Capítulo 30
Enamorada
Podría preguntarle por tercera vez, pero sabía que iba a recibir la misma respuesta que las dos veces anteriores, y Quinn ya empezó a desistir en el intento por saber que aguardaba aquella cesta, que con tanto celo guardaba y cargaba Rachel sobre su bicicleta.
Ni siquiera Spencer le había dado ese pequeño detalle al mostrarle el informe de actividades. Lo único que supo era que Rachel había pedido que aquella tarde, pudieran pasear en bicicleta por la isla, nada más. Y eso era lo que hacían apenas cinco minutos después de abandonar el hotel, y acceder al sendero que rodeaba prácticamente toda la isla. No tenía ni idea de las intenciones de Rachel, ni hacia donde quería llegar, pero tal y como le había dicho, aquella tarde ella era la estrella, y ella elegía qué y cómo hacerlo.
No habló en el transcurso de aquel trayecto, ni Rachel tampoco lo hizo. En parte porque sabía que Quinn era ágil, y que tarde o temprano podría sacarle la información de lo que pretendía hacer aquella tarde. Pero no solo mantuvo silencio como medida de precaución para contener su pequeño deseo. También lo hizo por la extraña sensación de pena que se había apoderado de ella por la marcha de Olivia y April.
Lejos de saber que aquel sentimiento no tenía nada que ver con una incipiente amistad. Les había tomado cariño, lógicamente, pero no eran parte de su vida como para echarlas tanto de menos. Rachel supo que aquel malestar estaba ligado inevitablemente a lo que iba a suceder con ella y Quinn al día siguiente.
Era curioso, pero conforme pasaban las horas y la cuenta regresiva para su marcha se hacía más cercana, la sensación de querer pasar más tiempo junto a Quinn, ocupaba todos sus pensamientos.
No quería más que observarla, guardar en su retina todos los movimientos de la rubia, sus sonrisas, sus palabras que siempre formaban explicaciones, y que ya se habían convertido en algo habitual para poder disfrutar más de la isla.
Rachel había aprendido a prestar esa atención que Quinn anhelaba cuando relataba alguna de las leyendas, o cuando se detenía a observar la extraña malformación de algún cocotero, producido seguramente por el cambio climático o cualquier otra circunstancia que la sacaba de quicio.
Le gustaba verla vivir de aquella forma. Le gustaba ver como Quinn se había convertido en un ser maravilloso, que cuidaba con esmero lo que le rodeaba, y disfrutaba con los escasos y lentos avances que iba descubriendo. Una simple flor, era un motivo suficiente para provocarle una sonrisa. Y siempre, siempre la acompañaba de una explicación.
En aquel paseo en bicicleta, Rachel no sabía a ciencia cierta cómo iban a acontecer las siguientes horas, ni siquiera como iban a reaccionar en su despedida. Sin embargo, sí sabía con total y absoluta certeza, que le iba a ser imposible calibrar o medir cuánto iba a echarla de menos.
—Quinn —habló tras varios minutos de disfrute personal y en silencio del paisaje —. ¿No estaba por aquí el redil de las tortugas?
—Eh sí, un poco más adelante. ¿Por qué? ¿Quieres montarte en una de ellas? —bromeó sin perder la escasa distancia que las separaba.
—No, pero me gustaría verlas por última vez antes de marcharme. Y hacerles una foto para mostrársela a mis padres. Estoy segura de que no me creen cuando les dije que me acerqué a una de ellas.
—Ok, nos detendremos para saludarlas —respondió sonriente por la decisión de la morena —. Por cierto, nunca me has hablado de lo que opinan tus padres acerca de ese circo con Jesse.
—No tengo mucho que contar.
—¿Están de acuerdo?
—No, claro que no, pero es mi decisión y ellos la respetan. Saben que, en este mundo, ese tipo de asuntos se da a menudo.
—Supongo que no es plato de buen gusto para ellos, pero tambien lo miraran por el lado bueno.
