Capítulo 18
Día 9
Tranquilas.
Sonrientes.
Relajadas.
Esos tres adjetivos podrían describir perfectamente el estado en el que Quinn y Rachel se despertaron en aquel amanecer del noveno día de Rachel en la isla.
La noche no había sido para menos.
Olvidarse de los temores al qué sucederá o cómo afectará, les hizo dejarse llevar por completo a lo que verdaderamente necesitaba y sentían que querían hacer. Y fue sin dudas la mejor decisión que habían tomado.
No había miradas de vergüenza o de tensión cuando despertaron y se encontraron desnudas en la cama. No había actitud esquiva, ni sensación de incomodidad cuando compartieron el primer café del día y recogieron lo que habían dejado expuesto la noche anterior. No existía el remordimiento de conciencia por recorrer el sendero que rodeaba la isla por la costa, abrazadas en aquel quad, observando como el sol iba aclarando el cielo y un nuevo día comenzaba.
Ni a Quinn le importó que las manos de Rachel estuviesen ancladas en su cintura mientras conducía, ni a Rachel le importó ir abrazada a Quinn durante el trayecto.
La humedad que hacía insoportable el pasear entre aquel inmenso bosque que rodeaba la isla, no existía a aquella hora de la mañana, y una suave y fresca brisa conseguía despejarlas aún más.
Aquel paseo de regreso al hotel podría considerarse como una actividad más de la que un turista, no debe perderse en su visita a la isla. Sin embargo, pocas personas podrían disfrutarlo tal y como ellas lo estaba haciendo.
Eran conscientes de muchas cosas que empezaban sentir, a disfrutar, pero no lo eran de las consecuencias que aquella relativa felicidad, les iba a otorgar cuando aquellas vacaciones acabasen. Era más que probable que sus propias mentes estuvieran levantando un muro que separase la felicidad del momento, de lo que estaba por llegar. Una anestesia general que las hacía inmune a los pensamientos conflictivos que pudiesen aparecer en aquellos quince minutos que duró el trayecto. Y que iba a seguir camuflándolos en las siguientes horas, y días.
—Creo, creo que empiezo a entender el motivo por el que vives en el otro extremo de la isla —musitó Rachel tras descender del quad en los aparcamientos del hotel.
—¿Y cuál es ese motivo? —cuestionó Quinn con tranquilidad, imitando su gesto.
—El amanecer —respondió sin dejar de mirarla—. Aquí, en esta zona solo se ve el atardecer desde la playa, pero desde tu casa, puedes ver el amanecer —sonrió—. Conociéndote, estoy segura de que ese es uno de los motivos. Poder disfrutar del atardecer, y del amanecer.
La sonrisa volvía a implantarse en el rostro de Quinn tras dejar la moto en su lugar, y desviar la mirada hacia la morena, que expectante esperaba algún tipo de respuesta.
Lo cierto es que aquel gesto bien podría valer como afirmación, pero Rachel quería escucharla, quería recibir un sí o un no que le sacara aquella pequeña duda que se había ido amasando en su mente, mientras disfrutaban del amanecer a lomos del quad.
—¿Es o no es cierto? —insistió tras ver como Quinn la invitaba a caminar hacia el hotel.
—¿De verdad me conoces? —la interrogó con algo de sarcasmo.
—Tengo la leve sensación de conocerte —masculló caminando a su lado—. Me has demostrado que, en esta isla, vives por y para la naturaleza. ¿Qué otra explicación habría para que decidieses vivir al otro lado? Y ya sé que el ruido te ha influido, pero ese amanecer que hemos visto es tan espectacular, que me niego a creer que no sea una de las razones.
De nuevo la sonrisa, esta vez acompañada de un leve resoplido que le daba más contundencia, y la hacía más sincera ante los ojos de Rachel.
—¿Ves? —inquirió tras notar el gesto—. Tengo razón. Ver el amanecer desde tu casa, es una de las razones.
—Estás en lo cierto —habló sin dejar de sonreír—. Cuando me vine a vivir aquí, pensé que no había motivo alguno para perderme algo tan especial. Si podía ver el atardecer todos los días desde la playa del hotel, ¿por qué no ver también el amanecer?
