Capítulo 20

Día 10

Si tuviese que elegir el peor día que había pasado en aquella isla, aún sin haber cubierto las dos semanas completas, juraría que era aquel, y la maldita noche anterior.

Rachel había visto como el sol llevaba varias horas iluminando aquel día, y lo hacía desde su cama, sin la más mínima intención de abandonarla hasta que no llegase la hora de salir a la playa. Y aquella hora había llegado después de ducharse y desayunar allí mismo.

No le apetecía en absoluto salir, no después de lo sucedido el día anterior, y haber pasado toda la noche despierta.

Y lo cierto es que aquel malestar no solo se debía a la imagen que Quinn parecía tener de ella y la discusión que mantuvieron, sino por descubrir cuanto podía llegar a dolerle que Quinn pensase así de ella. Que no la defendiera, o ni siquiera le diese el beneficio de la duda, anteponiendo el malestar de una completa desconocida, como era April, al de ella.

No era una diva, por mucho que por momentos se empeñara en presumir de ello. No era una excéntrica, y jamás había humillado a ninguno de sus fans, ni ninguna otra persona en toda su vida. Pero vivir en el mundo en el que ella vivía, conllevaba tener que tomar decisiones en momentos casuales, que no iban a contentar a todos. Y era eso lo que Quinn no parecía haber comprendido de su vida.

Seguía siendo Rachel Berry, la misma del instituto o de sus primeros años en NYADA, pero ya no era una cría, ya no era una adolescente a la que nadie soportaba. Ahora era toda una mujer que tenía que lidiar con comprometidas situaciones, y salir airosa de ellas. Nada más.

No era tan difícil de entender, y mucho menos era algo como para llegar al extremo en el que ellas discutieron la noche anterior.

Y fue ese mismo malestar e impotencia, lo que le hizo tomar la decisión de realizar una llamada a recepción y avisar de un cambio de planes que pretendía llevar a cabo aquel día. Ni siquiera le importó la reacción que pudiese tener Quinn.

Lo único que le importaba en aquel instante, era estar preparada para lo que se avecinaba, y verse bien frente al espejo con el traje de neopreno cubriendo parte de su cuerpo.

Un vistazo hacia la playa la llevó a descubrir como en la zona donde estaban predispuestas las hamacas, ya había alguien ocupando una de ellas.

A pesar de que el sol apenas incidía aún, April ya parecía disfrutar de las primeras horas de aquel día, completamente a solas y ausente por lo que sucedía a su alrededor. Era un buen momento para Rachel, que no tardó en abandonar su apartamento y dirigir sus pasos hacia ella.

Todo el conflicto con Quinn, había sido por el inoportuno encuentro entre ella y aquella chica que parecía seguir sus pasos con una lupa. Y después de escuchar las palabras de la rubia, no iba a desaprovechar la oportunidad de al menos, aclarar la situación con ella. Aunque aquello, claro, no tenía nada que ver con el enfado que seguía sintiendo con Quinn.

Efectivamente, April ni siquiera se percató de su presencia al permanecer con los ojos cerrados, dejando que la música que parecía sonar en sus auriculares, la tele transportasen a algún lugar remoto, mucho más remoto que aquella isla.

Estuvo varios minutos a su lado, sentada en una de las hamacas anexas sin saber muy bien como dirigirse a ella y llamar su atención.

No fue necesario.

April abrió los ojos para controlar su reproductor de música y fue en ese instante cuando la descubrió a su lado.

La sorpresa fue mutua, aun siendo Rachel consciente de la situación. April se reincorporó rápidamente sobre la hamaca y retiró rápidamente los cascos de sus orejas, cuestionándola con una mirada llena de confusión.

—Hola —musitó la morena tratando de sonar con dulzura—. Siento, siento molestarte.

—¿Me, me estás hablando a mí? —preguntó April indecisa.

—Claro, no hay nadie más aquí —barrió rápidamente con la mirada la zona de hamacas.