—¿Lado bueno? ¿Qué lado positivo tiene mi romance ficticio con Jesse?
—Pues imagino que así, sabrán que no cualquier tipo se acerca a su hija con intenciones deshonestas —masculló conteniendo la sonrisa.
—Hey… ¿Crees que mis padres no quieren que tenga pareja?
—No digo eso, pero evidentemente es algo que todo padre teme. Y estoy segura de que los tuyos temerán el día en el que tengan que conocer al novio de su querida y única hija.
—¿Novio? ¿Y por qué no novia? —recriminó.
—Bueno, bueno, si insistes —respondió divertida—. Si estás capacitada para soportar una relación con una chica, mejor para ti.
—¿Capacitada? ¿Hay que estar capacitada para estar con una chica? No sabía que tuvieses manual de instrucciones.
—Claro que hay que estar capacitada. Las chicas no… —se detuvo. Y lo hizo porque la información había estado llegando a su cerebro de forma más lenta de lo habitual, y no se había percatado de la última coletilla que Rachel dejó tras aquellas cuestiones. Lo hizo en ese momento, y de nuevo el escalofrío que se apoderó de ella en la puerta del hotel, volvía a acusarla en aquel instante.
—¿Qué? ¿Qué tengo que saber de las chicas? —masculló tras ser testigo del silencio prologado de la rubia.
—Ahí están tus amigas —respondió cambiando radicalmente de conversación. Aún seguía asimilando que había hecho referencia a ella al hablar de su posible pareja, pero de una forma tan sutil, que le era imposible replicar absolutamente nada.
—¡Oh, ahí están esos monstruos! —exclamó lanzando la mirada al frente.
Allí, a escasos 20 metros, se abría la extensa planicie con sus cocoteros y algunas de las rocas tan típicas de aquella isla.
Junto a una de ellas, solo pudo distinguir a una sola de las tortugas, que parecía descansar al frescor de los cocoteros.
—No son monstruos —masculló Quinn, siendo la primera en detenerse junto al arcén del camino, y dejar la bicicleta.
Rachel la imitó, con la diferencia de no saber cómo colocar su bicicleta.
La cesta que transportaba en la parte superior estaba demasiado llena, como para permitir una hipotética caída.
Estuvo varios minutos buscando el apoyo perfecto para la misma, ante la atenta mirada de la rubia.
—¿Me vas a decir qué diablos llevas ahí?
—No —respondió sonriente—. No hasta que lleguemos a donde tenemos que llegar.
—Ok, si no me lo dices, voy a provocar a esa tortuga para que te ataque —amenazó.
—No, no lo harás.
—Ok, tú lo has querido —dijo al tiempo que, decidida, empezaba a caminar hacia el enorme animal.
Rachel no tardó en reaccionar, y tras haber acomodado la bicicleta y recuperar su teléfono, corrió tras ella para detenerla justo a escasos metros de la tortuga. Y lo hizo por la espalda, aferrándose con fuerzas a su cintura.
—Detente, ni se te ocurra caminar más.
—Rachel, no está bien que no me digas lo que llevas en esa cesta. Te recuerdo que me debo a la protección de esta isla, y hay muchas cosas que están prohibidas.
—¿Qué cosas están prohibidas? —cuestionó suavizando un poco el abrazo, pero sin apartarse de ella. De hecho, logró apoyar su mandíbula sobre el hombro derecho de la rubia, mientras entrelazaba sus manos con las de ella.
—Están prohibidas las latas, por ejemplo. Las de cerveza o algunos refrescos.
—No llevo latas.
—Están prohibido los papeles de aluminio, y las botellas de cristal.
—Mmm, Quinn… ¿Puedes confiar en mí?
—Yo confío en ti, igual que tú confías en mí —respondió sonriente— ¿Tú confías en mí?
Aire.
