Capítulo 23

Un juego

—¡No, no April, no te acerques, por favor!

—¿Por qué? No hacen nada, al contrario, son súper cariñosas y atentas.

—Ok, pero no las toques, te lo pido por favor.

—¿Te dan miedo?

—Les tengo pavor, de pequeña me mordió una y aún recuerdo el dolor.

—¿Te mordió una tortuga de la Aldraba?

—No, no, era pequeña, de esas que están en los acuarios. Si llega a ser ese animal no habría sobrevivido.

—Ok, te haré caso —sonrió divertida mientras regresaba al sendero que las había llevado hasta La Passe, y que ahora las devolvía al hotel.

Esa fue la única pega que le surgió a Rachel de su improvisada cita con April, aunque no era una cita en sí, sino un acompañamiento mutuo a la aldea.

La tarde del 16 de Julio no pudo presentarse mejor para Rachel, que después de mantener la conversación telefónica con Quinn, y citarse con ella para cuando regresara de Praslin, tomó una de las decisiones más impulsivas de cuántas había tomado en su vida.

Olivia se había encargado de mencionarle el hecho de que April pretendía pasar parte de la tarde en las aldeas, y esa opción era la perfecta para poder preparar lo que ya empezaba a cocinarse en su cabeza.

Y lo cierto es que April ni lo dudó. Olivia tenía suficiente trabajo por delante como para permitirse el lujo de pasar esa tarde lejos de su ordenador portátil, y la compañía de Rachel, después de la cena que habían compartido la noche anterior, era todo un regalo para salir de compras con ella. Porque ese era el verdadero motivo que las había llevado hasta la aldea.

April ya cargaba con algunos souvenirs y cosas típicas de la isla que pensaba llevarse a su hogar, mientras Rachel se limitaba pensar qué podía hacer con la harina de coco, la esencia de vainilla, el chocolate en polvo, la media docena de huevos que llevaba en el interior de una bolsa de papel y aquellas pequeñas vainas de fruta que tan dulces sabían.

Por supuesto sabía lo que debía hacer, pero no estaba segura de lograr que saliese tan bien como había imaginado. La repostería no era lo suyo.

—Cuando las vi por primera vez, Quinn se sentó sobre una de ellas y me dio un poco de miedo, pero después lo hice yo y es genial.

—Ya, ya, también viví esa experiencia con Quinn —masculló recordando la excursión del tercer día—. Pero yo me negué a subirme, y por supuesto no dejé que Quinn lo hiciera. Si esas tortugas atacan en mi presencia, habría supuesto un trauma de por vida, y quiero llevarme un buen recuerdo de esta isla.

—Un buen recuerdo como la picadura del pez león, ¿verdad? —bromeó recuperando el paso junto a ella.

—¿Cómo sabes eso? ¿Te lo ha dicho Quinn?

—No, Quinn no, pero hace unos días estábamos buceando con Adam y vimos uno de esos peces —le respondió sin darle apenas importancia—. Nos dijo que una de las inquilinas acababa de ser atacada por uno de ellos.

—¿Y cómo sabias que era yo?

—Te vi en la playa tomando el sol cuando apenas quedaba —sonrió—, y luego te metiste en el agua con Quinn, y ella… ella te ayudó a salir de allí. Imaginé que eras tú y por lo que veo, no me equivocaba.

No sabía si su sorpresa era debido a la capacidad de intuición, o al ser consciente de cómo aquella chica parecía haberla estado vigilando durante todos aquellos días, pero Rachel no pudo evitar mirarla boquiabierta.

—Vaya, veo, veo que no has perdido detalle —musitó compungida.

—Tranquila —la miró con dulzura—. No te he perseguido, si es lo que imaginas. No soy una acosadora. Es solo que hemos coincidido muchas veces y bueno, me gustaba estar pendiente por si había algún intruso tratando de cazarte. No quería que te molestasen.

—Recuérdame que le comenté a mi representante que te llame, estoy segura de que querrá contratarte como guarda espaldas —bromeó.

—Mmm, yo encantada, aunque dudo que mi fuerza bruta sea suficiente para alejar a los fans.

—No podrás alejarlos, pero te aseguro que no me he sentido más segura en mi vida desde que estoy en esta isla. Primero con Quinn, y ahora contigo.

