Capítulo 27
Día 13
—Aún estoy dormida —masculló Rachel tras la intensidad de Quinn porque acelerase su paso.
—Vamos, no seas pesada, ya deberías estar acostumbrada.
—Pero Quinn, son las 3 de la madrugada. ¿Dónde diablos me llevas? Me parece perfecto que te guste madrugar, pero ¿tanto? Te recuerdo que apenas me quedan dos días en la isla.
—Lo sé, por eso mismo no quiero que te pierdas lo que vamos a ver —le respondió tras adelantarse en la playa.
—Hey espera, esto está muy oscuro —se quejó dando varias zancadas hasta volver a aferrarse a su mano una vez más, como había hecho desde aquella primera excursión que realizaron nada más llegar a la isla.
Ahora la historia era un tanto diferente.
Rachel no se sorprendía por ir de la mano de Quinn, sino que lo deseaba con todas sus fuerzas, aun sintiendo como el sueño seguía azotándola y el caminar por la playa se convertía en toda una odisea.
Fueron varias las veces que a punto estuvo de tropezar antes de llegar al embarcadero, donde para su sorpresa, un chico las esperaba.
Fabrice.
Era el mimo que días atrás las llevó en el catamarán, no había olvidado su rostro, ni su nombre. Sin embargo, ahora no lo hacía en aquel enorme barco que le regaló una de las mejores sensaciones que había vivido, sino que lo hacía con una lancha motora.
La sonrisa sí que era la misma, y la amabilidad con la que las recibió e invitó a que subiesen al bote. Aunque para Rachel aquello no fue demasiado agradable.
A la extrema oscuridad que les regalaba la noche, tenía que añadirle el desconcierto y temor que le provocaba notar el agua bajo sus pies, y no poder distinguir absolutamente nada. De ahí el motivo porque el que deseaba y necesitaba aferrarse más que nunca a la mano, e incluso el brazo, de Quinn.
Pero aquel pequeño contratiempo no supuso demasiado retraso, y apenas cinco minutos después, ya emprendían el trayecto hacia aquel misterioso lugar al que pretendía llevarla Quinn.
Y fue gracias a ese viaje, que el sueño desapareció, dejando paso a un leve mareo que empezaba a acusarla.
Rachel abría tanto los ojos para poder distinguir el horizonte, a pesar del potente haz de luz que proyectaba la lancha, que le era imposible siquiera parpadear. Y menos aún con el vaivén que provocaban las olas y la importante velocidad que llevaba el bote. Su cuerpo había adquirido una tensión que Quinn parecía no tener, al menos eso demostraba tras comenzar una amena conversación en francés con el chico. O al menos eso parecía por la dulzura con la que pronunciaba aquellas palabras.
Una dulzura que la ayudó a pasar aquel trago de navegar de noche, un poco más rápido. Y es que el trayecto duró un poco más de una hora.
50 kilómetros las separaban de La Digue, y una nueva isla se posaba bajo sus pies.
—¡Bienvenida a Mahé! —exclamó Quinn tras haberse despedido del chico y dirigiendo sus pasos por el embarcadero, mucho más grande que el de La Digue, hacia un nuevo chico que parecía estar esperándolas.
Rachel ni siquiera dijo nada. Solo intentaba evitar que la sensación de mareo desapareciese lo antes posible.
Había pasado todo el trayecto tratando de prestar atención a la conversación de Quinn y Fabrice, y también por supuesto, a los continuos detalles que la rubia iba explicándole de la zona que navegaban.
Una vez que habían llegado al objetivo de aquella travesía, las palabras seguían sin salir de Rachel, que de nuevo veía como Quinn saludaba a aquel otro chico, también en francés, y se dirigía a ella regalándole una sonrisa al tiempo que se adueñaba de su mano y la invitaba a seguir sus pasos.
Volvía la seguridad en Rachel tras notar como su mano se aferraba a la de Quinn, pero la incertidumbre de no saber que le esperaba no iba a desaparecer de su mente, y mucho menos cuando se subió a un jeep que esperaba impaciente la llegada de los tres.
Si pasó un mal momento al navegar en plena madrugada, sobre una lancha motora y sin tener idea alguna de hacia donde se dirigían, era porque no se esperaba lo que estaba por suceder.
