Capítulo 21

Coco fesse.

—¡Bebe! ¡bebe! ¡bebe! ¡bebe! ¡Sí! ¡Vamos Rachel, tú puedes! —alentaba April entusiasmada.

—Oh dios, se va a morir —masculló Olivia sin dejar de mirar a la morena.

—¡Vamos Rachel! ¡Toda tuya! —volvió a exclamar April, animando con todas sus fuerzas a Rachel.

Ni uno, ni dos, ni tres, ni cuatro. Cinco. Cinco eran los chupitos de Coco d´Amour que ya habían sido bebidos por Rachel.

El coco de mar, o" fesse", era el ingrediente principal de aquella bebida dulce con un ligero toque a canela, que Rachel bebía como si de agua se tratase, y que contenía más alcohol que el que su sangre podía soportar.

Y es que después de compartir una distendida cena con Olivia y April, que mejor postre que probar aquel licor típico de las islas.

Había sido bastante amena. De hecho, les sorprendió a ambas que tuviesen tantas cosas en común. Ambas, porque eran April y Rachel las que llenaron de anécdotas y divertidas conversaciones la velada en detrimento de Olivia, que se conformó con estar presente como si de un objeto de decoración se tratase.

La terraza del restaurante Goudchelle era el marco perfecto para pasar una noche como aquella, más aún si recibían de regalo aquella botella de licor, mientras debatían cual había sido el mejor musical de la historia, la mejor actriz, o tal vez la mejor escena jamás recreada encima de un escenario.

—Hey… ¿Podéis dejar de beber? Os lo digo en serio —volvió a hablar Olivia—. Ese licor es fuerte y lo vais a pasar mal.

—Cielo —habló April girándose hacia ella—, este licor es afrodisiaco, deberías probarlo —sonrió divertida.

—¿Es una indirecta? ¿Me estás diciendo que necesito eso para…? —replicó un tanto ofendida.

—Mmm no, en absoluto —la interrumpió segundos antes de besarla, ante la curiosa mirada de Rachel—, pero te aseguro que vas a necesitar mucha energía para ser mejor que yo esta noche —le susurró alertando a Olivia.

—Ok. April, contrólate, por favor. Te recuerdo que estamos en un jodido restaurante, y no es el lugar indicado para tus coqueteos… —musitó desviando la mirada a su alrededor.

Evidentemente no lo era, aunque en aquella terraza apenas había unas tres mesas ocupadas, y estaban lo suficientemente lejos como para pasar totalmente desapercibidas. Fue idea de ella. De Rachel, por supuesto. Ella se encargó de reservar la mesa mas alejada y privada, con la intención de evitar sufrir la constante sensación de que estaban observándola. Y por supuesto, ni April ni Olivia pusieron impedimentos en que así fuera.

—Eh chicas, creo que empiezo a sobrar —masculló Rachel tras presenciar un nuevo intento de April por besar a su chica.

—¿Qué? No ni hablar —respondió April volviendo a recuperar su postura frente a ella— Olivia es demasiado estructurada. Tranquila, con ella aquí, es imposible que haga algo que pueda incomodarte.

—Es muy seria —murmuró la morena dando otro pequeño sorbo a su vaso.

—No, no soy seria, lo que soy es sensata —replicó la chica.

—No es seria —repitió April—. Lo que sucede es que le gusta dar esa imagen de inaccesible, pero en el fondo es muy dulce, muy cariñosa y divertida. ¡Ah! Y ahí donde la ves, es toda una leona salvaje en la cama…

—¡April! —la interrumpió rápidamente.

—¿Qué? No he dicho nada que no sea cierto.

—No creo que a Rachel le interese como soy, y mucho menos en la cama —le replicó realmente seria— ¿Puedes dejar de hablar de mí?

—Pero cielo, estamos hablando entre amigas.

—Ni amigas ni nada, no vuelvas a hablar de mí de esa forma —le amenazó.

—¡Cálmate Olivia! —intervino Rachel empezando a notar los efectos de aquel licor — No voy a decir absolutamente nada, pero nada de nada, de lo que aquí se diga.

—Más te vale —le replicó—. Porque te aseguro que es mucho más interesante contar que Rachel Berry está borracha en La Digue.

