Capítulo 26

Boda

Completamente cierto.

Rachel estuvo parte de la mañana hasta aquel mismo instante, pensando que era imposible que aquella tormenta que se había apoderado de la isla, se marchase con tanta rapidez como para permitirles disfrutar de la tarde. Quinn mantuvo su palabra de que así sería, y abandonó su apartamento cuando el agua seguía cayendo a raudales del cielo.

Eran las 2 de la tarde, y el sol lucía encima de ella, la arena de la playa quemaba y todo aparecía con una calma inaudita, la misma calma que suele llegar detrás de la tormenta.

Los presagios de Quinn se confirmaron, y Rachel no había podido evitar la tentación de sentarse allí, a la orilla de la playa y mirar al infinito, tratando de divisar algún resquicio de las nubes que aquella misma mañana, las habían acompañado y mojado en una irrefrenable y romántica locura.

Aun sentía los escalofríos al recordar cómo había hecho el amor con Quinn bajo la lluvia. Como sus cuerpos reaccionaron de la mejor de las maneras, y lejos de ausentarse por inercia, y escapar de la tormenta, la disfrutaron como nunca antes había imaginado.

Otra nueva lección de vida para ella. Nunca más vería la lluvia de la misma forma. Al igual que nunca más vería el mar como lo estaba viendo en aquel instante, ni la playa, ni el cielo, ni aquel olor tan característico que desprendía la selva que quedaba tras ella, ni el sonido de las olas. Todo a su alrededor tenía un color diferente, mucho más vivo e intenso.

Rachel empezó a ser consciente de lo poco que le quedaba en aquel lugar, y ya había empezado a echarlo de menos. Pensamiento que la llevó directamente hasta Quinn, como todo lo que la rodeaba desde que llegó a aquella isla y la encontró allí.

Si ella, en apenas 12 días de estancia en aquel lugar, se sentía así. ¿Cómo no iba a sentirse Quinn con la leve idea de marcharse de allí?

Echaría de menos su familia, sus amigos y la ciudad, por supuesto, pero el dolor de no volver a ver aquello a diario, era un paso duro de sobrellevar. Sobre todo, si a pesar de todo, eras feliz allí.

Ella moriría si supiese que tendría que abandonar su apartamento en Irving Place, y saber que ya no volvería a salir a correr por las mañanas por las calles de East Village, ni perderse por Manhattan como una neoyorkina más. Ni a disfrutar de un café en Everyman Espresso, o firmar autógrafos en pleno Broadway, con todas aquellas marquesinas relucientes de los teatros y su rostro caracterizado como Elphaba, en los cientos de carteles que vestían las paredes de su mayor éxito como actriz.

Rachel supo que aquella isla era igual de importante para Quinn, como Nueva York lo era para ella. Y tenía que vivirlo y disfrutarlo para marcharse de allí entre sonrisas, y no entre lágrimas.

Otra cosa que ya no volvería a ver, era la forzada y casi desafiante sonrisa de Spencer cada mañana tras el mostrador de recepción, aunque en aquel instante lo hacía a escasos metros de ella, mientras dirigía sus pasos hacia el mismo lugar en el que se encontrada, fundida en un traje de neopreno como el que ella ya vestía.

—¿Interrumpo? —cuestionó la chica al llegar junto a ella.

—Eh no, claro que no —respondió la morena con algo de desconcierto, pero tranquila y serena.

—¿Funcionó la vela para la tarta? —la interrogó al tiempo que tomaba asiento junto a ella y lanzaba la mirada al frente.

—Eh sí, funcionó —sonrió imitando su gesto—. Gracias por acompañarme.

—Ya lo me lo agradeciste ayer —musitó—, es suficiente. Me alegro que todo saliese bien.

—Bueno no importa que mis artes culinarias sean pésimas, lo que importa es el detalle, y a Quinn le gustó —aclaró—. Es demasiado educada como para rechazar algo así.

—¿Y la tortuga? —cuestionó de nuevo.

—¿La tortuga? —balbuceó recordando como Spencer había sido testigo de la compra del pequeño regalo, pero sin saber el motivo del mismo.

—Supuse que era un regalo para ella —habló de nuevo sin dejar de mirar el horizonte—, un muy buen regalo.

—Le gustó —respondió brevemente, evitando ser ruda por la curiosidad que parecía sentir.

—Me alegro —la miró—. Quinn ya empezaba a necesitar detalles como ese, y quien mejor que tú para hacerlos.

—Para, para eso están las amigas —respondió sintiendo como la saliva quemaba en su garganta, o tal vez era el pronunciar aquella palabra.

Quinn no era su amiga, se negaba a que lo fuera después de haber vivido y sentido todo lo que vivieron y sintieron juntas. Daba igual que no hubiese nombre o adjetivo que describiera su relación, pero de lo que estaba segura era de no querer llamarla amiga nunca más. Era algo mucho más especial, sin dudas.

—Exacto, para eso están las amigas —masculló dibujando una sarcástica sonrisa que descentró a la morena.

Si había algo que realmente le molestaba, era tener esa sensación continua de creer que alguien se estaba riendo o se burlaba de ella, y Spencer tenía ese don plasmado en su rostro constantemente.