Esta vez no era la mano de Quinn donde se aferraba, sino que lo hacía en los diferentes travesaños que formaban el fuselaje de aquel vehículo, mientras empezaba a notar la inestabilidad del camino que ya tomaban a una velocidad fuera de lo común, o al menos eso le pareció a ella.
No podía distinguir apenas nada, y por supuesto su malestar no iba a desaparecer tal y como deseaba.
Ante ellos solo podía percibir una enorme y empinada cuesta de tierra que no terminaba nunca, repleta de curvas y una oscura y frondosa arboleda alrededor, dándole un toque siniestro al lugar.
Ni siquiera podía ver el cielo debido a la inmensidad de las copas de los árboles que casi se cruzaban sobre sus cabezas, y el sonido desafiante y abrumador de decenas, o tal vez miles de pájaros que se despertaban con el ruido de aquel jeep.
Aunque lo cierto es que era escaso si lo comparabas con un coche común. El motor eléctrico solo emitía un leve zumbido que empezaba a marearla, otra vez.
—¿Estás bien, Rachel? —Quinn se interesó tras notar la rigidez con la que la morena se mantenía en el interior.
—Creo que, si sigue conduciendo así, voy a terminar mareándome.
—¿De veras? —se preocupó acercándose un poco más a ella en el asiento trasero — ¿Quieres que nos detengamos?
—¿Falta mucho?
—Eh no, unos cien metros —respondió tras un breve cálculo.
—Ok, creo que podré superarlo, pero cuando lleguemos, tendrás que dejarme descansar —dijo sin perder la vista del frente.
—Claro —sonrió regalándole una pequeña caricia sobre la mejilla mientras le apartaba el pelo—. Vas a descansar mucho, te lo prometo.
—Ok. Confiaré en ti —musitó tras dejar escapar un sonoro suspiro. Y ese suspiro fue lo último que salió de sus labios hasta que, por fin, volvían a descender del jeep cuando este se detenía en una pequeña explanada.
Tampoco dijo nada cuando Quinn se despedía del veloz conductor, al que llamó Terency, o al menos eso pudo deducir.
—¿Y ahora? —cuestionó la morena tras ver como ambas se quedaban a solas en la explanada, rodeadas de una inmensa oscuridad— ¿Qué hacemos aquí, Quinn? Esto da un poco de miedo.
—Son las 05:46 de la madrugada, tenemos quince minutos.
—¿Quince minutos para qué?
—Ven —susurró sonriente tomando su mano, aunque lo cierto era que casi ni podía distinguir su rostro—. ¿Estás mejor?
—Mas más o menos —respondió sin dejar de mirar a su alrededor—. Oye, ¿esto no es peligroso? Está muy oscuro y estamos rodeadas de selva.
—Confía en mí —musitó emprendiendo el trayecto, que volvía a llevarlas de nuevo a una consecución de cuestas, menos empinadas que las anteriores, pero con las mismas curvas y, sobre todo, la abrumadora arboleda que las resguardaban.
—Ok. Quinn, llegados a este punto de mi aventura, te tengo que confesar que ya estaba convencida de que no podías estar más loca, de lo que me has demostrado en estos días. Pero sigues sorprendiéndome.
—¿Loca? ¿Crees que estoy loca?
—Son las 5 de la madrugada, estamos ascendiendo una montaña en una isla en mitad del pacífico. Solas. Créeme, si me llegas a decir que esto iba a suceder cuando tomábamos café en aquella cafetería que tanto te gustaba de Chelsea, habría pensado que estabas perdiendo la cabeza. Pero da la casualidad de que está sucediendo, de que estamos aquí, y me llevas de la mano a algún lugar desconocido, en el que ni siquiera sé si estamos a salvo…
—Estás a salvo, tranquila —la interrumpió divertida, notando como a pesar del intento de sonar distendida, Rachel estaba histérica y trataba de calmarse con su habitual verborrea—. Quizás si te explico dónde estamos, podrás relajarte un poco, y dejarías de creer que estoy loca.
