Capítulo 14

Día 8

—Quinn, no sé lo que entiendes tú por una visita a la aldea, pero que nuestra primera parada sea en un antiguo cementerio, no es lo que me esperaba.

—Rachel, este lugar al igual que el resto de la aldea, merece la pena visitarlo —explicó mientras caminaba entre las lápidas.

Lápidas rotas, algunas desgastadas por el tiempo y otras simplemente recubiertas de una espesa capa de musgo.

Eran las 10 de la mañana, y tras un breve trayecto en quad, ambas llegaban al punto de partida de lo que iba a ser la primera visita a las dos aldeas que habitaban la isla; La Passe y La Reunión.

Pero aquella primera parada, no fue lo que Rachel esperaba.

No había un orden en aquel cementerio, de hecho, no supo que era uno hasta que no se topó de bruces con una de las tumbas.

Los árboles, la gran mayoría cocoteros, y la frondosa vegetación que creía a su alrededor, lo convertían en un lugar a descubrir, casi de leyenda.

—¿Estás segura de que es legal caminar por aquí? —cuestionó la morena tras detenerse a leer el nombre de una de las tumbas.

—Para ti y para mí sí —le respondió—. Jean Francois Hodoul —añadió provocando el interés de la morena.

—¿Quién era? —preguntó tras ver como ese era el nombre que aparecía grabado en la roca.

—Un pirata —respondió recuperando el paseo—, o eso cuenta la leyenda. Dicen que era el más temido por los ingleses, pero no es seguro que esa sea su tumba. En la isla de Mahé también existe una con el mismo nombre.

—Vaya… ¿Y no podría ser su hijo? —preguntó curiosa tras volver a recuperar el paso—. Esos tipos solían llamarse como sus padres…

—Podría ser una opción —musitó—, aunque lo cierto es que yo no lo creo.

—¿Por qué?

—Porque yo creo que la verdadera tumba de ese pirata está en Mahé —añadió—, y alguien, bastante inteligente, decidió grabar en esa lápida el mismo nombre para provocar un mayor atractivo, o quizás confundir a la gente.

—Pues si alguien ha hecho eso, es un irrespetuoso. Las cosas importantes están en su lugar por algún motivo, y dudo que esta isla necesite de algo así para ser aún más atractiva.

—Me alegra que pienses así —masculló accediendo de nuevo al sendero que las llevaba hacia la aldea—. Eso significa que empiezas a mirar este paraíso con otros ojos.

—Siempre lo veo así, Quinn. Aunque no hable de la naturaleza como tú lo haces, o no tenga ni idea de que esta isla es fiel recuerdo de que una vez fuimos un solo continente —aclaró convincente—. Me gusta valorar lo que tenemos y cuidarlo. Por eso pregunto si esto que estamos haciendo es legal.

—Sí, es legal. Estamos autorizados y…Me gusta —se detuvo a mirarla—. Me gusta escucharte hablar así. Rachel Berry, cada día me sorprendes más.

—¿Sí? — cuestionó curiosa— ¿Te sorprendo?

—Ajam… —musitó recuperando el trayecto— Vamos, no te quedes atrás.

—¿Qué te sorprende de mí? ¿Esperabas que por venir de Nueva York y ser una gran artista, iba a rodearme de lujo artificial?

—No, pero aún recuerdo a la Rachel Berry que hacía picnics en el parque, y utilizaba sillas plegables para evitar que el césped terminase manchándole la falda —bromeó—. Y también recuerdo a la Rachel Berry que se levantaba dos horas antes de ir clases, para hacer su ritual de aseo diario.

—Eh…Hey —la interrumpió—. Eso no me hace ser mala persona y no valorar lo natural. Soy una chica de ciudad, sí, pero, ¿qué hay de malo en eso?

—Nada, no hay nada de malo. Solo te lo he mencionado porque me sorprende…Y me gusta que así sea.

—Tú también me estás sorprendiendo a mí —replicó divertida—. Quinn Fabray, una chica de Yale, viviendo en una isla en mitad del océano Índico. Buceando, conociendo la historia de los primeros exploradores que llegaron aquí, la de sus piratas. Acariciando tortugas y haciendo surf.