Rachel no respondió con palabras, pero si lo hizo con suave y delicado beso sobre el hombro de la rubia, segundos antes de dejar escapar un suspiro y destruir el abrazo al que la tenía sometida.
La rodeó sin perderla de vista y le entregó el teléfono mientras dibujaba una sonrisa que desarmó a la rubia.
Ni siquiera habló para darle las instrucciones acerca de cómo utilizar la cámara del mismo. Se limitó a sonreír y trascurrido varios segundos, caminó decidida hacia la tortuga.
Quinn no dejó de mirarla en ningún momento, y se sorprendía por la valentía que Rachel mostraba al caminar sin miedos, sin titubear, tal y como había hecho el primer día que pudo conocer a aquellas tortugas.
Solo hubo un momento en el que se detuvo, cuando apenas estaba a un par de metros del animal y éste se percataba de su presencia. Fue entonces cuando Quinn decidió acercarse y hablar.
—Dulzura —susurró—. Recuerda que es un animal, y por ende su percepción de lo que le rodea, se traslada a la defensa propia. Los gestos bruscos pueden asustarla. Si te acercas con dulzura, sabrá que eres su amiga, que vas a cuidarla.
Rachel atendió perfectamente al consejo de Quinn, y tras permanecer un par de minutos frente al animal, mirándola directamente a los ojos y tratando de eliminar la tensión y los nervios que se apoderaban de su cuerpo, se relajó lo suficiente como para avanzar tal y como le había pedido; con dulzura.
Fue tan pausado y natural aquel acercamiento, que incluso Quinn se sorprendió. No solo por la capacidad de Rachel, sino por su valentía.
Daba igual que fuese una tortuga de la Aldraba o una simple hormiga. Cuando una fobia se adueña de una persona, cuando el temor te atosiga durante toda tu vida, es complicado enfrentarse a él. Y Rachel lo estaba haciendo en aquel instante.
Momento idóneo que no tardó en capturar Quinn con la cámara de aquel teléfono que ya permanecía entre sus manos.
Momento perfecto sin que Rachel lo supiera. Si aquella imagen era para mostrar a sus padres y convencerlos de un valor, que a buen seguro ellos ya conocían de su propia hija, aquella era la escena perfecta para tal.
—Me está mirando —murmuró Rachel tras notar como la saliva quemaba en su garganta.
—Te está reconociendo —respondió Quinn—. Acaríciala Rachel, lo está deseando.
La tortuga lo deseaba, y ella lo deseaba.
Rachel acercó su mano a la cabeza erguida del animal, y con sumo cuidado la acarició con apenas un roce de sus dedos. Suficiente para un primer contacto.
Quinn sonreía al ver cómo era ella misma quien decidía que iba a tocarla por segunda vez, y lo hacía sin dudar, con la misma delicadeza con la que lo había hecho segundos antes. Y esa vez, la caricia fue más duradera, tanto que incluso pudieron observar como el animal entrecerraba los ojos al notar la calidez de la mano.
Tras aquello, no dudó en colocarse a su lado, siempre sin dejar de acariciar la cabeza de la tortuga, y pidió con una simple mirada que la fotografía deseada se llevase a cabo.
Sonriente, con una tortuga de la Aldraba que rondaba los 150 años de edad y que podría pesar unos 200 kilos. Así aparecía Rachel en aquella captura que tras despedirse del animal pudo descubrir en su móvil, además de varias más que Quinn había decidido hacer sin permiso alguno.
—No paras de sorprenderme, Rachel Berry.
—Eso es bueno. ¿No? —respondió recuperando la bicicleta.
—Supongo que sí, aunque me desconcierta que será lo siguiente que hagas que me deje completamente sorprendida.
—Quinn —la miró traviesa—, solo quiero demostrarte que yo soy capaz de cumplir mis promesas. Te prometí que vendría a ver las tortugas y que las tocaría, y aquí estamos.
—¿Qué va a ser lo siguiente?