—¡No estoy borracha!

—Sí, sí que lo estás.

—¿Qué te pasa conmigo? —recriminó la morena— ¿Por qué me odias tanto?

—No te odia —intervino April—, lo que pasa es que se cree que yo, bueno que yo te amo, pero eso es verdad. Eres mi ídolo —añadió—. Y eso no significa que yo vaya a dejarte por ella, mi amor —volvió a mirar a Olivia—. Yo te amo a ti mucho, mucho muchísimo.

—Ok. Ahora estáis las dos borrachas.

—No estoy borracha.

—¡Ni yo! —añadió Rachel—. Solo estoy contenta por haber cenado con vosotras —sonrió sin poder contener una inexplicable risotada que empezó a contagiar a April, y que las mantuvo por algunos minutos desesperando a Olivia.

—¿Sabéis qué? Voy a ir al baño, y nos vamos a marchar ya —dijo levantándose de la silla y dejándolas a solas, envueltas en aquel juego de risas que ni siquiera sabían a qué se debía.

—¿Es así siempre? —masculló la morena dirigiéndose a April tras ver como Olivia ya no podía escucharlas—. Me da miedo que sea tan seria, debe odiarme mucho.

—No, no, no ni hablar —le respondió rápidamente—. Olivia es, es un sol, pero es muy… no sé, estructurada tal vez —habló con algo de dificultad.

—Me mira mal.

—No, de verdad que no —aseguró—. El problema es que es que ella cree que no, que no haces esto porque quieres, sino porque debes.

—No, no, no —la interrumpió alzando más la voz de lo permitido—. Te juro que hago esto porque me apetece —empezó a reír—, y porque eres genial. Ambas lo sois —remarcó—. Y me encanta que sepas tanto de Broadway. Cuando vayas… —se detuvo para vocalizar mejor— Cuando vayas a Nueva York, llámame. Iremos a ver alguna obra juntas.

—¡Genial! —exclamó recuperando las risotadas—¡Oh dios! Creo que Oli tiene razón, creo que estoy borracha.

—No eres la única —murmuró Rachel contagiándose de la risa—. El coco fesse está muy bueno, pero sube demasiado rápido.

—Sí, y si Oli se enfada, a ver qué hago yo con todo este afrodisiaco en mi cuerpo —bromeó provocando una nueva oleada de risotadas en Rachel —. No te rías, es verdad. Voy a dormir con ella y no voy a poder hacer nada, porque cuando se enfada es insoportable… Y dios, de veras, es una leona salvaje —susurró llevándose las manos a la cara—. Voy a estar completamente cachonda, y mi novia me va a ignorar. Es, es un suplicio…

— Oye, no te quejes —replicó Rachel también entre susurros—, que tú al menos tienes compañía. Yo voy a tener que lidiar con todo esto sola —balbuceó segundos antes de que una nueva oleada de risas las colapsara, y las mantuvieran durante varios minutos sin poder articular palabra alguna.

—Tienes, tienes razón —dijo April tras secarse las lágrimas que la risa había provocado en ella—. Te compadezco por la noche que vas a pasar…—añadió cuando las risotadas fueron cediendo poco a poco, y la complicidad entre ambas se hacía latente en sus miradas— Soy una afortunada.

—Lo eres… ¿Qué…qué es lo que te enamoró de ella? —preguntó Rachel tras varios segundos en silencio—. Quiero decir, Olivia es muy guapa, físicamente está bien y se ve una chica sensata, inteligente, pero no, no parece que tengáis muchas cosas en común.

—Es que no tenemos nada en común —respondió con sinceridad —, quizás por eso conectamos tanto.

—Me, me… me gusta veros. Es increíble como a pesar de discutir, os miráis y es como si todo, todo sobrase.