—Veo, veo que no solo te obligan a llevar esa falda y esa blusa tan típica —musitó con algo de malicia, haciendo referencia al traje de neopreno que vestía Spencer.

Y la chica notó el aire de resentimiento que Rachel dejó escapar en aquel comentario. Evidentemente, la morena no tenía malicia alguna, ni era experta en criticar y humillar a las personas. Por lo que su vago intento por ridiculizarla, quedó en una simple anécdota.

—No, no me obligan —respondió Spencer aún con la media sonrisa en sus labios —. Como verás, te estoy tuteando —la miró—, y eso solo significa que no estoy en mi horario de trabajo, por lo que puedo vestir como me parezca.

—Ah claro, lógica aplastante —masculló sin mirarla—¿Y sueles ir vestida así a menudo?

—No, solo cuando Quinn me invita a pasar con vosotras la tarde, y tenemos que subirnos en motos de agua.

—¿Quinn? —musitó mirándola rápidamente— ¿Quinn te ha invitado?

—Eh bueno, lo cierto es que ha sido Adam —respondió con intención—, pero Quinn estaba de acuerdo. Creo que la actividad de esta tarde va a ser en grupo.

—¿En grupo? —repitió con apenas un hilo de voz— Pues que bien. Que divertido —balbuceó de manera casi imperceptible, aunque Spencer lo escuchó perfectamente.

Guardó varios segundos de silencio mientras organizaba su mente y volvía a dibujar aquella sonrisa que tanto sacaba de quicio a Rachel.

—Rachel —musitó llamando su atención—, entiendo que apenas nos conocemos, y que tampoco hemos tenido tiempo físico de hacerlo, pero no creo que sea necesario que te sientas así respecto a mí. No tengo nada en contra tuya, ni nunca lo tendré. Puedes estar tranquila.

—No te entiendo. No estoy preocupada por nada, y no me siento de ninguna manera contigo.

—Vamos Rachel —la miró—, no es necesario que trates de disimularlo. Los celos, al fin y al cabo, son algo natural del ser humano. Es imposible evitarlos cuando…

—¿Qué? ¿qué? —la interrumpió rápidamente— ¿Celos?

—Ajam…

—¿Celos yo? ¿De ti? —replicó contrariada, dibujando una sonrisa de incredulidad — ¿Por qué iba a estar yo celosa de ti?

—Ambas lo sabemos.

—No, ninguna lo sabemos, porque yo no tengo celos de ti —recriminó— ¿Te tengo que recordar quién soy? Tal vez no consideres que mi carrera sea como la de Barbra Streisand, pero te aseguro que vivo muy, pero que muy bien trabajando en lo que me gusta, y que por supuesto hago a la perfección. ¿Por qué iba a tener celos de ti? ¿Quién eres tú para decirme algo así?

—No te equivoques, no hablo de lo que soy o dejo de ser, sino de lo que he tenido mucho antes que tú.

—¿De qué estás hablando? —interrogó molesta.

—De Quinn —respondió descentrando por completo a Rachel—. Yo he tenido a Quinn mucho antes que tú, y es eso lo que te está sacando de quicio y hace que me sientas como una enemiga. Darías lo que fuera por borrar eso de tu mente, de no saber que Quinn estuvo en mi cama mucho antes y muchas más veces que en la tuya.

—¿De qué diablos hablas? —le recriminó ofendida— ¿Cómo puedes hablar así?

—Es la verdad, no lo niegues.

—Estúpida egocéntrica —espetó enfurecida al tiempo que se levantaba de su improvisado asiento en la arena—. Ni se te ocurra hablar de Quinn en ese tono, porque antes tienes que lavarte la boca. Eres, eres una maleducada, una prepotente y una completa estúpida. Si no soportas que Quinn sea mi amiga y me preste atención, será mejor que te alejes de ella, porque te aseguro que yo no lo voy hacer.

—Hey, hey, calma —se levantó también—, yo no te he insultado.

—Estás ofendiéndome y estás ofendiendo a Quinn. ¿Celos porque te has acostado con ella? ¿Qué clase de persona eres para venir a instigarme con esas cosas? ¿No entiendes el concepto de privacidad? porque apuesto a que a Quinn no le debe de hacer mucha gracia que hables así de ella.

—Rachel, Rachel —la interrumpió tratando de calmarla —, no me has entendido.

—Sí, si claro que te he entendido. Has venido aquí a alardear de que te has acostado con Quinn, mi Quinn —matizó—, y a recriminarme por unos celos que, según tú, existen en mí.

—¿Y por qué lo hago?

—Porque eres una enferma que no puede soportar que Quinn es mi mejor amiga, y me prefiere a mi antes que a ti.

—No —volvió a interrumpirla enfrentándose a ella—, si te lo estoy diciendo es para dejarte claro que no tienes motivos por los que odiarme. Sé que te molesta saber que entre Quinn y yo existió algo.

—Tú lo has dicho, existió, pasado, ya fue… Ahora está cerca de mí.

—Exacto —masculló repentinamente, provocando la sorpresa en Rachel—. Quinn ahora está contigo, te ha elegido a ti y esa es la razón por la que debes dejar de tenerme ese resentimiento que tienes hacia a mí.