—Una montaña en Mahé, con muchos árboles y muy oscura, porque aún es de madrugada y… ¡Oh dios! —exclamó obligándola a detenerse, tras aferrarse a su cintura— ¿Qué ha sido eso, Quinn? —añadió mirando asustada a su alrededor.
—Mmm… ¿Un búho? —soltó tratando de contener la carcajada—. Rachel, relájate. Estamos a salvo.
—Tengo miedo…
—Ok. Ok, ven aquí, y escúchame atentamente —le dijo alzando el brazo por encima de sus hombros, y obligándola a que continuase caminando a su lado, aferrada aún a su cintura—. Estamos en las ruinas de la antigua ciudad de Venn, probablemente el lugar con más encanto de todas las Seychelles.
—Creía que el mejor lugar de todas estas islas, era la hamaca de tu casa —intervino provocando una nueva sonrisa.
—Tienes razón. Digamos entonces que éste es el segundo lugar más encantador de toda la isla. Este lugar se le conoce como La Misión, fue una granja, y más tarde, allá por 1800 se convirtió en un internado para los hijos de los esclavos.
—Algo había oído hablar de eso —dijo Rachel comprendiendo perfectamente la explicación de Quinn.
—Lo sé —balbuceó—. La señora Hilland se esmeró en que aprendiésemos todas esas historias. ¿Verdad?
—Es verdad. Era ella quien nos contó estas historias. Oh dios, la señora Hilland. Odiaba sus clases. Me quedaba dormida escuchándola.
—No eras la única —masculló sonriente—, creo que todos nos quedamos alguna vez dormidos en sus clases.
—Yo sé que Kurt, Tina y Mercedes lo hicieron, y bueno, yo no me quedé dormida porque bebía tanto café, que era imposible. Pero te juro que alguna que otra vez llegué a dar alguna cabezada.
—Al menos asistíais a clase, porque Santana siempre conseguía que nos escapásemos. Aunque lo cierto era que las ideas siempre venían de la entrenadora Sue.
—Oh dios, Sue —musitó recordando aquellos años—. Cuantas cosas nos hizo para acabar con el Glee Club, y cada vez éramos más fuertes
—Terminó cediendo —añadió Quinn provocando un silencio que las acompañó por algunos metros— ¿Lo echas de menos?
—¿El Glee club?
—El Glee, las clases, los chicos… —susurró con algo de añoranza en su voz— Fue una buena época a pesar de todo lo malo que vivimos.
—Echo de menos todo, Quinn —le dijo aferrándose aún más a su cintura—. Echo de menos absolutamente todo.
—¿Le echas de menos a él? —cuestionó tras un breve silencio. Un silencio que se alargó por parte de Rachel, que en ese instante no pudo evitar buscar el cobijo que le ofrecía Quinn con su brazo.
—Mucho —confesó con la voz quebrada—. Supongo que es una pena que nunca se irá de mí, aunque siempre he tratado de recordarlo como algo hermoso, algo bueno.
No pudo evitarlo. Tuvo incluso que detener sus pasos al notar como Rachel buscaba refugio en su cuerpo, y terminó cediendo a un abrazo que ambas necesitaban.
—Estoy convencida de que él también pensará que estoy loca por traerte hasta aquí, en mitad de la madrugada.
—Se estará riendo de nosotras —añadió la morena—. Y estará feliz por vernos sonreír.
—Estoy completamente segura de que así es —susurró Quinn—. Mereces sonreír, Rachel.
—Todos merecemos sonreír y ser felices —matizó—. Yo, tú, nosotras —susurró tras dejar caer su cabeza sobre el pecho de la rubia.
—Y merecemos ver cosas impresionantes —añadió tras regalarle un fugaz pero cariñoso beso en la cabeza—. Y eso es lo que hemos venido a hacer aquí.
—Pues no sé qué vamos a ver, ni siquiera distingo el suelo, y el mareo que me ha provocado la lancha y luego ese corredor de rally, me está perjudicando más de lo que creía.
—¿Te encuentras aun mal?
—Un poco. ¿Falta mucho para llegar a ese lugar?
—No, está justo al final de este camino, a unos 20 metros.
—Ok. Supongo que aguantaré antes de desmayarme, o vomitar. Espero que no sea lo segundo.
