Capítulo 15

Mi hogar

—Quinn, te juro que ha sido espectacular, increíble, impresionante, pero necesito ducharme, asearme, quitarme la ropa mojada y ponerme algo seco —dijo tratando de seguir los rápidos pasos de la rubia—. No puedo ir a cenar contigo así —se miró a si misma—, es superior a mí.

—Pero, Rachel, son las 6, ir al hotel, esperar a que te duches, te vistas, te arregles y demás…y luego volver, es demasiado. Yo tengo hambre ya.

—¿Qué? Vamos Quinn, no seas exagerada. Nunca cenas a las 6, ni a las 7.

—Pues hoy me apetece hacerlo —se detuvo tras llegar al aparcamiento, donde el quad seguía esperándolas.

Diecinueve playas. Desde Anse Reunión, donde tomaron el catamarán, hasta el extremo opuesto de la isla en Anse Caimán.

Quinn y Rachel navegaron rodeando toda la isla, de norte a sur y de este a oeste. Descubriendo lo que el fondo marino les privaba de ver a simple vista, gracias a una perfecta y bien dispuesta red entre los dos cascos del pequeño buque.

Salió bien.

La incesante carrera desde la cala perdida en la aldea, hasta el embarcadero, no supuso más de cinco minutos en producirse, y ambas llegaron a tiempo para embarcar.

Fabrice y Henri le esperaban pacientemente a bordo del mismo. Aquel paseo en catamarán, era una de las actividades que más gustaba a los turistas, sin embargo, en aquella ocasión, era mucho más especial a como solía serlo durante el año. Normalmente, una decena de personas se distribuían por el pequeño barco para disfrutar de las espectaculares vistas, y vivir una jornada en alta mar. Pero en aquel viaje, solo los dos chicos que manejaban aquella embarcación, y ellas dos, estaban a bordo del catamarán. Nadie más. Si Rachel quería privacidad, eso es lo que Quinn se iba a encargar de otorgarle.

Y lo cierto es que, gracias a ese detalle, la morena disfrutó como nunca de aquella tranquila y relajante actividad.

La picadura del pez león aún seguía presente en ambas, y la necesidad de no arriesgarse a provocar que el dolor regresara, les hizo vivir aquel día de una forma más tranquila, pero no menos aventurera.

—Pero Quinn —se quejó con un deje infantil que divirtió a la rubia tras detenerse frente a ella, y cortarle el paso— ¿Mírame? He pasado casi tres horas sentada en esa malla, dejando que el agua me mojase por completo y no me ha importado, no me he quejado. Al menos déjame que arregle un poco.

—No pongas excusas —la miró desafiante—. No has parado de decir que era el mejor día de tu vida —recordó—. Ah sí, y también decías que estabas flotando sobre el agua, que era la mejor sensación del mundo sentir como las olas acariciaban tu espalda.

—¡Y lo ha sido!

—Bien, y ha sido gracias a mí —inquirió—. Y después del numerito que me armaste en la cala, creo que tengo derecho a que aceptes y hagas lo que te pido, sin quejarte.

—Pero…

—Nada de peros —volvió a emprender el trayecto tras esquivarla—. ¿Sabes qué? voy a permitir que te duches, pero lo harás aquí en la aldea.

—¿Cómo? —se giró rápidamente— ¿En la aldea? ¿Pretendes que me duche en esta aldea?

—Sí, estoy segura de que cualquier vecino dejará que te duches en su casa. Ya has visto que son muy corteses, muy sociales y afectuosos.

—¿Qué? —masculló completamente desconcertada— No hablas en serio, ¿verdad?

—Claro que hablo en serio. Yo misma he acudido a alguno de mis vecinos cuando no he tenido agua, o me hacía falta algo. No debes preocuparte, estarán encantados de tener a alguien como tú en su casa.

—¡Quinn, Quinn! —exclamó horrorizada tras ver como la rubia dirigía sus pasos hacia una pequeña casita que aparecía situada a la izquierda, justo enfrente de donde estaba aparcada la moto—. ¿Qué haces?

—Aquí vive una conocida mía —musitó sin detenerse—. Le pediré que nos permita ducharnos.

—¡No, no, espera! —se apresuró en correr hacia ella, temiendo que realmente fuese a tomar aquella extraña decisión de pedirle a un completo desconocido, que le ofreciese su ducha.