En ningún momento he venido a alardear de lo que hice o no hice con Quinn. Solo quería que supieses que esos celos, que ambas sabemos que existen entre tú y yo, son absurdos. Tú has conseguido de Quinn en doce días, algo que yo no he logrado en casi tres años. No hay motivos para que desconfíes de mí, Rachel. No hay motivos para que me trates bien por pura educación, aun cuando estoy segura de que quieres patearme el trasero y lanzarme a Madagascar.

Si no te caigo bien, lo respeto y lo acepto. Es algo común en mi vida y poco puedo hacer por cambiar mi personalidad, pero si ese malestar es por esos celos, te pido que lo olvides por completo. Que los ignores de tu vida. Debería ser yo quien tiene que sentir celos por lo que tú has conseguido, y no al contrario.

Silencio abrumador por parte de la morena, que era incapaz de desviar la mirada de los dos desafiantes y enigmáticos ojos de Spencer.

Su manera de expresarse, más las palabras que decía, la habían noqueado por completo.

No tenía idea de si Quinn le había hablado de todo lo que vivieron juntas, pero era evidente que aquella chica no había dejado pasar ningún detalle de lo que había estado ocurriendo entre ella y Quinn. Y lo peor es que la había dejado sin palabras.

—Adoro a Quinn —volvió a hablar—, y por ello quiero lo mejor para ella, como ya te dije. Nunca la había visto así, nunca la he visto cuidar de alguien como te cuida a ti, ni mirar a alguien como te mira a ti. Ojalá entre nosotras hubiese existido algo más que pura atracción, Rachel —confesó—, porque estoy segura de que no hay muchas personas como ella en este mundo. Pero lo nuestro no podía ser. Su corazón te ha elegido y no tienes que temer de nada ni nadie.

—¿Me ha elegido? —musitó aun sin ser plenamente consciente de lo que aquello suponía para ambas.

—No tengo ni idea de cuándo será, ni cuáles son tus planes, pero estoy segura de que Quinn no se va a quedar aquí, de brazos cruzados, mientras tú estás a 14.000 kms. Y si lo hace, yo misma me encargaré de patearle el trasero y hacerla volar hasta Nueva York.

—Pero…

Un silbido.

Un silbido procedente de las casetas interrumpió aquella extraña conversación, confesión y enfrentamiento, en el que se había convertido el casual encuentro de las dos. Adam hacia aspavientos con sus manos, y reclamaba la presencia de ambas acompañado por Quinn, que miraba hacia ellas completamente incrédula y desconcertada.

—¿Por qué tengo la sensación de que estas dos estaban discutiendo? —masculló Quinn junto al chico, recibiendo un alud de chalecos salvavidas.

—¿Por qué piensas eso?

—Porque no me fio de Spencer, y es capaz de sacar de quicio a cualquier ser viviente que se cruce con ella.

—No lo creo —respondió el chico —. Spencer sabe que Rachel es especial para ti, así que no se va a arriesgar a pelear contigo en el barro. Saldría perdiendo.

—Más le vale.

—Mmm, aunque pensándolo bien —balbuceó Adam—, igual una pelea de ustedes dos en el barro no sería mala idea, y además tendríais recambios con Rachel y aquellos dos bombones —añadió lanzando la mirada hacia la izquierda, por donde ya aparecían April y Olivia.

—Adam, estás un poco desesperado. ¿No crees?

—¿Desesperado? ¿Por qué iba a estar desesperado?

—Tanto tiempo sin sexo no es bueno, quema las neuronas.

—Pues lo dirás por ti, porque yo estoy perfectamente y no llevo tanto tiempo sin sexo —musitó observando como Rachel y Spencer ya se acercaban.

—Me refiero al sexo con otra persona, no uno solo.

—Y yo también —le guiñó el ojo.

—¿Cómo? —se interesó— ¿Estás con alguien?

—Tengo terminantemente prohibido hablar de mi vida privada en estos instantes —respondió dejándola a un lado—. Y menos contigo.

—¿Conmigo? ¿Por qué no conmigo? ¿Qué sucede con…?

—Shhh —la silenció mientras ya regalaba una enorme sonrisa al cuarteto que se acercaba a ellos.

April, Olivia, Spencer y una retraída Rachel, llegaron justo donde ellos se encontraban en aquel instante, y los saludos no tardaron en llegar. Aunque Quinn solo parecía prestar atención al pequeño detalle de la confesión de Adam.

No entendía el mutismo que debía mantener con ella, pero supo que algo sucedía en el mismo instante en el que Spencer y él se miraron.

La mirada intensa del chico y su sonrisa delatadora, chocaron con el intento de esquivarlo de Spencer, y eso no era nada normal en ella.

Sin embargo, aquel matiz, no evitó que toda su atención volviese a concentrarse en ella misma, y sus ojos encontrasen a Rachel, con algo de desaliento en su mirada, pero portando una débil y tímida sonrisa que la hacía aún más encantadora de lo que ya era.

No hubo más en aquella playa para Quinn. Desde ese mismo instante, no había nadie ni nada más que no fuera Rachel para sus ojos, y tampoco lo iba a haber en las siguientes horas.

Ella iba a tener toda su atención, por mucho que los demás reclamasen algo para ellos, tal y como sucedió cuando se dispuso a entregarles los chalecos salvavidas.