—Yo también —dijo adueñándose de nuevo de su mano, y recuperando el paso—. Vamos está aquí mismo.
Justo ahí, a escasos metros, en mitad de aquella montaña. Rachel ya se había acostumbrado a la oscuridad, aunque aquello no significase que su miedo hubiese desaparecido, cuando descubrió lo que estaba a punto de vivir.
El cielo allí arriba, sin la presencia de los árboles, ya empezaba a tornarse más claro, y el reflejo de la luna, que ya había pasado su fase completa, hizo el resto para comprender cual había sido la intención de Quinn al llevarla a aquel lugar.
—Oh dios… ¿Qué es esto, Quinn? —masculló mirando a su alrededor.
—El mirador de la Misión —respondió sin dejar de caminar.
—Guau… ¿Eso es? —Rachel no tardó en descubrir una extraña cubierta justo enfrente, hacia donde Quinn ya dirigía sus pasos y la obligaba a dar varias zancadas para no quedarse atrás— ¿Qué es eso?
No conseguía comprenderlo. La escasa visibilidad que tenia del lugar, solo la llevaba a distinguir los travesaños y el techo que formaban aquella caseta, pero no había nada más.
—Un gazebo —respondió Quinn invitándola a que se adentrase en el templete.
—Oh dios —masculló sorprendida. No tanto como lo estuvo cuando vio como una chispa saltaba de entre las manos de Quinn, y prendían una pequeña vela que permanecía sobre una mesa de madera, junto a dos tazas y un extraño termo, justo en el centro de aquel quiosco— ¿Quinn? ¿Qué haces? ¿De dónde ha salido eso?
—¿Sabías que la mismísima Reina de Inglaterra estuvo aquí? Pues sí, estuvo —añadió sin darle tiempo a réplica—. Y le fascinó tanto este lugar, que decidió que tenía que contemplar la puesta de sol desde este lugar, mientras tomaba un delicioso té.
—Vaya. Es un lugar importante, por lo que veo.
—Lo es. Pero la reina no pudo disfrutar de lo que tú vas a vivir en unos minutos —añadió invitándola a que se acercara a ella—. Nadie se atrevió a explicarle a la reina, que desde este lugar es imposible contemplar la puesta de sol. Desde este lugar, el privilegio solo se le pueden dar los buenos días al sol —le dijo ofreciéndole uno de los asientos—. ¿Sabes? Yo me alegro que la reina no pudiese contemplar aquel atardecer, porque hay privilegios que solo las verdaderas estrellas deberían poder disfrutar. Y no, no hablo de estrellas del escenario, hablo de estrellas en la tierra. De esas personas que desprenden luz, que iluminan todo a su paso con una sonrisa, o una simple mirada. Y tú eres una de esas personas, Rachel. Una verdadera estrella, una verdadera reina, no se puede marchar de este paraíso, tomar un té en este mirador, y contemplar el verdadero espectáculo.
—Quinn —murmuró completamente abrumada. Pero aquel leve susurro no sirvió para nada.
—Mi privilegio no es otro mas que me permitas acompañarte en este momento —añadió justo cuando se disponía a verter el humeante té en las tazas, y soplaba con delicadeza la vela. Permitiendo que la oscuridad volviera a invadirlas. Una oscuridad que se vio teñida de un azul intenso que ya despuntaba en el horizonte, y que logró acabar con el habla de Rachel— ¿Me lo permites? —cuestionó colocándose a su lado, dispuesta a tomar a siento, y Rachel simplemente asintió.
Asintió boquiabierta, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar y ver. Tratando de comprender como hacia escasas dos horas estaba sumida en un profundo sueño, y en ese instante estaba allí; en una montaña, con el océano Indico frente a ella y Quinn a su lado, ofreciéndole una taza de té, haciéndola sentir como una verdadera reina. O, incluso, mucho mejor.
Y no daba crédito. Porque después de todo lo vivido en la isla, que Quinn quisiera que contemplara el amanecer como nunca antes lo había hecho, podía ser incluso normal en aquella nueva versión de la rubia. Pero lo que no esperaba jamás, fue escucharla hablar como lo había hecho. Dirigirse a ella con la dulzura, con el cariño con el que lo acababa de hacer, mientras le sonreía.
