Capítulo 25
Día 12
Hablar.
Pronunciar palabras para darse a entender. Comunicarse, conversar. Pronunciar un discurso. Dirigir la palabra a una persona.
Ese es el significado del verbo hablar, y ni Quinn ni Rachel parecían conocerlo.
Quizás la confusión, o tal vez el instinto, las llevó a confundir el término adecuado para lo que estaba sucediendo entre ellas, con la tenue luz de la lamparita como testigo, la comodidad del sofá y el embaucador olor de todos aquellos ingredientes que ahora formaban parte del pastel de cumpleaños.
Besar.
Tocar a alguien o algo con los labios juntos, y separarlos haciendo una pequeña aspiración, en señal de saludo, cariño, amistad o reverencia.
Ese era el verdadero concepto de lo que estaban llevando a cabo Rachel y Quinn, con la única excepción de que aquel beso no era una señal de saludo, ni de cariño, ni de amistad y mucho menos de reverencia.
Era una señal de total y absoluto descontrol y deseo. Una señal de necesidad afectiva, y placer, mucho más placer del que podía caber en sus cuerpos. Una señal de un inminente sentimiento que ya había nacido en ellas, y del que, al parecer ni siquiera eran conscientes.
Ni Quinn ni Rachel volvieron a pronunciar palabra alguna tras aquel breve inciso que les hizo creer que deberían hablar sobre lo que les estaba ocurriendo, y que las llevó a besarse cuando simplemente estaban abrazándose a modo de agradecimiento.
Pero las miradas dictaban lo que realmente querían y necesitaban hacer. A pesar de ser conscientes de que tenían que hablar largo y tendido sobre lo que les ocurría, no hubo frase ni palabra alguna. Sus labios volvieron a encontrarse en mitad de aquella tranquilidad que les ofrecía el apartamento de la morena, y el beso se alargó lo suficiente como para llevarlas a acomodarse en el sofá.
Era tan diferente a como se habían besado en otras ocasiones, que las palabras no tenían sentido alguno. Por extraño que pareciese, ninguna de las dos tuvo dudas de qué acariciar, como acariciar y por supuesto, si querían o no esas caricias.
Sus manos, sus brazos, sus cuellos e incluso sus mejillas entraban dentro de las zonas más delicadas y con más caricias recibidas de aquel encuentro. Zonas que no tenían nada que ver con las que una vez desearon descubrir.
En el primero de sus encuentros, el deseo, las ganas de sexo las llevó a saltarse aquellas zonas y centrar toda la atención en las más erógenas, en aquellas que siempre permanecían ocultas a los ojos.
En el segundo de los encuentros algo cambió, pero el matiz de la sexualidad, del deseo, seguía implícito en las caricias que ambas se procesaban, ocupando gran parte de ellas en la necesidad personal de cada una.
En aquel tercer encuentro, aunque aún no se había llevado a cabo como los anteriores, lo primordial era el cariño, el disfrutar de las caricias más sencillas y dulces de cuantas podían regalarse. Disfrutar de un beso largo y plácido, parsimonioso y pausado mientras sus manos cuidaban más que acariciaban de la otra. Mientras sus ojos trataban de grabar la escena en sus retinas, en vez de regalar miradas llenas de puro erotismo y sexualidad explícita.
No. En aquel encuentro no había otra cosa más que cariño y un incipiente amor que las pilló completamente por sorpresa, pero que no las detuvo en ningún instante. No querían hablar, a pesar de ser conscientes de que era lo más sensato.
Y ni siquiera lo hicieron cuando tomaron la decisión de desalojar el sofá, y dirigir sus pasos hacia la habitación.
Lo hacían envueltas en miradas y besos, como si fuesen consciente de que una sola y simple palabra podría destruir aquel momento.
Solo la respiración se dejaba oír entre ambas, y lo hacía, porque conforme avanzaban, se hacía más y más intensa.
Se abrazaban, se besaban, se miraban. Y ninguna de las dos se precipitó.