Quinn no dudó en ayudar a la morena a colocárselo, ocupándose de las correas que se ajustaban a su cintura, sin borrar la sonrisa y la mirada cómplice de ella. Fue Spencer quien interrumpió aquel momento entre las dos, mientras April, Olivia y Adam permanecían ausentes con sus conversaciones.

—Veo que algunas tienen más privilegios que otras —masculló a su lado, mientras se colocaba el chaleco.

—¿Perdón? —Quinn la miró de soslayo sin dejar de asegurar las correas.

—A nosotras nos has lanzado los chalecos, a ella se lo colocas y abrochas. No es justo —bromeó ante el mutismo de Rachel, que seguía pensando en la disputa que antes había mantenido con ella

—Spencer, tú sabes colocarte el chaleco, y Adam se está encargando de April y Olivia. Si necesitas ayuda puedes pedírsela a él —murmuró conteniendo las intenciones de cuestionarla por lo que ya rondaba en su mente.

—Ya claro, Rachel que es capaz de nadar entre peces leones, no es capaz de colocarse un salvavidas —volvió a utilizar aquel sarcasmo que tan típico en ella.

—¿Sabes qué? —Quinn no dudó en fijar su mirada en ella— Si no dejas de meterte donde no te llaman, haré que pasemos por la zona de los delfines.

—¿Qué? No, ni hablar.

—Ponme a prueba —volvió a prestar atención a los ojos de Rachel—. A Adam le gusta navegar entre delfines.

—No, no —la amenazó—. Ni se te ocurra pasar por esa zona. ¿Me oyes? Ni hablar —añadió apartándose de ambas y dirigiendo sus pasos hacia Adam, que ya invitaba a April y Olivia a que lo siguieran hasta el embarcadero donde tres motos de agua permanecían ancladas.

—Así se zanja un tema de conversación —musitó Quinn volviendo la mirada hacia Rachel mientras seguía asegurando el chaleco—. Spencer les tiene miedo a los delfines, y le da vergüenza que lo sepan —sonrió divertida—. No volverá a meterse con nosotras —hizo un breve silencio tras notar el absoluto mutismo de la morena frente a ella.

No había dejado de mirarla a los ojos, y ni siquiera parecía respirar. Solo supo que lo hacía cuando escuchó su voz.

—¿Estás bien? —cuestionó extrañada

—¿Tengo privilegios? —musitó la morena dibujando una tímida sonrisa.

La rubia dejó escapar un sonoro suspiro segundos antes de lanzar una mirada a su alrededor, y asegurarse de que el resto del grupo ya caminaban hacia las motos de agua. Cuando regresó la vista a Rachel, lo hizo mordiéndose el labio y acercándose a su oído.

—Aquí tú eres la única estrella —le susurró provocando que el escalofrío no tardase en llegar a su piel— ¿Vamos? —le ofreció la mano para que la acompañara hasta las motos, pero un pequeño gesto, un breve y fugaz guiño de ojos hizo reaccionar a Rachel.

Uno más, otro más de su larga cuenta. El último, el que provocó que ya no pudiese resistir más aquella tentación.

—¡Diez! —exclamó tomando la mano de la rubia.

—¿Diez? —la cuestionó confusa mientras empezaban a caminar hacia el embarcadero.

—Van diez guiños de ojos desde que estoy en la isla, Quinn —confesó—. Te juro que, si vuelvo a recibir uno más, no podré resistirme más.

—¿Cómo? —sonrió divertida— ¿Has estado contando cada guiño de ojos que te dejado?

—¿Cómo no hacerlo? ¿Crees que habría imaginado alguna vez que Quinn Fabray me iba a regalar ese gesto?

—Pues muy mal —le recriminó tomando una actitud soberbia.

—¿Muy mal? ¿Por qué dices eso?

—Porque por lo que veo, no has llevado bien la cuenta —volvió a sonreír—. Han sido once.

—¿Qué? —se detuvo obligándola también a ella— ¿Qué dices? Eso no es cierto

—Es cierto. Han sido once veces las que te he guiñado el ojo. O, ¿acaso crees que yo no iba a recordar cada vez que le guiño el ojo a Rachel Berry?

—¿Has, has hecho eso también? —balbuceó completamente incrédula, retomando el breve trayecto hasta el embarcadero.

—¿Tú que crees?

—No, no lo sé —masculló confusa, tratando de atisbar la respuesta en aquella divertida sonrisa que Quinn esbozaba a su lado, pero no la encontró.

Adam ya esperaba impaciente y no tardó en entregarle las llaves de una de las motos a Quinn, que apenas tomarlas entre sus manos, se las ofreció a Rachel.

—Vamos, hoy te toca conducir a ti.

—¿A mí? ¿Quieres que maneje ese ese animal acuático? —cuestionó lanzando una mirada hacia la enorme moto de agua.

—Claro, vamos es toda tuya.

—Pero Quinn, yo no tengo ni idea de cómo se conduce esa moto.

—Olivia tampoco lo sabía, y mírala —señaló hacia la pareja que ya permanecían sobre una de ellas y esperaban impacientes a que Adam les indicara el trayecto que iban a navegar.

Spencer también lo hacía sobre la tercera moto, y era Adam el que se iba a encargar de trasladarla a ella.