—No, no —la interrumpió con un divertido tono de voz—, te equivocas, yo no hago surf.

—¿Cómo? Si te he visto con las tablas…

—Que las utilice no significa que sea específicamente para hacer surf.

—¿Y qué haces con ellas?

—Nadar. Las utilizo como medio de transporte en el agua. Llevo dos años aquí, y aun no he sido capaz de surfear una ola.

—¿De veras? Yo pensé que sí lo hacías…Y que me ibas a enseñar a mí.

—Es imposible enseñar a hacer surf en quince días, Rachel. Lo único que puedo hacer, es que tomes un día dedicado a aprender la base y lo intentes. Pero no creo que lo logres.

—Pues yo quiero hacer surf —inquirió—. Es algo que entraba dentro del planning que el hotel ofrece, así que…

—Ok. Hablaré con Adam para que nos reserve algún día. Él es el monitor de surf. ¿De acuerdo?

—De acuerdo —respondió satisfecha— Eh… ¿Quinn? ¿Dónde estamos?

Una sonrisa se apoderó del rostro de la rubia tras acotar los últimos metros que la llevaban al inicio de una calle, o al menos eso parecía.

El rudimentario asfalto indicaba que aquello ya formaba parte de la zona habitada. Un par de casas aparecían a la derecha y al fondo, ya se notaba el movimiento que solo el ser humano es capaz de provocar en algún núcleo urbano.

—¡Bienvenida a La Passe! —exclamó al tiempo que la invitaba a seguir caminando a su lado—. Si miras a tu izquierda, a través de los árboles, verás el embarcadero donde llegaste hace 8 días.

—Es cierto, es ese…Pero no vi todo esto —dijo regresando la vista al frente, donde tras haber recorrido algunos metros, las casas empezaban a ser más continuas, formando hileras a ambos lados de la calle.

—Spencer te llevó por el trayecto que rodea toda la costa. Es lo más rápido para llegar al hotel. Por aquí, la mayoría de vecinos o turistas, suelen desplazarse en bicicletas, o incluso en carros arrastrados por caballos —sonrió divertida—. No está bien visto pasear con vehículos a motor.

—¿Por eso hemos dejado el quad en ese aparcamiento tan lejano?

—No es lejano —aclaró—. Apenas está a dos kilómetros, así que no te quejes mucho…Y no, el quad lo hemos dejado allí para poder andar por aquí con más tranquilidad. Te recuerdo que son eléctricos, no contaminan, por lo que están aceptados para recorrer la isla.

—Ah…ok, ok… ¿Y bien? —musitó sin dejar de mirar a su alrededor— ¿Me vas a explicar cuáles son las costumbres de los Seychellois? ¿Cómo viven? ¿Qué hay en estas aldeas que merezca la pena?

—¿De veras? —la miró incrédula— ¿Quieres que te cuente…?

—Para eso estamos aquí. ¿No? —le devolvió la mirada, aunque sus enormes gafas de sol evitaban que Quinn la pudiese contemplar.

—Claro…Yo encantada —respondió invitándola a seguir caminando, y Rachel no tardó en aceptar aquella invitación y emprender un paseo que se antojaba interesante. O quizás no.

Para Rachel, pedirle a Quinn que comenzara a explicarle las costumbres de aquellos habitantes, suponía regalarle la oportunidad de disfrutar con lo que supuestamente quería hacer.

Ambas eran conscientes del poco interés que suscitaba aquellos detalles en Rachel, sin embargo, la morena sabía perfectamente que mostrar ese interés, hacía a Quinn un poco más feliz de lo que parecía. Y, además, por supuesto, tenía un plus añadido que consideraba oportuno para aquella situación.

La naturalidad con la Quinn se mostraba hablando de lo que conocía, hacía que ambas olvidasen la tensión que habían ido acumulando en aquellos días. El intento de la rubia por hacer que todo fuese más sencillo entre las dos, quedó patente el día anterior, cuando gracias a su idea de bañarse juntas en el mar, pudieron contemplar el atardecer desde una posición privilegiada, sin olvidar que permanecieron abrazadas durante el mismo. Y aquella mañana, cuando Quinn fue a recogerla con el quad, su actitud no distó mucho de la del día anterior.

