Capítulo 16

Felicidad.

"Basta, basta, basta Rachel ¿Qué diablos haces? ¿Eres masoquista? ¿Lo eres? Deja de mirarla y vuelve a la cocina. No seas estúpida"

Imposible.

Un extraño ruido procedente de la playa, alertó a la morena mientras terminaba de preparar la mesa que minutos antes había predispuesto Quinn para la cena.

Tras tratar de averiguar de dónde procedía el incesante golpeteo, supo que algo rodaba por el techo que protegía el porche.

El temor a que estuviese relacionado con el extraño mecanismo que lograba transportar el agua hasta la casa, le hizo tomar la decisión de regresar a la habitación y avisar a su amiga del hecho que se había producido.

No debió hacerlo.

La naturalidad y la tranquilidad con la que Rachel se había tomado aquella sorpresa de la cena, desapareció por completo tras adentrarse en la habitación y ver como la puerta del baño estaba abierta, permitiendo la visión interior del mismo. Y por supuesto, dentro de esa visión se incluía a una Quinn completamente desnuda bajo el agua que caía de la ducha.

La mampara que rodeaba el habitáculo evitaba que el agua saliese del mismo, pero el cristal era completamente transparente, sin nada que obstaculizase mirar a través de él, excepto por las gotas y el vaho que se iba acumulando en su superficie.

Por supuesto, para Rachel era casi imperceptible aquel mínimo detalle. Sobre todo, si detrás de él se encontraba el cuerpo desnudo de la rubia.

Fueron varios los minutos que estuvo junto a la puerta, evitando que Quinn pudiese descubrirla y lanzando rápidas miradas hacia el interior, como si de una cazadora se tratase mientras observa a la que iba a ser su víctima. Una actitud que empezaba a desagradarla, pero que no logró evitar hasta que aquellos pensamientos la golpearon y la sacaron del shock inicial.

Y no lo entendía.

No era la primera vez que veía a Quinn desnuda. De hecho, había podido disfrutar de su cuerpo en todo su esplendor. Pero el riesgo que le suponía saber que lo hacía a escondidas, era un plus que estaba alterando un estado que ya creía mantener controlado.

Había optado por desprenderse de la toalla y colocarse una camiseta de baloncesto que encontró en el armario de Quinn, y que era lo suficientemente grande como para no necesitar nada más y estar cubierta, pero podría jurar que, en aquel instante, todo le sobraba. El calor se hacía insoportable mientras trataba de saber que debía hacer, y que tenía que evitar hacer. Por supuesto, debía evitar entrar en el baño si no quería terminar perdiendo por completo la cabeza.

—¡Quinn! —exclamó con la voz temblorosa, manteniéndose junto a la pared y sin mirar hacia el interior del baño en ningún momento.

La rubia no tardó en reaccionar.

—¿Rachel?

—Quinn —volvió a alzar la voz—, acabo, acabo de escuchar un ruido extraño en el porche. No tengo ni idea de lo que puede ser, pero creo que procede del tejado.

La confusión se adueñó de la rubia. Escuchaba la voz de Rachel, pero no conseguía divisarla por ningún lado.

—¿Dónde estás? —cuestionó curiosa. La única respuesta que recibió fue el brazo de la morena asomándose por el hueco de la puerta— ¿Qué haces ahí?

—No, no quiero molestarte —respondió sin abandonar su posición—. Solo quería que lo supieses, por si acaso está relacionado con el agua.

—Ok, ok —dijo sin poder evitar la sonrisa. Ver como Rachel rehusaba mirarla en aquellas circunstancias, le hizo gracia—. Salgo enseguida, ya he terminado.

—Ok. Yo, yo regreso a la cocina —avisó como si fuese necesario dejarle claro que no iba a mirarla, aunque no fuese cierto.

Rachel aguardó varios segundos en su posición, escuchando como el agua seguía cayendo y con la terrible necesidad de volver a lanzar una mirada hacia el interior.

Lo hizo cuando dejó de escuchar el agua y supo que había llegado el momento de marcharse de allí.