—Bueno, yo solo soy una fan no loca —aclaró—, además Olivia me ha hablado mucho de tu mundo, de lo complicado que es todo y lo que conlleva ser famosa. Y la verdad es que lo entiendo todo. Desde fuera todo se ver perfecto, casi idílico. Tienes fans, actúas, te aplauden, te invitan, no sé, es como un sueño, pero detrás de todo eso hay una persona que tiene que sacrificar una vida personal, intima. Es imposible, si eres sensata, tratar de evitar que paséis por malos tragos, como un estúpido rumor o un paparazzi que os persigue. Supongo que la vida pública tiene un límite, y no hay que sobrepasarlo.

—No puedo estar más de acuerdo contigo —masculló Rachel completamente metida en sus pensamientos.

April no solo le estaba ofreciendo su confianza con claras muestras de comprensión, sino que le hablaba con total y absoluta franqueza de lo que pensaba acerca de su profesión. Y fue eso lo que la llevó a recordar la breve conversación que había mantenido aquella mañana con Olivia, y su estrepitoso fracaso al intentar averiguar si había hablado más de la cuenta cuando el alcohol manejaba su cuerpo—. April —volvió a hablar con algo de sutileza—, sé que puede resultar extraño, básicamente porque tú estabas casi en las mismas condiciones que yo, pero tengo la sensación de que anoche hice o dije algo que podría comprometerme, o tal vez, sacar a la luz algo que no debería. Y lo que es peor, no lo recuerdo, no recuerdo absolutamente nada de si dije yo no dije. ¿Tú recuerdas algo?

—¿Tuyo?

—Sí, mío. Te pido que, si lo recuerdas, por favor me lo digas. Esta mañana hablé con Olivia acerca de lo mismo, y me comentó que ella tampoco recordaba nada, pero yo sé que lo dijo solo por protegerme.

—Rachel, me encantaría ayudarte, de veras, pero realmente no recuerdo haberte oído hablar de nada comprometido, o que no supiéramos ya. No sé, recuerdo que me comentaste que Funny Girl era tu musical favorito, y que Barbra Streisand tu ejemplo a seguir. Después hablaste de Jesse.

—¿De Jesse? —interrogó preocupada.

—Sí, no sé, dijiste algo así como que ojalá que Jesse estuviese aquí contigo —sonrió—, porque así, nos habrías podido conocer antes, y no te habrías peleado con Quinn.

—¿Dije eso?

—Sí, eso sí lo recuerdo. ¡Ah! y también hablabas de Quinn, de cómo os conocisteis en el instituto y como te trataba —añadió conteniendo la risa—. Era bastante mala contigo.

—Oh dios —se lamentó —, prométeme que no le dirás eso a Quinn. Ella odia que hable de su pasado.

—Tranquila, no está dentro de mis planes comentarle nada, ni lo malo ni lo bueno.

—¿Lo bueno? ¿Dije cosas buenas?

—Sí —desvió la mirada hacia el frente con algo de dudas.

—¿Qué? ¿qué dije? —insistió tras ver el gesto de la chica.

—Dijiste que era lo mejor que te había sucedido en la vida —balbuceó nervios —, y que ojalá que no fueseis amigas, porque así podrías, podrías ya sabes…

—Podría…

—Enamorarte de ella sin sentirte culpable.

El cielo se cayó, o tal vez comenzó a teñirse de negro, al igual que las plantas, los árboles y el camino que las rodeaba. No había luz ante los ojos de Rachel y una oleada de calor la golpeó con tanta fuerza, que creyó desvanecer tras oír aquellas palabras.

No solo por quien lo estaba contando, sino por lo que significaba todo aquello. Una confesión como aquella la lanzaba hacia un precipicio emocional.

Dicen que los niños y los borrachos nunca mienten, porque los primeros viven de la inocencia y no distinguen la maldad que el engaño conlleva, y los segundos porque el alcohol desinhibe por completo a la persona, y la libera de la consciencia. Y ella, la noche anterior, entraba dentro del segundo de los casos; estaba completamente borracha, y eso la exponía ante la verdad absoluta, aunque aún no fuese consciente de que esos eran sus pensamientos más íntimos.

—No tienes por qué preocuparte, Rachel —volvió a hablar April tras el mutismo prolongado de Rachel—. No eres la única que piensa así de alguien como Quinn. Es imposible no sentir que te podrías enamorar de ella sin pensarlo. Es una persona muy muy atractiva, y no solo hablo del físico. Supongo que tú, siendo su amiga, la conocerás mucho mejor, y es lógico que dejes caer algo así.

—¿Crees, crees que estoy enamorada de Quinn? —masculló completamente aturdida.

—¿Qué? No, claro que no —respondió rápidamente—, a menos que tú me digas que sí.