Rachel sabía que aquellas personas eran gentiles y muy amables, pero de ahí a pedirle utilizar su ducha, era algo que no entraba dentro de su cabeza. Por lo visto para Quinn sí— ¡Quinn! —exclamó recriminándole la actitud, pero la rubia no dudó en dar varios golpes sobre la puerta de aquella casa.

No era muy grande, al menos a simple vista, y solo tenía una planta. El techo aparecía cubierto con pequeñas tejas de un intenso rojizo, y las paredes encaladas, diferenciándose a conciencia de las coloridas casas que habían podido descubrir a lo largo de su paseo por ambas aldeas.

—Creo que hay alguien, he oído pasos —musitó regalándole una sonrisa mientras esperaba en la puerta.

Evidentemente, aquella sonrisa no hizo más que desesperar a la morena, que veía como no iba a tener más remedio que aceptar aquella loca proposición, y tomar una ducha en la casa de un completo desconocido. Y que por el lugar donde se encontraba situada, tampoco tenía indicios de ser algo bastante higiénico.

—Quinn, por favor —suplicó segundos antes de ver como la puerta se abría y una mujer aparecía tras ella.

No sabía si era mayor o joven. Una larga trenza de pelo canoso caía por sus hombros, pero la piel de su rostro era tersa, y su sonrisa espléndida al encontrarse con Quinn.

—Bonsoir, Florence.

—Bonjour Mademoiselle Fabray. Comment ça va?

—Ça va bien, merci beaucoup ... Tout est prêt?

—Est ce tout ce que vous avez demandé.

—Merci beaucoup Florence.

Ni a una, ni a otra.

Rachel observaba perpleja la conversación que Quinn mantenía con aquella mujer, y trataba de averiguar qué es lo que se decían, aunque lo cierto es que solo pudo entender un par de palabras.

"Bonjour y mercy".

No había más de la extensa lengua francesa en el vocabulario de Rachel Berry, y Quinn si parecía manejar a la perfección aquel idioma. O al menos eso estaba demostrándole. Y lo cierto es que no solo le llamó la atención que su amiga estuviese hablando con aquella mujer, para pedirle prestada su ducha, sino que Rachel no pudo evitar fijar su mirada en ella y agudizar su oído para escucharla hablar, solo por la sensualidad con la que aquellas palabras salían de su voz.

Estaba equivocada cuando pensó que no había nada más sensual que Quinn Fabray gimiendo entre sus brazos. Había algo que casi llegaba a superarlo. Quinn Fabray hablando en francés.

—Rachel, ¿puedes venir?

La interrogante de Quinn sacó a la morena de sus pensamientos y le hizo reaccionar. Le costó hacerlo, pero terminó cediendo a la petición y se acercó hasta la puerta de entrada, donde aún permanecían entablando una incomprensible conversación.

—Ho…hola —masculló fingiendo una relativa tranquilidad, sin saber si Quinn ya había dado el paso de pedirle ese extraño y absurdo favor de la ducha.

—Bienvenida señorita —respondió la mujer con una dificultosa pronunciación.

—Gracias.

—Rachel, ella es Florence —intervino la rubia—. No entiende demasiado nuestro idioma, pero quería saludarte. Su hija pequeña es una fan tuya. Vive en Miami.

—Oh vaya, es un placer —se dirigió a la mujer tratando de gesticular con cada palabra—. Encantada, Florence.

—C'est un vrai plaisir. J'espère que vous jouis de l'île.

—Oh mercy, mercy —respondió rezando por no estar equivocandose.

—Dice que es un placer para ella, y que espera que disfutes de la isla —susurró Quinn, eliminando cualquier vestigio de duda en la morena.

—Lo haré, muchas gracias —volvió a dirigirse a la mujer.

—Florence —interrumpió Quinn—, vous pouvez laisser.

—Très bien. Si vous avez besoin de quelque chose, fais le moi savoir.

—D´accord. Merci beaucoup pour tout —respondió Quinn volviendo a regalarle aquella sonrisa que seguía sorprendiendo a Rachel.

Pero su sorpresa no se iba a quedar ahí. Iba a aumentar al ver como la mujer abandonaba la casa, y las dejaba a solas en la puerta.

—¿Qué…qué hace? —cuestionó la morena completamente confundida— ¿Se va?