—Lo sabía, lo sabía. Esta nueva Quinn Fabray es diferente, pero no tan difícil de entender. Solo tengo que prestar un poco de atención y ¡zas! Es como si pudiese leer tu mente.
—¿Ah sí? ¿Y qué es lo que estoy pensando ahora? —se detuvo frente a ella tras llegar al acceso que separaba el hall de recepción del hotel, con el pasillo que las introducía hacia las habitaciones.
—Mmm, pues ahora estás pensando en… ¿Qué puedo hacer hoy para sorprender de nuevo a Rachel Berry? —espetó divertida, alargando aún más la sonrisa en Quinn.
—¿Eso es lo que crees que estoy pensando?
—Ajam.
—¿Y qué me responderías tú si eso fuera cierto? —repitió coqueta— ¿Qué le sorprendería a Rachel Berry en este día?
—Mmm, no sé. He leído que hay un pequeño restaurante muy especial en esta isla, y que se come bastante bien —respondió con una fingida mueca de inocencia reflejada en su rostro.
—¿Un restaurante? —musitó pensativa—. Así que lo que le sorprendería a Rachel Berry en el día de hoy, sería salir a cenar a Chez Jules. Mmm… No sabía que una estrella de Broadway como tú quisiera cenar en un restaurante de un lugar como éste.
—¿A cuántas estrellas de Broadway conoces? —bromeó.
—A algunas, te recuerdo que soy guía turística y aquí suelen venir bastante gente importante —le sonrió.
—¿Cuántas estrellas de Broadway que sean tus amigas, conoces? —repitió la pregunta con el matiz de la amistad dándole un nuevo sentido.
—Mmm, no a muchas —respondió sonriente.
—¿Tienes más amigas en Broadway? —masculló desconcertada— Porque si dices no a muchas, estás dejando claro que algunas hay. Y yo no conozco ese detalle de tu vida.
—Quizás no puedas leer mi mente del todo —bromeó.
—Ah ok, claro —masculló con sarcasmo—. Ahora resulta que conoces a muchas actrices de Broadway y que algunas de ellas son tus amigas. Faltaría más
—No me conoces aún del todo —respondió alargando la broma—. Aunque, ¿sabes qué? No conozco a ninguna actriz de Broadway, que además de ser mi amiga, tenga el mismo talento, ni el corazón y mucho menos la sonrisa que tienes tú.
—Oh… —susurró sin saber muy bien como soportar el rubor que aquel halago estaba provocando en sus mejillas.
—¿Te ruborizas?
—Quinn, basta, por favor —suplicó desviando la mirada—. Demasiados halagos en un corto tiempo puede ser demoledor para mí. Te recuerdo que soy una diva —musitó mordiéndose el labio.
—Perfecto. No me importa en absoluto que seas una diva —se detuvo lanzando la mirada a su alrededor—, al fin y al cabo, mira donde estás.
—Tienes razón, aquí me puedo comportar como una diva —sonrió—, por eso te pido o no, mejor aún, te exijo que la actividad del día de hoy nos lleve a cenar a ese restaurante a la orilla de la playa.
—Mmm, está bien. De todos modos, no íbamos a poder encontrarnos durante el día. En 15 minutos salgo hacia Praslin con un grupo de turistas —le informó—, y regresaré ya por la tarde. Aunque si te apetece, aún estás a tiempo de descubrir el Bulbul de las Seychelles o el loro negro —bromeó—. Va a ser una jornada interesante en el parque nacional.
—Mmm creo que prefiero hacer algo más de divas —la interrumpió—. No me juzgues —bromeó—, me encantaría conocer al Bulbul ese o a su amigo el loro negro, pero eso de convivir con un gran grupo de turistas durante un día, cuando se supone que debo de estar en las Maldivas, es quizás arriesgarme demasiado.
—Entiendo, y supongo que sí, que es demasiado arriesgado para alguien como tú. Aunque no sé qué vas a hacer aquí sola en la isla. ¿Tomar el sol?
—No, creo que me voy a tomar la libertad de pasar algunas horas en el spa, y voy a contemplar la opción de darme uno de esos tratamientos de masajes que te dejan como nueva —le sonrió—. Esta noche tengo una cita y quiero estar perfecta.
—Una cita —susurró segundos antes de que el silencio se interpusiera entre ellas. Pero no un silencio cualquiera.
