Capítulo 22

Día 11

Charles Darwin, el mismo que habría enloquecido si hubiese tenido la oportunidad de disfrutar de las vistas que Rachel tenía en aquel instante del océano Índico, afirmó que la vergüenza se manifestaba mediante rubor facial, confusión mental, vista caída, una postura descolocada y cabeza baja. Y observó que aquellos síntomas eran similares en individuos de diferentes razas y culturas.

Rachel no era la excepción.

Despertar aquella mañana, y ser consciente de lo que había vivido durante la noche, le hizo sentir la mayor vergüenza que jamás había recordado sentir.

Y agradeció el hecho de ver como Quinn se había marchado antes de que ella abriese los ojos, y se descubriese envuelta en un amargo sabor de boca, y el dolor de cabeza que aún, después de dos horas, seguía azotándola.

Ni el té que había tomado en el desayuno, siendo lo único que su estómago permitía por culpa de la resaca, ni la apacible tranquilidad que le ofrecía aquel pequeño remanso de paz en el que se convertía el acceso de su habitación a la playa, eran suficientes para calmar aquel dolor, y menos aún la vergüenza.

No recordaba mucho de la noche anterior, pero sí lo justo y necesario para saber que se había comportado como una completa idiota con Quinn.

Que estuviese enfadada con ella no le valía para tomarse la libertad de jugar, de exigirle algo tan personal como una noche de sexo, y mucho menos para hacerle sentir culpable de un sentimiento que ella tenía, y que estaba claro que Quinn no sentía.

Los celos le jugaron una mala pasada, y el estúpido licor de coco hizo el resto.

Ahora solo quería dejar que el tiempo pasase, que las horas fuesen transcurriendo en aquel día, y que el encuentro con Quinn tardase lo suficiente en producirse, al menos hasta que la vergüenza hubiese menguado un poco.

Pero evidentemente eso no iba a suceder.

A pesar que la rubia no le había dejado nota alguna, como hizo días antes, y tampoco la había despertado para despedirse, sabía que no iba a tardar en buscarla, o al menos lo intuía. Si había algo que recordaba de la noche anterior, fueron las palabras que Quinn atinó a regalarle cuando no pudo contener el llanto. Iba a estar ahí, cuidándola, y por mucho que tratase de esquivarla, aquella isla era demasiado pequeña como para no permitir que aquello sucediera.

Era cuestión de tiempo que Quinn tomase la decisión de buscarla. Sin embargo, no era así como iba a suceder.

Una pequeña interrupción la hizo removerse inquieta en la hamaca que pertenecía a su apartamento. La voz de Olivia traspasó la verja que quedaba frente a ella y Rachel no tuvo más opción que atenderla.

—¿Aún sigues queriendo bañarte en la playa en plena noche? —cuestionó con media sonrisa.

—Mmm, creo que no, no habría sido una buena idea —respondió acercándose a ella—. ¿Cómo está April?

—Durmiendo —dijo resignada—. Es lo que hace cuando bebe demasiado, duerme, duerme y duerme. Espero que cuando despierte siga queriendo ir a las aldeas, y no se quede en la playa todo el día.

—Vaya lo, lo siento Olivia —fue honesta—. Siento el espectáculo que tuviste que soportar anoche, y siento haber arrastrado a April a ello. No acostumbro a beber, y ese licor… dios, ni siquiera puedo mencionarlo sin sentirme mal.

—Bueno, supongo que no todos los días una puede salir a cenar y a divertirse con una de sus ídolos, así que para April ha sido una buena experiencia, seguro.

—Pero para ti no, seguro que no.

—Si para ella lo fue, para mí también —sentenció provocando más desaliento en Rachel—. Así que tengo que agradecerte que tuvieses ese detalle con ella.

—Fui una estúpida el otro día. Yo, yo quiero que sepas que en ningún momento quise humillarla, te lo aseguro.

—Mejor no hablar de eso.

—No, no yo sí quiero explicártelo —añadió tras la interrupción—. Es es imposible contentar a todo el mundo, Olivia. Y en esta profesión tenemos la mala fortuna de no conocer a las personas que nos rodean.

