Capítulo 24

Feliz Cumpleaños

—Gracias, Spencer. No me habría dado tiempo a llegar a casa y…

—¿De verdad me vas a dar las gracias por ducharte en mi casa? —cuestionó con sarcasmo— Te recuerdo que esa ducha te conoce más a ti que a mí —sonrió traviesa, completamente recostada sobre el sofá.

—No seas impertinente —masculló tras vestirse.

—Quinn, no tienes que darme las gracias por nada —habló algo más seria—. Esta es tu casa.

—Pero no es la hora adecuada. ¡Dios! Rachel debe estar cansada de esperarme.

—Cuanto más espera, más desespera —bromeó.

—¿Qué te pasa hoy? ¿A qué viene ese humor?

—¿Por qué te quejas? —le replicó desviando la mirada hacia la televisión—Si estoy seria, soy una borde. Si estoy divertida también te molesto. ¿Hay algún punto intermedio? Estás demasiado exigente.

—No, no es eso, lo que pasa es que no es normal que tú cambies tan rápidamente de humor. Lo lógico es que pases días enfadada con el mundo, y necesites más aún para recuperar un estado intermedio. Pero bueno, si dices que no te pasa nada, te creeré. No tengo tiempo para entretenerme.

—Eso, eso, tu ve en busca de Rachel —masculló sin mirarla—. Apuesto a que ella tiene cosas más interesantes que contarte.

—Ok basta, no me vas a confundir. ¿Entendido? Llevo todo el día lidiando con tipos con chaqueta que hablan como si fueran robots, y ahora no me apetece pensar en si hablas con segundas intenciones o no —replicó al tiempo que se dirigía hacia la puerta.

El día más largo de su vida, o al menos así lo bautizó cuando regresó a la isla. Y no es que aquel día hubiese tenido más de 24 horas. Lo que realmente lo había hecho largo, era tener que pasar gran parte de él reunida con los dirigentes del hotel, y luego una serie de clases a las que tuvo que asistir obligatoriamente. Un auténtico aburrimiento para alguien que estaba acostumbrada a otro tipo de actividades, más la desesperación que tenía por poder encontrarse con Rachel, tal y como habían acordado durante la llamada.

Quinn no pudo resistir la tentación de cambiarse de ropa y tomar una ducha allí mismo, en el hotel, con la intención de estar lo más presentable posible para una cita, que no era tal, pero que provocaba los mismo o incluso más nervios en ella.

Rachel probablemente ya estuviese dormida. Casi eran las once de la noche cuando estaba a punto de abandonar el apartamento de Spencer, y salir al encuentro con ella.

A pesar de la tardanza, se negaba a cancelar la cita.

—Te dejo. Espero que pases buena noche y que el sarcasmo te deje dormir tranquila.

—Estoy segura de que tú vas a dormir mejor que yo, sin duda.

—Ok. Adiós Spencer —respondió resignada por el sátiro humor que proyectaba siempre su amiga.

—Eh, Quinn —interrumpió su marcha— ¿Aceptarías un consejo de una amiga?

—Depende —respondió desde la puerta— ¿Qué tipo de consejo?

—El mejor que vas a recibir hoy, y solo falta una hora para que acabe el día —sonrió divertida.

—Ok, adelante —aguardó impaciente junto a la puerta.

—¿Cambiarias todo lo que tienes por amor?

La confusión no tardó en instalarse en Quinn tras aquella pregunta. Su desorientación no sorprendió a Spencer, que ya esperaba la réplica de su amiga.

—Eso, eso no es un consejo, es una pregunta.

—Lo sé, pero necesito que me respondas —replicó desde el sofá— ¿Cambiarias tu vida por amor?

—Eh pues —suspiró—, lo hice sin estar segura de saber si era o no amor. ¿Por qué no lo iba a hacer estando segura? —respondió haciendo referencia a la situación que la llevó a aquella isla, y que la hizo decidirse por cambiar su vida y emprender una nueva.

—Ok, supongo que esa respuesta me vale.

—¿Y cuál es el consejo? —cuestionó tras ver como la chica volvía a mirar a la televisión y se acomodaba en el sofá.