Fueron las manos de Rachel las primeras en hacerse dueña de los botones de la blusa que vestía Quinn, y lo hacía sin dejar de besarla. Y fueron sus manos las que poco a poco despojaron por completo del resto de la vestimenta a la rubia, para que ésta hiciera exactamente lo mismo con ella.
Su perfecto y delicado vestido azul cayó a sus pies tras una breve y eficaz intervención de Quinn. Y casi sin percibirlo, aun regalándose aquel beso que las mantenía ausente de cualquier pensamiento, se vieron desnudas, abrazadas mientras la oscuridad las invadía, y solo el destello de la luna llena, que las iluminaba en la habitación a través del enorme ventanal.
Era más que suficiente para las dos. Esta vez no necesitaban ver absolutamente nada, solo sentirse, y para sentirse les sobraba y bastaba con la piel.
En la cama no fue menos.
No hubo quejas de Rachel, ni hubo dudas de Quinn. Los únicos sonidos que se escuchaban era la acompasada respiración de ambas cuando sus piernas se entrelazaban, los suspiros que de vez en cuando se escapaban cuando empezaban aquella coreografía de movimientos, o algún que otro pequeño gemido que electrificaba el ambiente, cuando la excitación ya no les daba tregua.
Definitivamente, aquello no era sexo. Aquello era amor, y a pesar de lo implícito que aquella descripción significaba para ambas, ninguna de las dos se detuvo. Ni siquiera el sueño lo pudo hacer.
Aquella noche pasó ante sus ojos, con la misma dulzura con la que la vivieron, y solo la necesidad de tratar de alargarla un poco más, las llevó a permanecer juntas incluso cuando al cielo le quedaba poco para despertar.
La hamaca que horas antes le había servido a Rachel para tomar el sol y despejarse de su resaca, era el lugar perfecto para esperar por aquel nuevo amanecer juntas.
Otro más desde que estaba en la isla, pero no uno más. No era igual que ninguno porque que en ninguno de los anteriores, Quinn había necesitado de su abrazo, ni de su pecho, ni de sus piernas para acomodarse junto a ella. Ni tampoco la había protegido con la sabana que cubría sus cuerpos, y que evitaba que las estrellas que aun brillaban en lo alto, las descubriera completamente desnudas.
Rachel jamás imaginó tener así entre sus brazos a Quinn, y por supuesto, jamás pensó en que eso nunca más podría volver a suceder.
—¿Sabes? Es la primera vez que estoy así con alguien —sus primeras palabras. La primera vez que Rachel hablaba y no eran suspiros, susurros o gemidos.
Aquel silencio roto por las olas del mar, las había mantenido por muchos minutos en completa harmonía, observando como el cielo dejaba de ser oscuro.
—¿Así como? —musitó Quinn sin perder de vista la ristra de nubes que empezaban a vislumbrarse sobre ellas.
Aquel día, por primera vez en más de un mes, el sol iba a despertar tras unos oscuros nubarrones que presagiaban lo peor para las siguientes horas.
—Así, dando cobijo —respondió hundiendo aún más sus brazos alrededor del cuerpo de la rubia—. Normalmente, soy yo quien exige ser abrazada.
—¿Quieres que nos cambiemos de…?
—No, no —evitó que terminase aquella pregunta—, me gusta estar así. Me siento bien al tenerte entre mis brazos —susurró atrayéndola aún más hacia su cuerpo. Algo prácticamente imposible dada la escasez de espacio que existía entre ambas.
La espalda de Quinn se acoplaba perfectamente en el pecho de la morena, y su cabeza tenía el hueco perfecto junto a su cuello. Sin contar con sus piernas, rodeadas por las de Rachel, y sintiendo un sinfín de caricias que le regalaba con los pies, con una delicadeza que rozaba lo idílico.
—¿Eres consciente de que pronto tendremos que marcharnos de aquí? —masculló Quinn—. En cuánto amanezca, la playa se llenará de turistas y no sería recomendable que nos viesen así. Mucho menos a ti.
—¿Por qué?