Estaba en esta isla con la tensión de ver que en cualquier momento podían sacarme una foto, y echar a perder algo bastante serio en mi vida profesional. Quinn —tragó saliva al mencionarla—, Quinn me dijo que erais de confianza, pero para mí la confianza no existe si no conozco a la persona. Y aquella mañana, no sé, pero April me sorprendió y tuve un poco de miedo. En ningún momento quise humillarla, solo trataba de protegerme ante alguien a quien no conocía.

—Supongo que tienes razón —masculló Olivia tras la explicación—. Y supongo que yo también me excedí contigo y con Quinn, pero no podía soportar ver su cara de desilusión, sobre todo, por algo que yo misma le había incitado a hacer.

—¿Con Quinn? ¿Qué… qué le dijiste a Quinn? —cuestionó curiosa tras haber oído su nombre.

—Lo pagué con ella. Le solté el discurso de mi vida y ella aguantó estoicamente todo lo que dije de ti. Y lo que es peor, se culpó a sí misma. Te estuvo defendiendo en todo momento.

Más vergüenza.

Rachel sentía como la sensación que minutos antes sentía por lo sucedido con Quinn, aumentaba hasta llegar a doler cuando escuchó en labios de Olivia, que su querida y adoraba amiga la había defendido de lo indefendible, que había tratado de disimular que su actitud de diva sin escrúpulos, no era algo típico en ella.

—Le debo una disculpa —volvió a hablar la chica—, y a ti otra. Anoche me demostraste que realmente no eres así. Dice mucho que decidas salir a cenar a un restaurante en el que seguro, alguien te iba a reconocer, solo por disculparte con April.

—Supongo, supongo que es absurdo que siga escondiéndome —masculló tras recordar cómo se había tomado la molestia en ojear algunas redes sociales para saber cómo iba su romance profesional, y descubrir que los rumores acerca de Jesse seguían circulando por toda la red—. Pero no puedo hacer nada hasta que regrese a Nueva York. Tengo que hacerlo sí o sí.

—Bueno, a pesar de no aceptarlo, te entiendo. Sé que tenéis que hacer y ceder a muchas cosas de las que no estáis precisamente orgullosas. Pero supongo que la fama tiene un precio.

—Lo tiene, y es demasiado alto si no tienes cabeza.

—Pues deberías centrar tu cabeza y evitar que ese precio pueda con tu vida personal —musitó con la intención de abrirle los ojos—. Tienes mucho talento, no necesitas nada más para ser alguien.

Asombrada, y si no fuese por el sonido de varios golpes llamando en la puerta de la habitación, se habría quedado embelesada mirándola.

—Están llamando, deberías abrir —musitó Olivia haciéndola reaccionar.

—Eh sí, sí… —lanzó una fugaz mirada hacia el interior de su apartamento.

—Yo me marcho, tengo un día bastante largo por delante, y mucho que escribir —sonrió desinhibida, rompiendo de nuevo los esquemas de Rachel.

Habían compartido casi tres horas desde que empezó la cena la noche anterior, hasta que acabó justo allí, en la playa, y no la había visto sonreír en ningún momento, ni siquiera cuando April la obligó a que bailase con ella cuando abandonaron el restaurante.

Aquella chica era seria por naturaleza, por mucho que April insistiera que era divertida y bastante bromista. Sin embargo, en aquella extraña mañana después de lo acontecido la noche anterior, Olivia sonreía con naturalidad, le daba consejos, le halagaba y por supuesto, se había acercado a ella con la intención de interesarse por su estado. Algo había cambiado.

—Ok, espero que sea leve el trabajo —masculló tras escuchar de nuevo la llamada en su puerta.

—Gracias —le respondió segundos antes de alejarse—, por cierto, si necesitas algo, April y yo estaremos encantadas de ayudarte. Nos quedan tres días en la isla y queremos aprovecharlos al máximo.

—¿Tres, tres días? —interrogó obligándola a que se detuviese.

—Eh sí, nos marchamos el día 19. Empieza a ser traumático pensar que vamos a dejar de ver todo esto.

—Oh, vaya —balbuceó pensativa.

—Bueno lo dicho, me marcho y será mejor que atiendas a la puerta antes de que se desespere quien quiera que sea.