—Quien sabe… —musitó sin perder más tiempo.
Rachel volvía a montarse en la bicicleta y obligaba a Quinn a hacer lo mismo si no quería perderla de vista en el sendero.
Y es que visitar las tortugas no era lo único que pretendía hacer Rachel en aquella tarde. Sin embargo, no supo lo que tramaba hasta que la arena las detuvo, y la playa les mostraba el lugar más hermoso de aquella isla.
—Ahora entiendo —musitó Quinn siendo consciente de lo que estaba sucediendo.
—¿Qué es lo que entiendes? —cuestionó divertida, arrastrando la bicicleta por la arena de aquella imponente playa.
—Anse d´Argent —respondió—. El atardecer. Te prometí que veríamos el atardecer desde esta playa.
—Y no lo hemos hecho —masculló la morena tratando de mostrar una desconformidad que no se hacía creíble, si la sonrisa seguía implantada en sus labios—. Tengo que ser yo quien tome la decisión.
—Vamos Rachel, ni siquiera sabias lo que yo tenía preparado para hoy.
—No, no lo sabía, pero seguro que no esto. Si no, no te habrías sorprendido.
—Tienes razón, no era esto, pero sí tenía algo que ver con la puesta de sol.
—¿Ah sí? ¿Y qué era?
—Bueno, pensaba utilizar las tablas y hacer que vieses tu última puesta de sol en la isla, desde el mar. Como lo hicimos después de que te picara el pez.
—No está mal —se detuvo junto a una de las rocas —, pero lo mío es mucho mejor. Prefiero ver la puesta de sol junto a ti, no sobre una tabla de surf.
Sonrisa y resignación.
Quinn no pudo responder de ninguna otra manera aquel nuevo ataque hacia sus sentimientos, porque Rachel se había propuesto romper cualquier vestigio de duda que quedase en ella acerca de lo que les sucedía, y lo estaba haciendo de maravilla.
Fueron dos las veces que Quinn le dijo que se estaba enamorando de ella, o, mejor dicho, que estaba enamorada de ella. Sin embargo, Rachel no se había pronunciado de igual manera. Se había limitado a escucharla y callar, a guardar sus sentimientos, y dejar que esas pequeñas dudas surgiesen en Quinn.
No obstante, sabía cómo ayudarle a disipar aquellas cuestiones, y lo hacía con la intencionalidad de sus palabras, tal y como le había demostrado hacia escasos segundos, o con sus gestos. Aun vibraba el beso que Rachel le había dejado en su hombro al acercarse a las tortugas. Rachel iba a por todas, pero lo hacía con tanta sutileza, que era imposible resistirse. Le estaba demostrando que, pensar en una posible relación, aunque fuese a distancia, no era una locura. Que por cada minuto que transcurría hacia la indeseada despedida, las ganas de tenerla junto a ella se hacían más y más fuertes.
Y no solo de tenerla junto a ella, sino de evitar que nadie más en el mundo pudiese disfrutar de ella de aquella forma.
Ver como Rachel abría la cesta y descubría el misterio que aguardaba en su interior, hizo que la debilidad creciese en Quinn hasta cotas insospechadas.
Un mantel de cuadros quedó extendido en la arena, y varias copas ya se posaban sobre él.
Una cajita con algunas frutas y chocolates, y una botella de Champagne, cortesía, por supuesto, del hotel.
—No me lo puedo creer.
—Tranquila Quinn, Spencer sabe que traigo estas copas de cristal y la botella. Sé que es ilegal, pero al estar contigo, ha confiado en mí.
—¿Spencer sabía todo esto? —cuestionó sorprendida, sin dejar de mirar la manta.
—Claro, es ella quien me lo ha conseguido.
—¿Desde cuándo te llevas tan bien con ella? Primero te lleva a la aldea a comprar una vela para mi cumpleaños, luego permite que traigas todo esto…
—Es parte de su trabajo el ayudar a los clientes. ¿No es cierto?