La trató como la había estado tratando antes de que se conociesen de manera más íntima. Como una amiga más, como lo había hecho desde que pisó aquella isla hacía ya 8 días.

Todo el trayecto hasta aquella aldea, estuvo lleno de comentarios que hacían referencia a multitud de lugares que iban descubriendo. La iglesia del lugar, varias casas coloniales y el gran molino de copra que aún seguía funcionando. Las plantaciones de vainilla o las cuadras con los salvajes y hermosos caballos. Y ahora, cuando ya estaban en mitad de la pequeña aldea, Rachel exigía seguir escuchando sus historias, todas aquellas leyendas o descubrimientos que había hecho a lo largo de los dos años que llevaba en aquel lugar.

Y Quinn no lo dudó.

Casi dos horas recorriendo las calles, deteniéndose en las pequeñas tiendas, o entablando conversación, en francés por supuesto, con algunos niños, que, a razon por cómo se acercaban a ella, ya debía conocer.

Rachel seguía sorprendiéndose, aunque trataba de evitar mostrarlo para no poner en situación comprometida a Quinn.

No había persona en aquel lugar que no tuviese una sonrisa para Quinn, o que no se acercase para saludarla con afecto.

Niños, ancianos, mujeres, hombres, daba igual, todos y cada uno de ellos parecía reconocer a aquella chica rubia de enormes ojos verdes, que caminaba siempre con algunos turistas a su alrededor por aquella aldea, y que en ese mismo instante lo hacía con solo una de aquellas turistas, o, mejor dicho, con su amiga.

Así es como Quinn la presentaba cuando alguien más cercano a ella, se acercaba con la intención de preguntarle por su vida. Quinn miraba hacia Rachel, y con una enorme sonrisa de satisfacción, la presentaba como su amiga, no como una turista. Y lo hacía porque de ese modo, la morena iba a ser mucho mejor recibida que cualquier otra persona ajena a aquella isla. Y no es que los habitantes de la aldea fuesen desagradables con los turistas, todo lo contrario. Nadie que allí llegase, se marchaba con el sabor agridulce de un desplante o algún incidente. La amabilidad era un don, y aquellas personas habían nacido con ella. Sin embargo, el simple detalle de dejar claro que era su amiga, y no una extranjera más, provocaba un mayor acercamiento, una mayor gratitud y, sobre todo, un cariño que Rachel, a buen seguro, no había percibido en toda su vida.

—¿Dónde me vas a llevar a ahora? —masculló la morena tras seguir los pasos por un escueto recoveco que desaparecía entre la frondosa vegetación.

Dos horas habían sido más que suficientes para conocer ambas aldeas, y el hambre hizo acto de presencia en sus cuerpos.

Un pequeño establecimiento de comida tradicional de la isla, fue el mejor lugar para comer algo. Tras el breve descanso, y portando un par de bebidas que Quinn se había empeñado en comprar, ambas emprendieron el trayecto para dirigirse hacia el segundo de los planes que tenía preparado para aquel día.

—Paciencia, solo algunos metros más —respondió Quinn tras avanzar por el sendero, que, de nuevo, volvía a ser completamente salvaje.

Las casas quedaron atrás. El pavimento de las escasas calles volvía a convertirse en un camino que mezclaba el verde intenso de los arbustos y las hojas de los cocoteros, con la resplandeciente arena de la playa.

Por lógica, Rachel supo que se dirigían hacia la costa, pero no tenía ni idea de lo que le esperaba en aquel paraíso.

Solitaria, ajena al turismo real de aquella playa, única para practicar deportes acuáticos y donde se encontraba el embarcadero de los ferris que atracaban en la isla.

Esa era la playa de La Reunión. Sin embargo, aquel lugar al que acababan de llegar y que había dejado casi sin palabras a Rachel, no tenía nada que ver con lo que había podido observar días atrás.

Era una cala, o ni siquiera eso. Era algo más íntimo, más pequeño y gigantesco a la vez.