—¿Sabes cómo la conocí? —musitó acercándose a ella tras ver como Rachel negaba ante la pregunta—. En un pub londinense —sonrió recordando aquella noche—. Unas amigas y yo hicimos un viaje por Europa y aquella noche estábamos en Londres. Fuimos a un bar, a beber cerveza y divertirnos y de repente la vi. Estaba sentada en un extremo de la barra, completamente a solas, así muy seria, más aún de lo que suele ser, aunque no era seriedad, sino… No sé cómo explicarlo —masculló—. Era como si estuviese pidiendo ayuda, como si necesitase algo —dijo provocando una pausa en su relato—. Cuando la miré, ella estaba mirándome y de pronto, bajó la mirada y se ruborizó. Me pareció tan, tan dulce, que no pude evitar acercarme y hablarle. Estuvimos horas hablando de Londres, de San Francisco, de cervezas —sonrió—, me habló de historias que quería escribir, de viajes imaginarios a lugares que jamás habrías imaginado, de paraísos llenos de constelaciones y fuegos artificiales… Y lo siguiente que recuerdo es que me había enamorado de ella.

—¿En aquella noche?

—Sí. No sé qué me pasó, pero, pero necesitaba hablar con ella, necesitaba estar junto a ella y ¡dios!, necesitaba besarla. Besarla hasta que mis labios doliesen.

—Y… ¿Cómo sobrellevas la distancia? ¿Cómo lo soportas?

—Yo sé que ese tema es lo que peor lleva ella, —musitó apenada—. Y yo trato de convencerla de que no pasará nada, de que seguiremos estando hasta que las cosas nos salgan bien, y podamos estar juntas en una misma ciudad, o país al menos. Yo, yo soy positiva, siempre pienso en las cosas buenas que me da la vida y evidentemente Olivia es lo mejor de mi vida. No va haber distancia suficiente que me haga dejar de amarla, y lograré que algún día estemos juntas. Me da igual cómo, pero lo haré, y eso es lo que me ayuda a seguir sonriendo.

—Eres, eres una chica muy fuerte.

—No, lo cierto es que no. Lo que hago para tener esa fuerza, es imaginar el futuro —sonrió—. Cuando, cuando me vengo abajo, pienso en cómo será cuando estemos juntas. Pienso en despertar a su lado, en hacerle cosquillas sabiendo que las odia, o ver una película tirada en la cama, junto a ella, comiendo multitud de guarradas —bromeó—. Y abrazarla cuando tenga frio, o meterme en una piscina cuando haga calor y que sea ella quien esté mirándome desde una hamaca. Pienso en esas cosas, y me hacen ver que, realmente, quiero tenerla en mi vida.

Siempre he creído que cuando consigues imaginar tu vida al lado de alguien, es porque ese alguien es el amor de tu vida —sentenció dejando a Rachel sumergida en sus pensamientos, tanto que ni siquiera se percató del regreso de Olivia hasta que ésta estuvo sentada frente a ella.

—Os traigo noticias —dijo completamente ajena a la conversación que ambas habían tenido.

—¿Qué noticias? —interrogó April dibujando una dulce sonrisa en sus labios.

—Me he acercado a la barra para pedirle al camarero que nos trajese la cuenta, y me ha dicho que estamos invitadas. Que alguien ha pagado absolutamente todo.

—¿Qué? ¿Quien? —masculló Rachel volviendo en sí.

—Ni idea, no ha querido decírmelo porque la persona que lo ha pagado así lo ha exigido.

—Vaya —intervino April tras ver como Rachel volvía a sumergirse en un intenso silencio—, somos afortunadas. Deberíamos tomarnos la última a salud del alma caritativa que nos ha invitado —sonrió.

—Por una vez, estoy de acuerdo contigo —respondió Olivia adueñándose de uno de los pequeños vasos donde servían el licor—. Brindemos por los anónimos que nos invitan.

—Y por el amor —murmuró April con dulzura—. Y por Rachel Berry —miro a la morena que en ese instante salía de su autismo y sonreía a ambas.

—Por vosotras… —musitó sintiendo como todo a su alrededor empezaba a girar.

Al igual que lo hacía alrededor de Spencer tras descender del quad que Quinn había estado manejando y que las dejaba en el acceso trasero del hotel.