Ni incomodidad, ni tensión, ni nerviosismo. Aquel silencio se llenó de miradas que eran imposibles de esquivar, de suspiros casi imperceptibles que solo se distinguían por el suave movimiento de sus pechos al respirar, de pequeños mordiscos en los labios y sonrisas llenas de complicidad. Un silencio delatador de algo que empezaba a vibrar en ellas, y que ninguna se atrevía a cuestionar.
El muro infranqueable frente al temor por lo que podría suceder, seguía intacto en sus consciencias. Querían disfrutar y nada más, aunque con ello llegase el tan extraño flirteo.
—Creo que me, me tengo que marchar —reaccionó de nuevo Quinn tras aquellos interminables segundos de silencio.
—Ok. Yo, yo también voy a cambiarme de ropa y a desayunar algo más contundente.
—Me parece perfecto —sonrió—. Espero que tengas una buena mañana
—Tú también. Espero que encuentres al loro y al Bubul o como quiera que se llame.
—Bulbul —corrigió sonriente—, es un pequeño pájaro con un canto muy particular.
—Ah ok, pues al Bulbul —repitió sin saber muy bien como dar aquel paso de la despedida.
Sabía que había llegado el momento de permitir que siguiese con su rutina diaria, pero había algo que las mantenía en aquel lugar, donde debían separarse después de una de las noches más especiales de toda su vida.
—Te recojo sobre las 8. ¿Te parece bien?
—Claro, perfecto —respondió humedeciéndose los labios—. Estaré esperándote.
—Ok. Hasta luego, entonces —se despidió con las dudas de si avanzar hacia ella o no. Terminó haciéndolo con la intención de besar su mejilla a modo de despedida, pero la reacción de Rachel fue milimétricamente igual que la de ella, y sus labios estuvieron a punto de chocar contra los de ella, en vez de hacerlo sobre su mejilla.
Un nuevo intento tras una tímida sonrisa por la situación, las llevó a despedirse como en un principio había estipulado Quinn, y el beso en ambas mejillas quedó reflejado en sus rostros.
—Hasta luego, Quinn —respondió tras apartarse de ella con algunos nervios dificultándole la acción, y emprendió el breve trayecto que la separaba hacia la entrada del pasillo que la llevaba a su habitación.
Lo mismo hizo Quinn, pero hacia el lado opuesto, adentrándose en el hall de recepción donde el movimiento de turistas ya era latente, a pesar de las intempestivas horas en las que se encontraban.
Diez minutos faltaban para las 7 de la mañana cuando Quinn terminaba de rellenar su acta de actividades para aquel día, y firmaba la anterior.
No estaba Spencer en la recepción, por lo que la breve conversación con Claire, otra de las recepcionistas del hotel, fue meramente profesional. Tanto que ni siquiera la entretuvo lo suficiente como para no percatarse de cómo April hacía acto de presencia en la enorme sala, y caminaba completamente ausente hacia la salida.
—¡Hey! —exclamó Quinn tras entregarle sendos formularios a la recepcionista— ¡April!
No respondió.
El gesto de la chica desconcertó a Quinn tras ver como la miraba, y no con demasiada amabilidad.
—Me han pasado el listado y he visto que tanto tú como Olivia venís a Praslin.
—Sí, de hecho, voy hacia el embarcadero.
Seriedad. Austeridad. Quinn volvía a confundirse tras recibir la escueta respuesta de una chica que no solía mostrarse así. De hecho, su reacción al ver como en el listado de inquilinos del hotel que iban a hacer aquel viaje hacia la isla de Praslin estaban ellas, le alegró. Las pocas actividades que había podido compartir con April, fueron realmente buenas gracias al humor y la enorme positividad que desprendía aquella chica. Sin embargo, en aquel momento, era todo lo contrario.
—Perfecto, yo voy también para allá. Voy a coger un par de cosas de mi taquilla y…
—Ok, Quinn —la interrumpió sin cambiar la actitud—, nos vemos allí. Adiós.
Nada más. April se despidió tal y como la había saludado, y el desconcierto se apoderó aún más de Quinn, que en un acto reflejo lanzó varias miradas a su alrededor tratando de averiguar si todo era una extraña broma.