Porque, incluso a pesar de la oscuridad, podía distinguir su sonrisa.
—¿Esto…esto es real? —susurró aceptando la taza de té— ¿Estamos aquí de verdad o sigo durmiendo en el hotel?
—Es real. Pero si crees que no lo es, no importa. Disfrútalo de igual manera. Es todo lo que deseo, Rachel —le dijo segundos antes de darle el primer sorbo a su taza, mientras la observaba. Rachel, en completo silencio, hacia exactamente lo mismo. Soplar con delicadeza sobre la taza, y probar el té sin perderla de vista. Como si aquel gesto, el de descubrir que el agua quemaba en sus labios, le fuera a confirmar que era real. Que no era un sueño—. ¿Te gusta? —le cuestionó Quinn tras varios segundos mirándola.
No respondió.
Rachel guardó silencio por algunos segundos, en los que volvió a degustar el té, y tras dejar la taza a un lado del banco, logró reaccionar como Quinn jamás imaginó.
Lentamente, como si no quisiera mover siquiera el aire que había entre ellas, fue acercándose y dejándose hasta usar sus piernas de improvisada almohada.
—Rachel —susurró apartando el pelo del rostro de la morena, que ya se perfilaba hacia el horizonte— ¿Te encuentras mal?
—No, no, Quinn —respondió con apenas un hilo de voz—. Estoy mejor que nunca.
—¿Entonces? ¿Por qué no me respondes? ¿Por qué te tumbas aquí?
—No te respondo porque no tengo palabras —musitó—. Tengo la sensación de cualquier cosa que diga, puede destruir esto. Y jamás me lo perdonaría.
—Rach… —susurró Quinn enredando sus dedos en el pelo de la morena, regalándole una serie de caricias que no hicieron más que relajarla.
—Es un sueño. Realmente creo que estoy en un sueño, y tarde o temprano voy a terminar despertando. Si despierto…—añadió aferrándose aún más a sus piernas— Quiero hacerlo abrazada a ti.
—No hay mejor despertar que ese… —susurró Quinn acercándose a su oído, obligándola a lanzar la mirada al frente para que pudiera percibir los primeros reflejos anaranjados que iban silueteando algunas nubes que se posicionaban sobre el inmenso océano. Para que fuera testigo de cómo el agua se llenaba de destellos, y las olas empezaban a dejarse ver con su particular rumor.
La morena no dudó en seguir su consejo y perdió su mirada en el horizonte.
¿Para qué hablar? Pensó al tiempo que se aferraba aún más a sus piernas, y sentía como Quinn entrelazaba su mano con la suya.
¿Para qué hablar? Se volvió a repetir notando como la luz empezaba a invadirlas sin apenas ser consciente de ello. No podía ver el sol aparecer, porque aún no había hecho acto de presencia, pero podía sentirlo tan cerca, llegando a imaginarlo como se vería desde fuera, desde más allá de las estrellas. Y era tan especial esa sensación, que supo que nunca más podría olvidar aquel día, aquel amanecer, aquel momento de su vida.
—¿En qué piensas, Rachel? —susurró Quinn siendo consciente de que algo se movía en el interior de la morena.
—Pienso en el sol —musitó—. Lo imagino ahí sonriente y travieso, escondiéndose de nosotras, alargando su aparición un poco más.
—No se va a poder esconder por mucho más, está a punto de aparecer.
—Lo sé —respondió.
—¿Solo piensas en eso?
—No —respondió rápidamente—, también pienso en ti y en mi en este preciso momento. No lo voy a olvidar nunca, Quinn. Lo voy a recordar siempre. Y el día que muera cerraré los ojos y lo imaginaré. Creo que esto es lo más cerca del cielo que voy a estar nunca.
—¿Por qué mejor no piensas en volver a verlo muchas veces? —musitó tras tomar una gran bocanada de aire y llenar sus pulmones.
Quinn empezaba a ser consciente de que no iba a poder controlar mucho más sus sentimientos. Que su corazón latía tan fuerte que incluso llegaba a doler, y la necesidad de expresarlo se hacía cada vez más y más latente.
—¿Me acompañarás cuando quiera verlo de nuevo?
