Capítulo 17

Abrázame

No lo iba hacer, pensó Quinn que ya movía con parsimonia su mano, y se inundaba de aquella excitación que estaba enloqueciendo a Rachel.

Y no habría parado incluso si se lo hubiese pedido, o suplicado.

Si había algo que caracterizaba a aquella isla, era la intensa humedad que en días como aquel inundaba todo. Ni siquiera la leve brisa que procedía del océano, calmaba aquella sensación de agobio que creaba el vapor del agua en el ambiente. Y esa misma humedad se trasladaba a la piel de quienes la soportaban.

Y era aquello, probablemente, lo que había provocado que ambos cuerpos empezaran a brillar aun sin existir una luz que incidiera sobre ellos, aportando un plus de sensualidad con la que no contaban.

Quinn tenía a Rachel presa entre sus brazos y sus piernas. Podía abrazarla, detenerse a besar su cuello y acariciar lo más íntimo de su cuerpo sin ningún tipo de problema, más que el remordimiento de conciencia que sabían que iba sentir por no saber detenerse. Pero, ¿qué importaba la conciencia cuando un ¡Oh dios!, o un gemido salían de su voz? ¿Qué sentido tenía prestar atención al mañana cuando aquel cuerpo se estremecía entre sus brazos, en aquel instante? ¿De qué servía lamentarse cuando su cadera se alzaba y exigía que su mano acaparase más de lo que podía abarcar?

Era imposible, era absurdo, era estúpido no disfrutar, pensó Quinn mientras bañaba sus dedos en Rachel. Mientras se relamía con la dificultosa respiración que solo el placer es capaz de provocar, y la visión de su lengua humedeciendo los labios.

Rachel era todo un espectáculo cuando se dejaba llevar por el placer, y aquella postura no la estaba dejando disfrutar por completo de lo que podía vivir aquella noche. Sobre todo, porque una incesante necesidad empezó a apoderarse de la rubia; Deseaba que el lugar que en aquel instante ocupaba su mano, fuese perfectamente cubierto por sus labios, por su lengua.

—Rachel —musitó con una sensualidad que sobresaltó a la morena—. Vamos a la cama, por favor —suplicó con la intención suficiente como para que no hubiese respuesta negativa. Y no la hubo.

Ni siquiera supo cómo fue capaz de descender de la hamaca sin caer al suelo. Lo único de lo que Rachel era consciente, era de caminar detrás de Quinn aferrada a su mano y sentir como su garganta se había secado por completo. Pero no le iba a durar demasiado aquella sensación de sequedad. Fue ver como los verdes ojos se enfrentaban a ella justo al entrar en la habitación, y sentir como todo volvía a inundarse en su interior.

La intensidad de ambas miradas podría destruir cualquier tipo de duda o impedimento que las llevase a detener aquello. Y tal vez habría sido más sencillo si se hubiesen lanzado sobre el colchón, envueltas en aquellos besos que jamás habían imaginado que podrían llegar a entregarse, y que incendiaba aún más aquellas ganas.

Fue Quinn quien tomó la decisión de deshacerse de su propia ropa, sin apartar la mirada de los ojos de Rachel, que viendo su actitud no tardó en imitarla, y se desprendió de los minúsculos shorts y aquella enorme camiseta amarilla de los Lakers. Quizás mantenía sus braguitas, pero en aquel estado de hipnosis absoluta, ambas se veían desnudas.

No hubo palabras. Se dejaban llevar por una voz interior que parecía estar manejándolas a su antojo, y que las obligó a empezar a ocupar parte de la cama. Siempre sin dejar de mirarse, sin dejar de respirar con intensidad, y humedeciendo constantemente sus gargantas y sus labios, quizás como un acto reflejo de lo que les estaba por llegar.

Fue tan sutil la manera en la que Quinn se deslizó sobre el cuerpo de Rachel, hasta llegar a sus labios, que incluso la cama se habría sorprendido por vivir un encuentro como aquel.

Un beso era lo que ambas aguardaban para sesgar cualquier resquicio de cordura entre las dos, y éste no tardó en llegar cuando los labios de Quinn se posaron sobre los de la morena.

Sensual, incluso con algo de añoranza después de 72 horas de haberlos besado por primera vez. Los labios de Quinn y Rachel encajaron a la perfección en aquel primer contacto, y ya no volvieron a separarse, al menos en los siguientes minutos en los que se dedicaron a alterar, aún más si cabe, sus extenuados estados emocionales.