—El consejo es que no permitas que el temor te prive de la felicidad —hizo una breve pausa—. Y ahora, podéis iros, mademoiselle Fabray —añadió con un divertido gesto con sus manos, como si de una reina que ordena la retirada de sus doncellas se tratase.

—Ok, estás muy rara. Me temo que la falta de sexo sigue perjudicándote —balbuceó aún aturdida por aquel alud de cariño y preocupación por parte de su amiga. Algo que, aunque era habitual en ella, no solía demostrar.

Y es que Spencer era una de esas personas que eran capaces de crear todo un reino de confort a tu alrededor, y destruirlo con una sola palabra. Alguien capaz de ofrecerte el más honesto y sincero cariño con un abrazo, y hacerte sentir el ser más despreciable del planeta con una simple mirada.

Quizás por eso Quinn la adoraba. Solo había conocido a una persona capaz de todo eso y lograr un hueco en su corazón; Santana. Pero lejos de ella, Spencer era capaz de al menos llenar un poco el vacío que la latina creaba en su corazón.

La idea de un encuentro entre Santana y Spencer, rondó por su cabeza mientras caminaba hacia el apartamento de Rachel, tomando el camino de tablas que transcurría por la playa.

Fue curioso imaginar cómo podrían conocerse dos de sus mejores amigas, y a la vez le ayudó a templar sus nervios por el inminente encuentro con la morena.

Tomó la decisión de acceder por la playa solo para evitar el encuentro fortuito con algunos de sus compañeros del hotel. A pesar de que eran amigas, no era lo habitual, y menos aún después de saber que su puesto de trabajo en Praslin, dependía de su profesionalidad en aquella isla.

Pero aquel ataque de nervios que había estado acusándola conforme se acercaba la hora de su llegada, no se disolvió en el pequeño tramo que separaba ambos apartamentos, y mucho menos cuando ya llegaba hasta la verja que daba acceso al jardín o porche.

Todo estaba a oscuras, excepto una tenue luz que provenía del interior, y que se correspondía con una de las lámparas que adornaban la sala de estar.

Le costó distinguir la silueta de la morena, pero cuando lo hizo, sintió como su cuerpo se paralizaba.

No sabía por qué llevaba aquella incertidumbre, quizás porque a pesar de lo sucedido la noche anterior y la distendida conversación telefónica que mantuvieron, Rachel y ella seguían enfadadas. Al menos en teoría. Y quizás por eso mismo sintió que el pulso en su corazón se detenía. Porque no sabía lo que le esperaba, pero, aun así, quería vivirlo. Quería entrar y ser testigo de cómo Rachel había aguardado casi 12 horas para hablar con ella, y lo hacía sentada en el sofá, con el portátil sobre sus piernas y la serenidad vistiendo su rostro.

Una serenidad que se difuminó en el mismo instante en el que sus nudillos golpearon la madera de la verja, y la descubrió allí, petrificada. Observándola como uno de esos pájaros a los que ya se había acostumbrado a ver en los cocoteros. Con los ojos adaptándose a la oscuridad y el brillo que una luna, ya casi llena, que lograba reflejar se en su pelo rubio.

Rachel no tardó en reaccionar cerrando rápidamente el portátil y dirigiendo sus pasos, dudosos y llenos de nervios, hacia la misma verja, con la intención de abrirla y darle la bienvenida a Quinn. Su Quinn.

Un vestido azulado que se ajustaba perfectamente a su pecho, y una falda repleta de vuelos que le regalaban alegría al caminar, conquistó a Quinn.

Aquello le dejaba claro que era una cita, y que ella simplemente vestía unos pantalones que Spencer había tenido el placer de prestarle, y una sencilla blusa blanca que resaltaba con el delicado bronceado que la rubia había ido adquiriendo en aquel paraíso.

—Ho… hola —saludó nada más llegar a la verja—. Has venido.

—Eh, claro —respondió Quinn sin poder evitar perderse en sus ojos—, te dije que vendría.

—Sí, pero pensé que ya era demasiado tarde —musitó tras abrirle la puerta y quedarse frente a ella, esperando aquel gesto que en todo saludo no podía faltar.