—Ah ¿Y qué… qué sucede? ¿Qué desea?

—Primero, y por favor, te pido que me tutees —respondió un tanto nerviosa—. Y segundo, solo, solo quería disculparme contigo por lo que sucedió ayer. Realmente no estuve bien.

—Oh va… vaya —balbuceó incrédula—. No, no tienes que preocuparte, todo, todo está bien.

—No, no lo está —se sinceró Rachel—. No acostumbro a responder de la forma en la que lo hice contigo, y no te mereces algo así. No soy nadie para tratarte así.

—No, no Rachel —dijo aun con la sorpresa implantada en su cara—. No te preocupes, supongo que no era el momento adecuado y…

—Era el momento perfecto —interrumpió la morena—. Siete de la mañana, nadie en el pasillo, y alguien que por lo que me han contado, me estaba protegiendo. No había mejor momento y yo lo fastidié.

La incredulidad en el rostro de April era cada vez más intensa, y no solo en su cara, sino que también lo hacía en su mente.

Después de lo sucedido la mañana anterior, jamás imaginó que aquella actriz de Broadway a quien admiraba, pudiese acercarse a ella con la intención de disculparse por no aceptar su petición de autógrafo. Evidentemente, supo que Quinn había tenido algo que ver en aquella decisión, o al menos eso intuía.

—Rachel, te juro que no pretendía molestarte. Solo, solo me dejé llevar y bueno…

—Lo sé, April —respondió con amabilidad—. Ahora sé que tus intenciones nunca fueron malas, sino todo lo contrario. Has tratado de protegerme y no sabes cuan agradecida estoy por ello. Nunca, jamás en mi vida me he sentido bien al rechazar un autógrafo o una fotografía, pero, aunque no lo creas, aunque todo parezca tan idílico en mi mundo, es bastante complicado —confesó—. Vivo rodeada de gente continuamente, y eso que no soy una súper estrella —matizó—. Pero no sé, el simple hecho de trabajar en un sitio como Broadway, es muy suculento para aquellos que solo buscan lucrarse, para los que están continuamente buscando la fama o llamar la atención, sin tener un talento que lo consiga por ellos. Y yo siempre he sido bastante confiada de la gente. Ahora, ahora no puedo serlo. Ahora tengo que tratar de cubrir mis espaldas, y bueno, tú has sido una de las perjudicadas.

—No, no es necesario que me expliques nada, te lo aseguro —balbuceó nerviosa, tomando asiento en el costado de aquella hamaca—. Te, te he visto varias veces en Nueva York, y nunca me atreví a acercarme a ti por eso mismo —sonrió con los nervios ocupando sus palabras—. Y te aseguro que no lo habría hecho aquí tampoco, pero bueno… mi chica me dijo que por qué no, y yo me lancé. Lo siento.

—¿Tu chica? —preguntó curiosa— ¿Olivia?

—¿La conoces? —musitó sorprendida.

—Sí. Quinn Fabray me habló de vosotras. Me dijo que erais de confianza, y yo no la creí —se lamentó—. Por eso quería disculparme.

—Pues no, no es necesario. Te aseguro que esto es mucho más de lo que jamás llegué a imaginar. Hablar contigo es… Dios —se mordió el labio presa de los nervios.

—Nadie sabe que estoy aquí —interrumpió de nuevo la morena—. Nadie debe saber que estoy en estas islas. Es por eso por lo que rehusé hacerme la foto contigo. Tenía miedo de que la publicaras en algún lado, o que se yo.

—Lo sé —masculló rápidamente—. Quinn me dijo que necesitabas privacidad absoluta, y que contaba con nosotras. Yo, yo tengo que confesar que te hice una foto el primer día que te vi —dijo avergonzada—, pero en cuanto Quinn nos comentó eso, yo la borré. Te aseguro que mi intención solo era la de tener un bonito recuerdo, nada más. No pretendía publicar esa imagen en ningún lado, te lo aseguro.