—Eh sí, sí claro —volvió a reaccionar, aunque no del todo—. Eh Olivia —volvió a llamarla.

—Dime Rachel —se detuvo de nuevo frente a la verja.

—¿Anoche, anoche dije algo que estuviera fuera de lugar? No sé si me entiendes.

—¿Algo fuera de lugar?

—Sí, ya sabes, algo que no fuese normal en alguien que trabaja en mi mundo. Algo que, que pudiese comprometerme.

—Ah claro, entiendo —sonrió con tranquilidad—. No te preocupes Rachel, no recuerdo mucho de lo sucedido anoche.

—¿Cómo? Pero si tú no bebiste.

—Tampoco recuerdo eso —respondió regalándole rápido guiño de ojo—. Nadie recuerda nada de lo que sucedió anoche.

—Oh ok, ok —balbuceó siendo consciente de la complicidad que aquellas palabras le transmitían, y la seguridad de saber que, si había sucedido algo, no iba a salir a la luz.

Rachel se despidió de Olivia con aquella extraña sensación ocupando su mente. Una sensación de olvido, como si hubiera algo que tenía que recordar y no podía, y evidentemente tenía que ver con aquello mismo a lo que hacía mención.

Si había algo que realmente temía cuando se tomaba un par de copas, era precisamente eso; dejar de guardar celosamente su vida privada y hablar más de la cuenta. Sin embargo, en aquella ocasión lo que más temía era haber hablado de ella, de Quinn.

Estaba segura de haberla mencionado en algún momento de la noche, pero no sabía el motivo ni la intención con la que lo había hecho.

Solo Olivia podría recordar algo así, pero tal y como le había dejado entrever, nada iba a salir de sus labios, ni siquiera para confirmarle que sí, que probablemente habría sido una bocazas. Y quizás era la mejor opción. Saber con certeza lo que el alcohol le había llevado a decir, no habría hecho más que aumentar su cota de vergüenza y bochorno frente a Quinn, y eso era lo que menos quería.

Pero aquel día no iba a acabar así, con ese malestar por no recordar y recordar al mismo tiempo lo había hecho la noche anterior.

Ese día le tenía preparada una de las mayores sorpresas que iba a vivir estando en aquella isla, y que también iba a suponer un antes y un después en su extraña relación con Quinn. Además de crearle un nuevo conflicto emocional que se añadía a su interminable lista de lamentos en aquellos días.

Abrir la puerta no fue la solución a ese conflicto. Sin embargo, le ayudó a descubrir algo que, ni por asomo, había pasado por su mente en aquellos días.

Uno de los mozos de equipaje, el mismo que días antes le había acompañado hasta aquella habitación cargando sus pertenencias, esperaba sonriente junto a la entrada.

—Señorita Berry —dijo el chico con aquel acento tan extraño—, disculpe por las molestias, pero le traigo algo.

—¿Algo para mí? —preguntó desviando la mirada hacia las manos del chico, que soportaban una pequeña caja de regalo.

—Esto es para usted —dijo ofreciéndole el extraño paquete.

—¿De quién es? —volvió a preguntar confusa.

—La señorita Quinn Fabray se lo hace llegar —respondió sorprendiéndola al escuchar el nombre—. No le interrumpo más, que tenga un buen día.

—Oh Gra… gracias —dijo regalándole una forzada sonrisa.

El desconcierto era tal que ni siquiera se percató de que el chico esperaba como siempre, poder recibir una propina, y Rachel cerró la puerta olvidándose por completo de él, y del protocolo.

Lo único que le importaba en aquel instante era saber que contenía aquella caja que ya permanecía entre sus manos.

La confusión dio paso a la sorpresa tras abrirla y notar como un suave olor la invadía y una radiante flor de tonos amarillos aparecía en su interior. Bajo ella, una nota.

Estoy segura que después del Coco d´Amour, ni siquiera querrás moverte de la cama, y mucho menos comer.

No hay nada mejor que la Orquídea de Vainilla para recuperar el apetito. Deja que su olor invada tu habitación, te sentirás mucho mejor.

Cuídate.

Quinn.

El aire.