—No tendría fuerzas para rechazar algo así.
—¿Cuándo? ¿Lo harás cuando yo te lo pida? —interrogó sin pensar, sabiendo que aquellas cuestiones ponían en entredicho la conversación que habían mantenido el día anterior.
Rachel sabía que Quinn no iba a abandonar aquella isla, pero ella tampoco iba a dejar Nueva York, por lo que aquellas preguntas la lanzaban hacia un vacío, hacia un abismo en el que sabía que no había una respuesta certera. Pero tal vez si podría encontrar una esperanza, aunque fuera mínima, de saber que se iban a ver pronto.
—Ojalá pudiera responderte a esa pregunta con certeza —balbuceó tras un breve silencio.
—¿Ves? —la interrumpió lanzando la mirada al frente.
—¿Qué? ¿Qué sucede?
—Pues que precisamente por eso, prefiero guardar este momento, quedármelo para siempre, y recordarlo cada vez que necesite saber que el paraíso es de verdad.
—Rachel —susurró envuelta en un mar de dudas. Sin saber si realmente debía o no decirle aquello en ese preciso instante, mientras sus manos, entrelazadas, se regalaban caricias. Fue ese gesto, el sentir el calor entre sus manos, lo que la hizo decidirse—. Me gustaría que esto se volviese a repetir en fin de año —añadió con apenas un hilo de voz —, en Nueva York.
Fue rápido. Tan rápido que Quinn ni siquiera pudo reaccionar cuando se encontró con Rachel frente a ella.
Se había alzado con tanta rapidez, que no le había dado tiempo a asimilar el movimiento, y ahora permanecía sentada, apoyándose sobre sus piernas, pero con la suficiente altura como para quedar frente a ella.
—¿Eso es verdad? —cuestionó con la respiración entrecortada, deseando que no fuese una alucinación.
—Yo también necesito vacaciones —respondió—, y necesito una buena dosis de taxis, de ruido, de familia, de amigos de frío, de nieve…
—¿Vendrás a Nueva York?
—Es, es mi intención… —susurró sin poder evitar desviar la mirada hacia los labios de la morena.
—¿Hablas en serio? ¿Vas, vas a ir a Nueva York? ¿Podremos volver a vernos en Navidad?
—Pues, sí… No, no es seguro, pero sí. Quiero ir…
—¿Podremos ir al cine juntas? ¿Y cenar en mi casa?
—Claro, podremos hacer todo lo que desees.
—¿Juntas? —insistió mordiéndose los labios, expectante por escuchar una respuesta que había estado deseando desde hacía ya días. O tal vez, durante toda su vida.
—Muy juntas —dijo con apenas un hilo de voz, y dibujando aquella sonrisa que eliminaba cualquier resquicio de duda en Rachel. Aquella sonrisa que valía por mil palabras, por mil promesas—. Rachel…
—Dime.
—Te aseguro que me encanta mirarte, que eres hermosa, pero nos estamos perdiendo el espectáculo —susurró ladeando la cabeza, buscando el horizonte tras el rostro de la morena.
—Oh, cierto —recordó recuperando la postura que había mantenido desde que tomó asiento en aquel lugar, ocupando de nuevo sus piernas como perfecta almohada.
El sol ya se asomaba.
Un pequeño punto de luz y todo un cielo lleno de amarillos, azules y blancos, le daba la bienvenida a aquel día. Y todo volvía a llenarse de magia.
El mar se dejaba ver en todo su esplendor. Los árboles que antes cubrían sus cabezas con tenebrosas ramas, se vestían de un verde intenso donde miles de pájaros cantaban, y despertaban a la isla. Y por supuesto a ellas—. No es un sueño, Quinn —añadió con dulzura, sin romper la calma que volvía a invadirlas—. El té se ha enfriado y eso no sucede en los sueños.
—No, eso no sucede en los sueños —repitió sonriente, entendiendo perfectamente la conclusión a la que había llegado Rachel.
Y es que en un lugar en el que sol les daba los buenos días de aquella forma tan idílica, solo algo tan efímero como la temperatura de una taza de té, podría hacerles ver que aquel paraíso era real. Que la magia de aquel momento no era fruto de su mente, ni de sus sueños.