—¿La, la borraste? ¿Eliminaste la imagen?

—Sí, así es te lo puedo mostrar, te puedo mostrar mi teléfono y verás que no está.

—No, no —sonrió sorprendida—. No es necesario. Te creo. Pero tampoco era necesario que la borrases.

—Da gracias que lo hice. Yo soy bastante comedida cuando algo me sale mal y no me dejo llevar por el impulso, pero si llego a tener esa imagen en el móvil, te aseguro que ya estaría en Twitter, y no por mí sino por ella —desvió la mirada hacia el acceso del apartamento que ocupaba la pareja.

Rachel la siguió con la mirada, y descubrió a Olivia apoyada en la verja, observándolas con la seriedad reflejada en su rostro, y una actitud desafiante que estremeció a la morena.

—¿Está muy enfadada?

—Muy enfada —repitió April—. Si esa foto llegase a existir aún, te aseguro que ella la habría publicado, aunque supongo que se habría arrepentido por Quinn. Es bastante leal en ese aspecto.

—Veo que le tenéis mucho aprecio a Quinn —masculló regresando la mirada hacia la chica.

—Se ha portado muy bien con nosotras desde que estamos aquí. Aunque no lo creas, nosotras o, bueno, mejor dicho, ella —volvió a mirar a su chica—, también necesita privacidad.

—¿Ah sí? —trató de evitar demostrar que algo sabia acerca de las exigencias de la pareja.

—Ajam. Olivia es escritora, y ahora mismo debería estar en Irlanda. Sin embargo, está aquí, y se está jugando el puesto de trabajo. Porque si se enteran que… bueno yo, yo ni siquiera sé por qué te estoy contando esto —balbuceó siendo consciente de la situación —, me va a matar como se entere que hablo de ella contigo.

—Tranquila —sonrió serena—, después de lo que me has dicho, y por las miradas que me lanza, no pienso hablar nada relacionado con esto.

—Mejor, mejor —tartamudeó nerviosa—. Creo que ya se está conteniendo demasiado para no venir hasta aquí.

—Vaya —volvió a mirar a Olivia algo apenada—. Siento muchísimo provocarle ese rechazo. Aunque dentro de lo que cabe, y después de lo de ayer, supongo que es lógico. Querrá protegerte.

—Exacto. Olivia es muy protectora, igual que Quinn lo es contigo —sonrió con dulzura—. Es genial que tengas amigas así.

—Lo es —balbuceó bajando la mirada, tratando de evitar que el malestar con la rubia no se le notase demasiado—. Eh April —se aclaró la garganta—, me preguntaba si hay algo que pueda hacer para para compensarte por lo de ayer, y relajarla un poco —volvió a mirar a Olivia.

—¿Qué? No, no, tranquila Rachel. Todo está bien, y más aún después de esto —sonrió de nuevo nerviosa—. Jamás imaginé que alguien como tú viniese a mí a pedirme disculpas por lo que sucedió. No tiene importancia.

—Para mí sí la tiene —interrumpió—. Me gustaría no sé, hacer algo para agradecerte todo lo que has hecho por mí, y bueno, además me han comentado que has has cruzado el país varias veces para verme en el teatro.

—Sí —afirmó un tanto ruborizada—. Pero no tienes que compensarme con nada, Rachel. Fui a verte porque me fascina el teatro y bueno, te vi la primera vez por pura casualidad y luego tuve que repetir.

—¿Te gusta el teatro? —se interesó.

—Me encanta. Uno de mis sueños frustrados es ser actriz —dijo mordiéndose el labio.

—¿Sueño frustrado? Eres joven. ¿Qué te impide no intentarlo?

—Bueno, no tengo el talento que se necesita para ser actriz y tengo otro objetivo en mi vida.

—¿Qué objetivo? —volvió a mostrarse curiosa.

—Bueno, aunque puede que llegue a preocuparte un poco —balbuceó—, soy fotógrafa, pero no paparazzi —aclaró rápidamente con algo de temor—. Soy fotógrafa artística, me gusta, me gusta crear con la fotografía. ¿Conoces a Erik Johansson?