Y Quinn lo supo. Sabía que Rachel quería saludarla de igual modo que se despidieron la última mañana que estuvieron juntas, sin conflictos entre ellas.

—Estás, estás muy guapa —dijo sin poder contenerse, al tiempo que se dirigía hacia su mejilla y le entregaba un delicado y casi fugaz beso.

—La ocasión lo merece —masculló agradecida por el gesto—. Pasa, dentro estaremos mejor.

Simplemente asintió, y no supo el motivo por el que solo atinó a gesticular y no a hablar, como cualquier ser humano habría hecho. Probablemente era el tremendo barullo que se había armado en su cabeza, lo que le estaba complicando la sencilla tarea de hilar palabras hasta formar frases, y así parecer normal.

—¿Ha sido un día duro? —se interesó la morena al notar el mutismo de Quinn mientras accedía al interior del apartamento.

—Lo ha sido —respondió al fin—. O, mejor dicho, ha sido un día aburrido —sonrió débilmente.

—Vaya, supongo que habrías preferido irte a casa.

—No, no lo cierto es que me, me apetecía mucho venir. Supongo que tenemos que hablar —fue directa.

—Así es —respondió Rachel invitándola a que se sentara en el sofá. Y eso fue lo que hizo Quinn, no sin antes sorprenderse por la decisión de la morena de tomar asiento sobre la mesilla, frente a ella—. Tengo, tenemos —rectificó— que aclarar algunos puntos. Aunque antes quiero darte las gracias por la orquídea de vainilla.

—Oh no, no tienes que darme las gracias. ¿Funcionó? ¿Estás mejor?

—Mucho mejor. Es cierto, su olor hace que se despierte el apetito y gracias a eso, he recuperado algo de energía —sonrió avergonzada—. No volveré a beber nunca más.

—Es, es lo que tiene el licor de coco fesse —musitó—. Sobre todo, si os bebéis una botella.

—¿Una botella? ¿Cómo sabes que era una botella?

—Porque la pagué yo —confesó sorprendiendo a Rachel.

—¿Tú? ¿Fuiste tú quien pagó la cena?

—Sí, yo. Estaba en el salón trasero del restaurante, cenando con Spencer y, bueno, fui al servicio y os vi a las tres allí. Quise tener un detalle con Olivia y April, y por supuesto contigo.

—¿Estabas allí y no, no nos hablaste? —interrogó tratando de ignorar el hecho de que había compartido cena con Spencer.

—No creí oportuno hacerlo. Supuse que volvías a ser tú y a mostrarte realmente como eres con April y Olivia. Intervenir habría supuesto romper las sonrisas que os regalabais.

—Oh vaya…

—Rachel —la interrumpió antes de que comenzara uno de sus monólogos—. Yo lo siento, lo siento muchísimo, te juro que nunca tuve la intención de hacerte daño con lo que te dije, pero me daba mucha rabia.

—Quinn, yo no puedo contentar a todo el mundo. Lo que pasó con April me sucede a diario con muchas otras personas, y no puedo hacer nada. No puedo ofrecer mi vida a quienes se acercan, porque no tengo ni idea de las intenciones que lleva.

—Lo sé —volvió a interrumpirla—, y por eso te pido disculpas. Pero aquel día —negó con la cabeza—, aquella noche estaba con una Rachel Berry perfecta, encantadora. Estaba en una nube, Rachel. Y escuchar lo que sucedió y la desilusión que April tenía, fue como un mazazo. Porque tú no eres así, y me negaba a creer que la misma chica que horas antes me había estado abrazando y cantando en la cama, fuese así con una de sus fans. Me daba rabia ver la imagen errónea que se iban a llevar de ti —dejó escapar un sonoro suspiro—. La gente tiene que conocer a esa Rachel Berry que yo conozco. No puedes privarlos de algo tan, tan hermoso. No solo tienes talento, Rachel, también tienes un gran corazón, y es injusto que hablen mal de ti.