—Sí, pero que el chocolate sea ese —señaló hacia la pequeña caja de bombones —, indica que te aconsejado muy bien.
—¿Por?
—Porque es mi preferido —sonrió—, y porque sabe que quien me invita a tomar esos bombones, me conquista sin dudarlo.
—Mmm, pues no lo sabía. Bien por Spencer, se ve que cuida a los inquilinos —bromeó.
—Eso, o es que está enamorada y su personalidad se está dulcificando —musitó tomando asiento junto a la morena, que ya se disponía a abrir la botella.
—¿Enamorada? —interrogó extrañada— ¿De quién? Ni se te ocurra decirme que, de ti, porque entonces creeré que esa fruta está envenenada.
—Tranquila, no soy yo quien duerme con ella últimamente —bromeó—. Creo que es Adam.
—¿Adam? Pero tú me dijiste que no se llevaban bien.
—Orgullo. No es que se llevasen mal, pero a Spencer el orgullo de no conseguir a Leo, la volvió ciega, y bastante idiota. Adam y ella se llevaban bien cuando yo llegué aquí, pero él cometió un error. Le dijo que tarde o temprano, caería en sus brazos. Y eso no se le puede decir a una mujer herida, como lo estaba Spencer.
—¿Y ahora si ha caído?
—Bueno, dos años es bastante tiempo como para redimirse, y te aseguro que Adam ha hecho méritos para compensar aquello. Spencer también es humana, y también anhela vivir el amor.
—¿Crees, crees que Adam puede darle lo que necesita? Y no me refiero al sexo. Se ve que de eso en esta isla, no os quejáis.
—Rachel, por favor —musitó tras la pequeña reprimenda.
—No, no he dicho nada malo. Me parece bien que todo sea así de normal entre vosotros. Y no me quejo en absoluto. De no ser por esa naturalidad que mostráis con ese tema, en especial tú, yo ahora mismo no estaría como estoy.
—¿Cómo estás?
Planteándome mi futuro, pensando en dejar todo lo que siempre he soñado por quedarme aquí contigo.
Pensó. Esas palabras no salieron de los labios de Rachel, pero rondó por su mente como algo que realmente estaba dispuesta a hacer. Sin embargo, no lo dijo, porque si lo decía sabía que Quinn acabaría con todo aquello, y era más que probable que ni siquiera quisiera despedirse.
—Pues feliz. Feliz de haberte encontrado y conocido como te he conocido, Quinn —se sinceró—. Feliz por saber que mañana, cuando me suba a ese avión, pensaré en ti y sonreiré. Feliz porque cuando llegue a Nueva York, acabaré con toda la farsa que me rodea, y seré sincera con quienes me quieren.
—¿Sincera? ¿Vas a decir que era mentira?
—No. No es necesario, Quinn. Quienes me rodean saben que lo de Jesse y yo es mentira.
—¿Entonces? ¿A qué te refieres con ser sincera con quienes te quieren?
—Me verán —musitó entregándole la copa llena de champagne—, sabrán que algo me sucede, sabrán que mi vida ha cambiado en apenas 15 días, y querrán saber cuál es el motivo.
—¿Y cuál es el motivo?
—Pues que estoy enamorada.
Silencio sepulcral.
Aunque el sonido del agua golpeando en la orilla y las decenas de piedras que adornaban aquella playa, era suficientemente fuerte, el silencio se adueñó de ambas mientras se miraban directamente a los ojos. Mientras dejaban que el tiempo pasara y no hubiese nada más que pudiese interrumpirlas de sus pensamientos.
Y lo cierto es que no había pensamientos.
Solo una confesión que Quinn había anhelado escuchar, pero que creía precipitada, al igual que creía que precipitados eran sus sentimientos. Y no porque no creyese en ellos, sino porque seguía pensando en la absurda idea de vivir influenciada en aquella isla.
