rachel —dijo con apenas un hilo de voz—, no me siento satisfecha por lo que estoy haciendo.

—¿Qué?

—Necesito hacer cosas que compensen mi estupidez. Solo así podré hacerte bien.

—¿Estupidez? ¿De qué hablas Quinn?

Tuvo que necesitar varios minutos para ordenar las palabras en su mente, y así poder explicarse con precisión. Aunque no tenía la certeza de poder lograrlo.

—Te prometí que nada iba a cambiar entre nosotras, y yo soy la primera en crear esta estúpida tensión. Soy yo la que tiene que imprimir naturalidad, Rachel. Y no lo estoy haciendo. Déjame al menos que intente arreglarlo.

—Te olvidas de que yo también me comporto como una adolescente.

—Pero lo tuyo es razonable, lo mío no. Yo te insistí, y ahora soy yo la que tiene que revertir esta situación —volvió a ofrecerle la mano—. Déjame que te cuide como lo hace una amiga, déjame que me sienta útil. Solo así podré apartar de mi mente todas estas…estúpidas dudas. Por favor.

Súplica. Quinn habló a modo de súplica y Rachel no pudo más que aceptar su petición. Quizás sabía que no toda la culpa de que las cosas estuviesen así de raras entre las dos, era solo de Quinn. Evidentemente, ella tenía mucho que ver también. Sin embargo, no sabía cómo afrontarlo, no tenía ni idea de cómo mostrar esa naturalidad que supuestamente debían tener dos amigas que se tienen plena confianza, y Quinn si parecía tener la solución.

—Está bien —respondió tomando su mano para levantarse de la hamaca—. Pero…Quinn, esto es cosa de dos. Yo también necesito hacer que todo esté normal entre nosotras. No me hace bien estar así.

—Ok, pues vamos —la invitó a que dejara las gafas sobre la hamaca—. Vamos a bañarnos y si necesitas ayuda, yo estaré a tu lado. ¿De acuerdo? Luego te dejaré que sigas descansando. Yo me iré a mi casa a ducharme, y a dormir mucho. ¿Ok?

—Oh…Ok —balbuceó—. Pero… ¿No se supone que tú no puedes bañarte en horario de trabajo?

—No estoy en horario de trabajo —aclaró—. Además, hoy si llevo puesta la ropa de baño.

Cierto. La llevaba puesta y le sentaba de maravilla, pensó Rachel tras mirarla de pies a cabeza.

—Ok…Será mejor que vayamos —reaccionó tratando de eliminar aquel último y tentador pensamiento. Y Quinn no tardó en acceder.

Cuando quisieron darse cuenta, ambas caminaban directas hacia la orilla, con las manos entrelazadas y sin intención alguna de dejar de hacerlo.

Quizás no era así como solían acceder las amigas a la playa, pero a ninguna de las dos le importó. Rachel trataba de aceptar la decisión de Quinn, y esta se sentía bien siendo ella quien cuidase de la morena en el agua.

Y no rompieron aquel extraño pacto hasta que el agua ya empezó a cubrirlas y no había necesidad de permanecer unidas.

—¿Estás bien? —se interesó la rubia tras zambullirse bajo una pequeña ola.

—Eh…Sí, pero no es necesario que nos vayamos tan adentro.

—Cuanto más te cubra el agua la herida, mejor —explicó.

—Ya, entiendo que esa es la razón, pero no olvides que me molesta al mover el brazo demasiado y…Bueno, aquí ya me tengo que mantener a flote.

—Ok…Nos quedamos aquí —musitó acercándose a ella— ¿De acuerdo?

—Sí…Aquí es perfecto y… ¡Oh dios! —susurró desviando la mirada hacia el horizonte.

—¿Qué ocurre? —preguntó Quinn siguiendo la indicación de la morena.

—El sol —masculló—. Mira…

—Guau —se sorprendió Quinn al ver como la enorme bola de fuego anaranjada, comenzaba a esconderse tras la superficie del océano—. Es la primera vez que lo veo así.

—Es…es espectacular.

—Es increíble. No hay dos atardeceres iguales en esta isla. Siempre son diferentes y… ¿Estás bien? —se precipitó sobre Rachel al descubrirla mostrando un gesto de dolor.

—Eh…sí, si…Es solo que he debido hacer un gesto brusco y me ha dolido. Tengo el brazo entumecido.

No lo pensó. Quinn destruyó la escasa distancia que las separaba y se giró justo cuando llegaba frente a ella, ofreciéndole su espalda como apoyo para poder seguir disfrutando del baño y por supuesto, de la espectacular puesta de Sol.

Rachel no entendió lo que pretendía, hasta que vio como las manos de Quinn buscaban sus brazos, y los obligaba a acomodarse sobre sus hombros.

—Apóyate en mí, así no te dolerá.

—Pero…Te vas a cansar tú.

—No. Tranquila, Rachel —respondió logrando en un segundo gesto, que fuesen las piernas de la morena las que quedasen ancladas a su cintura—, estoy acostumbrada y en el agua, nada pesa.

—¿Estás segura? —volvió a preguntar tras ser consciente de cómo aquella postura le permitía estar en perfectas condiciones, y el dolor había desaparecido por completo.

—Mira eso —señaló hacia el sol ignorando su última cuestión—. Disfruta de eso, Rachel.

Y lo hizo. Por supuesto que lo hizo. Y no solo disfrutó de lo increíble que se veía aquel atardecer, sino que también lo hizo por la agradable sensación que le producía estar abrazando a Quinn, después de todo lo vivido.

Era así como quería estar con ella. Tener esa confianza de poder cruzar sus brazos sobre su pecho, y apoyar su mandíbula sobre sus hombros. De sentir como las manos de la rubia se anclaban a sus piernas y su espalda le ofrecía todo el confort que necesitaba. Sin contar con lo especial que se sentía al poder contemplar el rostro de la rubia a escasos centímetros del suyo, logrando que sus mejillas llegasen a unirse en alguna que otra ocasión, y un pequeño destello del sol que incidía en los verdes ojos de la rubia, llegase a ella de refilón, hipnotizándola por algunos segundos.

Y todo ello sin saber lo que realmente pensaba Quinn de aquella escena. No lo sabía, pero podía intuirlo.

Quinn estaba agradecida por haber sido capaz de tomar la decisión, y romper esa maldita e incómoda tensión. Se sentía satisfecha por poder abrazarla de aquella forma, y no sentir que estuviese incomodándola.

Sin embargo, había algo que ninguna de las dos sabía, o quizás sí, pero se negaban a aceptar, y lo camuflaban con aquellas intenciones de seguir siendo amigas.

Una necesidad empezaba a instalarse en ambas. Una necesidad por poder tenerse la una a la otra de una manera mucho más íntima, más personal, más cercana.

Rachel no era consciente de que Quinn llevaba dos días sin sacar de su cabeza el sabor que sus besos habían dejado en sus labios, y la rubia ignoraba por completo el hecho de que Rachel había sentido como una enorme oleada de celos, se apoderaba de ella al verla abrazada a Leo, el misterioso monitor del que nunca había oído hablar. Pero aquellos detalles estaban tan camuflados en ambas, que ni siquiera se atrevían a pensarlos. Preferían entonar aquel mea culpa, y tratar de arreglar una amistad, que ya había dejado de existir, por mucho que les pesara.

—Gracias —susurró Rachel apoyando su mejilla sobre el hombro de la rubia, sin perder de vista los últimos rayos de sol de aquel atardecer—. Nunca olvidaré esto.

—Yo tampoco, Rachel —respondió sin ser consciente de lo implícito de aquella respuesta—, yo tampoco lo olvidaré.