—Pero, pero no puedo hacer nada contra eso, Quinn —reaccionó a pesar del apabullamiento de pensamientos que la golpeaban tras aquel discurso de la rubia. Un discurso emotivo, lleno de halagos y de palabras que ella jamás pensó recibir—. Yo, yo siento mucho haber desconfiado de tu palabra. Siento de veras haber rehusado a aceptar a esas dos chicas y desconfiar de ellas. Pero no pude evitarlo, y no puedo hacer nada por cambiar lo que hago o dejo de hacer en una situación como esa. Lo único que puedo hacer es disculparme cuando conozco la verdad, y en el caso de Olivia y April, invitarlas, o al menos hacer el intento de invitarlas a cenar.

Olivia me dijo que tú diste la cara por mí, y yo no podía quedarme de brazos cruzados. Quería que supieran que no soy como algunas veces aparento, y quería que tú no quedases como una mentirosa por defenderme.

—¿Y te arrepientes de haberlas conocido un poco más?

—No, en absoluto. De hecho, es una de las mejores cosas que he hecho desde que llegué a esta isla. No se lo digas a ella —sonrió—, pero tengo algunos planes para Olivia. Creo, creo que sé cómo puedo ayudarla para que esté más cerca de April.

—¿Ves? Esa eres tú. Esa es Rachel Berry, y esa es la persona que yo quería ver y vivir. La que se preocupa y cuida a los demás. La que se divierte sin importarle el qué dirán. La que es consciente que no necesita nada más que su talento, para ser una gran estrella, la mejor.

—Quinn basta —susurró desviando la mirada hacia sus manos—, si sigues halagándome así, yo…

—Estamos aquí para hablar, ¿no es cierto? ¿Qué mejor ocasión para hablar de lo que realmente pensamos?

—Tienes razón.

—Pues por eso te hablo así. Porque es lo que pienso y es lo que quiero que sepas. La razón por la que te grité era esa, pero no para ofenderte. Solo era rabia, impotencia.

—Gracias —balbuceó devolviendo la mirada hacia sus ojos—. Gracias Quinn. Lo cierto es que me abrió los ojos. No me habría acercado a April ni a Olivia si no me hubieses recriminado mi actitud. Y ahora, ahora me siento más segura, más tranquila, y he conocido a dos personas encantadoras —sonrió, y la sonrisa acompañó a un cruce de miradas que las mantuvo en silencio por algunos segundos. Los suficientes para ser conscientes de que no tenían mucho más que decirse respecto a lo sucedido. Que ambas estaban arrepentidas por la actitud que tomaron frente aquel pequeño conflicto, y que por supuesto, las dos deseaban borrar para volver a tenerse la una a la otra, como lo habían hecho desde que se encontraron—. Quinn —volvió a hablar Rachel al tiempo que se levantaba de su improvisado asiento—, tengo algo para ti.

—¿Algo para mí? —masculló un tanto curiosa.

—Eh sí, bueno quería agradecerte de algún modo que me hayas ayudado y cuidado durante todo este tiempo, y que mejor día para hacerlo que hoy.

—¿Qué? No, no Rachel, no tienes que agradecerme nada, estoy contigo porque eres mi amiga. Porque eres, bueno, ya sabes.

—Precisamente por eso —sonrió nerviosa—. Espera un momento, ahora vuelvo —dijo segundos antes de perderse en el interior de la cocina, y dejarla a solas en el sofá.

Quinn no tenía ni idea de lo que tramaba Rachel, pero decidió no dar rienda suelta a su curiosidad y se quedó allí, sentada en el sofá y esperando el regreso de la morena mientras escuchaba el ruido que provocaba en la cocina.

Apenas tuvo que esperar un par de minutos cuando observó de nuevo como Rachel regresaba al salón, y lo hacía con algo que se iluminaba entre sus manos.

—¡Oh dios! ¿Qué es eso? —tartamudeó tras descubrir el extraño pastel que portaba.

—¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, te deseo Quinny! —La voz, la dulce y suave voz de Rachel entonaba a la perfección aquella canción, aunque lo hacía con tanta delicadeza que apenas podía oírse más allá del salón.

—Oh dios, Rachel —balbuceó mordiéndose los labios.

—Cumpleaños feliz —añadió ofreciéndole el pastel.