—Sigo sin entender por qué no has querido saludarlas, y menos aún por qué has pagado su cena. ¿Estáis enfadadas? —se interesó por quinta vez tras haber abandonado el mismo restaurante donde April, Olivia y Rachel, habían estado cenando. El mismo restaurante que ellas elegían cada año para aquella cena tan especial. Solo una pequeña decisión hizo que ninguna se encontrase en aquel local, aunque Quinn si pudo descubrir la velada que se producía entre Rachel y la pareja, tras haber tenido el atino de acudir a los servicios del restaurante.

—No, no estamos enfadadas —mintió Quinn—. Es solo que no me parecía lógico interrumpirlas.

—Estaban cenando ¿Qué hay de malo en acercarse y saludarlas? Se supone que una de ellas es una muy, muy buena amiga tuya —añadió con sarcasmo mientras dirigían sus pasos hacia la playa, por donde se accedía al apartamento que correspondía a Spencer.

—No me gusta interrumpir y menos en una cena —respondió un tanto seria—. Suficiente tienen ya con aguantarme durante todo el día.

—Ya claro.

—Spencer te juro que la noche ha sido buena, y eso que no ha sido un buen día para mí, pero si sigues utilizando ese tono sarcástico, vas a terminar por fastidiarlo todo.

—Mmm, eso significa que te vienes a dormir conmigo —bromeó adelantándose varios metros.

—No, ni hablar —replicó siguiendo sus pasos—. Lo que tienes que hacer es dejar de jugar con Adam, y darle la maldita oportunidad.

—No estoy jugando. Con él es lo mismo que contigo, somos amigos con derecho y lo ha aceptado así.

—¿Cuándo vas a dejar de comportarte así?

—¿Así como? —se giró para mirarla.

—Spencer, asume de una vez por todas que Leo está feliz con Lindsay —recriminó con firmeza—. Van a ser padres, se aman. Deja que viva su vida y haz la tuya. Si sigues así vas a terminar sola.

—¿Cómo tú?

Un golpe bajo.

Quinn sintió aquella respuesta como si le hubiesen sacado el corazón delante de sus narices, y lo hubiesen destrozado en mil pedazos, pero aun así tuvo la voluntad suficiente como para no perder la paciencia.

—Pues sí —se sinceró—, como yo. ¿Quieres pasar el resto de tu vida viviendo de una mentira? Porque vale que el sexo entre amigos es divertido, e incluso te ayuda en alguna ocasión, pero no es lo normal, no es lo más cuerdo. Estás cerrándote a conocer a personas solo porque sigues, después de cuatro años, enganchada a un chico que es feliz con su mujer. Es hora de cambiar, Spencer. Eres hermosa, eres inteligente y mereces vivir el amor de verdad. Abre los ojos de una vez.

—¿Sabes qué? —masculló con orgullo— Creo que es hora de dormir. Que tengas una buena noche, Quinn.

—¿Ya está? —preguntó tras ver como la chica volvía a recuperar el trayecto que la llevaba hacia su hogar— ¿De verdad que te vas así? Se supone que somos amigas, y las amigas se dicen la verdad, aunque duela.

—Quinn —volvió a detenerse antes de adentrarse en la zona que separaba la playa de los apartamentos—, gracias por tu consejo, pero no lo necesito —respondió sin perder ni un ápice de la soberbia y el orgullo que ostentaba—. Arregla tu vida antes de ocuparte de la mía.

—Eres, eres una estúpida —recriminó resignada.

—Feliz cumpleaños —balbuceó segundos antes de abandonarla por completo en la playa.

No le sirvió de mucho aquella felicitación.

Eran las 00:06 am del 16 de Julio. Hacía 28 años exactamente que Quinn había llegado a aquel mundo, y lo celebraba en mitad de aquella playa, completamente a solas mientras las olas llegaban una y otra vez a la orilla, y la oscuridad de la noche solo permitía distinguir algunas luces a ambos lados, con el reflejo de una luna creciente que empezaba a asomarse por el horizonte.

Tan poco le importaba demasiado. Siempre había celebrado su cumpleaños cuando estaba con su familia, con sus amigos, pero no desde que abandonó su país. Llevaba casi cuatro años en los que su única celebración era un profundo suspiro y un feliz cumpleaños Quinn, que ella misma se regalaba estuviese donde estuviese.