Por saber que, evidentemente, se dormía mucho mejor abrazada a Rachel, que a solas en su habitación. Por tener la certeza de que el atardecer era mucho más intenso cuando lo hacías acompañada, y que el amanecer llegaba más rápido cuando despertabas al lado de alguien como ella.
Quinn sabía que su corazón se había rendido por completo a Rachel, pero tenía miedo a equivocarse y, sobre todo, a hacerle daño.
Por eso mismo no le salían las palabras en aquel instante, por eso mismo dejó la copa sobre el mantel y solo pudo llevar a cabo una acción ante la confusa mirada de la morena.
Se deshizo de la camiseta y los pantalones, que como siempre debía vestir mientras trabajaba, y caminó directa hacia el agua, donde se zambulló sin pensárselo, sin detenerse a ser consciente de lo que estaba haciendo.
No huía, por supuesto que no. Pero sí necesitaba que algo refrescase sus pensamientos, y en aquel instante solo el agua podía lograr regalarle una trasparencia en su mente.
Y Rachel lo supo.
Aguantó estoicamente sentada, mientras observaba como Quinn se sumergía continuamente en el agua y se ausentaba por completo de su presencia. No pensaba, prefería no hacerlo por evitar que las dudas terminasen por hacerla retroceder en sus pensamientos, y abortar su misión de demostrarle que había perdido la cabeza por ella.
Casi quince minutos transcurrieron con Quinn en el interior de la playa, y Rachel observándola desde la arena. Quince minutos en los que ninguna de las dos se miró a los ojos, pero sabiendo que estaban pensando la una en la otra. Quince minutos o, tal vez más, hasta que Quinn se decidió a salir del agua y dirigir sus pasos de nuevo hacia Rachel, y su pequeño y encantador picnic.
No lo hacía molesta, o al menos eso pudo vislumbrar Rachel en el rostro de la rubia. Sin embargo, tampoco parecía feliz.
Quinn caminaba aún sumergida en sus pensamientos mientras trataba de escurrir el agua de su pelo. Nada más llegar frente a ella, se dejó caer de rodillas sobre el mantel y la miró. La miró fijamente mientras tomaba una gran bocanada de aire y parecía rendirse, mostrando un halo de resignación en su rostro que desconcertó a la morena.
—Estamos locas. ¿Lo sabes? —fueron sus primeras palabras, y Rachel, que había comenzado a comer algunos trozos de la fruta que había llevado, dejó a un lado la merienda y volvió a fijar su mirada en ella.
—¿Por qué?
—¿Por qué? —masculló negando continuamente— ¿Cuántos días, Rachel? ¿Cuántos días hace que sientes eso por mí? ¿Quince? ¿Diez? ¿Cinco? Es imposible. Es, es imposible que sea normal. Es imposible que esto que sentimos, sea real.
—Quinn —se mostró seria—. Si fueras una desconocida, no sentiría esto, pero diez años. Hace más de diez años que te conozco, y te aseguro que nunca antes me había sentido así contigo. Ni siquiera lo había pensado o fantaseado. Y sí, puede que tal vez parezca una locura, pero te pido por favor que no pongas en duda algo que yo estoy viviendo en mí misma. Tal vez, tal y como tú dices, estemos influenciadas por la soledad que hemos tenido, por la rabia de no encontrar el amor correspondido. Y sí, tal vez el estar aquí a solas, sin nada que nos distraiga, haga que sintamos de esta forma, pero no tienes derecho a llamarme loca por sentir que me he enamorado de ti. Porque yo a ti no te lo he cuestionado en ningún momento, ni siquiera cuando me dijiste que podría no ser real.
—Rachel, no te lo estoy cuestionando. De hecho, si eres capaz de leer entre líneas, solo te estoy diciendo que no puedo resistirme. Que no sé qué es lo que nos está sucediendo, pero no puedo controlarlo. Y es una locura, y tú lo sabes. No pongo en duda lo que sentimos, pero sí temo por lo que nos pueda suceder.