—No, no estoy enamorada de Quinn, es mi amiga —replicó tratando de sonar convincente.

—Ok, no hay drama —trató de excusarse—. Yo estaría enamorada de ella si Olivia no estuviese en mi vida, y estoy segura de que Olivia también lo estaría si yo no estuviese con ella. Supongo que es algo natural, Quinn es bastante especial.

Por supuesto que lo era, pero Rachel no se atrevía a reconocerlo frente a April, después de quedar en evidencia que tenía sentimientos hacia ella más allá de la amistad. Y es que por mucho que trató sonar convincente, era imposible lograrlo cuando el temblor se apoderaba de su voz, y el rubor inundaba sus mejillas.

La reacción lógica y natural a una mención como aquella, habría sido un par de sonrisas y un rotundo sí, haciendo referencia a que podría enamorarse de su mejor amiga por lo especial que era, pero los nervios a crear una confusión, o tal vez a intentar ocultar aquellos sentimientos, la hicieron reaccionar de la forma más evidente y sospechosa. De la única manera en la que una amiga con la conciencia tranquila, no reaccionaría.

—Es dulce, inteligente, muy pero que muy guapa, vaya si es guapa, jamás había visto unos ojos como los de ella —musitó siguiendo con la conversación—, y muy protectora. Además, es toda una aventurera y te puede contar miles de cosas que te dejan boquiabierta. No sé, creo que Quinn se asemeja demasiado a lo que consideramos la mujer perfecta, aunque supongo que tendrá sus defectos, como todo ser humano. Pero incluso esos defectos deben hacerla más perfecta aún. Solo le falta que sepa cantar, y entonces ya no habrá nadie que se le resista.

—Lo hace —balbuceó completamente perdida en las cualidades que April destacaba de Quinn, y que por supuesto le hacían justicia a la rubia.

—¿Sabe cantar?

—Sí, y lo hace muy bien —la miró con media sonrisa dibujando sus labios, y el brillo que solo los buenos recuerdos consiguen provocar en los ojos. Unos recuerdos que se trasladaban a su época adolescente, cuando compartía clases en el Glee Club con Quinn, y podía disfrutar de su voz—. Tiene una voz muy dulce, capaz de hipnotizarte.

—Guau, no tenía ni idea. No me la imagino cantando, parece tan, tan discreta y seria, que…

—Pues ya sabes algo más de Quinn —musitó sonriente—. Si tienes la oportunidad de conectarte a internet, busca la final de las seccionales del concurso de coros de Ohio. Hay, hay una página web con todas las actuaciones y entre ellas, está una en la que Quinn cantó junto a un compañero nuestro. Ellos nos llevaron a la final aquel año, y te aseguro que te sorprenderás con Quinn. Estuvo perfecta —sentención con el orgullo invadiendo sus palabras. Orgullo que por supuesto April pudo percibir.

—Lo haré, la buscaré para deleitarme —sonrió divertida— ¿Tú no has cantado nunca con ella? Porque veros juntas tiene que ser genial.

—No, bueno, sí claro que canté con ella, estábamos en un coro juntas, pero nunca lo hicimos en ninguna competición, al menos no directamente —aclaró—, formábamos un buen equipo todos los chicos.

—Lo echas de menos, ¿verdad? —interrogó rápidamente después de ver como un leve suspiro se escapa de Rachel.

—Sí, lo echo muchísimo de menos —respondió perdiendo la mirada en el paraje que las rodeaba—. Es imposible no echarlo de menos. Fue, probablemente, la mejor época de mi vida. A nivel personal claro.

—¿Y con Quinn? Ella nos comentó que hacía bastante tiempo que no os veíais. ¿Por qué? No se deja de ver a las amigas.

—Lo sé —respondió resignada—, pero fue ella la que se marchó de Nueva York y bueno, nos fuimos separando por nuestras vidas, nuestros trabajos. Pero nunca dejamos de ser amigas.

—Bueno, algo es algo —musitó pensativa— ¿Crees que Quinn volverá algún día a Nueva York?

—Pues, no tengo ni idea —dijo apenada.

—¿Quieres que regrese? —preguntó curiosa, y el silencio volvía a extenderse entre ambas.

Aquella pregunta tenía una respuesta tan directa y certera, que incluso le provocó algo de vértigo reconocerlo.

¿Cómo sería vivir todo lo que estaba viviendo en aquella isla, en Nueva York? Pensó sin evitar humedecer su garganta y centrar sus nervios para que no le perjudicasen a la hora de hablar.