Rachel supo que el aire le faltaba tras leer aquella nota, y sentir como todos los poros de su piel reaccionaban al unísono.

Aquella nota ardía entre sus manos y aquellas dos últimas palabras se repetían constantemente en su cabeza.

"Cuídate, Quinn".

Le había enviado aquella nota, aquella flor que desprendía un perfume que jamás había tenido opción de oler, ni siquiera en las grandes tiendas neoyorkinas, ni siquiera en los perfúmenes más importantes y caros del mundo.

El olor que desprendía la orquídea la llevó a dejarse caer en el sofá, y aspirar profundamente sobre sus pétalos, llevándola a recordar el verdadero motivo que la había llevado a aquella recóndita isla. A disfrutar de cada día, a vivir sin pensar en lo que podría estar sucediendo en Nueva York. La llevó a recordar aquel primer día en el que descubrió a Quinn tras aquella puerta, y aquel primer atardecer junto a ella. A recordar los delfines y las forcipulatidas, las tortugas y sus brillantes miradas. El atardecer sobre Belle Vue y el baño en Anse D´Argent. Aquella flor tenía la capacidad de recordarle que apenas le quedaban cuatro días en aquella isla, y que no estaba disfrutándolo como debía.

—Cuatro días —se repitió a sí misma regresando la mirada hacia la flor— ¿Cuatro días? —se cuestionó sintiendo como de nuevo aquel extraño pensamiento rondaba por su mente, al igual que había sucedido minutos antes cuando Olivia le dijo que a ellas solo le quedaban tres días en aquella isla— ¿Diecinueve… veinte? Oh dios —masculló emprendiendo una cuenta regresiva que la llevaba justo hasta aquel mismo día—¿Dieciséis? ¿Dieciséis de Julio? —musitó tratando de controlar sus nervios y los fuertes latidos de su corazón, que incluso empezaban a dificultarle la respiración —¡Dieciséis de Julio! —exclamó siendo consciente de lo que aquella fecha significaba y como se había olvidado de ella—. Oh dios ¡Quinn! tu cumpleaños —se lamentó dejando la nota y la flor a un lado del sofá, y llevándose las manos hacia la cara— ¡Me he olvidado de tu cumpleaños! Ok, ok no, no —reaccionó rápidamente poniéndose de pie—. Aún es su cumpleaños. Es… es dieciséis por lo que puedo felicitarla y… ¿Cómo? ¿Como la voy a felicitar si ni siquiera me atrevo a mirarla a la cara? —El monologo que Rachel mantenía con ella misma, la llevó a moverse inquieta por la habitación, incluso llegó a salir a la playa, tratando de organizar su mente, de buscar la mejor forma de superar aquel trance de la vergüenza y disfrutar de una vez por todas de su estancia en la isla. Y ese mismo pensamiento fue el que la llevó a regresar al interior y observar la flor. Su olor seguía embriagando, no solo aquella estancia, sino que lo hacía por todo el apartamento y, efectivamente, tal y como indicaba la nota, el apetito empezaba a pujar en su estómago, regalándole la mejor de las ideas que podía contemplar en aquel día. Aunque para lograrla tenía que llenarse de valor y hacer una llamada que consumía todos sus nervios y los agolpaba en su corazón.

Nunca creyó que pudiese estar más nerviosa que cuando tenía que salir a un escenario, pero en aquel momento así lo pudo comprobar.

Sus manos, sus piernas, e incluso notaba como su mandíbula temblaba mientras los tonos en su teléfono se sucedían en una llamada que hizo rápidamente, casi sin pensar.

El altavoz del teléfono le permitía caminar alrededor de él, mientras este permanecía sobre la mesa que había junto al sofá, mostrándole el nombre y el rostro de Quinn en la pantalla.

Pasaron casi 6 de aquellos tonos hasta se dejaba oír y la voz de la rubia.

—¿Rachel? —cuestionó un tanto incrédula.

—Ho… hola Quinn —balbuceó tomando asiento en el sofá, con los nervios a flor de piel.

—Hola Rachel, buenos días.

—Buenos, buenos días, Quinn —respondió tras tomar una gran bocanada de aire.

—¿Cómo estás? No esperaba tu llamada.