Dos enormes rocas, de las que abundaban por toda la isla, aparecían ante ellas dándole la bienvenida a aquel pequeño paraíso, como si de una enorme entrada se tratase. Y después de ella, todo un corrillo de las mismas piedras con tonos plateados, las rodeaban. Enormes, pequeñas, afiladas o perfectamente talladas por el agua. Y en el centro de aquel extraño anfiteatro que formaban las rocas, una planicie con forma circular, de arena blanca y apenas unos 40 o 50 centímetros de agua. Una piscina natural que se abastecía del agua del océano, por una escueta apertura que se situaba justo en el frente, y por las rendijas que el agua había ido creando entre las rocas.

—Oh…¡Wow! —exclamó estupefacta— ¿Qué…qué es esto?

—Es una piscina natural —explicó Quinn al tiempo que se acercaba a una de las rocas que quedaban a su derecha, evitando en todo momento adentrarse en el agua—. Este lugar no está permitido para los turistas, de hecho, si algunos de los vecinos de la aldea ven a algún guía con grupos de extranjeros acercarse por aquí, avisan rápidamente al servicio de protección natural.

—¿Qué? —la miró confusa— ¿Y qué diablos hacemos nosotras aquí? Quinn, te recuerdo que un escándalo de ese tipo, arruinaría todo mi plan.

—Tranquila —la miró sonriente, ofreciéndole uno de los vasos con la bebida—. Como has podido comprobar, prácticamente toda la aldea me conoce. Soy como una más de ellos, y ellos si tienen permitido acceder a esta zona.

—¿Y por qué se lo prohíben a los turistas? —cuestionó acercándose.

—Porque no suelen ser respetuosos con la naturaleza. Hace unos años, esto estaba abierto a todo aquel que quisiera contemplarlo o disfrutarlo, pero como has podido comprobar, solo hay un acceso posible que es a través del bosque, y el paso continuo de grandes grupos de personas estaban arruinando la vegetación, por no decir la suciedad que solían dejar en esta zona.

—Vaya…Pues menos mal que lo han protegido —volvió a mirar a su alrededor—, esto es maravilloso.

—Lo es. Creo que es uno de mis lugares favoritos de la isla. Tuve suerte de llegar aquí —musitó tras dar un breve sorbo del vaso.

Rachel la imitó.

Sin dejar de mirar el paisaje, se aventuró a probar aquella bebida que, al parecer, era una de las favoritas de Quinn en la isla.

—Mmm…Esto está buenísimo, Quinn —murmuró tras saborearlo.

—Es…es agua de coco de mar —respondió con media sonrisa— ¿Recuerdas los cocos fesse?

—Claro, como olvidarlos.

—Pues, pues ésta bebida la hacen con el agua de ese coco y…le añaden algo de canela y vainilla.

—Está delicioso, aunque siendo honestas, echo de menos el café de Nueva York —añadió tratando de no resultar demasiado agresiva con sus palabras y poder llegar hasta donde pretendía—. ¿Tú no?

—¿El café de Nueva York? —masculló al tiempo que utilizaba la roca como apoyo y perdía la mirada sobre el agua— Claro…claro que se echa de menos.

—Supongo que todo lo que echas de menos de la ciudad, lo compensas con el cariño que la gente te tiene aquí. ¿No es cierto?

—Más o menos. Es bastante alentador llegar a la aldea y ver cómo te aprecian, como se interesan por ti y…Bueno, hacen que seas mejor persona.

—¿Sabes? No he podido evitar emocionarme cuando esos niños se han acercado a ti y te han llamado…Quinny. Por un momento pensé que ibas a gritarles, como hacías cada vez que Santana o alguno de los chicos te llamaban así.

—No podría gritarles nunca. Jamás le gritaría a un niño, y a ellos mucho menos. ¿Sabes? Ellos son los que me enseñaron que podía acercarme a las tortugas…sin miedo —respondió devolviéndole la mirada—. Son encantadores. Y solo ellos tienen el privilegio de llamarme Quinny. Así que no se te ocurra tomarte esa libertad conmigo —le dijo en tono divertido.

—No pienso tentar a la suerte —replicó la morena volviendo a beber—, pero lo cierto es que…es que es encantador por tu parte. ¿Cómo…cómo los conociste?

—Leo —respondió rápidamente.