—Pero…

—Nada de peros —masculló invitándola a subir—, yo estaré detrás de ti y te ayudaré —le sonrió, y un nuevo guiño de ojos la hizo caer por completo.

Era una trampa, un truco al que ya no podía resistirse, y Rachel terminó aceptando la invitación de Quinn a ocupar la posición de piloto de la moto.

El miedo y los nervios se instalaron en ella en el mismo instante en el que se vio frente al enorme océano, aferrada al manillar de la moto, y con el vaivén moviéndola sin cesar. Pero fue sentir como los brazos de Quinn se aferraban a su cintura en un principio, y luego se deslizaban hacia sus manos, los que la ayudaron a tranquilizarse.

Fue la rubia la que le indicó con suma delicadeza como debía acelerar poco a poco, y así lo hizo. Con tanto esmero e intención, que apenas cinco minutos después de haber zarpado, ya sentía que podía manejar aquellos 220 cv que potenciaban el motor, y que lograban que la velocidad que se alcanzase en aquellas condiciones, fuese bastante importante.

Pero Rachel no corrió, porque Quinn evitó que así fuera.

La intención era que pudiese vivir una nueva experiencia, y a la vez disfrutase de aquel viaje que las llevó a rodear prácticamente toda la isla y encallar en el lugar indicado para la actividad que iban a realizar en grupo.

Rachel mentiría si negase que no pasó algo de miedo mientras manejaba la moto, pero al pisar la playa no pudo evitar saltar de la emoción por haber logrado hacerlo y llegar a su objetivo.

Unos saltos que fueron acompañados por April, quien nunca perdía la oportunidad de divertirse, y que estuvo respaldada por Adam, que se sumó a las felicitaciones y las sonrisas de Quinn y Olivia al observar tal comportamiento.

Solo Spencer se mostraba seria, pero no porque estuviese pasándolo mal, sino porque era su actitud frente al mundo.

—¡Bienvenidas a Pointe Turcy! —exclamó Adam erigiéndose como guía oficial del grupo al completo, aunque para Spencer y Quinn aquello no fuese más que un mero teatrillo del chico—. Estáis en la que probablemente sea el mejor spa natural después del Mar muerto y el Mar menor. Tanto Quinn como yo, siendo conscientes del poco tiempo que os queda en la isla y que pronto estaréis en el mundo exterior, hemos decidido que era un buen momento para regalaros la mejor sesión de belleza que vais a poder recibir en vuestra vida. Olvidaros de los masajes caros con chocolate, los baños relajantes en aguas con miles de sales minerales y olor a coco. Aquí —caminó hacia una de las enormes piedras que ocupaban gran parte de aquella playa, haciendo prácticamente casi intransitable—, encontrareis el mejor lodo para una fango terapia de lo más lujosa y beneficiosa para vuestros perfectos cuerpos —sonrió al tiempo que se agachaba junto a la piedra, donde el agua golpeaba con suavidad, y se hacía con un montón de arena mojada que empezaba a caer de entre sus manos—. Magnesio, sodio, potasio, hierro, calcio, bromo y zinc. Esta arena os proporcionará la mejor de las terapias de belleza —caminó hacia Spencer, ante la atenta mirada del grupo que no perdía detalle de la explicación del chico—, solo tenéis que embadurnaros con ella y… ¡tranquilas!, no es un invento mío para veros así —bromeó—. Lo cierto es que está probado científicamente que el lodo de esta isla, procedente de las piedras graníticas que nos rodean, proporcionan una enorme cantidad de beneficios al cuerpo humano. No solo en la piel, sino también a nivel interno. Es relajante y purificante. Después de diez minutos con este barro en vuestro cuerpo, notareis como todo es mucho más hermoso y bello a vuestro alrededor —Adam detuvo su explicación tras colocarse frente a Spencer, y prologando aquel extraño silencio que él mismo provocó, dejó escapar una traviesa sonrisa que las avisó de lo que estaba a punto de hacer. Sin embargo, no contó con la astucia de Spencer, que ya debía esperar aquel gesto y tuvo la rapidez de defenderse con un soberano ataque.

El montón de lodo que Adam pensó en dejar caer sobre la cabeza de la chica, fue contrarrestado con el que ella misma le lanzó directamente sobre el pecho, provocando la sorpresa en el chico y en el resto del grupo. Y aquel gesto no fue el único, ni el último.

Apenas pudo reaccionar, Adam se lanzó sobre Spencer para lograr su objetivo de cubrirla con el lodo que aún permanecía entre sus manos, y dio el pistoletazo de salida una batalla campal en la que nadie iba a salir ileso, ni lo pretendían.

Lo que se suponía que iba a ser una tranquila jornada cuidando sus cuerpos con los beneficios de aquel lodo, se convirtió en una revolución de juegos, de carreras por la orilla con puñados de arcilla estrellándose con diversión sobre los cuerpos, con un todos contra todos, y un todas contra Adam, por ser el único chico que iba a contemplar como cinco chicas se cubrían por completo de barro, y dejaban que el sol hiciese el resto.

Un juego en el que las carcajadas iban a resonar tan alto, que algunas bandadas de pájaros abandonaban desesperados sus tranquilos nidos en las copas más altas de los cocoteros.