—Eh pues no, la verdad es que no sé quién es —respondió un tanto confusa.

—Bueno, es lógico —sonrió divertida—. Erik es un fotógrafo sueco, bueno en realidad no es fotógrafo, es ingeniero informático —aclaró —. Pero Erik es un artista de lo surrealista. Es como el Picasso de la fotografía, bueno quizás no tanto, pero, pero hace cosas impresionantes. Él utiliza las fotos que hace y las retoca con montajes imposibles, hace, hace cosas impresionantes. Y es eso lo que yo quiero hacer, es eso a lo que me quiero dedicar. No sé, hacer exposiciones.

Rachel asentía atónita a la explicación que April le estaba dando acerca de aquel fotógrafo informático que podría ser el Picasso de la fotografía, pero no lo hacía porque le estuviese interesando lo que contaba de aquel tipo, sino por como lo contaba. Por un momento, empezó a verse reflejada en ella.

Como hablaba, como se le iluminaban los ojos al explicarle lo que quería hacer con su vida, y aquella cantidad de palabras que soltaba sin apenas respirar, era una versión de ella misma, pero en otro mundo artístico. Y por supuesto con otro aspecto físico. Porque por mucho que Rachel estuviese segura de su físico, mirar aquella chica lograba crear en ella la misma inseguridad que Quinn conseguía provocarle.

Rubia, ojos azules con un brillo impresionante, una sonrisa terriblemente dulce e hipnotizadora, y un cuerpo de infarto, tanto que tras no poder evitar mirarla con más detenimiento, incluso hubo un momento en el que Rachel creyó que su orientación sexual, estaba viéndose afectada por los últimos acontecimientos de su vida.

—Si algún día tienes oportunidad de ver algo de Erik, entenderás de lo que te hablo —fue lo último que April dijo antes de detenerse y escrutarla con la mirada. Había estado hablando por bastantes minutos y Rachel simplemente se había limitado a escucharla.

—Lo haré —reaccionó a tiempo—. Suena muy interesante.

—Te va a gustar, o al menos sorprender —sonrió.

—Ahora, ahora entiendo por qué te he visto con la cámara en más de una ocasión, y ahora entenderás por qué no me fiaba demasiado de ti —bromeó.

—Tiene su lógica —se contagió de la sonrisa—, pero te aseguro que jamás haría algo que te pudiese perjudicar, al menos no siendo consciente.

—Me tranquiliza que así sea —respondió cómplice—. Oye, ahora es un mal momento porque mira cómo voy vestida —se miró a si misma—, pero tal vez podríamos hacernos esa fotografía después, si aún estás interesada, claro.

—Clar… claro —balbuceó —. Por supuesto que estoy interesada.

—Genial. ¿Qué te parece si os invito a cenar? ¿Crees que aceptará? —miró hacia Olivia, que ya había empezado a desesperarse y volvió a adentrarse en el interior del apartamento.

—¿Cenar? —cuestionó incrédula— ¿Quieres, quieres que cenemos las tres juntas?

—Me encantaría —sonrió—. No tengo nada que hacer esta noche y me han hablado de un restaurante bastante conocido en la isla.

—¡Genial! —espetó con demasiado entusiasmo, tanto que hizo reír a la morena—Quiero decir, que es una buena idea —bajó el volumen—, y no te preocupes, yo convenzo a Olivia. Y si no quiere venir pues que no venga.

—Ah ok, ok —contuvo la carcajada al tiempo que se levantaba de la hamaca. Acababa de ver como Adam ya llegaba a los boxes donde guardaban el material acuático, y no quería hacerle esperar—. Si ella no quiere, nos vamos tu y yo, pero procura convencerla, ¿de acuerdo? Me gustaría disculparme con ella también y, quien sabe, igual consigo caerle un poco mejor.