—Si no lo hace ella, no me quedará más remedio que repetir vacaciones en esta isla —confesó—, no estoy dispuesta a volver a estar casi cuatro años sin verla. Me niego a que así suceda.

—Bueno, yo creo que ella va a ir a Nueva York mucho antes de que tú regreses, o al menos a nuestro país.

—¿Qué? —cuestionó justo cuando llegaban al hotel— ¿Por qué dices eso?

—Hace unos días, mientras hacíamos snorkel, Olivia le comentó algo acerca de un museo en Londres o algo así, y ella dijo que estaba interesada en visitarlo, y que probablemente lo haría en el próximo año, cuando hiciera escala en el Reino Unido, para regresar a nuestro país.

—¿Dijo eso? —se sorprendió— ¿Dijo que iba a regresar?

—Dijo que quería ir, no sé si para quedarse o simplemente de viaje, pero sí si lo dijo.

—Vaya, no, no lo sabía —murmuró aún con la sorpresa ocupando parte de sus palabras, y por supuesto su rostro.

Una sorpresa que no se apartó de ella ni siquiera cuando April se despedía tras acceder al hotel junto a ella, y regresar a su apartamento, donde Olivia ya debería estar esperándola.

No se entretuvieron demasiado después de aquella provechosa tarde de compras en las aldeas, y con un tierno abrazo, quedaron en volver cuando la ocasión así lo presentara, no sin antes ofrecerse mutuamente ante cualquier duda, necesidad o imprevisto que les surgieran, al igual que había hecho con Olivia por la mañana.

Rachel no tardó demasiado en regresar también a su apartamento.

Aquellas compras que había realizado ante la confusa presencia de April, tenían un solo motivo que ya esperaba ser llevado a cabo, sobre todo, sabiendo que no tenía una hora concreta para el encuentro con Quinn. Sin embargo, no todo iba a llevar el curso que debía llevar para llegar a tiempo. Y no. No fue un imprevisto con los escasos electrodomésticos con los que contaba en la cocina, ni tampoco con la repulsión que le provocaba tener que partir los huevos y batirlos. El imprevisto le surgió cuando un par de golpes en su puerta la interrumpieron en plena tarea de repostería, y descubría como la culpable de aquello era una seria y casi amenazante Spencer.

Rachel se limpiaba las manos manchadas de harina mientras observaba el rostro perplejo de la recepcionista al encontrarla de aquella forma.

—Ho… hola.

—Buenas tardes, Señorita Berry —musitó mirándola de arriba hacia abajo. Evidentemente, Rachel no se había percatado de que la harina no solo manchaba sus manos, sino que también lo hacía con su pelo y algunas zonas de sus mejillas y frente.

—Hola Spencer —se aclaró la voz—, disculpa que te reciba así.

—Oh no, no se preocupe —se mostró educada—, no quería interrumpirle, pero necesito que me confirme algo —dijo mostrándole una hoja.

—Claro pasa, no te quedes ahí —la invitó a que se adentrara—, y por favor, te pido que dejes de hablarme de usted, realmente se me hace muy incómodo.

—Pero el protocolo…

—No importa el protocolo, Spencer —la interrumpió—, estás dentro de mi apartamento y oficialmente esto es como mi casa, por lo que exijo que me tutees.

—Está bien —respondió resignada—, romperé las reglas por algunos minutos —trató de sonreír confidente, pero le era tan complicado fingir esa actitud, que la sonrisa quedó en una desastrosa imagen.

—Bien. ¿Qué es lo que deseas? —se interesó tras cerrar la puerta.

—Nada, solo necesito que me firmes el documento en el que exiges el cambio de guía para los siguientes días —comenzó a explicar—. Los estatutos del hotel exigen que todos los empleados que se ocupen de las actividades turísticas de los clientes, tienen que estar acreditados, y ya que renunciaste a Quinn, pues necesitamos tener el documento oficial que acredite a Adam como tu nuevo guía. Nada, solo es puro trámite burocrático.

—Espera, espera —la detuvo— ¿Renunciar a Quinn?

—Eh sí. Es eso lo que nos informaste ayer. Claire, la otra chica recepcionista, tenía que informarme a mí antes de pedirte esa firma, pero ya que estaba yo aquí, pues he decidido venir y ser yo quien te lo explique.

—No, no, creo que hay un error —volvía a interrumpir.

—¿Un error? Tú pediste que Adam fuese tu monitor. ¿No es cierto?