Rápida y concisa. Su mirada hacia el interior del baño fue tan fugaz, que apenas pudo distinguir la silueta y el perfil de Quinn saliendo de la ducha, buscando una de las toallas con las que secarse. Y fue suficiente para lograr que otra oleada de calor se apoderase de ella, y la hiciera salir de la habitación en busca de un poco de aire.

Disimuló como pudo reorganizando la mesa, cuando notó la presencia de Quinn en la cocina, ya vestida con una sencilla camiseta y sus ya inconfundibles shorts, mientras el pelo mojado caía sobre sus hombros.

—¿Aun sigues con eso? —masculló al verla con uno de los platos entre sus manos.

—Eh no, solo, solo hacia algo de tiempo —respondió sin mirarla.

—Ok. Ya está libre la ducha. Es toda tuya —dijo invitándola a que acabase con aquella necesidad que sentía por ducharse.

—Perfecto —volvió a responder desviando la mirada hacia el porche—. El ruido, el ruido sonó por ahí, justo en el techo.

—Ok, ya me encargo de averiguar que es. ¿Estás bien? —preguntó tras ver como Rachel seguía con el plato entre sus manos y se mostraba visiblemente nerviosa.

—Eh sí, claro —balbuceó dejando el recipiente sobre la mesa.

Quinn no había dudado en acercarse a ella, y Rachel sentía que empezaba a desbordarse. Saber que algunos minutos antes había estado espiándola, literalmente, en la ducha, no era una buena opción para relajarse y mostrarse natural. Y Quinn lo notó.

No la había mirado en ningún momento, y supo que algo le sucedía.

—Voy, voy a ducharme —masculló al tiempo que se aventuraba a esquivarla y abandonar la cocina sin dar más explicaciones.

—Rachel —susurró obligándola a detenerse segundos antes de que ésta se perdiese por la sala de estar— ¿Estás bien de veras? —volvió a insistir, y una extraña y forzada sonrisa se dibujó en los labios de la morena, que se limitó a asentir y no dejar que ninguna palabra saliese de su boca.

Evidentemente, aquella respuesta no era la que esperaba. De hecho, era la confirmación de que algo le estaba sucediendo.

En cualquier otra circunstancia, Quinn se habría interesado en averiguar el motivo que volvía a crear aquella extraña tensión entre ambas, y probablemente, la habría interrogado incluso mientras estuviese duchándose. Pero dados los antecedentes provocados por el desencadenante del encuentro sexual, prefirió darle esa libertad y, sobre todo, tranquilidad a Rachel, para que tomase la ducha con calma y pudiese liberar de su mente aquello que estuviese martirizándola.

Tenía la esperanza de que cuando regresara, lo hiciese con la misma naturalidad con la que se había mostrado durante toda la tarde. Y no se equivocó. Al menos en apariencia.

Verla aparecer con la única camiseta que tenía en su armario de aquellas características, y que realmente no le pertenecía, le hizo sonreír.

—¿Te importa si la utilizo? —preguntó la morena mirándose a sí misma—, tengo una en casa y es muy cómoda. No sabía que tú también las utilizaras.

—No hay problema —respondió invitándola a que tomara asiento.

—¿Eso, eso estaba ahí antes? —cuestionó al tomar asiento y descubrir como del pequeño tejado del porche, descendía una extraña hamaca colgante.

—No —respondió rápidamente tras imitarla y tomar asiento frente a ella—. Estaba en el tejado, es lo que ha provocado ese ruido que te ha llamado la atención. ¿Te gusta?

—Sí. Es genial. ¿Te sientas ahí a mirar la playa? —preguntó curiosa, mientras empezaban a disfrutar de la cena.

—Ajam… Es una de las cosas por las que decidí quedarme aquí.

—¿Por las vistas? —lanzó la mirada hacia el océano.

—Por la tranquilidad —inquirió provocando un breve silencio— ¿Escuchas eso?

—No se oye nada.