—Quinn —la interrumpió—. Dime, ¿qué estabas haciendo el 14 de febrero?
—¿Qué? —masculló confusa— ¿A qué te refieres?
—¿Qué hacías el día en el que yo buscaba este lugar en el globo terráqueo? ¿Qué estabas haciendo cuando yo deseaba perderme?
Bajó la mirada.
Fue la primera respuesta al recordar lo que estaba haciendo cuando Spencer recibió aquella llamada. Y aquella reacción no demostraba más que vergüenza.
—No quieres saberlo.
—Sí, sí quiero saberlo. Dímelo, por favor —suplicó la morena.
—Me estaba riendo de los enamorados, estaba destrozando un día que se supone que debes de pasar con la persona que amas.
—¿Riéndote?
—Estaba prometiéndole a Spencer que no volvería a acostarme con ella —fue honesta—, en la cama, segundos antes de pedirle que no me dejara a medias.
Demasiado explicita, pensó Rachel, pero agradeció la honestidad de sus palabras, y tras recuperar el aire que parecía habérsele escapado de los pulmones, volvió a mirarla con solemnidad, convencida de lo que quería explicarle.
—Bien —tragó saliva—, mejor lo pones.
—¿Cómo?
—Quinn, tú estabas prometiéndole a Spencer que no volverías a acostarte con ella, y yo estaba buscando un lugar para perderme. ¿De verdad pretendes que yo no crea que el destino me ha traído aquí en el momento justo para que nuestras vidas cambien? Piénsalo. Ni un día antes, ni un día después. Ese día, un solo día de un mes cualquiera, hace que ahora estemos aquí, de esta forma. Y sí, es probable que la isla no tenga idiotizadas. Pero está claro que tenía que ser así para que ambas nos conociéramos de esta forma. Si hubiese sido en Nueva York, o en Paris, o tal vez en Londres, estoy segura de que nada de esto habría sucedido, porque yo no habría descubierto a la Quinn que he descubierto en esta isla, y tú no habrías tenido ojos para mí —hizo una pausa—. Quinn, todo se ha alineado para que esto nos sucediese. ¿No te das cuenta?
—No, no lo había pensado de ese modo.
—Pues yo sí, y ahora más aún. Es, es curioso, pero te aseguro que cuantas más dudas me muestras, más convencida estoy que… que debemos intentarlo al menos.
—Rachel…
—Quinn, tú piensas que es una locura enamorarte en cinco días —sonrió al tiempo que apartaba un mechón de pelo que caía mojado sobre su rostro—, y yo pienso que a mí me sobran 4 días, 23 horas y 59 minutos para enamorarme de una chica que ha estado muchos años en mi vida. Y me da igual las barreras que pongas, me da igual que tomes la precaución de no hacernos daño y querer que el tiempo pase cuando estemos distanciadas, para saber a ciencia cierta que nos necesitamos. Me da igual todo eso. Lo voy a respetar —sonrió—, pero no me voy a quedar de brazos cruzados.
—¿Y qué vas a hacer para sacar eso de mi cabeza?
—Por ahora merendar a tu lado. Después, probablemente bañarnos en esa playa y ver como el sol se esconde detrás del océano. Más tarde te obligaré a cenar conmigo —respondió con apenas un susurró, acercándose cautelosamente al rostro de la rubia—, y después, después haré que duermas a mi lado, y no permitiré que me roces, ni que me acaricies, y por supuesto no voy a dejar que me beses. Solo dejaré que me mires, y empieces a echarme de menos tal y como yo ya he empezado a hacerlo.
—Es un poco injusto que me digas todo eso así, mirándome a los labios. A punto de besarme.
—No te equivoques, Quinn —volvió a hablar con apenas un hilo de voz—. Para ti igual es una injusticia, pero para mí es un castigo. Una condena.