Tampoco es que conociese demasiado a aquella chica, pero sabía perfectamente que no era así, y que aquel comportamiento se debía a algo que le estaba sucediendo. Por suerte, o tal vez no, iba a poder averiguarlo.
Quinn se adentró en la sala donde tenían las taquillas para recuperar unas pertenencias que iba a necesitar durante el día, y fue en ese instante cuando descubrió como la otra chica de la pareja, Olivia, caminaba en la misma dirección que minutos antes lo había hecho April.
Al igual que ella, Olivia también se mostraba seria, pero a diferencia de April, ese era su estado natural, o al menos el que ella había conocido desde que llegaron a la isla.
Quinn no dudó en seguirla con la suficiente rapidez como para lograr alcanzarla justo cuando ya salía de la recepción.
—¡Olivia! —exclamó un par de metros tras ella, reclamando su atención.
—Hey, hola Quinn —respondió la chica con educación—. Buenos días.
—Buenos días, Olivia —sonrió tímidamente— ¿Vas para el embarcadero?
—Eh sí, April y yo vamos a una excursión a Praslin.
—Lo sé —interrumpió Quinn —, yo voy con vosotras.
—Ah perfecto, entonces nos vemos en el barco.
—Claro eh… Olivia —balbuceó —, sé que no es mi asunto, pero hace unos minutos he visto salir a April y estaba bastante seria. ¿Está todo bien?
—Sí, claro —respondió tras varios segundos en silencio —, no te preocupes Quinn, todo está bien.
—Ok, ok —musitó sin creerla demasiado—. Me resultó extraño verla así, pero si tú dices que está todo bien, perfecto.
—Está todo bien —repitió segundos antes de un vago intento por alejarse de Quinn, y seguir su camino hacia el embarcadero.
—¿Tú estás bien? —insistió al notar la distante actitud que también mostraba la chica.
—Sí, todo bien —respondió sin pensar—. Eh, será mejor que vaya al embarcadero, April está esperándome.
—Ok. Ahora nos vemos —masculló Quinn resignada. Era evidente que algo les sucedía a las dos, pero por lo que demostraban no estaban por la labor de explicárselo. No tenía más opción que la de permitir que Olivia se alejara de ella y siguiese su camino.
Y eso es lo que hizo hasta que apenas había recorrido un par de metros y seguía bajo el campo de visión de Quinn.
Olivia se detuvo en mitad del pequeño porche que descendía hasta la playa, y se giró de nuevo hacia Quinn, negando continuamente con la cabeza y una mueca de malestar en su rostro que alertó a la rubia.
—No, no está bien —dijo sorprendiéndola—. Es imposible que April esté bien después de lo que esa amiga tuya le ha hecho.
—¿Qué? —balbuceó confusa— ¿Qué ha pasado?
—Escúchame Quinn, te respeto. Te respeto porque tú nos has mostrado respeto a las dos, tanto a April como a mí, pero al igual que viniste a pedirnos respeto por esa estrellita de Hollywood, ahora yo te pido que le digas que ella debe respetarnos a nosotras, y, sobre todo, a April. No voy a permitir que nadie le haga daño, y me importa una mierda que sea una actriz reconocida o la princesa de Gales. No lo voy a permitir —espetó con tono amenazante.
Un tono que pilló completamente fuera de lugar a Quinn.
—No, no entiendo que ha pasado, Olivia. No sé de qué hablas.
—Hablo de tu amiga y la estúpida privacidad. Hace dos años que conozco a April, y no la he visto jamás en mi vida tan desilusionada como la he visto hace media hora, y todo por culpa de Rachel Berry.
—¿Qué? ¿Qué le ha hecho? —preguntó sintiendo como un leve malestar se apoderaba de ella.
—April —tomó aire—. April estaba saliendo de nuestra habitación para ir al embarcadero. Estaba ilusionadísima, ya sabes cómo es ella. De hecho, se ha despertado mucho antes que yo y no ha parado de pedirme que me diese prisa, que quería salir a divertirse, a conocer esa isla de la que tanto habláis tú y Adam. Estaba tan emocionada que no ha dudado en salir antes que yo, y gracias a eso ha tenido la suerte —ironizó— de cruzarse por el pasillo con Rachel.