—Exacto. En la zona donde está el hotel, siempre hay más ruido, aunque si lo comparas con la ciudad, es casi imperceptible. Sin embargo, aquí solo tienes calma. Esta zona no es la más turística. No tiene las rocas en la playa, ni puedes ver el atardecer, así que deja de tener tanto interés en quienes vienen a disfrutar de la isla. Pero para mí, es la mejor sin dudas.

No habló.

Rachel ya saboreaba la deliciosa ensalada mientras prestaba atención a las palabras de Quinn, y, sobre todo, a lo que transmitía cuando las decía. Quizás había llegado ese momento de cuestionarla acerca de su felicidad en la isla, de si realmente quería seguir allí, o estaba replanteándose su regreso a la gran ciudad. Pero el silencio que se prolongaba en aquel instante, bien merecía un respiro de tranquilidad y calma, dejando que el leve rumor del mar las acompañase mientras disfrutaban de la cena, y la compañía.

Lo cierto es que aquel pensamiento no solo estaba en Rachel, puesto que Quinn aguardó aquel mutismo sin sentir que fuese incómodo.

Veía como la morena perdía su mirada en el horizonte, donde ya apenas quedaban luces del día y la noche empezaba a hacer acto de presencia. Y la veía tan relajada, que supo que todo estaba bien, que la sensación de nerviosismo que mostraba antes de tomar aquella ducha, había desaparecido por completo.

No había motivos por los que romper aquella situación. Sin embargo, el silencio no iba a durar eternamente entre las dos.

No supieron cuantos minutos habían transcurrido desde que dejaron de hablar para centrarse en sus pensamientos. Solo eran conscientes de cómo la comida empezaba a desaparecer de sus platos, y las dos copas de vino quedaban vacías junto a ellas.

—Quinn —susurró Rachel con delicadeza—, ¿eres feliz aquí?

Directa, breve y concisa.

Si había algo que siempre había caracterizado a Rachel Berry, era su facilidad para saciar su curiosidad de una forma directa, aunque en aquellos días se hubiese visto desbordada por la tensión que existía entre ambas.

Sabía que, si quería obtener una respuesta clara, debía ser así como la cuestionase. Y eso hizo, siempre tratando de no molestarla.

—Depende del concepto que tengas de felicidad.

—¿Hay más de un concepto que englobe esa palabra? —masculló confusa—. Ser feliz, es ser feliz. ¿No?

—Se puede ser feliz teniéndolo todo, y ser feliz sin tener nada. Pero es imposible ser feliz, si no tienes lo que necesitas y quieres en tu vida. Yo aquí lo tengo todo —añadió desviando la mirada hacia el mar—, pero no todo lo que necesito.

—Entonces, ¿no eres feliz?

—No es que no sea feliz, Rachel. Es que no sé… —balbuceó tratando de encontrar las palabras adecuadas.

—No has encontrado aquí lo que necesitabas para tu vida. ¿Es eso? —interrumpió tratando de ayudarla.

—Exacto —musitó volviendo a mirarla—. Vine aquí para reencontrarme a mí misma, y lo hice. Ahora sé quién soy, y lo que quiero para mí. He aprendido mucho, y no hablo de lo que nos rodea, sino de mí misma. He comprendido que es lo que soy en este mundo, y eso ya nadie me lo va a quitar. Pero sigo sin encontrar eso que me haga vibrar, no sé cómo explicarlo.

—Esta mañana me dijiste que una de las razones por las que viniste, era porque creías que Spencer era ese alguien que…

—Así es —sonrió al ver como Rachel desviaba la mirada al mencionar a su amiga —. Pero Spencer no es ese alguien, y no estoy diciendo que mi felicidad dependa solo y exclusivamente de tener pareja, de amar a alguien. No, no es eso. Pero si es algo importante. ¿Qué sentido tiene la vida si nunca has amado? —dejó que el silencio las inundara por algunos segundos—. El destino hizo que estuviera en el lugar correcto y la hora exacta para conocer a Spencer. Gracias a ella conocí este lugar y pude conocerme a mí misma. No era una locura pensar que quizás ella podría ser esa persona. ¿No crees?