Minutos en los que, por primera vez, o al menos así lo sintió Rachel, supo que aquello no podía considerarse solo sexo, sino que llevaba algo más implícito. Quizás fuese esa alma del que había hablado Quinn, cuando aquella misma mañana le confesaba que era especial, que no era una más. O tal vez era el deseo que se había multiplicado tras aquel primer y rápido encuentro que mantuvieron días atrás. Fuera lo que fuese, era distinto para Rachel. Era más intenso, más deseado y por supuesto sin dudas.

No había dudas de dónde colocarte ni qué acariciar. Tampoco dudaba en besarla cuando lo deseaba y en exigir que sus caderas se movieran acompasadas. A Rachel la única duda que la aturdía por algunos segundos, era saber si sus dedos enredados en el pelo de Quinn le iban a provocar algún tipo de daño. Duda que quedaba resulta en el momento en el que la rubia lo permitía sin más.

Sin embargo, y como siempre iba a suceder en su vida, hubo algo que comenzó a preocuparle, y que se escapaba a cualquier intento de la morena por llevar aquella situación de la mejor manera. Una duda que se encargó Quinn en provocar con un rápido, pero a la vez pausado movimiento.

Los labios de la rubia dejaron de saborear a los de Rachel, y comenzaron a descender por su cuello. Hasta ahí todo bien, pensó Rachel que no podía evitar excitarse aún más por los pequeños mordiscos que le iba dejando. El problema llegó a su consciencia cuando notó como el descenso seguía su curso, y no se detenía en su cuello donde se había recreado, sino que lo hacía por su clavícula, por sus hombros y su pecho, por su barriga, su obligo y sus caderas.

Fue ahí, justo cuando notó como los besos de Quinn regresaban debajo de su obligo, cuando sintió que algo iba a suceder, y que no estaba entre sus planes.

—¡Quinn! —exclamó casi sin voz, agarrando con vehemencia el pelo de la rubia.

—¿Qué, qué pasa? —cuestionó alzando la mirada, esquivando el pecho en pleno movimiento de la morena para posarse en sus ojos.

—No, no pensarás seguir bajando. ¿No?

—Rachel —susurró sin perder la posición, algo que empezaba a poner nerviosa a la morena—, me muero de ganas por hacerlo. De veras, quiero hacerlo.

—Pero no, no Quinn —musitó tras contener un suspiro que a punto estuvo de dejarla sin aire—. No tengo esa…

—Rachel cielo, soy yo.

—No, no Quinn, por favor no me hables así —espetó desviando la mirada hacia el techo—. No me siento bien sabiendo que estás ahí.

—Shhh —la interrumpió al percibir que Rachel dejaba escapar una leve duda—. No hay vuelta atrás, Rachel. Y te juro que me muero de ganas por disfrutar de ti de esta manera. Déjame vivirlo, déjame —balbuceó segundos antes de lamer con sutileza la fina línea que separaba el ombligo de la morena de su parte más íntima—. Déjame disfrutar, por favor. Prometo que no te vas a arrepentir.

—¡No es por arrepentimiento! —intervino regresando la mirada hacia la rubia. Lo peor que podía hacer si no quería ceder. El deseo que Quinn desprendía en su rostro y descubrirla tan cerca de su entrepierna, no hizo más que aumentar el descontrol de su cuerpo, y provocar una oleada de calor con una nueva tanta de suspiros—. Me muero de vergüenza si… —Sin palabras. La queja, o, mejor dicho, la excusa de Rachel se esfumó en el mismo instante en el que Quinn comenzó a deslizar con delicadeza las braguitas y quedaba completamente expuesta ante ella— Quinn no sé si puedo —balbuceó en un último intento por recibir la absolución completa de aquella extraña condena, aunque lo cierto es que deseaba que se cumpliese.

Era imposible no desearlo en aquel estado de excitación y notando el cálido aliento de la rubia sobre su piel. Sobre todo, porque Quinn había sido tan delicada, que ni siquiera se había percatado de cómo sus braguitas yacían a un costado de la cama, y no en sus piernas.

Estaba completamente desnuda, y lo estaba con ella a escasos centímetros de su parte más íntima.

—Dios, Rachel —susurró antes de dejar una ristra de besos y roces con su lengua sobre la cara interna de los muslos, acariciando con su nariz el hueso de sus caderas y dejando que sus manos se aferrasen a su cintura y descendiesen hasta su trasero—. Me muero por hacerlo —musitó lanzando una última mirada llena de deseo—. Déjame, por favor. Déjame —suplicó y el silencio le respondió.