—Pasa —respondió Quinn señalándole hacia el interior.

—¿Qué? ¿Le has preguntado si podía ducharme ahí?

—Rachel —interrumpió sin poder contener más la sorpresa—, pasa por favor no es su casa —sonrió—, es mi casa.

—¿Qué? ¿Tu casa? —preguntó lanzando una mirada hacia el interior.

—Así es. Este es mi hogar. Florence es una vecina que trabaja aquí algunos días. Yo tengo que estar mucho tiempo en el hotel, así que ella viene una vez por semana para limpiar a fondo. Nada más.

—Oh… ¿De veras? ¿Vives aquí? Pero, ¿tú no vives en el hotel?

—Rachel, deja de preguntar y sorprenderte por todo y pasa —insistió invitándola a adentrarse—. Empieza a hacerse tarde —volvió a insistirle para que accediera al hogar, y lo hizo.

—Ok… Ok —balbuceó tomando la iniciativa y adentrándose por primera vez en la casa.

Pequeña. Exactamente como había pensado que era nada más verla desde el exterior. Sin embargo, una cálida sensación de bienestar y comodidad se desprendía de la perfecta decoración, aunque sencilla, que gobernaba la primera estancia.

—Spencer y Adam viven en el hotel —dijo Quinn sacando de dudas a la morena —, pero yo no quería vivir allí. Estar en un lugar en el que todo te lo hacen, hace que pierdas el ancla que necesitas para ser una persona normal, y yo vine a esta isla para ser normal —sonrió divertida—. ¿Te gusta?

—Eh sí, claro —respondió saliendo de su breve mutismo—. Es muy acogedora.

—Pequeña —masculló Quinn—, pero tampoco necesito más. Tengo habitación, tengo salón, tengo ducha y cocina. ¿Para qué más?

—Cierto para qué más. Creo, creo que es perfecta.

Quinn lo intentaba, pero le resultaba terriblemente complicado contener la risa.

Observaba a Rachel y sabía en todo momento que la morena luchaba por mostrar una actitud lo suficientemente convincente, como para que ella no se percatase de que realmente la casa le parecía minúscula.

—¿Qué? ¿De qué te ríes? —cuestionó tras ver como Quinn dejaba escapar un extraño sonido con su nariz tras aguantar la carcajada.

—Rachel, ¿cómo es posible que, siendo una enorme actriz de Broadway, seas tan mala mintiendo?

—¿Qué? No estoy mintiendo —replicó rápidamente.

—Vamos, Rachel —volvió a hablar Quinn tras cerrar la puerta y caminar hacia uno de los extremos de la pequeña salita de estar, y dejar las llaves sobre una mesilla—. Tu cara al entrar lo ha dicho todo. Crees que es minúsculo.

—No, bueno sí, quiero decir no digo que sea minúscula, es pequeña sí, pero no por eso significa que no me guste. Es muy acogedora.

—Gracias —respondió con sinceridad, sabiendo que aquello si lo había dicho sin fingir—. Ven acompáñame —le pidió recuperando la naturalidad. Y Rachel así lo hizo.

A la derecha, justo al lado de la mesilla donde había dejado las llaves, aparecía una puerta y tras ella, una habitación—. La ducha está ahí —señaló hacia uno de los extremos de la estancia, que a tenor por lo que veía, debía ser su propia habitación—. Tienes todo lo que necesites, toallas, gel, champú… En eso sigo siendo una chica de ciudad —bromeó.

—Oh ok. Creo que, siendo tu casa, no me va a molestar en absoluto meterme en esa ducha —dijo tras percatarse de que nada de lo que había allí, parecía proceder de una aldea como la que había visitado.

Todo estaba impoluto en el interior de la casa, inclusive el mobiliario, que era de un exquisito gusto. Sin mencionar la impresionante cama que presidía la habitación, y en la que Rachel no pudo evitar fijarse con detenimiento.

Un nudo se le agarraba en el pecho al imaginar que Quinn había dormido acompañada en aquella cama.

—Tienes ropa interior en este cajón —volvió a hablar Quinn, abriendo uno de los cajones del interior del armario—, y aquí tienes ropa puedes ponerte lo que más te guste, aunque tampoco esperes encontrar un Versace o un Louis Vuitton —sonrió.