Solo Spencer conocía aquella fecha tan especial, y la descubrió por pura casualidad cuando ambas se conocieron en Paris. Desde entonces, cada 15 de Julio ambas salían a cenar y era ella la primera en felicitarla cuando el reloj marcaba las doce de la madrugada.

Pero ya no estaba Spencer, se acababa de marchar y aunque había sido la primera en felicitarla, lo que realmente rondaba por la mente de Quinn era aquella sentencia, aquella replica acerca de solucionar su propia vida antes de atreverse a aconsejar a los demás.

Y tenía tanta razón, que no pudo evitar pensar que el destino estaba enviándole el mejor de los regalos, cuando escuchó algunas risotadas procedentes de su derecha.

La zona de las habitaciones privadas del hotel se mostraba en completo silencio, con algunas luces que se distinguían en los accesos de los apartamentos. Y en mitad de aquel remanso de paz en el que se convertía la playa a aquella hora, tres personas dejando escapar risas y murmullos que apenas se entendían.

Era imposible no reconocer la risa de Rachel, y menos aún no distinguir su silueta acompañada de April y Olivia.

Le llamó poderosamente la atención la diversión con la que accedían a la playa, hasta que un movimiento la alertó.

De las tres, solo dos parecían no pensar en nada y divertirse, mientras una de ellas, Olivia, trataba de controlar la exaltación que las embriagaba.

Era una misión imposible para la chica poder contener a April, y tratar de hacer lo mismo con Rachel, que al parecer tenían como objetivo principal bañarse en la playa, con el peligro que ello conlleva a aquellas horas.

Quinn no tardó en reaccionar y recorrió los metros que la separaban de aquel espectáculo sin perder tiempo alguno.

—¿Qué hacéis? —cuestionó a escasos metros de ellas.

—¡Oh dios, Quinn! —exclamó Olivia tratando de evitar que April se desnudara— ¡Ayúdame!

—¿Qué… qué hacéis? —volvió a cuestionar observando como Rachel apenas podía mantenerse en pie, y ni siquiera se había percatado de su presencia.

—Se quieren meter en el agua —explicó Olivia mientras April tiraba de ella para soltarse de sus manos. Una escena casi cómica. Olivia podía mantenerse firme mirando a Quinn, mientras April luchaba con todas sus fuerzas para moverla—. Están borrachas.

—¡No! ¡No estamos borrachas! ¿Quinn? —balbuceó Rachel tras girarse y descubrir a la rubia junto a Olivia— ¿Me estás persiguiendo? —dijo señalándola con amenaza.

—¿Qué? —interrogó confusa tras ver como realmente, Rachel ni siquiera la había escuchado hablar.

—Ok ¡basta! —exclamó Olivia tirando de April. No supo cómo lo hizo, pero la morena logró alzar a April y la cargó literalmente sobre su hombro mientras esta comenzaba a reír estrepitosamente—. Tú y yo nos vamos a dormir —dijo antes de mirar a Quinn de nuevo—, y tú encárgate de la estrellita.

—Clar… claro —balbuceó ante la habilidad de la chica por zanjar aquella extraña situación. Pero no contaba con la astucia de Rachel, que tras ver como Olivia ya apartaba a April de su lado, corrió hacia la playa en un vago intento por cumplir su misión— ¿Rachel? —balbuceó viéndola correr— ¿¡Rachel!?

Tardó el mismo tiempo en repetir su nombre, que en reaccionar y correr hacia ella para bloquearla antes de que pudiese meter sus pies en la orilla.

—¿Qué haces? ¿Estás loca? —la interrogó sujetándola por la cintura.

—¡Déjame! —se quejó removiéndose inquieta— Me quiero bañar estoy en mi derecho.

—Estás borracha. Así que no, no vas a entrar en el agua. Te lo aseguro —recriminó la rubia tirando de ella y colocándose en frente.

El baile en el que se vieron envueltas, con Rachel tratando de esquivarla y Quinn bloqueándole el paso, terminó frustrando a la morena, que seriamente perjudicada por el alcohol, se resignó y emprendió de nuevo una carrera, pero esta vez hacia el apartamento.

Y Quinn no tardó en imitarla y seguir sus pasos hacia el interior.