—¿Creías que el destino te trajo hasta aquí para conocer al amor de tu vida? —preguntó sin permitir que la entonación, le diese el matiz de cuestión, y la dejase casi en una afirmación.

—Ajam —balbuceó tragando saliva—, ilusa de mí.

—¿Has, has hablado de eso con ella?

—Sí —sonrió avergonzada—. Cuando decidí acabar con lo que fuera que teníamos, hablamos sobre ello y ambas nos sinceramos.

—¿Ella no siente nada por ti?

—No. Ella ya está enamorada —musitó—, pero se ha enamorado de alguien con quien no tiene nada que hacer. Y no quiere aceptarlo. No quiere creer que el amor de su vida, por el que está aquí, ya tenga una vida y logre sacar lo peor de su personalidad.

—Spencer… ¿Vino aquí por amor? —cuestionó un tanto confusa.

—Así es —volvió a sonreír—. Ella vino por alguien, y yo vine por ella.

—Vaya —susurró incrédula—, parece ser que, a esta isla, todo aquel que viene es incitado por alguien.

—Eso parece. Recuérdame que le agradezca a Jesse tu regalo —respondió con algo de diversión en sus palabras.

—¿Crees que el destino también me ha traído a mí? —se interesó.

—Me dijiste que elegiste esta isla al azar, creo que no hay mejor forma de llamarlo.

—¿Y te alegra que el azar me haya traído hasta aquí? ¿Crees que quiere decirnos algo?

—No, no lo sé —balbuceó un tanto confusa—. Yo me alegro muchísimo de que estés aquí, Rachel. Hace apenas una semana estaba cansada, a punto de tirar la toalla, y verte aparecer, ha sido muy agradable. Ha hecho que recupere la ilusión por seguir aquí.

—Vaya… —musitó sin saber muy bien si lo hacía sorprendida por el halago, o apenada por haberla incitado a que decidiese seguir en la isla, lejos, muy lejos de Nueva York. Y lo hizo dejando escapar un sonoro suspiro y desviando sus ojos hacia el océano, y el suave balanceo que la hamaca mantenía a escasos metros de ella. Aquel vaivén la mantuvo embelesada por algunos minutos, los mismos en los que Quinn no dejó de mirarla.

—Puedes probarla si te apetece —susurró tras aquel breve tiempo de silencio.

—¿Qué? —la cuestionó saliendo de su embelesamiento.

—La hamaca —sonrió—, puedes probarla si te apetece.

—Ah, oh —volvió a mirar hacia el porche—, no, no te preocupes solo la miraba.

—¿No quieres sentarte? Te aseguro que te va a gustar. He pasado muchas noches ahí mirando el mar.

—Se ve bastante inspirador —musitó—, pero dada mi torpeza, será mejor que ni lo intente. Me gustaría regresar a Nueva York sin más heridas, y mi pecho aún está resignado por mi estupidez.

El ímpetu. Las ganas de no dejar pasar ninguna oportunidad de vivir algo nuevo, algo diferente, era lo que había hecho que Quinn se aventurase a llevar a cabo la actividad profesional que le otorgaba su licenciatura en turismo. Había aprendido a hacer snorkel, a bucear, prácticas de escalada y también senderismo. Y ese mismo ímpetu es el que la había llevado a subir a Belle Vue con Rachel, a llevarla a la isla fantasma y obligarla a que se abrazase a su espalda cuando se bañaban juntas en la playa. Ese ímpetu la había llevado a organizar aquella cena, y a pedirle que se duchase en su propia casa. Era obvio que ese impulso no iba a faltar en aquella noche, y tras vaciar por completo su copa de vino, se levantó de la mesa y la obligó a que ella también lo hiciese, tomando su mano con entereza.

—¿Qué haces? —cuestionó extrañada por la actitud.

—Ven —musitó acercándose a la hamaca—, te voy a explicar cómo sentarte para que puedas disfrutarla.

—¡No, no es necesario! —masculló rehusando.