—No, no es necesario Quinn, supongo que… Ok no —se retractó tras comprobar como su ropa seguía algo mojada.

—No te compliques, Rachel. Es ropa, y cualquier cosa que te pongas, te quedará bien.

—Oh ok —balbuceó tras aclararse la garganta por aquel halago.

—Voy a preparar un par de cosas en la cocina mientras te duchas. ¿De acuerdo?

—Ok, perfecto —dijo sin saber muy bien cómo actuar, y por ello mismo, Quinn se decidió a dejarla a solas en la habitación.

Daba igual cuantos años hubiesen pasado juntas, daba igual que dos días antes, hubiesen compartido cama y caricias. Rachel tenía aquella tendencia a sentirse fuera de lugar cuando no estaba en su hogar, y mucho menos cuando la dueña del mismo era Quinn.

Supuso que aquella decisión era la mejor para que se aclimatase y llevase a cabo la ducha. Y por supuesto para que Quinn tuviese el tiempo justo y necesario para preparar su pequeña sorpresa.

Los desencuentros que mantuvieron durante esos dos días, con el tira y afloja de la confianza rozando la locura, la llevó a tomar aquella decisión y preparar algo especial para aquella noche.

Una cena.

Una cena solo para ellas dos, para demostrarle que realmente era alguien importante para ella. Para mostrarle que estaba encantada con su llegada a la isla, y que quería disfrutar junto a ella los últimos días de su estancia.

Rachel era una amante de los pequeños detalles, y una mesa perfectamente preparada en el jardín trasero de su casa, con el mar de fondo y la luna a punto de dejarse ver por el oeste, era una buena opción. Además de entregarle el marco perfecto para poder hablar, para poder expresarse sin miedos, cara a cara y sin complicaciones. Y, sobre todo, pasar una velada tranquila, sin alteraciones ni malos entendidos como el que había supuesto la discusión que mantuvieron horas antes, cuando Rachel se desató con un absurdo ataque de celos al enterarse de la relación de Quinn con Spencer.

Y en esas andaba Quinn, inmersa en colocar varios platos sobre la mesa y descubrir la cena que Florence había preparado para ellas.

Pero no contaba con la eterna duda de Rachel cuando no estaba en un lugar conocido.

Apenas había colocado las copas sobre la mesa, cuando escuchó su voz procedente del salón, y varios segundos más tardes, su cara de sorpresa al descubrirla en la cocina, con una de sus toallas cubriendo su cuerpo ya desnudo.

—Rachel —murmuró al ver como la idea de sorprenderla, acababa de esfumarse.

—¿Qué haces, Quinn? —cuestionó observando como todo aparecía predispuesto para la cena.

—Mierda —se lamentó la rubia dejando escapar un resoplido de resignación—. Estaba, estaba ordenando esto.

—¿Estabas preparando la cena? —preguntó sin perder detalle de la mesa.

—Eh ok… —dejó caer varios de los cubiertos sobre la mesa— Me has pillado. Quería sorprenderte. Pensé que cenar aquí junto a la playa, sería una buena idea para acabar el día.

—Oh… —se acercó hasta descubrir cómo tras la cocina, un pequeño porche daba acceso directamente a la playa, parecido al que ella tenía en su habitación del hotel, pero no tan lujoso—. Quinn es, es….

—Hace mucho tiempo que no ceno con nadie, y nunca lo he hecho aquí, en este lugar. Lo tenía reservado para alguien especial —dibujó una sonrisa—. Quien mejor que tú, para ser la primera.

El mundo a sus pies.

Rachel sintió como todo el mundo se posaba ante sus pies tras observar la sonrisa llena de dulzura de Quinn, y como sus palabras sonaban celestiales.

—¿No me dices nada? —volvió a hablar la rubia— ¿Qué te ocurre?

—No, no sé qué decir, Quinn —balbuceó— ¿Gracias?

—No me des las gracias —sonrió—. ¿No te importa cenar aquí, conmigo?

—Es la mejor idea que has tenido desde que estoy en la isla —bromeó.

—Vaya —miró a su alrededor—, pues me alegro, porque por un momento pensé que estabas deseando volver a ver las tortugas y acariciarlas.

—No, nada de tortugas. Sin duda, esto si es una gran sorpresa. ¿Por qué no me lo dijiste?