Un juego donde el agua de las olas hacía las veces de pelotas y eran golpeadas una y otra vez, con la intención de provocar que miles de gotas terminasen salpicándoles, y aliviando el calor que ya caía sobre ellos.

Fueron muchos los minutos en los que se alargó aquella locura, hasta que poco a poco fueron cediendo, y cada uno iba buscando su lugar, su pequeño espacio entre aquellas enormes rocas donde poder descansar, mientras el sol secaba la fina capa de lodo que las cubría.

Y en uno de aquellos recovecos fueron a parar Quinn y Rachel, que después de observar cómo April y Olivia se adueñaban de una de las rocas, y Spencer terminaba tumbada en la orilla, junto a Adam, tomaron la decisión de apartarse de la mirada de ellos.

—Oh dios, creo que llevaba años sin reírme como lo he hecho hoy —dijo Rachel al tiempo que utilizaba la enorme pared de la roca como perfecto respaldo frente al sol.

—Me alegro —respondió Quinn colocándose a su lado— ¿Te ha gustado la idea?

—Me ha encantado, aunque espero que este lodo no me haga daño —musitó observando cómo no había quedado zona alguna de su cuerpo sin cubrir.

—Tranquila, esto es casi milagroso. Mañana lo notarás, ya verás.

—Tendrás que pagarme una buena sesión de spa y el mejor tratamiento si eso no es cierto. ¿Entendido? —amenazó de manera divertida.

—Lo prometo —respondió Quinn contagiándose de la broma, mientras lanzaba hacia atrás la cabeza, permitiendo que el sol también se ocupase de su cuerpo.

Y Fue entonces, justo cuando el silencio se instaló entre ellas, cuando Rachel sintió que todos aquellos pensamientos que había tratado de mantener al margen, provocados por su conversación con Spencer, empezaban a martirizar su mente, llegando incluso a provocarle algún que otro suspiro de resignación por no querer destruir la tranquilidad que las envolvía.

Pero Quinn lo sabía. Sabía que algo se cocía en la cabeza de la morena.

—¿Te ha molestado que invitásemos a April, Olivia y Spencer? —musitó en voz baja.

Aunque estaban escondidas, lejos de las miradas de las demás, el sonido de sus voces bien podría escucharse desde cualquier rincón de aquel grupo de rocas.

—No, claro que no —respondió—. Ha sido divertido, y Adam es todo un showman.

—Lo es —sonrió—. Estaba como loco por poder hacer algo juntos. Dice que es una pena que no hayamos coincidido todas más veces, que habría sido más divertido.

—Tiene razón. April y Olivia son encantadoras, y Spencer… —balbuceó permitiendo que la saliva humedeciese su garganta.

—¿Qué ocurre con Spencer? —se interesó.

—Bueno no, no sucede nada con ella, es solo que, tal vez… —se mordió los labios— Tal vez me da un poco de miedo por lo que sabe.

—¿Por lo que sabe? ¿Qué es lo que sabe?

—Quinn, tú sabes perfectamente que Spencer conoce lo que nos ha pasado, lo que hemos hecho.

—No entiendo.

—El sexo —musitó bajando aún más el volumen de su voz—. Es obvio que se lo has contado, y aunque no parezca lo más lógico y normal, no voy a molestarme por tal hecho, porque sé que es tu amiga en la isla y bueno, supongo que ella es la única con quien te confiesas.

—Espera, espera. ¿De qué hablas? Spencer ¿Spencer te estaba hablando de eso en la playa? —masculló recordando la extraña actitud que ambas mantuvieron en aquel fortuito encuentro.

—Más o menos.

—Oh dios, estúpida —se lamentó cerrando los ojos—. Te juro que hay veces en las que no entiendo como consigo soportarla.

—Tranquila Quinn, todo está bien.

—¡No! No está bien, Rachel —le dijo colocándose frente a ella—. Yo no le he dicho absolutamente nada de lo nuestro, pero es una experta sacando todo tipo de información. Siempre lo hace, y ya es hora de acabar con eso.

—¿Qué? Espera, espera, ¿dónde vas? —reaccionó rápidamente tras un repentino giro de la rubia.

—Voy a decirle un par de cosas —masculló molesta.

—¡No! No ni hablar —tiró de ella hasta tenerla de nuevo frente a frente.

—Rachel, alguien tiene que pararle los pies. No es normal que vaya hablando de todo lo que intuye, y que lo haga sin pensar en lo que puede provocar o en las consecuencias. No es natural.

—Espera Quinn —balbuceó de nuevo tras aferrarse a su brazo—. No, no tiene importancia, y lo cierto es que no me molesta que me lo haya dicho —aclaró—. Sin embargo, hay algo que sí me comentó y que… Bueno, que realmente si me interesa saber si lo has hablado con ella o no.

La confusión que mostraba Quinn fue más que suficiente para Rachel, y le hizo entender que no iba a recibir pregunta alguna mientras esperaba que continuase hablando.

—Ella —se aclaró la garganta —, ella me dijo que nunca te había visto así con alguien —musitó desviando la mirada hacia sus manos—, y que tú me habías elegido. Que tu corazón lo había hecho.

—¿Te dijo eso? —balbuceó sorprendida.