—No querrás que te saquen una fotografía así, ¿no? ¿Te imaginas lo que supondría?
—Si Jesse puede pasear con su chico, ¿por qué yo no puedo relajarme con mi…? —silencio. Rachel no pudo continuar porque las palabras a punto estuvieron de hacerla enloquecer tras ser consciente de lo que iba a decir.
Y Quinn pudo leer su mente, aun sin ni siquiera mirarla. Era testigo de la confusión de la morena porque ella misma ya lo había pensado, cuando decidieron que aquella noche iba a ser única y especial.
—Tranquila, Rachel —susurró aferrándose a sus manos—. Es lógico que no sepas que somos, porque las amigas no hacen esto.
—Ni sienten esto —musitó sin pensar.
—Exacto. No podemos escudarnos con la palabra amigas. Se nos ha ido de las manos.
—¿Y eso es malo? —cuestionó con dificultad, con temor a recibir la peor de las respuestas. Quinn suspiró, y lo hizo con tanta fuerza que aquella bocanada de aire llegó hasta el pecho de la morena— Es malo. ¿Verdad? —insistió tras el mutismo de la rubia.
—No, yo no considero que sea malo. Aunque me temo que nos va a traer algún que otro quebradero de cabeza.
—Quinn —habló con la voz quebrada—. Yo no sé lo que va a suceder a partir de ahora, pero, pero tengo que confesarte que no me arrepiento de nada —tragó saliva antes de recuperar el discurso—. Estoy feliz de que el destino, o el azar, me haya traído hasta aquí, hasta a ti. Y no tengo ni idea de qué es lo que siento, ni tampoco qué es lo que sientes tú, pero lo que sí sé, de lo que de verdad estoy completamente segura, es que no quiero que esto acabe aquí, y ahora. No quiero volver a discutir contigo y que sean las ganas lo que nos lleve a dormir juntas. Quiero que estos tres días que me quedan aquí, sean a tu lado, Quinn. No, no sería el paraíso si no fuera así.
—No me voy a ir a ningún lado —susurró Quinn.
—Pero Spencer me dijo que tenías algo en Praslin, y que, si yo había renunciado a ti como guía no, no sé. No quiero pasar mis últimos días aquí con otra persona que no seas tú, Quinn.
—Eso no va a suceder —respondió acomodándose a su lado para poder mirarla a los ojos—. Spencer me confirmó que no querías renunciar a mí —sonrió—. Y tú palabra es lo que vale.
—Firmé un documento cuando discutimos.
—Eso no repercute —susurró al tiempo que acariciaba su mejilla—. Y aunque así fuera, yo estaría a tu lado, te lo aseguro.
—¿Y qué es eso de Praslin? —se interesó.
—Veo que al final, te vas a hacer amiga de Spencer —sonrió divertida—. Te está contando demasiadas cosas y no es muy normal.
—Bueno, lo cierto es que yo utilizo mis mejores técnicas para que lo haga —respondió sonriente.
—¿Ah sí? ¿Y qué técnicas son esas?
—Mmm —desvió la mirada hacia el cielo—. Unas bastante complejas y complicadas para llevar a cabo sin resultar demasiado sospechosa —volvió a mirarla completamente sonriente —, básicamente le pregunto si eres feliz.
La sonrisa que había dibujado Quinn tras aquella pequeña broma, comenzó a desaparecer y a transformarse en un gesto de absoluto desconcierto.
—¿Feliz? ¿Le preguntas a Spencer si soy feliz?
—Eh sí —balbuceó siendo consciente de cómo el estado había cambiado en ella—. Pero, pero no lo hago porque no te crea, Quinn. Quiero decir, tú me has dicho que eras feliz, pero te faltaba algo y que así no se puede ser feliz del todo. Y antes de que tú me dijeras eso, yo le pregunté a Spencer solo por curiosidad y bueno, no quería ofenderte ni meterme…
—¿Qué te dijo? —interrumpió la larga y agotadora explicación de Rachel.