—Mi monitor de surf por un día, nada más. Yo no he renunciado a Quinn, jamás en mi vida renunciaría a ella —espetó sin pensar.

—Pero en el informe decía que habías exigido que Quinn no estuviese presente en las clases —replicó—. Eso se entiende como que no quieres que…

—Eso no se entiende como nada —intervino un tanto molesta—. Que yo decidiera que la mañana de ayer quería dar clases de surf con Adam, no significa que no quiera que Quinn siga siendo mi guía. De hecho, exijo que siga siéndolo.

—Ah vaya, entonces supongo que Claire debió entenderlo mal.

—Pues sí, lo entendió mal porque yo no dije eso en ningún momento. Quiero que Quinn siga siendo mi monitora, mi guía.

—Ok, perfecto entonces —respondió volviendo a guardar el documento en una carpeta—. Quinn seguirá estando contigo. Siento la molestia que te he causado y el haberte interrumpido —lanzó una mirada hacia la cocina.

—No te preocupes, está todo bien —replicó con la tensión ocupando sus palabras.

Al principio no sabía el motivo que la llevaba a tener aquella extraña antipatía por Spencer, ahora lo hacía porque sabía que aquella chica era la culpable de que Quinn estuviese en aquella isla. Y aunque ambas se habían distanciado, fue Spencer la que provocó que Quinn desapareciera casi por completo de su vida. Y para colmo, había compartido cama y sexo con ella. Quizás era un detalle insignificante, pero para Rachel aquel pequeño matiz ya tenía una importancia bastante abrumadora por culpa de los extraños celos que había adquirido desde llegó a la isla.

No obstante, lo que peor le hacía sentir de Spencer, no era ese aire de soberbia que solía demostrar, ni saber que fueron sus manos las que habían manejado a su antojo a Quinn, hasta llevarla a aquel recóndito lugar. Lo que realmente le molestaba era que le estaba mintiendo. Que la había mentido con algo que ella consideraba de vital importancia. La felicidad de Quinn.

—Perfecto. Pues entonces será mejor que me marche y deje de molestarte —volvió a forzar la sonrisa—. Que tengas una buena tarde, Rachel —se despidió al tiempo que dirigía sus pasos de nuevo hacia la puerta, pero fue entonces cuando la morena decidió actuar, aun sabiendo que, sobre la mesa de la cocina, algo esperaba impaciente a ser amasado.

—¡Spencer! —la detuvo— Espera, quiero, quiero comentarte algo.

—¿Comentarme algo?

—Sí, solo un par de minutos —respondió con serenidad.

—Ok, dime.

A pesar de mostrar aquella tranquilidad, Rachel se tomó algunos segundos para llenar sus pulmones de aire y enfrentarse a aquella chica con la mayor solemnidad posible, y, sobre todo, firmeza.

—¿Por qué me has mentido acerca de Quinn?

—¿Mentido? —masculló un tanto confusa— ¿Te he mentido?

—Te pregunté hace unos días si Quinn era feliz en la isla, y me dijiste que sí, que lo era. Evidentemente me estabas mintiendo.

—No, yo no te he mentido. Quinn está feliz en la isla. Te recuerdo que nadie la obliga a estar aquí.

—¿Y por qué todo aquel con quien habla, me hace referencia a las enormes ganas que tiene de regresar a los Estados Unidos? ¿Todos mienten?

—A ver… —dio un par de pasos hacia ella—. Que Quinn quiera ir a visitar a su familia, a sus amigos, no sé a tomarse un café en una avenida abarrotada de coches, tal y como ella dice, no significa que no esté feliz en la isla.

—Pues para mí si significa eso. No puedes estar feliz si echas de menos a alguien, a algo, y es evidente que Quinn lo hace.

—Todo el mundo echamos de menos a nuestras familias, Rachel. Tú me preguntaste si Quinn era feliz aquí, y yo te puedo asegurar que lo es. Otra cosa es que eche de menos a su familia. Si ella no estuviese bien aquí, te aseguro que ahora mismo estaría en París, o tal vez en Nueva York, o quizás en Lima, pero no aquí. De eso puedes estar segura.

—Pues lo siento, pero no me convence.

—¿Y por qué no le preguntas a ella? —masculló molesta.

—Ya lo hice, pero Quinn es una persona muy sensata, y sabe que decirme que no está bien aquí, haría que mis días en la isla no fuesen todo lo idílico e inolvidables que ella pretende y quiere que sean. No es imbécil.