—Dios Rachel. ¿Qué es esto?

—Es un pastel de cumpleaños —respondió entusiasmada—. No habrás pensado que me olvidé de tu cumpleaños, ¿no?

—Oh dios —susurró sin poder contener la sonrisa de sus labios—. Rachel no era necesario.

—Bueno, lo cierto es que casi lo olvido —confesó—, pero esta mañana recordé los pocos días que me quedaban en la isla, y me di cuenta del día que era. Pero, aun así, Shhh, ni se te ocurra rechazarlo, no tienes ni idea de lo que me ha costado hacerlo.

—¿Hacerlo? —la cuestionó— ¿Lo has hecho tú?

—Claro. ¿Qué pensabas? Es un regalo personal.

—Pero… ¿Cómo lo has hecho?

—April me acompañó a comprar los ingredientes a la aldea —explicó tomando asiento a su lado—, y luego improvisé y salió esto.

—Bueno no es muy bonito —fue honesta con la imagen de aquel extraño bizcocho con forma de tarta—, pero huele bastante bien.

—Se, se quemó un poco —confesó un tanto avergonzada—, pero no fue mi culpa. Vamos, tienes que apagar la vela y pedir un deseo.

Una vela.

Una decisión que acabó por eliminar su orgullo y que la llevó a pedirle ayuda a Spencer, tal y como la chica le había ofrecido horas antes.

Una rápida llamada a recepción fue suficiente para Spencer, que decidió hacer algo que iba mucho más allá de lo que su trabajo exigía.

Rachel jamás pensó que pudiese pasar un par de horas junto a aquella chica, regresando a la isla en uno de los boggie, y comprando aquella simple y sencilla vela en la aldea, además de algún pequeño detalle más que aun guardaba celosamente.

Pero lo cierto es que la breve salida con Spencer, no fue mala en sí. Lejos de seguir guiándose por los celos que tanto la estaban agobiando, decidió darle una oportunidad a aquella chica que había logrado cambiar la vida de Quinn. Y a pesar de ser tan poco tiempo el que compartió con ella, supo que había algo que, inevitablemente, provocaba esa atracción en quien la conociese.

No sabía si era su extraño y sarcástico sentido del humor, o la honestidad y sinceridad con la que solía hablar, pero había algo más allá de su físico, que llamaba la atención.

—Dios, muchas, muchas gracias Rachel. Es un detalle espectacular.

—Tengo, tengo que confesarte que no lo he probado, así que no sé si estará muy bueno. Lleva canela, vainilla chocolate, y coco.

—¿Coco Fesse?

—Ajam

—Rachel, con la vainilla, el chocolate, la canela y el coco, me vas a matar —bromeó.

—¿Por qué? ¿No es buena combinación? Yo, yo no lo he probado porque lleva huevo, y ya sabes que yo…

—No es precisamente una mala combinación lo que me puede matar —interrumpió sonriente—, lo que me matará serán las cualidades de todos eso ingredientes afrodisiacos.

Rubor, rubor y más rubor.

Rachel tuvo que tragar saliva al ser consciente de lo que Quinn decía, y se lamentó por no haberse percatado de aquel pequeño detalle.

Aquel bizcocho estuviese bueno o no, era una bomba afrodisiaca. Y Quinn no había dejado pasar aquel hecho.

—No te preocupes —volvió a hablar tras notar la vergüenza de la morena—, estoy segura de que estará buenísimo, y ya estoy acostumbrada al coco —alargó la broma.

—Ok. Eh, Quinn —murmuró—, ¿puedes cerrar los ojos?

—¿Qué? ¿Para qué?

—No preguntes, solo ciérralos, por favor —respondió—. No solo quiero ofrecerte esa tarta, hay algo más.

—¿Algo más? —interrogó esta vez soportando aún más la curiosidad.

Una curiosidad que empezaba a convertirse en intuición debido a la extrema cercanía que Rachel tenía junto a ella, y sus nervios ocupando cada gesto y cada palabra que dejaba escapar. Quinn estaba convencida de que aquel segundo regalo, no iba a ser otra cosa más que un beso, y aunque no era lo más sensato entre dos amigas, lo deseaba más que nunca.