—Vamos —la obligó a que se colocara frente a la misma, mientras ella se adentraba por algunos segundos en el interior de la cocina y apagaba la luz que había estado iluminándolas durante toda la velada.

—¿Qué haces? ¿Quieres que me suba aquí y pretendes que lo haga con la luz apagada? ¿Mas difícil aún?

—Relájate —replicó regresando a su lado—, he apagado la luz para que puedas ver mejor el mar, el cielo… No sé, es espectacular. Considéralo como una actividad más.

—Oh… —susurró lanzando una mirada hacia la playa— Ok, a ver, dime… Me siento aquí y…

—Claro, vamos siéntate, yo la sostengo para que no se mueva y ¡Hey! ¡Cuidado! —exclamó al ver como Rachel no había medido bien la distancia, y a punto estuvo de caer por culpa del balanceo.

—Se mueve mucho, Quinn —se quejó.

—Alza los pies.

—No, no puedo, si los subo me balanceo demasiado.

—Espera —musitó tras ver cómo le resultaba casi imposible conseguir que su cuerpo se mantuviese erguido mientras alzaba los pies—. Me sentaré yo —dijo ocupando la parte trasera de la hamaca.

No era una hamaca común, sostenida por ambos extremos, sino que solo se mantenía sujeta al techo por un bastidor que permitía que la tela, en vez de quedar completamente tensa, tomase forma de sillón flotante. Una barra perpendicular en la parte superior, lograba que el extremo que servía para apoyar los pies, quedase en alto al igual que el resto.

Era mucho más complicado el mecanismo que tenía aquella hamaca para poder ser utilizada, que sentarse sobre ella, sin dudas. Pero para Rachel aquello era toda una odisea, sin contar con la extensa oscuridad que las invadió.

—Vamos, siéntate ahora —le pidió tras tomar ella asiento en la parte más trasera, y permitirle un espacio lo suficientemente amplio entre sus piernas, como para que pudiese sentarse sin problemas.

Y así lo hizo.

A pesar del pequeño balanceo, la tela había tomado la suficiente tensión con el peso de Quinn, como para evitar que Rachel perdiese el equilibrio. Y cuando quisieron darse cuenta, ambas estaban sentadas, sin poder mirarse cara a cara, pero sintiendo como sus cuerpos se acoplaban perfectamente en aquel escueto espacio.

—¿Estás, estás bien? —preguntó la rubia tras ser consciente de cómo le era imposible no abrazarla. Tenía la espalda de la morena a escasos centímetros de su pecho, y sus piernas casi la rodeaban por completo a lo largo de la hamaca.

Sin embargo, y lejos de lo que podría llegar a pensar, para Rachel no supuso ninguna situación incómoda. Quizás porque simplemente notaba su presencia, y no la veía.

Se dejó caer sobre su pecho cuando escuchó la pregunta de Quinn, y tomó la mejor postura posible para aquella ocasión.

El cielo y el mar al frente, el calor del cuerpo de Quinn acomodándola, y el silencio invadiéndolas.

Quinn supo que la respuesta era afirmativa, aun no habiendo recibido palabra alguna.

Dejó que Rachel se acomodase sobre su pecho, y casi sin alterar el aire que existía alrededor de ambas, deslizó sus manos hasta lograr llegar a su cintura, y anclarlas allí durante el tiempo que fuese a durar aquel momento.

—Ahora entiendo por qué vives aquí —susurró Rachel perdiendo la mirada en el horizonte.

La noche había caído por completo sobre ellas, y apenas se podía distinguir el agua de la arena. No había luna aquella noche, pero no era necesaria. Miles de millones de pequeñas estrellas eran suficientes para iluminarlas, para ofrecerles un espectáculo único e inolvidable.

—Es difícil dejar todo esto —respondió Quinn bajando el volumen de su voz, casi con miedo a que pudiese romper el perfecto silencio.

—Gracias, Quinn —agradeció acurrucándose entre sus brazos, obligándola a que sus manos volviesen a deslizarse y ascendieran dejando una delicada y agradable caricia por su costado, y terminasen apoyadas sobre sus brazos.