Rachel dejó caer su cabeza sobre la almohada, aumentando la respiración de su pecho hasta casi conseguir que su espalda se separase del colchón, dando así por afirmativa la respuesta que tanto deseaba Quinn.

La sonrisa de satisfacción no tardó en implantarse en el rostro de la rubia, que, sin dudarlo, se deslizó de nuevo sobre ella hasta llegar a sus labios, para besarla, y por supuesto para mirarla y regalarle esa confianza que tanto necesitada—. Gracias —susurró en el momento en el que sus ojos conectaron.

En ese instante, todo acabó para Rachel, y comenzó para Quinn.

La rubia volvía a separarse de ella para emprender de nuevo el trayecto que la llevaba hasta su principal objetivo. Siempre sin dejar de detenerse en otras partes del cuerpo de la morena que no quería, ni debía pasar por alto.

Su lengua ya se había acostumbrado a su sabor, y más aún lo iba a hacer.

Rachel no lo imaginó nunca.

No. Rachel Berry no tenía complejos, ni tampoco era una novata o una primeriza en las artes del sexo. De hecho, aquello que tanto deseaba Quinn, no era algo nuevo para ella, por supuesto. Pero si lo era con alguien como Quinn. Si lo era con aquella chica que, incluso a pesar de los años, seguía provocándole aquella falta de seguridad en sí misma. Si lo era con aquella chica que siempre había logrado sacar lo mejor, y lo peor de ella.

Pero todos aquellos pensamientos, aquella vergüenza inaudita que se apoderaba de su consciencia, se esfumaron cuando sintió el embaucador y placentero calor que desprendían los labios de Quinn sobre ella, sobre su parte más íntima.

La exhalación estuvo a punto de dejarla sin fuerzas. La excitación de tener a Quinn entre sus piernas, se sumaba a la increíble sensación de humedad y calidez que su lengua ya iba dejando en aquella zona tan delicada, y conseguía que su respiración empezase a verse seriamente perjudicada.

Solo tenía que acostumbrarse a la idea de ver a Quinn en aquella posición, y disfrutar. Pero lo primero le resultaba imposible de llevar a cabo, si cada vez que miraba, veía el pelo alborotado de la rubia sobre sus piernas, o sus manos acariciando su cuerpo.

Demasiada tensión, demasiado placer, demasiada locura.

Quinn se relamía, y por cada beso o roce de su lengua, un suspiro se adueñaba de su garganta y empezaba a transformarse en gemido. Gemidos que no iban a tardar en salir disparados de sus labios, en inundar la habitación y regalarles una banda sonora especial y única.

Y es que cada gemido que Rachel dejaba escapar, llegaba en forma de satisfacción a Quinn, que volvía a incidir en su empeño por lograr que toda aquella vergüenza que Rachel confesaba sentir, desapareciese por completo.

Y lo consiguió.

La excitación había llegado a tal punto, que las caderas de Rachel se alzaban al compás de su respiración.

—Joder Quinn —dejó escapar casi sin ser consciente de ello. El placer empezaba a alargarse tanto que le resultaba imposible seguir disfrutándolo sin exigir llegar a algo más intenso. Quinn lo entendió perfectamente.

—¿Quieres que me detén…?

—¡No, Dios, no! —exclamó provocando que la sorpresa se adueñara de ambas. En Quinn porque jamás la había oído expresarse de aquella forma, ni con aquella necesidad en su voz. Y en Rachel porque jamás imaginó que pudiese soltar algo así, sin más—. Lo, lo siento —se disculpó de manera imperceptible, pero Quinn no la oyó. Había vuelto a centrar su atención en el cuerpo de la morena, y volvía a adueñarse de su entrepierna, alargando una desesperación que se iba a acabar en apenas un par de segundos.

—¡Oh dios! —exclamó sin aire, sin voz, sin nada más que la certeza de saber que Quinn estaba dejándola prácticamente sin respiración.

Si lo que pretendía era lograr que acabase, lo iba a conseguir. Sin embargo, no esperaba que fuese tan pronto.

El placer era intenso, sí, y el deseo que se profesaban lograba aumentarlo a cotas insospechadas, pero aquel último ataque de la rubia logró encender algo en Rachel que no esperaba ni por asomo.

Electricidad. Algo comenzaba a expandirse en su interior sin que la rubia fuese consciente, o al menos eso aparentaba, y Rachel empezaba a tensarse. El placer era increíble, pero sus terminaciones nerviosas comenzaron a regalarle una serie de espasmos que hacían incontrolable a su propio cuerpo.