—Estoy, estoy bien, un poco cansada y con dolor de cabeza, pero nada que no se solucione con algo de tranquilidad.

—Bien, me alegro que estés mejor —sonó con serenidad—. No quise despertarte esta mañana. Siento no haberte avisado de que me iba.

—No, no te preocupes, Quinn, está todo bien. Y te agradezco que no me hayas despertado. Necesitaba, necesitaba dormir —respondió sintiendo como el calor se ocupaba de sus mejillas.

—Lo supuse —musitó distendida, creando un breve silencio que ella misma rompió ante la indecisión de la morena—. Rachel, te he enviado algo que supongo que estarás a punto de recibir.

—¿La flor? —interrumpió rápidamente.

—Eh sí, la orquídea de Vainilla. Es, es un buen estimulante —hizo una breve pausa —, me refiero a que su olor es como un remedio natural para el malestar.

—Lo, lo empiezo a notar —volvió a interrumpirla—. Ha bastado con olerla para que el apetito vuelva a mí —musitó dibujando una débil sonrisa.

—¿Sí? Me alegro entonces. Esa era la intención.

—Pues funciona, funciona muy bien —respondió segundos antes de que un prolongado silencio se adueñara de la conversación.

Rachel volvía a sentir como los nervios se apoderaban de ella, de su cabeza, de sus manos y sus piernas, de su voz y su estómago.

—Eh Rachel —susurró—, no puedo hablar mucho estoy, estoy a punto de entrar en una reunión y…

—Oh no, no te preocupes —la interrumpió rápidamente—, solo solo te llamaba para agradecerte el detalle y bueno —se aclaró la garganta—, pensaba si… Si era posible que hoy nos viésemos. Necesito, necesito hablar contigo, Quinn.

—¿Hoy? —balbuceó con algo de dudas.

—Sí, hoy cuando salgas de esa reunión.

—Verás Rachel —intervino—, el problema es que estoy en Praslin y bueno, tengo varios asuntos que atender aquí. Asuntos profesionales —aclaró—. Realmente no sé a qué hora voy a volver, pero supongo que no lo haré hasta bien entrada la noche.

—Ah ok, ok no hay problema ¿Podríamos, podríamos vernos cuando llegues? Da igual la hora que sea, Quinn. Yo, yo necesito hablar contigo, por favor.

—Eh, está bien —respondió tras un sonoro suspiro—. Me pasaré por tu apartamento cuando regrese. ¿De acuerdo?

—Perfecto, perfecto —repitió rápidamente a modo de respuesta—, estaré esperándote.

—De acuerdo. Bien, espero que pases un buen día y te relajes.

—Lo haré, gracias, gracias por la flor.

—Cuídate Rachel —respondió a modo de despedida, dejando el suficiente tiempo en espera para que la llamada no fuese cortada sin más, y pudiese provocar alguna reacción extraña en la morena.

—Adiós Quinn —balbuceó segundos antes de sentir como el tono de la llamada la daba por finalizada y el silencio volvía a inundar la perfumada habitación, y a alterar aún más sus nervios.

Nervios que por otra parte eran diferentes al temor y la vergüenza que sentía al principio de aquella llamada.

Quinn estaba serena, tranquila, y se lo había hecho saber con sus respuestas y el tono de su voz. No había rencor, o al menos eso aparentaba, por lo sucedido la noche anterior, y eso era todo un logro y una nueva afirmación que le hacía indicar lo especial que era, y el bien que llegaba a hacerle sin siquiera proponérselo.

No le quedaba otra opción más que aguardar con impaciencia el encuentro que se iba a producir aquel día, y hacerlo tratando de evitar que los nervios le hicieran dar un paso en falso.

Tenía razón cuando le confesó que aquella flor ya hacía efecto en su apetito, y el inconfundible olor de la vainilla la llevó a querer desear algo que tuviese la suficiente dulzura como para alegrar un poco su estado anímico de aquel día. Y fue entonces cuando la mejor de las ideas empezó a cocinarse en su mente. Solo necesitaba la ayuda de alguien que pudiese asesorarla, o tal vez animarla a llevar a cabo aquel plan, y ese alguien no podía ser otra más que ella, una de sus mayores fans. April, April Caillat.