—¿El guía de la isla de Mahé?

—Ajam…Él fue quien me enseñó prácticamente toda la isla.

—Vaya, pensé que había sido Spencer o Adam.

—No, no —intervino rápidamente—. Adam está más centrado en todo el medio acuático. Él siempre está con las olas y con los deportes de agua. Y aunque sabe y conoce bien la isla, nadie mejor que Leo para descubrir lugares como éste —volvió a sonreír—, y por supuesto para que los aldeanos sepan que eres de confianza. Si no fuese por él, ahora mismo no podríamos estar aquí.

—Voy…voy a tener que agradecerle personalmente que haya tenido ese detalle contigo —dijo con apenas un hilo de voz, tratando de alargar un poco más aquella tan ansiada pregunta que llevaba desde el día anterior rondando por su mente.

No quería romper de nuevo la confianza que Quinn se había preocupado por mantener entre ambas, pero necesitaba saber de su vida, y no solo de lo que hacía o dejaba de hacer en aquella isla.

Adam le dejó claro que Quinn no estaba en su mejor momento, al menos no hasta su llegada hacia 8 días atrás. Y si estaba mal, algún motivo tendría que haber.

—Quinn —susurró un tanto nerviosa, tras haber permitido un par de minutos de absoluto silencio—¿Es…es ese chico?

—¿Qué?

—¿Es Leo? —cuestionó decidida.

—¿Qué? ¿Qué sucede con Leo? —preguntó un tanto confusa, sin perder detalle de como Rachel se había descalzado y mojaba sus pies mientras jugaba con el pequeño vaivén que el agua provocaba en la orilla.

—Ya sabes —masculló sin mirarla—. Me dijiste que…que hacía unos seis meses que no estabas con nadie.

—Y es cierto.

—¿Era él? ¿Fue él tu chico? —la cuestionó decidida, buscando su mirada.

—¿Leo? —replicó dibujando una media sonrisa que desconcertó a la morena—. No, para nada. Él es un compañero más, Rachel. Además, está casado con Lindsay —añadió—, que vive con él en Mahé.

—Oh…Vaya —balbuceó—. Pensé…pensé que él.

—¿Por qué él? —intervino rápidamente— ¿Qué te hace pensar que he estado con él?

—Nunca me lo has mencionado, no sé. Te pregunté por Adam y me lo negaste, y a aparte de él y de Spencer, no sabía que tuvieses más amigos cercanos, hasta que apareció ese chico y… —silencio. Rachel no supo por qué, pero su mente se detuvo en mitad de aquella respuesta, mientras observaba como el agua se colaba a través de las rocas y pensaba en sus palabras. En los nombres que había mencionado y en cómo parecían pertenecer a la nueva vida de Quinn en aquella isla.

Tragó saliva tras notar como la mirada de Quinn se clavaba en su espalda y sentía como el nombre de Spencer resonaba mucho más fuerte que el de Adam o ese tal Leo.

—¿En qué piensas, Rachel? —cuestionó tras casi dos minutos de absoluto silencio.

—Spencer —balbuceó sin poder contener aquel nombre entre sus labios—. Es Spencer —añadió sin aplicarle ninguna interrogante, casi afirmando su confusa y dolorosa duda.

—Fue —respondió Quinn tras ser consciente de cómo Rachel había llegado a aquella conclusión—. Spencer fue.

Negación. Rachel comenzó a mover su cabeza, negando una y otra vez mientras seguía dándole la espalda.

No supo por qué, pero llegar a la conclusión de que la amante de Quinn en aquella isla, había sido Spencer, no hizo más que provocarle una terrible sensación de malestar. Algo que evidentemente, no estaba en sus planes sentir.

—¿Qué ocurre, Rachel? —se interesó tras ver como la morena seguía mostrando aquella negativa con su cabeza, casi a modo de incredulidad.

—¿Me has mentido? —cuestionó girándose rápidamente hacia ella.

—¿Qué? ¿Por qué dices eso?

—Me…me dijiste que yo era una de tus mejores opciones para, para…bueno, ya sabes.

—No entiendo.