—Quinn —masculló sintiendo que algo empezaba a irse de sus manos, pero la rubia no prestó atención. La voz de Rachel sonaba con tanto placer acumulado, que era imposible entender un significado que no fuese un simple gemido— ¡Oh dios! —exclamó desesperada, aferrándose a las sabanas que apenas servían para nada en aquella escena— ¡Oh dios, Quinn! —volvía a soltar en pleno orgasmo, segundos después de abandonar las sabanas y enredar sus manos en el pelo de la rubia, obligándola a que destruyese cualquier intento por alargar más aquel momento, y asustándola por la convulsa reacción de su cuerpo.

—¿Rachel? —cuestionó al alzar la mirada y ver como ésta ya se había sentado en la cama y la obligaba a apartarse de ella bruscamente.

—Apártate Quinn —respondió desesperada por abandonar la cama, justo lo que hizo ante la atónita mirada de la rubia, que veía como Rachel salía corriendo hacia el baño y cerraba la puerta tras ella con brusquedad.

No tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Lo último que supo era que acababa de regalarle un perfecto y prolongado orgasmo, y segundos después, ya no estaba allí, sino encerrada en el baño.

—¿Rachel? —se acercó con algo de temor a la puerta— ¿Estás bien? —silencio. Quinn pegó el oído a la puerta y no escuchó nada—¿Rachel? —volvió a insistir— ¿Qué ocurre? Me estás asustando. Si no me hablas, voy a entrar —avisó al tiempo que giraba el pomo de la puerta, pero una fuerza la obligó a detener el intento— ¿Rachel? ¿Qué diablos pasa? —se asustó.

—¡Nada! —exclamó— ¡Nada! —volvió a repetir abriendo la puerta rápidamente y enfrentándose a la rubia, que estupefacta seguía sin comprender absolutamente nada de lo que sucedía— ¡Oh dios! —exclamó a modo de lamento— ¿Qué diablos has hecho? —la interrogó con el rubor invadiendo sus mejillas— Lo sabía, sabía que no podías hacerme esto porque seguro que iba a pasar algo malo, y mira… mira.

—¿Mira qué? —cuestionó Quinn aun sin comprender.

—He estado a punto de, de… ¡Oh dios!

Era imposible para Rachel superar la vergüenza, y no pudo seguir enfrentándose a ella en aquel momento, sin terminar por correr vencida hasta la cama y dejarse caer sobre ella, boca abajo. Gesto que imitó Quinn, aún con la preocupación invadiendo su rostro y su estado.

—¿Rachel? —trató de buscar su rostro hundido en la almohada— ¿Qué ha pasado?

—Quinn —balbuceó con dificultad—, he estado a punto de, de… ¿Qué diablos has tocado ahí dentro?

—¿Qué? ¿Qué que he tocado? No entiendo.

—¡Sí! —se revolvió para mirarla—, me has tocado donde no debías y he estado a punto de…

—¿De qué? ¿De correrte?

—Oh dios —se lamentó.

—Rachel, no has estado a punto, lo has hecho y me ha encantado. Me han encantado tenerte así y disfrutar de eso. Es lo que quería, no tienes que avergonzarte. Se trata de eso, de…

—¡No! —la interrumpió molesta—, no hablo de un orgasmo Quinn, hablo de que he estado a punto de, de…

—¿¡De qué!?

—¡De hacerme pis, y tú estabas ahí! —escupió provocando la sorpresa en Quinn, que perdió por completo el habla. Todo lo contrario a la morena, que tras ver la reacción de la rubia volvió a hundir su rostro en la almohada.

Era imposible sentirse más avergonzada de lo que ya lo estaba, y Quinn empezó a ser consciente de lo que había sucedido— Has tocado donde no debías. Has… has… dios, lo siento Quinn, pero yo lo sabía. Sabía que no podía salir bien, porque no es normal tanta tensión y tanto…

—Shhh —la interrumpió dejándose caer a su lado, buscando su rostro—. Rachel relájate.

—¿Cómo quieres que me relaje después de eso? ¿Te imaginas que no puedo controlarme? Porque ha faltado poco —se quejó evitando mirarla.

—No tienes que disculparte por eso, Rachel. Eso es algo que suele suceder. No todas las mujeres tienen la capacidad de eyacular, y no tienes por qué avergonzarte.