—Porque si no, no sería una sorpresa —aclaró—. No quería que fueses al hotel a vestirte, porque no creo que sea necesario para estar aquí, y me iba a resultar embarazoso hacer que te arreglaras pensando que íbamos a algún otro lugar.

—Quinn —la interrumpió aun sin poder creer lo que estaba viviendo—. Me habría puesto de gala si llego a saber que venía a cenar a aquí. La ocasión lo merece.

—No quiero galas, Rachel. Solo quiero sentarme aquí, contigo y cenar, hablar sin llegar a confusiones, sin que nadie nos interrumpa. Quiero contarte mi vida y que me cuentes la tuya. No necesito que estés más hermosa de lo que sueles estar, para algo así. Solo quiero que seas tú, mi Rachel Berry —hizo una breve pausa al ver como Rachel desviaba la mirada ruborizada—. La misma Rachel Berry que no es capaz de estar en una ducha más de dos minutos, y termina descubriendo la sorpresa —añadió tratando de darle un toque de humor a la situación—. ¿Qué haces así? —cuestionó señalando su improvisado atuendo— ¿Ya te has duchado?

Y lo consiguió.

—Lo siento —se disculpó sin poder contener la sonrisa—. No, no he podido ducharme aún, pero necesito tu ayuda.

—¿Mi ayuda? ¿No sabes ducharte sola? —bromeó.

—Sí, claro que sé ducharme yo sola —replicó mordiéndose el labio—, el problema es que no consigo que salga agua de tu ducha. No sé dónde hay que darle, pero los grifos no funcionan, o yo soy demasiado torpe.

—Oh mierda —se lamentó al tiempo que se adentraba de nuevo en la cocina—. Ha debido ser Florence. El agua aquí proviene de un pozo, y tiene que pasar por un sistema de depuración— explicó caminando hacia el baño mientras Rachel se decidía a seguirla —. Ha debido cerrar la llave de paso.

No dijo nada.

Rachel se limitó a seguir sus pasos, mientras pensaba en lo que Quinn había estado organizando cuando ella ni siquiera sabía de la existencia de aquella casa. Ignoraba por completo las explicaciones que, minuciosamente, le estaba dando acerca de aquel extraño sistema de entrada y salida del agua en su hogar. Solo se centraba en recorrer los escasos metros que dividían las estancias, y ver cómo tras acceder al baño, buscaba algo en la parte inferior de una de las paredes, justo detrás del pequeño lavabo.

—A veces, el motor que saca el agua del pozo sufre algunos cortes eléctricos, y al recuperarse hace que ascienda más agua de la debida —comenzó a explicar mientras giraba una pequeña llave oculta—. Hemos tenido algunos problemas con eso. Incluso han llegado a inundarse casas —masculló—. Por eso Florence siempre cierra esta llave cuando viene a trabajar. Pero ya está. Ya tiene que salir el agua —dijo al tiempo que volvía a levantarse del suelo y abría las puertas que separaban el plato de la ducha, del resto del baño. Su intención no era otra más que la de asegurarse que efectivamente, el agua ya salía de la misma, pero sus expectativas no se cumplieron en el mismo instante en el que giró el grifo, y vio como de la ducha no salía absolutamente nada—. Mmm algo va mal.

—¿No hay agua? —preguntó la morena tras acceder al baño ella también.

—Claro que hay agua, pero espera —balbuceó al tiempo que se adentraba en el pequeño habitáculo, y trataba de buscar algún indicio de opresión en el tubo que trasladaba el agua hasta el extremo de la ducha.

No había absolutamente nada que obstruyera el paso del agua.

—Quinn si está mal, no te preocupes. Igual si me voy a quedar aquí, puedo pasar sin ducharme

—No, no —la interrumpió —, tiene que salir sí o sí

—¿Es esta llave? —cuestionó acercándose a la pared.

—Ajam, gírala de nuevo —le ordenó tras ver como daba con ella, y Rachel no dudó en hacer lo que le pidió.

—¿Sale? —cuestionó mirándola de soslayo.

—No, no sale nada y no lo entiendo —respondió colocando la ducha en su lugar correspondiente —. No suele haber problemas con esto, basta con girar el grifo y ¡Ohhh mierda!

—¿Qué…qué pasa Quinn? ¿Que… ?¡Oh dios!