—Me dijiste que era una tus mejores opciones cuando te estabas acostando con Spencer. ¿Qué soy? Eso no me deja en un buen lugar, solo me eleva al puesto de experimento.

—¿Qué? —volvió a repetir confusa— ¿Qué dices de experimento?

—Estabas cansada de acostarte con Spencer, y decidiste que era una buena oportunidad para tener algo nuevo, diferente…Y por eso querías acostarte con…

—Hey…hey —la interrumpió dando varios pasos hacia ella—. Ni se te ocurra continuar, porque no estás en lo cierto. Es una estupidez eso que dices.

—¿Estupidez? —recriminó— ¿Y qué es? ¿Quién es Spencer en tu vida?

—Mi amiga —respondió rápidamente—. Escúchame Rachel, yo conocí a Spencer en París y el mismo día que sucedió, nos acostamos…Sí, y después vino todo esto y…y continuamos haciéndolo, pero todo acabó hace cinco meses. Ni me he cansado de ella, ni quería experimentar contigo.

—¿Ah no?

—¡No!

—¿Por qué no te creo? Tú…tú conociste a Spencer y decidiste venirte aquí con ella… ¿Estabas enamorada? ¿Estabais juntas? —cuestionó afectada.

—No, no estaba enamorada de nadie, Rachel. Me vine porque ella me invitó a pasar aquí algunos días y me enamoré de esta isla. Necesitaba algo así en mi vida, necesitaba dejar de sentir que todo me salía mal. Quería hacer algo con mi vida. ¿Entiendes?

—Hace dos años que viniste a esta isla y solo hace cinco meses que dejaste de acostarte con Spencer… ¿Eso es amistad? Yo creo que no, que eso es algo más. Te pasas un año y medio teniendo sexo con ella y de pronto decides que ya no más, y te lanzas conmigo. Eso suena a…tengo a Spencer cuando quiera, pero antes voy a aprovechar que Rachel está aquí, y cambio un poco.

—¿De qué diablos hablas? —la increpó—. Entre Spencer y yo no pasó nada más porque ninguna de las dos lo quisimos. Yo no me enamoré de ella y ella tampoco de mí. Éramos libres y podíamos hacer lo que queríamos. ¿Qué pasa con eso? ¿Está mal que quiera disfrutar de mi sexualidad con alguien que piensa igual que yo? ¿Por qué te molesta que me haya acostado con ella?

—No me molesta que hayas tenido sexo con ella, me molesta que…que me hayas utilizado.

—¿Utilizado? ¿De qué hablas?

—Tú… —tragó saliva segundos antes de girarse y llevarse las manos a la cara, presa de la impotencia por no saber qué es lo que le estaba provocando aquel estado de ansiedad.

Había perdido por completo el control de sus palabras, de sus gestos y de sus pensamientos. Y llegó a la conclusión de que aquel desbarajuste emocional, había sido provocado por saber que aquella chica, que Spencer Hastings, no había sido una más como lo fue Santana, o lo había sido ella.

Un año y medio de encuentros sexuales, dictaban que había algo más entre ellas, y por supuesto, nada comparado con el "error" que había supuesto lanzarse a sus brazos.

—Rachel —murmuró Quinn tratando de encontrar una explicación lógica a aquella reacción, bajando varios tonos de su voz— ¿Estás bien?

—Nunca…nunca me ha gustado ser una más en todo lo que he hecho. Me gusta destacar, me gusta que, si alguien se interesa por mí, sea por algo más que por saciar el aburrimiento. Me dijiste que te excitaba.

—Oh dios… —se lamentó Quinn— ¿De verdad piensas que quise acostarme contigo, porque me había cansado de Spencer? ¿O tal vez porque estaba aburrida?

Le negó la mirada.

Quinn intentó hablarle directamente a la cara, pero Rachel rechazó el movimiento y volvió a girarse.

—Estúpida Berry —balbuceó regresando sobre sus pasos hacia la roca que antes le había servido de apoyo

—¿Estúpida Berry? —se giró hacia ella— Claro, estúpida, eso es lo que soy, ¿verdad? Una estúpida que pensó que alguien como tú, podría sentir algo de atracción por alguien como yo. Estúpida porque yo le doy importancia, más de la que debería tener, a una noche de sexo con una amiga. ¿No es cierto?