—Pues me, me dijo que sí —confesó—, que eras feliz. Que no estarías en esta isla si no lo fueras.
—Ajam —desvió de nuevo la mirada hacia el cielo, relegando el desconcierto hacia Rachel.
—¿Es eso verdad? —cuestionó con sutileza, tratando de no molestarla demasiado con la insistente curiosidad.
—¿Por qué te preocupa tanto que yo sea o deje de ser feliz? No solo le has preguntado a Spencer, ¿verdad?
—Eh no —balbuceó sonrojada—. A Adam también le pregunté, y le habría preguntado a ese chico, ese tal Leo, si lo conociese o tuviese la oportunidad.
—¿Por qué?
—Porque eres especial para mí, Quinn —se sinceró—. ¿Cómo quieres que esté bien sin saber si tú lo estás aquí? Estamos a 14.000 kilómetros de nuestro país. Allí todo es más sencillo. Si te encuentras mal, tienes a Santana, a Britt, tienes a tu familia, a tus amigos de facultad, no sé Quinn. Mi corazón se rompería sí sé que estás tan lejos, y no eres feliz.
—¿Y qué harías si eso fuera así? —volvió a mirarla— ¿Cómo lo evitarías?
—Te metería en mi maleta y te llevaría de vuelta a Nueva York —sonrió con dulzura—. O bien…
—¿O bien qué? —cuestionó tras notar el largo silencio que Rachel permitió tras aquella frase.
—O bien haría lo posible por venir aquí cuantas veces fueran necesarias, y traerte tu mundo, el de nuestro país, hasta aquí.
—¿Harías eso?
—Pídemelo.
—No tienes dinero para tanto. ¿Cómo lo ibas a pagar?
—Me casaré con Jesse, y nos darán tanto dinero por la exclusiva que podría pagar cientos de viajes —sonrió divertida.
—Pero entonces tú no serias feliz
—Lo seré si tú lo eres.
—¿Tanto te importo?
—Más de lo que imaginas —confesó regresando la mirada al cielo—, y más aún después de todo lo que me estás regalando.
—¿Qué te estoy regalando? —insistió sin dejar de mirarla, de observar cómo su rostro se alzaba y perdía su mirada en las nubes que ya cubrían casi todo el firmamento y, el sol empezaba a clarearlas.
—Un sueño, Quinn. Llevo doce días en el paraíso, en el verdadero paraíso. He visto tantos atardeceres, que siendo alguien normal, ya no sabría con cual quedarme. Pero, sin embargo, gracias a ti, recuerdo todos y cada uno de ellos. He visto peces que solo conocía detrás de un cristal y el daño que nos pueden hacer si los molestamos. Pero solo recuerdo lo reconfortable que es que me cuides y te preocupes por mí. He visto delfines, y pájaros que cantan mejor que algunas actrices de Broadway. He visto las estrellas del mar, las del cielo, he conocido a seres que han visto pasar generaciones y generaciones y lo reflejan en sus enormes y brillantes ojos, aunque me den miedo —sonrió—. He visto cocos extraños, y me los he bebido hasta casi perder la conciencia, pero al despertar estabas tú, y el olor de la orquídea de vainilla, no el amargo sabor de la resaca. He sido capaz de hacer un pastel con huevos —bromeó—, y estaba bueno. He conocido a personas de quien debía desconfiar, y, sin embargo, me cuidan gracias a ti. Esto no sería el paraíso sin ti, Quinn —volvió a regresar la mirada hacia ella—. No habría sido lo mismo, te lo aseguro. Y nunca, nunca tendré suficiente para agradecerte que mi vida haya cambiado en este viaje.
—¿Ha cambiado algo en ti?
—Todo —se sinceró—. Te aseguro que nunca más veré un cielo de la misma forma, ni pasaré por alto la calidez que algunos humanos aún guardan. Me has enseñado mucho, Quinn, y quiero seguir viviendo este paraíso en mis últimos días en la isla.
—Esta esta tarde te llevaré a un lugar en el que tendrás que dejar ese antiguo yo, y regenerarte por completo.