—Ajam —respondió mirándola a los ojos—. Y también me dijo que, bueno que tú no te ibas a quedar cruzada de brazos cuando yo me fuera —tragó saliva—. Qué harías algo para para estar conmigo, o bien ella, ella te obligaría.

Ni siquiera supo cómo fue capaz de decir todo aquello aun soportando el terrible calor que se apoderaba de su cuerpo. Y es que, al hecho de estar completamente cubierta de lodo, y el bochorno que la humedad creaba en el ambiente, el calor de la vergüenza no tardó en adueñarse de su piel, hasta casi quemar.

Sentía como el corazón les latía a más no poder mientras los ojos de Quinn seguían clavados en los suyos, y aquellas palabras salían de sus labios. Sin embargo, aquella excesiva tanda de pálpitos no duró demasiado.

Le bastó un gesto, un simple movimiento de Quinn, que bajó repentinamente la cabeza y comenzó a negar repetidamente, con un claro signo de malestar y desacuerdo, para saber que algo iba mal.

No era aquella la respuesta que esperaba a un supuesto como aquel.

—Oh dios —se lamentó Rachel reaccionando antes de que lo hiciera Quinn—. He sido una estúpida. Lo siento Quinn. Siento haberte puesto en un compromiso como ese, te aseguro…

—¿Compromiso? —balbuceó desconcertada.

—Sí, es obvio que Spencer ha imaginado algo que no es, y yo he sido una idiota pensando que tal vez tú… Bueno eso.

—¿Creías que yo iba a dejar todo aquí para irme a Nueva York? —fue directa, tanto que Rachel dejó de sentir el calor que la martirizaba y de repente sus manos dolían por el frío que desprendían—. Oh dios Rachel —susurró tras percibir la incontenible pena que se adueñó del rostro de la morena—. Rachel no, no puedes ponerte así.

—No, no Quinn, no me pongo de ninguna manera —reaccionó forzando una débil sonrisa—. Todo está bien. No me había planteado algo como eso, es solo que me dejé llevar por lo que me dijo Spencer y… Bueno, no te preocupes. Yo entiendo todo.

—¿Entiendes qué?

—Pues que tu mundo es éste, y es mucho más importante que cualquier extraño romance.

—No, no —la detuvo—, me niego a que hables así, Rachel.

—Pero es…

—No —volvió a interrumpirla—. Escúchame Rachel, sería capaz de dejar todo si me lo pidieses —fue directa—. Sería capaz de coger mis maletas y meterme en ese avión contigo si realmente supiera que esto que sentimos, es real.

—¿No lo es? —tartamudeó aturdida.

—No lo sabemos.

—¿No lo sabemos?

—Escúchame, Rach —se acercó un poco más a ella—. Yo sé lo que siento por ti, y aunque provoque algo de vértigo decirlo o pensarlo, te aseguro que soy plenamente consciente de lo que es. Pero estamos influenciadas.

—¿Influenciadas?

—Sí, influenciadas —hizo una breve pausa hasta organizar su mente—. Llevo toda mi vida buscando el amor, deseando sentir algo que mueva mi mundo, y lo sabes. Te lo dije.

Antes de que llegaras estaba pasando por un momento delicado. Me sentía muy sola, Rachel, y tenerte aquí a supuesto todo un plus, un golpe de energía que me ha vuelto a levantar. Pero tengo miedo de que estos sentimientos sean provocados por eso mismo, por la necesidad que tenia de tener algo así. ¿Entiendes? Esta isla —no dejó que respondiese—, esta isla nos mantiene aquí, unidas, sin nada más que nos distraiga. A ti te tiene apartada de tu trabajo, de tu rutina diaria. Llevas un año fingiendo tener un romance con Jesse, y no puedes disfrutar del amor tanto como desearías, como necesitas. Y estar aquí conmigo puede haber supuesto una liberación, pero no sabemos si nos sentimos así por la necesidad o la desesperación.

—Quinn, no sé tú, pero yo realmente me siento bien contigo.

—Y yo, Rachel —volvió a interrumpirla—. Te lo vuelvo a repetir, no es irreal, yo sé lo que siento y me encanta sentirme así, pero piénsalo. Te conozco desde hace 10, 11, 12 años, y a pesar de que siempre te he querido, de que siempre has sido importante para mí, nunca me había sentido así. Solo cuando te encuentro aquí, en mitad del océano y tras haber pasado una mala época. ¿Entiendes que puedo estar preocupada? No quiero que nos precipitemos. Imagínate que llegas a Nueva York y cuando pasen dos semanas, te das cuenta de que no era para tanto. ¿No crees que es normal que nos demos tiempo para asegurarnos de que no es algo eventual?

—Yo…

—Sé que suena feo así, Rachel —la tomó de las manos—, pero solo quiero evitarnos algún malentendido. Escúchame, yo estoy segura de que me he enamorado de ti —confesó provocando el desconcierto en la morena, que jamás llegó a esperar que fuese tan directa con ella—. Y estoy convencida de que, si te quedas otro día más en el paraíso, yo no podré verte embarcar y marcharte sin hacer nada. Pero tenemos que permitir que la sensatez nos ocupe.

—Creo que tienes razón —balbuceó cabizbaja.