—¿Y te crees que para mí no fue importante? —le recriminó— Por amor de dios, Rachel. No eres un objeto para mí.

—Pues es eso lo que has dejado entrever…O, mejor dicho, lo que has conseguido que crea al ocultarme que Spencer ya no te daba lo que necesitabas.

—¿¡Qué!? —alzó la voz— No… no has entendido nada, Rachel. No me conoces, nunca me has conocido —masculló ofendida.

—No me muestras como eres —le recriminó—. Soy yo la que tiene que averiguar las cosas, porque tú nunca me dices nada a la cara. ¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué no me dijiste que tu juguetito sexual en la isla era Spencer?

—¿Sabes por qué me vine aquí? —la interrumpió ofendida—. Me vine aquí porque estaba al límite, Rachel. Creía que no iba a poder ser feliz en mi vida, que daba igual la ciudad, el país en el que estuviese, la gente que conociese o a lo que dedicase mi vida, nunca iba a encontrar mi lugar en el mundo, y nunca iba a encontrar a alguien que me amara —hizo una breve pausa mientras recuperaba el aire—. Nunca…nunca he amado, nunca me han amado, y no hablo del amor que puedo sentir como amiga, o como madre, Rachel —musitó con la voz quebrada—. Hablo del amor que hace que tomes un camino nuevo, por seguir a una persona, por luchar por alguien y ser correspondida. Eso es lo que me trajo aquí. Spencer y yo conectamos, es cierto, y yo pensé que quizás ella podría ser esa persona que tanto tiempo he estado esperando. Pero no lo es.

Todo lo que teníamos era sexo, nada más. Y no te puedes enamorar de alguien con quien solo tienes sexo, y tu corazón no late fuerte.

Por eso decidí acabar con eso. Por eso fui yo —remarcó con efusividad—, quien decidió que, entre ella y yo, no volvería a pasar nada más. Ni con nadie que no significase algo para mí.

—¿Y conmigo sí? —balbuceó desconcertada por la confesión.

—Contigo es completamente diferente, Rachel —sonrió apenada—. Tenerte en la isla ha sido…Ha sido justo lo que necesitaba para convencerme de que puedo seguir adelante, de no perder la esperanza. Y pasar esa noche contigo no ha sido una noche más como pudo haber sido con Spencer, o con Santana. Fue especial —se sinceró.

—¿Por qué? ¿Por qué yo soy diferente?

—No puedes comparar lo que siento por Spencer a lo que siento por ti. Tú sí eres alguien realmente importante en mi vida. Tú has marcado parte de mi vida, Rachel. Y es cierto, es cierto que te mentí cuando te dije que eras una de mis mejores opciones. Porque lo justo, lo honesto habría sido decirte que eras mi mejor opción para algo así. Mi mejor opción para saber que no estaba destrozando mi vida. Quizás solo fue sexo, sí, pero te aseguro que puse parte de mi alma en ello. Y que a pesar de lo frío que podía resultar como se dio todo, yo me sentía bien al verte a ti, en vez de a Spencer. No fuiste una más, ni lo serás.

—Quinn…

—Me duele que lo veas así —no permitió que hablase—, pero supongo que es mi culpa. No debí olvidar que, a pesar de todo, sigues siendo la reina del drama. Definitivamente, fue un error terminar juntas en la cama —se lamentó al tiempo que recuperaba su vaso de bebida—. Será mejor que nos marchemos, tenemos que estar en media hora en el embarcadero —dijo dirigiendo sus pasos hacia el acceso por el que habían llegado a aquella recóndita cala. Pero Rachel no se movió, de hecho, solo pudo seguirla con la mirada y lamentarse continuamente por haber vuelto fastidiarlo todo.

Quinn había puesto de su parte por hacerle recuperar la normalidad, y ahora ella se había comportado como una completa paranoica, perturbándola con un ataque de celos sin sentido— ¡Vamos! —ordenó la rubia al ver como Rachel seguía inmóvil junto a la orilla. Sin embargo, la reacción que esperaba no fue la que Rachel le regaló.