Se veía venir, aunque ellas no lo supieran o no lo percibieran. Apenas un par de segundos después de girar de nuevo el grifo que abría la ducha, una manta de agua cayó de golpe sobre Quinn, que ni siquiera pudo reaccionar a tiempo y terminó bloqueada debajo de la misma.

La confusión que le provocó a Rachel aquel primer lamento de la rubia, se fue trasformando en una divertida expresión de sorpresa tras descubrir lo que había sucedido, y como Quinn permanecía bajo el agua, sin saber muy bien qué hacer.

—¡Mierda! —volvió a quejarse cerrando el grifo— ¡Mierda!

—¡Dios! —comenzó a reír sin poder contenerse— ¿Qué haces Quinn? ¿Por qué no te has salido de ahí?

—Porque, porque no he podido. No, no sé —se excusó al tiempo que trataba de apartar el pelo mojado sobre su cara— ¡Oh dios! Estoy empapada.

—Ya veo.

—¿Quieres dejar de reírte? —la amenazó con una fingida seriedad— ¡Está helada!

—Lo, lo siento —trató de contenerse, pero le era imposible. Rachel se tapaba la boca con su mano derecha, mientras que con la otra se aseguraba de mantener la toalla alrededor de su cuerpo—. Pero es que ha sido muy divertido.

—No, no ha tenido gracia —volvió a recriminar casi sin poder evitar romper a reír — ¡Mira cómo me he puesto! —añadió tras salir de la ducha y ver como toda su camiseta y parte de los shorts, estaban empapados.

—Bueno, puedes aprovechar y ducharte ya.

—No, no dúchate tú, me cambio de ropa mientras y…

—No Quinn —insistió deteniéndola. Quinn estaba a punto de abandonar el cuarto de baño cuando Rachel se interpuso en su camino—. Dúchate tú. Yo, yo puedo esperar.

—Pero… —tragó saliva al percatarse de que ambas se habían quedado frente a frente. Unos inesperados nervios comenzaron a apoderarse de ella tras ser consciente de la situación, y de cómo Rachel no había dejado de sonreír en ningún momento—. Estás desnuda ya. Es absurdo

—No te preocupes Quinn, aprovecha que estás mojada y dúchate. Yo, yo te espero ahí fuera.

—¿Segura?

—Sí, claro que sí —sonrió con naturalidad, ajena a la extraña confusión que estaba azotando a la rubia—. Además, de esa forma me aseguro que el agua funcionará bien cuando yo entre.

—Oh ok —balbuceó—. Supongo que es lo mejor, pero he dejado la comida en la cocina y…

—No te preocupes —le tranquilizó—, me encargo yo —dijo segundos antes de regalarle una caricia en el brazo y retroceder hasta la salida del baño, dispuesta a estar pendiente de lo que Quinn había preparado con tanto esmero.

—Puff… —Quinn resopló resignada tras ver como Rachel ya salía hacia su propia habitación— ¡vaya cena sorpresa! Lo siento, Rachel.

—Auguro que va a ser la mejor cena que he tomado en mi vida —respondió sonriente la morena, que detuvo sus pasos junto a la puerta mientras volvía a mirarla—, y la mejor sorpresa de mi vida.

—Lo dudo —masculló Quinn—, pero me alegro que al menos, te haya sorprendido.

—Nunca dejas de sorprenderme, Quinny —bromeó al tiempo que se decidía a regalarle ese gesto que había estado recibiendo de la rubia durante aquellos días, y que había provocado más de un temblor de piernas en ella. Un guiño que pilló por sorpresa a Quinn, y que hizo que su saliva descendiera por su garganta con tanta velocidad, que a punto estuvo de provocarle un estúpido y absurdo atraganto.

No dijo nada más. No podía volver a hablar por miedo a estallar con la tos que ya trataba de contener mientras la morena la dejaba a solas, y se aventuraba a descubrir los placeres culinarios que Florence había preparado para ellas dos.

Quinn se limitó a seguir inmóvil, cerrando los ojos con fuerza, como si aquel gesto pudiese regalarle un poco de calma. Aunque lo que realmente necesitaba era una buena excusa que le hiciese ver, que invitar a Rachel a cenar a su propia casa, no iba a suponer un nuevo error, sino que solo iba a ser una agradable y amena velada entre amigas.