—Rachel, cuando vuelvas a Nueva York vas a tener muchas cosas que arreglar y solucionar. Vas a tener la mente bastante ocupada, y será entonces cuando te des cuenta de si lo que sientes por mí es algo importante, o simplemente volverás a verme como Quinn Fabray, tu amiga del instituto.

Y yo, yo estaré aquí… Y, además, me, me han ofrecido algo nuevo en Praslin, Rachel. En dos semanas empezaré un trabajo que me va a dar la oportunidad de cambiar un poco la rutina de mi vida en esta isla, y también tengo que mirar por eso. También tengo que esperar a ver si puedo o no puedo sobrevivir sin ti —sonrió cómplice, regalándole una pequeña y delicada caricia en la barbilla para que alzara la mirada hacia ella—. Tenemos que tener paciencia y no precipitarnos, Rachel. Si va a salir bien, saldrá te lo aseguro.

—Su… supongo que es lo más sensato y lógico —musitó esbozando una sonrisa más natural, siendo consciente de la verdad que Quinn acababa de explicarle—. Aunque me temo que eso de que sobrevivas sin mí, será imposible —bromeó, y Quinn no pudo evitar dejar escapar un suspiro convertido en risa.

—¿Lo entiendes? ¿Entiendes que lo que te digo es por nuestro bien?

—Lo entiendo, Quinn —susurró jugando con los dedos de su mano—, pero no sé cómo actuar a partir de ahora. No sé lo que hacer o lo que debería de hacer.

—Simplemente disfrutemos de lo que nos queda juntas. Quiero que disfrutes hasta el último instante, y haré lo que sea porque así suceda.

—¿Y cómo lo harás? —sonó traviesa, dejando a un lado la timidez que se había apoderado de ella mientras duró aquel cúmulo de confesiones.

—Mmm, primero deberíamos empezar a quitarnos este barro. ¿No crees?

—Es cierto —se miró a sí misma—, parece que soy de cartón.

—Pues vamos a mojarnos un poco —espetó Quinn mordiéndose el labio, gesto ineludible de que algo tramaba.

—Sí… Eh vamos —masculló Rachel desconfiada, y con razón.

Apenas dio un paso hacia adelante para abandonar aquel recoveco en el que se habían adentrado, cuando notó como los brazos de Quinn se adueñaban de su cintura y sus pies dejaban de tocar la arena tras el impulso de la rubia— ¿Qué? ¿¡Qué haces!? —exclamó al verse superada por Quinn.

—¡Nos vamos a bañar! —respondió entre risas mientras se adentraba en el mar por uno de los complicados accesos que aquellas rocas dejaban.

No pudo hacer mucho más.

Rachel se dejó llevar entre los brazos de la rubia, y terminó hundiéndose en el agua tras ser lanzada, literalmente, por ella.

Y Quinn no fue menos. La rubia hizo lo mismo, y dejó que el agua la cubriese por completo en una zambullida que, lógicamente, todos iban a descubrir, aunque ellas no fueron testigos de ello.

Les bastó verse aparecer entre las escasas olas, para comenzar un divertido forcejeo en el agua, que las llevó a regalarse diversos chapuzones, y a sumergirse en contadas ocasiones bajo los brazos de la otra.

Una pequeña batalla acuática, que como era de esperar las llevó a terminar en un complicado abrazo donde las risas y las amenazas se convertían en el mejor de los consuelos tras la complicada conversación que habían mantenido.

Un abrazo que inevitablemente, las dejó en varias ocasiones frente a frente, mirándose a los ojos mientras las sonrisas se apoderaban de sus labios, y la respiración trataba de ganarle la batalla al agua.

Un abrazo que, sin previo aviso, las unió en un intenso beso que ninguna de las dos pudo esquivar.

La tensión, la extraña sensación de no saber cómo iba a continuar aquel romance más allá de la isla, se desvaneció en el mismo instante en el que sus labios se encontraron, con el inevitable sabor a mar bañándolos y el calor que solo la piel era capaz de desprender.

Y por supuesto, un calor que iba a aumentar cuando un par de palmas sonaron a escasos metros de ellas, y fueron conscientes de que no estaban a solas en aquella playa.

La imagen resignada de Spencer, contrastaba con la traviesa sonrisa de Olivia, el desparpajo y la felicidad de April, y el perplejo rostro de Adam.

—¿Ya habéis acabado el espectáculo? —musitó la recepcionista rompiendo el hielo.

—¡No le recrimines nada! —intervino April— Es, es hermoso, chicas ¡Hacéis una pareja hermosa!

—Cálmate cielo —masculló Olivia tratando de controlar la desbordante felicidad de su chica, justo cuando los ojos del resto se dirigían hacia Adam, esperando por supuesto su intervención.

—¿No vas a decir nada? —murmuró Spencer tratando de contener la risa al ver el rostro congelado del chico.

—Eh yo… —balbuceó reaccionando, provocando la atención de todas las chicas—, ¡Quinn! —exclamó al fin— Pero qué diablos está pasando… ¿A ti te gustan las chicas?

—Oh dios —se oyó al unísono.

—Ok —volvió a hablar Adam tras ver la reacción de todas— Ok, no lo sabía, ¿vale? No acostumbro a meterme en la vida de los demás, como vosotras —recriminó divertido—. Solo espero que al menos, tengáis la decencia de invitarme a la boda. ¿No?