—Lo haré, quiero decir no te preocupes, Olivia va a aceptar como que me llamo April Caillat —imitó el movimiento de la morena y se levantó, quedando frente a ella.

—Perfecto, April Caillat —sonrió ofreciéndole la mano—. Gracias por aceptar mis disculpas, y nos vemos esta noche a eso de las 9. ¿De acuerdo?

—Claro, a esa hora estaremos listas —sonrió aceptando su mano y aferrándose a ella completamente ilusionada.

—Bien, será mejor que me marche, no quiero hacer esperar a Adam.

—Oh claro, claro —asintió rápidamente—. Que tengas un buen día.

—Lo mismo digo —sonrió serenamente, sabiendo que aquella conversación había sucedido de la mejor de las maneras, y había logrado deshacerse de ese peso de haber ofendido a alguien que no tenía culpa alguna de su desconfianza.

Sin embargo, aquella sensación de bienestar que se había instalado en ella durante aquellos minutos, no logró hacerle olvidar lo que realmente seguía sintiendo por culpa de Quinn, y mucho menos cuando tras recorrer algunos metros hacia los boxes, descubría como la silueta de la rubia salía de una de aquellas casetas.

Sintió que las piernas le temblaban al ver como su mirada se clavó directamente en ella, pero el malestar era lo suficientemente complejo como para dejarse vencer y ceder ante lo que se avecinaba.

Siguió caminando en dirección hacia los boxes, pero Quinn parecía tener otros planes para ella en aquel instante.

Se apresuró en encontrarse con ella antes de que la morena llegase a la caseta donde estaba Adam.

No habló. Rachel contuvo la respiración al ver como se detenía frente a ella y le cortaba el paso. Quiso saber que trataba de proyectar con aquella mirada, pero le resultó imposible.

—¿Qué haces, Rachel? —Quinn fue directa.

—¿Qué hago? —respondió seria—. Voy hacia el box, donde está Adam. ¿Por qué?

—¿Por qué? —sonrió confusa —. Acabo de llegar y Claire me ha dicho que habías cancelado la actividad de hoy conmigo por motivos personales. ¿Qué sucede?

—Nada. Me apetecía hacer surf y creo que Adam es el monitor adecuado para eso. ¿No?

—Sí —se acercó más—. Adam es el monitor de surf, pero… ¿Has, has pedido que yo no esté presente? ¿Que yo no asista a las clases?

—Así es —respondió con firmeza—. Y ahora si me disculpas, no quiero hacerlo esperar —trató de esquivarla y continuar con el trayecto, pero Quinn fue más rápida y la retuvo por el brazo.

—¿Todo esto es por lo de ayer?

—Quinn, suéltame —ignoró la pregunta al tiempo que centraba su mirada en como la mano de la rubia se aferraba con firmeza a su antebrazo.

—¿Qué diablos te pasa? —volvió a cuestionar soltándola— ¿De verdad vas a hacerme esto? ¿Tanto te duele aceptar una crítica?

—En primer lugar, lo que tú me dijiste anoche no era una crítica, era un insulto a nuestra amistad, era un despropósito. Puedo permitir que un desconocido me critique, pero no que tú, precisamente tú, me digas lo que me dijiste. Y, en segundo lugar, si he pedido que no estés presente en las clases es porque sinceramente no me apetece verte hoy.

Si no fuera porque era consciente de que nunca lo había vivido, juraría que en aquel momento Quinn sintió como su corazón se rompía al escucharla decir aquellas palabras. Y la sensación no llegó por lo que significaba aquel no me apetece verte, sino porque era ella quien lo decía. Quinn fue consciente en apenas un segundo de cómo le dolía ser rechazada por Rachel, y de cómo se iba a sentir cuando ya no estuviese allí. Fue consciente del error que estaba cometiendo, o como ni siquiera se había dado cuenta de cuán importante era la morena para ella.