Quinn, lleva todo este tiempo preguntándome si sería un error pedirle una fotografía, si podría pedirle un autógrafo o algo parecido para poder guardarlo. Es una de sus actrices favoritas Y al encontrársela en el pasillo, ha pensado que era el momento perfecto. No había nadie que pudiese sorprenderlas, no había nada que pudiese poner en riesgo la estúpida privacidad de esa imbécil, y April le ha pedido un autógrafo. ¿Sabes que le ha respondido?
No lo sabía, y tampoco quería saberlo, pero Olivia no iba a permitir que aquello quedase así, sin más.
—Le ha dicho que no tiene tiempo para esas cosas, y que la respete, que deje de perseguirla y de sacarle fotos —confesó provocando que todos los esquemas de Quinn quedasen destruidos—. ¡Que la respete, Quinn! —siguió—. Tu querida amiga le pide a April que la respete y le niega un estúpido autógrafo de mierda. ¡La ha humillado!
—Oh dios…
—¿Quién se cree que es para tratar así a alguien que se ha cruzado el país tres veces para verla actuar en una estúpida obra de teatro? ¿Quién se cree que es para tratar así a alguien que llev días asegurándose de que nadie molesta a Rachel Berry en sus vacaciones? Porque para tu información, April no parado de fijarse en quien se acercaba y quien no, en quien portaba una cámara cerca de ella y qué pretendía. Está paranoica tratando de evitar que alguien sacase fotos de ella, y ahora esa estúpida la trata así.
—Lo, lo siento, Olivia —balbuceó completamente enfadada—. Siento de veras que haya sucedido algo así, pero Rachel no es ese tipo de personas, te lo aseguro.
—No me importa absolutamente nada como sea —la miró desafiante—. Acaba de demostrarme que no tiene respeto por quienes la cuidan, y no soporto eso. Quiero que sepas que, si no he dicho nada en internet de que está aquí, en vez de con ese novio gay que tiene, es por ti. Por respeto a ti, pero no por ella. Eso tenlo claro.
—Lo, lo siento Olivia. Te aseguro que esto no va a quedar así.
—No, por supuesto que no —la interrumpió—. Procura avisar a tu amiga y pedirle que ni se le ocurra acercarse a April, porque ella podrá tener complacencia por su ídolo, aunque la haya humillado, pero yo no. No me voy a quedar de brazos cruzados si le vuelve a hacer algo así.
—Puedes estar tranquila, yo misma me voy a asegurar de que eso no vuelva a suceder, nunca más.
—Pues mucho mejor. Deja bastante que desear —inquirió segundos antes de soltar un gran suspiro.
El mismo que Quinn necesitaba para llenar sus pulmones de oxígeno y comprender que es lo que había sucedido, y el motivo que había llevado a su querida y dulce Rachel Berry, a actuar como una completa estúpida ante alguien que la adoraba.
Solo el sonido de la alarma de su móvil, evitó que Quinn abandonase a Olivia en aquel porche y se personara en la habitación de Rachel para exigirle alguna explicación lógica. El barco que las iba a llevar hasta Praslin estaba a punto de zarpar, y Adam exigía su presencia en el embarcadero, sin perder ni un solo minuto más.
—Lo siento y gracias, gracias por pensar en mí en una situación así.
—No creo que tú tengas la culpa de la soberbia y el ego de esas divas de Hollywood —masculló al tiempo que se giraba para comenzar a alejarse de ella—. Espero no tener que trabajar nunca con ella. Se iba a arrepentir, te lo aseguro.
Arrepentida.
Eso fue lo último que escuchó en la voz de Olivia antes de que ésta tomase la decisión de ir hacia el embarcadero. Y así era como se sentía después de haber escuchado la rocambolesca historia que había sucedido, apenas unos minutos después de despedirse de la más divertida y dulce Rachel Berry que había conocido.
Le resultaba casi imposible imaginar una actitud como esa de la morena, pero si había alguien en aquella isla que parecía ser honesta con el mundo, era April.
Era evidente que algo le había sucedido, que el desencuentro se había producido, y por lo que contaba Olivia, por muy descabellado que fuera, había lastimado a April.
El tiempo le apremiaba, pero Quinn no iba a permitir que algo así quedase impune. Por el bien de April, y por supuesto, por el bien de Rachel.