—¿Por qué me das las gracias?

—Por esto. Por hacer que algo tan simple como mirar el cielo, sea especial. Te juro que no voy a olvidar estos momentos nunca, jamás.

—Lo harás cuando te subas a un escenario y el público te aplauda durante diez minutos —musitó dejando escapar una tierna sonrisa.

—No, no lo haré, Quinn. No te haces una idea de lo importante que es todo esto para mí. Yo, yo también necesito sentirme querida, y no hablo de los halagos o los aplausos. Hablo de ver como alguien se preocupa por hacerme sentir bien, por cómo quieres que disfrute con cada pequeño momento que vivo. Eso no se siente en el escenario, ni delante de una cámara —hizo una pausa—. Y en mi caso, ni siquiera se siente cuando llegas a casa y ves que tu sofá está vacío, y que lo único que me espera es una almohada con forma de brazo. Es imposible Quinn. Es imposible no sentirse privilegiada mientras miras esto que tienes aquí, y notas como unas manos te acarician.

—¿Te molesta que…?

—No, en absoluto —respondió ante las dudas de Quinn—, me encanta que me hagan cosquillas así.

—¿Cosquillas? Yo no te estoy haciendo cosquillas —aclaró con algo de travesura en su rostro—. Si quisiera hacerte cosquillas, estaría haciendo esto…

—¡No, no! —exclamó removiéndose inquieta tras notar como los dedos de Quinn buscaban las zonas complejas de su costado para provocarle cosquillas— ¡No esas cosquillas!

—Tú has dicho que te gusta que te hagan cosquillas —repitió sonriente.

—Pero no de esas —aclaró—. Hablo de esas caricias que me estabas dejando en los brazos y en mi cintura —añadió al tiempo que iba bajando el volumen de su voz, hasta casi quedarse en un susurro.

—¿Te refieres a esto? —cuestionó volviendo a deslizar con suavidad sus dedos sobre los hombros.

—Exacto a eso me refiero. Es, es placentero.

Eso era exactamente lo que pensaba Quinn, y no pudo evitar estremecerse al escucharlo en la voz de Rachel.

Conscientemente, había ido dejando pequeñas caricias por todo su brazo, hasta que casi por inercia, sus manos volvían a recuperar la postura inicial, y se situaban en su cintura para volver a ascender, esta vez tomándose la libertad de hacerlo bajo la amplia camiseta que vestía.

Podía sentir como la piel se erizaba al paso de sus dedos, pero no le importó.

Ambas eran conscientes de que aquella actitud no era la normal o la adecuada entre dos amigas. Sin embargo, ninguna de las dos tomó consciencia y detuvo aquella ristra de caricias. Ni Quinn, porque lo estaba disfrutando, ni Rachel, porque tal y como le había confesado, le encantaba.

El silencio roto por la respiración de ambas y el murmullo del mar, convirtió aquel escenario en una cueva sin salida. En un agujero en el que empezaban a caer y del que no iban a poder salir sin más.

Cada leve movimiento que se producía entre ambas, era un escalofrío más, un encuentro perfecto entre los dos cuerpos que se acoplaban de cualquier forma.

La breve risotada que había dejado escapar Rachel tras aquel falso ataque de cosquillas, dio paso a una sucesión de suspiros casi imperceptibles, que comenzaban a alterar el estado de las dos.

Quinn había cerrado los ojos cuando notó como la cabeza de la morena, se acomodaba con dulzura sobre su pecho, y el agradable olor de su propio champú, la invadió.

¿Cómo contenerse si lo estaba deseando? ¿Cómo evitar que sus manos no disfrutasen de la suavidad de su piel, cuando descubrió como ni siquiera se había tomado la molestia de utilizar el sujetador?

El escalofrío estuvo a punto de tensarla. Quinn rozó sin querer, o quizás queriendo, pero sin ser consciente, sobre la maltrecha herida que aun palpitaba en el costado de la morena, y Rachel se estremeció.

—¿Te hice daño? —susurró casi sin voz.