—No es eso, Quinn —masculló un tanto más avergonzada aún—. No soy una cría, tengo experiencia. Y no, no es eso de lo que hablo. No tengo esa capacidad, es solo que has tocado donde no debía y…

—Lo siento, Rachel —se disculpó—. Yo solo quería que lo pasaras bien, nada más. Puede que me haya dejado llevar y no te he escuchado.

—No, no me has escuchado —la miró por primera vez, reflejando un tono infantil en su rostro de queja, que provocó una leve sonrisa en Quinn— ¡No te rías! No tiene gracia. Me habría muerto de vergüenza si llego a hacer eso contigo ahí.

—Pero no lo has hecho, así que deja de lamentarte —susurró al tiempo que apartaba los rebeldes flequillos de sus ojos— ¿Te han dicho alguna vez que eres hermosa?

—No trates de hacerme cambiar de opinión, eso ha estado mal.

—No trato de hacerte cambiar de opinión —insistió acomodándose en la almohada—. Solo te he dicho que eres hermosa, porque te estoy mirando y realmente lo eres —volvió a mirarla—. Jamás pensé que pudiese decirte esto, Rachel Berry, pero definitivamente eres una de las chicas más hermosas que he conocido en toda mi vida —sonrió con dulzura.

—Esa frase es mía —le replicó un tanto consternada.

—Me da igual que sea tuya, yo solo sé que es la verdad —se giró de nuevo hacia ella.

El objetivo de aquellos halagos, no era otro más que el de hacer olvidar el mal trago que había vivido Rachel, y que centrase su atención en otra cosa. Aunque la evidencia quedaba patente, y aquella confesión no perdía ni un ápice de honestidad en sus palabras. Que Rachel era hermosa era algo que siempre se había guardado para ella, y que mejor que aquel momento para expresárselo sin miedos. Para compartir esa vulnerabilidad que estaba avergonzándola, y lograr sacar al menos una sonrisa de sus labios.

—Lo dices para para que no piense en lo que acaba de suceder. ¿Verdad? —susurró Rachel centrando su mirada por primera vez en los ojos de Quinn.

—Lo digo porque es verdad, y porque quiero que te sientas bien conmigo —contestó con dulzura—. Acabas de regalarme algo que no voy a olvidar en mi vida, Rachel. Y me siento privilegiada, te lo aseguro.

—Basta Quinn —volvió a ruborizarse y a desviar la mirada, esta vez sobre el trozo de almohada que se interponía entre las dos—. Deja de decirme esas cosas

—¿No te gusta que te digan cosas bonitas? —masculló sonriente—. A la Rachel Berry que yo conocía le encantaba que le dijeran esas cosas

—La Rachel Berry que tu conocías se enamoraba de quien le decía esas cosas —respondió sin pensar—. Y tú no quieres que eso suceda. ¿Verdad?

¿Verdad?

Ni una, ni dos, ni tres, ni cuatro veces, ni cinco, ni seis. Aquel "¿Verdad?" resonó tanto en su cabeza, que ni siquiera pudo seguir la cuenta. Y no se repetía constantemente por el extraño suceso que sería un posible enamoramiento entre ellas dos, sino porque aquella cuestión le hizo recordar que estaba rompiendo su norma número uno cuando mantenía relaciones sexuales por pura diversión; palabras románticas.

Nunca debían pronunciarse palabras o halagos de aquella índole en una situación así. A pesar de ser íntimo, no debía olvidar que eran amigas, y que el proceso de tener sexo sin amor, era algo que debía mantener fría la mente, y no dejarse llevar por el romanticismo que siempre suele rodear en aquellas escenas.

Sin embargo, no sucedió así.

No solo acababa de ser consciente de cómo la estaba halagando con demasiada dulzura, sino que también recordó como en un momento concreto, llegó a referirse a ella con otros adjetivos también llenos de romanticismo. Y esos sí que salieron de ella sin siquiera ser consciente de ello.

—¿Quinn? —musitó Rachel perdiéndose en su mirada.

Aquel tiempo esperando una respuesta que ya conocía con certeza, se trasformó en un extraño y largo silencio entre las dos, pero Quinn no respondió. Aquella marea de dudas la hizo reaccionar como Rachel jamás pensó que pudiese reaccionar. Quinn cerró los ojos y se deslizó hacia ella, buscando entre sus brazos un cobijo que ninguna de las dos sabía que necesitase— ¿Quinn estás bien? —cuestionó sorprendida por el gesto. Se había abrazado a ella y casi que le estaba exigiendo ser abrazada.