—Rachel, te aseguro que Quinn no está mal en la isla. Te recuerdo que es mi amiga, de hecho, es algo más que una simple amiga para mí.

—No hace falta que lo jures —balbuceó de manera casi imperceptible, pero llegando claro y nítido a los oídos de Spencer.

—Pues sí, lo es. Quinn es muy importante para mí, y al igual que tú te preocupas por ella, yo también lo hago. No eres la única persona en su vida —espetó un tanto molesta, sorprendiendo con aquella reacción a Rachel, que se limitó a mirarla fijamente —. Quinn está aquí porque yo la invité a venir, y te aseguro que no hay nadie en este mundo que quiera verla feliz más que yo.

—Pues, pues…

—Pues nada. Hace unos días le han ofrecido algo espectacular en Praslin, y está encantada —confesó aun sabiendo que Quinn no había tomado aún la decisión final—. Se lo está pensando y es probable que acepte. ¿Haría algo así si no estuviese feliz?

—No, no tenía ni idea —masculló tensando la mandíbula. Aquella confesión hizo que algo se quebrase en ella. Aunque no era consciente aún de los motivos por los que sintió aquella pena al saber que Quinn, como era lógico, iba a continuar con su vida en la isla, más allá de su regreso a Nueva York.

—Pues ya lo sabes. Quinn está bien aquí, y en cuanto deje de estarlo, se marchará. Y si no lo hace ella, te aseguro que yo tomaré medidas para que lo haga. Puedes estar tranquila.

—Oh ok —balbuceó sin saber muy bien cómo enfrentarse a aquella defensiva actitud que se había convertido en toda una ofensa.

—Rachel —murmuró un tanto más calmada—. No tengo ni idea de lo que está sucediendo entre vosotras, aunque lo intuyo. No es tan complicado leer a Quinn y nunca la había visto con tanta necesidad de proteger a alguien, de cuidar, hasta que no has llegado tú. Y es evidente que, en estos días, algo ha nacido en ella, pero si de verdad la quieres, si de verdad te preocupas por su felicidad, no hagas que se equivoque, no hagas que se confunda. Tú dentro de cuatro días estarás en Nueva York, en tu mundo, en tu teatro, con tus fans, tus flashes y con tu novio —matizó—. Recuerda que tu llegada, ha sido lo mejor que le podía pasar a Quinn en esta época, que realmente está disfrutando de tu presencia y quiere cuidarte y que os divertías, que sean días inolvidables tal y como has dicho. Pero cuando te vayas, ella se quedará aquí. Y está en tus manos que lo haga con las ganas de seguir adelante después de haber recobrado algo de ilusión, y no quedarse con el corazón roto —sentenció segundos antes de crear un largo y tedioso silencio entre las dos—. No juegues con ella, por favor.

¿Jugar? Pensó Rachel que no se atrevía a refutar aquel sermón, básicamente porque no tenía argumentos con los que debatirle. Pero aquel jugar sonó a sarcasmo, a pura ironía.

Ella jamás se atrevería a jugar con los sentimientos de Quinn, con esos sentimientos que, a tenor de las palabras de Spencer, parecía que habían nacido en la rubia. Y no podía jugar por dos motivos fundamentales; Uno, su personalidad. Rachel Berry aprendió la mayor lección de su vida al engañar a dos de los chicos de su vida, y el resultado fue la peor experiencia y el peor sentimiento que jamás había tenido. Y dos, Rachel Berry no podía jugar con Quinn, porque entonces también estaría jugando con sus sentimientos, con su corazón. E indiscutiblemente, saldría malherida de algo así.

—En fin, creo que será mejor que me marche. Tienes el horno encendido y supongo que esa tarta de cumpleaños no puede esperar demasiado —añadió lanzando de nuevo una mirada hacia la cocina, y tras regresar a la puerta con la intención de volver a su trabajo—. Por cierto, si necesitas velas o algo, solo tienes que avisarme. Sé dónde conseguirlas.

—Oh ok —balbuceó aún con toda aquella confusión golpeando su mente. Y es que a pesar de que Spencer ya se estaba marchando, sus palabras seguían golpeándola una y otra vez, como un eco que se repetía constantemente en el interior de su cabeza y su corazón. Palabras que sonaban a suplica y a reproches, a lamentos y a orgullo, pero, sobre todo, a advertencia, a amenaza.

No juegues con ella, por favor.

Ni siquiera el detalle de saber que le estaba preparando una tarta de cumpleaños, hizo que dejase de pensar en aquella petición, y por supuesto, en lo que cada palabra de esa frase significaba.