—Llévame donde quieras —susurró dibujando una media sonrisa que cautivó a Quinn—. Pero antes me tienes que prometer que vas a dormir algo.
—Dormiré, lo prometo.
—¿Conmigo?
—Mmm no, creo que me es imposible meterme en esa cama contigo, y dormir. Mejor regreso a mi casa, y recupero algo de mi ropa.
—Ok, supongo que es lo más sensato después de un día entero lejos de ella. No quisiera que alguien estuviese ocupando tu hamaca.
—Ésta es más cómoda.
—Mmm, sí —musitó alzando de nuevo la mirada hacia el cielo—, pero me temo que vamos a tener que abandonarla lo antes posible. Esas nubes no tienen muy buena pinta.
—No, no la tienen, de hecho, va a llover en breve. No es época de lluvias, pero suelen aparecer tormentas casuales en estos meses.
—No quiero que llueva.
—Tranquila, te aseguro que por la tarde todo volverá a ser soleado —sonrió cómplice—, y si quieres vivirlo todo en la isla, también tienes que vivir algo así. ¿No crees?
—Cierto, pero procura que no me moje —musitó—, aunque me temo que eso ya es imposible —añadió tras notar como algunas gotas empezaban a caer.
El intento por deshacer el abrazo y abandonar la hamaca, quedó en nada cuando Quinn la obligó a detenerse con su propio cuerpo—. Quinn —susurró tras notar el movimiento de la chica, y como quedaba sobre ella—. Nos vamos a mojar
—¿Nunca, nunca has hecho el amor bajo la lluvia?
—¿Qué? No, no, claro que no ¿Por?
Evidentemente no iba a recibir respuesta alguna, al menos con palabras.
Quinn se perdió en su mirada y no pudo evitar desviarla hacia sus labios.
—¿Tú sí? —balbuceó Rachel sintiendo como su respiración empezaba a aumentar poco a poco.
A los ojos de cualquiera, solo se podía ver a dos chicas abrazadas, cubiertas por una sábana blanca mientras las nubes empezaban a descargar el agua sobre ellas. Pero allí dentro, bajo esas sabanas, lo que había eran dos cuerpos desnudos que se acoplaban a la perfección. Dos pieles que parecían conocerse desde antes de nacer, y que se estremecían con el roce. Dos manos que ya se acariciaban mientras dos ojos, se hablaban sin palabras.
—No, nunca —susurró a escasos centímetros de sus labios, rozándolos con su aliento—. Será, será como nuestra primera vez.
—¿Y si nos ven? —murmuró entrecerrando los ojos.
—Lo haremos muy juntas —musitó adueñándose de su cuerpo, emprendiendo un leve movimiento sobre ella—. Nadie sabrá que hacemos el amor —dijo segundos antes de besarla—, nadie lo sabrá.
Y nadie lo supo.
Ni siquiera la lluvia, que ya ceñía las sabanas sobre sus cuerpos fue testigo de aquel encuentro. Ni las nubes, que a pesar de todo se mostraron cautelosas y permitieron que aquella lluvia fuese complaciente, y cayese sobre ellas con tranquilidad, provocando un embaucador sonido a su alrededor que no hacía más que acompañarlas.
Ni siquiera el sol, que aquella mañana no podía verlas tras las nubes, y se estaba perdiendo un verdadero espectáculo lleno de caricias, de besos y suspiros. De susurros y algún que otro mordisco que contenía la desesperación, los gemidos que, en aquel lugar, debían de ser silenciados a la fuerza.
No había nadie ni nada que fuese testigo de lo que estaba sucediendo entre ellas, al igual que nadie fue testigo de lo que sucedió durante toda aquella noche.
Nunca el sueño había estado tantas horas ausente, y el cansancio tan desaparecido de sus cuerpos. Ni Quinn ni Rachel durmieron aquella noche, y menos aún en aquel amanecer. Había mucho que vivir, y poco tiempo entre sus manos.