Que había jugado con fuego, estaba claro. De que empezaba a quemarse, solo fue consciente en aquel instante, cuando sus ojos se detenían en los de Rachel, y ésta le esquivaba la mirada con firmeza.

—Lo siento —volvió a hablar ante el mutismo de la rubia—. Adam me espera y no puedo ni quiero hacerle esperar. Ya hablamos —añadió segundos antes de optar por apartarse por completo de Quinn, que ausente seguía observándola.

Quizás era lo mejor. Dejar que ese día pasase y quizás, tal vez así, olvidar un poco la discusión que tanta mella había hecho en la morena. Sin embargo, Quinn, y a pesar de saber que lo mejor era no volver a intentarlo, no pudo evitar hablar por última vez.

—¡Cinco días, Rachel! —exclamó— Solo te quedan cinco días en la isla, y te vas a enfadar por una estúpida discusión.

La morena volvió a detenerse, pero esta vez sin ni siquiera la miró. Tragó saliva tras escucharla y se mantuvo firme en sus intenciones.

Quizás estaba comportándose como una malcriada que no atendía a razones, pero lo cierto era que estaba lo suficientemente dolida como para no ceder, al menos no en ese día.

—Once años —masculló helando a Quinn—. Once años hace que dices conocerme, y no me conocías. ¿Qué te hace pensar que lo vas a lograr en cinco días?

Y por supuesto no hubo respuesta de Quinn. No solo porque no sabía que responderle, sino porque Rachel no la dejó al recuperar el paso y alejarse de ella por completo.

Lo cierto es que no supo por qué, pero Quinn permaneció varios minutos observando sus movimientos, viendo cómo se adentraba en el box y saludaba a Adam, para después verlos salir con sendas tablas de surf, y dirigirse hacia la zona donde esperaban los quads.

Desde allí partirían hasta Anse Banane, justo en el extremo opuesto de la isla, donde las playas permitían la realización de aquella actividad.

No sabía por qué, pero allí estaba. Inmersa en la rabia, en la impotencia que le producía haber sido vencida en aquella discusión. Pero, sobre todo, por ver, por sentir el dolor que Rachel sentía, y que se trasladaba directamente hacia ella. Provocándole una angustia que jamás creyó sentir en una situación como esa, con ella.

Habían sido tantas las discusiones a lo largo de aquellos once años, que era imposible recordarlas. Sin embargo, sí sabía a ciencia cierta que aquella sensación era algo nuevo, que nunca la había sentido en ninguna de las disputas que había mantenido con Rachel.

Solo el sonido de su teléfono móvil iba a sacarla de aquel autismo en el que se vio envuelta mientras observaba a la pareja desaparecer por la playa.

Spencer aparecía en la pantalla del teléfono.

—Dime.

—¿Dime? ¿Qué clase de saludo es ese? —recriminó Spencer.

—No, no tengo ganas de bromas, ni de discutir —aclaró—. Así que procura no molestarme demasiado si no quieres que corte la llamada.

—No vas a cortar la llamada, lo que vas a hacer es venir a recepción. Tenemos una reunión con Rick y varios directivos del hotel.

—¿Tenemos? —balbuceó— ¿No me dijiste que eras tú la que tenías que estar?

—Sí, pero acabo de ver la orden de alejamiento que Rachel te ha puesto —bromeó —, y creo que es una buena oportunidad para que vengas. Deberías estar presente.

—Pero… ¿Es necesario? —musitó desganada—. No me apetece estar metida en una…

—Es tu futuro, Quinn —interrumpió—. Al menos ven, te enteras de lo que sucede y ya luego decides. ¿De acuerdo?

Un suspiro, o quizás un resoplido de resignación fue la respuesta a la invitación de Spencer. Por supuesto, era una afirmación.

—Ok, te quiero aquí, ya —añadió con firmeza—, y por favor, tráete la sonrisa contigo, que no se note que estás falta de sexo —volvió a bromear.

—Spencer —masculló conteniendo una serie de insultos que deseaba con todas sus fuerzas gritarle —, cállate.