—¡No! —exclamó desde el salón principal mientras trataba de encender una de las lámparas— Ni se te ocurra entrar. ¡Vete!

—Rachel, ¿qué diablos te pasa? ¿Aún sigues enfadada? —preguntó bajo el umbral de la puerta.

—¡No, no, no! —volvió a repetir, esta vez dirigiendo sus pasos hacia ella y amenazándola con un dedo—. Te conozco, sé cómo actúas y sé que empezarás a hablarme aprovechando que… que, que estoy un poco bebida —musitó—. Y me convencerás de que eres buena conmigo con tus palabras, y esa bonita sonrisa que gastas, y no, no es así —volvió a alejarse de la rubia, tratando de deshacerse de los zapatos—. Nadie me va a convencer, porque tú me odias, y nunca, nunca me has querido como yo a ti, Quinn Fabray.

—Rachel, deja de decir esas cosas, por favor. No he venido a convencerte de nada —masculló adentrándose y cerrando la puerta tras ella—. Os he visto llegar y no sabía que estaba sucediendo.

—Ok, ok, pues ya está —respondió a punto de perder el equilibrio—, ya está todo bien. Ahora vete.

—No, no me voy a ir, porque ni siquiera puedes mantenerte en pie, y eres capaz de irte a la playa. No lo voy a permitir.

—¡No estoy borracha! —alzó la voz al mirarla de nuevo— ¡Estoy perfectamente! Solo he salido a pasármelo bien y a divertirme un poco, nada, nada más ¿Entiendes? No tienes que, que ayudarme ni quedarte ahí, ahí parada —comenzó a descender el volumen—. Tú, tú no quieres cuidarme —balbuceó—. Tú, tú lo que quieres es… es acostarte conmigo.

—¿Qué? Vamos Rachel, deja de decir tonterías, estás borracha.

—¡No! —exclamó acercándose— Ahora lo entiendo. Por eso has venido, por eso me has perseguido.

—Yo no te he perseguido, Rachel —aclaró—. Estaba con Spencer y os he visto llegar, nada más.

—¿Con Spencer? ¿Te has acostado con ella? —se enfrentó a ella.

—No, claro que no. Rachel, por favor.

—Demuéstramelo —masculló cambiando radicalmente su actitud—, demuéstrame que no te has acostado con ella y que quieres, quieres acostarte conmigo. Dime que me necesitas en la cama. Dime que soy mejor que ella.

—Rachel, por favor —musitó notando como la morena iba acercándose cada vez más a ella, sin dejar de mirarla—. Estás fuera de sí, y no sabes lo que estás diciendo. Deja de comportarte así, y…

—¿Y qué? Vamos, aprovecha que estoy borracha —se aferró al vestido de la rubia —. Hazme el amor, Quinn —balbuceó con una intensidad que electrificó a la rubia.

—Rachel… —susurró tratando de esquivarla, pero le resultaba imposible. Había ido cediendo espacio y pronto se encontró con una de las paredes que le cortaba el paso, y conseguía que la morena pudiese acorralarla— Rachel, por favor

—¿No te gusto? ¿Por qué no quieres acostarte conmigo?

Sonó tan clara y directa, que Quinn creyó por algunos segundos que el alcohol no estaba haciendo nada en ella, que estaba en perfectas condiciones. Pero no lo estaba. El brillo de sus ojos era diferente, la expresión de su rostro se llenaba de impotencia, de rabia. No era consciente de sus actos.

—Vamos —susurró a escasos centímetros de sus labios—, quiero que me hagas lo mismo que el otro día. Quiero que me hagas lo mismo que a Santana y a Spencer. Dejaré que hagas lo que quieras con mi cuer… con mi cuerpo.

—Rachel, apártate por favor —respondió con sutileza, tratando de no sonar ruda.

—Idiota, hipócrita —masculló dejando escapar una lágrima al tiempo que se apartaba de ella, y entre tambaleos comenzaba a desvestirse— ¡Todo fue mentira! ¿Verdad? No te gusto, no sientes nada por… por mí, ni siquiera, ni siquiera para el sexo valgo.

—Rachel, no me voy a acostar contigo estando borracha.