—Hace mucho tiempo que no me abrazan —musitó al tiempo que se impregnaba de su olor—. Acabo de romper todas y cada una de las promesas que te hice, y lo siento —confesó—. No voy a permitir que vuelva a suceder, te lo prometo.

—Pero…

—Exigirte que me abraces en la cama no está bien para dos amigas, pero lo necesito —tragó saliva—. Lo necesito para no quedarme con las ganas.

—¿Por qué te ibas a quedar con las ganas? —preguntó permitiendo que aquel abrazo se llevase a cabo por completo— Puedes abrazarme cuando quieras.

Quinn seguía manteniendo su rostro hundido en el cuello de Rachel.

—Prometí no decir palabras bonitas, y las he dicho. Prometí que no volvería a repetirse esto, y lo hemos hecho. Prometí respetar tu decisión de no cruzar la línea, y la he cruzado, Rachel —aclaró—. No volveré a romper más promesas a partir de esta noche, por eso necesito que me abraces ahora, por favor.

—Se te olvida que yo también tengo mi parte de culpa —masculló Rachel—. Y no me arrepiento.

Un leve movimiento. Un pequeño movimiento de la cabeza de Quinn le hizo saber que buscaba su rostro para cerciorarse de lo que había oído. Y Rachel permitió que sus ojos se encontrasen con los de ella.

Había tomado el valor de enfrentarse a aquello que estaba sucediendo, de tomar por una vez en su vida las riendas de su propio mundo. Y todo por descubrir aquel lado frágil y vulnerable de Quinn.

Verse envuelta en aquel abrazo, no hizo más que mostrarle una imagen que, definitivamente, era mucho mejor de lo que jamás llegó a imaginar.

Si bien se sentía descubrir a una Quinn completamente sexual, no menos agradable era ser testigo directo del cariño que casi llegaba a suplicar en un gesto como aquel.

—¿No te arrepientes? —cuestionó confusa—. Se supone que esto no iba a suceder más. ¿Lo recuerdas?

—¿Tienes idea de si mañana estaré viva? —soltó aturdiéndola aún más—. No tienes ni idea Quinn. ¿Para qué vamos a pensar en cómo nos vamos a sentir mañana, si ni siquiera sabemos si estaremos vivas? Tú lo dijiste, Carpe diem.

—Yo espero estarlo —susurró—, y espero que tú también los estés.

—Y si lo estamos, volveremos a mirarnos con tensión, y a sentirnos como idiotas por saber que hemos cruzado la línea y que esto no lo hacen dos amigas. Y tú me prometerás que ya no pasará nunca más, y yo te creeré. Pero, aún estamos aquí —sonrió con dulzura—. Todavía no es mañana, y ya tenemos las razones suficientes como para que todo eso suceda mañana, así que… ¿De qué nos sirve arrepentirnos ahora?

—¿Qué propones? —se deslizó hasta quedar frente a ella.

—Propongo que nos saciemos y consigamos resolver todas nuestras carencias afectivas. Te daré todos los abrazos que necesites hasta que quedes satisfecha.

—¿Y qué carencia tienes tú? —la miró cómplice, apartando de nuevo el flequillo que cubría sus ojos.

—Yo también necesito abrazos, y te recuerdo que llevaba un año y medio sin estar con nadie.

—¿Me estás diciendo que…?

—Siempre y cuando no vuelvas a tocar donde has tocado antes.

—¿De veras? ¿Quieres que volvamos a…?

No recibió respuesta en palabras. Rachel se limitó a morderse el labio y regalarle un rápido y delatador guiño de ojos.

—Oh dios —se lamentó— ¿Sabes que es la segunda vez que me guiñas el ojo en toda tu vida, y es la segunda vez que me pones nerviosa?

—Quinn —susurró al tiempo que tomaba la decisión de reincorporarse y deslizarse hacia ella para ocupar su cuerpo—, no hablemos de guiños —masculló entre sonrisas, sabiendo que aquel gesto la había llevado de cabeza desde que llegó a la isla—, y aprovechemos el tiempo.

—Ok, aprovechémoslo. Prometo que haré que no quieras salir de esta cama, ni por fuerza mayor —sonrió tras recordar el imprevisto que las llevó a aquel momento.

—Perfecto, mucho mejor así. ¡Ah! —se acercó decidida a su rostro— Puedes decirme palabras románticas —susurró a escasos centímetros de sus labios—, ni te imaginas lo que llegan a excitarme.