Quinn se extrañó al ver como daba un par de pasos hacia la roca y dejaba el vaso encima de la misma, para luego dirigirse hacia ella, sin mírala. Lo hacía desviando su mirada hacia el suelo, evitando que fuese testigo de cómo la vergüenza se había apoderado de ella.

No pudo preguntarle nada, porque sus palabras no pudieron salir al notar como Rachel se adueñaba de su cintura y hundía el rostro en su cuello, obligándola a abrazarla sin más.

El desconcierto en Quinn se hizo aún más latente. Rachel acostumbraba a pedir aquel tipo de abrazos. También solía avisar de antemano que iba a regalar aquel gesto, pero nunca, nunca, lo hacía de aquella manera. Mucho menos después de haber discutido como lo habían hecho.

Quinn no pudo leer esa necesidad en la morena. Solo veía impotencia reflejada en su rostro, no el deseo de querer abrazarla. Sin embargo, allí estaba. Abrazándola como nunca antes lo había hecho, regalándole una intensidad que podía traspasarle la piel. Embriagándola de su leve y dulce perfume.

—Lo…lo siento, Quinn —musitó sin separarse de ella. Sin siquiera buscar su mirada —. Estoy segura de que algún día, alguien te amará como realmente mereces.

—Rachel… —susurró percibiendo la culpabilidad que el quebradizo tono de voz de la morena le hacía sentir.

—No tenía ni idea de que te sentías así, Quinn —alzó la mirada por primera vez.

—No suelo hablar de mis sentimientos —respondió tratando de calmar la situación.

—Pero… —deshizo el abrazo— ¡Dios! Lo siento. Siento haberme comportado como una estúpida egoísta. No, no sé lo que me pasó por la cabeza. Supongo…supongo…

—Deja de excusarte —interrumpió tras tomar una gran bocanada de aire—. Eres Rachel Berry, y que quieras ser la primera en todo, es algo que llevas en la sangre. Ni la fama, ni el tiempo van a cambiar eso de ti. Y supongo que incluso en este asunto, es de vital importancia para ti sentirte como la mejor.

—No es de vital importancia, Quinn, pero no puedo evitarlo. No hasta que me has dicho que yo soy especial para ti —añadió con la voz temblorosa.

—No tengo ni idea de lo que tengo que hacer para que te convenzas de una vez de que lo eres —masculló con resignación.

—No es tu problema —respondió—. Tú ya lo has dejado claro con palabras, y me lo has demostrado con gestos…Soy yo la que tiene el problema.

—¡No! —exclamó separándose rápidamente de Rachel.

—¿Qué…qué pasa? —susurró al ver la extraña reacción de Quinn—. Lo siento, yo lo siento Quinn, te juro que voy a poner de mi parte para evitar estos malos…

—No, ¡no es nada de eso! Rachel —exclamó al tiempo que recuperaba el vaso de la morena— ¿Escuchas eso?

—¿El qué? —cuestionó confusa, tratando de oír algo más que no fuese el continuo oleaje chocando contra las rocas, o el piar de algunos pájaros que procedían de los árboles.

—Acaba de llegar el ferry de las 2 —explicó—. Tú y yo si vamos a tener un problema si no estamos en el embarcadero en cinco minutos.

—¿Qué? ¿Por qué tanta prisa?

—Tenemos un barco esperándonos, o al menos ya debe estar esperándonos, para navegar esta tarde. Así, que, deja de lamentarte y de aumentar tu frustrante inseguridad y esos cambios de personalidad, y vamos, no podemos llegar tarde.

—¿Un…un barco? —masculló confusa, observando como Quinn ya se adentraba entre las dos enormes rocas que blindaban el acceso a la cala.

—¡Vamos Rachel! —exclamó adelantándose.

—Pero… ¿Un barco? —volvió a musitar al tiempo que se colocaba las sandalias —Eh… ¡Quinn! —alzó la voz tras ver como la rubia ya se había perdido por el sendero, e inevitablemente, las prisas la pusieron histérica— ¡Quinn!

—¡Vamos reina del drama! —se escuchó tras la vegetación.

—¡Voy! —exclamó abandonando la pequeña cala a marchas forzadas—¡Espérame!¡Espérame Quinn!