—Por favor —suplicó Rachel.

—Ok —balbuceó obedeciéndola—. Cierro los ojos y soy toda tuya —musitó tratando de templar sus nervios.

Porque Rachel no era la única que estaba nerviosa. Intuir lo que intuía que iba a suceder en los siguientes segundos, no era algo fácil de digerir a pesar de estar ya esperándolo.

Sin embargo, no fue como esperaba. Todo lo que empezaba a visualizar en su mente, se esfumó en el mismo instante en el que Rachel tomó sus manos, y con suma delicadeza colocó algo sobre la palma de una de ellas.

—Ya puedes abrirlos —susurró mordiéndose los labios, y Quinn no tardó en hacerlo.

—¿Un… una tortuga? —balbuceó tras descubrir una pequeña tortuga de metal de apenas cinco centímetros entre sus manos— ¿Qué es esto?

—El día el día que discutimos, soñé con las tortugas gigantes —comenzó a relatar —, me llenó de curiosidad y recordé lo que me dijiste acerca de soñar con delfines. Decidí buscar el significado de soñar con varias tortugas, y todo eran buenos presagios. Dicen que es síntoma de lealtad, de suerte y grandes proyectos. Además, además de una nueva ilusión, algo por lo que seguir adelante. Hoy, hoy alguien me dijo que estabas pensando en algo nuevo, en un proyecto que te iba a hacer feliz —la miró un tanto apenada tras recordar las palabras de Spencer—, y yo solo deseo que seas feliz, Quinn. Así que regresé a la aldea y compré esa pequeña tortuga, a modo de amuleto —sonrió tímidamente—, para que te acompañe y te ayude a dar esos pasos, a tener esa suerte y a ser feliz, completamente feliz.

—Rachel —susurró abrumada por la dulzura con la que la morena le estaba hablando, y sin perder de vista a la pequeña tortuga.

—Nunca me gustó hacer regalos materiales, aunque eso me haya llevado a ganarme el apelativo de tacaña. Pero no, no es por no gastar dinero, es porque creo que hay personas que necesitan algo más personal, y tú eres una de ellas.

—Rachel es, es hermoso —balbuceó mirándola a los ojos.

—Feliz cumpleaños, Quinn —repitió tras dejar escapar un sonoro suspiro.

—Gracias —añadió Quinn dejando la pequeña tortuga sobre el sofá, y acercándose sin dudas a ella con la firme intención de abrazarla, de agradecer aquel gesto como mejor sabía hacerlo. Y Rachel no lo rechazó.

Se aferró a su cuerpo ofreciéndole un abrazo que ambas necesitaban, y así permanecieron durante algunos segundos. Sintiendo que por fin todo volvía a la normalidad entre ellas, aunque no era una normalidad que ambas esperaban.

Fue un gesto, un breve y rápido gesto el que las llevó a quedar frente a frente, aun con los brazos rodeando sus cuerpos. Y no hubo más.

No hubo ni pensamientos, ni consciencia. Por supuesto tampoco hubo palabras. La inercia las llevó a unirse en un beso tan sutil y delicado, que ninguna de las dos puso impedimentos en que se alargara por algunos segundos. Un beso en los labios que no estaba establecido en ninguna relación de amistad, y que evidentemente significaba otro estado en aquella relación.

Si intenso y dulce fue aquel beso, no menos fue la mirada que lo continuó cuando sus labios se separaron. Una mirada llena de confusión y a la vez de incredulidad por lo sucedido, pero sin nada de arrepentimiento.

—Ok —susurró Quinn siendo la primera en reaccionar—. Creo, creo que aún tenemos algo de lo que hablar.

—Estoy de acuerdo —masculló Rachel con los nervios a flor de piel, sintiendo como todo volvía a escapársele de las manos, pero con la certeza de saber que realmente quería que aquello sucediese.

Tuvo que llenar sus pulmones antes de volver a hablar, solo por evitar que los nervios terminasen quebrando sus palabras. Tenía que sonar firme y con decisión, pero su voz salió un simple e irresistible susurro para Quinn—. ¿Tal vez cuando amanezca?