—No te vas a acostar conmigo nunca más —sentenció tras quedarse en ropa interior y acceder a la habitación—. ¡Me da igual que seas espectacular! ¡me da igual que me vuelvas loca, Quinn Fabray! No volverás a tocarme nunca más en tu vida.

Su voz se apagó tras aquella sentencia, o quizás fue Quinn quien dejó de escucharla tras sentir como su cuerpo se zarandeaba al escuchar aquellas palabras.

Tardó varios segundos en reaccionar, y cuando lo hizo no creyó jamás que podía encontrarse lo que se encontró tras asomarse a la habitación de la morena.

La cama deshecha y Rachel sobre ella, boca abajo y ahogando un llanto que apenas podía percibirse por culpa de la almohada que tapaba su boca. Un llanto que solo se intuía por la convulsa respiración que dejaba escapar, y que le era imposible de controlar.

—Rachel… —susurró apenada.

—Déjame Quinn —respondió entre sollozos, hundiendo aún más su rostro contra la almohada.

Pero Quinn no iba a llevar a cabo aquella petición, de hecho, casi por inercia se desprendió de los zapatos y avanzó hacia la cama, donde poco a poco comenzó a deslizarse y a ocupar el lugar contiguo al que utilizaba Rachel.

—Rachel no llores, por favor —suplicó acercándose a ella, tratando de apartar el pelo que cubría su rostro, pero ésta reaccionó rápido y le dio la espalda.

—Quinn déjame —volvió a pedir, esta vez a modo de súplica.

—No, no te voy a dejar —musitó al tiempo que la abrazaba y recibía un nuevo gesto de desaprobación por parte de la morena—. No te voy a dejar, voy a dormir aquí contigo. No quiero dejarte sola —volvió a intentar el abrazo, que esta vez sí pudo llevar a cabo tras la rendición de la morena—. Escúchame —se acercó a su cuello tras entrelazar sus brazos con los de ella y sujetarla con firmeza para que no se resistiese—. Vamos a dormir aquí, juntas, sin pensar en nada, ni en lo malo ni en lo bueno. Solo dormir abrazadas —murmuró con la voz entrecortada—. Quiero, quiero abrazarte Rachel, nada más. Quiero que descanses y te olvides de todo. Yo siempre voy a estar a tu lado, te lo juro —susurró sin poder contener la tentación de rozar con su nariz sobre la nuca de la morena, de respirar el olor de su piel y aferrarse aún más a su cuerpo semidesnudo—. Sé que soy una estúpida, una idiota, pero ahora no estás en condiciones de recibir una disculpa. Mañana será otro día, y haré que nada de esto te siga haciéndote mal. ¿De acuerdo?

Por supuesto, no recibió respuesta alguna de Rachel, que seguía sumida en continuos sollozos, pero cediendo poco a poco y relajándose.

Era imposible no hacerlo con Quinn abrazándola por la espalda y susurrando en su cuello. Ni siquiera escuchaba lo que le decía, solo le bastaba saber que era ella quien estaba allí, cuidándola mientras todo a su alrededor giraba y las lágrimas no le permitían abrir los ojos.

Ni siquiera le importaba el orgullo de haber cedido, ni mucho menos el rencor. Solo le importaba que Quinn estuviera allí, y pensaba quedarse con ella.

Y eso era lo que la rubia pensaba en ese mismo instante.

Verla de ese modo no hizo más que confirmarle lo que nunca había dejado de creer, a pesar de la impotencia por verla actuar como una diva, algo que según pudo comprobar, ya había solucionado con April. Rachel seguía siendo la misma chica fuerte, pero con una vulnerabilidad que rozaba la fragilidad más absoluta.

—Rachel —volvió a susurrar, pero de nuevo el silencio fue su única respuesta. El sueño ya había empezado a ocuparse de ella tras aquel embaucador discurso—. Te quiero, Rachel —dejó escapar con apenas un hilo de su voz, y sintiendo como la respiración pausada de la morena era su única respuesta, logrando tranquilizarla y regalándole la oportunidad de abrazarla con más dulzura en los siguientes minutos. Y probablemente hasta que el sol hiciera acto de presencia, muchas horas después.