—No, pero aún está un poco dolorido —musitó recuperando la postura que mantenía, pero tomando una decisión que terminó provocando aún más a Quinn, por si lo que estaba haciendo en aquel instante, no había sido suficiente.

Rachel buscó la mano de la rubia debajo de su propia camiseta, y con sutileza, la obligó a que regresara a aquella zona que segundos antes la había estremecido—. El calor me alivia —dijo con apenas un suspiro de voz, sintiendo de nuevo como la yema de los dedos de Quinn, se volvían a posar sobre la herida.

No hubo sobresalto esta vez. De hecho, un leve suspiro de bienestar, se escapó de los labios de la morena.

No así de Quinn.

Que la obligase a detener sus caricias en aquella zona, la lanzaba hacia el abismo por la escasa, casi milimétrica, distancia que existía entre ella y su pecho.

Podía sentirlo, podía notar como sus dedos se desviaban con sutileza, e iban abarcando cada vez más piel de aquella zona. Y a Rachel no parecía importarle en absoluto. Todo lo contrario.

Sabía que aquello no era lo que habían pactado, sin embargo, no podía perderse y dejar que aquel momento no fuese tal y como estaba siendo.

Aun sentía el fuego en su interior tras haberla visto en la ducha, tras recordar como hacía apenas dos días, aquellas manos que ahora la acariciaban con temor a hacerle daño, habían descubierto su cuerpo, por fuera y por dentro. Era imposible no rendirse a tal encanto, a aquella sensación de placer absoluto que solo Quinn parecía regalarle. Definitivamente, no quería marcharse de aquella isla sin volver a vivir una noche más junto a ella. Y si por ello tenía que quedarse otro día más en el paraíso, lo haría sin duda.

—Rachel… —susurró a escasos centímetros de su oído. No quería decirle nada, solo trataba de hacerle ver que estaban empezando a dejarse llevar, y no tenía control alguno de sus actos. Pero la morena no respondió. Aquel susurro, lejos de alertarle, logró excitarla más de lo que ya lo estaba.

Sin pensarlo volvió a adueñarse de la mano de Quinn, y la deslizó lentamente por su torso, desde el pecho hasta su vientre, casi invitándola a que fuese ella quien terminase de recorrer aquel trayecto.

Enloqueció.

Quinn enloqueció con aquel gesto y se olvidó por completo de su consciencia, regalándole con aquel gesto, un beso tras su oreja que no fue tal, sino un pequeño y suave mordisco con sus labios. Y tras ello, hundió su rostro en el cuello, dejándose llevar por la inercia que había tomado su mano.

Nunca deshacerse de un botón le fue tan sencillo como en aquel instante, ya que conocía a la perfección aquellos shorts. Eran suyos.

Sus dedos no tuvieron impedimento para desplazarse debajo del mismo y la continua respiración de la morena, le ayudó a que así fuera.

Su vientre se encogía con cada inspiración que sus pulmones la obligaban a dar, y un pequeño hueco entre los huesos de sus caderas y la tela del pantalón, le servía de camino perfecto hacia su objetivo, hacia lo que Rachel estaba exigiendo.

Juró que aquel suspiro, que casi se había transformado en gemido, se pudo haber oído hasta en Praslin, pero lo cierto es que solo ella lo sintió a escasos centímetros de su rostro.

Rachel lanzo su cabeza hacia atrás, y relajó su cuerpo al sentir la mano de Quinn entre sus piernas. Y aquella misma reacción, pero a la inversa, es la que tuvo Quinn al sentir como la humedad ya hacía de las suyas en la morena.

El gemido quedó sordo en su garganta al notar que había perdido por completo el control.

—Esto está mal, Quinn —musitó al mismo tiempo que alzaba su cintura y permitía que el acceso de Quinn entre sus piernas, fuese más intenso y completo.

—No me pidas que pare, por favor.

—No puedo pedirte eso —dejó escapar tras una nueva exhalación que vaciaba por completo sus pulmones, y la hacía recuperar un sonoro suspiro—. Ni se te ocurra detenerte.